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Solo tuya 26.

Solo tuya

“De nadie seré, sólo de ti. Hasta que mis huesos se vuelvan cenizas y mi corazón deje de latir.” Pablo Neruda.

Después de una semana en casa de Gonzalo, al fin termino el período de reposo absoluto y puedo empezar a hacer vida normal sin realizar grandes esfuerzos. Por supuesto, Gonzalo anda detrás de mí todo el tiempo, controlando que no haga nada que no deba y cuenta con la ayuda de Bruce y Adela.

Durante los últimos días no hemos dejado de recibir visitas de amigos y familiares y Gonzalo me ha dicho que me va a llevar unos días de vacaciones para tener tiempo para nosotros, pero no ha querido decirme a dónde vamos. Gonzalo guarda el equipaje en el maletero del coche, como no ha querido decirme a dónde vamos, he llenado tres maletas con todo tipo de ropa, zapatos y complementos para estar preparada ante cualquier situación.

–          No vas a necesitar tanta ropa. – Refunfuña Gonzalo tras guardar el equipaje. Me ayuda a sentarme en el asiento del copiloto y me abrocha el cinturón de seguridad antes de sentarse tras el volante. – No es un viaje muy largo, pero podemos parar cuando lo necesites.

–          ¿A dónde vamos? – Insisto por enésima vez.

–          Lo verás cuando lleguemos, no seas impaciente. – Me responde Gonzalo divertido.

No le voy a hacer cambiar de opinión, así que me limito a sacarle la lengua burlonamente como una niña de cinco años y enciendo la radio para escuchar música.

Gonzalo conduce hacia el sur por la costa durante poco más de un par de horas hasta que llegamos a Peñíscola, un pueblo costero de la provincia de Castellón. Gonzalo aparca frente a una preciosa y enorme casa situada en primera línea de mar y me ayuda a salir del coche.

–          Esta casa es de mis padres, pero nos la han prestado para pasar unos días de vacaciones y poder descansar. – Me explica Gonzalo mientras atravesamos la puerta del jardín y recorremos el camino adoquinado hasta la puerta principal de la casa. – Te enseñaré la casa y después iré a por las maletas.

Entramos en la casa y me quedo fascinada. Es una casa muy luminosa, la mayor parte de la fachada son enormes cristaleras que dejan pasar la luz del sol e iluminan todas las estancias. En la planta baja está la cocina, el salón-comedor, un aseo, un cuarto de baño completo, dos habitaciones y el garaje, que está conectado a la casa. En la primera planta hay cuatro habitaciones, todas con baño propio, y en la segunda planta hay una buhardilla que utilizan de estudio o despacho. En el jardín trasero hay una pequeña piscina y un jacuzzi exterior.

–          No es la casa de nuestros sueños, pero últimamente nuestra casa tiene demasiados visitantes. – Bromea Gonzalo.

–          Es una casa preciosa. – Opino feliz de poder estar aquí a solas con él. Le abrazo con fuerza y le pregunto juguetona: – ¿Vamos a estar totalmente solos tú y yo?

–          Así es, totalmente solos. – Me asegura estrechándome entre sus brazos. – Ahora deshacemos las maletas y nos vamos a comer a un restaurante en la playa, pero esta noche te cocinaré mi plato estrella.

–          ¿Sabes cocinar? – Le pregunto sorprendida.

–          Sé defenderme con algunos platos, pero no soy un cocinero de verdad. – Me confiesa divertido. – Pero sé cocinar lo suficiente como para no morirnos de hambre el tiempo que vamos a estar aquí.

–          ¿Cuánto tiempo nos vamos a quedar aquí?

–          Preguntas demasiado. – Me contesta divertido. – Me besa en los labios y añade – Voy a por el equipaje, deshacemos las maletas y nos vamos a comer.

Dicho y hecho. Gonzalo se encarga de subir las maletas a su habitación, como la casa es de sus padres, él tiene habitación propia. Había esperado encontrarme una habitación infantil o de adolescente, pero me encuentro una habitación de matrimonio elegante y sí, también bastante masculina. Del mismo estilo que la habitación de su antiguo apartamento.

–          ¿No te gusta?

–          Es perfecta. – Le aseguro. – Aunque te confieso que esperaba encontrarme la habitación de un adolescente llena de fotos, posters y esas cosas. Me hubiera gustado conocer un poco al Gonzalo adolescente.

–          Estoy seguro de que mi madre guarda algún álbum de fotos en la buhardilla, puede que te deje ver algunas fotos.

Entre bromas, besos y caricias, deshacemos nuestras maletas. Una vez nos instalamos, salimos de la casa y paseamos por el paseo marítimo dirigiéndonos hacia el restaurante al que Gonzalo me quiere llevar. El restaurante está en la misma playa, encerrado entre cuatro paredes de cristal que te permiten disfrutar de la hermosa vista del mar mientras comes y te mantienes fresco gracias al aire acondicionado. Es un sitio elegante, nada que ver con los típicos chiringuitos de playa en los que comes al aire libre, descalzo y con el bañador mojado. Uno de los camareros nos acompaña hasta nuestra mesa, situada en un rincón del restaurante y retirada del resto de mesas. Adivino que Gonzalo ha debido llamar al restaurante para reservar mesa, dudo de que hayamos tenido tanta suerte como para que la mejor mesa del restaurante esté libre un sábado a mediodía en el mes de agosto.

Una vez sentados a la mesa y tras leer la carta de comida, Gonzalo me pregunta:

–          Cariño, ¿qué quieres pedir?

–          No lo sé, todo tiene muy buena pinta y estoy indecisa. – Le confieso. – ¿Tienes alguna sugerencia?

–          Estamos en la Comunidad Valenciana, ¿qué te parece si pedimos paella para los dos?

–          Me parece una idea excelente.

Después de comer, Gonzalo decide regresar a casa, hace demasiado calor y además pretende obligarme a echarme la siesta. Al principio me parecía divertido verlo tan pendiente de mí, siguiendo todas las órdenes de los médicos a rajatabla, pero después empezó a sacarme de mis casillas, ni siquiera me dejaba lavarme los dientes a solas… Por suerte Marta le dio una charla y parece que, aunque sigue pendiente de mí en todo momento, intenta no agobiarme.

–          Ven, vamos a descansar un rato. – Me dice Gonzalo envolviéndome entre sus brazos al mismo tiempo que me guía a nuestra habitación. – Ya sé que lo de descansar no va contigo, pero esta noche me lo agradecerás.

–          ¿Qué piensas hacerme esta noche? – Le pregunto juguetona.

–          Tendrás que ser buena y hacerme caso para descubrirlo. – Me responde disfrutando de mantenerme intrigada. Nos tumbamos en la cama y, colocándome sobre su pecho y envolviéndome entre sus brazos, me susurra: – Podría quedarme así contigo el resto de mi vida.

–          Señor Cortés, últimamente está muy cariñoso. – Le susurro divertida.

–          Mmm… Me encanta que me llames señor Cortés. – Gonzalo levanta su pelvis para hacerme notar su excitación. – Cariño, se supone que tienes que descansar.

–          Dame un capricho y seré buena, te prometo que después me dormiré y no me levantaré hasta que me lo digas. – Trato de convencerlo con palabras y también con caricias.

Gonzalo resopla sonoramente, me sonríe y me besa apasionadamente.

–          Está bien, caprichosa. – Me concede Gonzalo. – Pero después te vas a echar una siesta mientras yo voy a comprar y preparo la cena, ¿de acuerdo?

–          Cómo tú quieras, cariño. – Le confirmo.

Me coloco a horcajadas sobre él, pero Gonzalo da media vuelta rodando para que quede debajo de él, no deja que haga el más mínimo esfuerzo ni cuando estamos practicando sexo. Sin ninguna prisa, me quita la camiseta y el short, dejándome en ropa interior. Besa y acaricia todo mi cuerpo, bordeando la fina tela de mi sujetador y mis braguitas hasta que al fin se deshace de ellas. En un abrir y cerrar de ojos, Gonzalo se deshace toda su ropa vuelve a colocarse sobre mí. Sus besos y sus caricias se intensifican, me excita con solo mirarme de esa manera que solo él sabe y gimo al mismo tiempo que le suplico:

–          Por favor, cariño.

–          Dime, ¿qué es lo que quieres? – Me provoca excitándome aún más.

–          Te quiero a ti, te quiero dentro.

No hace falta que se lo repita dos veces, Gonzalo me complace de inmediato y se hunde dentro de mí con suavidad. Entra y sale de mí rítmicamente al mismo tiempo que acaricia mis pechos y besa mi cuello. Últimamente nuestro sexo ha dejado de ser salvaje ya que no puedo hacer demasiados esfuerzos y Gonzalo es demasiado estricto con mi recuperación, pero este nuevo sexo tranquilo y relajado es tan sensual y profundo que me gusta incluso más. Es una sensación de rendición absoluta que no sé cómo explicarlo, pero es sublime. Alcanzamos juntos el clímax y nos quedamos abrazos en silencio mientras nuestras respiraciones se normalizan.

–          Y ahora a dormir un rato, hemos madrugado mucho y nos espera una larga noche, necesito que estés descansada. – Me dice Gonzalo envolviéndome entre sus brazos.

No protesto, le he prometido que sería buena y descansaría. Nos echamos la siesta durante un par de horas. Cuando me despierto Gonzalo me está mirando y sonríe. Me encanta despertarme y que sea su sonrisa lo primero que veo.

–          Hola, caprichosa. – Me saluda. – Tengo que ir a comprar al supermercado, no tenemos nada de comida y he prometido cocinar esta noche para ti. – Me besa en los labios con dulzura y añade: – Quédate en la cama, no tardo en volver. Recuerda que me has dicho que ibas a ser buena. – Me besa de nuevo y se levanta de la cama para vestirse.

Gonzalo se va a comprar y yo me quedo en la cama haciendo bondad. Estoy deseando recuperarme del todo para poder hacer vida normal, aunque sé que cuando vuelva a la normalidad querré recuperar estos días sin hacer nada más que disfrutar de la compañía de Gonzalo.

Son las siete de la tarde cuando Gonzalo regresa y viene a buscarme a la habitación donde, como una niña buena y obediente, continúo tumbada en la cama.

–          ¿Todo bien, cariño? – Me pregunta al mismo tiempo que me besa en los labios.

–          Todo genial ahora que estás aquí. – Le respondo sonriendo.

–          Entonces, voy a darme una ducha rápida y a preparar la cena. – Sentencia Gonzalo entusiasmado por lo que sea que se trae entre manos.

Gonzalo se ducha en diez minutos y sale del cuarto del baño envuelto en una toalla que le cubre de la cadera hasta las rodillas, dejando al descubierto gran parte de su cuerpo escultural.

–          Estás muy sexy. – Susurro excitada.

–          No me mires así. – Me advierte. – Date un baño relajante y ponte algo elegante, después de cenar iremos a tomar una copa.

–          ¿Cómo de elegante?

–          He visto que has traído el vestido que te pusiste en Londres para la gala de Philip Higgins, con ese vestido estás preciosa. – Me sugiere Gonzalo.

–          ¿Qué te vas a poner tú? – Le pregunto con curiosidad.

–          Traje y corbata, ¿alguna sugerencia?

–          El traje gris marengo con camisa y corbata negra, te hace muy sexy. – Le respondo juguetona.

–          Pues eso mismo me pondré. – Me asegura Gonzalo y añade antes de darme un beso y marcharse: – Voy a preparar la cena, tú date un baño sin prisa y yo ya vendré a buscarte cuando esté la cena lista.

Sin tiempo que perder, me levanto de la cama y entro en el cuarto de baño dispuesta a relajarme en la bañera sin prisa. Tras pasar media hora en remojo, me arreglo el pelo, alisándolo con la plancha y dejando mi larga y rubia melena suelta. Me pongo el vestido de diosa griega que me ha sugerido Gonzalo. Me maquillo levemente para que mi aspecto sea natural y me echo un poco de perfume detrás de las orejas, en el cuello, en las muñecas y, cómo no, en el canalillo.

Cuando Gonzalo viene a buscarme ya estoy lista y me besa tras decirme:

–          Estás preciosa, cariño.

–          Tú también estás muy guapo. – Le digo observando lo sexy que está con ese traje.

Bajamos al comedor y me quedo asombrada con todo lo que ha preparado Gonzalo: toda la estancia está iluminada con pequeñas velas colocadas en el suelo delimitando un camino lleno de pétalos de rosa que llega hasta a la mesa. Sobre la mesa, un candelabro con tres velas da mayor luz para poder cenar cómodamente.

–          Vaya, esto sí que no me lo esperaba. – Confieso gratamente sorprendida.

–          Será mejor que empieces a acostumbrarte, pienso mimarte y complacerte siempre. – Me asegura Gonzalo retirando la silla para que me siente. Antes de sentarse a mi lado, Gonzalo sirve dos copas de vino tinto y acto seguido destapa la bandeja con lo que ha cocinado para la cena. – Es mi plato estrella, solomillo al horno con patatas.

–          Se me hace la boca agua solo con olerlo. – Le confieso.

Brindamos por nosotros y bebemos de nuestra copa. Disfrutamos de la exquisita comida que Gonzalo ha cocinado y ambos nos mostramos bastante cariñosos.

–          Todo estaba buenísimo, nunca hubiera imaginado que sabías cocinar y mucho menos que lo hicieras tan bien.

–          Hay muchas cosas que aún no sabes de mí, poco a poco las irás descubriendo. – Me dice visiblemente nervioso.

–          ¿Qué pasa? – Le pregunto preocupada.

–          No pasa nada. – Me contesta frunciendo el ceño confundido.

–          Entonces, ¿por qué estás nervioso? – Insisto sabiendo que me está ocultando algo.

–          Sí, la verdad es que estoy nervioso. – Me confiesa. Gonzalo coge aire profundamente para infundirse valor y, mirándome a los ojos con intensidad, se pone en pie para acto seguido arrodillarse a mi lado y, sacando una pequeña caja de terciopelo rojo de su bolsillo, me dice con voz temblorosa – Cariño, eres lo primero que pienso al despertar y lo último al acostarme, lo único que he tenido claro en toda mi vida es que quiero estar contigo el resto de mi vida y lo sé desde la primera vez que te vi. Te quiero Yasmina, ¿quieres casarte conmigo?

Gonzalo abre la pequeña caja de terciopelo y me muestra un precioso anillo de oro blanco con un pedrusco enorme con forma de media luna. Me quedo tan sorprendida que se me olvida hasta respirar y Gonzalo, asustado, me dice:

–          Cariño, ¿estás bien? No quiero que te sientas presionada, no tenemos que casarnos de inmediato, podemos esperar todo el tiempo que quieras y…

–          Sí, ¡sí quiero! – Le interrumpo arrojándome a sus brazos.

Caemos al suelo y, entre besos y abrazos, le susurro al oído:

–          Señor Cortés, oficialmente ya se ha vuelto loco.

–          Tú me vuelves loco, cariño. – Se incorpora conmigo en brazos y añade: – Había pensado en que quizás te apetecería salir a tomar una copa para celebrarlo, pero también podemos quedarnos y celebrarlo aquí.

–          Prefiero celebrarlo aquí. – Sentencio antes de devorarle la boca. – ¿Cuánto tiempo vamos a quedarnos aquí?

–          El lunes tenemos que coger un avión a Londres, Derek nos espera para hacer la declaración oficial. Pero después nos iremos a donde tú quieras.

–          ¿Dónde yo quiera?

–          Eso es, cariño.

–          Se me está pasando por la cabeza la imagen de una pequeña cabaña de madera en mitad de una playa virgen y desierta, donde podamos pasear desnudos y hacer el amor sin preocuparnos de nada que no sea disfrutar el uno del otro.

–          Suena muy bien, me encargaré de todo mañana. – Me asegura Gonzalo. – Pero ahora voy a encargarme de mantener a mi prometida plenamente satisfecha.

–          Suena muy tentador. – Le respondo con picardía.

Gonzalo se pone en pie y, conmigo en brazos, sale del salón y sube las escaleras para dirigirse a nuestra habitación. Me deja de pie sobre la alfombra que hay a los pies de la cama y me desnuda lentamente, disfrutando viendo como al bajarme la cremallera del vestido la tela resbala por mi cuerpo hasta caer al suelo.

–          Eres preciosa, cariño. – Me susurra al oído.

Acto seguido desabrocha mi sujetador y, tras bajarme los tirantes, también lo deja caer al suelo junto al vestido. Hace lo mismo con mis braguitas, con los dedos pulgares de ambas manos agarra la cinturilla y desliza la prenda por mis piernas, dejándome completamente desnuda frente a él. Gonzalo se afana en quitarse el traje, la corbata y la camisa y, agarrándome por la cintura, me eleva y me coge en brazos haciendo que le rodee las caderas con mis piernas.

–          Siempre he tenido la fantasía de hacerlo contra esa pared. – Me susurra señalando la pared acristalada de la habitación. – Pero no es una buena idea estando en pleno mes de agosto y tú debes guardar reposo todavía. Tendremos que dejarlo para la próxima vez que regresemos.

–          Y ahora, ¿qué me vas a hacer? – Le provoco.

–          Ahora te voy a tumbar sobre la cama y te voy a hacer el amor con delicadeza y sensualidad una y otra vez hasta que ambos nos agotemos. – Me susurra Gonzalo con voz ronca. – Te quiero solo para mí, cariño.

–          Soy solo tuya. – Le aseguro excitada.

FIN

Solo tuya 25.

Solo tuya

“Después de eso, después de que la noche oscura terminó, ya era demasiado tarde para resistirse. Era demasiado tarde para dejar de amarte.” Marguerite Duras.

Han pasado más de cinco minutos desde que Bruce se marchó de la habitación donde me tienen hospitalizada y nadie ha entrado desde entonces. Empiezo a ponerme nerviosa, puede que Gonzalo se haya arrepentido y no quiera verme, o también puede que Bruce le esté dando todos los detalles de la conversación que ha mantenido conmigo. En cualquier caso, estoy empezando a ponerme histérica.

La puerta se abre lentamente y entonces veo aparecer a Gonzalo. Apenas da un par de pasos y se queda quieto a los pies de la cama, estudiándome con la mirada. Su rostro es indescifrable, pero en sus ojos puedo ver reflejado el dolor y la incertidumbre, por primera vez lo veo inseguro y vulnerable. Nuestros ojos se encuentran y ambos sostenemos la mirada. Mis pulsaciones se aceleran y el monitor al que estoy conectada empieza a pitar, pero ninguno de los dos se mueve.

–          ¿Qué está ocurriendo? – Pregunta Marta irrumpiendo en la habitación, alarmada por los pitidos de la máquina. – Gonzalo, espera fuera.

–          Por favor, quédate. – Le ruego a Gonzalo con un hilo de voz.

Gonzalo cruza una mirada con su madre, Marta se mantiene firme en su postura y le señala la puerta para que se vaya, pero entonces me mira a mí y esboza una sonrisa al mismo tiempo que se acerca a mí, me da un leve beso en los labios y me susurra:

–          No pienso irme a ninguna parte, cariño. Somos un equipo, estamos juntos en esto.

Tan solo con escuchar esas palabras de Gonzalo, ya me siento más tranquila. Mis pulsaciones se normalizan y la máquina deja de pitar. Marta nos mira con desaprobación, pero acto seguido suspira profundamente, sonríe y nos dice:

–          Os dejaré a solas, pero si la máquina vuelve a pitar…

–          No pitará. – Le asegura Gonzalo.

–          De acuerdo, avisadme si necesitáis algo. – Nos dice Marta antes de marcharse y dejarnos por fin a solas.

Gonzalo se sienta en el sillón de al lado de la cama, suspira profundamente y me mira a los ojos con intensidad, como si tratara de averiguar lo que está pasando por mi cabeza.

–          Debo explicarte muchas cosas, pero no creo que ahora sea el momento, cariño. – Me coge de la mano para besarla y añade: – Te he echado de menos, preciosa. No vuelvas a hacerme esto, te lo suplico.

–          Lo siento, yo solo quería que nada le pasara a Claudia. – Le digo con un hilo de voz.

–          Lo sé, cariño. – Vuelve a besarme en los labios y añade: – Te quiero, Yasmina.

Me quedo sin palabras. Es la primera vez que me dice que me quiere, nunca antes me lo había dicho y lo cierto es que ahora no me lo esperaba.

–          ¿No vas a decir nada? – Me pregunta frunciendo el ceño.

–          Es la primera vez que me dices que me quieres. – Le respondo aturdida.

–          En realidad, te lo he dicho todas las noches mientras dormías desde que regresamos de Londres, pero supongo que es la primera vez que me escuchas decirlo. – Me dice sonriendo para después ponerse serio y decirme: – Te aseguro que no he estado con ninguna otra chica que no seas tú desde que te conocí. Tendría que haberte contado la visita de Alexia, pero no quería añadir una preocupación más en tu cabeza. Te quiero, Yasmina. No pretendo que me creas, pero al menos deja que te lo demuestre.

–          Demuéstramelo no dejando que arpías como esa pelirroja vuelvan a besarte. – Le reprocho molesta.

–          Cariño, ¿estás celosa? – Me pregunta burlonamente. – No deberías estarlo, yo solo tengo ojos para ti.

Gonzalo bosteza, está cansado. Todos me han dicho que lleva aquí dos días y no ha consentido marcharse a casa a descansar.

–          Deberías descansar, estás agotado. – Le sugiero.

–          Tú también necesitas descansar. – Me recuerda Gonzalo. – Duérmete, te prometo que seguiré aquí cuando te despiertes.

–          Sería más fácil si te acuestas conmigo. – Le digo con voz de santa.

–          Cariño, estás herida y puedo hacerte daño.

–          La cama es muy grande, cabemos los dos. – Insisto. – Además, te echo de menos, necesito sentirte muy cerca.

–          Te gusta ponérmelo difícil, ¿verdad? – Murmura entre dientes.

Pero Gonzalo hace lo que le pido. Se quita los zapatos y se tumba junto a mí en la cama sobre la colcha, coloca su brazo sobre mi vientre para no apoyarlo sobre mis dañadas costillas y me besa en los labios. Esta noche Gonzalo está extremadamente cariñoso conmigo y yo se lo agradezco, lo necesitaba.

Consigo quedarme dormida entre los brazos de Gonzalo, él hace que me relaje y con él me siento segura. No sé cuántas horas he dormido, pero cuando vuelvo a abrir los ojos Gonzalo ya no está conmigo en la cama y una enfermera me toma las constantes vitales.

–          Buenos días, señorita Soler. – Me saluda la enfermera. – Termino de tomarle las constantes y enseguida le sirven el desayuno.

Gonzalo aparece detrás de la enfermera y, dedicándome una sonrisa, me saluda:

–          Buenos días, cariño. ¿Has dormido bien?

–          He tenido noches mejores, pero tampoco me puedo quejar. – Le respondo devolviéndole la sonrisa.

La enfermera se marcha un momento, el tiempo justo para que Gonzalo se acerque a mí y me bese en los labios, y regresa con mi desayuno para volver a dejarnos a solas.

–          ¿Cómo estás? – Me pregunta Gonzalo sentándose a un lado de la cama y colocando la bandeja del desayuno frente a mí.

–          Quiero irme a mi casa, no me gustan los hospitales. – Protesto haciendo un mohín.

–          Veré qué puedo hacer, aunque te adelanto que unos días aquí no te los quita nadie. – Me advierte. – Pero yo voy a estar contigo, cariño. Ya te he dicho que no pienso irme a ninguna parte.

Paso la mañana junto a Gonzalo, que me cuida y me consiente como si fuera una niña pequeña. Me cuesta mantenerme en pie y Gonzalo me ayuda a ducharme colocando un taburete en la ducha para que me sienta más cómoda. Después me ayuda a vestirme, me seca el pelo, me peina y me hace compañía.

A media mañana aparece mi padre sonriendo de oreja a oreja y Gonzalo me deja con él a solas, quiere aprovechar que estoy acompañada para pasar por casa a ducharse y a por algo de ropa.

–          ¿Cómo estás, cielo? – Me pregunta mi padre.

–          Estoy bien, un poco adolorida pero bien. – Le aseguro. – Papá, siento todo lo que ha pasado, te prometo que no quería…

–          No pasa nada, Yas. – Me interrumpe sonriéndome con ternura. – Estoy acostumbrado a que siempre andes metiéndote en líos, aunque no estaría mal que me dieras unos meses de tregua después de esto.

–          Soy un desastre. – Reconozco.

–          Todos nos equivocamos alguna vez, en eso consiste la vida. Lo importante es que aprendamos de nuestros errores. – Opina mi padre. – ¿Qué tal te va con Gonzalo?

–          Muy bien, papá. Aún tenemos una conversación pendiente, pero lo importante es que nos queremos y queremos estar juntos.

–          Gonzalo me cae bien, es un hombre responsable, educado y te trata como a una princesa, además su familia te adora.

Mi padre y yo continuamos hablando durante una hora, pero ambos evitamos hablar de James y de lo que pasó en el Pirineo. Esa es otra conversación pendiente que tengo con Derek, pero al menos me ha dado tiempo para que me recupere antes de ir a Londres a hacer una declaración oficial. Tampoco he hablado del tema con Gonzalo, supongo que tenemos más de una conversación pendiente.

Unos golpes en la puerta llaman nuestra atención y acto seguido aparece Marta, sonriendo ampliamente.

–          Buenos días. – Nos saluda. – Siento no haber aparecido antes, me ha surgido una operación de urgencia a primera hora de la mañana. – Me mira con dulzura y me pregunta: – ¿Qué tal está mi enferma favorita?

–          Mejor que anoche cuando me desperté. – Bromeo. – Gracias por todo, Marta. La verdad es que todos me estáis cuidando muy bien.

–          Soy yo la que tengo muchas cosas que agradecerte. – Me dice Marta. – Salvaste a Claudia, aunque para ello hiciste una locura, y haces feliz a Gonzalo, algo que ya me había resignado a no ver.

–          Marta y Vicente nos han invitado a pasar unos días en su casa de la playa cuando te recuperes, pero Gonzalo te quiere solo para él y nos ha obligado a aplazarlo. – Comenta mi padre divertido.

–          Teníamos pensado irnos unos días de vacaciones antes de… – Empiezo a decir pero no termino la frase. – Le debo unas vacaciones.

–          Estoy segura de que Gonzalo ya se ha encargado de eso. – Opina Marta que, siendo su madre, lo conoce bien. – Pero por ahora solo debes pensar en descansar y recuperarte, estarás un par de semanas ingresada, puede que unos días menos si haces bondad.

–          ¿Dos semanas? – Pregunto horrorizada.

–          Cielo, te han disparado, tienes tres costillas rotas y una fuerte contusión en la cabeza, ¿acaso pensabas que hoy te irías a casa? – Me dice mi padre frunciendo el ceño. – No te irás de aquí hasta que la doctora lo considere oportuno.

–          Si me prometes que vas a hacer reposo absoluto, puede que te deje ir a casa en unos días, pero iré a visitarte a primera hora de la mañana y a última de la tarde. – Trata de compensarme Marta. – Ya hablaremos de ello más adelante.

Alguien golpea la puerta y entra Vicente, el padre de Gonzalo. Me da un beso en la mejilla al mismo tiempo que me saluda:

–          ¿Cómo estás, Yasmina? – Le estrecha la mano a mi padre y acto seguido añade: – Nos has dado a todos un buen susto.

–          Lo siento. – Musito.

–          No vuelvas a asustarnos de esa manera, a mi edad ya no tengo el corazón para semejantes sustos. – Bromea Vicente. – Acaban de traerme los resultados de la analítica que te han hecho esta mañana, han salido perfectos. Creo que nunca he visto a un paciente recuperarse tan pronto.

–          ¿Eso significa que podré irme antes a casa? – Pregunto esperanzada.

–          Bueno, de momento es un poco pronto para mandarte a casa, pero es posible. – Me responde Vicente y añade divertido: – ¿Tan mal te estamos tratando que quieres irte ya?

–          Me estáis tratando estupendamente, pero como en casa en ningún sitio. – Le respondo sonriendo.

La charla se alarga un rato más hasta que llega Gonzalo. Nada más entrar me dedica una amplia sonrisa, saluda a sus padres y a mi padre y después me saluda a mí dándome un beso en los labios sin importarle lo más mínimo que nuestros padres nos vean. Somos una pareja y las parejas no se esconden de nadie.

A las dos de la tarde mi padre se despide para ir a la oficina y promete venir a verme a última hora de la tarde, antes de regresar a casa. Gonzalo se queda conmigo haciéndome compañía y pocos minutos después una enfermera entra en la habitación para traernos la comida. Supongo que ser el hijo de los propietarios de la clínica tiene sus ventajas como pedir que le suban la comida también al acompañante. Después de comer Gonzalo me obliga a intentar descansar y consigue que le obedezca cuando se mete conmigo en la cama. Lo hace a regañadientes, pues teme hacerme daño al moverse.

–          Necesito tenerte cerca. – Argumento cuando me acurruco junto a él.

–          Me vas a tener siempre cerca, cariño. – Me susurra al oído.

Respiro profundamente, me armo de valor y susurro:

–          Te quiero, Gonzalo.

Gonzalo me mira sorprendido, pero rápidamente se forma una amplia sonrisa en su rostro, me mira a los ojos y me dice emocionado:

–          Yo también te quiero, Yasmina. Soy solo tuyo.

–          Y yo solo tuya. – Le aseguro.

Ambos nos quedamos dormidos durante un par de horas, hasta que empiezan a llegar de nuevo las visitas. Las primeras en llegar son las chicas. En cuanto entran armando escándalo, Gonzalo sonríe, me besa en los labios y me susurra al oído:

–          Te dejo a solas con las chicas, regreso en un rato.

Gonzalo saluda a las chicas y sale de la habitación, probablemente en busca de su madre para que le dé mi parte médico, es muy estricto con mi salud y me obliga a seguir todas las indicaciones médicas a rajatabla.

Las chicas me saludan y me cuentan sus historias tratando de animarme. Me alegra saber que por fin las cuatro estamos juntas y felices, creo que es la primera vez que las cuatro tenemos pareja al mismo tiempo.

Gonzalo regresa poco después con mi padre, se han encontrado por los pasillos de la clínica. Mi padre me dice que ha hablado con Susana y me envía saludos, mañana vendrá a verme. También ha hablado con Rubén y con Borja, Borja vendrá mañana, pero Rubén tan solo le ha dicho que me saludara y me dijera que deseaba que me recuperara pronto. Rubén ha decidido poner tierra de por medio entre nosotros y, suponiendo que mi padre le habrá dicho que estoy con Gonzalo, ni siquiera habrá querido preguntar más sobre mí.

Claudia, Esther y Pablo, el hermano de Gonzalo, aparecen poco después de que las chicas y mi padre se marchen.

–          Cuñada, ¿tú te has pensado bien eso de estar con mi hermano? – Me dice Pablo burlonamente, tratando de pinchar a su hermano. – Conmigo estarías mucho mejor, no soy tan gruñón como él y soy más joven.

–          Hermano, antes tendrías que matarme. – Le advierte Gonzalo fingiendo estar ofendido.

–          Los hermanos Cortés enfrentándose por ti, ¡anda que puedes quejarte! – Bromea Esther.

–          A mí me da igual con cuál de los dos te quedes, seguirás siendo mi cuñada. – Bromea Claudia.

–          No hay nada como el apoyo de la familia. – Dice Gonzalo con sarcasmo.

–          Solo tuya. – Le digo a Gonzalo mirándole a los ojos.

Gonzalo me mira intensamente, haciendo que se me erice toda la piel del cuerpo, se acerca a mí y me susurra al oído antes de besarme apasionadamente en los labios:

–          Me encanta oírtelo decir.

–          No olvides lo que te ha dicho mamá, reposo absoluto durante dos semanas. – Se mofa Pablo de su hermano. – Será mejor que no enciendas la mecha.

Dos semanas en reposo absoluto, ¿eso significa nada de sexo en ese tiempo? A mí nadie me ha dicho nada de eso. Mi cara debe de ser un poema porque todos me miran tratando de contener la risa hasta que, sin poder remediarlo, estallan en carcajadas.

–          No sé de qué os reís, a mí no me hace ninguna gracia. – Les reprocho.

–          Cariño, te están tomando el pelo. – Me dice Gonzalo con dulzura, pero sin dejar de sonreír. Me besa en la mejilla y me susurra al oído para que solo yo pueda oírle: – No te preocupes por nada, pienso tenerte plenamente satisfecha.

Al día siguiente recibo la visita de Borja y de Susana, ambos están horrorizados por todo lo que ha pasado pero se alegran de que todo haya salido bien.

Las visitas me animan y me distraen, hace que el tiempo se me pase más rápido, pero prefiero la compañía de Gonzalo. Apenas se ha movido de mi lado en los días que he permanecido hospitalizada, que finalmente solo han sido seis días en vez de las dos semanas que Marta me había dicho al principio. Eso se lo debo a Gonzalo, que cansado de escucharme protestar por tener que permanecer en el hospital, ha logrado convencer a su madre para que me trasladen a su casa. Marta me visita por la mañana a primera hora y por la tarde a última hora. Gonzalo me obliga a permanecer en la cama todo el tiempo y él me hace compañía en la habitación mientras trabaja en su portátil.

–          Tenemos una conversación pendiente. – Le digo cuando estamos a punto de irnos a dormir.

–          ¿Una conversación pendiente? – Me pregunta Gonzalo frunciendo el ceño.

–          No me has preguntado nada de lo que pasó cuando me fui con James, ni tampoco de nosotros.

–          Cariño, ya hemos hablado de nosotros. Ambos nos queremos y queremos estar juntos, eso es lo que acordamos, ¿no? – Asiento con la cabeza y añade – En cuanto a lo que ha ocurrido con James, entiendo que no es un tema agradable para ti y lo respeto, solo hablaremos de ello cuando tú quieras, si es que quieres hacerlo.

–          Tú ya lo sabes, ¿verdad? – Le pregunto mirándole a los ojos.

–          Uno de los hombres de James Hilton está vivo, Derek y sus agentes se lo han llevado a Londres donde le han interrogado y Derek me ha contado lo que les ha dicho. Bruce también me contó todo lo que vio en el Pirineo. – Me confiesa con un tono de voz que refleja el dolor que siente al hablar del tema. – Lo único que me importa es que tú estés bien, Yasmina.

–          Estoy bien, cariño. – Le digo con un hilo de voz angustiada al verlo así. – Solo te necesito a ti para estarlo, Gonzalo.

–          Te quiero, cariño.

Gonzalo me besa apasionadamente y, para mi sorpresa, sus manos me acarician con deseo y empiezan a deshacerse de mi ropa. Es la primera vez que llega tan lejos desde que me desperté en la clínica, así que no tengo la más mínima intención de detenerlo.

–          Cariño, esto no es buena idea, puedo hacerte daño y…

–          Me harás daño si te paras ahora. – Le interrumpo.

–          Siempre te empeñas en ponérmelo difícil. – Me dice Gonzalo burlonamente. – Está bien, pero lo haremos a mi manera, quiero que te tumbes y no te muevas.

Continúa besándome, acariciándome y desnudándome. Se desnuda rápidamente y se coloca sobre mí.

–          Avísame si te hago daño. – Me dice colocando su miembro en la entrada de mi vagina.

–          Hazlo ya, por favor. – Le suplico muerta de deseo por sentirle dentro de mí.

Gonzalo sonríe y me penetra lentamente, con mucha delicadeza. No puedo evitar gemir de placer, necesitaba fundirme con él. Entra y sale de mí despacio pero sin detenerse, con un movimiento rítmico y placentero que nos hace estar más cerca el uno del otro, nos convierte en una sola persona. Sus besos y sus caricias me excitan, pero entre nosotros ya no hay solo deseo, hay amor. No es el sexo al que estamos acostumbrados, pero es igual de intenso y placentero, es sensual y excitante. Nuestras respiraciones se aceleran, ambos estamos al borde del orgasmo y alcanzamos juntos el clímax. Gonzalo sale de mí y rueda hacia un lado de la cama, sin apenas rozarme para no hacerme daño, quedando tumbado a mi lado. Me besa en los labios y me susurra sonriendo:

–          Tendrás que conformarte con esto hasta que te recuperes, necesitas guardar reposo para que tus costillas rotas se curen y si haces algún esfuerzo pueden soltarse los puntos de la herida de tu hombro.

–          Deberías haber estudiado medicina. – Me mofo. Gonzalo me abraza y yo le susurro: – Te quiero, cariño. No lo olvides nunca.

–          Yo también te quiero. – Le digo sin ningún tipo de pudor al expresar mis sentimientos.

Dormimos abrazados durante toda la noche, entre sus brazos me siento fuerte y me siento segura, pero sobre todo me siento en casa.

Solo tuya 24.

Solo tuya

“Dile que sí, aunque te estés muriendo de miedo, aunque después te arrepientas, porque de todos modos te vas a arrepentir toda la vida si le contestas que no.” Gabriel García Márquez.

Abro los ojos lentamente y parpadeo varias veces tratando de acostumbrarme a la luz para poder ver algo. Miro alrededor pero no reconozco la estancia, no sé dónde estoy. Trato de incorporarme para tener una mejor perspectiva pero un dolor insoportable en mi hombro y mis costillas me lo impide y se me escapa un quejido de la garganta. Rápidamente, unas manos me obligan a tumbarme de nuevo y escucho una voz femenina que me resulta familiar:

–          No deberías moverte, tienes tres costillas rotas y una herida de bala en el hombro, además de una brecha en la frente y numerosas contusiones en el resto del cuerpo.

–          ¿Dónde estoy? – Pregunto desorientada.

–          Tranquila, estás en nuestra clínica. – Me responde la propietaria de esa voz familiar.

Levanto la cabeza y entonces la veo, es Marta, la madre de Gonzalo, estoy en su clínica.

–          Marta. – Confirmo pronunciando su nombre en voz alta.

–          Eso es, estaba empezando a sospechar que no me recordabas. – Me contesta con voz dulce. – ¿Qué tal te encuentras?

–          Como si me hubiera pasado un tren de mercancías por encima. – Le confieso.

–          Me lo imagino, pero me refería a cómo estás emocionalmente.

–          Como si me hubiera pasado un tren de mercancías por encima. – Le repito lanzando un gran suspiro. Algo más estable, veo que estoy en una habitación de hospital, pero no hay nadie a mi lado, tan solo Marta. – ¿Dónde está mi padre? ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

–          Llevas aquí dos días, has estado durmiendo todo este tiempo. – Me responde Marta con amabilidad. – Tu padre, tus amigas y algunas personas más están fuera, les he hecho salir para revisar tus constantes, estabas tardando mucho en despertar. ¿Quieres que avise a alguien para que venga?

–          No. – Le contesto rápidamente. Marta me mira alzando una ceja y le aclaro: – Estoy cansada, confundida y creo que a punto de volverme loca. No estoy preparada para que me hagan preguntas de las que no tengo respuesta.

–          Necesitas descansar, así que no está permitido que haya nada más que una persona en la habitación. – Me dice Marta. – Si quieres ver a alguien le puedo hacer pasar y, si prefieres estar sola, no dejaré que nadie entre.

–          Debes pensar que soy una persona horrible, ¿verdad?

–          Si te soy sincera, lo único que pienso es que estás demasiado preocupada por algo de lo que tú no tienes ninguna culpa. Creo que necesitas aclarar tus ideas, puede que te vaya bien hablar con alguien. – Marta suspira y finalmente me pregunta: – Esto tiene que ver con mi hijo, ¿verdad?  – No respondo y miro hacia a otro lado. – No sé qué habrá hecho, pero sí te puedo decir una cosa: mi hijo está enamorado de ti y lo sé porque es la primera vez que lo veo así por una chica. Lleva dos días junto a la puerta de la habitación, no se ha querido mover de aquí pese a que todos hemos insistido que se vaya un rato a casa a descansar.

–          ¿Gonzalo está aquí? – Pregunto sorprendida.

–          Sí. – Me responde. – Yasmina, quiero agradecerte lo que has hecho por Claudia. Toda mi familia estará siempre en deuda contigo.

–          No tenéis nada que agradecerme, todo ha sido por mi culpa.

–          Tú no tienes la culpa de nada, Yasmina. – Me asegura Marta. – Eres una persona maravillosa a la que admiro, has salvado la vida de mi hija y le has traído la alegría a mi hijo Gonzalo. Siempre estaré en deuda contigo, hagas lo que hagas.

–          ¿Puedes decirle a mi padre que entre?

–          Claro que sí, ya verás cómo todo va ir bien.

–          Marta, gracias por la charla. – Le digo antes de que salga de la habitación. – Me ha venido muy bien.

–          Cuenta conmigo para lo que necesites.

Marta desaparece y yo cierro los ojos tratando de mitigar el dolor, pero sin éxito alguno. Dos minutos después mi padre aparece y me mira con el rostro desencajado. Pobre hombre, su hija no deja de darle disgustos.

–          Perdóname, papá. – Le digo con lágrimas en los ojos. – Te prometo que nunca más te haré pasar por algo así.

–          Eso espero, cielo. Corres el riesgo de que me dé un infarto. – Me responde abrazándome con cuidado. – ¡Contigo no gano para disgustos! – Bromea. – ¿Cómo estás, pequeña?

–          He tenido días mejores. – Le respondo sonriendo.

–          Cielo, Bruce me ha contado todo lo que ha pasado y he visto a Gonzalo…

–          Lo sé, Marta me ha dicho que lleva dos días aquí. – Le interrumpo. – Si te soy sincera, tengo miedo, papá.

–          Si no te arriesgas, no ganas. – Me recuerda mi padre. – Gonzalo tiene un pasado que todo el mundo conoce, igual que tú también tienes un pasado. Tú tampoco te has querido comprometer con nadie, en cuanto la cosa se ponía seria con algún chico lo despachabas, pero los dos podéis tener un futuro juntos si así lo deseáis. – Mi padre suspira y, un poco incómodo, añade: – También sé lo de esa pelirroja, ya conoces a Lorena, se entera de todo y le gusta dejar las cartas sobre la mesa.

–          Debería hablar con las chicas.

–          Las haré pasar una a una, la doctora ha sido muy estricta con las visitas y nos ha prohibido agobiarte. – Me dice mi padre divertido. Me besa en la mejilla a modo de despedida y añade: – No creo que me dejen volver a entrar, ahí fuera hay demasiada gente que quiere verte. Pero mañana a primera hora de la mañana estaré aquí y quiero ver una gran sonrisa en tu hermosa cara.

–          Lo intentaré.

Mi padre sale de la habitación y las lágrimas que estaba tratando de contener se escapan de mis ojos. Adoro a mi padre, es un buen hombre y tiene mucha paciencia conmigo.

La siguiente en entrar es Lorena. Por su gesto intuyo que se está mordiendo la lengua y es que ella es así: no puede callarse nada que le pase por la cabeza, aunque ahora está haciendo un gran esfuerzo.

–          Venga, suéltalo o explotarás. – Me mofo.

–          Me han prohibido abrir mi bocaza, de lo contrario mañana no me dejarán entrar a verte a tu nueva habitación. – Me dice refunfuñando.

–          Estamos las dos solas, nadie se enterará y, si no eres demasiado mala conmigo, te prometo que no se lo diré a nadie. – Le contesto divertida.

–          Está bien, te lo diré de una forma suave y delicada. – Me responde burlonamente. – Creo que eres idiota por dos motivos, bueno, puede que por más de dos motivos, pero sobre todo por dos de ellos.

–          Creo que tendrás que explicarte algo mejor, estoy sedada y me he llevado más de un golpe en la cabeza. – Bromeo.

–          Para empezar, no me puedo creer que te escaparas de casa de Gonzalo para reunirte con James e intercambiarte con Claudia. Debiste decirlo, has podido morirte y de paso nos hubieras matado a todos. – Me dice Lorena con la voz temblorosa y con lágrimas en los ojos que amenazan con derramarse por sus mejillas. – Todos estamos bastantes histéricos, sobre todo Gonzalo. – Me mira a los ojos y me dice – Nadie sabía por qué habías desaparecido, Mike dijo que tú le habías comentado esa misma mañana que habías visto a Gonzalo la noche anterior con una chica pelirroja que lo besaba, así que al principio todos creyeron que te habías ido por eso, pero Derek dijo que no tenía ninguna lógica, si hubieras querido irte se lo hubieras dicho y él y sus agentes te hubieran seguido.

–          Mi padre y Marta me han dicho que Gonzalo está al otro lado de la puerta y que no se ha movido de ahí en los dos días que hace que llegué. – Comento tratando de averiguar cualquier cosa que consiga animarme un poco. – Todo era perfecto y ahora ni siquiera sé lo que va a ser de nosotros.

–          Mientras que tú has estado durmiendo, yo he estado haciendo los deberes. – Me responde divertida. – Obviamente, lo primero que he hecho es averiguar todo lo posible sobre esa tal Alexia o, como tú la llamas, la arpía pelirroja.

–          ¿Qué has averiguado? – Quiero saber.

–          Según parece, la tal Alexia era una de las amiguitas de Gonzalo. – Empieza a decir Lorena. – Tanto Claudia como Esther me han asegurado que Gonzalo no tiene el menor interés por Alexia, bueno ni por Alexia ni por ninguna otra chica. Eres la única a la que ha llevado a su casa y, más importante todavía, eres la única chica que ha presentado a su familia. Ese chico te quiere, de eso no me cabe duda.

–          Vi cómo se besaban. – Titubeo.

–          Ella se le echó encima y él la echó después de dejarle claro que estaba contigo y que lo vuestro iba en serio. – Me asegura Lorena. – El pobre está fatal, no ha querido moverse de aquí pese a que todos hemos insistido en que se vaya a casa a descansar unas horas y pese a que cree que no vas a querer saber nada de él. Y eso por no mencionar lo irritable que está, nos lo turnamos para soportarlo. – Añade bromeando. – Dime, ¿qué piensas hacer?

–          No lo sé, no he querido pensar en ello. – Le confieso con un hilo de voz.

–          Todo va a salir bien Yas, ya lo verás. – Me da un beso en la mejilla y añade a modo de despedida – Tengo que irme, los demás también quieren pasar un rato a saludarte, pero vendré mañana de nuevo. Llámame si necesitas algo.

Lorena me da otro beso en la mejilla y se marcha. Apenas tres segundos después, aparece Rocío sonriendo, pero su sonrisa se desvanece al ver mi aspecto.

–          ¡Estás horrible! – Exclama sin pensarlo dos veces.

–          Gracias, tú también estás genial. – La saludo con sarcasmo.

–          Quiero abrazarte pero me da miedo hacerte daño. – Me dice sin saber qué hacer, si acercarse o mantenerse a una distancia prudente.

–          Ven aquí y dame un beso, anda. – Le digo divertida. – ¿Cómo te va con tu vecino?

–          No te lo vas a creer, ¡es perfecto! – Exclama emocionada. – Es un tipo estupendo, me trata como una princesa y es un amante muy generoso y complaciente.

–          Así que ya te lo has tirado, me he perdido muchas cosas últimamente.

–          Sí, muchas veces. – Me dice burlonamente. – En cuanto te recuperes, te lo presentaré, estoy segura de que te va a caer muy bien.

–          Seguro que sí.

–          Debo regresar, la doctora no nos deja estar más de unos minutos contigo, así todos podrán verte. – Rocío me besa a modo de despedida y añade – La doctora también nos ha prohibido hablarte de cualquier cosa que pueda alterarte, pero siento que es mi obligación decirte que Gonzalo no se ha movido de aquí desde que llegaste y que te quiere, Yas.

Asiento con la cabeza sin decir nada y Rocío se marcha tras dedicarme una sonrisa. Respiro profundamente tratando de calmarme antes de recibir la siguiente visita. La puerta se abre y aparece Paula. Fuerza una sonrisa en cuanto me ve cubierta de vendas y cables conectados a varias máquinas.

–          No te preocupes, estoy bien. – Le digo sonriendo. – Al menos todo lo bien que se puede estar después de lo que ha pasado.

–          Has sido muy valiente. – Me dice Paula al mismo tiempo que me saluda besándome en la mejilla. – Pero también has sido una irresponsable, nos tenías a todos con el corazón en vilo. – Me reprocha con dulzura. – Tu padre y Gonzalo lo han pasado fatal. A tu padre le pudimos convencer para que descansara, pero a Gonzalo no ha habido quien le convenza para que se marchara a casa, ese chico está muy enamorado de ti.

–          ¿Os habéis puesto de acuerdo para hacer campaña en favor de Gonzalo? – Le replico molesta, cansada de que todos lo adoren como si fuera un santo cuando yo misma le vi con mis propios ojos besando a otra.

–          No tengo por qué hacer campaña en favor de Gonzalo, solo te estoy diciendo lo que veo, y lo que veo es que Gonzalo te quiere. – Me contesta Paula. – No puedo decirte lo que debes hacer, pero sí puedo recordarte que hicimos un trato, prometimos dejarnos llevar por nuestros sentimientos y hacer lo que de verdad deseamos. Yo lo he hecho y la verdad es que me va bastante bien.

–          Tú siempre has sido la más prudente de las cuatro, ¿crees que debería dejarme llevar pese a que le vi besando a otra?

–          Ni siquiera le has dejado que te explique qué ocurrió y, según he oído, se comportó como un hombre comprometido contigo. – Contesta Paula con dulzura. – Solo quiero que seas feliz y nunca te he visto tan feliz como cuando estás con él.

–          ¿Quién está esperando ahí fuera? – Le pregunto cambiando de tema.

–          Tu padre, nosotras, Derek, Bruce, Gonzalo, Claudia, Esther y Roberto.

–          Vaya, ¿los conoces a todos?

–          Han sido cuarenta y ocho horas muy largas e intensas, nos ha dado tiempo a hablar y conocernos un poquito. – Me dice sin dejar de sonreír. – ¿A quién quieres que le diga que pase primero?

–          Me da igual, como quieran ellos.

Paula se marcha y en su lugar entra Claudia, la hermana de Gonzalo. Se acerca a mí sonriendo con dulzura, me besa en la mejilla y me dice:

–          Seré breve, hay mucha gente que quiere saludarte y no queremos cansarte demasiado. Sé lo que hiciste por mí, me salvaste la vida y te lo agradezco, aunque todavía no entiendo cómo pudiste estar tan loca para hacer algo así. – Suspira profundamente y añade algo incómoda: – Sé que no es asunto mío, pero tengo que decirte que Alexia no significa nada para Gonzalo y que, desde que te vio por primera vez no ha estado con ninguna chica y esto no te lo digo porque él me lo haya pedido, él ni siquiera ha querido hablar del tema con nadie, te lo digo porque lo sé con seguridad y yo no mentiría a alguien que me ha salvado la vida y con quien estoy en deuda. Y, si no te importa, te agradecería que no le digas a mi hermano que te he dicho nada de esto o me matará.

–          No te preocupes, seré una tumba. – Le aseguro.

Claudia se despide de mí y después recibo la visita primero de Esther, la mejor amiga y secretaria de Gonzalo. La visita de Esther es rápida, tan solo quiere saludarme y desearme que me recupere pronto, pero cuando está a punto de marcharse, me dice:

–          No seas demasiado dura con él, lo está pasando bastante mal.

No hace falta que me diga de quién está hablando, todos hablan de él pero él no aparece. Asiento con la cabeza y veo salir a Esther sonriendo. Pocos segundos después entra Roberto, el mejor amigo y abogado de Gonzalo. Su visita también es breve, al igual que Esther, se interesa por mi salud. Pero ante de marcharse, Roberto se vuelve hacia a mí y me dice divertido:

–          Haznos un favor a todos y arréglalo con Gonzalo, está insoportable y nos está volviendo loco a todos.

Le dedico una sonrisa pero, como al resto de las visitas que he recibido, no le prometo nada, no sé cómo va ir la visita de Gonzalo si es que llega a visitarme porque he visto ya a ocho personas y ninguna de ellas era él.

El siguiente en entrar es Derek. Su cara me lo dice todo, está enfadado porque no le dije nada, no le dije que había recibido la llamada de James y decidí actuar por mi cuenta.

–          Lo sé, fui una estúpida e inconsciente. – Me adelanto. – Sé que tendría que habértelo dicho, pero no podía arriesgarme a que James le hiciera daño a Claudia.

–          Afortunadamente, todo ha salido bien. – Zanja la cuestión Derek. – Descansa, recupérate y, cuando estés preparada, ven a verme a Londres, tendremos asuntos que arreglar allí y debes estar presente. Debo regresar a Londres esta misma noche, pero llámame si necesitas algo o si simplemente te apetece hablar.

–          Estaré bien, te llamaré en unos días e iré a Londres a verte. – Le aseguro.

–          Mike te envía recuerdos, él también esperará en Londres tu visita. – Me dice antes de despedirse.

Observo a Derek marcharse y me quedo mirando la puerta. Ya solo quedan Bruce y Gonzalo, pero me da a mí que el siguiente en entrar será Bruce. Y no me equivoco. La puerta se abre y tras ella aparece Bruce. Sonrío al recordar que cuando lo conocí me daba miedo, es un tipo serio y con cara de pocos amigos, además de ser un hombre de tamaño considerable y lleno de músculos.

–          Estás como una cabra. – Me saluda Bruce divertido. – Aunque te adelanto que a Gonzalo no le ha hecho ninguna gracia.

–          ¿Está muy enfadado? – Me atrevo a preguntar.

–          Está enfadado, pero consigo mismo. – Me contesta Bruce. – Se siente culpable por lo que ha pasado, está preocupado por ti y también tiene miedo de lo que tú pienses y de la decisión que hayas podido tomar. En conclusión, está insoportable y nosotros tenemos que sufrirlo. – Me dice divertido. – Hagas lo que hagas, quiero que sepas que aquí tienes un amigo para lo que quieras.

–          Gracias, Bruce. – Le digo con un hilo de voz. – Siento todo lo que ha pasado y haberos metido en todo esto.

–          Tú no tienes la culpa de nada, solo has hecho lo que tenías que hacer. – Me asegura Bruce. – Eres una buena persona, Yas.

–          Querrás decir que soy un desastre. – Le corrijo. – ¿Puedo preguntarte algo, Bruce?

–          Lo que quieras.

–          ¿Qué hay exactamente entre Gonzalo y Alexia?

–          Eso debería explicártelo él, pero te adelantaré que no tienes nada de lo que preocuparte, Alexia no significa nada para Gonzalo. Él se enamoró de ti el primer día que te vio y desde entonces no ha tenido ojos para nadie más, y lo sé porque prácticamente paso las veinticuatro horas del día con él.

–          Entonces, ¿por qué le vi besando a otra?

–          Fue ella quien le besó a él y Gonzalo le puso las cosas claras y la echó. – Me asegura Bruce. – Hace muchos años que lo conozco y nunca le había visto así por ninguna chica, te quiere de verdad y desde que estáis juntos le veo feliz.

–          ¿Va a entrar a verme? – Le pregunto temiendo que su respuesta sea un no rotundo.

–          Sí, a menos que tú no quieras. – Me responde Bruce escudriñándome con la mirada. – Ha dejado que todos pasemos antes porque Marta solo deja entrar a una persona en la habitación y Gonzalo tiene previsto no moverse de aquí, así que, a menos que tú no quieras, sí, Gonzalo va a entrar a verte.

–          De acuerdo. – Le respondo.

–          ¿Quieres que le diga que entre? – Me pregunta sonriendo. Asiento con la cabeza y añade sin dejar de sonreír – No seas demasiado dura con él, lo único que quiere es cuidar de ti.

Tras pronunciar esas palabras, Bruce me sonríe, da media vuelta y se marcha cerrando la puerta de la habitación tras él.

Pienso en todo lo que me han dicho todas las personas que han entrado a verme, incluidas mis amigas y mi padre. Todos han dicho lo mismo aunque con distintas palabras: Gonzalo me quiere. Entonces, ¿por qué estoy tan aterrada? ¿Por qué siento tanto miedo a que me rechace? Porque lo amo y tengo miedo a perderle, esa es la única respuesta.

Solo tuya 23.

Solo tuya

“Hay momentos en la vida en los que la única manera de salvarse a uno mismo es muriendo o matando. Dispara, yo ya estoy muerto.” Julia Navarro.

Después de pasar tres horas en el todoterreno, sentada al lado de James, llegamos a una cabaña de piedra y madera situada en algún lugar del Pirineo de Lleida y lo único que hay alrededor es montaña. Bajamos del coche y entramos en la cabaña. No es muy grande, tiene una cocina americana, un pequeño salón con chimenea, un cuarto de baño y cuatro habitaciones. James ordena a uno de sus hombres que enciendan la chimenea, a pesar de estar en el mes de agosto, aquí debemos estar a cinco grados y hace bastante frío, sobre todo si vas vestida con una camiseta de tirantes y un short tejano. James me acompaña a una de las habitaciones y me dice:

–          Debes descansar, mi ángel. – Me da un beso en la mejilla y añade: – Mi habitación es justo la de al lado, avísame si necesitas algo.

Asiento con la cabeza y entro en mi nueva habitación, cerrando la puerta detrás de mí. La habitación solo tiene una pequeña ventana protegida por una reja de hierro acollada a la fachada y apenas está amueblada con una cama, una mesita de noche y un armario. Me tumbo en la cama y trato de dormir, estoy cansada física y mentalmente, necesito descansar.

Cuando me despierto son las doce del mediodía y nadie ha venido a buscarme para que me levante. Me levanto y salgo de la habitación para encontrarme con uno de los hombres de James en el pasillo.

–          El señor Hilton la espera en la cocina para almorzar. – Me dice haciendo un gesto para que me dirija hacia a la cocina.

–          Necesito ir al baño. – Le respondo sin mirarle y dirigiéndome al baño, justo en la dirección contraria a la que me ha indicado.

El tipo me mira, resopla y se dirige hacia a la cocina sin decirme nada, probablemente a informar a James de que ya me he levantado. Entro en el baño, me doy una ducha y vuelvo a ponerme la misma ropa que llevaba ayer, pues no tengo otra. Acto seguido me dirijo hacia a la cocina y allí me encuentro con James y sus hombres. Los cinco me miran en silencio durante unos instantes, hasta que James finalmente me dice:

–          Buenos días, ángel. ¿Has dormido bien?

–          He dormido, que ya es bastante. – Murmuro entre dientes.

–          Voy a salir un par de horas, necesitamos comprar varias cosas. – Me dice James. – Te quedarás con dos de mis hombres que te protegerán, mi pequeño ángel. ¿Necesitas que te traiga algo?

–          Algo de ropa no estaría mal. – Comento con indiferencia.

–          No te preocupes, traeré todo lo que necesites.

–          ¿No debería ir yo a comprar? – Le pregunto sabiendo la respuesta.

–          No, precioso ángel. Te estarán buscando y no quiero que te encuentren, no dejaré que nos vuelvan a separar. – Me responde antes de darme un beso en la mejilla y marcharse con dos de sus hombres.

Me quedo en la cabaña a solas con los otros dos hombres de James. Uno de ellos decide irse a una habitación a descansar un poco y el otro se queda conmigo en la cocina, vigilándome. La situación es tan surrealista que hasta el tipo parece sentirse incómodo, así que trato de incomodarle más.

–          ¿Hace mucho que conoces a James? – Le pregunto.

–          El tiempo suficiente.

–          El tiempo suficiente, ¿para qué?

–          Para que confíe en mí a la hora de protegerte, por ejemplo.

–          Yo hacía cinco años que no le veía ni sabía nada de él, creía que había muerto. – Le empiezo a decir. – Todo esto me ha cogido tan desprevenida que me siento extraña, como si estuviera soñando y nada de esto fuera real. – El tipo me mira y escucha lo que digo, pero no dice nada. – El caso es que estoy algo confusa, si ha estado vivo todo este tiempo, ¿por qué no ha venido a buscarme antes?

–          Eso debería preguntárselo a él. – Me responde sin querer entrometerse.

–          Tengo miedo de oír su respuesta, no estoy preparada si me rechaza. – Miento descaradamente. – Ni siquiera he terminado de asimilar que estoy aquí, con él.

–          Si hay alguien que al señor Hilton le importa, esa es usted. – Me responde zanjando el asunto algo incómodo. – Disculpe un momento.

El tipo se levanta de la silla y se dirige hacia el cuarto de baño, olvidando su móvil sobre la mesa de café. Esta puede ser mi única oportunidad para que Derek me encuentre antes de que James me saque del país. Cojo el móvil y marco el número de Derek, que me responde al segundo tono:

–          ¿Sí?

–          Derek, soy Yas. – Susurro. – Estoy en algún lugar del Pirineo de Lleida, en una cabaña de piedra y madera en lo alto de una montaña y sin nada alrededor. – Continúo susurrando a toda velocidad. – Este es el teléfono de uno de los hombres de James, localízalo y ven a buscarme, por favor.

–          Tranquila, ya estoy en ello. – Me asegura Derek. – ¿Estás bien?

–          He tenido días mejores. – Murmuro. Escucho el ruido de la cisterna y me despido a toda velocidad. – Lo siento, tengo que colgar.

Cuelgo sin esperar respuesta y borro el listado de llamadas para no dejar ningún rastro. Un segundo después el tipo regresa, por suerte no se ha dado cuenta de nada.

–          Estoy un poco mareada, si no te importa, me voy a echar un rato en mi habitación. – Le digo poniéndome en pie cuando termino de almorzar.

–          Por supuesto, avíseme si necesita algo. – Me responde acompañándome hasta la puerta de mi habitación.

Ya no puedo hacer nada más, solo esperar a que Derek me encuentre y por fin se acabe todo esto. Mi plan B es fugarme, pero teniendo en cuenta que estoy en mitad de la nada, no tendría muchas posibilidades de llegar a algún sitio antes de que James y sus hombres me encontrasen. ¿Qué estará haciendo Gonzalo? ¿Estará con la arpía pelirroja celebrando que ya no tiene que preocuparse por mí? Prefiero no pensar en ello, ya tengo suficientes problemas con los que distraerme.

James regresa a la cabaña al cabo de un rato, ha estado fuera menos de dos horas, pero ha traído todo lo que yo pueda necesitar: ropa de abrigo, pijamas, zapatillas de deporte, zapatillas de estar por casa, botas de montaña, tejanos pitillo, shorts, camisetas de tirantes, de manga corta y de manga larga, jerséis, ropa interior, vestidos de verano, vestidos de noche, zapatos con y sin tacón, cepillo de dientes, champú, gel de baño, cepillo para el pelo, un secador de mano, un enorme maletín de maquillaje y otras mil cosas que no creo que vaya a necesitar.

–          Esto tendrá que servirte durante un par de semanas, después podremos marcharnos de aquí y podremos ir a un lugar dónde puedas comprar todo lo que quieras. – Me dice James con un tono dulce de voz.

–          ¿Nos quedaremos aquí dos semanas? – Le pregunto.

–          Sí, debemos esperar a que las cosas se calmen antes de salir del país. – Me contesta James.

–          ¿A dónde iremos después?

–          Iremos a una pequeña isla desierta en mitad del pacífico. – Me responde. – Allí nadie nos molestará y estaremos juntos para siempre.

Asiento con la cabeza al mismo tiempo que rezo en silencio a todos los dioses habidos y por haber para que Derek me encuentre antes de que James consiga sacarme del país. Solo espero que pueda localizarme a través del teléfono móvil del tipo que se ha quedado conmigo esta mañana, en teoría no debe ser muy difícil.

Paso el resto de la tarde nerviosa, esperando que ocurra algo mientras estoy sentada en el sofá observando el color del fuego de la chimenea. Los hombres de James hacen guardia mientras que James trata de darme conversación sin éxito. Cuando estamos a punto de sentarnos a cenar, uno de los hombres de James entra en la cabaña y le dice con el rostro desencajado:

–          Están aquí, nos han encontrado.

–          ¿Cómo es posible? – Le espeta James. Me mira con el ceño fruncido, como si pudiera leerme la mente. Se vuelve hacia a uno de sus hombres y le pregunta: – ¿Habéis apagado los teléfonos móviles?

–          Sí, el único que lo tiene encendido es John, cómo nos dijiste. – Le responde el tipo con cierto temblor en la voz.

–          ¡John, ven aquí! – Ordena James alzando la voz. John, que es el tipo que se ha quedado conmigo esta mañana y a quien le he cogido el teléfono móvil, se presenta ante James y él le dice: – Revisa tu teléfono y comprueba las llamadas realizadas y los mensajes enviados. – Se vuelve de nuevo hacia a mí y me advierte: – Si has sido tú quien les ha avisado, lo pagarás.

John me fulmina con la mirada, él también parece intuir lo que ha pasado y por supuesto no le ha gustado nada. Sale de la cabaña con su teléfono móvil en la mano y sé que estoy perdida.

Cuando John regresa apenas cinco minutos después de haberse marchado, lo hace con el gesto contrariado y, mirándome con tristeza, le dice a James:

–          Ha llamado este mediodía y ha estado hablando con alguien durante poco más de un minuto, nos ha delatado.

La reacción de James es inmediata: me abofetea en la cara tan fuerte que me tira al suelo. Me mira furioso y brama con desprecio:

–          Te dije que me las pagarías y me las vas a pagar. He vuelto a por ti creyendo que eras mi ángel y solo eres una zorra vulgar y sucia. Me he arriesgado viniendo a buscarte y me la has jugado, me has traicionado. – James me levanta del suelo agarrándome del pelo y me espeta furioso: – Pensaba tratarte como a una princesa, pero ahora serás mi esclava. – Se vuelve hacia a sus hombres y les ordena: – Recoged lo básico, nos vamos.

James me lleva a rastras hasta el todoterreno, me obliga a subir en la parte trasera del vehículo y bloquea las puertas y las ventanillas. Justo en ese momento, varios coches aparecen al final del estrecho camino de tierra y piedras, supongo que es Derek y sus agentes y trato de calmarme repitiéndome una y otra vez que ya está a punto de acabarse todo, que pronto estaré con mi padre y con las chicas, pero prefiero no pensar en Gonzalo.

Los hombres de James salen de la cabaña y rápidamente guardan en el maletero todo lo que han cogido de la cabaña y desenfundan sus pistolas. No sé muy bien cómo, pero en un abrir y cerrar de ojos me veo envuelta en mitad de un tiroteo encerrada en un coche. Escucho varios tiros procedentes de todas partes, grito asustada sin saber qué hacer, no puedo salir de aquí. De repente la puerta del conductor se abre y James se sienta tras el volante al mismo tiempo que arranca el motor del todoterreno y me dice:

–          Agárrate y trata de no acercarte a las ventanillas, no quiero que mueras todavía.

Le obedezco por puro instinto de supervivencia, aunque si logra despistar a Derek y a sus agentes prefiero estar muerta. Me acobijo tras el respaldo del sillón del copiloto y me aparto de las ventanillas del vehículo.

No puedo ver nada, pero estoy segura de que James se ha salido del camino principal de tierra y piedras y ha cogido otro camino más rural, pues hay un montón de baches y, yendo a la velocidad que va James, temo que el todoterreno vuelque. James coge una curva bastante cerrada y frena bruscamente, el coche derrapa sobre las piedras y se para en seco cuando chocamos contra algo bastante contundente. Me doy varios golpes, uno de ellos en la frente y bastante fuerte. Tardo varios segundos en reaccionar, la cabeza me da vueltas y estoy mareada. Me llevo la mano a la frente y noto el líquido espeso y ese olor tan peculiar que tiene la sangre y que me provoca náuseas. Tengo una brecha en la frente y un golpe bastante feo en las costillas, mañana tendré un gran moratón si es que llego a mañana. Ni siquiera me doy cuenta que James ha salido del vehículo y me ha sacado a mí a rastras, hasta que me encuentro en mitad de la montaña y con James apuntándome a la cabeza con una pistola.

–          Empieza a caminar. – Me ordena dándome un empujón para que empiece a moverme.

Camino a duras penas y James, sin rastro de la amabilidad y educación que siempre ha tenido conmigo, me agarra del brazo con una mano mientras con la otra no deja de apuntarme con la pistola y me arrastra caminando más deprisa.

Consigo caminar a rastras unos trescientos metros antes de tropezar y caer al suelo. Estoy agotada, me duele todo el cuerpo, tengo cortes debido a los cristales rotos de las ventanillas del coche, una brecha en la frente que no deja de sangrar, un fuerte golpe en las costillas que me corta la respiración y las piernas me flaquean, ni siquiera puedo sostenerme en pie.

–          ¡Maldita zorra! – Blasfema James. – Si yo caigo, tú caerás antes que yo.

Me agarra por los pelos con una mano y me levanta dándome un fuerte tirón al mismo tiempo que con la otra mano me apunta con la pistola, dispuesto a disparar y matarme. Sin saber de dónde, saco fuerzas y forcejeo con James. Consigo zafarme de sus garras empujándolo hacia atrás y cayendo los dos al suelo al mismo tiempo que la pistola se dispara. Siento un quemazón horrible en el hombro derecho y la sangre me recorre desde el hombro hasta a los dedos. El olor de la sangre me marea, pero todavía no he perdido la consciencia cuando veo a James levantarse del suelo, recoger su pistola y apuntarme de nuevo.

–          ¿Quieres decir unas últimas palabras? – Me pregunta burlonamente.

–          Muérete. – Logro balbucear haciendo un gran esfuerzo.

James sonríe maliciosamente pero, justo antes de que pueda apretar el gatillo, oigo voces, pasos y varios tiros y acto seguido veo caer al suelo el cuerpo de James, quedando completamente inerte. Suspiro aliviada, al menos James está muerto. No sé si sobreviviré a esto, pero al menos él ya no podrá hacer más daño.

–          ¡Yas, Yas! ¡Háblame! ¿Estás bien? – Me grita Derek presionando la herida de mi hombro tratando de detener la hemorragia. – ¡Joder!

–          Lo siento. – Murmuro con un hilo de voz.

–          Te vas a poner bien, Yas. – Me asegura Derek. Se vuelve hacia sus agentes y les ordena con voz firme – La trasladaremos en helicóptero a la clínica. Bruce, Mike, vosotros vendréis conmigo en el helicóptero, el resto quiero que os quedéis a limpiar todo esto y quiero que me mantengáis informado de cualquier cosa que averigüéis. Ah, una cosa más: quiero que os aseguréis de que James Hilton está muerto, quiero que escoltéis su cadáver en todo momento, lo repatriaremos al Reino Unido.

Escucho a Derek dar una orden tras otra mientras trato de fijar la vista en los rostros de todos los que hay a mi alrededor tratando de encontrar a Gonzalo, pero él no está aquí.

–          Te vamos a llevar a casa, Yas. – Me susurra Bruce. – Todo va a salir bien.

–          ¿Mi padre, las chicas y Claudia están bien? – Pregunto cerrando los ojos.

–          Todos están bien, no tienes nada de lo que preocuparte. – Me asegura.

No menciona a Gonzalo y yo tampoco pregunto por él. Si me quisiera estaría aquí, a mi lado. Sin embargo, los únicos que están a mi lado en este momento son Derek, Bruce y Mike.

Pocos minutos después un equipo médico se encarga de ponerme una vía intravenosa, me presiona la herida del hombro y me curan la brecha de la frente para después subirme a una camilla y me meterme en un helicóptero para llevarme a una clínica. Derek, Bruce y Mike no se separan de mí en ningún momento.

Todos tratan de darme conversación para distraerme, me animan diciendo que todo va a salir bien, pero yo estoy demasiado cansada. Estoy demasiado cansada para pensar, estoy demasiado cansada para seguir luchando. Mis párpados se cierran y no puedo hacer nada para mantenerlos abiertos. Durante unos instantes los escucho hablarme, pero no puedo contestarles, es como si mi alma hubiera abandonado mi cuerpo, como si pudiera contemplar la escena desde otro ángulo, como si yo no formara parte de esa escena.

Solo tuya 22.

Solo tuya

“No hay nada como volver a un lugar que no ha cambiado para darte cuenta de cuánto has cambiado tú.” Nelson Mandela.

Nada más entrar en el ático la melancolía se apodera de mi cuerpo. La última vez que estuve aquí era una persona completamente distinta, con prioridades y metas distintas. Ahora solo soy una simple mujer de veintisiete años asustada pero resignada a su destino.

Mi prioridad ahora es salvar la vida de Claudia, ella tan solo es una inocente víctima que no se merece pasar por esto. Mi misión es liberarla y a cambio seré yo quien pierda la libertad, pero eso es lo justo, soy yo quien ha provocado esta situación.

Recorro todo el apartamento estancia por estancia, recordando divertidas anécdotas con las chicas a las que tanto echo de menos. Ni siquiera puedo llamarlas para despedirme. Pero puedo dejarles una nota, estoy segura de que cuando no me encuentren el primer sitio donde me buscarán será en mi apartamento. Tan solo les escribo unas palabras: Si algo va mal, solo quiero que sepáis que lo siento, pero debía hacerlo. Os quiero, chicas, no lo olvidéis nunca.  Y dejo la nota pegada al espejo del hall de entrada, ahí seguro que la verán. Y, ya que estoy puesta, también le dejo una nota a mi padre: Perdóname, papá. Si me pasa algo mi padre no me lo perdonará nunca pero, me guste o no, tengo que hacerlo.

A medianoche me despido de mi apartamento y bajo a la calle. Me quedo de pie junto al portal hasta que un monovolumen para frente a mí y dos tipos salen del coche y se acercan.

–          ¿Señorita Yasmina Soler? – Me pregunta educadamente uno de los dos tipos con acento inglés.

–          Soy yo. – Le confirmo con un hilo de voz.

–          Acompáñenos, por favor. – Me dice el mismo tipo. – El señor Hilton la está esperando, pero antes debe entregarnos cualquier dispositivo electrónico que tenga.

Obedezco sin protestar, le entrego mi móvil y entro en el vehículo. Uno de los tipos se sienta conmigo en la parte trasera del vehículo y el otro se sienta en el asiento del copiloto, junto a otro tipo que está sentado tras el volante. ¿James ha enviado a cuatro hombres a recogerme? Eso solo puede significar que desconfía de mí, lo cual no es un buen presagio.

Paso casi una hora montada en un coche con tres desconocidos en el más absoluto de los silencios hasta que por fin el vehículo se para frente a una masía bastante alejada del casco urbano. Por los alrededores no hay nada más que viñedos iluminados tenuemente por la luz de la luna llena, estoy en mitad de ninguna parte.

La puerta principal de la masía se abre y veo aparecer a James. Han pasado cinco años y lo veo igual que siempre, es como si en vez de cinco años hubieran pasado cinco días. Lo más curioso es que yo me siento igual que me sentía hace cinco años: me siento vacía.

–          Mi ángel, por fin estamos juntos. – Comenta James acercándose a mí despacio. – No tengas miedo, pequeña. Yo voy a cuidar de ti.

Me abraza y yo me dejo abrazar, pero estoy tan tensa que el abrazo acaba resultando incómodo para los dos.

–          ¿Dónde está Claudia? – Le pregunto con un hilo de voz.

–          Está dentro. Vamos, te acompañaré a verla. – Me dice James arrastrándome al interior de la masía.

Entramos en la masía seguida de los cuatro tipos que me han acompañado en el coche y me han traído hasta aquí. Pasamos a un amplio salón y James, hablando en inglés, ordena a los cuatro hombres:

–          Esperad aquí, ahora mismo vuelvo.

Los cuatro hombres hacen un gesto afirmativo con la cabeza y se quedan en el salón mientras James me guía hasta a una habitación al fondo del pasillo. Introduce una llave en la cerradura, abre la puerta de la habitación y me dice:

–          Tu amiga está ahí, entra y despídete de ella. Vendré a buscarte en unos minutos, nos queda un largo camino que recorrer. Enviaremos un taxi a recogerla para que regrese a su casa, ya te dije que no le haría daño si dejaban que tú regresaras conmigo.

Entro en la habitación y James cierra de nuevo la puerta con llave. Doy un par de pasos y, en un rincón, veo a Claudia agachada en el suelo. Corro hacia ella y le pregunto preocupada:

–          Claudia, ¿estás bien? ¿Te han hecho algo?

–          Estoy bien, Yas. Solo estoy un poco asustada. – Me responde. – Está loco, dice que eres su ángel y me ha secuestrado para recuperarte. No tendrías que haber venido, Yas.

–          No pasa nada, Claudia. – Trato de tranquilizarla.

–          No entiendo cómo mi hermano te ha dejado venir. – Me mira a los ojos y lee la verdad en ellos. – No le has dicho nada, ¿verdad?

–          Es mejor así, créeme. – Doy por cerrado el tema. – Tengo que irme con ellos, pero enviaremos un taxi a buscarte para que regreses a casa. Solo te pido una cosa, Claudia, quiero que llames a este número. – Le entrego una tarjeta de Derek y añado – Es Derek Becker, un agente inglés que nos estaba protegiendo a Gonzalo y a mí. Él sabrá qué hacer.

–          ¿No quieres que le diga nada a mi hermano? – Me pregunta confusa y sorprendida. – No sé qué habrá pasado entre vosotros, pero no creo que sea tan grave…

–          No quiero hablar de ello, Claudia. – La interrumpo. – Además, ya nada importa.

La puerta se abre y James aparece junto a sus tres hombres.

–          Hay un taxi en la puerta que te llevará a dónde quieras. – Le dice James a Claudia con tono seco y distante. – Aquí tienes tu bolso y tu teléfono móvil. Y, una cosa más, diles que ahora el ángel está en el lugar al que pertenece.

Claudia me mira aterrorizada, no entiende nada pero yo no tengo tiempo de explicárselo. Me mira esperando una explicación, pero yo no soy capaz ni de mirarle a la cara, así que agacho la cabeza mientras los hombres de James la acompañan al taxi. La observo alejarse en el taxi y acto seguido James me hace un gesto para que suba a un todoterreno negro y él sube detrás de mí mientras dos tipos suben con nosotros y los otros dos suben en el monovolumen. Repartidos en dos coches, nos ponemos en marcha. Ni siquiera sé a dónde vamos, pero tampoco me importa.

 

 

Mientras tanto, en otro lugar…

Después de la reunión por el cambio de turno de los agentes de Derek, me dirijo a la cocina en busca de Adela, quiero saber si Yasmina ha cenado. Las últimas veinticuatro horas han sido un caos y la he evitado. La inesperada visita nocturna de Alexia me ha puesto de mal humor, ni siquiera sé cómo ha conseguido mi dirección ni por qué ha creído que podía presentarse aquí en plena noche. Siempre le he dejado claro que solo quería pasar un buen rato, que entre nosotros nunca habría nada serio. Está despechada porque una vez le dije que nunca me casaría y sin embargo me ha visto en la prensa y las revistas que anuncian mi compromiso con Yasmina. No quería hacerle daño, pero Alexia se me ha tirado encima y me ha besado, así que he tenido que pararle los pies. Tras decirle que no quería saber nada más de ella y que se mantuviera alejada de nosotros, le he pedido que se marchara. Alexia cree que mandé construir una casa solo para estar con Yasmina, cree que es solo un capricho. Incluso ha llegado a echarme en cara que trataba de seducir a Yasmina por el día mientras por la noche me acostaba con ella. Y lo más gracioso de todo es que Roberto se encargó de buscar varias empresas de construcción y, tras conocer la reputación de Alejandro Soler, decidimos contratarle a él. Ni siquiera sabía que tenía una hija y mucho menos que trabajaba con él. Roberto se encargó de la primera reunión para negociar las cláusulas del contrato, él se ocupa de todos mis asuntos legales. No voy a negar que la primera vez que vi a Yasmina me resultó una chica preciosa y muy inteligente, pero fue al oírla hablar de la casa de sus sueños cuando me hechizó por completo. Ella es auténtica y real, no es como el resto de las chicas a las que conozco, con la excepción de Esther, pero Esther es casi como mi hermana.

Y ha sido justo después de que Alexia se marchara cuando lo he tenido más claro que nunca, quiero pasar el resto de mi vida con Yasmina. Pero entonces la he encontrado en el jardín, charlando íntimamente con Mike, el maldito agente de Derek que tuvo el descaro de ponerle crema solar a Yasmina. Y, por si fuera poco, entre ellos había buena sintonía, parecía que el que estorbase fuera yo.

–          Gonzalo, ¿necesitas algo? – Me pregunta Adela con tono áspero en cuanto me ve entrar en la cocina.

–          Solo quería saber si Yasmina había cenado.

–          Sí, ha bajado la bandeja con los platos completamente vacíos hace una hora. – Me responde en el mismo tono.

–          ¿Ocurre algo, Adela?

–          Eso debería preguntarte yo a ti. – Me replica molesta. – ¿Se puede saber qué diablos te pasa por esa cabeza hueca? No sé qué ha pasado, pero te aseguro que comportándote así no lo solucionarás.

–          Todo esto es nuevo para mí. – Me defiendo.

–          Eso no es ninguna excusa, Gonzalo. – Me regaña. – Yas no está pasando por un buen momento, necesita que la apoyes. – Opina Adela. – Nos ha dicho que estaba enferma, pero a mí me ha parecido que estaba triste y disgustada.

–          Intentaré arreglarlo, te lo prometo. – Le aseguro.

Adela me besa en la mejilla y me da las buenas noches antes de retirarse a su habitación para descansar. Me sirvo un vaso de wiski con hielo y me siento en un taburete frente a la ventana, observando la vista nocturna del jardín trasero. Pierdo la noción del tiempo pensando y finalmente tomo una decisión: cuando todo el asunto de James Hilton se resuelva, le voy a pedir a Yasmina que se case conmigo y pienso hacerlo por todo lo alto.

–          Es más de medianoche, deberías ir a descansar. – Me aconseja Bruce sacándome de mis propios pensamientos. – Y también deberías solucionar lo que sea que hayas estropeado con Yasmina, no lo está pasando bien.

–          ¿Por qué todos creéis que el culpable soy yo? – Le reprocho molesto. – Todos pensáis que es demasiado buena para mí, ¿no?

–          Yo no he dicho eso.

–          Puede que no lo hayas dicho en voz alta, pero todos lo pensáis. – Le espeto. – He cambiado desde que la conozco, soy mejor persona, me siento mejor, me siento feliz. Ni siquiera he tenido la menor tentación de acostarme con otra mujer desde que la conozco, solo quiero estar con ella. – Resoplo resignado y añado con frustración: – Y cuándo estoy dispuesto a hablar con ella y confesarle lo que siento o, mejor dicho, lo que me hace sentir, la encuentro con ese maldito Mike, manteniendo una íntima conversación como si se conocieran de toda la vida.

–          A eso se le llaman celos y, por si no lo sabías, se sienten cuando se teme perder a alguien a quien amas porque se enamore de otro. – Se mofa Bruce.

–          ¿Qué te hace tanta gracia? – Le gruño.

–          Te gusta tenerlo todo bajo control, eres así desde que te conozco. – Comenta Bruce guardando la botella de wiski. – Pero Yas ha llegado a tu vida como un huracán, lo ha revolucionado todo y te ha hecho perder el control, te has enamorado.

–          ¿Y eso es malo?

–          Eso es maravilloso porque ella también se ha enamorado de ti, pero si continuas comportándote como un capullo la perderás. – Me advierte.

–          ¿Algún consejo?

–          Habla con ella, dile lo que sientes y deja a un lado esos celos. Demuéstrale que confías en ella y, sobre todo, que ella puede confiar en ti.

–          Tienes razón, iré a ver qué tal está y, si está despierta, hablaré con ella. – Le contesto decidido.

Me dirijo hacia a nuestra habitación y abro la puerta despacio, tratando de no hacer ruido para no despertar a Yasmina si se ha quedado dormida. Pero me sorprendo al comprobar que ella no está en la habitación y tampoco en el baño. Bajo de nuevo las escaleras y recorro el salón, el comedor y la cocina, pese a que acabo de venir de allí y Yasmina no estaba. ¿Dónde se ha metido? La llamo a su teléfono móvil pero está apagado. Me dirijo al cuarto de seguridad donde uno de los agentes hace guardia y, empezando a ponerme nervioso, le pregunto:

–          ¿Has visto a Yasmina?

–          No, no la he visto. ¿No está en su habitación? – Me pregunta preocupado. Niego con la cabeza y añade: – Avisaré a Derek.

Doy media vuelta y recorro toda la casa en busca de Yasmina y, cuando no la encuentro en ninguna parte, voy a buscar a Bruce a su habitación.

–          ¿Has visto a Yasmina? – Le pregunto.

–          No, ¿no la encuentras? – Me pregunta Bruce con el ceño fruncido, tan preocupado como lo estoy yo.

–          No encuentro a Yasmina por ninguna parte, no está en la habitación, el agente que controla las cámaras de seguridad tampoco la ha visto y, a menos que se haya metido en la habitación de Adela o en la de algún agente, tampoco está en la casa. La he llamado al móvil y lo tiene desconectado. – Le respondo.

–          A lo mejor ha salido a dar un paseo por el jardín. – Trata de tranquilizarme. – Vamos a buscarla.

Nos encontramos a Derek al pie de las escaleras y entre los tres recorremos el jardín y toda la casa. Pero nada, no hay ni rastro de ella.

–          Gonzalo, no te ofendas pero, ¿ha ocurrido algo por lo que ella pueda haberse ido? – Me pregunta Derek incómodo.

–          Hoy apenas la he visto, estaba un poco molesto y ella parecía estar también molesta conmigo, aunque no sé por qué. – Le respondo pasándome las manos por la cabeza. – No hemos discutido y no ha pasado nada para que ella haya decidido irse por su propio pie.

–          Puede que sí haya algo. – Comenta Mike clavando sus ojos en mí. – Esta mañana vino a buscarme, anoche bajó al salón y te vio besando a la pelirroja, sabía que yo estaba de guardia y quería preguntarme si vi algo.

–          ¿Dejaste entrar a la bruja de Alexia? – Me espeta Adela decepcionada.

–          ¡Joder! – Gruño entre maldiciones. – Fue ella la que me besó a mí y la eché. – Le aclaro a Adela. – Pero, ¿por qué no me dijo nada a mí y te lo contó a ti? – Le pregunto a Mike, él apenas la conoce, ha confiado en él antes que en mí.

–          Me lo contó a mí porque era yo el que estaba de guardia en la puerta principal cuando recibiste la visita. – Me responde Mike, ¿tratando de animarme? – Le dije que había visto cómo la echabas y le decías que no querías saber nada de ella, que estabas con Yas y que eso era lo único que te importaba, pero según parece ella escuchó algo que no la dejó creer en lo que le decía. Después llegaste tú y no hablamos más del tema.

–          Se ha ido por mi culpa, no sabemos dónde está y un psicópata que oficialmente está muerto la está buscando. – Respiro profundamente y murmuro: – Pero, ¿qué he hecho?

–          No se ha ido por eso. – Opina Derek. – Nadie la obliga a estar aquí, solo tenía que decirme que quería marcharse y la hubiéramos trasladado.

–          Si se ha ido, ¿cómo ha logrado burlar el sistema de seguridad, las cámaras de vigilancia y a los agentes que están de guardia? – Pregunta Mike.

–          Ese no es un problema para Yas. – Le responde Derek.

–          ¿A qué te refieres? – Pregunto sin entender nada.

–          Yas colaboró con nosotros cinco meses, estuvo infiltrada en una organización de narcotraficantes y tuvo que adquirir ciertos conocimientos. – Me aclara Derek. – Conoce la casa, el sistema de seguridad, la posición de las cámaras de vigilancia y el cambio de turno de los agentes que están de guardia. – Se vuelve hacia a Mike y le ordena: – Revisa las llamadas del móvil de Yas, quiero saber con quién ha hablado hoy.

Mike obedece y, sin tiempo que perder, enciende su ordenador portátil y trata de localizar el móvil de Yasmina.

–          El teléfono está desconectado y no tiene activado el GPS, así que no podemos localizar su posición, pero podemos acceder a sus llamadas. – Nos informa Mike al mismo tiempo que teclea en el ordenador. – Hoy solo ha recibido una llamada a las nueve de la mañana, vamos a ver a quién la ha llamado.

En la pantalla del ordenador portátil aparecen los datos personales de mi hermana Claudia.

–          Es mi hermana. – Murmuro.

–          Vamos a escuchar la conversación. – Anuncia Mike.

–          ¿Puedes hacer eso? – Le pregunto sorprendido.

–          Sí, tenemos su teléfono intervenido.

Mike teclea en el ordenador y escuchamos la conversación:

–          Hola Claudia.

–          Hola, mi ángel.

–          James, ¿eres tú?

–          Sí, mi ángel. Estoy tratando de ir a por ti para que estemos juntos, como debe ser, precioso ángel. Pero me lo están poniendo muy difícil, quieren apartarte de mí. Es nuestro destino, está escrito que vivamos y muramos juntos, precioso ángel.

–          ¿Dónde está Claudia, James? ¿Dónde está, James?

–          La utilizaremos como moneda de cambio, mi ángel. Ella será tu liberación.

–          No te entiendo.

–          La pequeña de la familia Cortés no regresará a casa hasta que mi ángel vuelva conmigo.

–          Si yo regreso a tu lado, ¿dejarás que Claudia se marche? – Le pregunto con un hilo de voz.

–          Eso es, precioso ángel. Si no estás conmigo antes de medianoche, la mataré.

–          ¡No! Yo quiero estar contigo, soy tu ángel. Dime a dónde tengo que ir.

–          Un coche te estará esperando frente al portal del edificio de tu apartamento a medianoche. Si no te llevan, la mataré. Si vienen contigo, también la mataré. Solo la soltaré cuando tú estés junto a mí.

–          Conseguiré estar allí y reunirme contigo, pero no le hagas daño a ella, Claudia es buena, es mi amiga.

–          Si nos dejan estar juntos, todo irá bien, mi precioso ángel. A medianoche estaremos juntos, ángel. A partir de ahora, todo nos va a ir bien, ya lo verás.

No me lo puedo creer, Yasmina se ha ido para intercambiarse por mi hermana Claudia. Miro el reloj, son la una de la madrugada. Desesperado me levanto y camino por el salón, pasándome las manos por la cabeza intentando pensar, mientras escucho el murmullo de los agentes, el teléfono móvil de Derek suena y habla por teléfono y yo me dirijo a la cocina en busca de mi móvil para llamar a mi hermana, pero su teléfono comunica.

–          ¡Gonzalo, es Claudia! – Exclama Bruce entrando en la cocina. – Venga, vamos.

Le sigo hasta el comedor y me encuentro a Derek dando órdenes a sus agentes.

–          ¿Está bien? ¿Sabe algo de Yasmina? – Le pregunto a Derek.

–          Tu hermana viene de camino, Yas le dio mi tarjeta para que me llamara.

–          ¿Y Yasmina? – Pregunto con un hilo de voz.

–          Yas se ha intercambiado por tu hermana, ahora está con James Hilton. – Me confirma Derek preocupado.

Le doy un puñetazo a la pared, maldigo una y mil veces y, cuando logro serenarme, le pregunto a Derek y sus agentes:

–          ¿Y ahora qué? ¿Dónde buscamos a Yasmina?

Derek abre la boca para contestarme, pero justo entonces mi hermana Claudia entra en el salón seguida por dos agentes y se me echa a los brazos llorando. La abrazo con fuerza y doy gracias porque ella esté bien.

–          ¿Estás bien, enana? – Le pregunto tratando de sonar tranquilo.

–          ¡No! – Me grita dejándome estupefacto. – No me puedo creer que la hayas fastidiado, Gonzalo, Yas es perfecta.

–          ¿A qué te refieres? – Le pregunta Bruce con el ceño fruncido.

–          Me pidió que le dijera a Derek que lo sentía y, cuando le pregunté si quería que te dijera algo, me dijo que no, insistí pero me dijo que era mejor así. – Me dice mi hermana mirándome con desaprobación.

–          Está enfadada conmigo. – Le confirmo avergonzado.

–          No, Gonzalo. Está decepcionada y eso es mucho peor. – Me reprocha Claudia. – Ni si quiera parecía importarle intercambiarse por mí, está resignada a su destino.

–          Claudia, ya vale. – Le advierte Bruce.

–          Tiene razón, Bruce. – Reconozco. – He sido un idiota, pero no estoy dispuesto a perderla.

Derek da un par de palmadas y empieza dar órdenes a sus agentes. Adela prepara una tila y se la ofrece a Claudia, que aunque se haga la fuerte está temblando. Derek le hace algunas preguntas y averiguamos que los hombres de James Hilton la secuestraron esta mañana cuando se dirigía al gimnasio y la han tenido retenida en una masía a las afueras de la ciudad. Los agentes de Derek ya se habían encargado de preguntarle al taxista dónde habían recogido a Claudia y están de camino al lugar, pese a que Claudia les ha asegurado que James, sus hombres y Yasmina se han marchado de allí dividiéndose en dos vehículos: un monovolumen y un todoterreno.

–          ¿Es que vamos a quedarnos aquí? – Le pregunto a Derek cuando termina de hacerle preguntas a Claudia. – Deberíamos salir a buscarla, estamos perdiendo el tiempo aquí de brazos cruzados o enviando a tus agentes al ático de Yasmina o a la maldita masía, ¡ella ya no está allí!

–          Ahora mismo, es lo único que podemos hacer. – Me contesta Derek. – Varios agentes están registrando el apartamento de Yasmina y esa masía en busca de alguna pista que nos indique a dónde han podido ir.

–          ¿Creéis que es posible que intente salir del país? – Pregunta Bruce preocupado.

–          No podrán salir del país en tren o en avión sin que los detectemos, si lo intentan en coche pueden tener alguna posibilidad, pero no creo que James Hilton se la juegue saliendo del país ahora, lo más probable es que se esconda durante unas semanas y espere a que las cosas se calmen para salir del país. – Opina Derek. – Estamos revisando las cámaras de tráfico, buscando los dos vehículos que nos ha descrito Claudia. Si las cámaras de tráfico los localizan, al menos sabremos qué dirección han tomado y por dónde empezar a buscar.

–          Deberías descansar, ahora no podemos hacer otra cosa que esperar a tener alguna pista, te avisaremos en cuanto sepamos algo. – Interviene Mike.

–          ¡Cómo si pudiera descansar! – Protesto con sarcasmo.

–          Gonzalo, debes descansar. – Sentencia Bruce. Se vuelve hacia a Claudia y añade: – Y tú también tienes que descansar, así que los dos a dormir.

Obligado por todos, Claudia y yo nos vamos a descansar, o al menos a intentarlo. Entro en la habitación y me tumbo en la cama. No consigo dormirme, el olor del perfume de Yasmina en las sábanas me perturba. La he decepcionado, Adela y Claudia lo han visto en sus ojos.

Solo tuya 21.

Solo tuya

“Hay dolores que matan, pero los hay más crueles: los que nos dejan la vida sin permitirnos gozar de ella.” Antoine L. Apollinarie Fée.

Tras pasar un estupendo fin de semana en casa de Philip y Grace Higgins, Gonzalo y yo regresamos a casa. Solo hemos estado un par de días fuera, pero he echado mucho de menos esta casa, la casa de mis sueños convertida en realidad. Aunque no es de mi propiedad, siento que esta casa tiene un pedacito de mí y me alegro de haberla construido para Gonzalo, por muy extraño que me resultara al principio.

Unos días más tarde, tengo una pesadilla en mitad de la noche y me despierto llorando. Estiro la mano en busca de Gonzalo, pero su lado de la cama está vacío y frío. Enciendo la luz de la mesita de noche y miro la hora en el despertador digital de Gonzalo, son las cuatro de la mañana. Preocupada por lo que pueda estar pasando, me pongo una bata encima del camisón y salgo de la habitación. Escucho murmullos procedentes del salón, así que despacio y sin hacer ruido bajo las escaleras y me detengo frente a la puerta cerrada del salón. Oigo una voz femenina que no reconozco y, a hurtadillas, intento escuchar la conversación.

–          No sé qué diablos estás haciendo aquí pero ya te estás marchando. – Le dice Gonzalo incómodo y nervioso. – Si Yasmina te ve aquí me buscas un problema.

–          Oh, claro, tu prometida. – Se mofa quién quiera que sea esa arpía. – La verdad es que ella no me preocupa, es solo uno de tus caprichos, Gonzalo. Un capricho del que te cansarás en un par de meses y volverás a mí como haces siempre.

–          No tienes ni idea, Alexia.

–          Dime una cosa, Gonzalo, ¿sabe ella que mientras tratabas de seducirla por el día era conmigo con quién pasabas la noche?

El corazón me late tan rápido que creo que se me va a salir del pecho, siento náuseas y me mareo. Estoy aterrorizada, estoy furiosa y, sobre todo, estoy muy confusa. La cabeza me da vueltas y cierro los ojos tratando de serenarme. Entonces, solo escucho el silencio. Un silencio de los que no presagian nada bueno, un silencio que me eriza la piel. Decidida a afrontar la verdad, abro un poco la puerta del salón sin hacer ruido y miro por una fina rendija. Y allí está lo que más me temía. Una arpía pelirroja se le ha echado prácticamente encima a Gonzalo y lo está besando mientras él trata de apartarla de su lado molesto pero sin malos modales.

Dos lágrimas brotan de mis ojos y regreso a la habitación abatida. Podría haber montado un numerito pero, ¿de qué serviría? Ni siquiera sé quién es la arpía pelirroja, pero puede que tenga razón. Puede que yo solo sea un capricho que durará un par de meses y después volverá con ella como hace siempre, o al menos eso ha dicho. ¿Y a qué ha venido eso de que Gonzalo trataba de seducirme a mí por el día mientras pasaba con ella la noche? No quiero pensar en esto, esto no me puede estar pasando a mí. Me asomo por la ventana y veo a Gonzalo acompañando a la arpía pelirroja hasta a su coche, un Mini de color rojo. Mike está de pie en el porche de la entrada principal, esta noche está de guardia y debe de haber visto entrar a esa arpía, puede que Mike me aclare algunas cosas.

Decido no hacer nada. Por primera vez en mi vida estoy tan asustada de la verdad que no quiero conocerla, al menos no ahora. Me meto en la cama y trato de dormir, aunque solo consigo dar vueltas en la cama y más vueltas a la cabeza.

Me duermo al amanecer y consigo descansar un par de horas, cuando mi teléfono móvil empieza a sonar. El lado de la cama de Gonzalo continúa vacío, anoche no regresó a la habitación y fue lo mejor, no creo que hubiera podido contener mi ira, mi furia ni mi desprecio. Alargo el brazo hacia la mesita de noche y alcanzo mi teléfono móvil con la intención de silenciarlo, no me apetece hablar con nadie. Pero cambio de opinión al ver que es Claudia quién me llama. Puede que en estos momentos odie a Gonzalo, pero su familia no tiene nada que ver con todo esto y se han portado bien conmigo, ellos no se merecen que les haga un desprecio.

–          Hola Claudia. – Trato de sonar alegre.

–          Hola, mi ángel. – Escucho al otro lado del teléfono y reconozco al instante esa voz, es James.

–          James, ¿eres tú? – Me escucho preguntar.

–          Sí, mi ángel. – Me confirma. – Estoy tratando de ir a por ti para que estemos juntos, como debe ser, precioso ángel. Pero me lo están poniendo muy difícil, quieren apartarte de mí. – Empieza a decir James y no lo noto muy lúcido, cuerdo nunca ha estado. – Es nuestro destino, está escrito que vivamos y muramos juntos, precioso ángel.

–          ¿Dónde está Claudia, James? – Le pregunto apretando los puños, rezándole a todos los dioses habidos y por haber para que ella esté bien. – ¿Dónde está, James?

–          La utilizaremos como moneda de cambio, mi ángel. – Me contesta James con una voz espeluznante que me pone la piel de gallina. – Ella será tu liberación.

–          No te entiendo.

–          La pequeña de la familia Cortés no regresará a casa hasta que mi ángel vuelva conmigo.

–          Si yo regreso a tu lado, ¿dejarás que Claudia se marche? – Le pregunto con un hilo de voz.

–          Eso es, precioso ángel. – Me confirma. – Si no estás conmigo antes de medianoche, la mataré.

–          ¡No! – Exclamo con la voz temblorosa. – Yo quiero estar contigo, soy tu ángel. – Le digo mientras las lágrimas invaden mi cara. – Dime a dónde tengo que ir.

–          Un coche te estará esperando frente al portal del edificio de tu apartamento a medianoche. – Me responde. – Si no te llevan, la mataré. Si vienen contigo, también la mataré. Solo la soltaré cuando tú estés junto a mí.

–          Conseguiré estar allí y reunirme contigo, pero no le hagas daño a ella, Claudia es buena, es mi amiga. – Le suplico.

–          Si nos dejan estar juntos, todo irá bien, mi precioso ángel. – Me dice James y se despide antes de colgar – A medianoche estaremos juntos, ángel. A partir de ahora, todo nos va a ir bien, ya lo verás.

James cuelga y yo en lo único que pienso es en que nada podría ir peor. Si a Claudia le pasa algo por mi culpa jamás me lo perdonaré.

Me meto en la ducha y trato de aclarar mis ideas. No sé cómo, pero a medianoche tengo que estar en mi apartamento y para eso antes debo salir de aquí. James no liberará a Claudia hasta que me tenga a mí con él, así que solo hay una solución posible. Tampoco puedo ir acompañada, James me ha advertido lo que pasaría. Puede que, cómo ha dicho James, este sea mi destino. Quizás mi destino no es otro que resignarme a lo que venga, ya no me importa nada.

Me visto con un short tejano y una camiseta de tirantes cruzados a la espalda y bajo a la cocina a desayunar.

–          Cielo, qué mala cara tienes. – Observa Adela nada más verme. – ¿Estás enferma?

–          He pasado una mala noche y no me siento muy bien. – Le respondo diciendo una verdad a medias.

–          Siéntate y deja que te prepare el desayuno. – Me ordena Adela con voz firme pero cariñosa. – ¿Sabe Gonzalo que ya te has levantado? – Me pregunta alzando las cejas, sabedora de mi respuesta.

–          No, cuando me he despertado él no estaba en la habitación. – Le respondo encogiéndome de hombros. – Pensaba encontrarlo aquí, pero supongo que estará en su despacho con Bruce y Derek y no quiero molestarle.

–          Últimamente todos estáis muy estresados, necesitáis relajaros.

Creo que Adela piensa que Gonzalo y yo hemos discutido. Probablemente ella también sepa que no ha pasado la noche conmigo, puede que también sepa quién es la arpía pelirroja que estuvo aquí anoche, pero a ella no puedo preguntarle nada, sé que Gonzalo se enteraría al instante.

Desayuno en compañía de Adela y, cuando termino, ella sube a la primera planta para arreglar las habitaciones, es una mujer de costumbres y muy inquieta. Me asomo por la ventana y veo a Mike en el jardín, está haciendo el cambio de guardia con otro agente. Lo observo con curiosidad hasta que finalmente se despide de su compañero y se dirige a la casa. Decido abordarlo en la puerta de acceso del jardín, justo antes de que ponga un pie dentro de la casa.

–          Señorita Soler, buenos días. – Me saluda alegremente.

–          Buenos días, Mike. – Le saludo tratando de esbozar una sonrisa. – Por favor, llámame Yas.

–          Lo haría, pero al señor Cortés no creo que le hiciera mucha gracia.

–          El señor Cortés no está aquí ahora mismo y, aprovechando que no está, me gustaría hablar contigo. – Quiero preguntarte algo.

–          De acuerdo, salgamos al jardín.

Caminamos por el jardín hasta que decidimos sentarnos en un banco bajo la sombra de varios árboles, estamos en agosto y hace calor pese a que solo son las diez de la mañana.

–          Tú dirás. – Me anima a hablar Mike.

–          La verdad es que no sé muy bien por dónde empezar. – Empiezo a decir. – Anoche me levanté de la cama y vi a una chica pelirroja con Gonzalo en el salón. Has estado de guardia esta noche y seguro que has visto algo…

–          No tienes nada de lo que preocuparte, a Cortés no le interesa lo más mínimo esa chica, te lo puedo asegurar.

–          Anoche vi como ella le besaba.

–          Y yo vi cómo Cortés la recibió y se despidió de ella. – Me replica Mike. – Yas, conozco la reputación que tiene Cortés, pero he sido testigo de cómo te mira, de cómo te trata y de cómo cuida de ti. Te aseguro que a ella no la miraba cómo te mira a ti.

–          ¿Puedo pedirte algo?

–          Lo que quieras.

–          No le cuentes a nadie nuestra conversación. – Le pido.

–          No te preocupes, será un secreto entre los dos. – Me asegura Mike sonriendo con complicidad. – Por ahí viene tu hombre y creo que no le ha hecho ninguna gracia vernos juntos.

Mike y yo nos quedamos en silencio observando cómo Gonzalo se acerca con cara de pocos amigos. Gonzalo llega hasta nosotros, nos mira con el ceño fruncido durante unos instantes y finalmente me dice:

–          Adela me ha dicho que no te sentías bien, ¿qué haces aquí?

–          He salido al jardín para que me diera el aire y me mareado un poco, pero por suerte Mike estaba cerca. – Miento descaradamente.

–          Vamos, te acompañaré a la habitación. – Sentencia Gonzalo.

Sé que está molesto, caminamos en silencio de regreso al interior de la casa y sigue sin hablarme cuando entramos en la habitación.

–          Parece que ese Mike siempre tiene el don de aparecer en los momentos más oportunos, ¿no crees? – Me recrimina más que molesto.

–          No tengo ganas de discutir, Gonzalo. – Le advierto sin poder evitar un ligero tono furioso en la voz. – No me siento demasiado bien y, si no te importa, voy a tumbarme un rato.

–          Está bien, avísame si necesitas algo, a menos que prefieras avisar a Mike. – Me lanza sus palabras como si fueran dagas antes de salir de la habitación.

Me muerdo la lengua para no echarle en cara la visita nocturna de la pelirroja, ahora ya nada de eso importa, tengo que centrarme en lo importante.

Con la excusa de que no me encuentro bien, paso el día encerrada en la habitación, devanándome los sesos para idear un plan que me permita escapar de aquí y conseguir estar frente al portal de mi apartamento a medianoche.

Antes de la hora de la cena, ya lo tengo todo pensado, solo necesito lograr llevarlo a cabo y no me va a ser nada fácil.

Cuando Gonzalo viene a buscarme para cenar, finjo que sigo enferma para no tener que bajar a cenar junto al resto y Gonzalo, como sigue molesto conmigo, decide pedirle a Adela que me suba la cena a la habitación y así zanja el asunto.

Después de cenar llevo la bandeja con los platos vacíos a la cocina y le digo a Adela, que es la única persona que encuentro en la cocina, que me voy a dormir para que nadie me moleste, lo último que quiero es que alguien entre en la habitación y descubra antes de tiempo que me he ido. Tarde o temprano lo descubrirán, pero necesito tener tiempo para salir de aquí y llegar hasta mi apartamento.

Lo tengo todo planeado, solo tengo que esperar que los agentes de Derek hagan el cambio de guardia a las diez de la noche, a esa hora los agentes se reúnen en grupos de dos y después, los que han finalizado su turno, se reúnen con Derek, Bruce y Gonzalo. Tengo media hora para salir de la casa, atravesar el jardín y llegar a la carretera sin que me vean, no va a ser fácil, pero creo que puedo conseguirlo.

A las diez en punto de la noche, llamo a la empresa de taxi y pido que me vengan a buscar a la entrada de la urbanización, no puedo ir andando a la ciudad o no llegaría ni mañana. Cuando cuelgo el teléfono, activo el modo vibrador y lo guardo en el bolsillo de mi short tejano. Abro la puerta de la habitación y, tras comprobar que no hay nadie en el pasillo, salgo de la habitación y bajo las escaleras sigilosamente. Cojo aire y respiro para tratar de calmarme, el corazón me va tan rápido que parece que se me vaya a salir del pecho. Echo un vistazo y, tras asegurarme de que no hay nadie en el hall, lo atravieso y cruzo rápidamente el estrecho pasillo que me lleva hasta el garaje. No puedo salir por la puerta principal porque me descubrirían, así que decido salir por la puerta lateral del garaje y cruzar el jardín rodeando el muro de contención, camuflándome entre los árboles y la oscuridad de la noche hasta llegar a la puerta de la verja y consigo salir de la propiedad de Gonzalo. Ha sido más fácil de lo que pensaba y eso no me tranquiliza en absoluto porque si yo me he paseado por la casa y el jardín sin que me vean cualquiera podría hacerlo, o bien me han visto y han dejado que me vaya para seguirme, aunque dudo que el carácter de Gonzalo le permitiera quedarse de brazos cruzados y mucho menos con el mal humor que se gasta hoy.

Corro un par de manzanas hacia la entrada de la urbanización donde el taxista ya me está esperando, subo al taxi y le doy la dirección de mi apartamento.

Cuando el taxista para frente al portal de mi edificio, le pago la carrera dándole una generosa propina y entro en el edificio para dirigirme al ático, todavía falta más de una hora para la medianoche, así que decido esperar en el ático, hace ya varias semanas que no paso por aquí.

Solo tuya 20.

“Somos amantes, no podemos dejar de amarnos.” Marguerite Duras.

Dos semanas y media más tarde, Gonzalo y yo viajamos a Londres acompañados por Bruce, Derek y varios de sus agentes. A mí padre no le ha gustado mucho la idea de que viajemos, está muy preocupado, pero Gonzalo ha logrado calmarle prometiéndole que no me ocurriría nada. Las chicas también están muy preocupadas, me llaman constantemente y me visitan de vez en cuando, pero no es lo mismo. No he vuelto a recibir ningún ramo de orquídeas ni nada por el estilo, pero Gonzalo insiste en que no es buena idea que salga sola con mis amigas, así que me reúno con ellas aquí. Cuando ellas vienen a visitarme nadie nos molesta, por lo que podemos hablar de cualquier cosa con tranquilidad, y eso incluye hablar de chicos.

Lorena le ha prometido a Erik que harán pública su relación después de las vacaciones en Alemania; Paula sigue en su nube de amor con Mario; Rocío ha tenido un par de citas con su vecino; y yo tengo una peculiar, apasionada e intensa relación con Gonzalo.

Lo cierto es que no puedo quejarme, Gonzalo está pendiente de mí en todo momento, me complace en todo, es amable, cariñoso y tiene mucha paciencia.

–          Cariño, estás muy callada. – Observa Gonzalo.

–          Estaba pensando. – Le respondo volviéndome para mirarle. Nada más bajarnos del avión nos hemos metido en un coche y ya llevamos dos horas en la carretera, necesito bajarme y estirar las piernas, así que pregunto: – ¿Falta mucho para llegar a casa de Philip?

–          Ya casi hemos llegado, en cinco minutos estaremos en casa de Philip. – Me asegura Derek.

Tal y cómo Derek me ha asegurado, cinco minutos después entramos en una villa y diviso una casa enorme en primera línea de playa. La verja se abre y Derek conduce atravesando el camino y aparca frente al porche de la entrada principal de la casa, donde Philip y su esposa Grace nos esperan para recibirnos.

Los saludamos a ambos con un afectuoso abrazo y Gonzalo se encarga de presentar a nuestros acompañantes.

–          Philip, Grace, ellos son Bruce y Derek, nuestros escoltas. – Gonzalo hace las presentaciones oportunas. – Debido al revuelo que la prensa ha formado con nuestro compromiso, hemos aumentado nuestra seguridad.

–          Tenemos un sistema de seguridad inquebrantable, el jefe de seguridad les llevará a la sala de vigilancia y colaborará con ustedes en lo que necesiten. – Les dice Philip amablemente a Derek y Bruce. – Pero antes os acompañaremos a todos a vuestras habitaciones para que os instaléis y os aséis antes de cenar.

Grace y Philip se encargan de repartir las habitaciones y nos instalamos. Estamos guardando la ropa en el armario cuando de la maleta de Gonzalo se caen dos sobres cerrados. Observo un gesto de sorpresa en el rostro de Gonzalo y le pregunto:

–          ¿Qué es?

–          Son los resultados de nuestros análisis, los recogí de la clínica justo antes de que me hablaras de la existencia de James Hilton. – Me confiesa Gonzalo. – Ese día no era el idóneo para hablar de eso, así que los metí en la maleta ya que al día siguiente nos trasladamos a la casa.

–          Están cerrados. – Observo recogiéndolos del suelo.

–          Quería que lo viésemos juntos, por eso no los abrí. – Me responde Gonzalo y, abrazándome desde la espalda, me pregunta: – ¿Quieres que los abramos ahora?

Asiento con la cabeza y ambos nos sentamos a los pies de la cama. Gonzalo me sonríe y me hace un gesto para que abra los sobres. Primero abro el mío, como no entiendo los resultados, voy directamente al final de la página donde la doctora que lo firma corrobora que todo está bien. Después abro el de Gonzalo y hago exactamente lo mismo, me dirijo hacia el final de la página donde la misma doctora firma los resultados y constata que todo está correcto.

–          Todo está bien aunque, si no hubiera sido así, ya nada podríamos hacer. – Apunto.

–          Cariño, te dije que yo siempre usaba protección, tú eres la única excepción. – Insiste Gonzalo. – Soy solo tuyo, Yasmina.

–          ¿Solo mío?

–          Solo tuyo. – Me asegura.

Gonzalo me besa y, lo que en principio iba a ser un beso breve, se convierte en una maraña de caricias, roces y ropa amontonada en el suelo. Gonzalo hace el intento de tumbarme sobre la cama pero tomo las riendas de la situación y soy yo quién lo tumba a él. Me coloco a horcadas sobre él y Gonzalo me agarra con fuerza de los muslos apretándome contra su entrepierna para hacerme sentir su excitación.

–          No seas impaciente. – Le regaño con voz seductora.

–          ¿Estás juguetona?

Le sonrío con picardía y le doy un casto beso en los labios, para acto seguido deslizar mi boca por su cuello, sus hombros, su pecho y seguir la línea que divide su tórax y su abdomen en dos hasta llegar a su ombligo. Gonzalo trata de cambiar la postura y yo lo inmovilizo al mismo tiempo que le susurro:

–          Sé un chico bueno y estate quieto.

–          Cariño, si sigues así no tardaré en correrme. – Me advierte.

–          Entonces, concéntrate en disfrutar y déjate llevar. – Le sugiero.

Continúo con mi descenso de besos hasta llegar a la pelvis, besos sus ingles, lamo la base de su miembro completamente erecto y me meto la punta de su pene en la boca, arrancando un gemido ronco de las profundidades de la garganta de Gonzalo. Introduzco su erecto pene por completo en mi boca y aprieto los labios al sacarlo, succionando y lamiendo al mismo tiempo, una y otra vez, cada vez más rápido.

–          Quieta. – Me ordena de repente, cogiéndome en brazos al mismo tiempo que se sienta a los pies de la cama y me coloca sobre su regazo, con mi espalda pegada su pecho. – Me encanta lo que acabas de hacer, pero yo también quiero complacerte.

Frente a nosotros, un enorme espejo nos devuelve nuestro reflejo, excitándonos. Gonzalo me acaricia los pechos, pellizca mis pezones y desliza una de sus manos hacia el interior de mis muslos, abriendo mis piernas y exponiéndome frente al espejo. Introduce un dedo en mi vagina y esparce mi humedad hacia el clítoris, estimulándolo con suaves caricias circulares y presionando ligeramente, hasta llevarme al límite.

–          ¿Te gusta, cariño? – Me pregunta cuando nuestras miradas se cruzan en el espejo.

Gimo a modo de respuesta y Gonzalo me penetra sin contemplaciones, entrando y saliendo de mí sin dejar de acariciarme, besándome en el cuello y los hombros, arrastrándome hacia el más puro placer para alcanzar juntos un tremendo orgasmo que nos deja a ambos exhaustos durante varios minutos.

Cuando nuestras respiraciones se acompasan, Gonzalo me besa en los labios y me mira con intensidad, abre la boca para decir algo, pero finalmente se arrepiente, me vuelve a besar y me pregunta con total naturalidad:

–          ¿Nos damos una ducha?

No me da tiempo a responder, Gonzalo me coge en brazos y me lleva al cuarto de baño, donde juntos nos damos una ducha rápida antes de reunirnos con Philip y Grace en el salón.

Cuando entramos en el salón, Derek le está explicando a Philip lo importante que es la discreción para protegernos, así que acuerdan que tanto Derek como Bruce sean considerados como dos invitados más, así podrán tener contacto con todos los invitados y vigilarlos más de cerca.

Pasamos a cenar al comedor y poco después nos retiramos a nuestra habitación a descansar. La fiesta de los Higgins empieza a las once de la mañana y termina después del amanecer, necesitamos estar descansados.

A la mañana siguiente, cuando me despierto, Gonzalo no está en la cama. Me levanto y entro en el cuarto de baño, pero allí solo queda su aroma. Me doy una ducha rápida, me pongo un bikini y un vestido ibicenco. Gonzalo entra en la habitación justo cuando estoy a punto de salir.

–          Hola preciosa. – Me saluda Gonzalo estrechándome entre sus brazos. – Estaba con Bruce y Derek planeando nuestro día y haciendo un recado. – Me besa en los labios y añade sonriendo: – La fiesta se celebra en el jardín, entre la piscina y la zona de barbacoa.

–          Lo sé, me he puesto el bikini que tanto te gusta. – Le contesto divertida.

Gonzalo me escruta con la mirada, frunce el ceño y después me sonríe divertido antes de decirme entre risas:

–          Cariño, será mejor que no me provoques o Philip y su esposa nos echarán de su casa por comportarnos de forma inadecuada, puede que también nos detenga la policía por escándalo público.

Entre bromas y risas, bajamos a desayunar a la cocina, donde nos encontramos a Philip y Grace terminando de desayunar con prisa para empezar a recibir a los primeros invitados que ya deben estar por llegar.

A las doce del mediodía la casa de los Higgins está abarrotada de gente que disfruta nadando en la piscina, tomando el sol sobre el césped o charlando bajo a la sombra de varios árboles. Cómo era de esperar, Gonzalo no se separa de mí ni un solo segundo y Derek y Bruce siempre están a nuestro alrededor, a escasos metros de distancia.

Antes de comer, Gonzalo me propone que nos demos un baño en la piscina, aprovechando que el calor empieza a apretar y que la mayoría de invitados se dirigen a la zona de barbacoa donde han instalado una improvisada barra de bar. Estamos a punto de zambullirnos en la piscina cuando el teléfono móvil de Gonzalo empieza a sonar.

–          Cógelo pero no tardes, te estaré esperando en el agua. – Le susurro al oído.

Gonzalo me dedica una sonrisa y contesta al teléfono sin quitarme los ojos de encima, no quiere perderse ni un solo detalle. Me quito el vestido ibicenco y lo dejo sobre una de las hamacas. Me vuelvo para mirar a Gonzalo y, tras guiñarle un ojo, me recoloco el bikini provocándole, me dirijo hacia a las escaleras para entrar en la piscina y me zambullo en el agua. Observo a Gonzalo como se apresura en despedirse de su interlocutor y se reúne conmigo. Cómo dos críos, nos salpicamos y nos hacemos ahogadillas. Después nos reunimos con el resto de invitados y comemos en el jardín, bajo unas pérgolas para escondernos del sol.

Después de comer pasamos la tarde en el jardín charlando con otros invitados y divirtiéndonos con los anfitriones de la fiesta.

A la cena es obligatorio asistir de etiqueta, así que Gonzalo y yo nos retiramos a nuestra habitación para darnos una ducha y arreglarlos para la cena. Cuando salgo del baño envuelta en una diminuta toalla, me encuentro a Gonzalo ya vestido. Me sonríe pícaramente y me entrega una caja envuelta en papel de regalo.

–          ¿Qué es esto? – Le pregunto sorprendida.

–          Ábrelo, es un regalo. – Me responde sin dejar de sonreír.

Como si fuera una niña pequeña, agarro con entusiasmo el enorme paquete y desgarro el papel de regalo, dejando al descubierto una caja. Miro a Gonzalo con curiosidad y lo veo observándome con una sonrisa en los labios y un brillo especial en los ojos. Abro la caja y reconozco en seguida la tela: es un vestido negro de encaje. Concretamente, es el mismo vestido que me probé en una de las tiendas de Londres cuando compré el vestido para la gala anual sobre la exposición y la subasta de objetos de decoración que organiza Philip.

–          No me lo puedo creer, ¿cuándo lo has comprado? – Le pregunto emocionada por el regalo, pero todavía más por el detalle de recordar que el vestido me encantaba. – Es perfecto, pero no puedo aceptarlo, Gonzalo. Este vestido cuesta una fortuna.

–          Lo he comprado esta mañana, anoche recordé lo indecisa que estabas al decidir qué vestido comprar para la gala cuando estuvimos en Londres el mes pasado. – Me empieza a decir Gonzalo. – También recordé lo bien que te quedaba y no he podido resistirme. En realidad, es un regalo para los dos, así que sí puedes aceptarlo. Y también te he comprado esto. – Me dice divertido mostrándome una bolsa de La Perla. Espero haber acertado.

–          Gonzalo, el vestido ya viene preparado para… En fin, que no se necesita ropa interior para llevarlo. – Le contesto ruborizada.

–          Lo sé, la dependienta me lo ha repetido varias veces esta mañana, pero no quería que pensaras que soy un pervertido. – Me confiesa un poco avergonzado.

No puedo evitar estallar en carcajadas y contagio a Gonzalo. Ambos nos reímos hasta sentir dolor en la barriga y las mejillas.

–          Voy a vestirme.

–          ¿Necesitas ayuda?

–          Si me ayudas no saldremos de esta habitación en toda la noche. – Rechazo su oferta sonriendo burlonamente.

Entro en el baño y me pongo el vestido. Estoy tratando de subir la cremallera del vestido cuando Gonzalo entra en el baño y, colocándose a mi espalda, me ayuda a terminar de vestirme.

–          Estás preciosa. – Me susurra al oído. – Será mejor que bajemos a cenar o empezaré a desnudarte.

Sé que Gonzalo habla en serio, así que decido no provocarle y nos dirigimos al jardín trasero donde los anfitriones están recibiendo de nuevo a los invitados y los guían hasta sus asientos. Las mesas están repartidas a ambos lados de una glamurosa alfombra roja y constan de ocho asientos cada una. Gonzalo y yo nos sentamos con otras tres parejas que deben rondar los treinta y muchos o cuarenta y pocos. Somos los más jóvenes de la mesa, puede que incluso los más jóvenes de la fiesta, pero rápidamente entablamos conversación con el resto de componentes de la mesa. Brian Thomson, el hombre que se sienta a mi lado, un tipo bastante simpático y muy atractivo, no deja de darme conversación, algo que hace rato que irrita a su pareja y, cómo no, a Gonzalo.

–          Y dime, ¿habéis empezado a salir juntos hace poco? – Me pregunta Brian.

–          El suficiente, al menos si se tiene en cuenta que vivimos juntos y además estamos prometidos. – Interviene Gonzalo con un tono nada amistoso.

–          Lo siento, como no he visto ningún anillo en su dedo he supuesto mal. – Le responde Brian burlonamente.

Noto como el cuerpo de Gonzalo se tensa y no tengo ninguna necesidad de mirarle para averiguarlo.

–          ¡Oh, cariño! – Exclamo como una actriz de Hollywood. – Te dije que no me entretuvieras al salir de la ducha y se me ha olvidado ponerme el anillo.

Gonzalo me mira con el ceño fruncido, pero después sonríe y me dice antes de besarme en los labios con verdadera adoración:

–          Tienes razón, pero ya sabes que no puedo resistirme a ti.

A Brian parece habérsele quitado las ganas de hablar y su pareja, que ha estado de morros toda la noche, espera a que sirvan el postre y que Philip y Grace den su discurso de agradecimiento a los invitados por su asistencia y se marchan.

Tras el discurso, los camareros empiezan a recoger los platos y las copas vacías y pasamos al otro lado del jardín. Junto a la piscina, han improvisado una pista de baile.

–          ¿Quieres bailar? – Me propone Gonzalo cuando empieza a sonar la canción “por fin” de Pablo Alborán.

Acepto encantada su invitación y nos hacemos un hueco en la pista de baile. Bailamos abrazados, escuchando la suave y dulce melodía acompañada por la increíble voz de Pablo Alborán. Cuando la canción termina, Gonzalo me susurra:

–          Me gusta lo que dice esta canción, describe exactamente lo que tú me haces sentir.

–          Señor Cortés, ¿se me está declarando? – Bromeo.

–          Por supuesto que no, tan solo estoy constatando un hecho. – Me contesta sonriendo burlonamente. – Pero un anillo en tu dedo nos evitaría muchos malos entendidos, ¿no crees?

Gonzalo coge mi dedo anular y lo acaricia justo en el sitio preciso donde debería ir un anillo de compromiso. No dice nada, se limita a besar mi mano y después me besa en los labios, pero mantiene el ceño fruncido y sé que está cavilando algo.

Tomamos un par de copas, bailamos un par de canciones más y, cuando todos los invitados están ya lo suficiente alegres y contestos gracias a los efectos del alcohol, Gonzalo y yo decidimos retirarnos a hurtadillas a nuestra habitación.

–          Cariño, llevo toda la noche queriendo quitarte ese vestido. – Me confiesa. – Saber que no llevas nada debajo me ha estado volviendo loco.

Le doy la espalda y me aparto la melena a un lado, dándole acceso a la cremallera de mi vestido que Gonzalo no tarda en bajar y el vestido cae a mis pies. Completamente desnuda, me vuelva frente a él, rodeo su cuello con manos y le susurro al oído:

–          Soy solo tuya.

Sé que esas tres palabras lo han vuelto loco. Sus ojos brillan con intensidad, sus manos acarician todo mi cuerpo y, sin darme apenas cuenta, ambos caemos completamente desnudos en la cama y nos fundimos el uno con el otro con un ritmo suave. Gonzalo me hace el amor con adoración y delicadeza, no es que las otras veces no haya sido delicado, pero esta vez es diferente. Es su manera de expresar lo que siente y, aunque no se lo digo, yo también lo quiero.

Solo tuya 19.

Solo tuya

“Si no recuerdas la más ligera locura en que el amor te hizo caer, no has amado.” William Shakespeare.

Hace siete días, con sus correspondientes siete noches, que nos trasladamos a la nueva casa de Gonzalo y todo sigue igual que el primer día que llegamos. Seguimos sin tener pistas de James, pero me ha enviado otros dos ramos de orquídeas con dos notas, en ambas notas ponía lo mismo pero con diferentes palabas: tenía planeado rescatar a su ángel. Derek y sus agentes continúan custodiándonos y Gonzalo y yo nos hemos amoldado a nuestra nueva rutina. Gonzalo se levanta cuando yo me despierto y se da una ducha mientras yo remoloneo un rato más en la cama, cuando sale de la ducha, me da un beso en los labios y se viste. Entonces yo me levanto, me doy una ducha y me reúno con él en la cocina para desayunar juntos, el resto ya hace rato que desayunaron. Después nos encerramos en su despacho y trabajamos desde allí con nuestros respectivos portátiles, también con la presencia de Bruce y algunos días también con la presencia de Roberto. A la hora de comer nos reunimos todos en el salón y tratamos de hacer un poco de vida social por eso de mantener la cordura. Pasamos la tarde igual que la mañana hasta la hora de cenar, momento en el que volvemos a reunirnos todos y aprovechamos para ponernos al corriente de lo que vamos a hacer al día siguiente y después cada uno se retira a su habitación. Gonzalo y yo dormimos abrazados, como dos buenos amigos, y así hasta que me despierto y el día se vuelve a repetir. Hasta hoy.

Esta mañana cuando me he despertado Gonzalo ya no estaba en la cama. Me he levantado, me he dado una ducha y he bajado a la cocina, donde Adela me ha informado de que Gonzalo ha salido con Bruce y Derek. Me ha sentado fatal, se ha ido y no ha sido capaz de despertarme, me prometió que estaría en todo momento conmigo.

Desayuno y subo de nuevo a la habitación dispuesta a darle una lección a Gonzalo. Me pongo el bikini más sexy que he traído y un pareo a juego y me dirijo al jardín, dispuesta a darme un chapuzón en la piscina sin importarme ser el centro de las miradas de los agentes que hay por la casa y el jardín.

Me tumbo en una de las hamacas y tomo el sol. Como hace mucho calor, al rato decido darme un chapuzón en la piscina y nado unos largos antes de regresar de nuevo a la hamaca. De reojo veo como uno de los agentes que merodea por el jardín no me quita los ojos de encima y cuando nuestras miradas se cruzan me dedica una tímida sonrisa. El chico es muy atractivo, pero Gonzalo no tiene nada que envidiarle. Escucho el coche de Bruce aparcar en la cochera, he subido tantas veces en ese todoterreno que ya reconozco el sonido de su motor. Gonzalo debe estar entrando en casa y entonces se me ocurre algo:

–          Perdona, ¿podrías echarme una mano? – Le pregunto al agente que no ha dejado de mirarme al mismo tiempo que le muestro el bote de crema con protector solar.

El agente me dedica una amplia sonrisa y se acerca rápidamente. Coge el bote de crema y me tumbo boca abajo en la hamaca mientras el atractivo agente se encarga de cubrir mi espalda con protector solar.

–          ¿Cómo te llamas? – Le pregunto.

–          Me llamo Mike, señorita Soler.

–          ¿Qué tal llevas estar aquí encerrado?

–          Bastante bien, pero echo de menos mi libertad. – Me responde divertido. – Y tú, ¿cómo lo llevas?

–          Bastante mejor de lo que esperaba, la verdad. – Le confieso. – Pero también echo de menos mi libertad.

Tal y cómo había previsto, Gonzalo atraviesa el jardín hasta llegar a la piscina para buscarme y me encuentra tumbada y al agente de Derek masajeándome la espalda.

–          ¿Me puedes explicar qué estás haciendo? – Me pregunta Gonzalo furioso. Se vuelve hacia al agente y le espeta furioso: – Lárgate y aléjate de ella.

El agente asiente con la cabeza y me dirige una última mirada antes de marcharse y yo le dedico una sonrisa tranquilizadora, al fin y al cabo he sido yo quien le ha metido en este lío.

–          Mike me estaba echando crema para protegerme del sol, te lo hubiera pedido a ti, pero no estabas. – Le contesto más que molesta.

–          ¿Mike? – Me pregunta furioso. – ¿Os habéis hecho amigos?

–          No hemos llegado a tanto, nos has interrumpido. – Le replico.

–          Pero, ¿se puede saber qué cojones te pasa? – Me gruñe acabando con su paciencia.

–          ¿Qué cojones te ocurre a ti? – Le espeto furiosa. – Me tienes todas las noches y no me tocas, pero tampoco puedes dejar que otro me toque. ¿Qué quieres de mí?

Gonzalo coge la toalla y me tapa con ella, acto seguido me coge en brazos y carga conmigo como si fuera un saco de patatas. Cruza el jardín conmigo acuestas y entramos por la puerta del salón, donde veo a Bruce, Derek, Roberto y Esther que contemplan la escena divertidos.

–          Bájame, Gonzalo. – Le ordeno enfurruñada.

–          Ahora mismo volvemos. – Les dice Gonzalo sin importarle estar montando un numerito.

Sube conmigo las escaleras hasta la primera planta y no deja que mis pies toquen el suelo hasta que entramos en la habitación. Con gesto serio y un tono de voz frío y duro, me ordena:

–          Ponte algo de ropa y baja al salón, tenemos visita.

Da media vuelta y se marcha, dejándome con un palmo de narices. Desafortunadamente, mi estrategia solo ha servido para complicar todavía más las cosas entre nosotros. Cojo una camiseta de tirantes y un short tejano del armario y me visto rápidamente. Después entro en el cuarto de baño y me cepillo el pelo, que lo llevo hecho una maraña. Cuando estoy a punto de salir, alguien llama a la puerta de la habitación. Sé que no es Gonzalo, él está demasiado enfadado para formalismos.

–          Adelante. – Digo en voz alta mientras busco mi teléfono móvil.

–          Hola Yas, ¿puedo pasar? – Me pregunta Esther asomando la cabeza.

–          Oh, claro, pasa. – Le contesto un poco confusa. – Perdona por el numerito de antes.

–          No te preocupes, ha sido muy divertido ver a Gonzalo perder el control y la serenidad, él es siempre tan calmado que verlo así es algo insólito.

–          Supongo que soy yo que le saco de sus casillas. – Le respondo suspirando. Lo que menos falta me hace en este momento es que su mejor amiga y su secretaria me echen a mí la culpa de todo.

–          Gonzalo me ha contado lo que ha pasado en la piscina y quería decirte algo.

–          Esther, sé que Gonzalo es tu amigo y me imagino lo que te habrá dicho, pero te aseguro que no es exactamente lo que parece. – Me defiendo antes de que me ataque.

–          Sé exactamente lo que parece. – Me dice con una tierna sonrisa. – Yas, a Gonzalo le gustas, es la primera vez que siente esto por alguien que no sea él mismo. Se está esforzando, todo esto es nuevo para él. Gonzalo es consciente de su pasado y teme que no confíes en él, teme que creas que está aquí por echar un polvo contigo cuando en realidad está aquí porque te quiere.

–          Tranquila, te aseguro que me ha dejado claro que no está aquí por echar un polvo conmigo. – Le contesto frustrada.

–          Cree que si no mantiene relaciones contigo pero te demuestra que está de tu lado tú confiarás en él y en lo que siente. – Me aclara Esther. – Aunque en este momento lo que siente son celos y no está muy familiarizado con ellos, así que deberás ser paciente.

–          Ya no me queda paciencia.

–          Si me permites un consejo, demuéstrale que confías en él.

–          ¿Y así dejaré de ser su nueva hermana pequeña? – Le pregunto resignada. Esther se echa a reír a carcajadas y contagiándome yo también, le digo sin sonar muy convincente: – No te rías, esto es frustrante.

–          Para eso te recomiendo que seas clara, dale a elegir entre él o ese agente tan atractivo y ya verás qué rápido reacciona. – Me dice divertida.

Ambas bajamos las escaleras y nos dirigimos al salón riendo como dos buenas amigas. Todos nos miran divertidos, todos excepto Gonzalo, que nos fulmina a ambas con la mirada.

–          Estabas preciosa con ese bikini, Yas. – Me dice Roberto guiñándome un ojo, solo para fastidiar a Gonzalo.

–          Roberto, cállate. – Le gruñe Gonzalo a su amigo.

Su tono de voz tan frío y serio me acobardan un poco, puede que me haya pasado un poco tratando de provocarle, pero en mi defensa alegaré que al menos he obtenido una reacción por su parte. Aunque tomo nota mental de no volver a ponerle celoso, se pone insoportable y gruñe demasiado.

–          Ahora que ya estamos todos, podemos empezar. – Dice Gonzalo mirándome con reproche. – Esta mañana hemos vuelto a la floristería y los propietarios nos han dado copias de los vídeos de seguridad del local desde donde encargaron las orquídeas, podemos verlo y confirmar si realmente os parece que es James Hilton.

Gonzalo pone el primer DVD y todos contemplamos el televisor de plasma de cincuenta pulgadas a la espera de poder identificarlo. Yo también presto toda mi atención y me tenso cuando lo veo aparecer. Sigue llevando gorra y gafas de sol, han pasado cinco años desde la última vez que le vi, pero estoy segura de que es él. Imágenes de antiguos recuerdos aparecen en mi mente, el día que le conocí, el día que se me secuestraron, los dos días que pasé sin saber qué iba a ser de mí, su rescate y, por último, la explosión de su casa con él dentro. El corazón me late tan deprisa que parece que se me vaya a salir del pecho, estoy apretando los puños tan fuerte que me estoy clavando las uñas en las palmas de las manos, pero yo no soy consciente de nada, mi mente está en otro lugar.

–          Yas, ¿estás bien? – Oigo la voz de Derek que me devuelve a la realidad. – Yas, estás pálida, ¿te encuentras bien?

–          Sí, perdona es solo que… – Todos me miran esperando una respuesta, me siento presionada y yo ahora mismo estoy demasiado ocupada intentando no volverme loca, todo esto me está superando. – Lo siento, no puedo… Disculpadme unos minutos.

Salgo del salón y subo las escaleras hasta llegar a la habitación principal, donde me encierro justo a tiempo para evitar que nadie vea cómo las lágrimas caen de mis ojos sin cesar. Me tumbo boca abajo en la cama y me desahogo hasta que escucho como la puerta de la habitación se abre y acto seguido se vuelve a cerrar. Unos pasos se acercan hasta los pies de la cama y un lado del colchón se hunde ligeramente, alguien se ha sentado a mi lado. No me hace falta levantar la vista para saber de quién se trata, la mano de Gonzalo acaricia mi espalda y la reconozco al instante.

–          Yasmina…

–          Déjame a solas. – Le gruño al escuchar salir de su boca mi nombre completo. Ya no soy cariño o preciosa, soy Yasmina.

–          No pienso irme a ninguna parte, te prometí que no me separaría de ti.

–          Pues esta mañana no te ha importado tu promesa. – Le reprocho.

–          Cariño, solo he ido con Bruce y Derek a la floristería, creía que regresaríamos antes de que te hubieras despertado, pero encontramos algo de tráfico y tardamos más de lo que habíamos previsto. – Me dice Gonzalo. – Pero en cuanto he atravesado la puerta y te he visto en bikini con tu nuevo amigo Mike frotándote la espalda me ha quedado muy claro lo que tengo que hacer.

–          Y, ¿qué se supone que tienes que hacer? – Le pregunto con curiosidad pero también preocupada.

–          Para empezar, no volver a separarme de ti. Y, si en un futuro necesitas que alguien te ponga crema me lo pides a mí y, si por alguna remota casualidad yo no estoy en casa, se lo pides a Adela, ¿de acuerdo? – Le miro alzando las cejas en señal de desaprobación y añade: – Te quiero solo para mí, cariño.

–          ¡No me quieres ni para ti ni para nadie! – Le espeto frustrada.

–          ¿Por qué dices eso? – Me pregunta confundido.

–          Llevas una semana acostándote en la misma cama que yo y no me has tocado, Gonzalo.

–          Yasmina, solo quiero que entiendas que estoy aquí porque me importas, no porque quiera echar un polvo. – Me suelta al borde de la histeria. – Joder, ¡me ducho con agua fría todas las mañanas! ¿Crees que a mí no me cuesta contener mis ganas de abalanzarme sobre ti y devorarte?

–          ¡Pero yo no te he pedido que te contengas! – Protesto a gritos.

Gonzalo me mira y me remira con esa intensidad de su mirada que me paraliza, pero que también me derrite. Frunce el ceño como si quisiera adivinar lo que estoy pensando y, finalmente, da un par de pasos hacia a mí y me besa apasionadamente. Me envuelve entre sus brazos, me estrecha contra su cuerpo, me acaricia por todas partes y se deshace de nuestra ropa. Sin darme apenas cuenta, Gonzalo y yo estamos completamente desnudos, él me agarra de los muslos y me coge en brazos haciendo que le rodee la cintura con mis piernas, empotra mi espalda contra la pared y gimo excitada.

–          ¿Esto es lo que mi caprichosa quiere? – Me pregunta con la voz ronca al mismo tiempo que me penetra de una sola estocada y sin previo aviso. – Dime, caprichosa.

–          Sí, llegas una semana tarde. – Le digo arqueando mi cuerpo.

–          Entonces, tendremos que ajustar cuentas. – Me dice Gonzalo mirándome con travesura y me lleva hasta a los pies de la cama, donde me coloca a cuatro patas para penetrarme desde atrás.

Me enviste una y otra vez hasta que sus manos agarran mis hombros y pega mi espalda a su pecho, dejándome de rodillas sobre la cama para tener un mejor acceso a mis pechos y a mi clítoris. Me besa en la nuca, en el cuello, desliza sus labios hasta mi hombro izquierdo y hace el recorrido de vuelta para dirigirse hacia mi hombro derecho. Mi cuerpo empieza a temblar cuando percibe los primeros espasmos del orgasmo y Gonzalo sale de mí, me tumba en la cama boca arriba y se tumba sobre mí, haciendo que le rodee la cintura con mis piernas para poder penetrarme con mayor profundidad. Una envestida, dos, tres. Mi cuerpo recibe miles de descargas eléctricas y me arqueo en busca de más placer. Gonzalo lleva sus labios hacia uno de mis pezones, lo estimula con su lengua y tira de él con sus dientes, yo grito de placer. Repite la misma maniobra con el otro pezón y yo vuelvo a gritar excitada. Entonces, sus envestidas se vuelven más rápidas y profundas, con su mano izquierda coge mis dos muñecas y las inmoviliza por encima de mi cabeza mientras lleva su mano derecha entre nuestras pelvis, haciéndose hueco para llegar a mi clítoris y estimularlo con su dedo pulgar moviéndolo en círculos y presionando con suavidad.

–          Córrete, cariño. – Me ordena.

Y mi cuerpo le obedece al instante. Exploto en mil pedazos, mi cuerpo se convulsiona bajo el cuerpo de Gonzalo, que tras dos envestidas más, se corre dentro de mí y me acompaña en este estado de placer absoluto. Se desploma hacia a un lado de la cama, arrastrándome a mí con él, y me estrecha con fuerza entre sus brazos. Cuando por fin logra respirar con normalidad, me besa en los labios y me susurra:

–          Te deseo a todas horas, incluso cuando estoy furioso contigo, no lo dudes nunca.

–          ¿Eso significa que sigues enfadado conmigo? – Me arriesgo a preguntar.

–          Un poco. – Me confiesa mirándome con el ceño fruncido. – Pero supongo que la culpa es mía por no haberme dado cuenta antes de lo que mi caprichosa necesitaba, aunque será mejor que te mantengas alejada de cualquier hombre que no sea yo.

–          ¿Está celoso, señor Cortés? – Le pregunto provocándolo.

–          Muchísimo, señorita Soler. – Me confirma mirándome a los ojos. – Estoy tan celoso que sería capaz de encerrarme contigo en esta habitación y no salir nunca.

–          Suena muy tentador. – Le susurro con voz seductora.

Gonzalo me dedica una de sus sonrisas macarras y acto seguido rueda en la cama conmigo, atrapándome entre el colchón y su cuerpo.

–          Me encanta complacerte, caprichosa. – Me susurra con la voz ronca antes de devorarme la boca.

Hacemos el amor de nuevo en la cama y después repetimos en la bañera. Cuando salimos de la habitación han pasado más de dos horas desde que Gonzalo se encerró conmigo y no puedo evitar ruborizarme al encontrarme con las sonrisas de Bruce y Derek, los únicos que continúan en el salón.

–          Parecéis más relajados. – Comenta Derek divertido.

–          Ha sido una larga negociación. – Le respondo bromeando.

Gonzalo prohíbe que me vuelvan a enseñar los vídeos alegando que es evidente que he reconocido a James Hilton y no es necesario que vuelva a pasar por ello.

Después de comer, Gonzalo me propone que pasemos la tarde en la piscina y yo acepto encantada. Curiosamente, no aparece ninguno de los agentes de Derek por nuestro alrededor y sé que es obra de Gonzalo. Se ofrece a ponerme crema y yo me tumbo boca abajo en la hamaca mientras él masajea mi piel lentamente, sin dejar un solo recoveco de mi piel sin aplicar la crema protectora.

–          Date la vuelta, cariño. – Me ordena.

Le obedezco al instante y Gonzalo me dedica una pícara sonrisa. Empieza esparciendo la crema por mis piernas, acercándose lo suficiente al centro de mi placer pero sin llegar a tocarlo, provocándome con cada caricia. Después continúa por mi escote, siguiendo la línea de la parte superior de mi bikini tres o cuatro pasadas para después dar una última pasada y acariciar mis pezones con su dedo pulgar y anular.

–          Estás jugando sucio. – Le advierto.

–          No cariño, esto es jugar sucio. – Me dice mirándome a los ojos al mismo tiempo que introduce la mano entre la tela de la braguita de mi bikini y desliza uno de sus dedos hacia mi húmeda vagina. Gimo y me arqueo y Gonzalo me sonríe pícaramente, está tramando algo. – Hace mucho calor, ¿quieres que nos demos un baño?

Le sonrío a modo de respuesta y Gonzalo me coge en brazos y entra en la piscina cargando conmigo, tiene una extraña manía en no dejarme andar. Se dirige hacia a la mitad de la piscina, justo donde el agua le llega por los hombros, pero a mí me cubre casi por completo. Me acorrala contra el bordillo de la piscina y coloca mis piernas alrededor de su cintura, rozándome con su dureza contra el centro de mi placer con las telas de nuestros bañadores de por medio. Gimo e intento paliar mi gemido mordiendo su hombro, provocando un sexy gruñido en la garganta de Gonzalo. Me besa en los labios y, apartando la tela del bikini para entrar en mí, me susurra al oído con la voz ronca:

–          Va a tener que ser algo rápido, caprichosa. A menos que te guste tener espectadores.

Acto seguido, me penetra de una sola estocada y mi cuerpo empieza a temblar. Gonzalo lleva uno de sus dedos hacia a mi clítoris para acelerar mi orgasmo mientras entra y sale de mí una y otra vez, cada vez más rápido, cada vez más profundo. Mi cuerpo empieza a convulsionarse y estallo en mil pedazos entre los brazos de Gonzalo, que se derrama dentro de mí y me abraza con fuerza. Me besa en los labios y me susurra:

–          Siempre acabo lo que empiezo.

Nos recolocamos nuestros bañadores y volvemos a abrazarnos, disfrutando de nuestra compañía y de este divertido momento. Eso hacemos cuando Adela se acerca a la piscina y nos dice:

–          Tenéis visita.

–          ¿Tenemos visita? ¿Quién ha venido? – Pregunta Gonzalo.

–          El señor Philip Higgins.

–          Dile, que le recibiremos en cinco minutos, vamos a cambiarnos de ropa. – Le dice Gonzalo a Adela.

Curiosos por la visita sorpresa de Philip, Gonzalo y yo subimos a la habitación para cambiarnos de ropa y rápidamente aparecemos en el salón y saludamos a Philip, que nos pone al corriente de su repentina visita.

–          Lamento aparecer sin avisar, pero aprovechando mi viaje a Barcelona quería veros para invitaros a la fiesta de bienvenida al verano que celebramos mi esposa y yo en nuestra casa de la playa en Inglaterra. – Nos dice Philip. – Será dentro de dos semanas, estáis invitados a pasar con nosotros el fin de semana, estoy seguro de que os divertiréis.

–          Te agradecemos enormemente la invitación, Philip. – Empieza a decir Gonzalo. – Pero tendremos que mirar nuestras agendas antes de poder confirmarte nuestra asistencia.

–          Prometedme al menos que lo intentaréis. – Nos dice Philip.

–          Te prometemos que haremos todo lo posible por asistir. – Le prometo.

Philip se despide de nosotros, tiene poco tiempo o perderá su avión de regreso a Londres, así que quedamos en llamarle en unos días para darle una respuesta fiable.

Nada más marcharse Philip, Gonzalo habla con Derek, quiere que asistamos a esa fiesta, cree que un fin de semana fuera nos vendrá bien y cuenta con la aprobación de Derek. Sus agentes también quieren ver a su familia y amigos, si regresan a Londres podrán estar con ellos unas horas y, como Derek nos dijo, tenemos que dejarnos ver en público, salir a cenar o al cine, y no hemos hecho nada de eso. Así que, por unanimidad, decidimos asistir a la fiesta de Philip que tendrá lugar en dos semanas.

Solo tuya 18.

Solo tuya

“Hacer el amor con una mujer y dormir con una mujer son dos sentimientos muy distintos. El primero es deseo; lo segundo es amor.” Milán Kundera.

Paso la noche en la cama de Gonzalo, pero él no aparece en ningún momento de la noche. Me despierto continuamente debido a las pesadillas, las mismas pesadillas que tenía en Londres cuando trataba de recabar información sobre la organización de James. Pero la última pesadilla ha sido tan real que me despierto gritando, incorporándome bruscamente en la cama y con la cara mojada por las lágrimas.

Un segundo más tarde, la puerta de la habitación se abre y veo entrar una silueta que reconozco al instante, es Gonzalo. Se sienta en la cama junto a mí y me abraza, me estrecha contra su cuerpo mientras yo sollozo asustada.

–          Tranquila Yasmina, solo ha sido una pesadilla. – Me susurra.

Oírle pronunciar mi nombre en vez de llamarme “cariño” hace que mis ganas de llorar aumenten, pero ya sea por dignidad o por tratar de que no se alargue mi sufrimiento, me seco las lágrimas con el dorso de la mano, me separo bruscamente de Gonzalo y, antes de levantarme y encerrarme en el cuarto de baño, le digo con un hilo de voz:

–          Estoy bien, perdona.

Nada más entrar en el cuarto de baño, las lágrimas vuelven a inundar mis ojos y empiezan a rodar por mis mejillas como si fueran dos cascadas. Gonzalo golpea suavemente la puerta con su mano y, tratando de que su voz suene suave y calmada, me dice desde el otro lado de la puerta:

–          Cariño, por favor abre la puerta.

¿Cariño? ¿Ha dicho cariño?

–          Estamos juntos en esto, somos un equipo, ¿lo recuerdas? – Insiste Gonzalo. – Soy un idiota y no he sabido comportarme, pero te aseguro que he recapacitado. Abre la puerta, Yas. Solo quiero abrazarte.

¿Yas? Él nunca me llama así. Abro la puerta despacio y Gonzalo se afana en envolverme entre sus brazos y llevarme a la cama de nuevo.

–          Perdóname, cariño. – Me susurra al oído. – Duérmete, yo me quedaré aquí contigo y no me iré a ninguna parte.

–          Pero…

–          Sht. Ya hablaremos cuando hayas descansado, pero te anticipo que no te va a ser fácil deshacerte de mí si es eso lo que pretendes. – Me susurra mientras me arropa como si fuera una niña pequeña. – Descansa, preciosa.

Consigo volver a dormirme, todo es más fácil si Gonzalo me envuelve entre sus brazos. Cuando me despierto ya ha amanecido, pero por la luz suave que se filtra por la persiana sé que todavía es muy temprano.

–          Buenos días, cariño. – Me susurra Gonzalo al oído. – Tengo que ir a la oficina, pero tú puedes quedarte un rato más en la cama, todavía es muy temprano. – Gruño en forma de protesta y ronroneo estrechándome contra a él con fuerza, no quiero que se vaya. – No tardaré en volver, te lo prometo.

Gonzalo me besa en los labios y se levanta para dirigirse al cuarto de baño donde escucho el agua de la ducha correr. Unos minutos más tarde, aparece de nuevo envuelto con una toalla, como si fuera un dios griego. Se viste frente a mí sin ningún tipo de pudor mientras yo me deleito con las maravillosas vistas que me ofrece.

–          Deja de mirarme así o llegaré tarde a la reunión. – Me dice burlonamente y sonriendo de oreja a oreja. Me da un casto beso en los labios añade antes de marcharse: – Regresaré antes de que te hayas dado cuenta de que me he ido.

Cansada y sin nada mejor que hacer, decido obedecerle y me vuelvo a dormir. Cuando vuelvo a despertarme son las diez de la mañana, así que me pongo en pie y me doy una ducha rápida. Tras vestirme y peinarme, recojo todas mis cosas y voy a la cocina a desayunar. Adela está hablando por teléfono en la cocina y la saludo con la mano para no interrumpirla, al mismo tiempo que le oigo decir a su interlocutor:

–          Ya se ha levantado. – Una pausa y añade: – No te preocupes, me aseguraré de que desayune. – Adela cuelga y, dedicándome una cálida sonrisa, me confía: – Gonzalo está preocupado por ti, me ha pedido que me asegure que desayunas bien. Ayer metió la pata hasta el fondo, pero se arrepiente y está tratando de enmendarlo.

–          Ayer estábamos todos muy nerviosos y yo tampoco fui sincera del todo con Gonzalo, por eso se ha enfadado conmigo. – Le confieso sintiendo la necesidad de hablar con alguien.

–          Nunca lo había visto así por ninguna chica, Yas. – Me asegura Adela. – Dale tiempo, todo esto es nuevo para él.

Adela me sirve un café y unas tostadas y me lo tomo todo, estoy hambrienta. Adela está al corriente de todo lo que sucede así que hablamos del traslado a la nueva casa y la ayudo a empaquetar y organizarlo todo para distraerme.

A las once y media de la mañana, Gonzalo y Bruce llegan de la oficina y, nada más entrar en el salón y verme, Gonzalo se acerca a mí y me acuna entre sus brazos con ternura al mismo tiempo que me susurra al oído:

–          Ven aquí, cariño. – Me besa en los labios y me pregunta: – ¿Has desayunado ya?

–          Sí, y también he recogido todas mis cosas. – Le contesto más animada. – Adela y yo no hemos querido empaquetar tus cosas por si necesitabas algo ahora.

–          Solo te necesito a ti. – Me susurra. – Ven, tenemos que hablar.

Gonzalo me coge de la mano y me lleva a la habitación, cierra la puerta detrás de nosotros y, agarrándome por la cintura y mirándome a los ojos, me dice:

–          Antes de irse, Derek me dejó el informe del caso Hilton y anoche lo estuve leyendo. Sé todo lo que ocurrió y por todo lo que tuviste que pasar y entiendo que me lo hayas ocultado hasta estar segura de ello. Reconozco que no me comporté cómo debía, pero te prometo que te lo voy a compensar, cariño. – Me besa en los labios y añade: – Somos un equipo y te quiero a mi lado, no lo olvides.

A las doce en punto del mediodía, Derek llega al apartamento junto a tres de sus agentes, los mismos con los que vino anoche. Entre Derek, Bruce y Gonzalo deciden cómo gestionar la situación y lo primero es trasladarnos a la nueva casa de Gonzalo. Por suerte, Borja ya ha acabado con la decoración y la casa está lista para entrar a vivir.

Llevándonos tan solo lo más esencial, nos trasladamos a la nueva casa. Para que no resulte sospechoso, Derek y sus agentes se adelantan para inspeccionar la casa y asegurarla. Cuando Derek nos da el visto bueno, Bruce nos lleva a Gonzalo, a Adela y a mí en su todoterreno, seguidos muy de cerca por dos de los agentes de Derek que nos escoltan.

Cuando llegamos, Gonzalo se encarga de repartir las habitaciones para que todo el mundo tenga un lugar donde asearse y descansar. La primera en instalarse es Adela, que se acomoda en una de las habitaciones de la planta baja. A Bruce y a Derek los instala en dos de las habitaciones de invitados de la planta de arriba y, a los agentes de Derek, como solo hay diez habitaciones y en total son una docena de agentes, los instala por parejas en otras seis habitaciones de invitados. Y por último, Gonzalo y yo nos instalamos en la habitación principal.

–          Cuando todo esto termine vas a tener que pedir una orden judicial para echarme, pienso quedarme como okupa. – Bromeo al entrar en la habitación y ver cómo ha quedado la habitación. – Todo está tal y cómo había imaginado que sería la casa de mis sueños.

–          Bienvenida a nuestra casa, cariño. – Me susurra Gonzalo abrazándome por la espalda y pegándome a su cuerpo. – Esta casa es nuestra, la hemos construido juntos y me encantaría despertarme junto a ti todas las mañanas.

Doy media vuelta sin soltarme de los brazos de Gonzalo y lo miro a los ojos tratando de averiguar si lo que dice es verdad. Gonzalo me sostiene la mirada y espera con paciencia a que me pronuncie, quiere saber qué estoy pensando.

–          Entonces, ya no estás enfadado conmigo. – Le digo y no es una pregunta.

–          Por supuesto que no estoy enfadado, Yasmina. – Me dice con tono serio. – No puedo enfadarme contigo porque tú no tienes la culpa de nada y quiero que eso te quede claro, ¿de acuerdo? – Asiento con la cabeza y me dice más relajado: – Tengo que confesarte que cuando vi a Derek me puse un poco celoso, él lo sabe todo de ti y yo apenas sé nada.

–          Entre Derek y yo nunca ha habido nada, pero durante cinco meses él fue mi único apoyo y se ha convertido en un gran amigo. – Le aclaro para evitar más malos entendidos.

–          Te quiero solo para mí, cariño. – Me susurra tímidamente.

–          Soy solo tuya.

–          ¿Solo mía?

–          Solo tuya. – Le confirmo.

Gonzalo me besa apasionadamente pero nuestro beso es interrumpido por unos suaves golpes en la puerta de la habitación.

–          Adelante. – Contesta Gonzalo resoplando pero sin dejar de abrazarme.

La puerta se abre y aparece Bruce con cara de avergonzado, a él tampoco le ha hecho demasiada gracia tener que llamar a la puerta de nuestra habitación. Nos mira y sonríe tímidamente antes de decir:

–          Siento la interrupción, pero Yas ha vuelto a recibir un ramo de orquídeas y viene con una tarjeta.

–          ¿Qué pone en la tarjeta? – Pregunto preocupada.

–          No lo sé, no la hemos querido abrir sin tu permiso. – Me responde Bruce.

–          Pues vamos a verlo, ¿no? – Propongo.

Bajamos al salón y me encuentro con un ramo de orquídeas impresionante, debe de haber por lo menos un centenar de ellas. Gonzalo me estrecha entre sus brazos con fuerza y puedo notar la tensión en su cuerpo. Me acerco al ramo, cojo la tarjeta y la leo en voz alta:

–          “Mi dulce ángel, te rescataré y volveremos a estar juntos.” Vale, esto está empezando a asustarme demasiado. – Murmuro entre dientes.

–          ¿Eso significa que pretende secuestrarte? – Me pregunta Bruce con el ceño fruncido.

–          No pienso volver a pasar por lo mismo, Derek. – Le advierto a Derek.

–          No te preocupes, no pienso permitir que te separes de mí ni un solo segundo. – Me asegura Gonzalo.

–          Esta vez la situación es distinta, puede que esté haciendo todo esto con la intención de que nos avisaras y así poder vengarse de todos nosotros. – Opina Derek. – James tenía un problema con la droga, por eso creía que eras un ángel. Pero han pasado ya cinco años desde entonces y, si hubiera seguido llevando la misma vida, a estas alturas estaría muerto, en un centro de desintoxicación o en la cárcel y, de cualquier modo, nos hubiéramos enterado de que está vivo, no hubiera podido ocultarse como lo ha hecho.

–          ¿Qué propones, entonces? – Pregunta Bruce.

–          Esperar a que dé un paso en falso, no podemos hacer otra cosa. – Le responde Derek resignado. – Mientras tanto, tendremos que mantener la casa asegurada y, si Gonzalo y Yas han de salir, deberemos doblar su seguridad.

–          Pero esto puede alargarse meses. – Protesto.

–          ¿Te supone un problema vivir conmigo? – Me pregunta Gonzalo alzando una ceja.

–          Lo que me supone un problema es no poder hacer una vida normal. – Le aclaro a él y a todos los que me escuchan. – No voy a poder salir con mis amigas a bailar y tomar una copa, no voy a poder irme de vacaciones como es debido. – Y mirando a Gonzalo, que me mira haciéndose el ofendido, añado – Y no voy a poder hacer otras muchas cosas que tenía pensado hacer.

–          Eso suena muy interesante. – Me dice Gonzalo divertido.

–          A menos que os guste hacerlo frente a una docena de agentes, me temo que tendréis que esperar. – Comenta Derek divertido. – Necesitaré que planifiquéis lo que vais a hacer mañana, tenemos que tenerlo todo preparado.

–          Pensábamos irnos de vacaciones unos días pero supongo que quedan canceladas. Puedo trabajar desde casa, así que no tengo que ir a la oficina. – Comenta Gonzalo. Me mira y, con tono serio, añade: – Pero deberíamos llamar a tu padre y quedar con él, supongo que querrás aclararle algunas cosas.

–          Mi padre no sabe nada de esto y quiero que siga siendo así, Gonzalo. – Le digo con un hilo de voz.

–          Cariño, no me estaba refiriendo al asunto de James Hilton. – Me aclara Gonzalo.

–          Oh, claro. – Caigo en la cuenta que se refiere a lo nuestro.

–          Y quizás también deberíais explicarle lo que está ocurriendo, no podemos descartar la posibilidad de que James lo utilice a él para llegar a ti. – Sugiere Derek.

–          ¿No puedes ponerle vigilancia como hiciste la otra vez? – Pregunto.

–          Podría, pero no creo que sea buena idea, Yas. – Me contesta Derek.

–          Tiene razón, deberíamos hablar con tu padre, cariño. – Lo secunda Gonzalo.

–          Genial, añadimos un problema más a la lista de problemas. – Murmuro entre dientes.

El primer día en la casa es un poco caótico, nos instalamos cada uno en nuestra habitación, discutimos sobre la seguridad y sopesamos varias estrategias. Cuando por fin logramos ponernos de acuerdo es más de medianoche y decidimos irnos a dormir mientras el primer turno de agentes se queda de guardia.

Subimos a nuestra habitación y Gonzalo me desnuda y me ayuda a ponerme el pijama como si fuera una niña pequeña, de una manera demasiado inocente. Cuando termina de ponerme el pijama, me da una palmada en el trasero y me susurra:

–          Venga, a la cama.

Le obedezco sin rechistar y me acomodo entre las sábanas de la enorme cama para contemplar en primera fila cómo Gonzalo se desnuda y, quedándose tan solo con el bóxer puesto, se mete en la cama conmigo.

–          Ven aquí, preciosa. – Me susurra envolviéndome con sus brazos. – Descansa, mañana nos espera un día duro.

Me sorprende que Gonzalo no busque sexo, se limita a abrazarme y acunarme entre sus brazos de una manera inocente, pero con posesión, confundiéndome todavía más de lo que ya estoy.

Dormimos abrazados durante toda la noche y, cuando abro los ojos por la mañana, Gonzalo ya está despierto y, estrechándome entre sus brazos, me susurra:

–          Buenos días, dormilona. – Ronroneo apretándome contra su cuerpo y añade – Voy a darme una ducha, deben estar esperándome, pero tú puedes dormir un rato más. – Me besa en los labios y, dirigiéndose al cuarto de baño, me dice: – Avísame cuando bajes a desayunar, quiero asegurarme que te alimentas bien.

Gonzalo se ducha, se viste y me besa en los labios antes de bajar a desayunar a la cocina mientras yo continúo haciéndome la remolona en la cama y preguntándome por qué Gonzalo no ha querido hacer el amor conmigo. A las diez de la mañana decido levantarme, me duele la cabeza y no he conseguido una explicación que me convenza lo suficiente para que Gonzalo me haya dejado así. Puede que no me desee, pero entonces no se hubiera metido conmigo en la cama ni me hubiera abrazado durante toda la noche. Puede que con el estrés de los últimos días no le apetezca, pero yo también estoy estresada y me sigue apeteciendo acostarme con él.

Tras darme una ducha y vestirme, bajo a desayunar a la cocina. Adela me da los buenos días y se ofrece a prepararme un café y unas tostadas para desayunar mientras yo me dirijo al despacho de Gonzalo donde se encuentra reunido con Bruce y Derek.

–          Buenos días, Yas. – Me saludan Bruce y Derek.

–          Buenos días, cariño. – Me saluda Gonzalo.

–          Buenos días. – Saludo.

–          Cariño, tienes que llamar a tu padre. – Me dice Gonzalo con suavidad. – Necesitamos saber cuándo vamos a reunirnos con él para tenerlo todo bajo control. – Se levanta de su sillón y se acerca para rodearme la cintura con sus brazos. Me besa en los labios con ternura y añade: – Pero primero tienes que desayunar. – Se vuelve hacia a los dos hombres que nos miran sonriendo con complicidad y les dice antes de dirigirse conmigo a la cocina: – En una hora os indicaremos el lugar y la hora del encuentro.

Desayuno y llamo a mi padre por teléfono. No quiero contarle nada por teléfono, así que lo único que le digo es que tengo que hablar con él sobre un par de asuntos importantes y que iré acompañada por Gonzalo y un par de personas más. Mi padre accede a reunirnos en su casa a la hora de comer y así se lo confirmamos a Derek, quien se encarga de organizar el desplazamiento. Bruce nos llevará y nos traerá a Gonzalo y a mí, mientras que un par de agentes nos seguirán en otro coche y otro par de agentes y Derek se reunirán con nosotros en casa de mi padre.

Tal y cómo habíamos acordado, a las 13 horas Gonzalo y yo salimos de la casa en un todoterreno blindado y conducido por Bruce, otro coche con dos agentes nos sigue con discreción y dos agentes más junto a Derek saldrán en diez minutos para dirigirse a la misma dirección. Cuando llegamos, mi padre nos está esperando en el porche y, al ver llegar a tanta gente, mi padre contrae el gesto.

–          Hola papá. – Lo saluda dándole un abrazo cuando llegamos hasta a él.

–          Yasmina, ¿qué está pasando? – Me pregunta preocupado.

–          Será mejor que entremos y te lo explicamos todo. – Le propongo.

Mi padre asiente con la cabeza y acto seguido saluda a Gonzalo estrechándole la mano. Gonzalo recibe su saludo con cordialidad y le dice:

–          Señor Soler, ellos son Bruce, el jefe de seguridad de Business y mi escolta personal; y Derek Becker.

Mi padre también les estrecha la mano a ellos con educación y nos hace pasar a todos al salón para poder hablar con más comodidad. Una vez acomodados en los sofás del salón, me veo obligada a tomar las riendas de la situación:

–          Verás papá, la situación es un poco complicada y por eso estamos aquí. – Empiezo a decir y Gonzalo me acaricia suavemente la espalda en señal de apoyo. – Derek es un agente del Servicio Secreto del Reino Unido y está aquí por el asunto de las orquídeas.

–          ¿Habéis averiguado de quién se trata? – Pregunta mi padre mirando a Gonzalo con reproche.

–          Papá. – Le recrimino. Mi padre alza los brazos en señal de inocencia y le digo: – Hemos descubierto que se trata de James Hilton, un tipo al que conocí en Londres durante el semestre que estudié allí. El Servicio Secreto le estaba vigilando para detenerle a él y a toda su organización y colaboré con ellos.

–          ¿Lo detuvieron y se ha escapado? – Pregunta mi padre confundido.

–          No. – Interviene Derek. – Su casa explotó con él dentro, logramos recuperar los restos de un cadáver y, tras hacerle las pruebas de ADN, verificamos que se trataba de James Hilton, así que dimos el caso por cerrado.

–          ¿El muerto te envía las flores? – Me pregunta mi padre cada vez más confundido.

–          Bruce localizó la floristería desde donde enviaban las orquídeas y consiguió el vídeo de seguridad en el que aparecía el tipo que encargaba el envío de las orquídeas. – Interviene Gonzalo. – Yasmina ha identificado a ese tipo como a James Hilton.

–          Pero, ¿no se supone que está muerto? Quiero decir, le hiciste la prueba de ADN al cadáver que encontrasteis en la casa, ¿no? – Pregunta de nuevo mi padre, cada vez más perdido.

–          Así es, papá. – Le confirmo. – No sabemos qué pudo pasar entonces, pero creemos que James Hilton sigue vivo.

–          ¿Es un tipo peligroso?

–          Bastante peligroso, señor Soler. – Le confirma Derek. – Por eso estamos aquí, y también para protegerle a usted. Un par de agentes le custodiaran las veinticuatro horas del día, queremos estar preparados por lo que pueda pasar.

–          ¿Y tú, Yas? – Me pregunta mi padre.

–          Yo me quedaré en la nueva casa de Gonzalo, Derek ha asegurado la casa con sus agentes y debemos actuar con normalidad…

–          ¿Actuar con normalidad? – Me interrumpe mi padre. – Lo normal no es que vivas con Gonzalo Cortés, Yas.

–          Señor Soler, le prometí que iba a cuidar de Yasmina y pienso cumplir mi promesa. – Le asegura Gonzalo. – Somos una pareja y debemos actuar como una pareja para no levantar sospechas, de lo contrario volverá a su escondite y no podrán detenerle.

Gonzalo me rodea la cintura con su brazo izquierdo y me estrecha contra su cuerpo, dejándole claro a mi padre que estamos juntos. Mi padre me mira esperando que se lo confirme y yo se lo confirmo esbozando una pequeña sonrisa.

–          Si vas a ser mi yerno, será mejor que empecemos a tutearnos. – Le dice mi padre a Gonzalo, dándonos una tregua.

Todos nos relajamos después de las palabras de mi padre y pasamos al comedor, donde reponemos energía.

Después de comer regresamos a casa de Gonzalo y un par de agentes se quedan con mi padre para escoltarlo. Cuando llegamos a casa de Gonzalo, Derek se reúne con sus hombres en el jardín mientras que Gonzalo, Bruce y yo pasamos al salón. Ellos empiezan a hablar de trabajo y yo decido retirarme a la habitación, sacar mi portátil y echarle a mi padre una mano con los presupuestos y las facturas de la oficina, así me mantengo ocupada y el tiempo se me pasa más deprisa. A las nueve en punto de la noche, Gonzalo viene a buscarme a la habitación y juntos bajamos a cenar a la cocina con todos los demás.

Es más de medianoche cuando Gonzalo y yo nos retiramos a nuestra habitación. Empiezo a desnudarme lentamente y sin mirarle. Me quito las bailarinas, la camiseta, los vaqueros y, por último el sujetador, y camino un par de pasos por su lado en busca de mi pijama. Gonzalo se me adelanta, coge mi pijama y, con gesto indescifrable, me ayuda a ponerme la camiseta de tirantes y el short que componen mi pijama. Suspira profundamente, me da un casto beso en los labios y da media vuelta para desvestirse y ponerse su pijama, pasando por completo de mí y de mis armas de seducción. Nos metemos en la cama y Gonzalo me estrecha entre sus brazos, pero sigue sin intentar nada conmigo y empiezo a preocuparme. ¿No se supone que somos una pareja? Pues las parejas hacen algo más que abrazarse y darse castos besos.

Los días van pasando y Gonzalo continúa igual de cariñoso conmigo, pero también sigue sin tocarme un pelo. Me abraza, me besa, se muestra cariñoso y muy protector conmigo, pero nunca va más allá. Además, casi nunca estamos a solas y eso complica las cosas, siempre hay alguien que aparece para interrumpirnos en el momento más inoportuno.

Solo tuya 17.

Solo tuya

“La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio,” Marco Tulio Cicerón.

Tengo menos de diez horas para contarle toda la verdad a Gonzalo y cuando digo toda la verdad, me refiero a TODA la verdad. Derek considera que es imprescindible que Gonzalo colabore ya que su vida también puede estar en peligro, y para ello lo mejor es que esté al corriente de todo, de otra manera se negará a colaborar con ellos. Gonzalo está en la oficina y no regresará hasta la hora de comer, así que tengo toda la mañana para pensar en cómo contárselo a Gonzalo y toda la tarde para decírselo. Aun y así, me parece poco tiempo. Tengo que confesarle que ayer le mentí cuando vi el vídeo y he seguido mintiéndole hasta ahora. Bueno, técnicamente aún le sigo mintiendo. Se va a enfadar y mucho. Incluso dejé que Bruce insinuara que quizás se tratara de alguien que quería vengarse de Gonzalo. Lo que me faltaba, si ya creo que no le caigo demasiado bien a Bruce, ahora me va a odiar. ¿Y Gonzalo? Probablemente me eche de su casa y no quiera volver a verme. Después de todo lo que se ha preocupado por mí, me ha cuidado, me ha protegido, me ha ofrecido su casa y yo voy y se lo agradezco mintiéndole y ocultándole información importante.

–          Yas, ¿te encuentras bien? Estás tan pálida como la leche. – Me dice Adela preocupada.

–          Estoy bien, solo un poco mareada. – Miento. – Creo que voy a tumbarme un rato en la cama.

–          Te llevaré un té de melisa, te sentará bien. – Sentencia Adela.

Diez minutos más tarde, Adela entra en la habitación con el té de melisa y me obliga a tomármelo pese a que no me apetece. En cuanto me lo tomo, Adela apaga la luz de la habitación y me deja a solas para que descanse. No sé si por el efecto del té o por alguna otra razón, el caso es que me quedo dormida y no me despierto hasta que alguien llama a mi teléfono móvil y la melodía empieza a sonar. Cojo aire profundamente y respondo al ver que es Gonzalo quien llama.

–          Cariño, estoy saliendo de la oficina. – Me dice en cuanto descuelgo.

–          Genial, te veo ahora entonces. – Le digo con un hilo de voz.

–          ¿Estás bien, Yasmina? – Pregunta preocupado.

–          Sí, es que me había echado un rato y me he quedado dormida. – Estoy empezando a acostumbrarme a no decir toda la verdad que ya me sale solo.

–          De acuerdo, te veo ahora entonces. – Me dice no demasiado convencido.

Me levanto de la cama, me aseo en el cuarto de baño, me peino y me dirijo hacia a la cocina, donde Adela ya está terminando de hacer la comida. ¡Está mujer no para quieta ni un segundo, es pura adrenalina! En cuanto me ve entrar en la cocina, me pregunta:

–          ¿Cómo te encuentras, Yas? Aún estás un poquito pálida, ¿quieres que te prepare alguna cosa de comer que te venga de gusto?

–          Gracias Adela, pero estoy bien, solo un poco nerviosa. – Le contesto tratando de sonreír, pero solo consigo hacer una mueca.

–          Te prepararé una tila, te sentará bien. – Sentencia Adela y yo decido no contradecirla, no tengo ni fuerzas ni ganas.

Gonzalo llega a casa y entra en la cocina justo en el momento en que Adela me está sirviendo la tila y se queda de pie junto a la puerta, mirándonos con intensidad primero a mí, luego a Adela y después otra vez a mí.

–          ¿Ocurre algo? – Nos pregunta con el ceño fruncido.

–          Adela me ha preparado una tila, estoy un poco nerviosa. – Le confieso.

–          Cariño, ¿estás bien? – Me pregunta Gonzalo preocupado al mismo tiempo que se coloca detrás de mí y me rodea la cintura con sus brazos. – Estás empezando a preocuparme, ¿quieres que hablemos?

–          Sí, pero mejor después de comer. – Le digo fingiendo una sonrisa.

–          Está bien, voy a lavarme las manos y regreso en un minuto. – Me dice tras darme un beso en los labios y se sale de la cocina.

–          La comida ya está lista, pasa al comedor y ahora mismo os la sirvo. – Me dice Adela con dulzura.

Paso al comedor y me siento a la mesa mientras Adela sirve la comida en los platos. Solo ha puesto la mesa para dos, así que deduzco que Adela ha querido dejarnos a solas. Gonzalo regresa un par de minutos después y se sienta a la mesa frente a mí, me sonríe y me dice con un tono de voz suave y serena:

–          Yasmina, si hay algo que he dicho o hecho que no te…

–          Todo lo que has hecho ha sido perfecto, Gonzalo. – Le interrumpo. – El problema no eres tú, soy yo.

–          Dímelo ya, Yasmina. – Me ruega mirándome a los ojos. – Dime qué pasa o qué tienes pensado hacer porque me temo que no me va a gustar y no quiero esperar más.

–          No te va a gustar, Gonzalo.

–          Yasmina, suéltalo. – Me ordena visiblemente nervioso.

–          Vale, ahí va. – Cierro los ojos y le suelto: – Ayer, cuando vi el vídeo, reconocí al tipo de la floristería.

Gonzalo me mira y me remira con el rostro indescifrable. No sé si de un momento a otro me va a gritar y me va a echar de su casa o si va a esperar a escuchar toda la historia antes de echarme. Como yo no continúo hablando, Gonzalo me pregunta impasible:

–          ¿Por qué no me lo has dicho hasta ahora? ¿No confías en mí?

–          Claro que confío en ti, si no fuera así no estaría contigo, Gonzalo.

–          ¿Entonces?

–          El tipo del vídeo está oficialmente muerto desde hace cinco años, temía que si te lo contaba creerías que estoy loca y, si me creías, tendría que darte muchas explicaciones de algo de lo que no me gusta hablar y de lo que prácticamente he convertido en tabú todos estos años. – Le confieso mirándole a los ojos para que sepa que no miento y que le estoy diciendo la verdad.

–          Será mejor que me cuentes toda la historia desde el principio. – Me dice muy serio y con tono de reproche.

–          Creemos que el tipo del vídeo es James Hilton…

–          ¿Creemos? – Me interrumpe fulminándome con la mirada.

–          Solo te pido que me escuches sin interrumpirme, cuando termine de hablar si quieres me echas a gritos o lo que quieras, pero deja que te lo cuente, ¿de acuerdo? – Le replico molesta. Gonzalo me hace un gesto con la cabeza de lo más frío y distante y yo sigo hablando. – Conocí a James el primer semestre del último curso de universidad, cuando me fui a Londres con la beca Erasmus. James era el único hijo de una familia muy rica, la cual lo consentía demasiado. Empezó a juntarse con malas compañías y se metió en el mundo de la droga, incluso formó una pequeña organización de narcotráfico que llegó a manejar el negocio en todo el Reino Unido y parte de Francia. James se obsesionó conmigo, estaba tan drogado que creía que yo era una especie de ángel que él debía proteger y que yo le protegería. Empecé a encontrármelo por todas partes y me asusté, entonces Derek se puso en contacto conmigo. – Gonzalo arquea una ceja al oír el nombre de Derek y, antes de que me interrumpa, le aclaro – Derek Becker es un agente del Servicio Secreto del Reino Unido. Contactó conmigo con la intención de que le ayudara a conseguir la información necesaria para capturar a James y toda su banda. Acepté porque quería acabar con todo aquello y porque James me veía como a un ángel y no como a una mujer, pero no por ello los cinco meses que duró la investigación fueron más fáciles. Derek me enseñó a defenderme y a utilizar un arma, si alguien descubría que estaba colaborando con el Servicio Secreto podrían intentar matarme y probablemente no tuviera tiempo de avisar a nadie. Derek tenía a un par de agentes infiltrados en la organización de James, pero ni siquiera llegaban a acercarse a James ni a sus hombres de confianza, así que estaba sola. Cinco meses después, llevaron a cabo una redada en el pub en el que James y sus hombres se reunían, pero allí no encontraron a James, así que Derek y yo nos dirigimos a su casa y, cuando estábamos aparcando frente a la puerta, la casa estalló en mil pedazos. Al parecer, el hermano de uno de los hombres de James que había sido detenido, pensó que se trataba de una traición por parte de James y quiso vengarse de él. El equipo forense del Servicio Secreto encontró un solo cadáver y, tras realizarle la prueba de ADN, concluyeron que se trataba de James y todo acabó. – Cojo aire y, como Gonzalo no dice nada, continúo hablando. – Ayer cuando vi el vídeo no podía creérmelo, de ninguna manera podía haber sido él, estaba muerto, yo misma vi con mis propios ojos como rescataban los pedazos de su cadáver. Pensé que probablemente estaba equivocada, pero al comentarlo con las chicas me aconsejaron que llamara a Derek y eso hice. – Noto como la mandíbula de Gonzalo se va tensando cada vez más, sé que está furioso aunque esté tratando de disimularlo. – Llamé a Derek y me pidió que le enviase el vídeo, así que se lo he enviado esta mañana.

–          ¿Y? – Me pregunta Gonzalo con frialdad.

–          Creemos que es él.

Gonzalo resopla, se pasa las manos por la cabeza y me mira con decepción, hubiera preferido que me hubiera gritado y me hubiera echado de su casa.

–          Varios agentes del Servicio Secreto nos vigilan desde anoche y Derek vendrá sobre a la hora de cenar, quiere hablar con nosotros. – Le digo al ver que continúa callado.

–          Dime una cosa, ¿me lo hubieras dicho si ese tal Derek no quisiera hablar conmigo? – Me pregunta tan frío como el hielo.

–          Gonzalo, yo…

–          Déjalo, Yasmina. – Me interrumpe con sequedad. – Ahora ya de nada importa.

–          Gonzalo, por favor…

–          Ahora no, Yasmina. – Me corta de nuevo. Y, sin mirarme a la cara, me dice levantándose de la silla: – Come tú, a mí se me ha quitado el apetito.

–          Gonzalo, yo no quería mentirte. – Le digo con un hilo de voz.

–          Estoy demasiado furioso para hablar contigo, Yasmina. – Me dice apretando los dientes y tensando la mandíbula. – Necesito estar solo y calmarme.

Dicho esto, da media vuelta y sale del comedor para encerrarse en su despacho mientras que dos lágrimas resbalan por mis mejillas.

Respiro profundamente y, sin ganas de comer, decido recoger la mesa sin hacer ruido para que Adela no sospeche nada y me encierro en la habitación de Gonzalo para llamar a Lorena, puede que ella consiga animarme y al menos sabrá consolarme.

–          No te preocupes, Yas. Es una reacción típica de los hombres cuando les tocas su orgullo, se le pasará en un rato. – Me dice Lorena cuando le cuento lo que ha ocurrido. – Tienes que entenderle, has llamado a otro hombre antes que a él, has confiado en otro antes que en él y eso le ha dolido. Dale tiempo para que se calme y lo asimile, ya verás cómo se le pasa enseguida el enfado y, si no es así, avísame y ya me encargo yo de él.

–          Eso espero, parecía bastante enfadado.

–          Confía en mí, los hombres se me dan bien, Yas.

–          Te enviaré un mensaje más tarde y te diré si tu radar femenino sigue funcionando o si se te ha estropeado por culpa de ese alemán. – Bromeo.

–          Llámame si necesitas algo, Yas.

–          Lo haré, no te preocupes. – Me despido de ella.

Cuelgo el teléfono y escucho voces en el pasillo. Pego mi oreja a la puerta de la habitación y logro escuchar las voces de Bruce y Roberto, pero se encierran en el despacho con Gonzalo y ya no puedo escuchar nada. Supongo que les estará poniendo al corriente de la situación, al fin y al cabo Bruce y Roberto, además de ser el jefe de seguridad y su abogado, respectivamente, también son sus amigos. Gonzalo me ha pedido tiempo para que le deje solo, así que me quedo en la habitación y no le molesto, ya vendrá a buscarme cuando quiera hablar conmigo.

Después de pasarme cinco horas encerrada en la habitación, por fin Gonzalo viene a buscarme, aunque su rostro sigue mostrándome dureza y frialdad.

–          ¿A qué hora dices que viene ese agente del Servicio Secreto?

–          Me dijo que llegaría a última hora de la tarde, antes de la hora de la cena. – Le respondo con un hilo de voz.

–          Bruce quiere hacerte unas preguntas, te está esperando en mi despacho. – Me dice sin apenas mirarme. – Mientras tanto, aprovecharé y me daré una ducha.

Dicho esto, Gonzalo se mete en el cuarto de baño de la habitación y yo me dirijo a su despacho con desgana. Tal y cómo Gonzalo me ha dicho, Bruce y Roberto me esperan en su despacho y ambos me saludan con gesto serio.

–          Por favor, siéntate Yasmina. – Me ofrece Roberto amablemente. – Queremos hacerte algunas preguntas.

Entro, cierro la puerta y me siento en el sillón que Roberto me señala. Bruce me mira a los ojos y con su tono de voz serio me dice:

–          Gonzalo nos ha contado lo que le has dicho. Puede que ahora esté un poco enfadado porque le hayas omitido una información tan importante, pero yo entiendo por qué lo has hecho. – Sin dejar de mirarme a los ojos y sin apenas parpadear, Bruce continúa hablando. – Es lógico que estuvieras confusa si el tipo del vídeo se suponía que debía estar muerto y no lo está.

–          No quería hacerle daño a Gonzalo. – Le confieso. – Al principio no podía creérmelo, pero estaba completamente segura de que era él y llamé a Derek Becker. Esta mañana le envié una copia del vídeo y me confirmó que a él también le parecía que se trataba de James Hilton. Derek me ha confirmado que varios de sus agentes nos custodian desde anoche, os aseguro que lo último que quería era poner en peligro a Gonzalo ni a ninguno de vosotros.

–          Yasmina, sé que no debe ser nada agradable para ti, pero necesito que me cuentes con todo detalle toda la historia. – Me dice Bruce suavizando su tono de voz. – Quiero saber cómo, dónde y por qué conociste a ese tipo, cómo terminaste colaborando con el Servicio Secreto del Reino Unido y qué ocurrió el día que supuestamente distéis a ese tal James por muerto.

Ya le he resumido a Gonzalo lo más esencial de la historia, pero Bruce quiere todos los detalles y, pese a que me gustaría que Gonzalo me apoyara, en este momento me alegro de que no esté presente. Empiezo por el principio y le cuento toda la historia a Bruce mientras él y Roberto me escuchan con total atención y sin interrumpirme. Les doy todos los detalles, incluso algunos que he enterrado en el fondo de mi memoria tratando de olvidarlos. Se lo debo a Gonzalo, aunque él ni siquiera haya querido quedarse en el despacho para escucharme. Me es imposible evitar derramar alguna que otra lágrima al recordar momentos difíciles, pero las seco con mis manos lo más dignamente que puedo y continúo hablando. La voz se me quiebra cuando les explico el día en que Derek decidió adelantar la redada. Para aquel entonces todo el mundo sabía que yo era la protegida de James Hilton y sus enemigos veían en mí una buena baza para conseguir lo que querían de él, así que me secuestraron y estuve dos días encerrada en un mugriento y húmedo sótano hasta que James me encontró y me rescató en medio de un tiroteo en el que nueve personas murieron y otras muchas más resultaron heridas. Todavía tengo pesadillas de vez en cuando sobre todo lo que pasó, tengo grabadas en la memoria imágenes que quisiera borrar y no puedo.

–          Yas, ¿estás bien? – Me pregunta Bruce preocupado.

–          Sí, perdona. – Me disculpo.

–          Creo que será mejor que te eches un rato y descanses, estás pálida y está claro que seguir hablando de esto no te va a ayudar en absoluto. – Me dice Roberto poniéndose en pie y ayudándome a levantarme del sillón. – Te acompañaré a la habitación.

–          Yas, dale un poco de tiempo, él no está acostumbrado a tener que lidiar con estos temas, y no me refiero solo al asunto relacionado con James Hilton.

Le dedico una sonrisa sincera a Bruce, a pesar de que creía que no le caía bien y que me transmitía cierto temor y desconfianza, hoy me ha demostrado que es un buen tipo, una persona muy inteligente y que además está de mi parte.

Roberto me acompaña a la habitación de Gonzalo, pero él ya no está allí, aunque todavía perdura su aroma de recién salido de la ducha.

–          Descansa un poco, Bruce y yo nos encargaremos de bajarle los humos a Gonzalo, no tienes nada de lo que preocuparte. – Me dice Roberto con complicidad.

–          ¿Crees que me perdonará? – Me arriesgo a preguntar con un hilo de voz.

–          Estoy seguro de que ya lo ha hecho, pero su orgullo le impide venir a disculparse. – Se mofa Roberto. – Intenta descansar, me temo que será una noche larga.

Lo cierto es que tanta tensión acumulada me marea y me agota, así que me quito los vaqueros y me meto en la cama para tratar de descansar tal y como me han recomendado Bruce y Roberto.

No sé cómo pero me quedo dormida sin ser consciente de ello hasta que Adela viene a la habitación y me despierta.

–          Yas, tranquila. Soy Adela, cielo. – Me dice Adela cariñosamente al darse cuenta de lo nerviosa que me he puesto al despertarme sin saber muy bien dónde estoy. – Gonzalo me ha pedido que venga a buscarte, tienes visita.

–          Estaré lista en dos minutos. – Murmuro incorporándome en la cama y mirando el reloj para ver qué hora es. Las nueve de la noche, he dormido una hora.

–          ¿Estás bien, muchacha?

–          Estoy bien, Adela.

Adela asiente con la cabeza, me dedica una tímida sonrisa y se retira dejándome de nuevo a solas en la habitación. Tras asearme y vestirme, salgo de la habitación y recorro el pasillo hasta llegar al salón, donde me encuentro a todos reunidos: Gonzalo, Bruce, Roberto, Derek y tres agentes más.

–          ¡Yas! – Exclama Derek al verme y me abraza a modo de saludo. – ¿Estás bien? Estás un poco pálida.

–          Supongo que he tenido días mejores. – Le contesto sonriendo con tristeza.

–          Te estábamos esperando. – Me dice Gonzalo con brusquedad, sin moverse del sofá y con cara de pocos amigos. – Ahora que estamos todos, ¿podemos empezar?

Me siento en el sofá al lado de Derek, es el único sitio que queda libre. Bruce decide llevar las riendas de la situación y yo se lo agradezco en silencio.

–          Bueno, ya nos conocemos todos y estamos al tanto de la situación, así que lo único que tenemos pendiente es ponernos de acuerdo sobre cómo afrontar dicha situación. – Nos dice Bruce.

–          Yas, necesitas más protección. – Me dice Derek. – Si James está vivo y se entera de que le traicionaste la cosa se va a poner muy fea, no podemos arriesgarnos.

–          Y, ¿qué propones? – Le pregunta Gonzalo a Derek, desafiándolo con la mirada.

–          Si dejáis de comportaros con normalidad James se dará cuenta de que sospecháis algo y eso no es buena idea. – Le contesta Derek. – Han pasado cinco años y no sabemos dónde ni qué ha estado haciendo, probablemente tenga algún antiguo contacto y haya hecho otros muchos nuevos. Yo propondría trasladaros a un lugar más grande y con accesos más fáciles de controlar, un lugar dónde mis agentes puedan velar por vuestra seguridad, yo os propongo una casa franco.

–          Esta noche la pasaremos aquí, ya es muy tarde para andar de mudanzas, pero mañana podremos trasladarnos a mi nueva casa, está situada a las afueras y es lo suficiente grande como para alojar a veinte personas. – Concluye Gonzalo. – En cuanto a lo de seguir con nuestra vida normal, ¿a qué te refieres exactamente?

–          Sois una pareja y las parejas salen juntas a cenar, al cine o a cualquier parte, si os pasáis el día encerrados en casa y sin salir James sospechará y probablemente se esfumará antes incluso de que obtengamos alguna pista sobre su paradero. – Nos dice Derek. – Por supuesto, lo haréis escoltados por mis agentes, aunque os aseguro que ni siquiera vosotros os daréis cuenta de que están ahí.

–          Tengo a mi propio equipo de seguridad. – Comenta Gonzalo poco amable.

–          Genial, podrán colaborar con mis agentes. – Le dice Derek ignorando por completo el tono que ha utilizado Gonzalo.

–          Esto no tiene sentido. – Opino poniéndome en pie. – Si James hubiera querido hacerme daño ya lo hubiera hecho, ha tenido muchas oportunidades para ello.

–          ¿Prefieres llamarle y quedar con él para tomar un café? – Me espeta Gonzalo con sarcasmo.

–          Gonzalo. – Le reprende Roberto con desaprobación.

–          ¡Joder! – Exclama Gonzalo poniéndose en pie. Me mira a los ojos y me dice casi en un gruñido: – No confías en mí para contarme esto pero sí confías en él.

–          Yas, si no quieres quedarte con el señor Cortés podemos buscarte una casa franco. – Me propone Derek al darse cuenta de la tensión que existe entre Gonzalo y yo.

Gonzalo me sostiene la mirada esperando una respuesta. No quiero alejarme de Gonzalo, pero tampoco quiero quedarme si él no me quiere a su lado.

–          La decisión es tuya. – Le digo a Gonzalo con un hilo de voz.

–          Si permanecéis juntos, será más fácil protegeros. – Opina Bruce.

–          Estoy de acuerdo con Bruce. – Le secunda Derek.

–          Yo también. – Opina Roberto.

Gonzalo continúa sosteniéndome la mirada y yo sigo esperando que abra la boca. Finalmente, me dice con el rostro indescifrable:

–          Lo mejor será que permanezcamos juntos, si queremos detener a James debemos actuar con normalidad y se supone que estamos prometidos.

–          En ese caso, empezaremos a organizar el traslado. – Sentencia Derek. – Mañana a las doce del mediodía regresaré y terminamos de concretar.

–          Mañana tengo una reunión a primera hora, pero estaré aquí a las doce. – Le confirma Gonzalo. – Os acompaño a la puerta.

Me despido de Derek y le veo desaparecer junto a sus tres agentes y Gonzalo que le acompaña a la puerta. Bruce y Roberto me sonríen mostrándome su apoyo y yo se lo agradezco devolviéndoles la sonrisa, pero sin poder ocultar mi tristeza. Gonzalo tarda más de diez minutos en regresar al salón y, cuando lo hace, le pide a Adela que prepare la mesa para cuatro, ellos cenarán con nosotros.

Cenamos los cuatro juntos en el comedor, pero ni Gonzalo ni yo abrimos prácticamente la boca, ni siquiera para comer. Después de cenar, me retiro a la habitación alegando que estoy cansada y dejo a los tres hombres para que hablen de sus cosas con la esperanza de que más tarde Gonzalo me acompañe.