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No me llames gatita 18.

No me llames gatita

Dos semanas después, llega el cumpleaños del pequeño Jake. Continúo viviendo en el apartamento de John y Berta en el apartamento de Elliot. Aún no han logrado detener a Héctor González y John no ha retirado aún a los cuatro agentes que dejó en casa de mis padres. Ni qué decir tiene que John no me permite ir sola a ninguna parte, entre él y Elliot se las han apañado para llevarnos a Berta y a mí al trabajo y traernos de vuelta a casa. Mientras nosotras estamos trabajando en los juzgados, ellos se van a la base de las fuerzas de seguridad para continuar con la investigación del paradero del sicario de Parker. Eso sí, han ordenado a dos agentes que sean nuestra sombra, lo cual nos tiene a ambas algo crispadas y Elliot y John están pagando nuestra frustración. Por suerte, Rachel también invitó a Berta y a Elliot al cumpleaños de Jake para que me sintiera más cómoda.

El viernes, después de salir de trabajar, regresamos al apartamento de John para ducharnos y vestirnos para ir al cumpleaños del pequeño Jake.

–  Gatita, ¿vas a seguir enfurruñada conmigo en casa de mis padres? – Me pregunta John entrando en el baño y abrazándome por la cintura mientras me aplico un poco de brillo de labios frente al espejo. – No soporto verte enfadada conmigo, gatita.

–  John, no soporto a tus malditos agentes. – Le espeto furiosa. – Me siguen a todas partes, ¡incluso hasta cuando tengo que ir al servicio me esperan en la puerta!

–  Cat, solo están haciendo su trabajo.

–  John, me ahogo. – Protesto. – Mi vida se basa en ir del trabajo a casa y siempre escoltada. Si sigo estando encerrada acabaré subiéndome por las paredes.

–  Si después de esta noche quieres seguir conmigo, mañana nos iremos tú y yo, solos los dos, a dónde tú quieras y pasaremos la noche fuera. – Trata de compensarme John. – ¿Qué te parece, gatita?

–  No me llames gatita. – Le reprendo.

–  Eso significa que estás enfadada, solo me dices que no te llame gatita cuando estás enfadada. – Me replica divertido. – En mi defensa, alego que me gustas demasiado como para poner tu vida en riesgo, gatita.

John empieza a darme besos por el cuello y mis defensas se vienen abajo. Él tiene ese efecto en mí, me acaricia, me besa y me hace perder la razón.

–  Llegaremos tarde. – Susurro.

–  Esta noche no vas a dormir, gatita. – Me susurra al oído al mismo tiempo que me da un pequeño azote en el trasero antes de envolverme entre sus brazos. – ¿Estás preparada para conocer a mi familia o estás pensando en salir corriendo?

–  No estoy segura ni de una cosa ni de la otra. – Le respondo nerviosa. – ¿Qué pasa si no les gusto?

–  Eso no va a ocurrir, pero te advierto que mi familia es un tanto peculiar.

–  ¿Peculiar? ¿Cómo de peculiar? – Le pregunto preocupada.

–  ¿Acaso no has visto a mis hermanos?

–  Brian y Rachel me caen bien. – Le respondo encogiéndome de hombros.

John no dice nada, se limita a sonreírme con dulzura y me besa en los labios.

Casi una hora después, llegamos a casa de los padres de John, situada a las afueras de Sunset en un gran terreno. Elliot y Berta han venido con nosotros en el coche y eso me ayuda a sentirme más relajada, pues espero no ser el centro de atención. Nada más bajar del coche, John se coloca a mi lado, me rodea la cintura con su brazo y me da un leve beso en los labios en señal de apoyo al mismo tiempo que me susurra:

–  Tranquila gatita, todo va a salir bien.

En ese mismo instante veo cuatro figuras salir al porche para recibirnos. Entre ellas distingo a Brian y a Rachel con el pequeño Jake en brazos y supongo que las otras dos personas son el padre y la madre de John. Caminamos hasta reunirnos con ellos y Rachel es la primera en venir a saludarme:

–  ¡Cat, me alegro de verte! – Me dice abrazándome con naturalidad, como si ya fuéramos amigas de toda la vida, y yo se lo agradezco. – Si te soy sincera, esperaba que mi hermano te hubiera intentado disuadir para venir.

–  Yo también me alegro de verte, Cat. – Me dice Brian besando mi mano sin dejar de mirar a su hermano mayor para provocarlo. – ¿Te trata bien mi hermano?

–  Aléjate de ella si no quieres problemas. – Le dice John bromeando, o al menos eso creo yo. John saluda a sus padres con un beso en la mejilla a cada uno y, tras volver a mi lado para continuar abrazándome, les dice: – Os presento a Catherine Queen, aunque a ella le gusta que la llamen Cat. – Se vuelve hacia a mí y me dice sonriendo: – Ellos son mis padres, Heather y Michel.

–  Encantada de conocerles, señores Stuart. – Les saludo educadamente mientras les estrecho la mano con firmeza.

–  Es un verdadero honor tenerte entre nosotros, Cat. – Me dice Heather. – Y, por favor, tutéanos.

–  Elliot es un amigo y compañero de trabajo, también es un buen amigo de Cat, al igual que Berta. – Se encarga de decir John para terminar con las presentaciones.

Pasamos al salón y allí conversamos durante un buen rato, rompiendo el hielo ya algo más relajados. John no se ha separado ni un segundo de mí, incluso Brian y Rachel han estado bromeando sobre su obsesión por mantener el contacto físico conmigo en todo momento.

–  Querías que por fin me enamorara y, cuando lo hago, ¿me lo echáis en cara? – Protesta John divertido.

–  No te lo echamos en cara, es solo que nos sorprende verte tan… enamorado. – Termina por decir Rachel. – Entiéndelo, nunca te habíamos visto así y nos sorprende.

–  Has pasado de ser el hombre de hielo a ser un hombre con cara de tonto enamorado. – Se mofa su hermano Brian. – Solo te falta recitar poemas de amor.

–  Siento decepcionarte, pero tienes una idea muy equivocada de tu hermano, le gusta demasiado dar órdenes como para recitar poemas cursis. – Salgo en lo que podría ser una defensa de John.

–  Cariño, si vas a defenderme así, creo que es mejor que no me defiendas. – Bromea John.

–  Cat tiene razón, eres un mandón. – Le replica su madre.

Cenamos, tomamos el café y el postre y todos le damos nuestro regalo al pequeño Jake, que se entretiene más con el papel desgarrado del envoltorio de los regalos que con los propios regalos.

Los padres de John son amables y atentos conmigo, no dicen ni hacen nada que pueda incomodarme, todo lo contrario que Brian, que disfruta provocando a John y, en consecuencia, a mí.

–  No le hagas ni caso, Cat. – Me aconseja la madre de John. – Siempre se están pinchando, pero en el fondo se adoran.

–  No me cabe duda alguna, pero deben de haberte dado muchos dolores de cabeza. – Le contesto bromeando.

–  No lo sabes bien, querida. – Me responde el padre de John divertido.

Después de pasar una divertida tarde y noche con la familia de John, regresamos a su apartamento. Nos despedimos de Berta y Elliot en cuanto salimos del ascensor y John se encarga de decirles que mañana por la mañana nos marcharemos a pasar el fin de semana fuera y que no regresaremos hasta el lunes.

–  ¿A dónde me vas a llevar? – Le pregunto una vez nos encontramos a solas en su apartamento.

–  Voy a darte tanto placer que voy a llevarte al cielo, gatita. – Me susurra al oído mientras me estrecha entre sus brazos. – Y mañana te llevaré a dónde tú quieras, solos tú y yo.

–  Suena muy tentador. – Le contesto divertida. – Pero por el momento, me conformo con que me lleves al cielo, cariño.

Como era de esperar, John no se hizo de rogar. Me cogió en brazos y, sin decir nada, me llevó a la habitación, me depositó con cuidado sobre la cama y me hizo el amor.

Cuando nuestras respiraciones se normalizaron, John me abrazó y me susurró al oído:

–  Te quiero, gatita.

–  No me llames gatita. – Le contesté sonriendo medio dormida.

 

FIN

No me llames gatita 17.

No me llames gatita

Un par de días después de conocer a Brian, John está cada vez más irritado por la insistencia de su hermana Rachel en venir a vernos al apartamento, a pesar de que John le ha dicho que no es el mejor momento, ya que aún andan detrás de Héctor González, el sicario con el que coincidí en Westcoast, por decirlo de algún modo.

John, harto de los reproches de su hermana y los míos propios por enfadarse con ella, decide responder a la llamada de Rachel y poner el manos libres tras hacerme un gesto para que escuche y no diga nada. Me siento en su regazo dispuesta a escuchar la conversación con su hermana.

–  ¡Cuánto tiempo, hermanita! – Se mofa John nada más descolgar al mismo tiempo que empieza a acariciarme inocentemente las rodillas.

–  ¡No te atrevas a mofarte! – Le amenaza Rachel haciendo que dé un respingo del sobresalto. – Me parece fatal que Brian haya conocido a la futura madre de tus hijos antes que yo. – Miro a John arqueando una ceja y él se encoge de hombros sonriendo. – Por cierto, Brian me ha dicho que si metes la pata con ella, piensa sacar partido de la situación, así que procura no cagarla. Me hace ilusión ver a mi hermano mayor por fin enamorado. Y no me digas que no estás enamorado porque por ella has roto todas tus reglas y…

–  Rachel… – Le advierte John para después empezar a darme pequeños besos por la nuca y el cuello mientras sus manos pasan de mis rodillas a mis muslos para continuar allí con las caricias.

–  No puedes negármelo, John. – Continúa hablando Rachel. – Tienes tres normas inquebrantables desde que te conozco. La primera y la más sagrada es esa de “donde tengas la olla no metas la…”

–  ¡Rachel! – Le reprende John riendo para acto seguido continuar acariciándome y besándome como estaba haciendo.

–  Ya me has entendido. – Resopla Rachel. – Joder John, moviste cielo y tierra para hacerte con su caso solo porque querías tener una excusa para seguir viéndola. Bueno, por eso y porque eres demasiado arrogante como para creer que alguien pueda protegerla mejor que tú. – Se burla Rachel mientras yo trato de ocultar la risa y John me da un azote en el trasero a modo de castigo. – Estoy segura de que ahora mismo está contigo en tu apartamento, tu preciado templo en el que están prohibidas las mujeres. Dime una cosa, aparte de mamá y de mí, ¿habías llevado a alguna chica a tu apartamento? – Y, sin dar tiempo a que John responda, añade: – No, porque tu apartamento es sagrado. Eso es lo que siempre decías. Y, la tercera norma que has roto es la de no mezclar tus relaciones sexuales con la familia. Nunca hablas de ninguna de tus muchas amigas. – Miro a John arqueando una ceja y él me dedica una sonrisa maliciosa mientras aprovecha mi confusión para meter sus manos bajo mi jersey y acariciar mis pechos al mismo tiempo que me hace notar su enorme y dura erección rozándola contra mi trasero. – Pero fuiste tú quién no dejó de hablar de ella cuando nos vimos el otro día. Solo con verte la cara supe que estabas enamorado, nunca te he visto hablar así de nadie.

–  Algún día tenía que pasar, hermanita. – Le responde John pellizcándome un pezón y después me susurra al oído: – Gatita, ¿qué hacemos con mi hermana?

–  Invítala a comer, tu hermana me cae bien. – Le respondo recostando mi espalda contra su pecho para facilitarle el contacto con mi cuerpo.

–  Hermanita, Cat me está diciendo que te invite a comer. ¿Te apetece venir? – Le pregunta John sonriéndole al teléfono móvil que está sobre la mesa auxiliar.

–  ¿Bromeas? ¡Ahora mismo voy para allí! – Exclama Rachel. – ¿Estará Cat contigo, verdad?

–  ¿Para qué sino te iba a pedir que vinieras? – Bromea John. – Eso sí, tarda mínimo un par de horas en llegar.

–  No hace falta que me des detalles. – Responde Rachel y añade antes de colgar: – Estaré allí dentro de dos horas exactas, así que haz lo que tengas que hacer antes de que llegue.

–  Estoy completamente de acuerdo con Rachel. – Ronroneo en el oído de John. – Haz lo que tengas que hacer, John.

–  Mm… Gatita, llevo dos días estudiando todas y cada de tus reacciones cada vez que te acaricio y te beso en cada parte de tu cuerpo y ahora mismo sé que estás muy excitada y eso me excita mucho más de lo que ya estoy. – Me susurra John quitándome el jersey y el sujetador, arrojando ambas prendas al sillón de en frente y dejándome desnuda de cintura para arriba. – Pero quiero que ahora seas tú quien me diga lo que quieres que haga, dónde quieres que te acaricie, que te bese…

–  Mm. – Gimo cuando John me quita los shorts de algodón que llevo puestos y coloca sus mágicos dedos en mi entrepierna, buscando y encontrando mi clítoris, mientras que con la otra mano continua masajeando mis pechos y estirando y apretando mis pezones. – John…

–  Lo sé, gatita. Lo sé. – Me susurra John al oído con voz ronca. – Quiero que te corras para mí, quiero que gimas y grites todo lo que quieras, no quiero que te reprimas. Después te meteré la polla en tu sensible coño y volverás a correrte otra vez.

Las rudas y obscenas palabras de John me llevan directamente al orgasmo y gimo y grito todo lo que quiero sin reprimirme. Todavía con los espasmos posteriores al orgasmo, John me penetra de una sola estocada y empieza a bombear dentro de mí sin dejar de acariciarme los pezones y el clítoris. Tal y cómo me había adelantado John, vuelvo a correrme. Ambos nos corremos a la vez y John se deja caer en el sofá conmigo encima y sin salir de mí. Varios minutos después, cuando logro recuperarme, trato de levantarme pero John me lo impide.

–  No te vayas, cariño. – Me ruega.

–  ¿Cariño? Creía que te gustaba más gatita. – Me mofo echándome a un lado del sofá para abrazarle con mayor comodidad.

–  Gatita, no querrás que te llame así delante de tus padres, ¿verdad? – Me contesta divertido. – Creo que llamarte cariño es más apropiado cuando no estemos solos y debo empezar a usarlo para acostumbrarme.

–  Cariño, necesito un baño. – Le digo besándole en los labios.

–  ¿Puedo acompañarte? – Me pregunta juguetón.

–  No pensaba ir sin ti, cariño. – Le susurro al oído.

Tras un relajante baño y una nueva sesión de sexo en la bañera, nos vestimos y recogemos el apartamento para que todo esté limpio y ordenado cuando llegue Rachel. A pesar de que la idea ha sido mía, lo cierto es que estoy bastante nerviosa. Quiero que salga bien, al fin y al cabo, puede que sea mi futura cuñada.

–  Relájate, mi hermana te adorará en cuanto te vea. – Me dice John abrazándome.

Rachel llega al apartamento justo dos horas después de su llamada, puntual como un reloj suizo. John me da un beso en los labios y abre la puerta para recibir a Rachel:

–  Hermanita, pasa. – Le dice John tras saludarla con un beso en la mejilla. Me acerco hasta a ellos con timidez y, agarrándome por la cintura y dándome un beso en los labios, añade: – Aquí tienes a Cat, pero no la agobies demasiado, no quiero que la espantes.

Le doy un codazo a John a modo de reprimenda y saludo a Rachel:

–  Encantada de conocerte, Rachel.

–  Lo mismo digo. – Me responde besándome en la mejilla. – Debes de ser una santa para aguantar al gruñón y mandón de mi hermano.

–  Es una mala estrategia criticarme delante de Cat si pretendes que sea tu cuñada. – Se mofa John con sorna.

–  Me reitero en lo dicho, no sé cómo te aguanta. – Le contesta Rachel a su hermano al mismo tiempo que me agarra del brazo y me acompaña al salón donde nos sentamos juntas en uno de los sofás. – Cat, ¿qué tal te trata mi hermano? ¿Contigo también es tan mandón?

–  Rachel. – Le advierte John en tono de guasa.

–  No sé cómo será contigo, pero conmigo siempre tiene que tener la última palabra y, por supuesto, nadie le puede rebatir. – Contesto divertida a la pregunta de Rachel.

–  Pero luego Cat siempre termina haciendo lo que le da la gana, así que tampoco importa mucho lo que yo le ordene. – Replica John.

–  Una chica con carácter, me alegro. – Sentencia Rachel sonriendo. – Por cierto, aprovechando que te tengo delante, me gustaría invitarte al primer cumpleaños de mi hijo Jake. – Me propone Rachel. – Será una pequeña reunión familiar en casa de mis padres. – Me anima Rachel. – Así conocerás a mis padres, ellos están ansiosos por conocerte.

–  Rachel… – La interrumpe John. – ¿Acaso quieres que Cat salga huyendo?

–  Tarde o temprano tendrá que conocerlos, mejor que sea cuanto antes para que se vaya acostumbrando. – Bromea Rachel.

John se percata de mi preocupación y me abraza para tranquilizarme al mismo tiempo que me susurra:

–  No pasa nada, no estás obligada a ir si no quieres.

–  Es dentro de un par de semanas, tendrás tiempo de pensarlo hasta entonces. – Me dice Rachel para que no me niegue en rotundo. – Pero te aseguro que, si decides venir, yo misma me encargaré de que te sientas tan cómoda con nosotros que hará que quieras volver.

–  Es una oferta interesante. – Respondo más relajada entre los brazos de John. – ¿Qué te parece a ti, John?

–  Me encantaría que vinieras, no me apetece nada pasar el día sin ti. – Me responde John susurrándome al oído. – Pero tampoco quiero que te veas obligada a ir, podemos posponer el encuentro para cuando te sientas más preparada.

–  Ahora en serio, ¿quién eres y qué has hecho con mi hermano? – Se mofa Rachel de John. Se vuelve hacia a mí y añade: – Eres mi heroína, has conseguido domesticar a la fiera de mi hermano.

–  ¡Rachel! – Le regaña John furioso mientras yo me echo a reír. – Genial, ¿las dos contra mí?

John me mira sonriendo y me atrae hacia a él para volver a abrazarme y besarme delante de su hermana, que se sorprende pero no dice nada, se limita a mirarnos complacida e incluso emocionada.

Comemos los tres juntos y después Berta y Elliot vienen a tomar café y ambos están demasiado amables y sonrientes cuando por norma general deberían estar coqueteando descaradamente para luego no pasar de las palabras, pero hoy se comportan de una manera extraña aunque apropiada, así que me abstengo de decir nada. Ya tendré ocasión de enterarme de eso en otro momento.

Finalmente y tras la insistencia de Rachel, acepto a ir a la fiesta de cumpleaños del pequeño Jake, aunque eso implique conocer a la familia de John a pesar de que hace escasos dos meses que nos conocemos.

No me llames gatita 16.

No me llames gatita

A la mañana siguiente cuando me despierto, John está a mi lado en la cama, pero no está dormido, está despierto, observándome.

Me sonríe en cuanto me ve abrir los ojos y yo escondo mi cara entre la almohada y su cuello, con ningún ánimo de abandonar la cama.

–  Buenos días, preciosa. – Me susurra al oído. – Es un placer contemplarte mientras duermes, gatita.

–  Eso no debería ser legal. – Protesto aún medio dormida. – Pero me alegro de despertarme y encontrarte a mi lado.

–  ¿Qué me has hecho, gatita? – Me pregunta divertido. – Tienes mi total rendición.

–  Lo dudo, dentro de cinco minutos volveremos a estar discutiendo, probablemente porque tú eres un mandón que solo impone normas que yo me empeño en romper. – Le replico divertida.

–  ¿Un mandón que impone normas? – Me pregunta fingiendo estar ofendido. – En lo de que te empeñas en romper todas las normas, estoy de acuerdo. Basta que te diga que no hagas algo para que lo hagas.

–  No exageres, yo solo me limito a seguir mi instinto. – Me defiendo. – De no haberlo hecho, en estos momentos estaría muerta. Ambos estaríamos muertos. – Añado tras recordar el momento en el que le salvé la vida en el apartamento de Elliot cuando nos conocimos.

–  ¿Me salvaste la vida solo por instinto? ¿Disparar y matar al tipo que estaba a punto de matarme fue un acto por instinto? – Me pregunta un poco ¿molesto? – ¿Fue un acto reflejo dispararle?

–  ¿Quieres que discutamos ahora? – Le pregunto con malicia, dispuesta a provocarlo. – Me he despertado de muy buen humor, algo raro en mí. Sin embargo, tú te estás empeñando en enfadarme a pesar de que estamos desnudos en la cama. ¿De verdad quieres seguir intercambiando opiniones para seguir discutiendo o…?

John no me deja decir nada más. Se abalanza sobre mí y me besa con fuerza, con verdadera hambre, mientras sus manos se encargan de llenar de caricias mi sensible y receptivo cuerpo que solo con el roce de la piel de los dedos de John se rinde ante él.

Hacemos el amor una vez más y, cómo siempre, John se ocupa de hacerme llegar al orgasmo al mismo tiempo con él y nos corremos juntos.

Cuando nuestra respiración se normaliza y nuestro cuerpo se relaja, John se pone en pie, me coge en brazos y me mete con él en la ducha.

–  No pongas esa cara, una ducha nos vendrá bien a los dos. – Me dice al verme hacer un mohín.

John deja el agua correr y cuando está a su gusto, demasiado tibia para mi gusto, nos coloca bajo la cascada de agua. Lo que empieza como un inocente juego de enjabonarnos acaba siendo una escena no apta para menores de dieciocho años.

Después de ducharnos, entre otras cosas, John me tiende una toalla para que me seque y me señala su albornoz para que me lo ponga al mismo tiempo que él se seca con otra toalla y se envuelve en ella, ocultando así su figura de la cintura a las rodillas.

Justo en ese momento, escuchamos como la puerta de la entrada se abre y se cierra. Miro a John y le pregunto:

–  ¿Esperas visita?

–  No, quédate aquí. – Me responde poniéndose tenso.

En ese preciso momento me doy cuenta de que, por muy estúpido que parezca, prefiero que quien haya entrado sea un sicario que quiere matarme a que sea alguna mujer que tenga llave del apartamento de John y con la que mantenga una relación. Me quedo totalmente quieta y en silencio tratando de prestar atención y escuchar cualquier cosa que pase al otro lado de la puerta. Como no escucho nada, salgo del baño y me acerco a la puerta de la habitación, donde escucho cómo John habla con alguien:

–  ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Y por qué no llamas a la puerta como todo el mundo? – Espeta John furioso. – ¿Quién te ha dado la llave?

–  Relájate, solo soy yo. – Responde una voz masculina. – Rachel me ha pedido que dejara aquí ésta cuna de Jake.

–  ¿La cuna de Jake? – Oigo preguntar a John. – Da igual, déjala ahí mismo y vete.

–  ¿Me estás echando? – Pregunta la voz masculina con tono de burla.

–  No estoy solo, Brian.

¿Brian? ¿Quién es Brian? No, no me suena haber oído hablar de él.

–  Hermanito, no me digas que la cotilla de nuestra hermana pequeña Rachel tiene razón y es cierto que estás enamorado. – Dice la voz masculina sin ocultar su tono burlón. – Quiero conocerla, aún no me creo que hayas sentado la cabeza.

–  Tiene gracia que eso lo digas precisamente tú. – Le replica John. – Quédate aquí, voy a vestirme y a decirle a Cat que estás aquí, pero no puedo asegurarte de que quiera salir a saludarte. De hecho, trataré de convencerla de lo contrario.

–  No me iré de aquí sin conocerla. – Le advierte el otro. – Me muero de curiosidad de que me la presentes.

–  Más te vale comportarte. – Le advierte John con la voz tensa.

Oigo pasos acercándose y regreso rápidamente al baño para fingir que me seco el pelo. John entra en la habitación y al verme con la toalla en una mano y el pelo enmarañado, me sonríe con timidez y me dice:

–  Gatita, mi hermano Brian está aquí y quiere conocerte. – Me mira a los ojos esperando alguna reacción en mí pero, como parece ser que me he quedado muda, añade: – No te preocupes, le diré que otro día.

–  No. Quiero decir, no pasa nada, ¿no? – Le contesto sin demasiada seguridad.

–  Mi hermano es el divertido de la familia, pero a veces sus bromas no tienen gracia. – Me advierte John estrechándome entre sus brazos. – Aunque tarde o temprano tendrás que conocerlo, ¿no crees, gatita?

–  Será mejor que nos pongamos algo de ropa antes de salir. – Le contesto dándole un leve beso en los labios.

Ambos nos vestimos a toda prisa y John sale de la habitación para reunirse con su hermano mientras yo termino de peinarme y me miro al espejo para asegurarme de estar perfectamente antes de conocer al hermano de John. Salgo de la habitación y me dirijo a la cocina, donde John charla con un tipo igual de atractivo que él, pero con el pelo castaño claro.

–  Cat, éste es mi hermano Brian. – Me dice John agarrándome con posesión por la cintura. – Brian, ella es Cat.

–  ¡Menuda preciosidad! – Exclama alegremente Brian mientras coge mi mano y la besa como lo haría un caballero. – Encantado de conocerte, Cat.

Brian está a punto de añadir algo más, pero John le reprende con la mirada y opta por callarse. John me sirve un café y me hace un gesto para que me siente, siempre tan mandón. Sin darme cuenta, pongo los ojos en blanco tras entender su orden y Brian me ve y me dedica una descarada y seductora sonrisa bajo la reprobadora mirada de John.

–  ¿Te ha dicho Rachel para qué me ha traído la cuna aquí? – Le pregunta John a su hermano con sequedad.

–  Solo me dio la llave de tu apartamento y me dijo que lo trajera, que tú estabas con tu enamorada fuera de la ciudad. – Le contesta Brian encogiéndose de hombros. – Por cierto, Rachel está tan encantada que se lo ha contado a toda la familia.

–  ¡Joder! – Protesta John. – ¿Es que con esta familia no se puede tener vida privada?

–  Me temo que no, hermanito.

El móvil de Brian empieza a sonar y, tras mirar quién le llama, cuelga y apaga el teléfono.

–  ¿Problemas? – Le pregunta John divertido.

–  Mujeres. – Sentencia Brian. – Una en particular, para ser exactos. Estoy tratando de alejarme de ella pero me tienta demasiado.

–  Aléjate de la tentación. – Le aconseja John.

–  Óscar Wilde decía que la mejor manera de librarse de la tentación es caer en ella. – Opino con naturalidad.

–  Ahora entiendo por qué mi hermano se ha enamorado de ti, eres hermosa, divertida, simpática e inteligente. – Me dice Brian. – De hecho, creo que yo también me he enamorado de ti.

Me río ante la broma de Brian pero a John no le hace ninguna gracia y lo deja bien claro colocándose a mi espalda detrás del taburete y abrazándome con posesión.

–  ¿Desde cuándo eres tan celoso? – Se mofa Brian.

–  Desde que la conozco. – Contesta John besándome en la nuca, erizando mi piel.

–  Lo siento, pero no puedo seguir contemplando la escena sin ponerme cachondo. – Bromea Brian sonriendo con picardía. – Tengo que irme, pero espero volver a verte pronto, Cat. – Se despide. – Aunque no es necesario que sea estando mi estirado hermano presente.

–  Desaparece de mi vista si no quieres que te eche a patadas. – Le espeta John realmente furioso.

–  Lo dicho Cat, espero volver a verte. – Añade con sorna Brian antes de desaparecer.

En cuanto John escucha la puerta de entrada cerrarse, gira el taburete para dejarme frente a él y, tras agarrarme del trasero, me coge en brazos y me estrecha contra su cuerpo al mismo tiempo que me susurra al oído:

–  Gatita, ¿coqueteando con mi hermano?

–  Jamás se me ocurriría. – Le respondo divertida.

 

No me llames gatita 15.

No me llames gatita

Media hora después de haber bajado al salón con Berta y habernos puesto a charlar con los padres de Elliot y con los míos, por fin John y Elliot aparecen, aunque ninguno de los dos tiene buena cara.

Ambos nos miran pero finalmente es John el que habla:

–  Parker ha sido detenido tratando de cruzar la frontera y ahora mismo está instalándose en la penitenciaria de Sunset, aislado en una celda de máxima seguridad.

–  Entonces, ¿se acabó? – Pregunto sonriendo. – ¿Podemos irnos a la playa ya?

–  ¿A la playa? – Me pregunta John.

–  ¡Sí, nos vamos a la playa! – Grita Berta eufórica y las dos nos ponemos a dar saltitos.

John y Elliot se miran y ambos se encogen de hombros sin entender nada así que mi madre, dispuesta a hacer de celestina como siempre, les dice:

–  Chicos, Berta y Cat querían ir a la casa de la playa de los padres de Berta al día siguiente de que vosotros aparecierais, pero no se pudieron ir y quieren hacerlo ahora.

–  ¿A la playa con este tiempo? – Preguntan John y Elliot al unísono.

–  Es la mejor época del año para ver a surfistas buenorros de pelo rubio y ojos azules con tableta de chocolate, ¿verdad chicas? – Dice mi madre repitiendo las palabras de Berta.

–  ¡Mamá! – La regaño ruborizándome.

–  Un día tendremos que ir tú y yo. – Le dice Bárbara a mi madre bromeando.

–  ¿Surfistas rubios? – Me pregunta John enfadado. – Olvídalo. Parker está detenido, pero el sicario al que contrató no lo está. No puedes irte a la playa sin escolta.

–  De acuerdo, pues tú vienes con nosotras. – Sentencia Berta. – Todo resuelto, ¿no?

–  Esto no funciona así. – Dice John. – Yo solo no puedo protegeros a las dos, no puedo dividirme. Pero si Elliot acepta acompañarnos, podríamos pasar un par de días allí.

–  Teniendo a dos chicos como éstos al lado, ¿para qué queréis ver surfistas? – Nos pregunta mi padre.

–  Completamente de acuerdo contigo, George. – Le responde Elliot.

–  Pues también es verdad. – Accede finalmente Berta. Se vuelve hacia a mí y añade: – Pero en cuanto todo esto se termine tú y yo iremos a la playa.

Asiento con la cabeza encantada mientras observo el gesto de desaprobación de John. Es curioso, verlo celoso me sorprende un montón, ¡pero me gusta! ¿Tendrá razón Berta? ¿Estará dispuesto a intentar dar un paso más conmigo?

–  Ves a hacer las maletas, gatita. – Me susurra John al oído con la voz ronca. – Hablaremos cuando lleguemos a casa.

Su tono de voz de macho alpha y cargada de sensualidad me hace estremecer de placer y observo como John sonríe al darse cuenta del efecto que provoca en mí.

Una hora más tarde, tras despedirnos de los padres de Elliot y de mis padres, regresamos a Sunset en coche. Como era de esperar, John se niega a que viajemos en coches separados y le ordena a Elliot que vaya en su coche con Berta para el ir conmigo en mi coche.

Cuando llegamos al parking del edificio de Elliot y John, los cuatro subimos juntos en el ascensor y al llegar al rellano nos quedamos parados frente a las puertas de sus apartamentos.

–  Gatita, tú te vienes conmigo que tenemos una conversación pendiente. – Me susurra John al oído.

–  Berta, ven a mi apartamento. – Le dice Elliot divertido. – Creo que la parejita necesita intimidad.

Le guiño un ojo a Berta con complicidad y me dejo guiar por John hasta su apartamento. John deja mis maletas en su habitación y regresa rápidamente al salón para cogerme el abrigo y colgarlo en el perchero.

–  Voy a preparar la cena, puedes ducharte o ponerte cómoda si quieres.

–  Creía que teníamos una conversación pendiente. – Le digo burlonamente.

–  Y la tenemos, pero tendrá que esperar a después de la cena. – Me responde antes de darme un leve beso en los labios.

Extrañada por la ternura y romanticismo de ese beso, decido no contradecirle y me encamino a su habitación para darme una ducha.

Tras ducharme y secarme un poco el pelo con el secador, saco mi camiseta de tirantes y mi short de algodón que siempre utilizo para dormir.

Cuando regreso a la cocina me encuentro con John sirviendo la mesa, la cual ha decorado con un par de velas aromáticas. El rico olor a los tallarines al pesto llega hasta mi nariz y mi estómago ruge en respuesta, estoy hambrienta.

–  Me va a resultar bastante difícil mantener una conversación contigo si vas así vestida, gatita. – Me dice mirándome lascivamente.

–  Eras tú quien quería conversar. – Le respondo encogiéndome de hombros.

John me dedica una sonrisa y me hace un gesto para que tome asiento. Se sienta frente a mí y sirve dos copas de vino tinto. Durante la cena, hablamos de temas que no puedan generar ninguna discusión y nos bebemos la botella de vino entera entre los dos. Cuando terminamos de cenar, ayudo a John a recoger los platos y la mesa y, cuando nos sentamos en el sofá del salón con una copa de vino en nuestras manos, John me dice:

–  Cat, tenemos que hablar de todo esto.

–  No te preocupes, John. – Le interrumpo antes de que diga lo que no quiero oír. – Sé que esto no es más que una aventura y…

–  No. – Me interrumpe John con rotundidad. – Esto es mucho más que una simple aventura, Cat. Para empezar, quiero aclararte lo de mi hermana para que confíes en mí. No quiero que pienses que soy lo que en realidad no soy.

–  No tienes que darme…

–  Pero quiero dártelas. Déjame hablar, por favor. – Me interrumpe de nuevo. – Cat, la chica con la que me viste el otro día era mi hermana Rachel. También iba con Jake, mi sobrino. Y tiene gracia que nos vieras, porque precisamente le hablaba de ti a mi hermana.

–  ¿De mí? – Le pregunto realmente sorprendida.

–  Sí, de ti. – Me responde sonriendo con ternura al mismo tiempo que me abraza y me besa en la frente con un gesto de lo más paternal. – De la encantadora y loca abogada que no deja de sorprenderme y que se mantiene en mi mente a pesar de que he intentado luchar contra ello. Por cierto, Rachel me ha dicho que quiere conocerte y le prometí que te lo consultaría.

–  Yo…

–  No te estreses, gatita. – Me susurra al oído. – Será algo informal y no tienes por qué hacerlo si no quieres.

–  ¿Qué me estás proponiendo exactamente? – Logro preguntar.

–  No te voy a engañar, esto es nuevo para mí. – Me confiesa. – No he tenido una relación estable en mi vida ni pensaba en tenerla hasta que te conocí. Moví cielo y tierra para conseguir hacerme con el caso Parker solo para no alejarme de ti. Nunca antes había dejado que mi vida personal influyera en mi trabajo, pero quería ocuparme yo mismo de tu seguridad, necesitaba saber que ibas a estar a salvo. Después de pasar la noche juntos, me di cuenta de que tenía que estar contigo, pero tú te fuiste sin decirme nada y no respondías a mis mensajes ni a mis llamadas y luego Parker se escapó y solo de pensar que podría pasarte algo… No puedo prometerte que esto vaya a salir bien, pero si puedo prometerte que voy a hacer todo lo que esté en mi mano para intentarlo.

–  John….

–  No me respondas ahora, gatita. – Vuelve a interrumpirme. – Piénsalo el tiempo que te haga falta antes de darme una respuesta.

–  Yo tampoco puedo prometerte que esto vaya a salir bien, pero sí puedo prometerte que voy a hacer todo lo que esté en mi mano para intentarlo. – Le respondo sonriendo, utilizando sus mismas palabras, para después plantarle un beso en los labios.

–  Tengo que confesarte algo, gatita. – Me dice con una sonrisa traviesa tras devolverme el beso. – He descubierto que soy muy celoso.

–  ¿Lo has descubierto en este preciso instante? – Le pregunto burlonamente.

–  No. Empecé a volverme celoso en cuanto vi a tu amigo Oliver, pero cuando te vi abrazando a Ben creí que me volvería loco. – Me confiesa. – Quiero exclusividad absoluta, gatita.

–  Tendrás que dar lo mismo que exiges. – Le advierto.

–  Eso no me supone un problema, desde que te conozco solo tú estás en mi cabeza. – Me contesta abrazándome con ternura. – Te quiero para mí solo, gatita.

–  Soy toda tuya. – Le susurro al oído mientras me coloco a horcajadas sobre él. – Y te quiero todo para mí.

John capta el mensaje de inmediato y no se hace de rogar, ambos llevamos demasiado tiempo deseando que ocurra lo que está a punto de ocurrir y ya no hay tiempo para sutilezas. John me devora con urgencia, sus manos me acarician con necesidad y sus labios me besan con pasión.

Esa noche, John se encargó de satisfacer mi más primitiva necesidad hasta que ambos nos dormimos extasiados casi al amanecer.

 

No me llames gatita 14.

No me llames gatita

Media hora después de colgar a Ben y tal y cómo me había dicho, aparece con el semblante serio custodiado por dos agentes de John, que no ha pronunciado palabra desde que he dicho que Ben venía de camino. La situación es tensa e incómoda, ni a mis padres ni a Elliot les hace ninguna gracia tener que volver a verle, pero conozco a Ben y no es de los que se andan con rodeos. Si dice que tiene algo relevante e importante que decirme es porque así es.

Antes de que pueda ni saludar a Ben, John me agarra del brazo y, atrayéndome hacia él, me dice con su más puro tono de capitán:

–  Elliot se quedará contigo mientras él esté aquí.

Y, sin decir nada más ni dignarse a mirarme, sale del salón cruzándose con Ben y ambos se retan con la mirada pero ninguno se saluda ni se presenta.

–  Ven aquí, preciosa. – Me dice Ben saludándome con un efusivo abrazo mientras todos los presentes desaparecen excepto Elliot, que permanece de pie a mi lado. Ben me da un beso en la mejilla y, volviéndose hacia Elliot, le dice estrechándole la mano: – Elliot, me alegro de verte y saber que cuidas de Cat.

Elliot no le responde, se limita a estrecharle la mano con educación y se sienta en uno de los sofás. Ben me mira esperando a que le lleve a algún lugar donde podamos hablar, así que le digo:

–  Lo siento, pero esto es lo único que puedo ofrecerte en mi situación.

–  No hay problema, sé que confías en Elliot y que es como un hermano para ti. – Me responde Ben con gesto de preocupación. – Verás Cat, el otro día estaba en un lugar en el que no debía estar y escuché una conversación que no debí escuchar. – Me mira a los ojos y me dice: – Tienes que irte de Westcoast, un tipo al que nunca nadie había visto por aquí ha estado haciendo preguntas sobre ti y, después de lo de Parker, quise investigar quién era. Descubrí que se alojaba en el hotel de María, así que me acerqué por allí y logré que María me diera el nombre del tipo, Héctor González. Le pedí a un amigo que trabaja en la Interpole que le investigara y, según parece, Héctor González es uno de los alias que utiliza un sicario internacional conocido como “El Duro”. Anoche mi amigo me llamó y me dijo que él y algunos de sus hombres lo estaban siguiendo y que me llamaría en un rato, pero no me llamó y no he podido localizarlo, nadie sabe dónde están ni él ni sus hombres, Cat.

–  Joder Ben, no deberías haberte metido en todo esto. – Me lamento.

–  Dame el nombre de tu amigo, Ben. – Le dice Elliot. – Intentaré localizarlo y saber qué ocurre, pero no deberías seguir haciendo de investigador privado, limítate a seguir divirtiéndote.

–  ¿Tanta rabia te da que esté cerca de Cat? – Le pregunta Ben a Elliot furioso.

–  No pintas nada aquí y lo único que haces es complicar más las cosas. – Le responde Elliot furioso. – Si fuera por mí, ni siquiera habrías entrado en esta casa.

–  ¡Basta! – Les espeto a los dos levantando la voz más de lo que pretendía.

John, que debería estar cerca, al escucharme irrumpe en el salón y, fulminándonos a los tres con la mirada, nos pregunta con voz de capitán Stuart:

–  ¿Qué cojones está pasando aquí?

Resoplo sonoramente tratando de no perder la poca paciencia que me queda. Elliot le explica a John lo que Ben ha descubierto y John ordena a un par de agentes que lo escolten hasta que sepan qué ha ocurrido con su amigo de la Interpole para protegerlo. Acto seguido y sin dejar que me despida de Ben, John me agarra del brazo y me dice imperativamente:

–  Tenemos que hablar, ahora.

Salimos del salón y subimos las escaleras hasta llegar a mi habitación, donde entramos y John cierra la puerta para hablar con mayor intimidad.

–  ¿Se puede saber en qué estás pensando? – Me espeta molesto.

–  Ahora mismo en lo único que pienso es en largarme de aquí sola para no tener que escucharos a ninguno. – Le replico molesta.

–  ¡Genial Catherine! – Me espeta con ironía. – ¿Crees que a nosotros nos gusta estar aquí para proteger a una niña malcriada a la que ni siquiera le importa su seguridad? Esos agentes tienen una vida fuera de este trabajo, tienen esposas e hijos a los que están deseando ver. Si no quieres que estén aquí, solo tienes que decirlo y se marcharán encantados de poder volver con su familia. – Me mira a los ojos y, con una inmensa furia añade: – Aún estás a tiempo de irte con tu héroe si eso es lo que quieres.

John se da la vuelta dispuesto a largarse de mi habitación, pero a mí se me dibuja una sonrisa en los labios sin poder evitarlo. Está celoso. John está celoso de Ben.

–  John, espera. – Le digo agarrándole del brazo para evitar que se marche. – No te enfades, tenemos una tregua. – Le digo con una traviesa sonrisa mientras le echo las manos al cuello y le atraigo hacia a mí dejando su boca a un centímetro de la mía.

–  Gatita, no estoy de humor. – Murmura apartándose de mí.

Pero ya me da igual lo que me diga, lo único en lo que soy capaz de pensar es en besarle y eso es lo que hago. Me arrojo a sus brazos y devoro su boca. John no se hace de rogar, me agarra del trasero y me alza entre sus brazos para ponerme a su altura mientras yo rodeo su cintura con mis piernas. Nuestras manos acarician nuestros cuerpos deseosos de llegar al final, pero la puerta se abre y mi padre entra en la habitación.

–  Ejem, ejem. – Finge toser para alertarnos de su presencia. – Lamento interrumpir, pero me temo que es importante.

John se tensa y me deja rápidamente con los pies en el suelo, avergonzado por la situación en la que hemos sido descubiertos.

–  Lo siento yo… – Intenta disculparse John.

–  No lo sientas, yo me alegro de que por una vez en la vida el novio de mi hija me caiga bien. – Le interrumpe mi padre sonriendo.

–  Papá, entre John y yo no hay nada, lo que acabas de ver es… – Intento aclarar las cosas. – No sé lo que es, pero no somos pareja.

John me mira molesto, ¿qué se supone que he hecho mal? Probablemente también me culpe de que mi padre nos haya pillado, aunque he sido yo quién lo ha empezado y por lo tanto la culpa es mía.

–  John, Elliot quiere hablar contigo. – Le dice mi padre. – Ha ocurrido algo y…

John se coloca bien la camisa y se abrocha los dos únicos botones que me ha dado tiempo a desabrochar, pero antes de salir de mi habitación se vuelve hacia a mí y me susurra al oído:

–  Ya hablaremos luego tú y yo.

Mi padre me sonríe y se marcha detrás de John mientras yo me quedo pensando si las palabras de John han sido una amenaza o el presagio de que luego terminaremos con lo que hemos dejado pendiente.

Y luego está mi padre. ¿Cómo se le ocurre decir lo que ha dicho? Joder, un poco más y nos lleva al altar. Estoy segura de que John no se me vuelve a acercar en la vida, al menos no con las intenciones que a mí me gustarían.

Berta viene a buscarme en cuanto se entera de lo que ha ocurrido y, tras mirarme a los ojos, me dice:

–  Estás enamorada de John. – Y añade rápidamente: – Y no es una pregunta.

–  Sí y lo sé, soy una idiota. – Le respondo encogiéndome de hombros y dejándome caer en la cama con un suspiro dramático. – ¿Cómo ha podido pasarme? Si al principio creo que lo odiaba.

–  Ya sabes lo que dicen, del odio al amor solo hay un paso. – Se mofa Berta.

–  Me alegro de que mi desgracia te divierta. – Le reprocho molesta.

–  No te pongas así, Cat. – Me dice Berta abrazándome. – He visto cómo te mira, cómo te trata, cómo se preocupa por ti. No he visto a un tío más enamorado en la vida, Cat. John te adora y, si te gusta, no dudes en ir a por él.

–  John no es de los que buscan una relación estable.

–  ¿Te lo ha dicho él? – Me pregunta Berta. – Estoy segura de que no te lo ha dicho. En cuanto a la tipa que le acompañaba el otro día en el centro comercial, te ha dicho que era su hermana y su sobrino y que te los presentará para que puedas comprobarlo con tus propios ojos. ¿Qué más necesitas para darte cuenta de que él está apostando por esta relación? Si Elliot se decidiera a hacer lo mismo por mí, te aseguro que no me lo pensaba.

–  Pon a Elliot celoso con otro tío. No me preguntes por qué, pero eso siempre funciona. – Le aconsejo riendo. – Será mejor que bajemos a ver qué está ocurriendo allí abajo.

Berta y yo salimos de la habitación para bajar al salón, pero nos encontramos en el hall con John y Elliot dando instrucciones a sus agentes para que se retiren a sus casas. Cruzo mi mirada con la de John, pero él me hace un gesto para que entremos en el salón y le esperemos allí, así que eso hacemos.

En el salón, nos unimos a mis padres y los padres de John, que charlan alegremente en cuanto nos ven entrar, a pesar de que segundos antes estaban callados y preocupados. ¿Qué estará ocurriendo?

No me llames gatita 13.

No me llames gatita

Veinte minutos después, John entra en el salón y el aroma de su colonia llega a mi olfato, que reconoce enseguida el aroma de nuestra única noche de pasión. Es increíble lo que este hombre me hace sentir con tan solo oler su colonia.

John deja sobre la mesa auxiliar una carpeta y, sentándose junto a mí en el sofá, saca unos dosieres y empieza a hablar con naturalidad y seguridad mientras yo trato de comprender cómo puede estar tan tranquilo teniendo en cuenta la situación que hay fuera y, peor aún, la que tenemos aquí dentro.

–  Hemos traído unas fotos de algunos sicarios que creemos que Parker podría haber contratado para que le hagan el trabajo sucio. – Me entrega uno de los dosieres con las fichas policiales de cientos de criminales y añade: – Quiero que le echéis un vistazo y tratéis de recordar si habéis visto a alguno de esos hombres últimamente. Por norma general, estos tipos suelen estudiar los movimientos de su objetivo personalmente.

Empiezo a ojear las fotos de los criminales del dossier y me sorprendo al encontrar una cara conocida. La cara del tipo que hace un par de horas me ha entrado en el bar. Le paso el dossier a Berta y le señalo la foto del tipo, ella la observa y dice asombrada:

–  ¡Es el bombón que estaba contigo en el bar! – Todos me miran sorprendidos y Berta se afana en aclarar. – Lo que quiero decir es que ese tipo se ha acercado a Cat esta noche en el bar, justo antes de que vosotros aparecierais.

–  ¿Te dijo algo? – Me pregunta John con el ceño fruncido y mirándome molesto.

–  Sí, me preguntó por qué estaba sola, le dije que estaba acompañada y se fue por donde vino. – Le contesto encogiéndome de hombros. – No me pareció peligroso, ni siquiera pensé en él como una amenaza, la verdad…

–  Ni se te ocurra salir de la casa, Cat. – Me ordena John mirándome con gesto serio. Abro la boca para protestar pero John, señalándome con el dedo índice con amenaza, me interrumpe antes de que logre pronunciar palabra: – No me hagas esposarte.

Levanto las manos en señal de inocencia y cierro la boca. Cuando John se pone tan rotundo es mejor dejar que se tranquilice solo, hablar con él es discutir y no sirve de nada.

–  De acuerdo. – Respondo resignada.

–  ¿De acuerdo? – Preguntan atónitos mis padres, los padres de Elliot, Elliot y Berta.

–  Sí, de acuerdo. – Les repito molesta. – No quiero que me maten y mucho menos que os maten a vosotros por mi culpa, así que estoy de acuerdo.

–  Chico, no sé cómo lo habrás hecho, pero has conseguido hacer cambiar de opinión a Cat y que no diga la última palabra. – Bromea mi padre.

–  Siento decepcionarte, pero no he tenido nada que ver con el cambio de opinión de Cat, yo también estoy sorprendido. – Le dice John a mi padre sin dejar de mirarme extrañado. – Cat, quiero que me expliques cómo viste a ese tipo qué te dijo exactamente.

–  Ya te lo he dicho. – Respondo malhumorada. – Berta fue a pedir las copas y yo busqué una mesa libre y me senté. Ese tipo se me acercó y me preguntó qué hacia una chica tan sola allí y le dije que no estaba sola, él asintió y se marchó. Luego llegó Berta y dos segundos después llegasteis vosotros.

–  ¿Nada más? – Insiste John.

–  Nada más. – Sentencio molesta.

Seguimos viendo fotografías, pero el único que recordamos haber visto es al tipo del pub. Agotados y muertos de sueño, nos retiramos a nuestras habitaciones, excepto Elliot y John, que se reúnen con sus agentes y comprueban que se hayan instalado en la casa de invitados.

A la mañana siguiente, me levanto y me doy una ducha antes de bajar a desayunar a la cocina. Extrañada, miro el reloj y me sorprendo al descubrir que es más de mediodía y nadie ha venido a despertarme.

–  Buenos días, cielo. – Me saluda mi madre al verme entrar en la cocina. – ¿Has dormido bien?

–  Buenos días, mamá. – Le respondo dándole un beso en la mejilla. – He dormido, que ya es más de lo que esperaba. ¿Dónde está todo el mundo?

–  Elliot, Philip y Bárbara han ido a su casa a por algo de ropa acompañados de varios agentes, tu padre y John están en el despacho y Berta está abajo en el gimnasio, decía que si no hacía un poco de ejercicio se subiría por las paredes.

–  ¿De qué hablan papá y John para tener que encerrarse en el despacho? – Pregunto con la mosca detrás de la oreja y, cuando veo el gesto contrariado de mi madre, insisto: – ¿Qué está ocurriendo, mamá?

–  Tu padre ha recibido una llamada de teléfono, no sé de quién, y se ha puesto nervioso. Le he preguntado qué pasaba justo cuando ha aparecido John y los dos se han encerrado en el despacho. – Me responde mi madre preocupada. – No estoy segura, pero creo que quien ha llamado podría ser Ben y ya sabes cómo se pone tu padre con tan solo oír hablar de él.

–  ¿Ben? – Pregunto confundida.

Ben es mi ex novio. Por supuesto, mi padre lo odia. Es el chico malo de padres ricos de Westcoast, un niño grande cuyo único objetivo en la vida es divertirse y poco más, pero que conmigo siempre se ha portado como un auténtico caballero. Mi relación con él acabó hace poco más de dos años, cuando yo decidí aceptar la oferta de trabajo que me llevó a Sunset, pero hemos mantenido una relación de amistad desde entonces y, siempre que he venido a Westcoast de visita nos hemos visto, ya me entendéis.

Tras beberme un vaso de zumo de melocotón, le digo a mi madre:

–  Voy a ver qué pasa. – Salgo de la cocina y me dirijo al despacho de mi padre donde él y John hablan prácticamente en susurros. Llamo a la puerta del despacho y pregunto al mismo tiempo que la abro: – ¿Se puede?

Ambos me miran, intercambian una indescifrable mirada entre ellos y finalmente mi padre asiente con la cabeza y me hace un gesto con la mano para que me siente en la silla libre, al lado de John y frente a él. Busco la mirada de John, pero la esquiva. Parece tenso y, cómo ya es habitual en él, está con su cara de pocos amigos.

–  ¿Ocurre algo? – Le pregunto a mi padre preocupada.

–  Ha llamado Ben. – Me responde mi padre.

–  ¿Y cuál es el problema? – Pregunto sin entender a qué vienen las caras de ambos.

–  Ben siempre es el problema. – Puntualiza mi padre.

–  Papá. – Le advierto sin ganas de discutir. – ¿Qué quería Ben?

–  Pues no lo sé, no ha querido decírmelo. – Me contesta mi padre enfadado. – Dice que solo hablará contigo y que no piensa hacerlo por teléfono.

–  Yo me encargo de Ben. – Le respondo levantándome de la silla.

–  Cat, antes de que invites a tu amigo a venir, asegúrate de que realmente confías en él. – Me advierte John con una mirada fría. – Todo el mundo tiene un precio y el que Parker pagará por ti te aseguro que es muy elevado.

–  Yo me encargo de Ben. – Sentencio antes de salir del despacho. Subo a mi habitación y enciendo mi teléfono para llamar a Ben, a quién le digo nada más descolgar: – Espero que sea importante, me temo que esta llamada me va a traer más de un problema.

–  Me alegro de oírte, nena. – Me responde Ben. – Joder Cat, ¡en menudo lío andas metida! Necesito hablar contigo de algo, pero no puedo hacerlo por teléfono. ¿Podemos vernos?

–  Es imposible que me dejen salir de aquí y más imposible aún que pueda escaparme sin ser descubierta, ¿qué es lo que quieres, Ben?

–  Ayudarte, pero no me fío de esos agentes que te custodian ni de nadie. – Me contesta Ben preocupado. – Tú tampoco deberías fiarte de nadie, Cat.

–  Sabes algo. – Afirmo. – Ven a casa de mis padres, yo me encargo de que te dejen entrar y de que nos dejen hablar a solas. Pero más te vale que sea algo importante y relevante, de lo contrario nos matarán a los dos y yo te odiaré por meterme en más líos de los que ya tengo, que no son pocos.

–  Estaré allí en media hora. – Me responde y añade antes de colgar: – Se trata de algo relevante y muy importante para tu seguridad, pero tampoco te voy a negar que la idea de volver a verte me vuelve loco.

Como era de esperar, a mi padre no le hace ninguna gracia recibir la visita de Ben, pero a John tampoco parece gustarle en absoluto, aunque no me dice nada y simplemente se limita a mirarme furioso, cosa de la que ya estoy acostumbrada.

No me llames gatita 12.

No me llames gatita

Justo en el mismo momento en el que le estoy sacando la lengua a Berta, aparecen John y Elliot y me ven, pero me pongo seria al instante y el mal humor regresa a mí.

–  ¿Habéis recogido vuestras cosas? – Nos pregunta Elliot.

–  Sí, ya está todo. – Respondo cerrando mi maleta.

Por el rabillo del ojo veo como John le hace un gesto a Elliot y éste sale de la casa de invitados con Berta, dejándonos a John y a mí a solas.

–  Cat, ¿podemos hablar un momento? – Me pregunta con el tono de voz suave.

–  ¿Acaso me has dejado otra opción? – Le contesto molesta.

–  Tú tampoco me has dejado otra opción. – Me reprocha. Se acerca a mí despacio y susurra: – Gatita, dime qué te pasa, qué he hecho para que estés tan enfadada conmigo.

–  No me llames gatita. – Le espeto molesta.

–  Dime por qué. – Insiste John. – El martes me fui del apartamento de Elliot y no estabas enfadada conmigo, pero el miércoles te fuiste sin decirme nada y no he podido ni hablar contigo y, cuando hace un rato nos hemos vuelto a ver, te encuentro furiosa conmigo. Es imposible que haya hecho nada que te haya molestado, Cat.

–  ¿Quieres saber por qué? – Le espeto furiosa. – Pues piensa qué has podido hacer en ese intervalo de tiempo que me haya podido molestar y tendrás la respuesta.

–  Gatita… – Me susurra John agarrándome de los brazos y acorralándome contra la pared y su cuerpo, haciendo que pierda la razón. – Estamos como al principio, viviremos juntos te guste o no. Puedes poner de tu parte o ponérmelo difícil, pero seguiré estando aquí. – Me mira a los ojos y añade: –  ¿Vas a contarme por qué estás enfadada?

Respiro profundamente y le respondo:

–  Te vi en el centro comercial y…

–  Gatita…

–  No. – Le interrumpo. – No soy de esa clase de persona, John. Yo no me acuesto con los novios, maridos ni padres de nadie, ¡joder!

–  ¿Qué? – Me dice John echándose a reír a carcajadas. – Gatita, eres adorable. – Intenta besarme pero me aparto y le pongo la mejilla. – Supongo que me viste con Rachel y Jake, mi hermana y mi sobrino. La noche anterior fui a cenar a casa de mis padres y me quedé a dormir allí. Al día siguiente llevé a mi hermana al centro comercial, el primer cumpleaños de Jake es dentro de poco y quería comprarle un regalo. ¿No crees que si fueran mi mujer o mi hijo viviría con ellos? Has estado en mi apartamento, Cat.

–  Tu hermana y tu sobrino. – Repito tratando de asimilarlo. – Me alegra saber que no soy una rompe hogares.

–  Yo nunca haría algo así. – Me responde defendiéndose. – Y te aseguro que no me gustó en absoluto enterarme de que te habías largado sin decirme nada.

–  Lo siento, no sabía que tenía que mantenerte informado de a dónde iba. – Le contesto con sarcasmo.

–  Gatita, necesito una tregua.

–  No me llames gatita. – Le replico furiosa.

–  De acuerdo. Cat, necesito una tregua. – Me dice John molesto. – ¿Podemos comportarnos como dos adultos mientras que estemos aquí y dejar las discusiones para cuando Parker esté detenido?

–  Me parece sensato. – Le respondo encogiéndome de hombros. – Te prometo que lo intentaré, pero no puedo prometerte que lo vaya a conseguir.

–  Lo mismo digo, gatita. – Me responde sonriendo burlonamente.

–  No me llames gatita. – Le espeto furiosa y John se echa a reír.

Coge mi maleta con una mano y coloca su mano libre sobre mi espalda para acompañarme hasta la casa principal, dónde todos se deben estar preguntando dónde nos hemos metido.

Entramos en el salón y todos se vuelven a mirarnos para comprobar que la sangre no ha llegado al río mientras John sonríe satisfecho y yo pongo mi cara de pocos amigos, que últimamente me acompaña a todas partes. Mi padre me mira con el ceño fruncido y me dice:

–  Catherine, hemos decidido que los agentes descansen por turnos en la casa de invitados, es bastante amplia y allí estarán cómodos. Mira a John y añade: – Nos quedan dos habitaciones libres aquí, tú y Elliot os quedaréis con nosotros.

–  Gracias por su amabilidad, pero no es necesario George. – Le agradece John con sorprendente familiaridad.

–  Puede que no sea necesario, pero nosotros nos sentiremos más seguros si Elliot y tú estáis aquí. – Le dice mi madre a John. – Cat te acompañará a tu habitación y no se hable más.

John me mira sin saber qué hacer, el pobre está contra la espada y la pared. Decido sacarle del apuro igual que él ha hecho antes conmigo y porque se supone que hemos pactado una tregua:

–  Sígueme, te acompaño a tu habitación.

John me mira sorprendido, lo último que esperaba es que yo me lo tomara tan bien y no entiendo por qué. ¿Acaso esperaba que montara en cólera? Él también me ofreció su casa mientras me protegía de los sicarios de Parker, no sé por qué se sorprende tanto.

Subo las escaleras, seguida muy de cerca por John y me paro frente a la habitación de invitados que hay justo al lado de la mía.

–  Aquí está, tienes cuarto de baño en la habitación y, si necesitas algo, solo tienes que pedirlo. – Le respondo lo más amablemente que puedo pero sin ningún entusiasmo.

–  Necesito saber dónde está tu habitación. – Me responde y, al ver que le miro sorprendida por sus palabras, se afana en aclarar: – Tengo que dejarte la maleta en tu habitación, ¿no?

–  Sí, claro. – Le contesto ruborizada. – Es la habitación contigua.

John me sonríe pícaramente y camina un par de pasos hasta llegar a la puerta de mi habitación y entra en ella para dejar la maleta. Le sigo y le veo observando con atención todas las puertas y ventanas.

–  ¿Ocurre algo? – Le pregunto preocupada.

–  ¿A dónde dan esas puertas? – Me pregunta frunciendo el entrecejo.

–  Al cuarto de baño y al vestidor. – Le respondo sin comprender.

–  ¿Se puede entrar al baño o al vestidor desde otro sitio que no sea tu habitación?

–  No, solo desde mi habitación. – Le respondo. – No pienso escaparme, si es eso lo que estás pensando. ¿Te lo ha contado Elliot?

–  Me recomendó que me leyera el expediente Tanco y le hice caso. – Me responde encogiéndose de hombros. – No logro entender cómo pudiste escapar de una comisaría llena de agentes cuya única misión era no perderte de vista.

–  Tu ejército entero no ha podido retenerme, ¿qué te hace pensar que tú solo podrías conseguirlo? – Le pregunto divertida.

–  Gatita, soy capaz de ponerte unas esposas y atarte a mi muñeca para no perderte de vista, pero eso supondría tener que pasar las veinticuatro horas del día juntos y echaría por tierra nuestra tregua. – Me susurra al oído con la voz ronca.

–  Deja de llamarme gatita. – Protesto molesta y aprovecho para separarme de John y poder pensar con claridad. – ¿Es que no te tomas la tregua en serio?

Inesperadamente, John me agarra de la cintura, me estrecha contra su cuerpo y me besa apasionadamente en los labios mientras yo me dejo arrastrar por ese beso que me hace perder la razón. Pero, apenas quince segundos después, oímos a alguien carraspear a nuestro lado y nos separamos bruscamente, notablemente excitados y avergonzados:

–  Ejem, ejem. – Finge toser Elliot. – Me envían a comprobar que no os estéis matando, ¿qué se supone que les debo decir para justificar vuestra demora? – Nos pregunta divirtiéndose a nuestra costa.

–  Diles que bajamos en un minuto y, por favor, sé discreto. – Le dice John a Elliot.

–  Por supuesto. – Responde Elliot con sorna. Se vuelve hacia a mí y añade: – Cat, me debes una cena.

–  No vuelvo a apostar contigo. – Le respondo malhumorada por perder la apuesta.

–  ¿Debo preguntar qué habéis apostado? – Nos pregunta John.

–  No quieres saberlo, créeme. – Le respondo mirándole con cara de no haber roto un plato en mi vida.

–  Elliot, déjanos a solas. – Le ordena John. – Cat y yo bajaremos en un minuto.

Elliot me guiña un ojo antes de marcharse sonriendo y John cierra la puerta y me mira furioso. Oh, oh. Al capitán Stuart no le ha gustado saber que apuesto.

–  Gatita, quiero saberlo. – Me susurra atrayéndome hacia a él. – ¿Qué apostaste?

–  Que lo que acaba de ver no pasaría. – Le respondo incómoda.

–  ¿Por eso huiste de mí? ¿Para que esto no pasara?

–  No lo sé, John. – Le respondo agotada. – No sé por qué hago lo que hago. Desde que te conozco mi vida es muy complicada y no sé si he perdido la razón y la verdad es que no me lo pones fácil.

–  Lo sé, gatita. Pero no puedo resistirlo. – Me dice John besándome de nuevo. – Cuando todo esto acabe, tú y yo tendremos una larga conversación. – Me besa en la frente, me sonríe y añade de buen humor: – Voy a darme una ducha de agua fría antes de bajar, ¿te importa adelantarte sin mí?

–  La ducha de agua fría es una solución temporal, pero para nada efectiva a largo plazo. – Le contesto sonriendo burlonamente.

–  Gatita, no me provoques que no respondo. – Me susurra dándome un pequeño azote en el trasero bromeando para después advertirme muy serio: – No te escapes o tendré que azotarte de verdad.

–  Puede que tenga que escaparme para poder recibir el castigo. – Le susurro con picardía antes de salir de la habitación.

John sale de la habitación detrás de mí y me alcanza para susurrarme al oído antes de desaparecer para entrar en su habitación:

–  Cuando regresemos a Sunset, te azotaré, gatita. – Me da una palmada en el trasero y añade: – Me muero de ganas por hacerlo.

Riendo como una loca, bajo las escaleras y entro en el salón, donde mis padres, los padres de Elliot, Elliot y Berta charlan alegremente y me uno a ellos.

 

No me llames gatita.

No me llames gatita

Catherine Queen es una abogada a la que le encanta su trabajo. Una noche al llegar a casa, es asaltada por dos hombres enmascarados a los que consigue reducir, pero cuando una patrulla de policía acude en su ayuda y ella les deja entrar en casa, descubre que esos dos tipos no son agentes y que tampoco están allí para ayudarla.

Consigue escapar y decide ir a casa de su amigo Elliot, la única persona en la que confía y a la que puede recurrir. Cuando llega al apartamento de Elliot, intuye que algo no va bien. Se encuentra con el Capitán John Stuart, el superior de Elliot. John se hace con la investigación del caso Parker, el caso en el que trabaja Cat.

El Capitán Stuart ordena mantener a Cat en una casa franco y decide formar parte del equipo de seguridad para encargarse personalmente de la seguridad de Cat. Entre ellos la tensión es más que palpable, ambos tienen mucho carácter y la convivencia en la casa franco es de lo más tensa.

Allí, todos los sentimientos se magnifican. Cat tendrá que descubrir qué siente por John y si él siente lo mismo o si, simplemente, trata de pasar un buen rato mientras cumple con sus obligaciones laborales de protección.

Si quieres leer más sobre esta historia, aquí tienes todos los capítulos:

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 7

CAPÍTULO 8

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 11

CAPÍTULO 12

CAPÍTULO 13

CAPÍTULO 14

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 16

CAPÍTULO 17

CAPÍTULO 18

No me llames gatita 11.

No me llames gatita

El sábado por la noche, tres días después de nuestra llegada a Westcoast, Berta y yo decidimos salir a tomar un par de copas.

He tenido el móvil apagado desde que llegué a Westcoast y decido encenderlo para echarle un rápido vistazo mientras Berta va a la barra del bar a pedir un par de copas al camarero. Veintitrés llamadas perdidas de Elliot, seis de John y nueve de Max Bomer, el fiscal del caso Parker. Varias llamadas perdidas de compañeros de los juzgados y alguna que otra desde algún número conocido. Veo los mensajes y solo hay uno que me interesa, un nuevo mensaje de John:

“Cat, necesito hablar contigo. Llámame cuando leas éste mensaje. Es importante.”

Reviso la fecha y hora de todas las llamadas y descubro que la mayoría de llamadas de Elliot y John son de hoy, de hace una hora más o menos para ser más exactos. Decido apagar el móvil y no decirle nada a Berta, probablemente me obligaría a llamar a John y a Elliot y no me apetece en absoluto.

Un tipo se acerca a la mesa donde estoy sentada y me dice con una sonrisa impecable:

–  No puedo creer que una señorita tan encantadora como usted esté sola en un sitio como este.

–  Gracias, pero no estoy sola. – Le respondo con una educada sonrisa.

El tipo asiente entendiendo lo que quiero decir y se marcha por donde ha venido. Lo último que me falta esta noche es aguantar las insinuaciones de completos extraños.

–  No me lo puedo creer, ese bombón se te ha acercado y tú le has despachado sin siquiera mirarle y, por si no te has dado cuenta, está como un tren. – Me dice Berta sentándose a mi lado mientras deja las copas sobre la mesa. – ¿No estás de humor para ligar? Y te lo pregunto porque estoy viendo en este momento como Elliot y un tío que está con él vienen hacia aquí con cara de pocos amigos.

–  ¿Se puede saber por qué cojones no has cogido el puñetero teléfono? – Me espeta John agarrándome del brazo con fuerza.

–  Déjame, ¿se puede saber qué te pasa? – Le espeto deshaciéndome de su agarre.

–  Parker se ha escapado. – Musita John furioso. Me agarra de nuevo del brazo y les dice a Elliot y Berta antes de sacarme a rastras del local: – Vámonos de aquí, este no es un lugar seguro.

Salimos a la calle y veo un despliegue de agentes de las fuerzas de seguridad custodiando la zona. ¿Tan grave es la situación? Pero prefiero no preguntar, no es un buen momento.

–  Yo iré con Cat en su coche, tú ve con la señorita Fox en el tuyo. – Le dice John a Elliot. Se vuelve hacia nosotras y añade: – Los agentes nos escoltarán hasta llegar a casa de los Queen y los Burns, donde por el momento permaneceremos hasta que capturen a Parker.

–  ¿Qué estás haciendo aquí? – Le pregunto a John de sopetón.

–  Mi trabajo. – Me contesta furioso.

–  Claro, cómo no. – Murmuro entre dientes al mismo tiempo que camino los escasos cinco metros que hay hasta llegar a mi coche y me subo en el asiento del conductor.

John abre la boca para decir algo, pero finalmente decide cerrarla y subirse en el asiento del copiloto, eso sí, con su cara de pocos amigos.

Conduzco en silencio durante los escasos cinco minutos que tardamos en llegar a casa de mi padres, que ya está plagada de agentes de las fuerzas de seguridad. Aparco en la cochera y mis padres salen a recibirnos con una sonrisa en los labios.

–  ¿Os alegra que Parker se haya escapado? – Les pregunto molesta por saber cuál es el verdadero motivo de que ambos sonrían.

–  Catherine. – Me regaña mi padre. Acto seguido, se vuelve hacia a John y, sin borrar su sonrisa del rostro, le dice: – John, me alegro de tenerte por aquí, pero hubiera preferido que hubieras venido por placer y no por trabajo. – Le estrecha la mano con firmeza y añade abrazando a mi madre: – Ésta es Amelia, mi preciosa esposa y la madre de Cat.

–  Encantado de conocerla, señora Queen. – La saluda John estrechándole la mano con menos fuerza.

–  Lo mismo digo John y llámame Amelia, por favor.

No sé si reírme o llorar. Mis padres están encantados con John y ni siquiera le conocen. Esto es lo más surrealista que me ha pasado en la vida, no tiene ni pies ni cabeza, pero estoy demasiado nerviosa, enfadada y abatida que ni siquiera quiero protestar. ¿Qué más da? Igualmente no servirá de nada. En lugar de enfadarme más de lo que estoy, decido ir a la cocina y servirme una copa, quizás si me bebo un par incluso logre olvidar un rato lo que está pasando.

–  Cat, ¿por qué no le ofreces a John una copa o algo de beber? – Me sugiere mi madre al ver que me dirijo a la cocina. Se vuelve hacia John y le dice: – John, acompáñala y siéntete como en tu propia casa.

–  Gracias, Amelia. – Le responde John con una encantadora sonrisa.

John me sigue hasta la cocina en silencio y, cuando abro la nevera, le pregunto con indiferencia:

–  ¿Qué quieres beber?

–  Nada. – Me responde con la voz de hielo. Le miro a los ojos y entre nosotros la tensión aumenta, y no solamente la sexual. – ¿Vas a contarme qué cojones te pasa?

–  Nada. – Le respondo con la misa frialdad.

Me sirvo mi copa y me bebo la mitad de un solo trago bajo la atenta mirada de John, que ha pasado de mirarme con frialdad a mirarme con frialdad y reproche. Por suerte, Elliot y Berta entran en la cocina, seguidos de mis padres y los padres de Elliot. Tras hacer las presentaciones oportunas, John toma las riendas de la situación y empieza a hablar muy profesionalmente. Faltaría más, ya me ha dejado muy claro que está aquí por trabajo.

–  Cómo ya todos sabéis, Alan Parker estaba en prisión preventiva y se ha fugado. Creemos que estará tratando de salir del país pero es posible que, mientras lo consigue, dé órdenes a sus sicarios para que terminen de hacer el trabajo para el que les contrató. – Dice John sin mirarme ni una sola vez.

–  ¿Qué tratas de decirnos? – Le pregunta mi madre preocupada. – ¿Crees que van a venir a por Cat?

–  Es una posibilidad. – Le contesta John contrayendo el gesto. – Pero también pueden tratar de llegar hasta a ella utilizándoos a vosotros, por eso estamos aquí. Si todos permanecéis en una sola casa no tendremos que dividir a nuestros agentes y, por lo tanto, tendremos el doble de seguridad. – Se vuelve hacia mis padres y los de Elliot y añade: – Elliot me ha dicho que son prácticamente cómo de la misma familia, ¿habría algún inconveniente en que se instalaran juntos?

–  Ninguno. – Contestan los cuatro a la vez con una sonrisa en los labios.

–  Perfecto entonces. – Sentencia John.

–  Y vosotras dos os trasladáis a la casa principal. – Nos advierte Elliot. Me desafía con la mirada y finalmente dice: – Ya hablaremos tú y yo más tarde.

–  ¿Vas a aprovechar que tienes delante a un juez para juzgarme? – Le replico molesta.

–  Soy policía, no necesito a un juez para juzgarte. – Me responde Elliot.

–  Catherine, ¿qué te ocurre? – Me pregunta mi padre alertado por mi malhumor.

–  No le ocurre nada, es así. – Musita John lo suficientemente bajo para que tan solo Elliot y yo lo oigamos.

–  Vete a la mierda. – Le digo a John alto y claro para que todos lo oigan.

–  ¡Catherine! – Me regañan mis padres al unísono.

–  Genial, si Parker no aparece pronto, yo misma acabaré con mi vida. – Les respondo con sarcasmo mientras me sirvo otra copa.

Todos me miran sorprendidos y preocupados, pero ninguno sabe qué decir. Preferiría estar en cualquier otra parte antes que estar aquí, con todos adorando a John y tachándome como a la mala de la película o, mejor dicho, la bruja mala de la película.

–  Cat está un poco nerviosa, deberíamos dejar de agobiarla. – Dice John echándome una mano.

–  Iremos a recoger nuestras cosas de la casa de invitados, así pensará en otra cosa. – Dice Berta dispuesta a sacarme de allí.

–  Buena idea, pero me llevo la botella. – Le respondo antes de dar media vuelta con la botella en una mano y la copa en la otra para dirigirme a la casa de invitados. Una vez atravesamos la puerta principal de la casa, le digo a Berta: – Gracias, no sabes cuánto necesitaba salir de allí.

–  De nada, para eso están las amigas. – Me contesta abrazándome. Entramos en la casa de invitados y continuamos hablando mientras recogemos nuestras cosas y hacemos el equipaje: – Pero vas a tener que empezar a controlar tu ira si no quieres que te encierren en un psiquiátrico. ¿Cómo se te ocurre mandar a la mierda a John delante de todos? Por cierto, no te ha quitado el ojo de encima en ningún momento y ha tratado de salvarte el culo cuando tú misma te has puesto la soga al cuello.

–  ¿Ahora tú también estás de su parte? – Le pregunto arqueando una ceja.

–  No, yo siempre estaré de tu parte, Cat. – Me contesta. – Pero John no tiene que estar al otro lado, él también está de tu parte, está aquí para salvarte la vida.

–  Está haciendo su trabajo, no lo hace por mí. – Le contesto.

–  Hazte un favor y, la próxima vez que le veas, observa cómo te mira. – Me sugiere Berta. – Después seguimos hablando y me cuentas si sigues pensando lo mismo.

–  Lo haré. – Le respondo sacando la lengua como una niña pequeña.

No me llames gatita 10.

No me llames gatita

Al día siguiente decido ir de compras al centro comercial con Berta, una compañera de trabajo del juzgado y mi única amiga de verdad en Sunset. Berta también es abogada y nos conocimos hace un par de años, cuando regresé a Sunset. Ella y Elliot se gustaron desde la primera vez que se vieron y siempre que Berta ha venido de copas con nosotros al Club han estado coqueteando constantemente, pero siempre de una manera muy sana y ninguno de los dos se ha decidido a dar el paso para que ese coqueteo se convirtiera en algo más. Al principio creía que era por el hecho de que yo viviera con Elliot, pues Berta siempre me decía que si algo salía mal con Elliot ella ya no podría venir a verme a casa, pero hace ya más de un año que no vivo con Elliot, ellos se han visto algunas veces desde entonces y siguen igual, coqueteando sanamente sin llegar a nada más. Personalmente, creo que están hechos el uno para el otro, pero son ellos quienes deben dar el paso y no yo.

Berta y yo estamos desayunando sentadas en la terraza de una de las cafeterías del centro comercial cuando veo pasar a John, agarrando de la cintura a una morena exótica que sonríe mostrando su perfecta dentadura y llevando a un bebé de un año en su brazo izquierdo. John pasa a escasos metros de mí sin percatarse de mi presencia y le oigo decir a la morena:

–  Es demasiado pronto para decirlo, pero sé que nos saldrá bien, Rachel.

Así que esa es Rachel, a la que le prometió ir a cenar y con la que deduzco que ha pasado la noche ya que son las once de la mañana y sigue con ella. En cuanto al bebé, ¿será su hijo? Si tuviera un hijo Elliot lo sabría y me lo hubiera dicho, pero Elliot me dijo anoche que John no es de los que habla de su vida privada.

–  Cat, ¿estás bien? – Me pregunta Berta cuando se termina su café. – Estás muy callada desde hace un rato y estás poniéndote pálida.

–  Estoy bien, ¿vamos de compras? – Le respondo dando un salto de la silla para ponerme en pie, necesito caminar y que me dé el aire. – Quiero comprar un pijama calentito, de franela y de cuello alto a poder ser.

–  Vale, ya no aguanto más. – Me espeta Berta furiosa. – Vas a contarme lo que te pasa sí o sí.

Trato de resistirme pero no tengo ni ganas ni fuerzas para buscar excusas frente a Berta y me derrumbo echándome a llorar. Le explico todo lo que ha pasado con John y con quién lo acabo de ver y Berta trata de consolarme como puede.

–  Tengo una idea. – Me dice Berta cuando logra calmarme. – Nos vamos esta misma tarde a Westcoast a pasar unos días con tus padres y después nos vamos a la casa de la playa de mis padres, que está a una hora en coche de Westcoast.

–  ¿A la playa con este tiempo? – Le pregunto sonriendo por primera vez desde que he visto a John paseando con Rachel.

–  Es la mejor época del año si quieres ver a surfistas rubios y cachas semi desnudos en la playa, en verano las olas se calman y solo quedan abuelos y familias con niños. – Bromea Berta.

Por improvisado y descabellado que resulte, la idea de Berta me parece la mejor opción para alejarme de todo esto y de paso hacerle una visita a mis padres. Además, con el bajón que tengo, mejor tener a Berta a mi lado así al menos no me emborracharé sola.

Regreso al apartamento de Elliot y empiezo a recoger mis cosas mientras le cuento que me marcho a Westcoast esta misma tarde.

–  ¿A qué viene tanta prisa? – Me pregunta sorprendido.

–  Elliot lo siento, pero necesito salir de Sunset hoy mismo. – Le contesto.

–  ¿Ha pasado algo? No entiendo a qué viene tanta prisa.

–  No pasa nada, es solo que necesito alejarme de Sunset. – Le respondo para tranquilizarle. – Éstas últimas semanas han sido duras y complicadas, solo necesito desconectar y Berta es capaz de animar un entierro, así que no tienes de qué preocuparte.

–  Te estás comportando como una niñata, Cat. – Me reprende Elliot. – Si de verdad te gusta John no salgas huyendo como haces siempre, algún día tendrás que madurar.

–  Tú no tienes ni puta idea de nada, Elliot. – Le reprocho furiosa como nunca antes lo había estado con Elliot. – No te estoy pidiendo permiso, ni siquiera te he pedido opinión. – Le digo cogiendo mis maletas y añado enfadada: – Solo quería que lo supieras. Por cierto, tendré el móvil apagado, te llamaré cuando regrese.

Elliot le da un puñetazo a la pared y yo me marcho dando un portazo. Cargo el equipaje en el maletero del coche y me dirijo a casa de Berta para recogerla y poner rumbo a Westcoast.

Mientras ayudo a Berta a cargar su equipaje en el maletero, oigo un mensaje a mí móvil, que aún no me ha dado tiempo a apagar, antes tengo que llamar a mi madre para avisar que voy de camino con Berta.

Cuando vuelvo a sentarme en el asiento del conductor saco mi móvil del bolso y leo el mensaje, es de John.

“Gatita, no me puedo creer que te hayas ido sin despedirte de mí, ya hablaremos tú y yo cuando vuelvas a Sunset. Por cierto, no sé qué le habrás dicho a Elliot, pero está furioso contigo y conmigo. Llámame cuando vuelvas, tenemos una conversación pendiente.”

Le doy el teléfono a Berta para que lea el mensaje y, tras leerlo, me dice:

–  No sé Cat, quizás deberías hablar con él antes de sacar conclusiones. Puede que esa chica sea una amiga o alguien de su familia, no es justo que le juzgues sin estar segura de nada.

–  Lo pensaré, pero de momento necesito poner tierra de por medio. – Le respondo.

Arranco el coche y empiezo a conducir. Durante las casi tres horas que dura el trayecto hasta Westcoast, Berta y yo hablamos de todo excepto de John y Elliot.

Cuando llegamos a casa de mis padres, ya es casi la hora de cenar. Mi padre y mi madre salen a recibirnos y ambos me abrazan con cariño y acto seguido saludan a Berta, a quién ya conocen porque ha venido varias veces conmigo de visita.

–  Cada vez que os veo estáis más guapas, lástima que ninguna de las dos quiera sentar la cabeza, casarse y tener una familia. – Nos dice mi madre con su perorata de siempre.

Para mi madre, las personas solo pueden ser felices si se casan y forman una buena familia, da igual que sea hombre o mujer, no lo hace por discriminar al sexo femenino. De hecho, Elliot también tiene que soportar la misma perorata. Su madre y la mía se alían para tratar de convencernos para que nos casemos y les demos nietos, aunque por lo menos ya han dejado de intentar que Elliot y yo seamos pareja y han asumido que eso nunca pasará.

–  Señor, señora Queen, me alegro de verles de nuevo. – Les saluda Berta amablemente.

–  Por favor Berta, llámanos Amelia y George. – Le responde mi padre. Se vuelve hacia a mí y me dice tras besarme en la frente: – Os hemos preparado la casa de invitados, allí estaréis más cómodas. Por cierto, ha llamado Elliot, quería saber si habíais llegado y parecía algo preocupado, ¿va todo bien?

–  Sí, papá. – Miento.

–  Y, ¿qué tal con John? – Insiste mi padre.

–  No quiero hablar de eso, papá. – Le respondo.

–  ¿Has discutido con John? – Vuelve a preguntar mi padre.

–  No, no he discutido con John. – Le contesto molesta. – Y no quiero hablar más del tema, ¿de acuerdo?

Todos asienten con la cabeza y se miran entre sí. Nos acompañan a la casa de invitados y nos dejan a Berta y a mí a solas mientras nos instalamos antes de cenar.

La casa de invitamos tiene cuatro habitaciones, así que aquí las dos solas tendremos sitio de sobra, podremos entrar y salir sin que mis padres se despierten y podremos llegar borrachas y seguir bebiendo y riendo en el salón sin molestar a nadie.

Cenamos con mis padres en la casa principal y Bárbara y Philip Burns, los padres de Elliot, se acercan a tomar café y saludarnos. Como era de esperar, Bárbara deja caer sus insinuaciones sobre cuánto le gustaría que Berta llegara a ser su nuera y Berta, ya acostumbrada a las insinuaciones de Bárbara, bromea al respecto, tomándoselo muy bien.

Por suerte, nadie más en toda la noche vuelve a hablar de John y yo lo agradezco. Cada vez que alguien lo nombra o pienso en él, el corazón se me acelera y siento un dolor horrible en el pecho. Quizás Berta y Elliot tengan razón y debía haber hablado con John antes de sacar conclusiones  sin fundamentos. Pero, ¿qué le iba a preguntar? “John, te he visto en el centro comercial agarrado a una espectacular morena y con un bebé en brazos, ¿son tu mujer y tu hijo?” Al menos sé que no es su mujer, de lo contrario viviría con ella y no solo en el apartamento de al lado del apartamento de Elliot. Aun así, me enfurece pensar en John agarrando a esa tal Rachel por la cintura con tanta naturalidad. A los ojos de cualquiera, al ver esa imagen en el centro comercial, hubiera pensado que eran una familia perfecta.

Esa noche, nos vamos a dormir temprano, agotadas por el viaje. Cojo mi teléfono móvil y dudo en encenderlo o no, pero finalmente decido dejarlo apagado.