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Las reglas del juego 4.

Me quedé desmadejada sobre la cama mientras mi desconocido recorría con sus labios dejando un reguero de besos hasta llegar a mi boca. Me besó levemente en los labios y acarició mi cuello con la yema de los dedos, excitándome de nuevo.

—Aún no he acabado contigo, nena —me susurró al oído.

Desde luego que no había acabado conmigo, hizo que me corriera tres veces más antes de llenarme con su enorme erección y me acompañó al provocarme el cuarto orgasmo. La noche de sexo se alargó hasta el amanecer cuando, agotados por el cansancio, nos dejamos caer sobre la cama. Traté de recordar cuántas veces me había hecho alcanzar el clímax, pero perdí la cuenta después del séptimo.

Cuando nuestras respiraciones se normalizaron, me estrechó contra su cuerpo, me envolvió entre sus brazos y comentó divertido:

—Ha sido una gran noche, nena.

—No ha estado mal —logré decir haciendo un gran esfuerzo para que las palabras salieran de mi garganta.

— ¿No ha estado mal? Si no he contado mal, te has corrido doce veces —me replicó haciéndose el ofendido.

— ¿Has estado contando mis orgasmos? —Le pregunté sorprendida y también avergonzada.

—Sí, los he contado —me confirmó con orgullo y añadió con reproche—: Pero, según parece, doce no son suficientes para satisfacerte. Tendré que esmerarme más la próxima vez.

Me tensé al oír sus palabras, habría una próxima vez. Por ilógico que fuera, quería volver a ver a ese hombre, quería que ese desconocido me hiciera gritar de placer de nuevo.

—La habitación está pagada hasta mediodía, podemos quedarnos a descansar durante unas horas —me dijo acariciando mi cuello con la punta de su nariz. Me besó en la nuca y añadió susurrándome al oído—: Recuerda que me has dado tu palabra de que no saldrás huyendo de nuevo.

—Aunque quisiera, no creo que tuviera fuerzas.

—Entonces, cierra los ojos y duérmete, nena.

No quería dormir, quería seguir despierta y seguir hablando con él, pero el cansancio fue más fuerte que yo y me quedé dormida.

Me desperté al sentir las yemas de los dedos de mi desconocido recorriendo la curvatura de mi espalda desnuda. No abrí los ojos y fingí que seguía dormida, pero él adivinó que estaba despierta y, tras darme un leve beso en el cuello, me susurró al oído:

—Buenos días, nena.

—Mm…

—Me encantaría quedarme aquí contigo el resto del día, pero tengo que ir a trabajar —me dijo con fastidio—. ¿Tienes planes para esta noche?

—Depende, ¿quieres proponerme algún plan? —Le pregunté con curiosidad, abriendo los ojos y prestándole toda mi atención.

—Podré regresar sobre las ocho de la tarde y había pensado en continuar dónde lo dejamos antes de dormirnos.

— ¿Pretendes que me quede aquí todo el día esperándote?

—Puedes quedarte todo el día en la suite si es lo que quieres, pero yo me conformo con encontrarte aquí cuando regrese —me respondió con una sonrisa burlona. Me besó en los labios y añadió—: Pediré en recepción que te dejen una copia de la llave de la suite y, por supuesto, yo me encargo de pagar la cuenta.

—Eso no es justo, la pagamos a medias —protesté, no necesitaba ni quería que ningún hombre me pagara nada.

—Pago yo y no es discutible —sentenció—. Entonces, ¿te veo luego?

—Posiblemente —le dije para provocarle.

—Te recuerdo que nuestro trato no te permite desaparecer sin despedirte —me advirtió con gesto serio.

—Nos veremos luego —le aseguré.

Me dio un último beso en los labios antes de marcharse y sonreí como una idiota cuando la puerta se cerró. Aquel trato con un desconocido era una locura, pero era la locura más tentadora e irresistible que jamás había tenido.

Eran las diez de la mañana cuando entraba en el portal de mi edificio cargada con una bolsa de churros. Subí al ascensor y me detuve en la tercera planta. Llamé al timbre del 3º A y dos segundos después la puerta se abrió.

—Parece que alguien se lo pasó muy bien anoche —dedujo Tony tras mirarme de arriba abajo.

—Entra y cuéntanoslo todo, te estábamos esperando —me dijo Álex agarrándome del brazo y tirando de mí para llevarme a la cocina. Me senté en uno de los taburetes y, mientras Tony servía tres tazas de chocolate y abría la bolsa de los churros, Álex comenzó con el interrogatorio—: Empieza por el principio y no te dejes nada, queremos saber todos los detalles.

Mientras desayunábamos los churros con chocolate, les conté a Tony y Álex todo lo que había pasado desde que me fui del pub con mi desconocido, omitiendo los detalles más suculentos.

—Perdí la cuenta de las veces que me corrí, es un amante generoso y apasionado.

—Y misterioso —apuntó Tony.

—Me preocupa que ni siquiera te haya dicho su nombre —opinó Álex—. Además, que te haya dicho que la sillita rosa del coche es para llevar a su sobrina no significa que sea verdad.

—Pero quiere verla esta misma noche y pretende alargar el trato siempre que ambos estén dispuestos a aceptar las condiciones —señaló Tony.

—Chicos, no pretendo buscar un marido, tan solo quiero divertirme y él sabe muy bien cómo hacerlo —intervine—. Durará lo que tenga que durar, hasta que alguno de los dos se canse o no acepte las condiciones del otro.

—Me parece genial que quieras divertirte, pero me preocupa que la diversión se convierta en llanto si terminas enamorándote de él.

—Eso no va a pasar —les aseguré.

Ambos intercambiaron una mirada cómplice y supe que no me creyeron. Les fulminé con la mirada y abrí la boca para replicarles, pero Tony se me adelantó:

—No es que no te creamos, es que a veces esas cosas pasan. Además, tu desconocido está buenorro, te trata como a una princesa y es de lo mejorcito en la cama, ¿cómo es posible no enamorarse de alguien así?

—Si empiezo a sentir algo por él lo dejaré antes de que vaya a más —insistí rodando los ojos.

Ambos sabían que aquello no era tan fácil de hacer como de decir, pero se abstuvieran de comentar nada. Tras desayunar los churros con chocolate, me despedí de los chicos y subí a mi apartamento para darme una ducha y meterme en la cama, necesitaba dormir.

Las reglas del juego 3.

El trayecto en coche hasta el hotel se me hizo eterno pese a que apenas transcurrieron unos pocos minutos. Estaba nerviosa, casi tanto como si fuera mi primera vez. Le miré con disimulo mientras conducía, estaba concentrado en la carretera, con la vista al frente, y me pareció ver una pequeña sonrisa en la comisura de sus labios. Supuse que, aunque no había desviado la atención de la carretera, sabía que le estaba observando.

—Ya hemos llegado —anunció aparcando el coche en la puerta del hotel.

Dos empleados del hotel nos recibieron y, mientras uno cogía las llaves del coche que mi desconocido le entregaba, el otro me abrió la puerta y me tendió la mano para ayudarme a bajar. Un segundo después, el brazo de mi desconocido rodeaba mi cintura y me guio hacia el interior del hotel.

Bufé al ver a la misma recepcionista de la otra vez, la arpía que le tiraba los tejos a mi desconocido delante de mis narices. Para mi regocijo, mi desconocido le prestó la misma atención que la vez anterior: ninguna. Se acercó al mostrador pegándome a su cuerpo como si pretendiera impedir que me escapara y, con su voz de perdonavidas, le dijo a la arpía de la recepcionista:

—Queremos una habitación para una sola noche.

— ¿La misma suite de la otra noche le parece bien? —Le preguntó ella coqueteando, con pestañeo excesivo incluido.

—Nena, ¿te parece bien la misma suite? —Me preguntó mi desconocido, desconcertándome por completo, ¿acaso importaba? Asentí con un leve gesto de cabeza y añadió—: La misma suite estará bien.

No me cabía la menor duda de la intención de mi desconocido, tan solo pretendía quitarse de encima a la descarada recepcionista que no parecía aceptar un no por respuesta. Mientras yo fulminaba con la mirada a aquella arpía, él pagó con su tarjeta de crédito y cogió la llave de la habitación evitando rozar su mano con la de la recepcionista. Sonreí para mis adentros, mi desconocido solo tenía ojos para mí y había puesto a aquella descarada en su lugar.

En cuanto las puertas del ascensor se cerraron con nosotros dos dentro, la temperatura de mi cuerpo aumentó. Sentí la yema de sus dedos recorriendo mi espalda y la piel se me erizó. Era incapaz de comprender cómo era posible que lograra excitarme tanto solo con una simple caricia. Conseguía derretirme a mí, que me apodaban la reina de hielo.

—Estás preciosa con este vestido, es una lástima que no te vaya a durar mucho puesto.

Gemí. Estaba a punto de correrme allí mismo, solo por una caricia y unas cuantas palabras. Como si fuera capaz de leerme el pensamiento, introdujo una de sus manos entre mis piernas y, presionando y acariciando mi abultado y excitado clítoris, me susurró al oído:

—Córrete para mí, nena.

Otro gemido brotó de mi garganta, esta vez mucho más sonoro. Le miré a través del espejo del ascensor y le vi sonreír divertido. El ascensor se detuvo y su sonrisa traviesa me confirmó que lo había parado él.

—Regálame un orgasmo en el ascensor —me susurró excitado—. Quiero verte en el espejo derritiéndote y gimiendo entre mis brazos.

Aquellas palabras acompañadas por las acertadas caricias que recibía mi clítoris fueron suficientes para hacerme estallar de place. Gemí, grité, me convulsioné y finalmente me derretí entre los brazos de mi desconocido.

Me ayudó a adecentarme y, tras pulsar un botón del panel, el ascensor continuó subiendo hasta la planta de nuestra suite. Él me dedicó una sonrisa maliciosa y yo me ruboricé, pero me estrechó entre sus brazos y aproveché para esconder mi cara en su cuello. Las puertas del ascensor se abrieron y, para mi sorpresa, me cogió en brazos y me llevó a la puerta de la habitación como si fuésemos dos recién casados la noche de bodas.

— ¿Ser un galán de película clásica también forma parte de nuestro trato? —Bromeé dada la situación.

—Acabo de masturbarte y hacer que te corras en el ascensor de un hotel, ¿eso es ser un galán de película clásica? —Preguntó divertido.

—Mm… Esa parte ha sido una escena de película para mayores de trece años.

— ¿Para mayores de trece años? —Repitió enarcando las cejas. Abrió la puerta de nuestra suite y, tras darme una palmadita en el trasero, añadió—: Entra y enséñame cómo sería una escena para mayores de dieciocho años.

— ¿Es que ni siquiera vas a invitarme a una copa? —Le dije solo para provocarlo.

—Por supuesto, ¿dónde están mis modales de galán de película?

Entramos en la suite riéndonos, disfrutando de una complicidad inexplicable ya que apenas nos conocíamos. Me gustaba bromear con él y más aún que siguiera mis bromas con tanta naturalidad.

— ¿Qué te apetece tomar?

— ¿Qué vas a beber tú?

—No suelo beber alcohol y aún menos cuando tengo asuntos importantes entre manos que requieren de toda mi concentración —me respondió recorriendo mi cuerpo con la mirada.

— ¿Una Coca-Cola? —Le propuse.

—La cafeína te ayudará a mantenerte despierta, yo solo te necesito a ti para no dormirme —me contestó divertido—. Ponte cómoda, en seguida te traigo tu Coca-Cola. ¿La quieres con hielo?

—Sí, por favor.

Le observé marcharse hacia el mueble bar y yo me acomodé en el sofá. Pensé en desnudarme y sorprenderle cuando regresara con mi bebida, pero lo descarté cuando un segundo después apareció y se sentó junto a mí en el sofá.

Me entregó la Coca-Cola y, tras beber un largo trago, me preguntó:

— ¿Crees que podemos deshacernos ya de ese vestido?

Le sonreí a modo de respuesta, me puse de pie y, desabrochando el lazo al cuello que sostenía el vestido en su sitio, dejé que se deslizara por mi piel hasta caer a mis pies. Tan solo con un diminuto tanga y mis zapatos de tacón de aguja, di una vuelta sobre mí misma y, sacando a la descarada que llevo dentro, le pregunté:

— ¿Te gusta lo que ves?

—Me encanta, nena.

Un segundo después, sus manos recorrían cada centímetro de mi piel y sus labios dejaban un reguero de besos alrededor de mi cuello.

—Llevas demasiada ropa —susurré mientras comenzaba a desabrochar los botones de su camisa para quitársela y dejarla caer al suelo junto a mi vestido—. Sigues llevando demasiada ropa.

—Más tarde nos ocuparemos de eso, ahora quiero ocuparme de ti —sentenció atrapando mis manos para impedir que continuara desnudándole.

Sin dejar de acariciar mi cuerpo, me llevó a la enorme cama y me tumbó sobre ella. Traté de incorporarme para continuar con mi propósito de desnudarle, pero él me lo impidió de nuevo tumbándose sobre mí y besándome en la boca. Sus labios fueron descendiendo lentamente por mi cuello hasta llegar a mis pechos, donde se entretuvo lamiendo y mordisqueando los pezones hasta ponerlos duros. Continuó bajando, se detuvo en mi ombligo para besarlo y finalmente se hundió entre mis muslos. Me arqueé excitada en cuanto su lengua rozó mi abultado y húmedo clítoris, y gemí cuando me penetró con uno de sus dedos. Siguió masturbándome, penetrándome con sus dedos, lamiendo y atrapando mi clítoris con los dientes, volviéndome loca de placer. Estaba a punto de alcanzar el clímax cuando se paró de repente y gruñí a modo de protesta.

—Lo siento nena, pero antes de dejar que te corras, tengo que poner otra condición —me dijo con una sonrisa traviesa en los labios—. No puedes salir huyendo a hurtadillas mientras duermo, al menos despídete de mí.

—No estás jugando limpio —le reproché.

—Si no estás de acuerdo con mi condición, podemos romper el trato en este mismo momento.

—De acuerdo, no me marcharé sin avisarte —accedí sin pensármelo dos veces, solo quería que terminara lo que había empezado.

Y lo hizo. Hundió su rostro de nuevo entre mis muslos y sentí la calidez de su lengua presionando mi clítoris al mismo tiempo que sus dedos entraban y salían de mi vagina hasta que los espasmos del orgasmo comenzaron a sacudirme, cerré los ojos y me dejé llevar, estallé en mil pedazos en su boca.

 

Las reglas del juego 2.

Traté de abrirme paso entre la gente para regresar a la zona chill-out, donde Álex y Tony esperaban a que yo regresara del baño. Las piernas me temblaban y sentía las pulsaciones del corazón como si quisiera salir del pecho. Mi desconocido estaba allí y quería que pasara otra noche con él, manteniendo las mismas reglas. Había aparecido de la nada, me había lanzado su propuesta y me daba diez minutos para decidir si aceptar o no. Y la decisión no era fácil. Por un lado, podía hacerle caso a la rebelde que llevaba dentro que adoraba todo lo prohibido y misterioso, o podía comportarme como la adulta madura y responsable en la que pretendía convertirme y pensar con sensatez. Aquel hombre era un completo desconocido, un desconocido atractivo y muy bueno en la cama, pero no sabía nada más de él. Tampoco pude evitar pensar en aquella sillita rosa de su coche, no quería ser la causante de la ruptura de una familia. Pero la tentación de pasar la noche con él era demasiado apetitosa.

—Estábamos a punto de ir a buscarte, has tardado una eternidad —dijo Álex y añadió burlonamente—: ¿Es que te has perdido?

—Mejor aún, me he encontrado con mi desconocido —anuncié con una sonrisa traviesa en los labios.

— ¿Qué? ¡Cuéntanoslo todo! —Exclamó Tony.

—He salido del baño y allí estaba, apoyado en la pared con su cara de perdona vidas. Se ha acercado a mí, pegando su cuerpo al mío, y me ha susurrado al oído que si quería repetir otra noche con él, me esperaba en diez minutos en la puerta del pub —les resumí rápidamente.

—Y, ¿qué estás haciendo aquí perdiendo el tiempo con nosotros?

—Quiere mantener las mismas reglas y me da miedo que se convierta en mi adicción, me atrae demasiado para resistirme a él —les confesé.

—Tírate a la piscina, al menos ganarás una noche de buen sexo —opinó Álex.

—De buen sexo no, de sexo espectacular —maticé.

—Para no romper la tradición, te esperamos mañana por la mañana con el desayuno en nuestro apartamento —me recordó Tony guiñándome un ojo con complicidad.

—Venga, vete ya o tu desconocido se cansará de esperar —me instó Álex.

Me despedí de ellos con un efusivo y cariñoso abrazo y me dirigí a la puerta del pub, en busca de mi desconocido y con las expectativas de una gran noche de placer. Pero, cuando llegué a la puerta, no lo vi por ninguna parte y me entró el pánico. ¿Y si se había cansado de esperar y se había marchado pensando que no quería pasar la noche con él? ¿Había perdido la oportunidad de disfrutar de una segunda noche con él?

—Nena, pensaba que te habías echado atrás —escuché el susurro de su voz ronca en el oído y acto seguido sentí su cuerpo pegado al mío—. ¿Te parece bien si vamos al mismo hotel?

Asentí con un leve gesto de cabeza, incapaz de abrir la boca para pronunciar una simple palabra. Había conseguido excitarme solo con escuchar su voz y había podido comprobar que él también estaba excitado, su bulto en la entrepierna presionando contra mi trasero me lo confirmaba.

Me agarró de la mano y tiró de mí para llevarme hasta su coche, aparcado en la acera de enfrente. Abrió la puerta del lado del copiloto para ayudarme a subir al coche pero me quedé paralizada cuando vi la sillita rosa en los asientos traseros.

— ¿Ocurre algo? —Me preguntó cuándo me resistí a subir al coche.

—Tengo una condición antes de aceptar jugar a lo que sea que estemos haciendo —le respondí poniéndome seria—. Ya sé que dijimos que nada de preguntas, pero necesito saber algo antes de seguir con esto.

— ¿Qué quieres saber? No tengo ninguna enfermedad, si es eso lo que te preocupa. De todas formas, usar preservativo es una de las normas de este juego, si así quieres llamarlo.

—No es eso, es que he visto la sillita rosa de atrás y…

—Es de mi sobrina —me aclaró antes de que pudiera terminar la frase.

—Bien, lo último que quiero es meterme en medio de una familia —comenté aliviada—. No estás casado, ¿verdad?

—No, no estoy casado —me respondió como si aquella respuesta fuera obvia—. ¿Es que tú lo estás?

— ¡Pues claro que no! —Le repliqué ofendida.

—Ahora que ya hemos dejado claro que ninguno de los dos estamos casados ni tenemos ningún tipo de compromiso con otras personas, ¿quieres añadir algo más antes de subir al coche? —Preguntó tratando de disimular su impaciencia.

—Creo que deberíamos repasar las reglas —le dije solo para provocarle.

—Nada de nombres y nada de preguntas, ¿algo más?

—Supongo que podemos añadir el uso indispensable de preservativo.

—Si esto se va a repetir, deberíamos considerar la posibilidad de realizarnos una analítica para confirmar lo saludables que estamos y deshacernos del látex —susurró con la voz ronca mientras su mano se deslizaba bajo la falda de mi vestido para llegar al punto donde mis muslos se unían. Retiró a un lado la tela del tanga y acarició mi centro de placer, impregnando de humedad su dedo para penetrarme con él—. Me encantaría sentir mi polla dentro de ti sin látex de por medio.

Un gemido ahogado escapó de mi garganta, estaba tan excitada que ni siquiera me importó que aquel desconocido estuviera masturbándome en mitad de la calle.

—Será mejor que lo dejemos y sigamos en el hotel o no seré capaz de parar y terminaremos detenidos por escándalo público —murmuró con la voz ronca por la excitación.

Con las piernas todavía temblando, me senté en el lado del copiloto con su ayuda y, tras cerrar la puerta, él rodeó el vehículo y se sentó tras el volante. Arrancó el motor del coche pero, antes de incorporarse al tráfico, se abrochó el cinturón de seguridad e hizo lo mismo conmigo. Recordé que hizo lo mismo la otra noche y sonreí satisfecha al comprobar que se tomaba muy en serio la seguridad en la carretera.

 

Las reglas del juego 1.

Era viernes por la noche y, como todos los viernes, había quedado con Álex y Tony, mis vecinos del 3º A. Aquella pareja que había conocido por casualidad cinco años atrás, se había convertido en uno de los pilares más importantes de mi vida. Gracias a ellos había conseguido un trabajo que le encantaba y por el que me pagaban muy bien. La fotografía había sido siempre mi pasión y poder vivir de ello era un sueño hecho realidad.

Me miré en el espejo antes de salir del ático y bajar al apartamento de Álex y Tony. Estaba nerviosa, existía la posibilidad de volver a ver mi desconocido y me había asegurado de estar perfecta para la ocasión. Habían pasado dos semanas desde aquel tórrido encuentro, pero no me lo había podido quitar de la cabeza ni un solo día desde entonces. Sabía que aquella noche no se repetiría, habían hecho un trato: una noche de sexo, nada de nombres ni de preguntas.

— ¡Qué cara traes! —Me recibió Álex nada más abrir la puerta.

—Yo también me alegro de verte —le gruñí pasando por su lado para dirigirme al salón.

— ¡Alice, estás divina! —Exclamó Tony mirándome de arriba abajo—. ¿Debo suponer que esperas volver a encontrarte con tu desconocido?

— ¿No se supone que no ibais a volver a veros? —Preguntó Álex confundido.

—Sí, hicimos un trato de una sola noche; y no, no espero volver a verle —mentí.

—Quizás no esperes verlo, pero reconoce que lo deseas —comentó Tony con tono burlón y sonriendo de oreja a oreja—. Te has vestido para matar y eso solo significa una cosa: buscas sexo. Y, teniendo en cuenta lo exigente que te has vuelto con los hombres y que hace más de dos semanas que no mojas, imagino que el buenorro de tu desconocido sería un buen plan para esta noche.

— ¿No os habéis parado a pensar de dónde habrá salido? —Preguntó Álex mientras cogía de la nevera tres botellines de cerveza, uno para cada uno—. Llevamos años yendo todos los fines de semana al mismo pub y nunca lo habíamos visto, después lo ves dos fines de semana consecutivos y vuelve a desaparecer. Sinceramente, si no le hubiera visto con mis propios ojos, pensaría que te has inventado esa historia.

—No sabemos nada de él —opinó Tony.

—Quizás solo estaba de paso en la ciudad —comenté decepcionada.

—Y, si te lo encuentras en el pub, ¿qué piensas hacer? Se supone que tenéis un trato, nada de nombres, nada de preguntas y solo una noche de sexo —me recordó Álex.

— ¿Es que quieres amargarme la noche? —Le repliqué molesta por ser tan pesimista.

—No le hagas caso, está en modo gruñón porque una de nuestras clientas le ha insinuado que está un poco fondón —se mofó Tony.

Miré a Álex de arriba abajo, para nada estaba fondón. Era un hombre con un cuerpo normal, ni demasiado delgado ni musculado, pero para nada fondón.

—No les hagas caso, esas viejas arpías solo envidian tu juventud y tu vitalidad, ya les gustaría a ellas estar la mitad de bien de lo que estás tú —le aseguré.

—No cambies de tema, queremos saber más de tu desconocido —insistió Tony.

—Ya sabéis que no sé nada de él.

—Reina, has pasado una noche con él, algo habrás averiguado —Tony no se daba por vencido, era demasiado cotilla—. Te llevó en su coche al hotel, ¿qué coche tenía?

—No sé, uno de esos lujosos todoterrenos de color negro. Espera, recuerdo que había una sillita rosa en los asientos traseros, una de esas sillitas para llevar a los bebés.

— ¡No me jodas! ¿Casado y con hijos? —Exclamó Álex—. Puede que te hiciera pasar una noche estupenda, pero con un hombre casado…

—No llevaba alianza —puntualizó Tony.

—Que no la llevara no significa que no esté casado —opiné decepcionada.

—Buenos, pues si no es con él, tendremos que buscarte a otro —concluyó Tony—. La abstinencia no te sienta bien y ya sabes lo que dicen: a rey muerto, rey puesto.

Rodé los ojos, yo no era una de esas mujeres que podían irse con cualquier desconocido y pasar la noche con él. Sí, había una excepción, pero solo porque la atracción sexual que sentía por mi desconocido era imposible de controlar. Además, no quería sexo con cualquier hombre, quería sexo con él. Solo con él.

Tras bebernos un par de cervezas en el apartamento de Álex y Tony, nos dirigimos al pub. Como de costumbre, llegábamos temprano y había poca gente, así que ni me molesté en buscar a mi desconocido, no esperaba encontrarlo. Nos acomodamos en uno de los sofás de la zona chill-out del local y pedimos que nos sirvieran unas copas.

No hablamos de nuevo de mi desconocido, se estaba empezando a convertir en un tema tabú y, tanto Tony como Álex, desviaron la conversación con temas de trabajo.

Una hora y tres copas más tarde, me levanté del sofá para ir al baño. En cuanto me puse en pie, fui consciente de lo achispada que estaba.

—Chica, cambia esa cara de mal follada que tienes —me reprochó Álex.

—Eso es lo que le hace falta, un buen polvo —constató Tony—. Sonríe, busca un tío buenorro que esté fuerte y deja que te empotre contra la pared, ya verás cómo te cambia la cara.

—No quiero que me empotre un tío buenorro, quiero que me empotre el buenorro de mi desconocido —protesté haciendo un mohín.

—Para tratarse de un trato de una noche de sexo, no lo tienes muy asumido —se mofó Álex.

Le saqué la lengua a modo de respuesta, no tenía una excusa para darle. Di media vuelta y crucé la pista de baile, abriéndome paso entre la gente que bailaba, y caminé hacia el pasillo del fondo, donde se encontraba el lavabo. Me sentía un poco acalorada, así que me refresqué la nuca con agua y me retoqué el maquillaje. Me miré al espejo y suspiré con resignación, aquella noche tenía la esperanza de encontrarme con mi desconocido y esperaba pasar otra noche de sexo placentero con él.

Cuando salí del baño, me encontré de frente con mi desconocido. Estaba apoyado en la pared del pasillo, con las manos en los bolsillos de los pantalones y su cara de perdona vidas. Tuve que parpadear varias veces para asegurarme de que lo que veía era real y no una alucinación, pero él se cansó de esperar y, agarrándome a la cintura para pegar su cuerpo al mío, me susurró al oído:

—Si quieres repetir lo de la otra noche y con las mismas reglas, te espero en la puerta del pub dentro diez minutos.

No dijo nada más, se apartó de mí, dio media vuelta y se marchó perdiéndose entre la multitud. Deseaba ir detrás de él y dejarme llevar por la pasión y el desenfreno, una noche de sexo con él era lo que necesitaba. Pero, ¿y si aquel desconocido se convertía en mi adicción? Tenía diez minutos para decidirlo, así que me apresuré en regresar junto a Tony y Álex y exponerles la situación, pese a que ya imaginaba lo que dirían.

Las reglas del juego.

Si leíste el relato Mi Desconocido y te quedaste con ganas de saber más sobre los protagonistas de la historia, no puedes perderte ésta novela. Aquí te dejo la sinopsis:

Tras pasar una increíble noche con su desconocido, Alice se marcha del hotel mientras él seguía durmiendo, dispuesta a seguir con su vida como si nada hubiera pasado. Ese era el trato, nada de nombres y nada de preguntas. Quedaba implícito que solo se trataba de una noche de sexo que no se iba a volver a repetir.

Pese a que ambos tienen claras cuales son sus prioridades, ninguno de los dos puede sacarse al otro de la cabeza y, tras tratar de evitar la tentación sin éxito, ambos vuelven a encontrarse en el pub. Conscientes de la atracción sexual que existe entre ellos, deciden seguir viéndose manteniendo las mismas reglas: nada de nombres, nada de preguntas. En resumen, solo podrá haber sexo entre ellos.

Alice se ha prohibido enamorarse, el amor no está hecha para ella, está mejor sola. Se ha criado en un entorno repleto de normas, siendo una niña en un mundo de adultos, quizás por ello se convirtió en la adolescente rebelde que fue y en la joven adulta con ganas de divertirse. Si algo tiene claro es que no está hecha para compartir su vida con un hombre, por eso acepta ese trato con su desconocido porque, aunque haya renunciado al amor, no está dispuesta a renunciar al sexo.

Pero, ¿qué pasa cuando el destino se confabula para que se encuentres en el lugar más inoportuno? ¿Qué ocurre cuando sus identidades quedan al descubierto y se rompen las reglas del juego? ¿El juego se acaba o se cambian las reglas? Y, ¿si te enamoras? ¿Enseñas tus cartas y te retiras o vas de farol?

Descubre capítulo a capítulo cómo acaba este peligroso juego:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

 

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