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Bajamos las siete plantas que nos separan del despacho de Bill con una gran tensión en el ascensor. Mike evita mirarme y tamborilea los dedos sobre la barandilla metálica para sujetarse, gesto que delata que está nervioso o incómodo, o quizás las dos cosas. Le observo con detenimiento, el elegante traje marca sus musculosos brazos y su espalda ancha y noto como mi cuerpo se enciende. Por suerte, las puertas del ascensor se abren y trato de respirar con normalidad al salir del ascensor.

–  ¿Te encuentras bien? – Me pregunta Mike tratando sin éxito de ocultar una pequeña sonrisa burlona.

Estoy segura que sabe en lo que estaba pensando, puede que él también estuviera pensando lo mismo, pero desde luego lo habrá disimulado muchísimo mejor que yo.

–  Sí, estoy perfectamente. – Le respondo bastante borde. Debería cuidar más mi lenguaje, al menos cuando me dirija a él.

Mike me mira arqueando las cejas, sorprendido por mi contestación pero al mismo tiempo divertido, supongo que semejante Dios es adorado tanto por hombres y mujeres de todo el mundo. Le devuelvo una sonrisa falsa que nada tiene que ver con la sonrisa que él me dedica, pero que en este momento no puedo ocultar. Este hombre me excita tanto como me irrita, lo cual es una clara señal de lo mal que todo esto puede acabar. Y no me refiero solo al ámbito profesional, de hecho lo que más me preocupa es el ámbito personal, ya he tenido demasiadas sorpresas y no quiero tener otra.

Bill nos recibe en su despacho y, en apenas diez cinco minutos, firmo mi nuevo contrato de trabajo en Luxe bajo la atenta mirada y silenciosa presencia de Mike.

–  Bienvenida a Luxe, Milena. – Me da la bienvenida Bill.

–  Bill, encárgate de pedir las tarjetas de presentación para la señorita Ayala, hoy mismo nos reuniremos con un posible nuevo cliente y las necesitará cuanto antes. – Me dirige una rápida mirada y me dice algo incómodo: – Ni siquiera te he enseñado tu despacho, pero luego nos ocuparemos de ello. – Asiento con la cabeza pero no digo nada y Mike vuelve a tomar las riendas de la conversación: – Gracias Bill, estamos en contacto.

Mike se vuelve hacia a mí y ambos salimos del despacho de Bill y subimos de nuevo al ascensor. Por suerte, esta vez tan solo son tres plantas y el trayecto dura menos de la mitad de tiempo que duró antes. Pero Mike esta vez no evita mirarme, más bien todo lo contrario, me observa divertido mientras tamborilea con los dedos contra la pared metálica del ascensor.

Las puertas se abren y Mike me hace un gesto para que salga delante de él y al pasar por delante de la recepcionista, le guiño un ojo y le digo sonriendo:

–  ¡Te debo un café!

–  ¡Me alegra saberlo, Milena! – Me responde ella devolviéndome la sonrisa.

–  ¿Conoces a Bree? – Me pregunta Mike cuando salimos del edificio.

–  La he conocido esta mañana, le he dicho que venía a una entrevista, me ha deseado suerte y le he prometido que la invitaría a un café si me contrataban. – Le respondo encogiéndome de hombros.

Joe nos espera apoyado en un todoterreno negro aparcado en doble fila. Joe me mira pero no logro descifrar su mirada, su rostro es impasible. Abre una de las puertas traseras y Mike me hace un gesto para que suba el coche y acto seguido el sube detrás de mí. Joe se sube en el asiento del conductor y arranca el motor del coche.

Mike debe de advertir en mi rostro lo que me llega a intimidar Joe porque se acerca a mí y, abrochándome el cinturón de seguridad, me susurra al oído:

–  No te preocupes por Joe, no va a morderte. – Me muestra su sonrisa perfecta y añade: – Y, por tu seguridad, deberías abrocharte el cinturón siempre que subas a un coche.

Mi corazón late tan fuerte que puedo oír mis latidos desbocados y soy consciente de que Mike también puede oírlos. Y me lo confirma mostrándome una sonrisa pícara. Decido mirar por la ventanilla y centrarme en las vistas del tráfico de la ciudad en hora punta.

Diez minutos más tarde, Joe aparca frente a un motel a las afueras y los tres nos bajamos del coche. Mike me agarra por la cintura y camina pegado a mí guiándome hacia una de las habitaciones del motel mientras Joe sigue nuestros pasos a un par de metros de distancia.

Entramos en la habitación del motel, la cual se abre con una tarjeta que Mike saca de su bolsillo. Él entra primero, enciende la luz y veo la estancia iluminada: una cama doble, dos mesitas de noche, una mesa con cuatro sillas, un armario y el baño tras una puerta de madera.

–  Lamento que el lugar de la reunión sea tan poco apropiado, pero tampoco sabía que iba a acabar trayendo aquí a la nueva directora ejecutiva de Luxe. – Se disculpa Mike.

Entro en la habitación y Joe entra detrás de mí.

–  Creo que esto será más cómodo para todos si lo mantenemos al margen de lo profesional. – Opino encogiéndome de hombros.

–  ¿A qué te refieres? ¿No quieres trabajar en Luxe? Si esto supone algún problema, regresamos a la oficina y nos olvidamos del tema pero…

–  No me has entendido. – Lo interrumpo. – Tan solo pretendo que hagamos esto como Mike y Milena nada más, aquí tú no eres mi jefe y yo no soy tu directora ejecutiva.

–  ¿Y quién se supone que son Mike y Milena? – Me pregunta divertido.

–  Dos amigos que se echan un cable cuando lo necesitan. – Le respondo sonriendo. Es imposible no sonreír ante su juguetona expresión.

Oímos un coche aparcar frente a la habitación del macabro motel y Joe anuncia:

–  Ya están aquí.

Joe abre la puerta y sale junto a Mike para recibirlos y hacerles pasar. Tras estrecharse la mano, los dos hombres rusos y supuestos detectives privados. Debido a la profesión de mi abuelo me ha enseñado y he aprendido muchas cosas y la más primordial es que nadie es quien dice ser.

–  Buenos días, soy la traductora del señor Madson. – Saludo hablando en ruso. Mike les hace un gesto para que tomen asiento y después me retira la silla para que yo también me siente, él se sienta a mi lado y yo prosigo: – El señor Madson quiere saber si han podido averiguar algo sobre lo que les pidió.

–  Directa al grano, señorita. – Me responde uno de ellos sonriéndome lascivamente.

–  No me gusta perder el tiempo. – Le replico todo lo borde que puedo. – ¿Tienen algo concluyente?

–  Lo que tu amigo pide es complicado, necesitaremos más tiempo y dinero hasta dar con la persona que busca. – Me dice el otro tipo. Me fijo en el tatuaje de la serpiente que lleva en la muñeca y cuando se da cuenta retira la mano y añade: – Cien mil más, ese es el precio.

Me vuelvo hacia a Mike y le digo:

–  Dicen que lo que les pides es complicado y que necesitarán más tiempo y dinero, cien mil más, para ser exactos, pero no tienen ninguna información para adelantarte. – Suspiro y añado: – Sé que acabas de conocerme y no te va a gustar lo que te voy a decir pero me arriesgaré: cometes un error.

–  ¿A qué te refieres? – Me replica Mike algo desconcertado.

–  Les puedo decir que te lo tienes que pensar, nos vamos de aquí, te doy alternativas y buenas razones para no recurrir a tipos como estos y cambias de opinión, ese es el plan bueno. – Le digo sin objeciones.

–  A mí tampoco me dan buena espina, Mike. – Concluye Joe poniéndose de mi parte.

–  De acuerdo. – Dice finalmente Mike.

Me vuelvo a los dos tipos y les digo:

–  El señor Madson ha de pensarlo, se trata de una cantidad elevada que no figuraba dentro del presupuesto, al menos no sin antes haber obtenido alguna información. Nos pondremos en contacto con ustedes en unos días para informarles de nuestra decisión.

–  Esperaremos su respuesta. – Espeta el tipo del tatuaje.

Tras ponernos en pie, nos estrechamos las manos a modo de despedida y cada uno se va por donde ha venido. Una vez en el todoterreno, Mike se vuelve hacia a mí y me pregunta molesto:

–  ¿Piensas explicarme de qué va todo esto?

–  Estoy segura de que no son quienes dicen ser, no tengo pruebas para demostrártelo, pero las tendrás en breve. – Le respondo.

–  Me lo explicarás con más detalles en mi despacho. – Sisea Mike visiblemente molesto.

Puede que me haya extralimitado, puede que lo mejor hubiera sido ceñirme al plan y únicamente hacer de traductora, pero ya es demasiado tarde para eso…