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Desayuno un café con leche y me doy una ducha para despejarme. No puedo quitarme a Mike de la cabeza, mi mente no deja de imaginar qué hubiera pasado entre él y yo si su hermana no hubiera interrumpido el casi beso. Esto debería ser lo último en lo que debería pensar, pero no queda ni rastro de sensatez en mi cabeza.

–  Vale, tengo que recobrar la cordura. – Pienso en voz alta.

Estoy secándome el pelo cuando llaman a la puerta del apartamento. Envuelta únicamente en una escueta toalla, me dirijo hacia a la puerta y miro por la mirilla. No me lo puedo creer. Al otro lado de la puerta está Mike, vestido con unos tejanos y una camisa, más fresco que una rosa y mucho más guapo de lo que lo recordaba.

–  Sé que estás ahí, escucho tu respiración al otro lado de la puerta. – Me dice burlonamente. – ¿Vas a abrirme?

Suspiro profundamente y abro la puerta para recibirlo. Mike me mira de los pies a la cabeza y finalmente su mirada se detiene en mis ojos. Nos miramos durante un par de segundos, pero es suficiente para adivinar lo que desea, igual que él debe leerlo en mis ojos.

–  Había pensado en invitarte a comer y así hablar del viaje a Rusia, debería haber llamado antes…

–  No te preocupes. – Le interrumpo. Me aparto para dejarle entrar y le digo: – Pasa y sírvete algo de beber, voy a vestirme.

–  Sí, es una buena idea. – Murmura mirando mis piernas. Le lanzo una mirada de advertencia y, alzando las manos en señal de inocencia, me dice con sorna: – No me culpes, me gustan las obras de arte y sé apreciarlas cuando las veo.

Pongo los ojos en blanco y me encierro en mi habitación para vestirme antes de que decida quitarme la toalla y echarme encima de él como una loba hambrienta.

Decido ponerme unos tejanos pitillo y una camisa blanca con una americana negra entallada a la cintura y unos botines con tacón de aguja. Me miro en el espejo antes de regresar junto a Mike y salgo de la habitación cuando compruebo que estoy lista.

–  Ya estoy aquí. – Anuncio al entrar en la cocina y ver a Mike de pie mirando por la ventana. – ¿Te apetece algo de beber?

–  Estoy bien, gracias. – Me responde volviéndose hacia a mí con su perfecta sonrisa en los labios, pero tiene la mandíbula tensa.

–  ¿Ocurre algo? – Me aventuro a preguntar.

–  En realidad quería hablar contigo de algo más que del viaje a Rusia. – Me confiesa pasándose las manos por la cabeza. – Esta mañana he recibido esto en mi casa.

Mike me entrega un sobre, lo cojo y lo abro. Del interior del sobre saco varias fotografías, todas las fotografías son de ayer y en todas aparecemos Mike y yo. Las miro una a una con detenimiento y las ordeno: Mike viniéndome a buscar a la puerta de mi nuevo apartamento, Mike y yo entrando en su casa, Mike y yo saliendo de su casa por la noche, Mike y yo cenando en el restaurante, Mike y yo bailando en el pub y Mike y yo despidiéndonos frente al portal del apartamento de Tom.

–  ¿Cómo te las han enviado? – Le pregunto sin dejar de mirar las fotografías.

–  Las ha dejado un motorista en el buzón de mi casa esta mañana. – Me explica Mike. – Lo tenemos grabado por las cámaras de seguridad, pero llevaba un casco integral puesto y la moto no tenía matrícula.

–  Analizaremos el sobre y las fotografías por si hay alguna huella. Aparte de ti y de Joe, ¿alguien más ha tocado el sobre o las fotografías?

–  No, nadie. – Me confirma Mike. – ¿Crees que pueden ser los rusos?

–  No lo creo, ellos no amenazan enviando fotografías. – Le respondo. – Quienquiera que te haya enviado las fotografías quiere que sepas que te está vigilando, a ti y a mí. No creo que sea un profesional, pero nos ha seguido y fotografiado todo un día y no nos hemos dado cuenta, por lo que no debemos subestimarlo.

–  Quiero que vivas en mi casa hasta que todo esto se solucione. – Sentencia Mike rotundamente.

–  ¿Qué? – Exclamo incrédula. – Mike, no pienso vivir en tu casa. – Le dejo muy claro. Mike me mira con cara de pocos amigos y añado: – Te agradezco el detalle, pero no tienes de qué preocuparte. Si hubieran querido hacernos daño ya lo hubieran hecho.

–  Milena, solo quiero asegurarme de que no te pasa nada.

–  Y no me va a pasar nada. – Le aseguro. – Tienes que relajarte un poco, no puedes arreglar el mundo tú solo.

–  Acabo de enseñarte esas fotos y cualquiera en tu situación hubiera puesto el grito en el cielo, cualquier otra mujer me suplicaría que la acogiera en mi casa y tú me dices que me relaje. – Dice Mike visiblemente molesto. – ¿Qué me relaje? – Me repite pasándose las manos por la cabeza.

–  O te dará un infarto. – Me mofo. Mike me fulmina con la mirada y añado con voz de no haber roto un plato en mi vida: – No me mires así, no puedo ser tu hada de la suerte si estás muerto. ¿Qué clase de hada de la suerte sería?

Mike se relaja al escuchar mis palabras y me dedica su perfecta sonrisa.

–  Si vas a ser mi hada de la suerte, tendrás que dejar que yo sea tu ángel de la guarda. – Me dice con la voz ronca. Mira hacia los lados y me pregunta con el ceño fruncido: – ¿Estás sola?

–  Sí, Tom se ha marchado esta mañana y no regresará hasta la hora de cenar.

–  Bien, pues en ese caso no tienes excusa para que te invite a comer.

–  No creo que salir a lugares públicos sea lo más acertado, mejor pedimos que nos traigan algo de comida a domicilio. – Sugiero.

–  ¿Quieres quedarte aquí o vamos a mi casa?

–  Prefiero que nos quedemos aquí. – Respondo.

Sé que a Tom no le gustará llegar y encontrarme con Mike, pero menos le gustará que le diga que he estado en su casa. Y tampoco me apetece ver a Joe con su mirada desconfiada. Aquí estaremos mejor y más tranquilos.

–  De acuerdo, como la señorita desee. – Me responde divertido.

Nos acomodamos en el sofá del salón y saco mi portátil para revisar el itinerario mientras le voy explicando a Mike que tendremos que alquilar un coche para desplazarnos. Comento que existe la posibilidad de que tengamos que viajar a Kazan para explorar la zona, pero Mike se cierra en banda y me dice que es demasiado peligroso y que no piensa llevarme a allí. No es el momento para seguir insistiendo, pero acabaré saliéndome con la mía, eso lo tengo claro.

Cuando llega la hora de comer, Mike llama por teléfono a un restaurante chino para que nos traigan la comida a casa y media hora más tarde estamos los dos comiendo en la cocina.

Entre nosotros se puede percibir la tensión sexual, pero ninguno de los dos se muestra incómodo con el otro, más bien todo lo contrario. Mike aprovecha la mínima oportunidad para tocarme o rozarse conmigo y yo se lo permito con una sonrisa. Ambos nos contenemos y nos esforzamos para mantener las distancias aunque nuestros ojos revelan lo que realmente deseamos. Tengo que recordarme una y otra vez que Mike es mi jefe y que él no es accesible para mí, al menos si quiero mantener el trabajo. Pero tampoco puedo dejar de pensar cómo es en la cama, debe ser como un Dios del sexo y yo me muero de ganas por comprobarlo.

–  ¿En qué estás pensando? – Me pregunta Mike mostrándome su perfecta sonrisa.

–  Eh… Perdona, tenía la cabeza en otra parte. – Me disculpo al darme cuenta de lo que estaba pensando y que por supuesto no le iba a contar. Mi móvil empieza a sonar y yo le doy gracias a quien quiera que me esté llamando en este momento. Cojo mi móvil y respondo de inmediato al ver que es Tom. – Hola.

–  Hola Milena. – Me responde Tom al otro lado del teléfono. – No voy a ir a cenar a casa y probablemente tampoco vaya a dormir. No puedo explicártelo ahora, pero no tiene nada que ver con nuestra discusión de anoche. El lunes hablamos, los dos tenemos muchas cosas que contarnos.

–  Está bien. – Concedo y añado antes de colgar. – El lunes hablamos, Tom.

–  ¿Todo bien? – Me pregunta Mike preocupado.

–  Sí, era Tom que no viene a cenar y tampoco cree que venga a dormir.

–  Milena…

–  Voy a estar bien, Mike. – Le interrumpo antes de que diga lo que ya sé que va a decir.

–  Quédate en mi casa esta noche, si el resto de las noches tu amigo Tom está contigo no diré nada ni insistiré más, pero ven a casa esta noche. – Insiste Mike. – Mañana por la mañana iremos juntos al trabajo y después te traeremos al apartamento de Tom.

–  De acuerdo, pero solo esta noche. – Le advierto. – Deja que prepare una pequeña bolsa con mis cosas y ropa limpia para mañana y nos vamos.

Mike asiente encantado por haberse salido con la suya, si no supiera que Tom nunca me vendería, hubiera pensado que Mike le habría llamado para que no apareciera por casa.

Hubiera preferido que Mike se hubiera quedado aquí conmigo, pero teniendo en cuenta que no es mi apartamento y que Tom probablemente me lo reprocharía más tarde, ir a su casa es lo mejor.