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Reconócelo, caprichosa (III/III).

Los días fueron pasando y los ocho amigos continuaron disfrutando de aquellas vacaciones en la playa. La pandilla volvía a estar compuesta por cuatro parejas, como en el instituto, y todos estaban felices de volver a estar juntos después de tanto tiempo. Dedicaron aquellos días a ponerse al corriente de sus vidas, a desconectar del estrés de la rutina en la ciudad, navegaron por las aguas de la costa e incluso hicieron un par de excursiones para explorar algunas de las islas no habitadas de la zona.

Jon y Amaia no se escondían a la hora de dedicarse miradas, caricias y besos. Como dos enamorados que eran, no dejaron de mostrar su afecto aunque seguían sin ponerle un nombre a su relación. Jon no quería presionarla, temía que si lo hacía Amaia quisiera huir de nuevo; y Amaia quería retrasar aquella conversación lo máximo posible, temía que no acabara bien y, por si acaso, estaba dispuesta a disfrutar de aquellos idílicos días que recordaría el resto de su vida, fuera lo que fuera lo que el destino le tuviera preparado.

El sábado por la mañana, los chicos decidieron ir a pescar en la barca y las chicas prefirieron quedarse en las cabañas y pasar el día tomando el sol en la playa. En un par de días regresarían a la ciudad y todos querían aprovechar las horas para seguir disfrutando de la compañía de los buenos amigos de toda la vida.

—Bueno, ahora que estamos solo las chicas, ¿quieres contarnos qué es lo que ocurre entre Jon y tú? —Le preguntó Yolanda a Amaia sin andarse por las ramas.

—Sospechábamos que Jon tenía algo que ver en tu decisión de romper con Miguel. El otro día en el juego de verdad o reto, Jon confesó que se marchó porque la chica de la que estaba enamorado le rompió el corazón y tú confesaste que le fuiste infiel a Miguel, así que desembucha —inquirió Lidia.

—Me acosté con Jon la noche de la boda de Yolanda y Luis —reconoció Amaia, pues ya era un secreto a voces—. Cuando me desperté, me fui sin despedirme, hablé con Miguel y se lo confesé todo. Al día siguiente, quise contactar con Jon pero ya se había ido.

—Se fue porque, al despertarse y ver que no estabas, pensó que seguirías adelante con los planes de boda que tenías con Miguel —le justificó Cristina, que había tenido oportunidad de escuchar la otra versión por voz de Mario.

—Y ahora, ¿en qué fase estáis? —Quiso saber Yolanda.

—Hemos acordado disfrutar de estos días sin preocupaciones, pero él ya ha hecho planes para ir a comer a casa de mis padres cuando regresemos a la ciudad. Me ha prometido que no me dejará escapar por tercera vez, pero quizás cambie de opinión cuando regresemos a la rutina.

—Jon está enamorado de ti, siempre lo ha estado —opinó Lidia—. La única razón por la que no intentó volver contigo fue porque tú estabas con Miguel. Imagino que, al enterarse de que te habías prometido, decidió jugar su última carta para intentar recuperarte y, cuando te fuiste sin decir nada a la mañana siguiente, él pensó que ya no tenía nada que hacer y por eso se fue.

—No se volverá a ir siempre que le des un motivo para quedarse —opinó su mejor amiga Cristina y añadió—: Conociéndote, estoy segura de que ni siquiera le has confesado que tú también estás enamorada de él.

—Necesito tomarme mi tiempo, quiero ir despacio para no fastidiarla otra vez —alegó Amaia.

Las chicas continuaron charlando, se dieron un chapuzón en la playa, prepararon la comida y también unos mojitos que se alargaron hasta última hora de la tarde. Los chicos llegaron sonrientes de su día de pesca y se encontraron a las chicas acomodadas sobre sus toallas en la playa, riendo divertidas y bebiendo mojitos.

— ¿Habéis pescado mucho? —Les preguntó Cristina con tono burlón.

—No hemos pescado nada, pero os prometido que cenaríamos pescado y lo hemos traído —le respondió Mario con una sonrisa maliciosa en los labios.

—Hemos pasado por el pueblo a comprar algunas cosas —anunció Luís.

— ¿Tarta de chocolate? —Quiso saber Yolanda.

—Por supuesto, no iba a dejar a mi chica sin chocolate —le aseguró él, besando a su esposa con ternura.

Jon se acercó a Amaia y le dio un leve beso en los labios, pero ella se abrazó a él con fuerza y le dio un apasionado beso que provocó los aplausos de sus amigos.

—Caprichosa, ¿cuántos mojitos te has bebido? —Le susurró Jon al oído. Amaia se encogió de hombros dedicándole una sonrisa de lo más adorable y Jon añadió—: Voy a darme una ducha rápida, en seguida regreso.

— ¿Necesitas ayuda? —Se ofreció Amaia con descaro, desinhibida a causa de los mojitos que se había bebido.

—Será mejor que me esperes aquí, si vienes conmigo a la cabaña no te dejaré salir hasta mañana por la mañana —le advirtió Jon con la mirada cargada de lujuria.

—Mm… Suena tentador —continuó provocándolo Amaia.

—No tardaré más de diez minutos, caprichosa —le aseguró Jon divertido, besándola levemente en los labios antes de dirigirse a la cabaña.

El resto de los chicos también se fue a duchar y las chicas se encargaron de encender la hoguera. Un rato más tarde, la pandilla preparaba el pescado que los chicos habían traído, cenaron entre bromas y risas y después se acomodaron alrededor de la hoguera para seguir charlando y divirtiéndose.

—No quiero que estas vacaciones se terminen —le confesó Amaia a Jon en un susurro para que solo él la escuchara.

—Reconócelo, caprichosa —la animó Jon, que deseaba escuchar aquellas dos palabras de sus labios.

—Mañana es el último día que pasaremos aquí —suspiró Amaia.

—Tengo una sorpresa preparada para mañana, pasaremos el día juntos, solo tú y yo —la informó Jon, estrechándola entre sus brazos—. ¿Te apetece, caprichosa?

—Sabes que sí —ronroneó Amaia—. ¿Qué tienes planeado?

—Si te lo dijera, ya no sería una sorpresa.

Esa noche, después de hacer el amor en la cabaña, Amaia insistió en preguntar cuál era la sorpresa que Jon había planeado, pero él se mantuvo firme en su decisión de que siguiera siendo una sorpresa.

Amaia tan solo tuvo que esperar unas horas que se le pasaron volando entre los brazos de Jon, que se dedicaba a adorarla como a una diosa cada noche.

—Buenos días, dormilona —la saludó Jon cuando Amaia abrió los ojos.

—Mm… —ronroneó Amaia, acurrucándose en el pecho de Jon—. ¿Vas a decirme ya cuál es la sorpresa?

—Caprichosa e impaciente, y aun así me sigues volviendo loco —le susurró Jon con la voz ronca.

—Mm… ¿Tenemos tiempo para jugar?

—Siempre tendré tiempo para jugar contigo, caprichosa.

Después de hacer el amor y desayunar, ambos se subieron a la pequeña barca y navegaron hasta llegar a una de las pequeñas islas no habitadas de la zona. La tarde anterior, mientras compraban el pescado en el supermercado del pueblo, uno de los dependientes le habló de unas hermosas pozas de agua caliente en una de las islas y Jon se informó bien para llevar allí a Amaia.

— ¿Dónde estamos?

—En una de las islas pequeñas del sur —le respondió Jon amarrando la barca al muelle—. No te preocupes, no estamos lejos de la costa.

Amaia se sentía segura con Jon, sabía que él jamás la pondría ante el más mínimo peligro y le siguió hacia el corazón de la isla.

— ¿A dónde vamos?

—Además de caprichosa, eres muy impaciente.

—Lo sé, ya me lo has mencionado en alguna ocasión —le dijo Amaia sacándole la lengua, sin poder ocultar su buen humor.

—Ya hemos llegado —anunció Jon.

Amaia echó un vistazo a su alrededor, vio las pozas casi ocultas entre la frondosidad del bosque y sonrió adivinando cuál era el plan de Jon.

— ¿Qué te parece? ¿Te gusta el paisaje, caprichosa?

—Me encanta, pero me gustará más cuando estemos desnudos en una de esas pozas y te hundas dentro de mí —le susurró Amaia con la voz ronca, excitada solo de pensar en lo que estaba a punto de ocurrir.

—No seas impaciente, tenemos todo el día por delante —le dijo Jon sonriendo con picardía, excitándose al sentir la excitación de Amaia.

Amaia le puso ojitos, pero Jon no quería basar su relación en el sexo, quería demostrarle que estaba enamorado de ella. Sin embargo, Amaia no estaba dispuesta a aceptar un no por respuesta y comenzó a desnudarse lentamente antes de meterse en la poza.

— ¿No vas a acompañarme? —Le invitó Amaia con tono seductor.

—Dame un minuto, caprichosa. He traído una botella de champagne que quiero beberme contigo antes de que se caliente.

Jon cogió la botella, sirvió un par de copas de champagne y, tras ofrecerle una copa a Amaia, se metió en la poza con ella.

—Mm… ¿No quieres jugar? —Ronroneó ella, restregando su cuerpo contra el de él.

—Estoy aquí para complacerte en todos tus caprichos, ahora y siempre.

— ¿Siempre?

—Siempre —le aseguró—. Tenemos una conversación pendiente, Amaia. No quiero presionarte, pero no podemos alargar esa conversación mucho más.

—Ahora no, por favor —le rogó Amaia—. Esta noche hablamos de lo que quieras, ahora solo quiero concentrarme en una cosa.

Se colocó a horcajadas sobre él y le besó apasionadamente, entregándose a Jon como jamás se había entregado a nadie. Se acariciaron, se besaron, se tentaron y sucumbieron al más antiguo de los placeres.

—Oh, Jon… —Gimió Amaia al alcanzar el orgasmo.

—Me amas. Reconócelo, caprichosa —le susurró Jon estrechándola entre sus brazos cuando su respiración se normalizó.

—Ha estado bien, pero necesitarás convencerme con algo más que sexo.

—El día acaba de empezar, pero no olvides el esfuerzo que he invertido en planear esta excursión, ni lo relajante que resulta hacer el amor en una poza de agua caliente tras beber una copa de champagne.

—Lo tengo presente y voy sumando los puntos —bromeó Amaia antes de besarle apasionadamente en los labios.

Pasaron el día en la pequeña isla, entre las pozas de agua caliente y las tranquilas y vírgenes playas de agua cristalina. Jon había preparado unos bocadillos y comieron bajo la sombra de los árboles, disfrutando de la intimidad de estar a solas al aire libre.

Cuando anocheció, Jon se empeñó en regresar a la cabaña, pero detuvo la barca a mitad de camino, sacó una botella de vino y un par de copas de la cesta de picnic y, tras ofrecerle una de las copas, le dijo con ternura:

—Estamos a punto de disfrutar de un espectáculo de fuegos artificiales y estamos en el mejor sitio para verlos —la colocó entre sus piernas y la abrazó desde la espalda antes de añadir con la voz ronca—: Te quiero, caprichosa. Deja que te lo demuestre y no te arrepentirás.

—Te prometí que no huiría y aquí estoy, no pienso ir a ninguna parte, Jon.

—Entonces, reconócelo, caprichosa.

—Te amo, Jon. Siempre te he amado y siempre te amaré —reconoció por fin Amaia.

Hacía tanto tiempo que Jon deseaba escuchar esas palabras de la boca de Amaia que le costó asimilar lo que acababa de oír.

—Amaia, no sabes cuánto deseaba escuchártelo decir —le susurró Jon, abrazándola con fuerza y besándola con ternura. Sacó una pequeña caja de terciopelo azul del interior de su bolsillo y, entregándosela a Amaia, añadió—: Ayer te compré esto en el pueblo. Sé que puede parecer precipitado, pero hace mucho tiempo que sé lo que quiero y, cómo te dije, no estoy dispuesto a dejarte escapar una tercera vez.

—Jon, ¿qué es esto? —Preguntó Amaia sin poder ocultar el pánico en su voz al abrir la caja y descubrir un precioso anillo de compromiso.

—Te amo, caprichosa. Si por mí fuera, me casaría ahora mismo contigo, pero estoy dispuesto a esperar el tiempo que quieras. Sé que puede parecer precipitado, pero nos queremos, nos conocemos desde que tenemos uso de razón y quiero demostrarte que yo tampoco volveré a marcharme a ninguna parte. No pienso separarme de ti, caprichosa.

—Entonces, si acepto el anillo, ¿no tendremos que casarnos de inmediato?

—Nos casaremos cuando tú lo decidas, ya sea mañana o dentro de diez años, solo quiero pasar el resto de mi vida contigo.

—Acepto, pero no hablaremos de fecha de boda hasta después de navidad, si es que para entonces no te has arrepentido y has salido huyendo del país —bromeó Amaia.

—No iré a ninguna parte sin ti, futura esposa caprichosa —le aseguró Jon, colocando el anillo de compromiso en el dedo anular de Amaia.

Se fundieron en un apasionado beso y justo en ese momento comenzó el espectáculo de fuegos artificiales.

—Nunca he hecho el amor en alta mar, bajo la luz de fuegos artificiales —ronroneó Amaia, deshaciéndose del vestido que llevaba puesto y desnudándose frente a la atenta mirada de Jon cargada de lujuria.

—Caprichosa, vivo para complacerte.  

Sin hacerse de rogar, Jon le hizo el amor en la barca, en alta mar y bajo la luz de los fuegos artificiales que teñía el cielo nocturno. Media hora más tarde, desnudos y arropados con una pequeña manta, Amaia se acurrucó sobre el pecho de Jon y le preguntó con un hilo de voz:

— ¿Qué pasará con nosotros a partir de ahora?

—Te amo, caprichosa. Me quedaré a tu lado para siempre.

— ¿Y qué pasa con tu trabajo?

—Me han ofrecido un puesto en la base militar de la ciudad, no tendrá la misma emoción que infiltrarme en una misión encubierta, pero será más seguro, tendré un horario normal y apenas tendré que viajar.

— ¿Quieres aceptarlo?

—Les he dicho que lo tengo que pensar, aunque la verdad es que me gustaría aceptarlo, pero antes quería hablarlo contigo.

— ¿Conmigo?

—Si acepto el puesto, será para tener una vida contigo, para formar juntos una familia —le confesó Jon—. Si tú no estás conmigo, mi vida en la ciudad no tiene ningún sentido.

— ¿Estás dispuesto a dejar tu trabajo e instalarte en la ciudad?

— ¿Bromeas? Es lo que más deseo, Amaia. Solo quiero una vida a tu lado.

—Espero que no acabes arrepintiéndote y echándome a mí la culpa por dejar tu trabajo.

—Es lo que deseo, caprichosa. Y formar una familia contigo, que no se te olvide.

— ¿También quieres un bebé?

—Quiero muchos, una familia numerosa —sonrió Jon—. Quiero ver a nuestros hijos jugar en el jardín mientras tú y yo nos acomodamos en un sofá-balancín, abrazándonos mientras les vemos divertirse.

—Nunca habías mencionado que quisieras tener hijos.

—Quiero una pequeña Amaia, con tus ojos y tu sonrisa, correteando por casa —le susurró Jon acariciando su vientre.

—Tendrás que esperar para eso y te recuerdo que quizás no venga una pequeña Amaia, quizás venga un pequeño Jon, desafiante y mandón —bromeó.

Un rato más tarde, regresaron a la cabaña. Sus amigos ya estaban durmiendo, a la mañana siguiente partían de regreso a la ciudad y les esperaba un largo viaje. Con la seguridad de saber que Jon la amaba y estaba dispuesto a todo por ella, Amaia se abrazó a él y durmió toda la noche de un tirón, como hacía años que no dormía.

***

Tres días más tarde…

Charo, la madre de Amaia, se había empeñado en que su hija y Jon fueran a comer a casa, tenía muchas ganas de verles juntos y no pensaba desaprovechar aquella oportunidad para dejarles claro que contaban con su aprobación.

—Todavía no entiendo a qué viene tanta insistencia en querer venir a comer a casa de mis padres, creía que a nadie le gustaba ir a casa de los suegros —se mofó Amaia.

—No todo el mundo puede decir que tiene a sus suegros como aliados —le siguió la broma Jon y añadió—: Además, imagino que querrás que esté contigo cuando les digas que estamos prometidos y que ahora vives conmigo.

Cuando regresaron de las vacaciones en la cabaña, Jon se negó a separarse de Amaia y, tras una intensa conversación en la que ninguno de los dos jugó limpio, Jon se salió con la suya y la convenció para que se mudara a su casa, mucho más amplia que el apartamento de Amaia y con jardín.

—Haces conmigo lo que quieres —protestó Amaia.

—Me amas. Reconócelo, caprichosa.

—Pues sí, te amo. Y, si cuando salgamos de aquí tú también sigues amándome, no me cansaré de repetírtelo —le aseguró Amaia antes de besarle y llamar al timbre de casa de sus padres.  

Reconócelo, caprichosa (II/III).

A la mañana siguiente, Amaia se despertó sola en la cama y suspiró aliviada, necesitaba un minuto a solas, un momento en el que poder pensar en cómo iba a sobrellevar aquella situación. Podían pasar muchas cosas en una semana compartiendo la cabaña con Jon, pero tenía que estar segura hasta a dónde quería llegar. Sí, estaba enamorada de Jon. Pero no, no estaba dispuesta a dejarlo todo por él para que después huyera presentándose a otra misión encubierta. En resumen, no estaba dispuesta a arriesgar su salud mental por Jon si antes él no hablaba seriamente del tema con ella. No esperaba que se le declarase, conocía a Jon y sabía que él no era un hombre que demostrara su amor con palabras, sino con hechos, pero esta vez Jon tendría que dar un paso más porque ella no estaba dispuesta a darlo.

—Buenos días —la saludó Jon de buen humor, entrando en la cabaña cargando con el desayuno en una bandeja—. Te traigo el desayuno a la cama, caprichosa.

—Mm… ¿A qué se debe el honor?

—Quiero una tregua —le dijo Jon sin andarse por las ramas—. Vamos a estar aquí una semana y, te guste o no, vamos a compartir cabaña, solo quiero que ambos disfrutemos de estas vacaciones con la pandilla.

—Me parece bien —le respondió Amaia medio aturdida.

—No desconfíes, no trato de seducirte para llevarte a la cama, entre otras cosas porque ya duermes conmigo en la cama —bromeó Jon. Se acercó a ella y le susurró—: Además, ya te dije que serás tú quien acabe suplicándome que te dé placer, caprichosa.

—Eso no ocurrirá.

—Te aseguro que sí, antes de que acabe la semana —la desafió Jon mostrándole una pícara sonrisa.

—En cualquier caso, gracias por el desayuno.

Amaia estaba hambrienta y el desayuno que Jon le había preparado tenía muy buena pinta, así que comenzó a comer bajo la atenta mirada de él.

Un rato más tarde, ambos se reunieron con el resto de la pandilla en la playa. Amaia estaba agotada, tendió una toalla sobre la arena y se tumbó. Jon imitó a Amaia y se tumbó a su lado.

— ¿Una noche movidita? —Se mofó Mario al ver las ojeras de ambos.

—Amaia ha roncado toda la noche y no me ha dejado dormir —bromeó Jon, ganándose una colleja de Amaia.

—Creía que teníamos una tregua —le recordó.

—Tienes razón, caprichosa. Por cierto, deberías ponerte protector solar si no quieres quemarte.

— ¿Me echas una mano? —Le preguntó Amaia con descaro.

—Chicos, nos vamos a navegar por las islas, ¿os apuntáis?

—Estoy agotada, otro día me apunto —se excusó Amaia.

—Me quedo con ella, pasadlo bien —les dijo Jon.

Cristina intercambió una mirada con su amiga Amaia para asegurarse de que todo va bien antes de marcharse.

—Estaré bien —le aseguró Amaia.

—Nos vemos esta noche —se despidió Cristina.

Jon esperó a que todos sus amigos se marchasen y, una vez a solas con Amaia, le preguntó:

— ¿Quieres que te ponga protector solar?

—Ajá, no quiero quemarme.

—Yo sí que me voy a quemar —masculló Jon entre dientes.

Amaia se tumbó boca abajo y se deshizo de la parte superior de su bikini mientras Jon apretaba la mandíbula para no dejarse llevar por sus deseos más primitivos. Por suerte para Jon, Amaia estaba boca abajo.

— ¿Vas a empezar? —Le apremió Amaia.

—Ya voy, caprichosa.

Jon comenzó a expandir el protector solar por la espalda, los hombros y los brazos de Amaia, acariciando el contorno de sus pechos con la yema de los dedos con cada roce. Sonrió al sentir a Amaia tan segura y relajada, con la naturalidad que la caracterizaba, y no dudó en jugar sucio para conseguir reconquistarla. Deslizó las palmas de las manos por sus piernas, desde los tobillos hasta los muslos, acercándose a la zona prohibida pero sin tocarla, excitándola y excitándose.

—Caprichosa, date la vuelta —le ordenó con la voz ronca.

Sin hacerse de rogar, Amaia se tumbó boca arriba, mostrando sus pechos sin ningún pudor y con actitud juguetona, algo que Jon no estaba dispuesto a desaprovechar. Para impacientarla, comenzó esparciendo el protector solar por los tobillos y fue ascendiendo lentamente hasta llegar a los muslos, acercándose una vez más al centro de su placer pero sin llegar a tocarlo. Continuó ascendiendo por su abdomen, pero de allí pasó a su cuello, sus brazos y, finalmente, sus pechos, haciéndola gemir al pellizcar sus pezones.

—No estás jugando limpio —le acusó Amaia.

—Tú tampoco —le replicó Jon, pellizcando sus pezones de nuevo.

— ¿Ahora quieres torturarme?

—Solo quiero darte todo lo que pidas, caprichosa —la tentó Jon.

Amaia se incorporó y le miró fijamente a los ojos, tratando de adivinar qué escondía detrás de aquellas palabras, sin terminar de fiarse. Jon supo que Amaia tenía dudas y no quiso presionarla, aquella decisión tenía que tomarla ella libremente.

—Voy a darme un chapuzón.

Amaia se quedó en silencio mientras le observaba alejarse hacia a la orilla y zambullirse entre las pequeñas olas de la tranquila playa mientras trataba de tomar una decisión. Estaba enamorada de él y en ese momento deseaba fundirse con él, dejarse llevar y vivir el momento sin preocuparse por lo que ocurrirá después. Y eso fue lo que hizo. Tan solo con la diminuta parte inferior de su bikini, se puso en pie y caminó hacia a la orilla para zambullirse en el agua. Jon estaba nadando y no se dio cuenta de la presencia de Amaia hasta que se encontró de frente con ella. El agua le cubría hasta la cintura y Jon no pudo evitar fijarse en sus pechos con los pezones duros, en parte por el agua fría del mar y en parte por la excitación.

— ¿Quieres seguir poniéndomelo difícil?

—En realidad, quiero ponértelo en bandeja —le corrigió Amaia antes de arrojarse a sus brazos y besarle apasionadamente en los labios.

— ¿Estás segura de lo que estás haciendo, caprichosa? —Le preguntó Jon cuando despegó sus labios de los de ella—. No quiero que mañana te arrepientas y salgas huyendo de nuevo.

—Ahora eres tú quien nos tortura a ambos —le replicó Amaia—. Te propongo que nos dejemos llevar y veamos qué pasa, sin etiquetas.

Jon se dejó llevar y le devoró la boca con urgencia, necesitaba sentirla entre sus brazos casi tanto como respirar. Amaia colocó las piernas alrededor de la cintura de él y puso sentir la presión del miembro erecto de Jon en su entrepierna.

—Amaia, vas a matarme…

—Te necesito dentro, Jon —le suplicó ella.

Y Jon no se hizo de rogar, retiró la fina tela del bikini de Amaia y la penetró lentamente al mismo tiempo que depositaba un reguero de besos por su cuello. A Amaia no le pasó por alto la delicadeza con la que Jon le hacía el amor, la ternura con la que le trataba ni la adoración que mostraba por ella. Jon solo necesitaba sentirla de nuevo entre sus brazos, había pasado un año desde la última vez que estuvo con ella y no se la pudo quitar de la cabeza ni un solo día por mucho que lo hubiera intentado.

—Jon —gimió Amaia al borde del orgasmo.

—Lo sé, caprichosa. Solo tienes que dejarte ir —la animó Jon llevándose a la boca uno de los pezones de Amaia para mordisquearlo después y haciéndola explotar de placer.

Apunto de correrse, Jon trató de salir del interior de Amaia, pero ella se lo impidió y se derramó dentro de ella.

—Amaia…

—No pasa nada, tomo la píldora anticonceptiva y…

—Reconócelo, caprichosa —la provocó mientras cargaba con ella en brazos de regreso a las toallas—. Me deseas tanto como yo a ti.

Amaia no le contestó, se limitó a abrazarle con fuerza y a dejarse abrazar cuando Jon la sentó entre sus piernas sobre la toalla.

— ¿Estás bien? —Quiso asegurarse Jon.

—No podría estar mejor —le confesó Amaia.

Se quedaron así un buen rato, hasta que decidieron regresar a la cabaña y compartir una placentera ducha para quitarse del cuerpo la sal del agua de mar. Más relajados, decidieron preparar la comida para cuando llegaran sus amigos del paseo en barca.

— ¡Menudo banquete! —Exclamó Mario cuando llegaron y vieron la mesa preparada para servir.

—Os habéis quedado a solas toda la mañana y, ¿os habéis dedicado a cocinar? —Le preguntó Cristina a su amiga en un susurro para que solo ella la escuchara—. Te lo has tirado, y no lo niegues porque lo llevas escrito en la cara.

—No puedo resistirme a él, ya lo sabes —le respondió Amaia encogiéndose de hombros.

— ¡Qué buena pinta tiene todo! —Aplaudió Yolanda, relamiéndose los labios.

—El mérito es de Jon, es un excelente cocinero —apuntó Amaia.

— ¿Eso ha sido un piropo? —Preguntó Jon bromeando.

—Tan solo he constatado un hecho.

—No te preocupes, ya te piropeamos nosotros si sigues cocinándonos así —intervino Luís divertido.

Entre risas y bromas, los ocho amigos comieron y pasaron la tarde charlando. Los chicos decidieron ocuparse de la cena y las chicas se encargaron de preparar sangría casera para todos.

Unas horas más tarde, ya cenados y achispados por las copas de sangría que se habían bebido, se acomodaron alrededor de la hoguera y Jon invitó a Amaia a sentarse entre sus piernas. A ninguno de sus amigos les extrañó aquel acercamiento, todos sabían que los dos estaban hechos el uno por el otro y que tenían una cuenta pendiente que saldar.

— ¿Estás bien? —Le preguntó Jon después de un rato sin que Amaia se moviera ni dijera nada.

—Sí, estoy muy bien —le respondió ella medio dormida, acurrucada contra el pecho de Jon.

—Estás agotada, ¿quieres que te lleve a la cabaña?

—Estoy a gusto contigo —ronroneó Amaia.

—Estaremos más a gusto en la cama —concluyó Jon. Se puso en pie cargando con Amaia en brazos y se despidió de sus amigos—: Nos vamos a dormir, buenas noches.

Jon se dirigió hacia la cabaña mientras Amaia, que estaba juguetona, depositaba pequeños besos por el cuello de Jon.

—Amaia…

—Mm… —Le ronroneó ella al oído, excitándole—. Quiero jugar antes de dormir.

—Y yo quiero complacerte, caprichosa.

Jon depositó a Amaia a la cama y la desnudó lentamente, al mismo tiempo que iba dejando un reguero de besos sobre cada centímetro de piel que iba dejando al desnudo, colmándola de placer y haciéndola alcanzar el orgasmo en varias ocasiones antes de hundirse en ella y estallar en mil pedazos.

—Me estás mimando demasiado y puedo acostumbrarme —le advirtió Amaia cuando su respiración se normalizó.

—Acostúmbrate, te he dejado escapar dos veces y no habrá una tercera —le aseguró Jon estrechándola entre sus brazos con fuerza.

—No me dejes escapar —le pidió ella antes de quedarse dormida.

Casi a punto de amanecer, Amaia se despertó entre los brazos de Jon, que seguía dormido. Se fue a levantar para ir al baño y descubrió que estaba esposada a Jon.

— ¿Pensabas ir a alguna parte? —Le preguntó Jon escrutándola con la mirada, temiendo que Amaia quisiera salir huyendo como la última vez.

—Sí, quiero ir al cuarto de baño —bufó Amaia—. ¿Se puede saber por qué me has esposado?

—Ya te he dicho que no pienso dejarte escapar por tercera vez.

—Te prometo que no me iré a ninguna parte, al menos no sin antes despedirme de ti —le dijo Amaia—. Y ahora quítame esto que necesito ir al baño.

Jon le quitó las esposas y ella se levantó para ir al baño. Cuando regresó cinco minutos más tarde, Amaia se acurrucó junto a Jon y le susurró:

—Quiero jugar, Jon.

—Mm… Ya sabes que me encanta complacerte, caprichosa.

Hicieron el amor y volvieron a quedarse dormidos. Cuando Amaia volvió a despertarse, Jon hablaba por teléfono y las pulsaciones se le aceleraron cuando escuchó lo que decía:

—No se preocupe Charo, su hija está perfectamente, no dejaré que le ocurra nada —hizo una pausa para escuchar a su interlocutora, que era la madre de Amaia, y añadió—: Sí, le doy mi palabra de que la semana que viene iré a comer a su casa —hizo otra pausa y añadió—: Eso ya no depende de mí, pero le aseguro que haré todo lo que esté en mi mano.

Amaia se levantó y se encaró con Jon, sin poder creerse que estuviera haciendo planes para ir a comer a casa de su madre sin contar con ella:

— ¿Quieres contarme qué hacías hablando por teléfono con mi madre?

—Te ha llamado mientras dormías y he respondido para que no se preocupara. Se ha alegrado mucho al saber que estaba contigo y me ha invitado a comer cuando regresemos a la ciudad.

—Jon, sabes que mi madre siempre te ha adorado, no quiero que le des falsas esperanzas…

—Será mejor que te vayas acostumbrando, no te voy a dejar escapar, caprichosa —la interrumpió Jon para después besarla en los labios y después, añadió bromeando—: Estoy deseando ir a comer a casa de mis suegros.

—No se lo he puesto fácil a mis padres estos dos últimos años, no quiero meterlos en esto, Jon. Ellos te adoran y…

— ¿Ha pasado algo con tus padres?

—Lo saben todo —le confesó Amaia.

— ¿Todo?

—Todo —le confirmó Amaia con un hilo de voz—. Tuve que dar muchas explicaciones tras romper el compromiso con Miguel y mis padres me conocen demasiado bien como para intentar mentirles.

— ¿Tus padres saben que rompiste tu compromiso con Miguel porque le pusiste los cuernos acostándote conmigo? —Jon necesitaba asegurarse.

—Sí.

—Genial, probablemente tu madre me haya invitado a comer para que tu padre pueda matarme —musitó entre dientes.

—Mis padres no querían que me casara con Miguel, respetaban mi decisión, pero no la compartían. Ellos siempre han sabido que entre nosotros dos había algo especial, por eso mi madre te ha invitado a comer, intenta hacer de celestina.

—Será divertido, ¿no crees? —Bromeó Jon para que Amaia se relajara, estaba muy tensa.

Sin embargo, aquellas palabras causaron más inseguridades en ella. Temía que aquello no saliera bien y de nuevo se quedara sin Jon y con los reproches de su familia y amigos. Pero, decidida a disfrutar de aquellas vacaciones con Jon, mostró su mejor sonrisa y se olvidó de las preocupaciones. Durante aquellos días, Amaia solo quería vivir junto a Jon la aventura del amor y ya se lamentaría cuando llegara el momento.

—Quiero jugar, Jon.

— ¿Esa es tu forma de decirme que me quieres? —La tanteó Jon, con una sonrisa pícara en los labios—. Me quieres. Reconócelo, caprichosa.

—Te deseo —susurró ruborizada.

—No es lo mismo, pero me conformo con eso por el momento.

Sin más palabras, Jon tumbó a Amaia en la cama y se entretuvo acariciando, besando y lamiendo cada recoveco de piel del cuerpo de la mujer que tanto amaba. Si hubiera tenido el control del tiempo, Jon lo hubiera detenido para siempre en ese momento.

Reconócelo, caprichosa (I/III)

Amaia se apresuró en guardar el equipaje en el maletero de su coche y se dirigió al apartamento de su mejor amiga Cristina, donde llegó con veinte minutos de retraso. Tras recoger a Cristina y escuchar un sermón sobre la puntualidad en forma de reprimenda, ambas se dirigieron al punto de encuentro: un parque situado a las afueras de la ciudad donde se reunirían con el resto de la pandilla antes de emprender sus vacaciones de verano.

Los ocho amigos se conocían desde que eran unos críos y, cuando terminó el instituto, decidieron emprender un viaje a la costa, donde disfrutaron de las playas vírgenes, de la naturaleza y de unos días de relax en unas cabañas de madera. Desde entonces, habían planeado regresar todos juntos al mismo lugar para pasar allí unas vacaciones idílicas, pero habían tenido que pasar ocho años para que finalmente se pusieran todos de acuerdo y poder llevar a cabo esas añoradas vacaciones.

Habían pasado muchas cosas desde la última vez que se reunieron todos para la boda de Yolanda y Luís, que estaban a punto de cumplir su primer aniversario de boda. Amaia tenía una sensación agridulce, por un lado, ansiaba disfrutar de unos días de vacaciones con sus amigos de toda la vida y, por el otro, también ansiaba reencontrarse con Jon, pero sabía que él no iría.

— ¿Va todo bien? —Le preguntó Cristina mientras Amaia conducía en silencio, sumida en sus propios pensamientos.

—Todo bien —mintió.

—Reconócelo, te mueres de ganas por ver a Jon —la instó su amiga, que la conocía demasiado bien.

—Pues sí, y la verdad es que no entiendo la razón, debería odiarle.

—Creo que ya es hora de que ambos afrontéis la situación, os pasáis la vida echándoos de menos, pero ninguno de los dos se atreve a reconocer que no podéis vivir el uno sin el otro. Vosotros mismos os sometéis a una tortura innecesaria.

—Pasé la noche con él y al día siguiente se presentó voluntario para una misión encubierta de la que aún no ha vuelto —le recordó Amaia.

—Quizás fue porque esa noche tú te largaste sin decirle nada mientras él dormía pensando que seguías a su lado —le reprochó Cristina.

Amaia no contestó, no tenía ganas de discutir con su amiga y mucho menos a causa de Jon. Sabía que no había hecho las cosas bien y no necesitaba que se lo recordaran, pero ella también tenía sus motivos para huir de allí después de lo que ocurrió aquella noche. Amaia estaba prometida con Miguel y, cuando se despertó al lado de Jon, supo que lo había hecho todo mal. Se sintió fatal por traicionar a Miguel y lo primero que hizo fue confesarle su infidelidad. Miguel se lo tomó mejor de lo que Amaia esperaba, pensó que la dejaría en cuanto se lo dijera, pero en lugar de eso le dijo que estaba dispuesto a esperar a que aclarara sus sentimientos. Pero Amaia tenía claros sus sentimientos, sabía que siempre había estado enamorada de Jon y que siempre lo estaría, así que rompió con Miguel definitivamente. Unos días más tarde, trató de ponerse en contacto con Jon, pero no le localizó, fue entonces cuando Mario, el mejor amigo de Jon y miembro de la pandilla, le dijo que se había presentado voluntario para una misión encubierta.

Jon regresó de su misión encubierta el día anterior y fue a visitar a su amigo Mario, quien le informó de la inminente escapada de vacaciones de la pandilla y trató de convencerle para que se apuntara.

—Amaia también irá —le dijo Mario, metiendo el dedo en la llaga.

— ¿Acompañada por su prometido? —Preguntó Jon con tono amargo.

—Tendrás que venir para averiguarlo.

—No me toques los cojones, Mario —le advirtió Jon.

—Creía que el objetivo de presentarte voluntario a esa misión era olvidar a Amaia, veo que se te ha dado muy bien —se mofó. Jon le miró con cara de pocos amigos y Mario se apiadó de él—: Amaia rompió su compromiso con Miguel el mismo día que salió corriendo de tu cama.

—No puede ser.

—Será mejor que prepares la maleta para unas vacaciones en la costa, hemos quedado mañana a las ocho de la mañana.

Y Jon no tuvo ninguna duda, estaba dispuesto a ir a ese viaje y reconquistar a Amaia, costara lo que le costara. A la mañana siguiente, Jon se presentó en casa de Mario y ambos se dirigieron al punto de encuentro. 

Amaia y Cristina eran las últimas en llegar, algo a lo que sus amigos ya estaban más que acostumbrados. Aparcó el coche junto al de Mario y, tras localizar a la pandilla desayunando en la terraza del bar del parque, caminaron hacia allí. Amaia ni siquiera se había percatado de la presencia de Jon cuando su amiga le dijo:

—Parece que tus deseos se hacen realidad.

— ¿Qué…? —Entonces vio a Jon y entendió a qué se refería su amiga—. ¿Qué está haciendo aquí?

—Ahora lo averiguaremos —le aseguró Cristina en un susurro para después saludar a sus amigos, emocionada con aquellas vacaciones—: ¡Hola a todos!

—Y aquí están Cristina y Amaia, las últimas para variar —se mofó Óscar.

—Lo bueno se hace esperar —le respondió Cristina sacándole la lengua divertida—. Me alegro de verte, Jon. ¿Ya has vuelto de salvar el mundo?

— ¿Me habéis echado de menos? —Bromeó Jon clavando sus ojos en Amaia.

— ¿Qué tal estás, Amaia? Hacía mucho tiempo que no se te veía el pelo —la saludó Mario con una maliciosa sonrisa en los labios.

—He estado un poco liada últimamente —se excusó ella.

Jon no apartó sus ojos de Amaia y ella, consciente del escrutinio al que la estaba sometiendo, le sostuvo la mirada durante varios segundos, pero ninguno de los dos dijo nada para no acabar discutiendo.

—Será mejor que salgamos ya o llegaremos a la costa pasada la medianoche —argumentó Mario y, acto seguido, se volvió hacia Cristina y le preguntó—: ¿Quieres ser mi copiloto?

—Por supuesto.

— ¡Eh! ¿Y qué pasa conmigo? —Protestó Amaia.

—Estoy seguro de que a Jon no le importará acompañarte —se mofó Cristina. Y, en tono más bajo para que solo ellos la escucharan, añadió—: Además, creo que debéis resolver un par de asuntos para rebajar la tensión.

Jon sonrió satisfecho y Amaia resopló con resignación. Tenían por delante un largo viaje por carretera de más de seis horas, demasiadas horas para estar encerrados en un coche.

Tratando de suavizar la situación, Jon optó por el silencio, pero no dejaba de mirar a Amaia, que cada vez se ponía más nerviosa.

— ¿Quieres dejar de mirarme? —Le espetó.

— ¿Te molesta?

—Me pone nerviosa.

— ¿Prefieres que hablemos?

— ¿Tienes algo que decir? —Le tanteó Amaia.

—Hace casi un año que saliste huyendo de mi cama y no nos hemos visto desde entonces, creo que deberíamos ponernos al día sobre nuestras vidas.

—Nos hubiéramos visto antes si no te hubieras ido a salvar el mundo —le reprochó.

Jon no contestó, se mordió la lengua para no decirle que no se hubiera ido a ninguna parte si ella se hubiera quedado con él en la cama. En lugar de eso, Jon suspiró miró por la ventanilla, tratando de serenarse mientras se distraía contemplando el paisaje por el que cruzaba la carretera. Frustrada, Amaia se concentró en la carretera y decidió ignorar las pullas de Jon.

Un par de horas después de iniciar el trayecto, los ocho amigos, repartidos en tres coches, pararon en un área de servicio para tomar algo y estirar un poco las piernas.

—Caprichosa, ¿te traigo algo de beber? —Le preguntó Jon a Amaia en un susurro, acercándose tanto a ella que consiguió excitarla al sentir su aliento en el cuello.

—Una botella de agua, por favor —consiguió decir Amaia tratando de sonar lo más natural posible.

Tras un breve descanso, los ocho amigos emprendieron de nuevo el viaje por carretera. Jon insistió en conducir y Amaia ocupó el asiento del copiloto.

—Es un viaje largo, ¿quieres contarme qué has estado haciendo este último año? —Le preguntó Jon tratando de mantener una sana y amistosa conversación.

—Lo de siempre, trabajar y poco más.

—He oído que ya no estás con Miguel.

—Hace casi un año que no estoy con Miguel —matizó Amaia.

—Y, ¿ahora estás con alguien?

—No tengo una relación estable, si es eso lo que me estás preguntando —le respondió empezando a impacientarse.

— ¿Te incomoda hablar conmigo del tema?

—Sí, no pienso contarte con quién me acuesto o me dejo de acostar.

—Entonces, te acuestas con alguien —dedujo Jon.

—Y tú, ¿te acuestas con alguien? —Inquirió ella.

—He estado en una base militar, rodeado de hombres durante casi un año, hace mucho tiempo que no me acuesto con una mujer, pero recuerdo perfectamente quién fue la última.

— ¿Casi un año? ¿Y no te has muerto? —Se mofó Amaia.

—Será mejor que no me provoques, caprichosa.

La sonrisa maliciosa que Jon le dedicó consiguió derretirla como solo él sabía hacerlo y Amaia no pudo más que sonreír como si todavía fuera una adolescente.

Pararon un par de veces más hasta llegar a su destino: una zona costera protegida, situada al sur del país, rodeada de naturaleza y sin ninguna edificación, con la excepción de las cabañas de madera que el estado alquilaba a turistas. Habían reservado cuatro cabañas y eran ocho, así que se dividieron en parejas para ocuparlas. Yolanda y Luís ocuparon la primera; Óscar y Lidia ocuparon la segunda; y, antes de que Amaia pudiera instalarse en la tercera cabaña con su amiga Cristina, Mario decidió intervenir:

—Amaia, si no te importa, me gustaría compartir la cabaña con Cristina.

Amaia miró a su amiga con cara de pocos amigos, sin poder creerse la encerrona que le habían preparado aquellos dos para que ella tuviera que compartir la cabaña con Jon. Cristina y Mario no eran una pareja formal ni estable, pero se divertían juntos y sin ningún tipo de compromiso siempre que a ambos les apetecía.

—Será como en los viejos tiempos, compartiremos cabaña —le dijo Jon con una amplia sonrisa de oreja a oreja mientras cargaba con el equipaje de ambos para llevarlo a la cuarta cabaña.

Amaia fulminó con la mirada a Cristina y Mario, pero a ellos la situación les pareció de lo más divertida y se rieron en sus narices.

—Genial, empezamos bien —protestó Amaia con sarcasmo.

Amaia estaba preocupada y no era para menos. Las cabañas estaban ideadas para cobijar a parejas y tan solo había una cama de matrimonio que tendría que compartir con Jon. Si el viaje hasta llegar a la costa se le había hecho eterno debido al esfuerzo por contener sus ganas de abalanzarse sobre Jon y sucumbir a sus deseos, no quería ni imaginar lo que sería pasar veinticuatro horas juntos, durante siete días, compartiendo cabaña, ducha y cama con él.

— ¿Tan malo te resulta compartir la cabaña conmigo? —Le preguntó Jon visiblemente dolido ante la reacción de ella.

—Se suponía que iban a ser unas vacaciones tranquilas y, contigo al lado, serán unas vacaciones de todo menos tranquilas.

—Depende de lo que entiendas por tranquilidad —le respondió Jon encogiéndose de hombros como si la cosa no fuera con él—. Voy a darme una ducha, necesito refrescarme.

Sin decir nada más, Jon se encerró en el cuarto de baño y Amaia aprovechó para deshacer la maleta y colocar la ropa en el armario. Veinte minutos más tarde, Jon salía del baño desnudo de cintura para arriba y con tan solo una pequeña toalla que le cubría de la cintura hasta las rodillas. Amaia no pudo evitar mirarle con deseo, a pesar de los años que habían pasado, todavía le deseaba igual o más que el primer día.

— ¿Te gustan las vistas? —Se mofó Jon, consciente de cómo le miraba Amaia.

—Ten cuidado, yo también puedo jugar ese juego —le advirtió Amaia.

—Entonces, solo es cuestión de ver quién aguanta más —la retó con una sonrisa maliciosa en los labios.

—Te veo muy seguro, sobre todo teniendo en cuenta que, según tú, llevas casi un año en sequía.

—Tú misma lo has dicho, caprichosa. Llevo casi un año en sequía, no me pasará nada por esperar unos días más.

Amaia maldijo entre dientes, ella tampoco se había acostado con nadie desde que estuvo con él, hacía ya casi un año, y no estaba segura de poder resistir la tentación si dormía a su lado.

—De acuerdo, veamos quién termina suplicando a quién —aceptó el reto Amaia tendiéndole la mano.

Jon le estrechó la mano para sellar el acuerdo y acto seguido, con su sonrisa traviesa en los labios, le preguntó:

— ¿Qué lado de la cama prefieres?

—Me da igual —bufó Amaia—. Ya he colocado mis cosas en un lado del armario, puedes colocar las tuyas en el otro lado. Voy a darme una ducha rápida.

—Avísame si necesitas ayuda —se guaseó Jon mientras ella se encerraba en el cuarto de baño dando un sonoro portazo.

Jon sonrió, satisfecho de estar allí con ella. Aunque emprendió aquel viaje con bajas expectativas, lo cierto era que no habían pasado ni doce horas y todo iba mejor de lo que había imaginado. Aquel juego provocador entre ambos le confirmó que Amaia estaba dispuesta a dejarse llevar y, esta vez, no pensaba permitir que huyera de su cama a hurtadillas.

Un par de horas más tarde, los ocho amigos se sentaban alrededor de una hoguera mientras cenaban y brindaban por aquel reencuentro.

— ¿Desde cuándo no estábamos todos juntos? —Preguntó Lidia mientras preparaba unos mojitos para todos.

—Desde la boda de mi hermana Yoli —respondió Óscar.

—Hará un año el mes que viene —apuntó Yolanda— y parece que fue ayer.

—Han pasado muchas cosas este último año —intervino Luís.

—Os propongo un juego —les dijo Lidia animada—. ¿Os acordáis de cuándo éramos unos críos y jugábamos a verdad o reto? —Todos asintieron y Lidia añadió—: Pues creo que sería una bonita forma de conocernos mejor.

—Vale, pero lo hacemos por turnos que si no siempre hay alguien que se libra —gruñó Óscar.

Entre bromas y risas, todos fueron respondiendo con la verdad a las respuestas indiscretas que les iban haciendo sus amigos y el que no respondía se la jugaba aceptando un reto igual de incómodo que la pregunta. Hasta que el turno le llegó a Amaia y Jon se encargó de realizar la pregunta:

— ¿Por qué rompiste el compromiso con Miguel?

—Reto —respondió ella directamente.

— ¿Reto? Está bien, cómo quieras —le dijo Jon con una sonrisa maliciosa—. Ven y dame un beso de esos de película.

— ¿Qué? ¡Eso no se puede hacer! —Protestó Amaia.

—Entonces, responde a la pregunta —le contestaron sus siete amigos al unísono.

—Le puse los cuernos a Miguel —confesó Amaia.

— ¿Y cómo se enteró? —Quiso saber Yolanda.

—Se lo dije yo —respondió Amaia.

—Pobre, qué disgusto se debió llevar, se le veía tan enamorado de ti —se lamentó Lidia.

—Y sigue estando enamorado, todavía intenta volver con Amaia —comentó Cristina, ganándose una mirada de reproche de su amiga.

— ¿Podemos continuar ya con el siguiente? —Bufó Amaia.

Conscientes de que a Amaia no le hacía ninguna gracia hablar del tema, continuaron jugando. Cuando el turno le llegó a Jon, Cristina fue la encargada de realizar la pregunta:

— ¿Por qué te presentaste a esa misión encubierta de repente?

—Porque una chica me rompió el corazón y, en aquel momento, necesitaba poner tierra de por medio —respondió Jon sin andarse por las ramas, clavando su mirada en Amaia.

Salvo Mario y Cristina, nadie sabía lo que ocurrió entre Amaia y Jon la noche en la que se celebró la boda de Luís y Yolanda, por lo que las palabras de Jon causaron un efecto mayor de lo que cabía esperar.

Tras tomar un último mojito, la pandilla se despidió para retirarse a sus respectivas cabañas a descansar. Amaia y Jon entraron en su cabaña y, tras intercambiar una mirada desafiante, Jon sonrió y comenzó a desnudarse antes de meterse en la cama. Consciente de la intención de Jon de excitarla, Amaia decidió jugar a su mismo juego y comenzó a desnudarse lentamente hasta que se quedó en ropa interior, se colocó una vieja camiseta y se metió en la cama junto a Jon.

—Bonito pijama —se mofó Jon.

—Procura quedarte en tu lado de la cama —masculló Amaia.

—Estaré aquí si me necesitas en mitad de la noche, caprichosa.

Amaia se giró y quedó tumbada de lado, dándole la espalda Jon. Pensó que le resultaría más fácil dormir si no lo veía, pero se equivocó. Jon tampoco pegó ojo en toda la noche, pendiente de la respiración de Amaia y observándola fingir que dormía.    

Continúa la historia en la segunda parte: Reconócelo, caprichosa II.

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