Una tentación irresistible 3.

Una tentación irresistible

A la mañana siguiente Helena se levantó temprano y salió a correr por la playa. Le encantaba ver el amanecer desde la playa y la imagen del sol cerniéndose sobre el horizonte estaba segura que la inspiraría en alguna escena de su novela.

Cuando regresó a casa se dio una ducha, cogió su ordenador portátil y empezó a escribir. Estaba concentrada en su escritura cuando alguien llamó a la puerta y Helena fue a abrir extrañada. Más se extrañó cuando se encontró con Gabriel. A pesar de la curiosidad que sentía por saber qué había venido a decirle, Helena hizo acopio de la educación que tanto enorgullecía a su madre y con una sonrisa en los labios invitó a entrar a Gabriel.

–  Gracias, espero no molestarte. – Le dijo Gabriel sintiendo simpatía por la valiente chica que había montado a lomos de Loco. – He hablado con Álvaro, mi jefe, y está de acuerdo en que vayas a visitar a Loco, pero quiere conocerte y comprobar con sus propios ojos cómo reacciona Loco con tu presencia.

–  ¿Crees que si ve con sus propios ojos que Loco no está tan loco como su nombre indica, me dejará montarlo? – Le pregunta Helena entusiasmada con la idea.

–  Puede ser, pero tendrás que tener paciencia. – Le advierte Gabriel. – Ese caballo es la manzana de la discordia en esa familia y te aconsejo que vayas con pies de plomo.

Helena le agradece a Gabriel el consejo con una sonrisa y le ofrece una de las dos cervezas que ha sacado de la nevera. Mientras beben, Helena le cuenta a Gabriel que sus abuelos son propietarios de una hípica a las afueras de Barcelona y que ella pasaba allí todo el tiempo que podía.

Una vez se acabaron la cerveza, Helena acompañó a Gabriel a casa de Álvaro para conocerlo y poder pasar un rato con Loco.

No se sentía cómoda con la idea de que alguien la fuera a observar mientras trataba con Loco, su abuelo siempre le había dicho que cuando se entrena a un caballo no debe haber ninguna distracción y Helena estaba segura de que ellos serían una fuerte distracción.

Gabriel aparcó su vieja furgoneta en la cochera de la casa de Álvaro, guio a Helena hasta la puerta principal y la hizo pasar al salón donde la invitó a sentarse en uno de los sofás mientras él iba a avisar a su jefe de que ella estaba allí.

A solas en aquel salón, Helena se dedicó a observar la decoración. Sin duda alguna, la decoración era obra de una mujer. La casa era tan moderna por fuera como por dentro y, a pesar de que ella no tenía ni idea de decoración, observó el toque personal y familiar que solo una mujer puede transmitir a un hogar. El toque de color en los cojines del sofá, los tonos de las paredes y los ramos de tulipanes frescos lo confirmaban.

Pocos minutos después, Gabriel regresó al salón acompañado por su jefe.

–  Buenos días. – La saludó un hombre de unos cuarenta y pocos años, moreno, de ojos oscuros y bastante atractivo. Le ofreció la mano y añadió: – Soy Álvaro Ferreira, el propietario de Loco.

–  Encantada, yo soy Helena. – Le respondió ella estrechándole la mano.

–  Gabriel me ha dicho que montaste a Loco y que parecía sentirse cómodo y tranquilo contigo, por eso le he pedido a Gabriel que te hiciera venir. – Empieza a decirle Álvaro. – Desde que murió mi hermano, el verdadero dueño del caballo, Loco dejó de ser el que era. Se volvió arisco, desobediente y agresivo, nadie ha podido montarlo desde entonces. Mi hermana lo intentó poco después de la muerte de mi hermano y Loco la tiró al suelo, rompiéndole dos costillas. – Álvaro hace una pausa al ver el rostro contrariado de Helena y, suavizando el tono de voz, le dice con sinceridad: – Si vas a subirte a ese caballo antes debes saber de lo que es capaz y entenderé que no quieras hacerlo.

–  Quiero hacerlo. – Le confirma Helena. – Loco es un buen caballo y me encantaría que me dejaras intentar rehabilitarlo, que vuelva a ser el que era.

–  ¿Puedes hacer eso? – Le pregunta Álvaro desconfiado.

–  Puedo intentarlo. – Responde Helena encogiéndose de hombros. – Mis abuelos son propietarios de una escuela de equitación y a mí siempre se me han dado bien los caballos. Mi abuelo siempre dice que es un don familiar que se salta una generación porque ni su padre ni su hija soportan a los caballos.

–  Entonces confío en que tú tengas el don. – Responde Álvaro divertido.

Sin tiempo que perder, Álvaro y Gabriel acompañan a Helena al establo y los dos hombres la observan mientras ella se acerca a Loco, que la recibe de buen humor y se deja acariciar por ella. A Helena siempre se le habían dado bien los caballos, pero la conexión que sentía con Loco era especial. Era consciente de que ese caballo lo había pasado mal, había perdido a su dueño, casi todo el mundo le había dado la espalda y probablemente se sintiera desubicado, sin saber a qué mundo pertenece. Helena a veces se sentía igual que Loco, como si no hubiera encontrado su sitio en el mundo.

–  Vas a ser un chico bueno, ¿verdad? – Le susurró Helena a Loco. El caballo le respondió dándole una caricia con el morro y Helena soltó una carcajada. – Espero que eso sea un sí. – Helena colocó la silla de montar sobre la espalda del caballo y de un salto, se subió a lomos de Loco, que permaneció quieto permitiendo que Helena lo ensillara y se acomodara sobre él. – Eso es, precioso. Eres un caballo magnífico y quiero que se lo demuestres a Álvaro y Gabriel, ¿de acuerdo?

Helena cogió las riendas y guio al caballo hacia a donde estaban Álvaro y Gabriel. El ambiente estaba tenso, pero Loco mantuvo la compostura y se dejó incluso acariciar por aquellos dos hombres. En cuanto vio que Loco respondía de la mejor forma posible ante aquel acercamiento, Helena quiso probar su forma física:

–  Vamos a correr un poco, Loco. – Le dijo sonriendo al caballo y añadió mirando a los dos hombres que la observaban incrédulos: – Vamos a intentar saltar un par de vallas, necesita ponerse en forma.

–  ¡Helena, espera! – Gritó Álvaro al mismo tiempo que Helena se alejaba. Ella no lo oyó o no quiso oírlo y siguió adelante con su misión. Álvaro se volvió hacia Gabriel y le dijo con resignación: – Será mejor que recemos para que no le pase nada.

–  Esa chica ha conseguido en unos minutos lo que yo no he conseguido en dos años. – Pensó Gabriel en voz alta. – No le va a pasar nada, tiene un don.

Helena no tuvo ningún problema al saltar las vallas con el caballo, Loco respondió como esperaba y, pese a que le faltaba ponerse un poco en forma, era un caballo fuerte mental y físicamente. Helena regresó con Loco junto a Álvaro y Gabriel, que no se habían perdido detalle de aquel espectáculo.

–  Si no lo hubiera visto con mis propios ojos jamás lo habría creído. – Le dijo Álvaro a Helena. – Mi mujer se llevará una grata sorpresa cuando lo sepa, ella fue una de las pocas personas de la familia que se decantaron a favor de Loco.

–  Debe ser una mujer muy sabia. – Opinó Helena feliz por lo bien que parecía ir para Loco. – Álvaro, voy a estar por aquí un par de semanas y me gustaría poder visitar a Loco y trabajar con Gabriel en el entrenamiento de Loco, si a ti no te importa.

–  ¿Bromeas? ¡Estaré encantado de que pases tiempo con Loco! – Exclama Álvaro sonriendo ampliamente. – Cuando se lo diga a Sarah y a Noelia seguro que quieren conocerte. – Al ver la cara de desconcierto de Helena, Álvaro le aclara: – Son mi hermana y mi mujer, respectivamente.

Esa misma tarde, Helena conoció a Noelia. La esposa de Álvaro era más joven que él, rondaba los treinta y cinco. Su larga melena negra, su piel morena y sus ojos de color ámbar le daban un aire exótico que la hacían muy atractiva. A pesar de su vestido de Armani y sus zapatos Jimmy Cho, Noelia era una mujer sencilla, buena y amable que enseguida congenió con Helena.

–  Me alegro de lo que has logrado con Loco, pero tengo que advertirte que al resto de los Ferreira no les va a hacer ninguna gracia cuando se enteren. – La previno Noelia. – Pero a Sarah ya te la has metido en el bolsillo, vendrá a pasar el fin de semana a Blanes solo para conocerte. – Aprovechando que se habían quedado a solas charlando en el salón, Noelia añadió: – Una semana antes de que Javier tuviera el accidente de coche que le mató, salió a galopar con Loco y se cayó y se golpeó la cabeza. No tuvo heridas de gravedad, solo un par de rasguños, pero sí tenía pequeños mareos y jaquecas. El médico le dijo que no debía conducir hasta que pasase un tiempo prudencial y confirmaran que estaba perfectamente sano, pero aun así se subió al coche y el resto te lo puedes imaginar… Que se hubiera mareado o desmayado mientras conducía era una posibilidad, ya que los mareos eran continuos desde su caída a caballo, así que todos culparon a Loco de la desgracia. Loco pasó de ser el caballo ejemplar a un caballo salvaje y arisco. Sarah fue la única que se interesó por él, pero Loco la tiró al suelo y se rompió dos costillas, lo que hizo que todos la tomaran de nuevo con Loco. Sarah y yo convencimos a Álvaro para que permitiera que el caballo se quedara con nosotras, de eso ha pasado ya dos años y los padres y el hermano de Álvaro y Sarah nos lo siguen echando en cara…

–  A veces es más fácil superarlo buscando un culpable. – Le respondió Helena encogiéndose de hombros.

–  Loco no tiene ninguna culpa de lo que ocurrió, por eso me alegra tanto de que por fin empiece a volver a ser el que era. – Le confesó Noelia.

Pasaron toda la tarde hablando como si fueran amigas de toda la vida, pese a que acababan de conocerse, y Noelia insistió en que se quedara a cenar. Hablaron de sus profesiones y Noelia se quedó alucinada al descubrir que Helena era la autora de una de sus novelas favoritas.

–  ¡No me lo puedo creer! – Exclamó eufórica. Y, como si de una adolescente frente a su ídolo se tratara, le dijo con los ojos brillantes de emoción: – Tengo el libro en mi habitación, ¿me lo firmas?

Helena asintió y ambas estallaron en carcajadas. Justo en ese momento, Álvaro entró en el salón y sonrió ante la escena que se encontró. Le gustó ver a su mujer reír y disfrutar relajada con una amiga, porque sin duda aquellas dos ya eran amigas. Hacía tres años que habían dejado Barcelona y se habían mudado a Blanes y Noelia no había tenido ocasión de hacer nuevas amigas en su nueva localidad.

Tras prometerles a Álvaro, Noelia y Gabriel que regresaría todas las tardes para entrenar con Loco, Helena se marchó a casa y se puso a escribir hasta altas horas de la madrugada.

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