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Sorpresa de San Valentín.

El día de San Valentín llegó y yo decidí pasar la tarde estudiando, sin ninguna intención de salir a la calle y odiando cada vez más a Alec por no dar señales de vida. Quizás Kate tuviera razón, tal vez Alec me había dicho que estaría fuera de la ciudad por trabajo para evitar estar conmigo en San Valentín. Tan solo hacía un mes que nos conocíamos y apenas habíamos intercambiado un par de besos, una cita el día de San Valentín era demasiado para el punto en el que se encontraba nuestra relación, si es que podía llamarse así.

Cansada de estudiar leyes y procedimientos jurídicos, me preparé un baño con sales aromáticas y me hundí en el agua caliente de la bañera. Me fumé un cigarro y me bebí una copa de vino disfrutando del baño hasta que el agua comenzó a enfriarse. Estaba secándome con una toalla cuando escuché el timbre de la puerta. Miré el reloj, eran las ocho de la tarde. Me puse el albornoz y me dirigí al hall. Miré por la mirilla antes de abrir la puerta y me quedé paralizada al ver quién era. Era él. Alec estaba frente a mi puerta y la noche de San Valentín, había aparecido en el momento más oportuno y había echado por tierra las sospechas de Kate. Nuestras miradas se encontraron, una sonrisa nerviosa se dibujó en sus labios y, mirándome de arriba abajo, me saludó manteniendo las distancias:

—Quizás debería haber llamado antes de venir… ¿estás ocupada?

Adiviné lo que estaba pensando y no pude evitar sonreír al comprobar cómo contenía su curiosidad para no preguntar lo que realmente quería saber.

— ¿Cuándo has llegado? —Fue lo único que fui capaz de decir.

—He aterrizado hace un par de horas, me he dado una ducha en el trabajo y he venido a verte, ni siquiera he pasado por casa. ¿Me invitas a entrar?

Asentí con un leve gesto de cabeza y me eché a un lado para dejarle entrar en casa. Pasó por mi lado y, tras cerrar la puerta, se paró frente a mí y me susurró:

—Estás preciosa.

Acarició mi mejilla con el dorso de la mano y cerré los ojos al notar cómo se erizaba mi piel debido al contacto. Rodeó mi cintura con su brazo y me estrechó contra su cuerpo al mismo tiempo que me besaba con extrema lentitud. Despegó sus labios de los míos haciendo un gran esfuerzo y, tras un suspiro cargado de frustración, musitó entre dientes:

—Será mejor que te vistas, no quiero que cojas frío.

Aquellas palabras no presagiaban nada bueno, pero tampoco me adelanté a preguntar. Era la primera vez que un hombre me pedía que me tapase con más ropa y no sabía cómo interpretarlo. En lugar de pensar que quizás Alec no me deseaba como mujer, me armé de seguridad y le dije:

—Iré a vestirme, sírvete una copa de vino mientras regreso.

Di media vuelta y me dirigí a mi habitación para vestirme. Decidí ponerme unos tejanos pitillo, un jersey de cuello de cisne y unas botas altas. Me quería tapada y así me iba a tener. Ni siquiera me maquillé, tan solo me sequé el pelo y fui en su busca.

Le encontré sentado en el sofá del salón bebiendo de su copa de vino mientras echaba un vistazo a mis apuntes de derecho penal. Estaba muy sexy sin pretenderlo, se sentía cómodo y natural vestido con unos tejanos y un jersey negro. Se volvió hacia a mí al notar mi presencia y se puso en pie. Me miró de arriba abajo con sorpresa, talvez esperaba verme con un vestido elegante y que tuviera planes para esta noche. Miré el reloj, solo eran las ocho.

—Todavía no me has dicho si tienes planes para esta noche —comentó mirándome a los ojos.

No era una pregunta, pero esperaba una respuesta. Le hice un gesto para que se sentara de nuevo en el sofá, me senté junto a él y, mientras rellenaba nuestras copas de vino, le dije:

—Tenía pensado pedir algo de comida a domicilio y ver una película, probablemente alguna comedia romántica y así tener una excusa para comerme el bote de helado de chocolate que guardo en el congelador —bromeé.

—Es un plan muy tentador —se mofó—. ¿Te importa si te hago compañía?

—Para nada, pero si te vas a quedar debes saber que pienso ponerme cómoda —le advertí.

—Me he arrepentido de pedirte que te vistieras en cuanto las palabras han salido de mi boca, no me hagas caso si vuelvo a decírtelo.

—Lo tendré en cuenta. Dime, ¿qué te apetece cenar? ¿Comida japonesa, china, pizza, kebab?

—Si esas son las opciones, prefiero la pizza.

—Genial, coge uno de los folletos de publicidad y pide lo que quieras —le dije señalando los papeles que había junto al teléfono de la mesa auxiliar—. Voy a ponerme cómoda.

Media hora más tarde, Alec y yo estábamos sentados en el sofá comiendo pizza y viendo una película de comedia romántica en la televisión. Alec me abrazó todo el tiempo, pero no intentó un mayor acercamiento hasta que la película terminó.

—Ha sido una película… interesante —comentó haciendo un esfuerzo por encontrar la palabra adecuada.

—No te ha gustado —deduje divertida.

—No es un género que me guste, pero puedo soportarlo solo por verte sonreír.

— ¿Aunque te haya obligado a ver una película ridícula y vaya vestida con un pijama de corazones?

—Sobre todo si vas vestida con ese pijama de corazones tan sexy —bromeó en un susurro mientras acercaba sus labios a los míos—. Giselle…

Me excitaba oírle pronunciar mi nombre de aquella manera tan sensual y premonitoria. Me besó despacio y se abrió paso por mi boca para acabar besándonos salvajemente. Me colocó a horcajadas sobre él y me quitó la parte superior del pijama, quedándome en sujetador. Siguió besándome mientras sus manos recorrían mi cuerpo, pero se detuvo cuando mi teléfono móvil comenzó a sonar por enésima vez.

—Nena, si no vas a cogerlo será mejor que lo apagues.

—Dame dos minutos, puede que sea importante.

Me levanté y cogí el teléfono móvil, era Steve quien llamaba con tanta insistencia.

—Espero que sea importante —bufé nada más descolgar.

— ¿Te he fastidiado el plan de San Valentín?

— ¿Qué quieres?

—Supongo que eso es un sí —se mofó—. En fin, solo llamaba para decirte que iré a verte la próxima semana, pasaré unos días en Virginia Beach y me preguntaba si podía hospedarme en tu nueva casa.

—Ya sabes que mi casa es tu casa, Steve. Además, tengo ganas de verte.

—Y yo a ti, pequeña —me confesó con sinceridad—. Diviértete y llámame si tengo que partirle la cara a alguien, recuerda que todos los hombres son unos capullos.

—Tranquilo, sé cuidarme sola. Buenas noches, Steve —me despedí antes de colgar.

Regresé de nuevo junto a Alec, pero lo noté distante.

— ¿Va todo bien?

—Iba a preguntarte lo mismo —me respondió con cierto tono de reproche en la voz.

—Toda va bien, era Steve, me llamaba para decirme que la próxima semana pasará unos días en la ciudad…

—Y le has ofrecido tu casa para que se hospede —acabó la frase.

—Así es —le confirmé.

— ¿Puedo preguntarte quién es ese Steve?

—Steve es mi mejor amigo, es como un hermano mayor para mí.

—Si es como un hermano, entonces no…

—No, no hay ninguna relación sentimental ni sexual entre Steve y yo, si es eso lo que quieres saber —zanjé la cuestión—. Y, si has terminado con el interrogatorio, me gustaría seguir con lo que estábamos haciendo antes de que nos interrumpieran.

—Ven aquí, caprichosa —me ordenó al mismo tiempo que me agarraba de la cintura y me colocaba de nuevo a horcajadas sobre él—. Creo que, antes de que nos interrumpieran, estábamos besándonos mientras acariciaba cada milímetro de tu piel que había quedado al descubierto.

Continuó besándome y desnudándome despacio. Acarició los bordes de mi sujetador rozando la piel de mis pechos, siguiendo por la espalda hasta encontrar el cierre y abrirlo, dejando mis pechos al descubierto.

—Eres preciosa —susurró con la voz ronca antes de llevarse a la boca uno de mis pezones para lamerlo y mordisquearlo, y a continuación hacer lo mismo con el otro. Soltó un gruñido gutural de la garganta y añadió poniéndose en pie conmigo en brazos—: Necesitaremos un sitio más cómodo, ¿dónde está tu habitación?

—En la planta de arriba —respondí rodeando su cuello con mis brazos.

Subió las escaleras cargando conmigo en brazos y le guie hasta mi dormitorio. Abrió la puerta y recorrió toda la estancia con la mirada antes de entrar. Caminó hacia a la cama y me depositó suavemente sobre ella. Hizo que me tumbara y terminó de desnudarme deshaciéndose de mis pantalones y mis braguitas.

—Me temo que no estamos en igualdad de condiciones —ronroneé colocándome de rodillas sobre la cama y quedando a la altura de su pecho—. Ahora me toca a mí.

Alec sonrió excitado, sus ojos estaban brillantes y su intensa mirada recorría mi cuerpo una y otra vez como si quisiera devorarme. Agarré el borde inferior de su jersey y lo deslicé hacia arriba para quitárselo con su ayuda. Hice lo mismo para deshacerme de su camiseta y seguí desabrochando los botones de su pantalón tejano, pero Alec se impacientó y acabó quitándose el pantalón y los bóxer él mismo.

—Supongo que la paciencia no es una de tus virtudes —bromeé con coquetería.

—No lo es cuando se trata de ti —me respondió abalanzándose sobre mí para apoderarse de mi boca. Acarició mi entrepierna para comprobar si estaba húmeda y añadió—: Nena, quiero estar dentro de ti.

Alargué el brazo para abrir el cajón de la mesita de noche y saqué un preservativo, cortesía de Steve para que estrenara mi nueva casa de la manera más divertida. A Alec no le pareció tan divertido cuando alzó la vista y vio el cajón repleto de preservativos.

—Supongo que debo parecerte una pervertida, pero te aseguro que tengo una explicación —le dije tratando de contener la risa.

—No es algo que esté acostumbrado a ver —bromeó y añadió sonriendo—: Ya hablaremos de eso en otro momento.

Se puso el preservativo, colocó su miembro en la entrada de mi vagina y me penetró lentamente. Sonrió lascivamente cuando estuvo por completo dentro de mí y se me escapó un gemido de la garganta que no fui capaz de contener.

—No te reprimas, nena —me ordenó en un susurro al mismo tiempo que comenzó a entrar y salir de mí una y otra vez.

Traté de moverme para cambiar de posición, el misionero no era una de mis posturas favoritas, y Alec, adivinando mis intenciones, me dejó hacer. Me coloqué a horcajadas sobre él y llevé el ritmo de las embestidas mientras él me ayudaba a subir y bajar agarrándome del trasero. Nos besamos con urgencia, mis manos recorrieron su musculoso tórax y noté cómo se tensaba. Deslizó una de sus manos entre nuestros cuerpos hacia mi entrepierna, encontró mi clítoris y lo estimuló con movimientos circulares y con unos suaves toques de presión con el pulgar. Todo mi cuerpo se estremeció, el orgasmo estaba cerca y no quería que ese momento terminara nunca.

—Vamos nena, córrete conmigo.

Aquellas palabras fueron más una orden que una petición, pero mi cuerpo obedeció al instante y ambos alcanzamos el clímax al mismo tiempo. Se dejó caer hacia atrás sobre la cama y me arrastró con él, envolviéndome con sus brazos mientras seguía dentro de mí. Me mantuvo abrazada hasta que nuestras respiraciones se normalizaron y, sin quitarme de encima, salió de mí, se quitó el preservativo y lo anudó antes de dejarlo en el suelo. Me besó en la cabeza y me preguntó con voz ronca:

— ¿Estás bien, nena?

—Hacía tiempo que no estaba tan bien.

—Me alegra oír eso —murmuró entre dientes .

Alec no me dio tregua y se abalanzó sobre mí, intercambiando nuestras posiciones con un rápido movimiento. Se puso un preservativo que cogió del cajón de la mesita de noche, colocó mis manos por encima de mi cabeza y las unió a las suyas, cubriendo mi cuerpo con el suyo. Un gemido arrollador salió de mi garganta y Alec, dedicándome una sonrisa socarrona, me dijo:

—Feliz San Valentín, nena.

Unió de nuevo su cuerpo al mío con una suave estocada, deslizándose dentro de mí y llenándome por completo.

Hicimos el amor una y otra vez hasta que nos quedamos dormidos por el agotamiento. El sonido de la alarma del teléfono móvil me despertó y al abrir los ojos mi mirada se encontró con la de Alec. Me estrechó entre sus brazos, me besó en la sien y me susurró al oído:

—Creo que ya hemos hecho suficiente ejercicio como para no salir a correr esta mañana, quédate un rato más en la cama, yo te llevaré a la universidad.

—Creo que hoy no voy a ir a clase, me voy a tomar el día libre —estaba cansada y me sentía demasiado bien entre los brazos de Alec—. Le enviaré un mensaje a Kate para que no me espere.

Entorné los ojos para que la luz del teléfono móvil no me deslumbrara, busqué el contacto de Kate en la agenda y le escribí un mensaje: “He pasado mala noche y apenas he dormido, no iré a clase hoy, nos vemos mañana.”

— ¿Por qué le has dicho que has pasado mala noche? —Me preguntó Alec con el ceño fruncido al leer el mensaje que le había enviado a Kate.

—Si le hubiera dicho la verdad, es capaz de presentarse aquí para someterme a un interrogatorio —le respondí acurrucándome contra su pecho—. Prefiero quedarme en la cama contigo.

Me coloqué a horcajadas sobre él y, con un sugerente movimiento circular, comencé a rozar mi entrepierna con la suya.

—Nena…

No dijo nada más, intercambió nuestras posiciones y me devoró la boca. Me satisfacía por completo, pero no me saciaba de él.

—Vas a acabar conmigo —murmuró mientras se colocaba un preservativo.

Me penetró lentamente, con una suavidad extrema e innecesaria. Traté de moverme y mostrarme activa, pero Alec me lo impidió como todas las otras veces exceptuando la primera, le gustaba tener el control y marcar el ritmo. Por alguna razón, Alec se lo tomó con calma. Entró y salió de mí despacio, recorrió mi cuello con la boca dejando un reguero de besos hasta llegar a mis pechos, donde se entretuvo mordisqueando y lamiendo mis pezones. Una vez más, me hizo tocar el cielo con las manos. Todo mi cuerpo se convulsionó y estallé en mil pedazos, gimiendo sin reprimirme al sentir la intensidad de aquel orgasmo. Alec se tensó y, tras dos embestidas, soltó un gruñido gutural al alcanzar el clímax. Se dejó caer a un lado para no aplastarme, se quitó el preservativo, lo anudó y lo tiró al suelo. Cogió un par de servilletas de papel que habíamos dejado sobre la mesita de noche y se limpió para después limpiarme a mí. Volvió a acomodarse a mi lado, me envolvió con sus brazos y, antes de volver a quedarme dormida, me susurró al oído:

—No me sacio de ti, nena.

Un San Valentín diferente.

Un San Valentín diferente

Sábado, 14 de febrero de 2015.

Para muchas personas hoy es un día especial que marcan en el calendario y que esperan durante todo el año. Para mí, es solo un día más. Y es que el día de San Valentín no tiene ningún sentido si estás soltera como yo. Solo tengo veintisiete años, pero en mi familia si no estás casada o viviendo con tu novio a los veinticinco, ya eres una solterona. Hace tres meses cumplí los veintisiete, así que podéis imaginar lo que tengo que soportar cada vez que asisto a una reunión familiar. Mi abuela me dice que tengo que buscar un hombre que cuide de mí, mi madre me presiona recordándome una y otra vez que quiere ser abuela, mis tíos presumen de tener a sus dos hijas casadas y con nietos y mis primas no cesan de repetir lo felices que son con su marido y sus hijos. El único que sale siempre en mi defensa es mi padre, pero solo porque para él sigo siendo su niña pequeña. Si tuviera hermanos al menos no tendría que lidiar sola en esa batalla.

Cansada de preguntas tipo ¿qué haces por San Valentín?, este año he decidido ir a la oficina a trabajar. Es sábado, así que no hay nadie trabajando, a excepción del conserje y de los tres guardias de seguridad, que trabajan las veinticuatro horas del día todos los días de la semana.

El edificio es grande y tiene once plantas, mi oficina está en la octava planta.

Tras pasar el día trabajando en la oficina, a las ocho y media de la tarde, decido que ya es hora de regresar a casa. Pediré comida china a domicilio, me daré un largo y relajante baño de espuma y veré alguna película de venganza, puede que vea Kill Bill, nada que se asemeje a una de esas comedias románticas americanas. Algunas de mis amigas solteras han decidido salir juntas y celebrar su particular San Valentín, que ellas lo llaman San Ballantines, como la botella de wiski. En fin, podéis haceros una idea de cómo acabarán la noche. Yo he rechazado su invitación alegando que tengo demasiado trabajo, lo cual es cierto.

Mientras espero el ascensor miro por el ventanal del hall y me percato de que está nevando con fuerza, no recuerdo una nevada como esta en muchos años. Las puertas del ascensor se abren y me sorprendo al ver a un hombre muy atractivo dentro del ascensor.

–          Buenas noches. – Lo saludo al mismo tiempo que entro y pulso el botón del vestíbulo.

–          Buenas noches. – Me saluda dedicándome una seductora sonrisa.

Le miro con disimulo, es un hombre muy guapo. Moreno, de ojos verdes y sonrisa seductora. Mi debilidad son los hombres con traje y él lleva un traje de color gris marengo, camisa negra y corbata negra. De su brazo cuelga una gabardina y, tras mirar el panel del ascensor, confirmo que el hombre misterioso se dirige al parquin. Las puertas del ascensor se cierran y empezamos a descender, pero de repente el ascensor se para en seco entre planta y planta y las luces se apagan, excepto la tenue luz naranja de emergencia.

–          Oh no, dime que no nos hemos quedado atrapados aquí dentro. – Murmuro medio histérica.

Pulso el botón de alarma del ascensor una y otra vez hasta que el hombre atractivo me sostiene ambas manos con firmeza y me susurra con voz calmada:

–          Tranquila, se ha debido ir la luz debido a la gran nevada. – Me sonríe con ternura y añade – No te preocupes, seguro que nos sacan de aquí a tiempo para que llegues a tu cita de San Valentín.

–          Me temo que esto es un castigo de Cupido por reírme de él y de su estúpido día. – Me oigo decir.

–          ¿Eso significa que no tienes planes para esta noche? – Me pregunta sonriendo maliciosamente.

–          Eso significa que no tengo plan romántico y cursi, pero sí tenía otros planes. – Protesto un tanto molesta.

–          ¿Hay alguien ahí? – Grita Carlos, uno de los tipos de seguridad del edificio.

–          Carlos, estoy encerrada en el ascensor, ¿puedes hacer que se ponga en marcha? – Le pregunto a gritos, es la única forma de que me escuche.

–          Señorita Verona, ¿está usted bien? – Oigo preguntar al señor Ferrer, el conserje del edificio de los fines de semana y festivos.

–          Sí, señor Ferrer. – Le confirmo. – Estoy encerrada con… – Miro al hombre atractivo, que me observa y sonríe divertido, y le pregunto: – ¿Quién eres?

–          Soy Álvaro Martínez. Y tú eres…

–          Gina, Gina Verona. – Le respondo aturdida.

Álvaro Martínez es el propietario del edificio, nunca lo había visto y jamás pensé que fuera tan joven. Me sonríe burlonamente, sabe lo que estoy pensando y eso le divierte. Me guiña un ojo y dice alzando la voz:

–          Señor Ferrer, llame a los técnicos de mantenimiento, aunque la corriente se restablezca el ascensor no se moverá.

–          ¿Qué hay del generador de emergencias? – Pregunto confusa.

–          El generador de emergencia solo da corriente a las oficinas para que en caso de apagón las empresas ubicadas aquí puedan seguir trabajando, pero los ascensores son otra historia, no podemos abastecer la energía que requieren. – Me explica con naturalidad, pero también con un tono burlón que no logra pasar desapercibido. Dicho eso, se sienta en el suelo del ascensor y añade – Será mejor que te pongas cómoda, esto va para largo.

Consciente de que voy a pasar aquí encerrada un buen rato, opto por ponerme cómoda y me siento en el suelo al lado de Álvaro.

Permanecemos en silencio más de diez minutos, el tiempo que tarda el señor Ferrer en regresar e informarnos de la situación.

–          Acabo de hablar con los de mantenimiento, es sábado por la noche y está nevando como nunca, así que tardarán en llegar. – Nos dice el señor Ferrer.

–          Genial, vamos a pasar aquí la noche. – Murmuro entre dientes con sarcasmo.

La calefacción tampoco funciona y empieza a hacer frío. En la calle la temperatura debe ser de unos cinco grados bajo cero y, ahora que cae la noche, el termómetro puede bajar a menos quince grados.

–          ¿Qué planes tenías para esta noche? – Me pregunta Álvaro para romper el hielo. Le miro alzando las cejas, no esperaba que sacara el tema otra vez, pero Álvaro parece leerme el pensamiento y continúa hablando: – Yo tampoco tenía un plan romántico para esta noche, había pensado en llegar a casa, pedir algo de comida a domicilio y ver una película de acción disfrutando de una copa de buen vino. – Me señala la bolsa con la botella de vino que ha dejado a su lado y añade: – No tenemos sofá, ni comida, ni televisión, ni tampoco copas, pero tenemos vino.

–          Por extraño que parezca, ahora mismo no se me ocurre un plan mejor. – Opino sonriendo.

–          Vaya, la señorita Verona sabe sonreír. – Comenta con tono burlón.

Álvaro saca la botella de vino de la bolsa y la descorcha. Me mira y sonríe maliciosamente como si fuera un niño haciendo una travesura. Su sonrisa me contagia y ambos sonreímos ahora como dos adolescentes. Álvaro da un trago de vino y, ofreciéndome después la botella, me dice:

–          ¿No vas a contarme tus planes?

Doy un trago de vino y le respondo:

–          Pensaba pedir comida china, sentarme en el sofá de casa y ver Kill Bill, la 1 y la 2, en plan San Valentín sangriento. – Le confieso encogiéndome de hombros.

–          No te gusta en absoluto el día de San Valentín. – Dice Álvaro y no es una pregunta.

–          No mucho. – Le confirmo encogiéndome de hombros.

–          Te propongo un trato. – Me sugiere alegremente. – Pasemos un San Valentín diferente.

–          ¿Un San Valentín diferente? – Pregunto con curiosidad.

–          Sí, un San Valentín diferente. – Me confirma y, al ver que le miro con desconfianza, añade – En lugar de cenar en un romántico restaurante, nos beberemos esta botella de vino en un ascensor. Nos guste o no, vamos a pasar aquí encerrados más tiempo del que nos gustaría, así que lo mejor es tratar de divertirnos, ¿no?

–          Eres un tipo bastante peculiar. – Comento divertida.

–          ¿Eso significa que te resulto interesante? – Me pregunta alzando una ceja.

–          Digamos que siento curiosidad por saber qué hace aquí un sábado por la noche el propietario de un edificio como este. – Le respondo.

–          Yo también siento curiosidad por saber qué hace trabajando una chica como tú un sábado por la noche y en San Valentín.

–          ¿Una chica como yo? – Le pregunto coqueteando.

–          Una chica guapa e inteligente. – Me aclara sonriendo con travesura.

Este hombre es un bombón. No debe tener más de treinta y cinco años, puede que sea siete u ocho años mayor que yo, pero me atrae mucho más que cualquier chico de mi edad.

Como si fuéramos dos adolescentes haciendo botellón, Álvaro y yo nos pasamos la botella de vino mientras hablamos y bromeamos sobre nuestra situación.

Dos horas más tarde, ambos estamos más animados, incluso me siento cómoda y relajada hablando con él.

–          Estoy hambrienta. – Pienso en voz alta.

–          En cuanto nos saquen de aquí, te llevo a cenar a dónde quieras. – Me asegura. – Y después nos sentaremos en el sofá frente a la televisión y veremos la saga de Kill Bill.

–          Es el mejor plan de San Valentín que me han propuesto jamás. – Me mofo sin poder dejar de reír.

–          Entonces, ¿aceptas?

–          Sí, si conseguimos salir de aquí. – Bromeo.

Pocos minutos después, el señor Ferrer nos anuncia que los técnicos de mantenimiento han llegado y están accionando el ascensor. Media hora más tarde, los técnicos consiguen restablecer la corriente eléctrica y el ascensor desciende hasta el hall, donde las puertas se abren y por fin salimos del ascensor. El señor Ferrer, los tres seguratas y los técnicos de mantenimiento nos miran y nos sonríen con complicidad al vernos salir sonriendo y con una botella de vino vacía en las manos.

–          ¿Se encuentran bien? – Nos pregunta el señor Ferrer.

–          Perfectamente, gracias. – Le responde Álvaro y, tendiéndome la mano, me pregunta con una sonrisa pícara en los labios – ¿Nos vamos, señorita Verona?

–          Sí. – Respondo agarrando su mano.

Álvaro me guía hacia a las escaleras de acceso al parquin para ir a buscar su coche, no queremos arriesgarnos a bajar en ascensor. Nos subimos en su Audi y Álvaro saca el coche del parquin. Está nevando mucho y las calles de la ciudad están colapsadas. Las parejas han salido a celebrar San Valentín y el tráfico es intenso.

–          ¿A dónde vamos? – Le pregunto tras cinco minutos de absoluto silencio.

–          ¿Dónde te apetece ir a cenar?

–          Me has prometido un San Valentín diferente, nada de restaurantes, solo un sofá y la saga de Kill Bill. – Le recuerdo divertida.

–          Entonces, pasaremos por el videoclub a alquilar Kill Bill y después pediremos comida china a domicilio, ¿no era ese tu plan perfecto? – Me propone con una sonrisa en los labios que me derrite.

Álvaro aparca el coche en doble fila frente al videoclub y me dice que espere en el coche mientras él alquila las películas. En la calle hace un frío de mil demonios y yo se lo agradezco. Además, por lo menos cinco centímetros de nieve en el suelo y, con lo torpe que soy, estoy segura de que me resbalaría y me caería. Algo muy típico en mí, para mi desgracia y el cachondeo de los demás. Regresa pocos minutos después con las películas y nos incorporamos al tráfico. Álvaro conduce hacia a las afueras de la ciudad hasta llegar a su casa. Debido al temporal de nieve, hemos tardado más de lo que deberíamos, pero lo importante es llegar. Aparca el coche dentro del garaje y, nada más salir del vehículo, Álvaro me sonríe, me tiende la mano y me dice:

–          Ven, pasemos al salón. – Álvaro me guía hacia el salón y añade: – Ponte cómoda, voy a buscar los folletos de publicidad de comida a domicilio.

Cuando regresa con los folletos los revisamos y decidimos llamar al restaurante chino, pero nos dicen que debido al temporal no están sirviendo a domicilio. Llamamos a todos los restaurantes con servicio a domicilio de la ciudad, pero ninguno de ellos está sirviendo a domicilio. Debido a la nieve han cortado muchas carreteras y es bastante peligroso conducir por las carreteras que aún continúan abiertas.

–          Tendremos que prepararnos la cena nosotros. – Me dice Álvaro encogiéndose de hombros. – Vamos a ver qué hay en la nevera.

Álvaro me guía hacia a la cocina y, antes de abrir la nevera, saca dos copas del armario y coge una botella de vino de la despensa para servirnos. Me ofrece una de las copas que yo acepto encantada y, tras coger la otra copa, brinda conmigo:

–          Por un San Valentín diferente.

Entrechoco su copa con la mía y ambos bebemos un pequeño trago y nos sonreímos. Resulta extraño sentirme cómoda estando en un lugar en el que no he estado nunca y acompañada por un completo desconocido, sin embargo aquí estoy.

Álvaro abre la nevera y, tras revisarla a conciencia, me dice:

–          Afortunadamente, Julia ha debido hacer la compra esta mañana.

–          ¿Julia? – Me atrevo a preguntar. Espero que no me diga que está casado porque lo mato con mis propias manos.

–          Julia es la asistenta, si no fuera por ella esta casa sería un caos. – Me aclara. – Hay prácticamente de todo, ¿qué te apetece cenar?

Me acerco a él y observo las baldas de la nevera. Tal y cómo Álvaro ha dicho, hay de todo.

–          ¿Hacemos un poco de pasta fresca? – Le propongo.

–          Claro. – Me complace. – Siéntate ahí y yo me ocupo de todo.

–          Deja que te eche una mano. – Insisto.

Álvaro me dedica una sonrisa y ambos nos ponemos manos a la obra a preparar la cena. Apenas media hora después, Álvaro prepara la mesa mientras yo sirvo la pasta en los platos. Álvaro ha preparado una sabrosa salsa al pesto y la boca se me hace agua solo de oler el delicioso aroma.

Nos sentamos a cenar y Álvaro abre la tercera botella de vino si contamos la botella que nos hemos bebido en el ascensor. Estoy bastante achispada y decido comer todo lo que tengo en el plato para evitar que me siente mal el alcohol. Álvaro se levanta de la silla y se dirige a la cocina a por dos copas limpias y una botella de agua.

–          Estamos bebiendo bastante, debemos beber un poco de agua para evitar deshidratarnos y que mañana tengamos una resaca horrible. – Me aconseja.

Le obedezco y bebo de la copa de agua que Álvaro me ha servido. No sé qué tienen sus ojos, pero me hipnotizan y me someten a su voluntad, es como si me hechizaran.

Terminamos de cenar y Álvaro me hace pasar de nuevo al salón. Nos acomodamos en el sofá para ver la película y Álvaro enciende la chimenea.

–          No deja de nevar, si se va la luz nos quedaremos sin calefacción, así que tener la chimenea encendida es lo mejor. – Me explica.

–          Me encantan las noches de frío cuando estoy en casa frente a la chimenea y mirando por la ventana cómo cae la nieve. – Le digo sin apartar la mirada del fuego que empieza a prender los troncos en la chimenea.

–          Pues ponte cómoda, esta noche tenemos sofá, pelis, chimenea y está nevando, ¿es todo lo que pedías?

–          Siempre se puede pedir más. – Le respondo sonriendo con picardía.

Álvaro me mira sorprendido, pero me devuelve una sonrisa seductora. Nos acomodamos en el sofá y vemos la primera película. En cuanto termina, Álvaro se levanta para ir a la cocina y regresa dos minutos después con un par de vasos y una botella de agua.

–          No ha dejado de nevar y hay unos quince centímetros de nieve en el suelo, esta noche te quedarás aquí. – Me dice sin opción a réplica. – Te dejaré un pijama y te enseñaré tu habitación para que puedas cambiarte, así estarás más cómoda.

No es que no me crea lo que Álvaro acaba de decirme, pero necesito comprobarlo con mis propios ojos. Me pongo en pie y miro por el ventanal que da al porche. La imagen que hay ante mí es espectacular, todo está cubierto de nieve y parece que estoy mirando una postal.

–          ¿Va todo bien? – Me pregunta preocupado.

–          Sí, perdona. – Le digo ruborizada. – ¿Me prestas ese pijama?

Álvaro sonríe y, tras cogerme de la mano, subimos las escaleras a la planta superior y me guía a la que será mi habitación.

–          Esta es la habitación de invitados, tienes baño en la habitación y yo estaré justo detrás de la puerta de enfrente. – Me dice Álvaro. – Dame un segundo y te traigo un pijama.

Apenas un minuto después, Álvaro regresa con un pijama negro de algodón y me dice:

–          Aquí tienes, cámbiate y ponte cómoda. Yo voy a hacer lo mismo y vengo a buscarte.

Álvaro me dedica una sonrisa antes de marcharse a su habitación a cambiarse de ropa y ponerse cómodo. Tras echar un rápido vistazo a la habitación y el baño, una habitación amplia, con cama de matrimonio y un baño completo, me pongo el pijama. Cinco minutos después, Álvaro viene a buscarme y juntos bajamos de nuevo al salón para ver la segunda película, pero nada más sentarnos en el sofá nos quedamos sin luz. Álvaro se asoma por el ventanal y me dice:

–          Se ha ido la luz en todo el barrio y, como no deje de nevar pronto, me temo que esto va a ir para largo. – Se sienta de nuevo a mi lado y añade: – Tendremos que dormir en el salón, sin calefacción la chimenea es lo único que hará que no nos congelemos.

–          ¿Vamos a dormir aquí?

–          El sofá se hace cama y ya ves lo ancho que es. – Me responde divertido. – Voy a coger una linterna y a por unas mantas, tú ponte cómoda.

Álvaro regresa pocos minutos después con un par de mantas y entre los dos hacemos del sofá una enorme cama de tres metros de ancho. Nos acomodamos en nuestra improvisada cama frente al calor y la lumbre de la chimenea y nos servimos una copa de vino. Desde que hemos llegado, Álvaro ha estado combinando el agua con el vino, asegurándome que se lo agradeceré mañana.

–          ¿En qué estás pensando? – Me pregunta con curiosidad.

–          Estaba pensando en lo que has dicho sobre lo de beber agua, espero que tengas razón y mañana no me despierte con resaca. – Le contesto sonriendo coquetamente al mismo tiempo que cojo mi copa de vino y brindo con él. – Por un San Valentín diferente.

Ambos bebemos un trago y acto seguido Álvaro me quita la copa de las manos, se pone en pie y deja las copas sobre la mesa. Se vuelve para mirarme y se queda a unos tres metros de mí, mirándome con lujuria y dedicándome una seductora sonrisa. No sé si es el vino, el temporal de nieve que nos mantiene encerrados aquí o que es San Valentín, el caso es que todo me parece de lo más romántico e incitante al sexo. Sobre todo su mirada y su sonrisa, que me hechizan y me perturban hasta hacerme perder la razón. Todo mi cuerpo se estremece de deseo con tan solo mirarle, podría tenerme a su voluntad.

Álvaro se sienta a mi lado en el sofá-cama y, con el ceño fruncido, me mira y pregunta preocupado:

–          ¿Tienes frío?

Tengo la piel de gallina y mi cuerpo se estremece, pero el frío no tiene nada que ver… Pero eso no se lo puedo decir, así que opto por contestar:

–          Un poco.

Me acurruco bajo la manta y Álvaro, dedicándome una amplia sonrisa, me agarra de la cintura y me atrae hacia a él para dejarme entre sus piernas, con mi espalda pegada a su pecho.

–          Así estarás mejor. – Me susurra al oído.

Me envuelve entre sus brazos y yo me dejo abrazar. Me siento cómoda con él a pesar de que es un extraño, un desconocido del que apenas sé su nombre y lo que he oído hablar de él, que no es mucho.

–          ¿Estás mejor? – Me susurra de nuevo.

Mi cuerpo reacciona siguiendo sus más puros instintos, me vuelvo hacia a él y, apoyando mi pecho sobre el suyo, le rodeo la cintura con mis brazos y le contesto con la voz ronca por la excitación:

–          Mucho mejor.

Álvaro acerca sus labios a los míos, los deja a un milímetro de distancia y me mira a los ojos esperando algún tipo de reacción. No sé si espera que me aparte o que le bese, pero opto por la segunda opción: pego mis labios a los suyos y le beso despacio, provocándole. Álvaro me estrecha contra su cuerpo y me devuelve el beso con urgencia al mismo tiempo que sus manos se deslizan por mi espalda por debajo del pijama para acariciar mi piel. Álvaro se separa un poco de mí y me escruta con la mirada, tratando de adivinar algo. Le dedico una sonrisa traviesa y me deshago de la parte superior de mi pijama, quedando desnuda de cintura para arriba frente a él. Álvaro también se deshace de la parte superior de su pijama en un abrir y cerrar de ojos y vuelve a estrecharme contra su cuerpo mientras busca mis labios para besarlos de nuevo.

–          Gina, ¿estás segura…? – Me susurra Álvaro.

–          Completamente segura. – Le respondo antes de que acabe la pregunta.

–          No sé qué me haces, pero me vuelves loco. – Me susurra al oído mientras me coloca a horcajadas sobre él.

Desliza sus manos hacia mis pechos y los acaricia con sensualidad, pellizcando ligeramente mis pezones para después llevárselos a la boca y calmarlos con su lengua. Me arqueo para facilitarle el acceso y se me escapa un gemido, estoy muy excitada y apenas ha empezado a tocarme. Álvaro me agarra por la cintura y, con un rápido movimiento, me coloca con la espalda pegada al colchón y él se coloca sobre mí, aguantando su peso con los antebrazos.

–          ¿Estás segura de querer seguir con esto? – Me pregunta Álvaro estudiándome con la mirada.

–          Completamente. – Le aseguro sin lugar a dudas.

Álvaro me besa en los labios y desciende poco a poco por mis pechos, mis costillas y mi ombligo para detenerse a la altura de mi cadera, justo donde se encuentra la cinturilla del pantalón del pijama.

–          ¿Qué hacemos con esto? – Me pregunta juguetón, tirando de la cinturilla de los pantalones de mi pijama. – ¿Nos deshacemos de ellos?

Asiento con la cabeza y sonrío como si fuera una niña traviesa mientras Álvaro se afana en quitarme los pantalones. Sonríe con picardía al descubrir mi diminuto tanga de encaje y de color fucsia. Besa mi monte de Venus sobre la tela del tanga de encaje y acto seguido lo desliza por mis piernas para deshacerse de él igual que se ha deshecho de mis pantalones.

–          Mm… Eres preciosa. – Susurra antes de meter la cabeza entre mis piernas.

Álvaro lame mi pubis, presiona y mordisquea mi clítoris y me lleva al borde del orgasmo en un abrir y cerrar de ojos, estoy muy excitada. Me arqueo al mismo tiempo que gimo dejándome arrastrar por el placer que invade mi cuerpo y mis cinco sentidos y me hace explotar como nunca antes lo había hecho. Álvaro levanta la cabeza de entre mis piernas y me sonríe divertido antes de ascender por mi cuerpo con un reguero de besos hasta llegar a mis labios.

–          Aún no he acabado contigo, preciosa. – Me susurra al oído.

Lo envuelvo con mis brazos y con mis piernas y levanto la pelvis para rozar su dureza con mi entrepierna. Él me mira con los ojos inundados de lujuria y brillantes de deseo y se deshace de sus pantalones y su bóxer con destreza, sin apartarse lo más mínimo de mí. Completamente desnudos, nos abrazamos, nos acariciamos y nos besamos, excitándonos el uno al otro, disfrutando del placer que sienten nuestros cuerpos al rozarse.

–          Oh, mierda. – Musita Álvaro enterrando su cara en mi cuello y quedándose quieto.

–          ¿Qué ocurre? – Le pregunto sin entender nada.

–          El preservativo, preciosa. – Me responde mirándome y sonriendo burlonamente.

–          ¿No tienes un preservativo? – Le pregunto incrédula.

–          Sí, pero tienes que darme un minuto para ir a buscarlo. – Me contesta sin dejar de sonreír.

Me da un leve beso en los labios y se levanta para ir al hall a buscar su cartera, donde tiene guardado un preservativo. Se coloca el preservativo con destreza y rapidez y se tumba a mi lado, agarrándome por la cintura para colocarme a horcajadas sobre él. Sus manos recorren mis muslos apretándolos contra él y empuja su pelvis contra mi entrepierna, haciéndome notar su enorme erección. Se me escapa un gemido de la garganta y Álvaro también gruñe excitado al mismo tiempo que busca mis labios para besarlos. Una de sus manos se adentra entre nosotros hasta llegar a mi pubis e introduce su dedo corazón en mi interior para comprobar mi humedad y prepararme para él. Se adentra y sale de mí un par de veces con su dedo corazón y después lo acompaña con su dedo índice. Su dedo pulgar se desliza hacia mi clítoris y lo acaricia con movimientos circulares y presionando para estimularme aún más. Oleadas de placer invaden todo mi cuerpo, todavía sensible por el reciente orgasmo, que incrementan mi placer y me arrastran a un estado de liberación y satisfacción total. Coloco mis manos en su nuca atrayéndolo hacia a mí, le beso apasionadamente y le susurro al oído:

–          Te quiero dentro de mí.

–          Tus deseos son órdenes para mí, señorita Verona. – Me susurra con la voz ronca al mismo tiempo que me agarra por los muslos y me eleva unos centímetros, colocando su miembro en la entrada de mi vagina. Me mira a los ojos con deseo y, agarrándome por la cintura, me hace descender de un tirón y me penetra de una sola estocada, haciéndome gemir y arquearme al sentir otra oleada de placer. – ¿Es esto lo que quería, señorita Verona?

Le dedico una sonrisa de lo más provocadora y me muevo sobre él, haciendo que entre y salga de mía una y otra vez, cada vez más rápido, cada vez más profundo. Álvaro desliza una de sus manos para acariciar mi clítoris y me susurra con la voz ronca:

–          Córrete conmigo, nena.

Mi cuerpo interpreta sus palabras como una orden y le obedece de inmediato. Mil descargas de placer sacuden mi cuerpo y me hacen estallar en mil pedazos. Me arqueo, gimo y clavo mis uñas en los hombros de Álvaro mientras él me agarra con fuerza por la cintura, entra y sale de mí con urgencia y, tras un gruñido gutural, alcanza conmigo el orgasmo. Nos quedamos abrazados durante unos segundos, hasta que Álvaro me besa en los labios y se deja caer de espaldas sobre el sofá-cama, arrastrándome con él. Me envuelve con sus brazos y me estrecha contra su cuerpo, me da un leve beso en los labios y me susurra:

–          ¿Todo bien, preciosa?

–          Todo perfecto. – Le contesto con sinceridad.

–          Me alegro de que pienses eso. – Me dice con tono burlón. – Hemos pasado una romántica velada de San Valentín a pesar de que ambos no teníamos la menor intención.

–          ¿Por qué lo dices?

–          La nieve, las velas, la chimenea, lo que acabamos de hacer… – Empieza a decir Álvaro y se calla al verme con el ceño fruncido. – Me ha gustado nuestra peculiar cita el día de San Valentín, pero en la próxima cita iremos a cenar a un restaurante argentino, tomaremos una copa en un pub y bailaremos juntos cualquier canción en la que pueda estrecharte entre mis brazos y pegarte a mi cuerpo. – Me besa en los labios y añade divertido: – Quizás Cupido exista después de todo, quizás este sea el primero de muchos San Valentines que celebremos juntos.

Entre risas, caricias y besos, nos quedamos dormidos abrazados el uno al otro. Disfrutamos de un San Valentín diferente, porque ninguno de los dos había vivido antes un San Valentín cómo este, un San Valentín romántico, apasionado y placentero.