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Las reglas del juego 14.

Habían pasado diez días desde nuestro último encuentro y no había vuelto a ver a mi desconocido, pero me llamaba por teléfono todas las noches. Aunque ninguno de los dos se había saltado las reglas del juego, nuestra relación había cambiado. La última vez que estuvimos juntos no practicamos sexo, hicimos el amor como nunca antes lo habíamos hecho. Me había abrazado con verdadera necesidad y me había propuesto pasar unos días juntos, lejos de la ciudad, algo que me había recordado en cada una de sus llamadas. No me había querido decir a dónde pretendía llevarme, pero me aseguró que no estaríamos a más de tres horas en coche de casa.

No tuve ningún problema en cogerme unos días libres en el trabajo, era lo bueno de ser una fotógrafa freelance. Adelanté algunos compromisos que tenía para esos días y, aunque tuve que trabajar más de doce horas diarias durante la semana anterior, razón por la que no había podido ver a mi desconocido.

A Tony y Álex no les sorprendió que me fuera con mi desconocido fuera de la ciudad durante cinco días, pero tampoco les entusiasmó la idea. Era evidente que cada día estaba más hechizada por él y ambos temían que aquella relación se terminara y yo acabara sufriendo. Sin embargo, apoyaron mi decisión como siempre hacían y me dijeron que me divirtiera.

Mi padre era arena de otro costal. Hacía mucho tiempo que había aprendido que a mi padre no se le podía mentir porque siempre acababa descubriéndolo todo, así que descarté la opción de decirle que me iba a hacer algún reportaje fuera de la ciudad. Tampoco podía decirle que me iba con Tony y Álex, ellos tenían un desfile y probablemente aparecerían en la televisión y los periódicos. Decirle que iba a ver a Brian hubiese sido una buena idea si Brian no fuera el hijo de su mejor amigo, con el que además trabajaba. Así que decidí decirle la verdad, o al menos parte de ella.

— ¿Es un viaje de negocios? —Fue lo primero que me preguntó cuándo le dije que me iba de la ciudad durante unos días.

Había ido a cenar a casa de mi padre la noche antes para decirle que me iba de viaje. De hecho, tenía la maleta en el coche y a mí desconocido esperándome en su apartamento.

—Solo quiero tomarme unos días de descanso, he estado trabajando mucho últimamente y necesito desconectar —respondí con una verdad a medias.

—Y, ¿vas sola o acompañada? —Preguntó alzando una de sus cejas, escrutándome con la mirada para adivinar si le decía la verdad o no.

—Voy acompañada.

—Por un hombre —dedujo visiblemente incómodo. Como a cualquier padre, prefería pensar que su niña seguía siendo su niña y no una mujer—. ¿Debo empezar a asimilar la figura de un yerno en mi vida?

—No temas, solo somos amigos, nos estamos conociendo.

—Bien, porque quiero ser abuelo pero no tengo ninguna prisa —concluyó mi padre—. En cuanto a tu amigo, ¿tiene nombre?

—Por supuesto que lo tiene papá, pero no es asunto tuyo —le recordé.

Al General Keller le hubiera gustado poder echarle un vistazo al expediente de mi desconocido, yo misma le hubiera echado un vistazo si supiese su nombre. Tenía cinco días por delante para descubrir algunas cosas sobre él, pero en ese momento debía centrarme en mi padre.

—Estaré bien, no tienes nada de qué preocuparte —le aseguré.

Mi padre tuvo que conformarse con eso, él también había aprendido que si me presionaba perdía mi confianza. Los días en los que yo era una jovencita rebelde habían quedado atrás, ya no me metía en líos y mi padre cumplió su promesa, dejó de controlarme y me dio la privacidad que necesitaba.

—Te llamaré cuando regrese a la ciudad, no te preocupes por mí y no trabajes demasiado —le dije cuando me despedía de él.

—Cuídate y llámame si te metes en algún lío —bromeó.

Tras darle un beso en la mejilla a modo de despedida, salí de la casa de mi padre y me monté en mi coche para dirigirme al apartamento de mi desconocido. Antes de arrancar el motor del coche, revisé el teléfono móvil y sonreí al comprobar que me había enviado un mensaje: “¿Dónde estás, nena? Te echo de menos, quiero tenerte desnuda entre mis brazos.” El mensaje no era muy largo, pero era claro y conciso. Le contesté al mensaje antes de emprender la marcha: “Estoy de camino, tardo diez minutos en llegar. ¿Me vas a esperar desnudo?”

Esperé ansiosa la llegada de su respuesta mientras conducía, pero no llegó. Entré en el parking del edificio y tuve que esforzar la vista para ver el coche de mi desconocido y aparcar justo a su lado. La luz que alumbraba el aparcamiento se había fundido y la planta entera estaba a oscuras, tan solo iluminada por los faros de mi coche. Estaba distraída guardando el teléfono móvil en el bolso cuando alguien golpeó suavemente la ventanilla del coche y di un respingo a causa de la sorpresa y el susto, que se me pasó en cuanto comprobé que se trataba de mi desconocido.

— ¿Es que quieres que me dé un infarto? —Le reproché sobresaltada mientras bajaba del coche.

—Siento haberte asustado, se ha fundido la luz del parking y he bajado a esperarte —se disculpó tratando de contener la risa.

— ¿Te divierte asustarme? —Le repliqué molesta.

—Nena, a mí me divierte darte placer y complacerte —me susurró al oído con la voz ronca. Me besó en los labios y añadió—: ¿Has traído la maleta?

—Sí, está en el maletero de mi coche.

Abrió el maletero del coche, sacó mi maleta y la guardó en su coche. Le miré sin entender qué estaba haciendo y, al ver la confusión en mi rostro, me aclaró:

—Saldremos mañana al amanecer, lo estoy dejando todo preparado para no perder tiempo por la mañana, así podremos dormir un poco más.

¿Cómo no iba a caer bajo su hechizo? Era el hombre perfecto, lo tenía delante de mí y me iba a regalar cinco días de placer perdidos en algún lugar que no había querido decirme. Era ridículo negar que me estaba enamorando de él.

—Nena, ¿estás bien? —Me preguntó sacándome de mis pensamientos.

—Estaré mejor cuando esté desnuda entre tus brazos —le susurré con mi tono de voz más seductor.

Me agarró del trasero, me estrechó contra su cuerpo y me besó con urgencia, era su forma de decirme que él también lo deseaba. La rebelde contenida que llevaba dentro resurgía de sus cenizas cuando estaba con él y aquella vez no iba a ser una excepción. Con fingida inocencia, entré en el ascensor y esperé a que comenzara a subir para pulsar el botón y detenerlo entre dos pisos. Mi desconocido me miró con deseo, adivinando mis intenciones, y se abalanzó sobre mí. Me levantó la falda del vestido hasta la cintura y, de un brusco tirón, me arrancó el tanga.

—Lo siento nena, han sido diez días muy duros y ya no puedo aguantar más sin estar dentro de ti —me confesó—. Te necesito ya.

—Házmelo rápido y salvaje —ronroneé excitada.

Él no me hizo esperar, me alzó entre sus brazos haciendo que rodeara su cintura con mis piernas y me empotró contra una de las paredes de espejo del ascensor. Oí cómo se desabrochaba el pantalón antes de sentir su miembro abriéndose paso dentro de mí de una sola estocada. La rudeza con la que me embestía me hacía desfallecer de placer y tuvo que ahogar mis gemidos besándome.

—Nena, córrete —me ordenó al borde del orgasmo.

Hundió una de sus manos en el punto donde nuestros cuerpos se unían, encontró mi hinchado y excitado clítoris y lo acarició hasta hacerme estallar en mil pedazos. Dos embestidas después, mi desconocido se derramaba dentro de mí. Bajé mis piernas al suelo para que no tuviera que seguir sosteniendo mi cuerpo, pero me mantuvo pegada a él, abrazándome como si necesitara el contacto de mi piel para respirar.

—Será mejor que sigamos con esto en el apartamento, a menos que quieras que los vecinos nos descubran —le susurré haciéndole volver en sí.

Me besó en la frente, adecentó nuestras ropas y pulsó el botón para reanudar la marcha del ascensor. Entramos en el apartamento y, en cuanto cerró la puerta, se apresuró en desnudarse y acto seguido me desnudó a mí. Sin necesidad de decir nada, me agarró de la mano y me llevó hasta a la cama, donde hizo que me tumbara y él se tumbó sobre mí, cubriendo mi cuerpo con el suyo. Sostuvo mis manos por encima de la cabeza como si fuera su presa y comenzó a jugar con mis pezones atrapándolos con sus dientes, besándolos y acariciándolos con su lengua. Alcé las caderas para que le prestara atención a mi clítoris, pero él tenía otros planes y me ignoró con una sonrisa traviesa en los labios.

—No seas impaciente, caprichosa —me reprendió tratando sin éxito de ocultar su risa.

Estaba al borde del abismo, me excitaba lo suficiente para que rozara el orgasmo sin llegar a provocarlo y me estaba volviendo loca. Tan solo necesitaba un leve roce en el centro de mi placer para correrme y él no estaba dispuesto a dármelo. Deslicé una de mis manos hacían mi entrepierna y, cuando estaba a punto de alcanzar mi objetivo, me agarró la mano y la volvió a sujetar sobre mi cabeza.

— ¿Quieres correrte, nena?

— ¿A ti qué te parece? —Bufé frustrada.

—Dime tu nombre y dejaré que te corras.

Necesite unos segundos para asimilar su petición. ¿Quería saber mi nombre? Si se lo decía, estaría rompiendo una de las principales reglas de nuestro juego. Quería hacerlo, me moría de ganas por escuchar mi nombre en sus labios, pero no estaba dispuesta a hacerlo a cambio de sexo, yo también quería saber más de él.

—Dime cuántos años tienes y te diré mi nombre —le respondí sabiendo que aquella pregunta no le iba a gustar.

—Dime tu nombre, te diré el mío y estallarás en mil pedazos —insistió.

—Solo es un número, si me lo dices obtendrás lo que quieres —le recordé sin dar mi brazo a torcer.

Mi desconocido gruñó con frustración y, olvidándose por el momento de las preguntas y las respuestas, se hundió en mí y ambos estallamos al alcanzar el orgasmo.

—No voy a rendirme —me advirtió invirtiendo nuestras posiciones para colocarme encima de él y envolverme con sus brazos—. Duérmete nena, mañana nos levantaremos al amanecer.

Me quedé dormida en apenas unos minutos, sus brazos tenían un efecto relajante sobre mi cuerpo y caí rendida en seguida.

Aquella noche soñé que mi desconocido y yo formábamos una familia, vivíamos en una gran casa y teníamos tres hijos. En cualquier otro momento de mi vida, aquel sueño me hubiera parecido una auténtica pesadilla, pero esa noche me pareció el mejor sueño que jamás había tenido y el único motivo era que mi desconocido formaba parte de ese sueño.

Las reglas del juego 13.

Durante los siguientes tres meses, continuamos viéndonos con bastante regularidad, un par de noches a la semana como mínimo. Nuestro trato no había cambiado, seguíamos sin saber el nombre del otro y continuábamos viéndonos en la intimidad de su apartamento. Sin embargo, nuestra relación sí había cambiado. Desde el primer momento tuvimos una gran complicidad en la cama, pero esa complicidad también se había trasladado a nuestra convivencia. Si bien no vivíamos juntos, sí que compartíamos un espacio pequeño en el que dormíamos, comíamos, nos aseábamos y también donde jugábamos hasta caer rendidos de agotamiento. Resultaba de lo más fácil y cómodo compartir ese espacio con él y no pude evitar imaginarnos viviendo juntos como una pareja de verdad.

Mi desconocido viajaba mucho por motivos de trabajo, un trabajo que nunca mencionó y del que yo tampoco quise preguntar, y cuando regresaba lo hacía agotado. Aquellos encuentros tras varios días sin vernos cuando él regresaba de viaje se volvían de lo más salvajes y apasionados. Me hacía sentir deseada, me estrechaba contra su cuerpo con verdadera necesidad de contacto y se pasaba la noche pegado a mí, observándome mientras dormía entre sus brazos.

Y aquella noche, era una de esas noches. Mi desconocido me había llamado para decirme que regresaba a casa de madrugada y, cuando me pidió que me quedase a dormir en su apartamento, no pude ni quise decirle que no. No sabía la hora exacta en la que llegaría, pero me dijo que sería tarde y que no le esperase despierta.

—Despiértame cuando llegues —le dije antes de colgar.

Y allí estaba, completamente desnuda bajo las sábanas de la cama de aquel apartamento, mirando el reloj y deseando que las horas pasaran más rápido para estar de nuevo con mi desconocido.

Cuando me desperté, estaba amaneciendo y los débiles rayos de sol que atravesaban la ventana me deslumbraron haciendo que cerrara los ojos de nuevo. Deslicé una de mis manos al otro lado de la cama en busca de mi desconocido, pero no había nadie más en la cama. Suspiré con resignación, todavía no había llegado. Pero entonces, escuché su voz:

—Buenos días, nena.

— ¿Estás aquí?

—Estoy aquí —me respondió acercándose y sentándose a un lado de la cama. Me besó en los labios y añadió en un susurro—: Estás preciosa mientras duermes.

— ¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—Llegué hace una hora, más o menos —me confesó—. Dormías tan plácidamente que no he querido despertarte.

Abrí los ojos para mirarle y le vi sonreír. Como siempre que regresaba de uno de sus viajes, su rostro denotaba el cansancio, pero su ceño fruncido me hizo sospechar que algo no iba bien. Sus ojos brillantes albergaban una mezcla de alivio y tristeza que no fui capaz de adivinar qué le ocurría y tampoco me atreví a preguntar. Cada vez me resultaba más difícil no hacer preguntas porque cada día quería saber más de él.

—Ven aquí, nene —le invité a meterse conmigo en la cama—. Necesitas descansar y yo necesito sentirte cerca.

—Mm… Tan caprichosa como siempre —murmuró sonriendo divertido.

Se desnudó rápidamente y se metió conmigo en la cama en menos de un minuto. Me envolvió con sus brazos, me estrechó contra su cuerpo y suspiró profundamente. Ninguno de los dos dijo nada, pero aquel gesto era más que suficiente para saber que ambos nos habíamos echado de menos.

Y, abrazos el uno al otro, nos quedamos dormidos. El sexo ya no era la prioridad, ya no era lo único que nos unía. La necesidad de mantener nuestros cuerpos en constante contacto, los besos, los abrazos, las caricias,… Todo se había complicado y los dos seguíamos actuando como si nada hubiera cambiado, como si todo siguiese igual. En mi caso, porque no quería arriesgarme a perder lo que tenía y pretendía alargarlo todo lo posible. Ya era demasiado tarde para no sufrir si le perdía, ahora solo podía agarrarme a lo que tenía.

Me desperté un par de horas más tarde y me encontré con su amplia y perfecta sonrisa. Por sus ojeras deduje que no había dormido nada, pero se le notaba más relajado.

—No has dormido nada —le regañé con dulzura, pegando mi cuerpo al suyo—. Creo que un poco de sexo soñoliento te ayudará a dormir.

— ¿Sexo soñoliento? —Preguntó con curiosidad.

—Ajá —le confirmé al mismo tiempo que me tumba sobre él.

No tuve que decir nada más, me comprendió en seguida. Colocó su erecto pene en la entrada de mi vagina y me penetró lentamente al mismo tiempo que me abrazaba con fuerza.

—Te he echado de menos, nena —me susurró al oído.

Entró y salió de mi interior con un suave y rítmico vaivén que me colmaba de placer y alargaba al máximo el orgasmo. Me besó con dulzura y acarició mi piel con adoración hasta que ambos alcanzamos el clímax al mismo tiempo. Juntos habíamos practicado sexo infinidad de veces, pero esa fue la primera vez que hicimos el amor.

Me quedé tumbada sobre él hasta que recobré la respiración pero, cuando traté de moverme para no aplastarle, él me detuvo y me pidió casi en una súplica:

—Por favor, quédate así.

—Estoy literalmente encima de ti, no creo que así estés muy cómodo para poder descansar lo suficiente —opiné divertida.

—No podría estar más cómodo que contigo literalmente encima de mí —me replicó con tono juguetón—. Solo deseo quedarme en la cama contigo el resto del día.

—Eres fácil de complacer.

— ¿Eso significa que vas a quedarte el resto del día? —Me preguntó incorporándonos en la cama para poder mirarme a los ojos y estudiar mi rostro—. ¿Lo has dicho en serio?

—Suena muy tentador, no podría negarme —bromeé.

—Me alegra oír eso porque quiero proponerte algo.

—Eso ha sonado demasiado serio para bromear, ¿qué ocurre?

—Es posible que pueda conseguir unos días libres en el trabajo en un par de semanas y había pensado que podríamos pasar unos días solos tú y yo.

Aquella propuesta me sorprendió. Desde luego, que me propusiera que pasáramos unos días juntos no era lo que me esperaba. Por supuesto, aquello no formaba parte de nuestro trato. Sin embargo, seguía sin saber su nombre, ni su edad, no sabía nada de él.

— ¿No vas a decir nada? —Me preguntó impaciente.

—No sé qué decir —le confesé.

—Di que sí, nena.

— ¿De cuántos días estaríamos hablando?

—Cuatro o cinco días.

La idea de pasar cuatro o cinco días completos con mi desconocido me resultaba de lo más tentadora, pero seguía sin comprender aquel repentino cambio en él. Las preguntas se amontonaban y no obtener respuestas me estaba matando, necesitaba saber más.

—No tienes que decidirlo ahora, piénsalo unos días y me dices algo —atinó a ante mi indecisión—. Será como siempre, pero sin tener que estar pendientes del reloj.

—Supongo que puedo quedarme unos días, al fin y al cabo, aquí tengo todo lo que pueda necesitar.

—Nena, no nos quedaremos aquí —me aclaró—. Quiero que nos vayamos lejos de la civilización, solos tú y yo.

— ¿Cómo de lejos?

—A dónde tú quieras, nena.

—Entonces, mejor buscamos un sitio apartado de la civilización pero que esté cerca.

— ¿No te fías de mí? —Me preguntó visiblemente dolido.

—Estoy completamente desnuda entre tus brazos, ¿responde eso a tu pregunta?

—Pues deja que yo me encargue de todo —sentenció.

—De acuerdo, cómo quieras —me resigné.

Mi desconocido sonrió satisfecho, me estrechó entre sus brazos y me besó en los labios. El brillo de sus ojos y su mirada traviesa me hizo sonreír, me contagió su buen humor. No sé cuánto tiempo estuvimos abrazados en aquella cama, pero jamás me había sentido así de serena, segura y feliz en toda mi vida.

—Nene, quiero un poco de ese sexo soñoliento —ronroneé.

—Mm… Siempre tan caprichosa —me susurró al oído con la voz ronca.

Se introdujo en mí lentamente mientras acariciaba la piel desnuda de mi espalda y besaba mis labios. Nos fundimos en un suave vaivén y, de nuevo, hicimos el amor.

—Empiezo a hacerme mayor —suspiró tras recobrar la respiración.

— ¿Cuántos años tienes?

— ¿Te supone un problema la diferencia de edad?

—Ambos somos adultos —le recordé.

— ¿Tan importante es para ti saber mi edad?

—Me da igual la edad que tengas, eso no cambia nada.

Y era verdad, su edad no cambiaría lo que sentía por él. Adiviné que debía tener unos treinta y dos años aproximadamente, puede que fuese unos siete años mayor que yo.

No volvimos a hablar de la edad, era evidente que él no quería hablar del tema y lo cierto es que a mí no me importaba, al menos hasta ese momento. La curiosidad comenzó a apoderarse de mí y las preguntas se amontonaban en mi mente. ¿Por qué no quería decirme su edad? ¿Era mayor de lo que aparentaba? ¿Temía que yo diera el trato por terminado si me decía su edad? Le observé con disimulo tratando de adivinar cuántos años tenía. No era un joven de veinte años, su cuerpo estaba formado y muy bien, sus músculos eran fuertes y definidos y se podían ver algunas canas que brillaban entre el corto pelo de su cabeza. Era imposible que tuviera más de treinta y cinco años, en cuyo caso sería diez años mayor que yo. No era una diferencia de edad tan grande para que reaccionara así.

Las reglas del juego 12.

Entramos en el apartamento y, tras asearnos rápidamente en el cuarto de baño, preparamos la mesa y servimos la comida que mi desconocido había tenido el detalle de traer. Pese a que la cena había sido comprada en uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad, él no lo mencionó y yo no quise darle importancia, no quería que creyese que era una snob.

Casi no hablamos durante la cena, él parecía estar cansado y desganado, no había probado bocado y se dedicaba a darle vueltas con el tenedor a la comida de su plato. Deduje que no había aprovechado el día para descansar, me pregunté qué habría estado haciendo y me reprendí mentalmente por ello. Sacudí la cabeza para deshacerme de la curiosidad que sentía por él. Me levanté de la silla y recogí la mesa mientras él me escrutaba con la mirada entre sorprendido y curioso.

— ¿Es que nunca has visto a una chica recoger la mesa? —Bromeé.

—Nunca he visto a una chica tan sexy recoger la mesa —me corrigió con una sonrisa maliciosa en los labios—. Ven aquí, nena.

Alargó su mano para que la agarrase y cuando lo hice tiró de mí hasta dejarme sentada sobre su regazo. Ni siquiera me dio tiempo a abrir la boca para protestar, él tenía prisa por devorarme y comenzó por mi boca.

—Se me ha ocurrido una idea para agradecerte lo bien que se te da complacer a una caprichosa como yo —le susurré con tono sugerente. Él me miró esperando saber más y yo no me hice de rogar—: Aunque no lo admitas, sé que estás cansado y que apenas has dormido en los últimos días.

—Espero que tu idea no consista en dejarme dormir toda la noche —masculló entre dientes.

—Soy demasiado egoísta para eso, pero creo que mi idea te gustará —le aseguré—. De momento, te voy a desnudar.

—Me gusta cómo empieza esto.

Le llevé al dormitorio y comencé a desabrochar los botones de su camisa despacio para después quitársela y dejarla caer al suelo. Acaricié cada músculo de su torso desnudo y él me estrechó con fuerza por la cintura y besó con urgencia.

—Nena, ¿pretendes volverme loco?

—No seas impaciente, tendrás todo lo que deseas.

Me deshice de sus pantalones y de su ropa interior al mismo tiempo y le ordené que se tumbara en la cama boca abajo.

— ¿Qué vas a hacer?

Un ligero tono de desconfianza en su voz me hizo fruncir el ceño, ¿acaso no confiaba en mí? Yo me había prestado a todos y cada uno de sus juegos sin hacer preguntas y sin dudar lo más mínimo pese a que era un completo desconocido.

— ¿Confías en mí?

—Sí confío en ti, pero me sentiría más cómodo si me dijeras qué pretendes hacer conmigo.

—No tienes nada qué temer —le aseguré—. Estás cansado y tan solo pretendo darte un masaje para que te relajes.

— ¿Un masaje? ¿Quieres que me duerma? —Me preguntó haciéndose el ofendido.

—No te vas a dormir, créeme.

A regañadientes, conseguí que se tumbara boca abajo en la cama. Cogí mi neceser y saqué el bote de aceite de coco que utilizaba para hidratar mi piel, eso me serviría para mi propósito. Cogí un par de toallas del cuarto de baño, encendí un par de velas aromáticas y apagué las luces, dejando la habitación tenuemente iluminada.

—Nena, tardas demasiado y sigues vestida —protestó tumbándose boca arriba para averiguar qué estaba haciendo.

—Eso lo solucionamos ahora mismo —respondí comenzando a desnudarme frente a él, dejando a un lado el pudor y la vergüenza.

Me desnudé completamente bajo su atenta mirada de deseo y me excité observándole, tan pendiente de mí y tan erecto sin siquiera habernos tocado. Me hubiera abalanzado sobre él y le hubiera cabalgado hasta desfallecer por agotamiento, pero esta vez quería ser yo la que le diera placer a él. Era un hombre generoso en el sexo, se preocupaba por dejarme satisfecha más que de su propia satisfacción y quería recompensarle.

—Eres preciosa, nena.

—No te vas a salir con la tuya, date la vuelta —le regañé poniendo mis brazos en jarras.

Mi desconocido sonrió divertido, pero finalmente me obedeció y volvió a tumbarse boca abajo. Me subí a horcajadas sobre su trasero y acomodé mis nalgas sobre las suyas, arrancándole un gruñido que ahogó con la almohada. Me eché un poco de aceite de coco en las manos y me las froté para calentarlas antes de comenzar a masajear sus hombros y su cuello. Empecé con un masaje inocente, mis manos masajeaban profesionalmente su espalda, sus hombros y sus brazos con el único fin de relajar sus músculos. Él no protestó, disfrutó del masaje sin impacientarse, sin reclamar el sexo que tanto deseaba.

Coloqué mis rodillas a cada lado de sus caderas y, al mismo tiempo que me alzaba lo suficiente para que pudiera darse la vuelta y ponerse boca arriba, le ordené:

—Nene, date la vuelta.

Antes de que pudiera terminar la frase, él ya se había dado la vuelta e intentaba penetrarme con verdadera urgencia.

—Todavía no he acabado —le regañé impidiendo su intento. Él hizo un mohín y casi logró ablandarme, pero conseguí ignorarlo y añadí—: Deja que termine y disfruta del masaje, te prometo que no te arrepentirás.

No le quedó más remedio que resignarse, pero me apresuré a continuar con mi tarea antes de que cambiara de opinión. Me entretuve masajeando su pecho, jugué con sus pezones e incluso me atreví a lamerlos al mismo tiempo que restregaba mi sexo contra el suyo solo para provocarlo y ver su reacción.

—Nena, me vas a matar.

Su tono, lejos de ser una súplica, fue una advertencia. Si seguía con aquel juego del masaje acabaría con su paciencia y entre su cuerpo y el colchón. No es que no me atrajera aquella visión, pero por una vez quería ser yo quien dominara la situación, quien le colmara de placer y le hiciera gritar y gemir como un loco.

Me incliné hacia adelante para tumbarme sobre él y le besé en los labios. Inmediatamente, sus manos abarcaron mi trasero y lo apretó con fuerza para pegar nuestros genitales, haciéndome sentir la grandeza de su erección.

— ¿Has terminado de jugar?

—Todavía no —respondí con una sonrisa traviesa.

Le besé en la boca y descendí con mis labios por su cuello, su clavícula y su pecho, dejando un reguero de besos y caricias por dónde pasaba. Lamí, mordisqueé y besé sus pezones hasta ponerlos duros antes de continuar con mi recorrido descendente. Hice una pequeña pausa al llegar a su ombligo para besarlo y acto seguido fui directa hacia a su erecto pene. No me lo metí en la boca como cabía esperar, decidí torturarle un poco más y fui dándole leves besos desde la basa hasta el glande mientras acariciaba sus testículos. Una gota de semen brillaba en la punta de su glande y, sin poder contenerme, la limpié de un lametón, haciéndole gruñir.

—Nena, quiero follarte —me dijo con su voz de ordeno y mando.

—Todavía no —le dije empujándole para que volviese a tumbarse.

—Esto es una tortura —protestó agarrándose la cabeza como si tratara de evitar volverse loco.

En lugar de contestarle, decidí seguir con mi propósito e introduje la grandeza de su pene en mi boca. Lamí, chupé, absorbí y acaricié su pene mientras entraba y salía de mi boca. Lo sentí contraerse y tensarse con los primeros espasmos que alertaban de la inminente llegada de un orgasmo.

—Nena apártate, me voy a correr.

Pero no le hice caso y seguí dándole placer con mi boca hasta que se derramó dentro de mí. Me tragué el fruto de su placer y continué chupando su pene hasta dejarlo limpio mientras él recobraba la respiración.

—Ven aquí, nena —susurró agarrándome por los hombros para arrastrarme por su cuerpo y colocarme a su altura.

Me besó en los labios lentamente, con la pasión y la delicadeza justa para que fuese un beso perfecto. Tumbada sobre él, alcancé su pene con la mano y me empalé en aquella postura. Se hundió en mí despacio, arrancándome varios gemidos de placer que amortiguó atrapando mis labios con los suyos. Entró y salió de mí lentamente, acunándome y estrechándome entre sus brazos con fuerza. Mantuvo un ritmo tranquilo, pero la postura era idónea para estimular mi ya hinchado y excitado clítoris y el suave vaivén de nuestros cuerpos me hicieron alcanzar el clímax antes de lo que esperaba. Él me abrazó con fuerza y se movió estratégicamente para aumentar mi placer al mismo tiempo que estallaba conmigo en mil pedazos.

Me quedé completamente flácida sobre él, sin fuerza para poder moverme, pero a él no pareció importarle. Con su pene erecto todavía dentro de mí, nos arropó con la sábana y, tras darme un último beso en los labios, me susurró al oído:

—Duérmete preciosa, seguiremos cuando hayamos descansado.

Lo siguiente que recuerdo es despertar en la misma postura, pero con los rayos de sol iluminando la habitación en lugar de las velas.

—Buenos días nena, ¿has dormido bien?

—Mm… He dormido muy bien y he descansado mucho —le susurré con descaro.

Sentí un respingo en mi vagina y no me costó demasiado adivinar que todavía seguía dentro de mí y estaba erecto.

—Mm… Parece que alguien se ha despertado juguetón —gemí excitada.

—Contigo es imposible que no me despierte juguetón —me replicó intercambiando nuestras posturas.

Una vez más, perdí la cuenta de las veces que me llevó al límite y me hizo estallar en mil pedazos. Tras la sesión de sexo mañanero en la cama, le siguió otra sesión en la ducha, en la cocina, sobre la mesa del comedor, en el sofá y, cómo no, también en la enorme bañera. Con él la pasión estallaba a cualquier hora y en cualquier lugar.

Las reglas del juego 11.

Llegué a casa de mi padre a las dos en punto de la tarde. Como de costumbre, salió al porche para recibirme y me dio uno de sus fuertes y reconfortantes abrazos. Siempre me había sentido segura y protegida con mi padre, quizás por su profesión o tal vez por su forma de cuidarme.

Me hizo pasar al salón y pude observar el cansancio en sus andares. Ya no era tan joven y, aunque se mantenía en forma, tener cincuenta años no era lo mismo que tener veinte. Recordé que me contó que los rebeldes habían secuestrado un bus escolar y, pese a que nunca hacía preguntas sobre su trabajo, decidí hacer una excepción:

— ¿Qué tal fue la operación? ¿Conseguisteis rescatar a los rehenes?

—Logramos reducir a los rebeldes y liberar a los rehenes, pero uno de los profesores resultó herido de gravedad durante el proceso. Ahora se encuentra estable en el hospital, pero es posible que tenga algún daño medular —se lamentó.

—Lo siento, papá —le dije besándole en la mejilla.

Su trabajo no era fácil, pero su cargo como General del Ejército era todavía más difícil de sobrellevar, sobre todo cuando una misión no sale perfecta. Las pesadillas nocturnas son un síntoma clave para determinar que un hombre ha estado en el ejército, todos los soldados lo confirman. Me había criado en una base militar, había formado parte de ese mundo tan duro y peligroso y, en cuanto cumplí los dieciocho años, me marché de allí. Yo quería ver mundo, viajar, conocer otras culturas, enamorarme y vivir una gran historia de amor eterna. Era una ilusa y tardé casi dos años en darme cuenta que la vida no es de color de rosa. Sobre todo si eres una eterna adolescente rebelde que no deja de meterse en líos y tu padre es el General del Ejército.

— ¿En qué estás pensando? —Me preguntó mi padre con curiosidad.

—Pensaba en cuánto han cambiado las cosas desde hace cinco años —le respondí tratando de animarle un poco.

— ¿Te refieres a la época en la que tenía que ir a buscarte a una comisaría? —Se burló con cierto tono de reproche—. Todavía tengo que soportar algunas de sus burlas, sobre todo del Comandante Sanders.

El Comandante Alfred Sanders era un gran amigo de mi padre y también mi padrino. Ambos trabajaban juntos en la misma base, eran dos hombres viudos y tenían un hijo del que cuidar. Había crecido junto a Brian, el hijo del Comandante Sanders, y prácticamente éramos como hermanos. Él era un par de años mayor que yo y, cuando cumplió dieciocho años, dejó la base militar para matricularse en la mejor universidad de derecho. Habían pasado más de nueve años desde entonces y Brian se había convertido en uno de los mejores abogados del país y había fundado su propio bufete. Hacía semanas que no hablaba con Brian, mi desconocido me había absorbido por completo y solo podía pensar en él.

— ¿Qué tal le va a Brian?

—Le ha prometido a Alfred que asistirá a la fiesta de Navidad de la base.

— ¡Para eso faltan meses, estamos en marzo! —Exclamé entre risas.

—Eso es lo único que ha podido confirmar con seguridad —me dijo ladeando la cabeza—. Os pasáis la vida diciendo que no queréis ser como vuestros padres y acabáis siendo peores.

Puede que no fuera justo, pero siempre acababan metiéndonos en el mismo saco. Le echaba de menos, cada vez nos veíamos menos y pensar en él me ponía triste.

Mi padre comenzó su campaña a favor de Brian y de la buena pareja que hacíamos, nunca desaprovechaba una ocasión para tratar de emparejarme con el hijo de su mejor amigo. Charlamos tranquilamente durante la comida y, tras tomar el café, me despedí de él y regresé a mi apartamento.

Lo primero que hice fue preparar una pequeña bolsa de deporte con ropa y productos de higiene íntima para dejar en el apartamento de mi desconocido. Escogí los conjuntos de lencería más sexys que tenía y un par de camisones para dormir. De momento, eso era todo lo que necesitaba.

Estaba a punto de meterme en la ducha cuando alguien llamó a la puerta. No me hizo falta abrir la puerta para adivinar que se trataba de Álex y Tony.

—Cielo, ¿qué tal ha ido? —Me saludó Tony en cuanto abrí la puerta.

—Genial, ha sido una noche memorable y esta noche repito.

— ¿Esta noche? —Preguntaron los dos al unísono.

Asentí sonriendo alegremente, no podía ocultar la sensación de felicidad que sentía por el simple hecho de volver a verle.

—Han sido dos semanas muy largas, tenemos que ponernos al día —les respondí guiñándoles el ojo con complicidad.

Como era de esperar, Álex y Tony querían saberlo todo y no me dejaron hasta que consiguieron que les contase todo.

—Cielo, te estás metiendo en la boca del lobo —me advirtió Álex.

—Por una vez, tengo que darle la razón a éste gruñón —le secundó Tony—. Me preocupa ese trato, ¿qué pasa si más adelante quieres más?

—De momento, tengo justo lo que quiero. Si más adelante la situación cambia, ya lo pensaré entonces —le contesté encogiéndome de hombros—. No voy a darle vueltas a la cabeza buscando soluciones a problemas que aún no existen.

Respetaron mi decisión como hacían siempre, pero sus caras eran como un libro abierto y supe que no estaban muy de acuerdo. Sabía que solo se preocupaban por mí y temían que aquella extraña y misteriosa relación acabara haciéndome daño, pero yo estaba decidida a seguir hasta el final con aquello. La atracción que sentía por mi desconocido cada vez se hacía más fuerte, ya no tenía la voluntad suficiente para dar vuelta atrás.

Dos horas más tarde, Álex y Tony consiguieron todas las respuestas que buscaban y se despidieron para regresar a su apartamento.

Eran las nueve de la noche cuando salía de la ducha y el teléfono móvil que me había regalado mi desconocido empezó a sonar. Sonreí como una idiota, sólo podía tratarse de él.

—Buenas noches, nena —Me saludó en cuanto descolgué—. ¿Has cenado ya?

—No, me pillas saliendo de la ducha.

—Mm… Desnuda y mojada, cómo me gustaría estar ahí ahora mismo —murmuró con la voz ronca. Carraspeó y añadió—: Había pensado en llevar algo de comida para cenar en el apartamento, ¿qué me dices?

—Suena tentador, estoy hambrienta —le respondí con un tono más que sugerente.

—Si vienes en coche puedes aparcarlo en la plaza de al lado, también es mía y así no tendrás que buscar aparcamiento fuera.

—De acuerdo.

—Te espero en una hora, no me hagas esperar, nena.

— ¿O me castigarás dándome unos azotes? —Bromeé provocándolo.

—Grrr. Nena, me pongo duro solo de escucharte.

—Te lo compensaré en una hora —le aseguré antes de colgar.

Me apresuré en vestirme y arreglarme, tenía que darme prisa si quería estar en el apartamento de mi desconocido en una hora. Cogí la bolsa con mis cosas mientras me felicitaba mentalmente por haberla dejado preparada y me subí al coche para encontrarme con él. Estaba nerviosa, hacía poco más de doce horas que le había visto por última vez y ya echaba de menos estar entre sus brazos y sentirme suya. ¿Tenían razón Álex y Tony y me estaba metiendo en la boca del lobo? Probablemente, pero no iba a dar marcha atrás.

Entré en el parking del edificio y aparqué el coche al lado del de mi desconocido, que me esperaba apoyado en el maletero de su coche. Me fijé en la bolsa de comida que llevaba en la mano y sonreí al reconocer el logo, era de uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Bajé del coche, caminé hasta dónde se encontraba y, en un arrebato de pasión, me arrojé a sus brazos para besarle vorazmente.

—Mm… Mi caprichosa insaciable está muy impaciente —me susurró excitado—. Pero tendrás que esperar hasta después de cenar, eso no es negociable.

Hice un mohín y él me reprendió con un azote en el trasero que, lejos de dolerme, me excitó. El escaso trayecto en ascensor hasta su apartamento me pareció una auténtica tortura, tan solo deseaba besarle y que me hiciera suya allí mismo. A medio camino no aguanté más y pulsé un botón del panel para detener el ascensor.

—No quiero esperar a después de la cena —le dije con descaro.

—Nena, no vas a tener que pedírmelo dos veces —. Se colocó detrás de mí y, haciendo que me echara hacia adelante para que mi cuerpo quedara en forma de ele invertida, añadió mientras subía la falda de mi vestido y me quitaba el tanga—: Agárrate a los pasamanos y míranos en los espejos de las paredes.

Le obedecí sin rechistar y crucé mi mirada con la suya en el espejo. Estaba en una postura de lo más vulnerable, expuesta ante él, que acariciaba el punto en el que se unían mis piernas y esparcía la humedad de mi excitación.

—Estoy aquí para cumplir tus deseos, caprichosa —susurró—. ¿Cómo lo quieres?

—Lo quiero salvaje, rápido y fuerte.

No se hizo de rogar. Me penetró de una sola estocada, haciéndome gemir extasiada y provocándome los primeros espasmos que alertaban de la llegada inminente de un orgasmo. Entraba y salía de mí mientras con una mano acariciaba mi clítoris y con la otra esparcía el flujo de mi excitación hacia a la entrada de mi ano. Le dejé hacer hasta que sentí que uno de sus dedos tanteaba la entrada del ano con movimientos circulares, presionando de vez en cuando sin llegar a entrar.

— ¿Qué estás haciendo? —Pregunté nerviosa.

—Tienes un trasero muy tentador, nena.

—No.

— ¿No? —Repitió sonriéndome maliciosamente a través del espejo—. No hoy, pero pronto nena.

Aprisionó mi clítoris entre dos de sus dedos y lo estimuló a conciencia hasta llevarme al límite, momento en el que aprovechó para hundir su miembro en mi vagina y una de las falanges de su dedo en mi ano, haciéndome estallar al instante, provocándome un enorme orgasmo que me hizo gritar y gemir como una loca. Dos embestidas después, él se derramaba dentro de mí y me mordía en el hombro para ahogar un gruñido gutural.

—Vas a matarme —murmuró saliendo de mí y dándome un pequeño azote en el trasero que me hizo dar un respingo.

Las reglas del juego 10.

Tras colgar el teléfono, mi desconocido se sentó a mi lado en el sofá y me escrutó con la mirada al darse cuenta del programa que estaba viendo. No dije nada, me hice la sueca y continué prestando atención a la televisión. Él sonrío divertido cuando emitieron un pequeño reportaje sobre los clubs swingers y yo me excité. En el reportaje, una pareja se besaba y se tocaba frente a otra pareja que hacía lo mismo.

En un abrir y cerrar de ojos, me encontré sentada en el sofá con las piernas abiertas, los pies sobre los hombros de mi desconocido y su boca pegada a mi sexo. Gemí excitada al sentir su lengua presionar contra mi clítoris al mismo tiempo que lo acariciaba con los dientes.

Apenas tardé un par de minutos en estallar en mil pedazos mientras él se bebía mi placer y sostenía mis piernas para que no las cerrara e impidiera que siguiera su tarea.

—Imagina que estás en ese club, imagina que estamos rodeados de gente que se excita mirándonos, que desea darte placer como yo lo estoy haciendo ahora —comenzó a decir junto a mi sexo—. Imagina que todos están desnudos, dándose placer junto a nosotros. Imagina que alguien se acerca y te acaricia los pechos, imagina que…

—No quiero imaginar nada más, quiero que me la metas ya —le ordené a punto de correrme.

—Mm… Como desees, caprichosa —aceptó tras acariciar mi clítoris con su lengua una última vez.

Esperaba que me penetrara como acostumbraba, de una sola y rápida estocada, pero en lugar de eso se hundió en mí lentamente, disfrutando del contacto piel con piel y de las vistas desde su posición.

—Oh, nena. Me encanta sentirte así —me dijo extasiado, cerrando los ojos y obligándose a abrirlos para mirarme. Abrió el albornoz para dejar mi cuerpo desnudo al descubierto y, acariciándome desde el cuello hasta la unión de nuestros cuerpos—. Eres preciosa, nena.

No fui capaz de hablar. Estaba en un estado de plenitud y placer que ni siquiera era capaz de pensar, tan solo podía disfrutar de lo que estaba sintiendo.

—Nena, mírame —me susurró clavando su mirada en la mía—. Quiero ver cómo te corres.

Una vez más, sus palabras fueron obedecidas por mi cuerpo de forma instantánea y un enorme orgasmo se apoderó de mí, haciéndome estallar en mil pedazos. Dos embestidas después, mi desconocido se derraba en mi interior y se derrumbaba sobre mí.

Por primera vez, me pareció un hombre vulnerable, con la cabeza apoyada entre mis pechos, abrazándome con los ojos cerrados, y completamente exhausto. No pude evitar acariciar su rostro y él agradeció el gesto jugando con uno de mis pezones.

Estuvimos así hasta que sonó el interfono, el repartidor traía la pizza que mi desconocido había pedido. Dio un respingo y se apresuró en ponerse unos pantalones. Yo también me levanté y, tras recolocarme el albornoz para cubrir mi desnudez, le anuncié:

—Voy al cuarto de baño para asearme.

—Estás en tu casa —me respondió dándome un beso en los labios.

Sonreí como una boba y me dirigí al cuarto de baño casi flotando. Me sentía ridícula por cómo me hacía sentir y por la manera en la que reaccionaba mi cuerpo cuando se trataba de él.

Cuando salí del cuarto de baño, mi desconocido había preparado la mesa y me invitó a sentarme con él. Acepté su invitación y me senté con él. Me ofreció pizza y un refresco, acepté el refresco y rechacé la pizza. Le observé comer y confirmé que efectivamente estaba hambriento. Cuando terminó de comer la pizza, me miró con los ojos brillantes y supe que ya había maquinado algo.

— ¿Qué vas a proponerme? —Le pregunté con curiosidad.

—Nena, me he pasado los últimos días imaginando cómo te masturbas pensando en mí y me encantaría verte —me dijo sin pestañear.

—No.

— ¿No? ¿Por qué no?

—Me da vergüenza —le confesé con un hilo de voz.

—Nena, eso es ridículo —opinó acercándose a mí con una sonrisa traviesa en los labios. Me rodeó la cintura con sus brazos y, tras darme un leve beso en los labios, añadió—: No tienes nada de lo que avergonzarte, eres preciosa nena.

Desanudó mi albornoz y me lo quitó dejándolo caer al suelo. Me estrechó contra su cuerpo y me alzó en brazos para llevarme a la cama, donde me depositó con sumo cuidado. Me quedé tumbada sobre la cama y él se sentó en una banqueta de madera desde donde podía verme con toda perspectiva.

—Vamos nena, enséñame cómo lo hacías —me animó al mismo tiempo que se deshacía de sus pantalones cortos y se quedaba totalmente desnudo frente a mí—. Mira cómo me tienes solo de pensar en lo que vas hacer.

Dirigí mi mirada hacia su entrepierna y sonreí al comprobar que su miembro ya estaba erecto, listo para entrar en acción. Su seguridad me hizo sentir segura, dejé a un lado la vergüenza y busqué a la descarada que llevaba dentro. Comencé a acariciarme los pechos, abrí las piernas para mostrarle mi sexo y le vi relamerse los labios. Deslicé una de mis manos al punto de unión entre mis piernas y comencé a acariciarme bajo la atenta mirada de mi desconocido. Lo hice tal y como lo hacía en la soledad de mi habitación, solo que ya no tenía que imaginármelo, lo tenía delante de mí.

—Vas a matarme —me dijo pasados unos minutos—. Me muero de ganas por entrar en ti, nena.

—Hazlo —le invité a hacerlo alzando las caderas.

Él no lo dudó y se hundió en mí, lenta pero placenteramente. Cubrió todo mi cuerpo con el suyo, besó y acarició cada centímetro de mi piel y me llevó al clímax en numerosas ocasiones. Como siempre, me hizo perder la cuenta de los orgasmos que había tenido.

Eran casi las cuatro de la mañana cuando nos desplomamos sobre la cama completamente agotados.

—Buenas noches, nena —susurró envolviéndome con sus brazos antes de quedarse dormido.

Dormí plácidamente entre sus brazos hasta que, cuando amaneció, sentí el vacío que dejó su cuerpo al separarse de mí. Gruñí medio dormida a modo de protesta, pero él me besó en los labios y me susurró que volviera a dormirme. Cerré los ojos y me dormí, pero me desperté de nuevo al sentir sus labios sobre los míos. Abrí los ojos y le vi sonreír. Se había duchado y vestido, el aroma perfume inundó mis fosas nasales y ronroneé al reconocer aquella fragancia.

—Nena, tengo que irme —me susurró al oído—. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras, te he dejado una copia de las llaves en el cuenco que hay sobre la mesa de la entrada.

—Ni siquiera sé dónde estoy —murmuré excitándome con sus caricias sobre mi hombro.

—Estás en el centro, te he dejado la dirección anotada en un papel junto a las llaves, tenía la esperanza de que regresaras esta noche.

— ¿Esta noche? —Pregunté sorprendida, no me esperaba que quisiera que nos viésemos tan pronto.

—Llevo dos semanas deseando tenerte entre mis brazos, ¿crees que una noche es suficiente?

—Creo que no soy la única insaciable que hay por aquí —bromeé.

—Entonces, ¿vendrás esta noche?

—Sí, pero solo porque tengo la mañana libre, no voy a estar a tu disposición siempre que quieras. Al igual que tú tampoco vas a poder estar siempre que yo lo desee.

—No voy a conformarme con encuentros de dos o tres horas —me advirtió con el ceño fruncido.

—Mm… Me gusta que seas tan exigente —ronroneé.

—Nena, a mí me encanta que seas tan descarada y caprichosa.

—Entonces, quédate un ratito más.

—Me encantaría nena, pero no puedo —susurró con pesar. Hizo una pausa para besarme en los labios y añadió mostrándome su amplia y perfecta sonrisa—: Te llamaré más tarde, ten el móvil encendido y asegúrate de preparar una bolsa con ropa y todo lo que puedas necesitar, quiero que te sientas como en tu casa. O, si lo prefieres, también puedes quedarte en la cama todo el día hasta que regrese, te aseguro que a mí no me importaría.

— ¿Te das cuenta de que le estás abriendo las puertas de tu casa a una completa desconocida que podría ser una psicópata?

— ¿Te das cuenta de que has pasado varias noches con un completo desconocido que podría ser un psicópata? —Me replicó divertido.

—Me va el riesgo, siempre he sido una rebelde —bromeé.

—Sigue durmiendo, pequeña rebelde —se despidió tras besarme una última vez en los labios y añadió antes de marcharse—: No olvides las llaves, nena.

Mi desconocido se marchó y yo me quedé un rato más en la cama, estaba agotada y apenas tardé unos minutos en volver a quedarme dormida. Creo que habían pasado un par de horas cuando alguien me llamó por teléfono y me despertó.

—Hola papá, ¿ya has regresado a la ciudad? —Le saludé nada más descolgar.

—Sí, ya estoy en casa. Había pensado que podríamos comer juntos, ¿te apetece venir a casa o prefieres que vayamos a algún restaurante?

Lo medité durante un segundo. Tenía que pasar por casa, ducharme y cambiarme de ropa, tardaría lo mismo si iba a su casa o a cualquier restaurante.

—Mejor comemos en casa, ¿te veo a las dos?

—De acuerdo, no llegues tarde —me dijo antes de colgar.

Mi padre no era un hombre de muchas palabras, pero le encontré más callado de lo normal, sobre todo después de haber estado fuera más de dos semanas.

Me desperecé, me vestí y, antes de marcharme, hice la cama. El resto del apartamento estaba impecable y no pude evitar sorprenderme al pensar en mi desconocido limpiando a primera hora de la mañana mientras yo dormía plácidamente en la cama.

Las reglas del juego 9.

Salí del pub con mi desconocido pegado a la espalda y sus brazos rodeándome la cintura, sintiendo su erección en mi trasero. Ni siquiera sabía a dónde nos dirigíamos, pero tampoco me importaba. Por fin podía volver a sentirlo, por fin podría pasar una nueva noche con él.

Cuando quise darme cuenta, estábamos frente a su coche y abría la puerta del lado del copiloto para ayudarme a subir y acomodarme en el asiento. Le miré con indecisión, no estaba segura de poder llegar a donde fuera que quisiera llevarme sin arder por combustión espontánea, estaba al borde del orgasmo.

—Nena, tardaremos cinco minutos en llegar, ¿crees que podrás soportarlo?

—No, no lo creo —le confesé.

—Sube al coche, caprichosa —me ordenó dándome una palmada en el trasero.

Le obedecí con resignación mientras le veía sonreír burlonamente. Un segundo después, se sentaba en el asiento del conductor y ponía en marcha el motor del coche. Resoplé con frustración y cerré los ojos para tratar de calmar la excitación que sentía cuando noté que el coche se detenía. Abrí los ojos y miré a mi alrededor confundida, estábamos en un callejón oscuro y mi desconocido me miraba con los ojos brillantes.

—Esto es solo un apaño para calmar tu sed de sexo hasta que lleguemos a casa, entonces te complaceré hasta que quedes agotada —me susurró al oído mientras introducía una de sus manos por debajo de mi vestido.

Gemí cuando sus dedos retiraron la fina tela del tanga y rozaron mi inflamado clítoris. Me arqueé excitada y mi desconocido aprovecho para acariciar mis pechos sobre la tela del vestido. Apenas un minuto después, de derretía en el asiento de copiloto, sin importarme que estuviésemos en mitad de un callejón oscuro.

—Nena, te follaría aquí mismo —me susurró con la voz ronca.

—Hazlo —le reté, deseaba que lo hiciera.

Sin embargo, apartó sus manos y su mirada de mí, encendió el motor del coche y, tras salir del callejón, se incorporó al tráfico de la carretera mientras decía:

—Tardaremos cinco minutos en llegar al apartamento.

Suspiré con resignación, si había esperado más de dos semanas, podía esperar cinco minutos más. Traté de recomponerme tras la sacudida del orgasmo que había azotado mi cuerpo, pero apenas me dio tiempo cuando me di cuenta de que entrábamos en el parking subterráneo de un edificio de apartamentos. Aparcó el coche y me ayudó a bajar. Nos dirigimos al ascensor en absoluto silencio, pero el brillo en sus ojos y me hizo sospechar que solo trataba de contenerse hasta llegar al apartamento. Y no me equivoqué. En cuanto las puertas del ascensor se abrieron, me agarró de la mano y tiró de mí para sacarme del ascensor. En el rellano tan solo había una puerta que mi desconocido abrió con urgencia. Entré en el apartamento pero no tuve tiempo ni de echar un rápido vistazo, mi desconocido había cerrado la puerta y me tenía acorralada contra ella.

—Veo que no soy la única impaciente —bromeé.

—No te imaginas cuánto te he deseado —susurró introduciendo una de sus manos bajo la falda de mi vestido—. Nena, me he pasado las últimas quince horas metido en un avión y necesito darme una ducha, ¿te apetece acompañarme?

Asentí sin dudarlo lo más mínimo. Me agarró de la mano y, tras cruzar el amplio salón-cocina-comedor, abrió una puerta y entramos en el cuarto de baño. Sonreí al ver la enorme bañera y le miré con cara de niña buena, sin saber cómo proponerle lo que tenía en mente.

— ¿Qué se te ha ocurrido, caprichosa? —Me preguntó como si pudiera leerme la mente y añadió señalando la bañera—: ¿Cambiamos la ducha rápida por un largo baño?

Asentí satisfecha y, mientras él abría el grifo de la bañera para llenarla de agua, yo me apresuré en desnudarme.

—Mm… Siempre tan impaciente, caprichosa y descarada, me encantas —me susurró al oído al mismo tiempo que me estrechaba entre sus brazos.

Acarició mi piel desnuda mientras yo me apresuraba en desabrochar los botones de su camisa y desnudarle. Él sonreía divertido y me dejó hacer lo que quería sin protestar. Me hizo sentir como una verdadera caprichosa, pero me encantaba que me complaciera.

Cuando la bañera se llenó de agua caliente, mi desconocido cerró el grifo y me ayudó a entrar en la bañera antes de acomodarse detrás de mí y colocarme entre sus piernas.

—Me quedaría así para siempre —suspiré dejándome abrazar por él.

—No me tientes, nena. Soy capaz de secuestrarte y quedarme encerrado contigo el resto de nuestras vidas —me susurró con la voz ronca.

—No me importaría, pero alguien nos acabaría encontrando y, ¿qué les diríamos?

—Mm… Podríamos huir a cualquier lugar remoto del planeta donde nadie nos pudiese encontrar —sugirió con voz seductora.

—Un lugar en el que siempre haga buen tiempo y en el que haya playa —sugerí jugando a aquel juego de fantasía.

—Un lugar donde iríamos desnudos todo el día y en el que pudiera colmarte de placer al aire libre. ¿Te gustaría follar en la playa?

Su pregunta fue acompañada por una leve caricia entre mis piernas que me hizo dar un respingo. Cerré los ojos y traté de calmarme, en ese estado me correría si me volvía a tocar.

—Nena, no has contestado a mi pregunta.

—Sí, me gustaría follar en la playa y ni siquiera me importaría que alguien nos viera —me oí decir.

— ¿Te gustaría que nos miraran mientras te doy placer? —Me susurró acariciando mis pechos y llenando sus manos con ellos—. ¿Te gustaría que alguien viera cómo te acaricio? —Una de sus manos descendió por mi abdomen hasta perderse entre mis piernas y, acariciando el centro de mi placer, añadió—: Dime, ¿te gustaría que nos miraran y se excitaran viendo cómo te masturbo?

Aquellas palabras fueron demasiado para mí, me arqueé y, soltando un gemido gutural, me dejé llevar y me sostuvo entre sus brazos mientras las olas de placer del orgasmo sacudían todo mi cuerpo.

Como si me peso fuera el de un papel, mi desconocido me agarró por la cintura para darme media vuelta y colocarme sobre su regazo, quedando frente a frente. Me apretó contra su pecho y me acarició la espalda mientras yo me recomponía del brutal orgasmo que había experimentado.

—Te quiero dentro —le ordené en un susurró cuando logré recomponerme.

Podía notar su erección palpitando contra mi clítoris y estaba cada vez más excitada, pese a que hacía dos minutos que acababa de correrme.

—Nena, aquí no tengo los preservativos…

—No me importa —le interrumpí impaciente—. Estoy sana y tomo la píldora anticonceptiva, ¿qué me dices de ti?

—Estoy sano y en la maleta que tengo en el coche están los resultados de una analítica de sangre que lo confirma —me aseguró.

—Entonces, supongo que podrás satisfacerme y cumplir mi deseo —ronroneé alzando las caderas y agarrando su miembro para colocarlo en la entrada de mi vagina.

Mi desconocido se impacientó y me penetró de una sola y rápida estocada, haciéndome gemir de placer.

—Nena, me encanta oírte gemir.

—Entonces, no dejes de hacer lo que estás haciendo.

Con cada una de sus embestidas mi cuerpo más se tensaba, preparándose para recibir las oleadas de placer del inminente orgasmo. Arqueé la espalda y mi desconocido mordisqueó uno de mis pezones que quedó a la altura de su boca. Llevó una de sus manos al lugar donde nuestros cuerpos se unían y, presionando y acariciando mi clítoris, me susurró con la voz ronca:

—Córrete nena, no voy a poder contenerme mucho más.

Escuchar aquella voz ronca y casi ahogada por la excitación fue el detonante de la explosión que me hizo estallar en mil pedazos. Dos estocadas después, mi desconocido se dejaba llevar desgarrando su garganta con un gruñido gutural antes de derramarse dentro de mí.

Me dejé caer sobre su pecho y él me estrechó entre sus brazos, regalándome suaves caricias en la espalda.

Unos minutos después, mi desconocido se incorporó conmigo en su regazo y, alzándome en brazos como si fuera una pluma, se levantó y salimos de la bañera. Me dejó de pie sobre la alfombra, cogió una de las toallas de baño y comenzó a secarme con ella, concentrado en su tarea. Cuando hubo terminado, me envolvió con un enorme albornoz de color negro. Después, cogió otra toalla y, tras secarse, se envolvió con ella la parte inferior del cuerpo, dejando al descubierto su perfecto y musculado torso.

—Estoy hambriento, ¿te apetece algo de comer? —Me preguntó con tono desenfadado.

—Yo también estoy hambrienta, pero no de comida exactamente —le provoqué.

Me miró alzando las cejas, sorprendido al escuchar mis palabras, pero acto seguido me dedicó una sonrisa burlona e imaginé que su malévola mente estaba maquinando un plan para torturarme.

—Si no te importa, pediré una pizza por teléfono para que la traigan a domicilio. Necesito recargar energía para poder dejarte satisfecha —una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios y añadió solo para provocarme—: Imagino que tres orgasmos no son suficientes para alguien tan exigente como tú.

—Imaginas bien —le confirmé—. Pide esa pizza y recarga energía, la vas a necesitar.

—No esperaba menos de mi caprichosa.

Sus palabras fueron acompañadas de una palmadita en el trasero que, lejos de molestarme, me excitó. Todo lo que él hacía me excitaba, era como si estuviera bajo su hechizo, un hechizo que me hacía desearlo como nunca había deseado a nadie.

Me acomodé en el sofá y encendí la televisión para distraerme mientras él llamaba a un restaurante de comida rápida y pedía una pizza y un par de latas de refresco. Haciendo zapping encontré un programa de investigación en el que hablaban sobre las parejas liberales. Siempre me había intrigado ese mundo, pero nunca me había planteado probarlo hasta que mi desconocido lo había mencionado. ¿Había hablado en serio o tan solo lo había dicho porque formaba parte del juego para excitarme?

Las reglas del juego 8.

Habían pasado tres días desde que mi desconocido se marchó y no tenía noticias de él. Me pasaba la mayor parte del tiempo pendiente del maldito teléfono pero no sonó ni una sola vez. Pensé en llamarle, pero no quería interrumpirle mientras estuviera trabajando ni tampoco que pensara que quería controlarlo. Tras darle muchas vueltas a la cabeza, la quinta noche decidí enviarle un mensaje: “He seguido tu consejo, he cerrado los ojos y he imaginado que eras tú quien me tocaba. No ha sido lo mismo, pero tampoco ha estado mal.” Pulsé el botón de enviar y esperé una respuesta hasta que me quedé dormida.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, miré el teléfono móvil y sonreí al comprobar que tenía un mensaje: “Nena, créeme si te digo que desearía poder ser yo quien te tocara, quien besara y acariciara todo tu cuerpo y te hiciera gemir de placer. Me pongo duro solo de pensar en ti, nena.” Aquel mensaje me excitó y supe que habíamos iniciado un nuevo juego en el que ambos competiríamos por provocar y excitar al otro.

Me quería tomar mi tiempo para responderle, no quería que pensara que estaba pendiente de él, aunque eso era exactamente lo que hacía. Pero finalmente le contesté casi de inmediato: “Entonces, no olvides que te estoy esperando.” Pulsé la tecla de enviar y me arrepentí al instante. ¿Y si mi mensaje había sonado desesperado? Se suponía que no teníamos ningún compromiso, pero también había puesto la exclusividad como condición.

No quería pensar en ello, de nada serviría darle vueltas a la cabeza. Me di una larga ducha y después desayuné tranquilamente. Limpié el apartamento mientras escuchaba música en la radio y luego preparé la comida mientras veía las noticias en la televisión.

Después de comer decidí bajar al apartamento de Tony y Álex para darles los detalles de la noche con mi desconocido y contarles las nuevas condiciones de nuestro trato. Necesitaba que me dijeran lo que pensaban y, cuando terminé de hablar, les pregunté:

—Y bien, ¿qué os parece? ¿Soy una loca por aceptar jugar a esto o es un trato estupendo para disfrutar del sexo sin compromiso?

Ambos intercambiaron una mirada y en seguida supe que algo les preocupaba. Les miré esperando una contestación y Tony fue el que contestó:

—Alice, dices que ese tipo y tú buscáis lo mismo, que queréis disfrutar del sexo sin compromiso, pero ese trato es justo todo lo contrario. Lo bueno de tener un amigo con derecho a roce es que puedes acostarte con otro hombre sin sentirte culpable, incluso sería moralmente correcto si lo hicieras. Pero una de las condiciones de ese trato es la exclusividad.

—No busco un amante al que añadir a la colección, busco a un hombre que sepa darme placer en la cama, que me resulte atractivo no solo físicamente y que no tenga intención de iniciar una relación estable —les aclaré—. Él es la persona perfecta.

—Tenemos claro qué quieres y por qué lo quieres pero, ¿qué me dices de él? —Intervino Álex.

—Me ha dicho que viaja mucho por trabajo y que apenas tiene tiempo de tener vida social, supongo que con el trato él podrá ahorrarse el buscar a una chica con la que tener sexo, para eso me tiene a mí —respondí encogiéndome de hombros.

—Cielo, ya te lo dije la otra vez: disfruta del trato y, si te cansas de las condiciones, siempre puedes romperlo —me aconsejó Tony.

—Yo no lo veo tan claro —opinó Álex—. Ese tipo te gusta y la exclusividad y pasar tiempo con él solo hará que te guste más.

—Crees que acabaré llorando por los rincones cuando él se canse de mí —concluí.

—No he dicho eso, pero sí que existe un riesgo de que acabes llorando por los rincones si te enamoras de él, lo cual no parece ser imposible —matizó Álex—. Pero supongo que si no te arriesgas nunca lo descubrirás.

—Genial, estoy igual o más confundida de lo que ya estaba —bufé con sarcasmo.

—Chica, ¡qué humor! —Me reprochó Tony—. Está claro que necesitas un buen polvo, ¿cuándo dices que viene tu desconocido?

—No lo sé, no me lo ha dicho.

—Pues sigue enviándole mensajes poniéndole cachondo y lo tendrás aquí babeando antes de lo que esperas —bromeó Álex.

Aquellas palabras, lejos de provocarme como pretendía Álex, me hicieron pensar de nuevo en mi desconocido y en la posibilidad de haber recibido otro mensaje suyo. Terminé de tomarme el café que Tony y Álex me habían ofrecido y me despedí de ellos alegando que tenía que limpiar mi apartamento, no quería escuchar sus burlas si les decía que quería comprobar si mi desconocido me había enviado otro mensaje.

Los días fueron pasando y el contacto con mi desconocido se había limitado a un par de mensajes subidos de tono al día. Él no mencionaba cuándo iba a regresar y yo no me atreví a preguntar cuándo volveríamos a vernos.

Dos semanas después, mi frustración era más que evidente y Tony y Álex me obligaron a ir con ellos al pub y tomarme un par de copas para distraerme.

— ¿Dónde vas así vestida? —Me preguntó Tony horrorizado—. Sube ahora mismo a cambiarte de ropa.

Me miré de arriba abajo, no iba tan mal. Me había puesto unos tejanos, una blusa negra y unos botines de tacón medio. No quería impresionar a nadie y me apetecía ir cómoda, pero Tony y Álex me miraron como si quisiera salir vestida con el pijama.

—Está bien, subiré a mi apartamento a cambiarme de ropa —cedí tras suspirar profundamente, no pensaba empezar una batalla en la que seguramente perdería.

Me apresuré en subir a mi apartamento y cambiarme de ropa, pero la prisa se esfumó cuando abrí el armario y no supe qué ponerme. No me apetecía arreglarme demasiado porque sabía que no me iba a encontrar con mi desconocido, pero tenía que arreglarme lo suficiente para que Tony y Álex me dieran el visto bueno sin poner el grito en el cielo.

Entonces se me ocurrió una idea, decidí enviarle un mensaje con foto incluida a mi desconocido. Busqué en el armario hasta encontrar mi vestido ochentero al estilo Marilyn Monroe, de color blanco con un gran escote formado por dos amplias tiras que tapaban y sostenían mis pechos anudadas a la nuca y una falda plisada con mucho vuelo. Me hice una foto con el vestido puesto y se la envíe junto con el siguiente mensaje: “Me encantaría que estuvieses aquí y me quitaras el vestido, pero tendré que conformarme con salir a tomar un par de copas y regresar sola a casa. Espero que esta abstinencia valga la pena y tenga una buena recompensa.”

Sí, había sido de lo más directa y amenazante, pero no tenía ni idea de lo que él estaba haciendo mientras yo estaba esperándole.

Apagué el teléfono móvil y me marché, esa noche no quería pensar en él. Merecía salir y pasármelo bien. Había tenido una semana muy dura, había tenido que hacer varios reportajes para anuarios de instituto y los adolescentes eran agotadores, por no mencionar que más de uno trató de ligar conmigo pese a que les llevaba más de diez años.

Álex y Tony me esperaban en el rellano del tercer piso, listos para marcharnos. Ambos me miraron de arriba abajo y, tras comprobar mi atuendo, dieron su aprobación con una amplia sonrisa antes de subirnos al ascensor.

Media hora más tarde, los tres entrábamos en el pub y nos acomodábamos en un par de sofás de la zona chill-out. Álex se ofreció a ir a pedir las copas, dejándonos a solas a Tony y a mí.

— ¿Has hablado con tu desconocido? —Me preguntó Tony escrutándome con la mirada.

—No, pero le he enviado una foto para recordarle lo que se está perdiendo —le respondí sintiéndome ridícula—. Han pasado dos semanas y no nos hemos vuelto a ver.

—Te dijo que estaba fuera del país por negocios —me recordó tratando de animarme.

— ¿Dos semanas? Seamos realistas, ¿quién está fuera del país más de dos semanas por trabajo? —Repliqué—. ¿Soy una ingenua por esperar a un hombre del que no sé ni su nombre? ¿Y si se está riendo de mí?

— ¡Wow! —Exclamó Tony divertido—. Cielo, coge aire y respira que te va a dar algo.

—Muy gracioso —le reproché arrugando la nariz.

—Cielo, mucha gente viaja largos períodos de tiempo por trabajo —me dijo tratando de animarme una vez más—. Como tu padre, por ejemplo. Eso no significa que no sea una buena persona o que no te desee.

—Entonces, ¿estoy haciendo bien esperándole?

—Dime una cosa, ¿qué es lo que más desearías en este momento?

Le miré sin comprender a qué venía la pregunta, pero le respondí de todas formas:

—Me encanta charlar contigo, pero preferiría que mi desconocido me estuviera empotrando contra una pared.

—Deseo concedido —dijo señalando hacia a la barra de bar.

Miré dónde señalaba su mano y me sorprendí al ver a mi desconocido caminando hacia donde nos encontrábamos.

—Si te pido un millón de euros, ¿podrías hacer lo mismo? —Le pregunté sin apartar la mirada de mi desconocido.

—Ya me gustaría a mí —se mofó Tony. Se puso en pie y, justo cuando mi desconocido llegó a nuestro lado, añadió—: Estaré en la barra con Álex, avísame si decides marcharte.

Asentí con un leve gesto de cabeza y Tony se marchó, dejándome a solas con mi desconocido, que se sentaba a mi lado en el sofá, donde un minuto antes había estado sentado Tony. Me sorprendí al ver su rostro tan cansado, con marcadas ojeras y barba de tres o cuatro días.

—Estás preciosa, nena —me saludó dándome un leve beso sobre la piel de mi hombro descubierto.

—Si hubiera sabido que enviándote una foto vendrías tan rápido, te la hubiera enviado mucho antes —le confesé excitada al sentir su mano tocar mi rodilla y ascender entre mis muslos por debajo de la falda de mi vestido—. ¿Estás impaciente por quitarme el vestido?

—Nena, estoy tan impaciente que soy capaz de follarte aquí mismo y sin quitarte el vestido.

Me besó en los labios para atrapar el gemido que escapó de mi garganta al escuchar sus palabras y sentir sus dedos esparciendo la humedad por todo mi sexo.

—Aquí no, vamos a otro lugar —logré balbucear.

Con las piernas temblorosas, conseguí ponerme en pie. Busqué a los chicos con la mirada y, cuando les encontré, les hice un gesto para hacerles saber que me marchaba. Ambos asintieron confirmando que me habían entendido y di media vuelta para marcharme de allí con mi desconocido.

Las reglas del juego 7.

Terminé de beber mi copa ensimismada en mis propios pensamientos, sin darme cuenta que mi desconocido me observaba tratando de adivinar en qué estaba pensando. No quería pensar en ello, pero mi mente era una traicionera y me recordaba constantemente las palabras de Tony y Álex. Era obvio que mi desconocido me gustaba y mucho, más de lo que otros hombres me habían gustado y atraído hasta ese mismo momento. Pero, ¿quién podía garantizarme que no acabaría enamorada de él y llorando por los rincones? No obstante, yo ya había tomado mi decisión y no iba a echarme atrás. Viviría aquella extraña y placentera relación hasta el final, fuese cual fuese.

— ¿Quieres contarme qué te mantiene tan preocupada? —Me preguntó interrumpiendo el hilo de mis pensamientos—. Si prefieres que nos sigamos viendo en este hotel o en cualquier otro, no hay problema, solo pensé que te sentirías más cómoda en el apartamento.

—La idea de seguir viéndonos en este hotel en particular no me hace ninguna gracia, no te voy a negar que la recepcionista me cae fatal y el sentimiento es mutuo. Además, vernos en el hotel no es muy discreto y menos cuando has dicho que somos un matrimonio celebrando su aniversario de boda.

—Pero vernos en mi apartamento de joven tampoco te agrada —concluyó.

—No nos hemos dicho nuestros nombres, pero estás dispuesto a ofrecerme tu apartamento para nuestros encuentros. ¿Eres consciente de que puedo averiguar muchas cosas sobre ti tan solo con saber la dirección de una de tus propiedades?

—No tengo ningún problema en decirte mi nombre, eras tú la que puso esa condición la primera noche —me recordó—. Ambos buscamos lo mismo y somos adultos para respetar las condiciones que hemos puesto, pero siempre puedes cambiarlas si no te gustan.

—Dejemos las cosas como están, ya veremos qué ocurre más adelante si todavía queremos seguir viéndonos.

—Entonces, ¿descartamos el apartamento?

—No, pero esta noche ya estamos aquí y no quiero seguir perdiendo el tiempo hablando —le respondí con un tono de voz más que sugerente.

—Nena, eres muy impaciente —apuntó con una sonrisa traviesa en los labios—. De hecho, me sorprende que todavía sigas vestida.

No hizo falta que dijera nada más, me levanté del sofá, me coloqué de pie frente a él y comencé a desnudarme lentamente. Deshice el lazo anudado al cuello que sostenía mi vestido y dejé que resbalara por mi piel hasta caer a mis pies, quedándome vestida tan solo con un diminuto tanga y con los zapatos de tacón de aguja. Mi desconocido me miró de arriba abajo y se removió en el sofá para acomodar la enorme erección que crecía bajo sus pantalones. Me acerqué y me senté a horcajadas sobre su regazo. Sus manos me agarraron por la cintura y me estrechó contra su cuerpo con fuerza, visiblemente excitado.

—Vas a volverme loco —me susurró antes de ponerse en pie cargando conmigo en sus brazos para llevarme hasta a la cama, pero se quedó a medio camino al fijarse en la mesa dónde habíamos cenado.

Le miré tratando de adivinar sus intenciones y supe lo que pretendía cuando dejó que mis pies tocaran el suelo justo al lado de la mesa y me ordenó:

—Colócate junto a la mesa e inclínate hacia a ella agarrándote a ambos lados.

Le obedecí sin rechistar, excitada por lo que fuera que tuviera pensado hacer conmigo. Sentí cómo se colocaba detrás de mí y comenzó a acariciar mi cuello para continuar descendiendo por mi espalda hasta llegar al fino hilo del tanga que llevaba puesto. Estiró de un lado de la cuerda del tanga con la intención de romperlo, pero se detuvo en el último momento y decidió quitármelo tirando de él hasta sacarlo por mis pies. Intenté quitarme los zapatos, pero me lo impidió colocando de nuevo mis manos a los lados de la mesa para que continuara sosteniéndome en la misma postura al mismo tiempo que me susurraba al oído con la voz ronca:

—Déjatelos puestos, te tengo a la altura perfecta.

Apretó su enorme erección contra mi trasero y pude comprobar que tenía razón: la altura con los zapatos era la idónea para penetrarme desde atrás.

Gemí al sentir sus manos acariciando mis pechos y arqueé la espalda para darle un mejor acceso a ellos. Cuando se cansó de jugar con ellos y tras asegurarse que los pezones se habían puesto duros, descendió suavemente con una de sus manos hasta que se perdió entre mis piernas buscando el centro de mi placer para estimularlo.

—Me encanta encontrarte siempre tan mojada, tan preparada para mí —me susurró excitándome todavía más.

Separó mis piernas y me penetró primero con un dedo, después con dos y finalmente con tres dedos, haciéndome gemir y llevándome al borde del orgasmo. Sacó sus dedos de mi interior y se apartó de mí para coger un cojín del sofá que colocó entre mi vientre y la mesa.

—Lo siento nena, pero voy a ser rápido —me advirtió mientras se colocaba el preservativo—. Estoy a punto de correrme y ni siquiera estoy dentro de ti.

Acto seguido, me penetró de una sola estocada. Entró y salió de mí con rápidas y salvajes embestidas al mismo tiempo que acariciaba mis pechos con una mano y estimulaba mi clítoris con la otra hasta que me hizo estallar en mil pedazos y después él se dejó ir.

Ni siquiera dejó que recobrara la respiración, me dio media vuelta y me sentó sobre la mesa, quedándonos frente a frente.

—Aún no he acabado contigo, nena.

—No esperaba menos —le provoqué con una sonrisa traviesa en los labios.

—Si no hubieras estando provocándome durante toda la cena, habría aguantado más —me reprochó con tono severo—. Pero tranquila, hasta ahora no se me ha dado mal dejarte satisfecha, pese a que una docena de orgasmos no sean suficientes para ti.

—Me gusta provocarte, me excita —le confesé y, mientras le desabrochaba los botones de la camisa, añadí—: Me encanta jugar contigo, sabes qué quiero y cómo dármelo sin que tenga que pedírtelo. Eres un amante generoso y me gustaría recompensarte por ello.

Un gruñido gutural salió de la garganta de mi desconocido y un segundo después estaba tumbada sobre la mesa con él sobre mí, besándome apasionadamente y haciéndome vibrar. Le oí abrir el envoltorio de un preservativo y, dos segundos después, me penetró. Un sonoro gemido brotó de mi garganta y él lo ahogó atrapándolo con su boca.

—Córrete nena, sé que estás a punto —me susurró con la voz ronca.

No me hice de rogar y me dejé llevar por los espasmos que recorrieron mi cuerpo. Entonces, él también se permitió alcanzar el orgasmo y se desplomó sobre mí. Ambos nos quedamos así durante unos minutos, tratando de recobrar la respiración. Él todavía seguía vestido, con los pantalones caídos y la camisa desabrochada, pero con la ropa puesta.

Se incorporó y me ayudó a hacer lo mismo para después llevarme al cuarto de baño. Le vi dudar entre la ducha y la bañera, pero finalmente optó por la ducha. Abrió el grifo, se desnudó y, tras comprobar que el agua salía caliente, me invitó a ducharme con él. Esperaba un nuevo asalto en la ducha, pero se limitó a enjabonarme con sensualidad, con una inocencia difícil de creer y supe que estaba jugando conmigo, se estaba vengando y había decidido hacerlo pagándome con la misma moneda. Sonreí para mis adentros ante la idea que se me ocurrió y, sacando a la descarada que tenía dentro, llevé una de mis manos a mi entrepierna y me comencé a masturbar.

—Ni se te ocurra —me ordenó deteniendo mi mano—, no pienso permitir que te masturbes.

Gemí a modo de protesta, pegando mi trasero a su erección para tentarle.

—Si quieres algo, solo tienes que pedírmelo, nena —me aseguró divertido.

—Ya sabes lo que quiero —balbuceó.

—Quiero oírtelo decir.

—Tócame —supliqué.

Una de sus manos se deslizó hacia mis pechos para jugar con mis pezones y la otra se perdió entre mis piernas, buscando y estimulando el centro de mi placer.

— ¿Es esto lo que quieres? —Quiso saber.

—También te quiero dentro —exigí.

—Nena, aunque nada me gustaría más, no tengo preservativos en la ducha —me recordó y añadió penetrándome con los dedos—: Tendrás que conformarte con esto ahora.

Me masturbó hasta que alcancé un nuevo orgasmo y después me besó despacio, casi con auténtica adoración. Me dejé besar y abrazar bajo la ducha de aquella suite de hotel por un desconocido, pero no hubiera deseado estar en ningún otro lugar.

Tras la ducha, me llevó directamente a la cama donde me tumbó y, tras colocarse un preservativo, se hundió en mí. No sé cuánto tiempo estuvimos disfrutando del sexo, pero casi había amanecido cuando caímos rendidos en los brazos de Morfeo. Un par de horas después me desperté al escuchar hablar por teléfono a mi desconocido. Supe en seguida que se trataba de algo importante por su rostro y lo confirmé cuando colgó y me dijo mientras se vestía:

—Tengo que irme, estaré fuera del país unos días y no tendré mucho tiempo disponible, pero llévate el teléfono móvil que he comprado, te llamaré cuando regrese —se acercó para darme un leve beso en los labios y añadió—: Dejaré la habitación pagada hasta mañana, así podrás descansar todo lo que quieras. Y pide que te suban el desayuno a la habitación cuando te levantes, necesitarás reponer energía. Por cierto, puedes masturbarte en mi ausencia pero, si vamos a seguir viéndonos, quiero exclusividad, no quiero compartirte con nadie.

—Ten en cuenta que las condiciones son las mismas para ambos —le recordé.

—Lo tengo muy presente y no es un problema para mí —me aseguró—. La próxima vez que nos veamos estaré dentro de ti sin látex de por medio, quiero sentir como te contraes cuando te corres mientras escucho como gimes dejándote llevar por el placer.

Un pequeño gemido escapó de mi garganta, sus palabras me habían excitado y él lo sabía, su sonrisa traviesa me lo confirmaba. Deslizó una de sus manos bajo la sábana y recorrió mi muslo lentamente hasta llegar al punto donde las piernas se unían. Gemí de nuevo y susurró:

—Eres tan irresistible, debería irme y aquí estoy, muriéndome de ganas de darte placer, de probar tu sabor, de oírte gemir mientras te corres entre mis brazos…

Se calló para oír mis gemidos al alcanzar el clímax y observar cómo mi cuerpo se convulsionaba y se tensaba con cada ola de placer que me sacudía.

—Cuando te masturbes, cierra los ojos e imagina que soy yo quien lo hace —me susurró al oído y, tras besarme de nuevo en los labios, añadió antes de marcharse—: Estaré deseando regresar para seguir complaciéndote, nena.

—Te estaré esperando —me oí decir.

Y sí, le esperaría.

Las reglas del juego 6.

Con una copa de vino en la mano y sentada a la mesa frente a mi desconocido, me sentí más cómoda que nunca. Pese a ser dos extraños, podía disfrutar con él de una intimidad que jamás había experimentado antes. La atracción sexual que existía entre nosotros era evidente, incluso se podía palpar en el ambiente, pero el sexo no era lo único que me atraía de él. Sí, se suponía que aquello era un juego y que no duraría eternamente, solo hasta que alguno de los dos se cansara de jugar, pero es inevitable sentir lo que se siente. Como decía mi abuela, el corazón nunca obedece a la razón.

Dejé mis pensamientos a un lado y me centré en mi desconocido. Estaba guapísimo vestido con una camiseta blanca y unos vaqueros desgastados, se había puesto cómodo y no parecía el mismo que vestía caros trajes hechos a medida, pero estaba igual de irresistible.

—Si no dejas de mirarme así, acabarás convirtiéndote en mi comida, nena —me advirtió divertido.

Me ruboricé al imaginar que había adivinado mis pensamientos, ¿tanto se me notaba? Él sonrió igual que lo haría un niño travieso y aquella sonrisa me excitó. En ese mismo momento deduje qué era lo que pretendía: provocarme hasta excitarme de tal manera que le rogara que pasáramos al postre y nos saltásemos la cena, pero no estaba dispuesta a ceder, aunque solo fuera por orgullo. A ese juego también podía jugar yo y él tendría todas las de perder.

Con fingida inocencia, bebí un sorbo de mi copa de vino y me humedecí los labios con toda la sensualidad de la que fui capaz. Aquel simple gesto, hizo que mi desconocido fijara su mirada en mis labios y se removiera en su silla. Desvió su atención de mí para centrarse en la cena, ya preparada en la mesa para dos comensales. Le imité y comencé a comer, llevándome el tenedor a la boca con sensualidad.

—Mm… Esto está delicioso —comenté relamiéndome los labios.

—Es solomillo de ternera con salsa de trufas —me dijo con la voz ronca, clavando sus ojos en mi boca—. Si te gusta, come y deja de provocarme, te estás jugando quedarte sin cena.

Sonreí. Pese a sus palabras de amenaza, su tono era de diversión y excitación, le gustaba que le provocara. No obstante, decidí obedecerle y disfrutar de la cena en su compañía. Quería saber más de él, ese misterio que le envolvía me atraía tanto que le hubiera hecho mil preguntas, pero las preguntas no estaban permitidas.

— ¿Te has quedado con hambre? —Me preguntó divertido mirando mi plato vacío.

—He comido demasiado, pero es que estaba buenísimo —le dije con sinceridad y, provocándole de nuevo, añadí con tono sugerente—: Espero que me hagas quemar todas las calorías que me has hecho comer.

—Nena, no te voy a dejar dormir en toda la noche, te aseguro que quemaremos todo lo que hemos comido y mucho más.

Me dedicó una sonrisa traviesa y se puso en pie. Me tendió la mano para ayudarme a levantarme y me llevó al salón de la suite. Me indicó que me sentara en el amplio y cómodo sofá mientras él llamaba al servicio de habitaciones para que recogiesen los restos de la cena y nos sirvieran un par de copas. Le observé hablar por teléfono y no me sorprendí al escuchar el tono de voz frío y sombrío que utilizó. Me atraía que fuese tan serio y seguro de sí mismo, me atraía el misterio que le envolvía, su forma de mirarme y cómo me hacía explotar de placer. El sexo con él había alcanzado otras dimensiones, no tenía nada qué ver con lo que había sentido en otras ocasiones. Ya no podría conformarme con el sexo que había conocido, no podría conformarme con otra cosa que no fuera lo que él me daba.

—Me encantaría saber qué estás pensando —me susurró al oído, rompiendo el hilo de mis divagaciones mentales.

—Pensaba en el postre, pero supongo que puedo hacer un esfuerzo y esperar hasta después del brindis. Seré una niña buena —bromeé.

— ¿Alguna vez has sido buena? —Me preguntó con sorna.

—Yo siempre soy buena —respondí con voz seductora.

Llamaron a la puerta de la suite y mi desconocido me dijo:

—Déjame que dude de eso —miró hacia a la puerta y añadió alzando la voz—: Adelante.

Un par de camareros del hotel entraron en la habitación y, tras saludar escueta pero educadamente, recogieron los restos de la cena y nos sirvieron un par de copas. Mi desconocido se levantó del sofá y les dio una generosa propina que sacó de su cartera. Un par de minutos más tarde, se sentó de nuevo a mi lado y, entrechocando su copa con la mía, brindó:

—Por una magnífica noche y por nosotros.

Le dediqué una tímida sonrisa antes de beber un sorbo de mi copa. Ese hombre me desconcertaba, a veces tan frío y distante y otras tan detallista, caballero y apasionado. No podía negarlo, me gustaba todo de él.

—Quiero darte algo —anunció escrutándome con la mirada mientras sacaba un par de paquetes envueltos con papel de regalo.

Aquello me molestó. Teníamos un trato con algunas condiciones y ni el dinero ni los regalos formaban parte de ese trato. Yo estaba allí porque quería disfrutar de una noche de sexo con él y no necesitaba que me regalara nada como si fuera una cualquiera. Tenía mi orgullo y mi dignidad, para dejarlo pasar:

—No necesito ni quiero nada, no soy ninguna p…

—Relájate, no intento comprarte, si es eso lo que estás imaginando —me interrumpió antes de que terminara la frase, tratando de calmarme. Cogió uno de los regalos y añadió—: En realidad, es un regalo para los dos. He pensado que, si ambos queremos seguir viéndonos, necesitamos poder comunicarnos y me niego a hacerlo a través de una recepcionista de hotel, prefiero hacerlo personalmente.

—Un par de teléfonos móviles —adiviné.

—Son dos teléfonos móviles, pero solo se pueden llamar y enviar mensajes entre sí. Podremos ponernos en contacto para quedar o para avisar si nos surge algún imprevisto y no podemos presentarnos a la cita acordada.

—Una línea directa para encuentros tórridos —me mofé—. ¿Cuántos teléfonos de éstos tienes?

—Es el primero que utilizo —dijo con indiferencia—. Es lo más adecuado a nuestro trato que he encontrado para mantenernos en contacto pero, si tienes una idea mejor, te escucho.

—No tengo una idea mejor, pero no pienses que voy a estar a tu disposición siempre que quieras, tengo una vida —le advertí.

—Yo también tengo una vida y un trabajo que me obliga a ausentarme a menudo por tiempo indeterminado.

— ¿De cuánto tiempo estamos hablando?

—No más de tres o cuatro semanas, pero te avisaré antes de marcharme, nuestro trato no nos permite desaparecer sin decir nada —me recordó a modo de advertencia.

—A veces siento que me tratas como si fuera una niña pequeña —protesté.

—A veces siento que te comportas como una adolescente rebelde —replicó.

Touchée. Había dado en el clavo. Ese era mi rol eterno, el de una adolescente rebelde. Me sentí decepcionada conmigo misma, jamás podría quitarme esa etiqueta.

—Nena, deja de morderte el labio, me estás excitando y me gustaría mantener contigo esta conversación siendo capaz de pensar con claridad.

— ¿Quieres poner más condiciones?

—Más o menos —me respondió con una sonrisa traviesa en los labios—. Quiero concretar los lugares de nuestros encuentros. Me gustaría que nos viésemos en un lugar donde ambos nos sintiéramos cómodos.

— ¿Qué tienes pensado exactamente? —Era obvio que ya había pensado en ello y que incluso había tomado una decisión, pese a que todavía no conocía mi opinión sobre el asunto.

—Conservo un pequeño apartamento en el centro de cuando era joven, no es gran cosa, pero tendremos más intimidad allí que en cualquier hotel. Te daré una copia de la llave, podrás entrar y salir de allí cuando quieras.

— ¿Cuántos años tienes? Quizá deba preocuparme que tengas un piso de picadero. Además, no me gustaría encontrarme con otra de tus amantes.

—Hace años que no voy a ese apartamento y jamás lo he utilizado de picadero. Tenía intención de alquilarlo pero no me hace falta el dinero y no me gustaba la idea de que unos desconocidos vivieran en la que había sido mi casa.

—Supongo que puedo darte el beneficio de la duda y tomar una decisión después de haber visto el apartamento.

Mi desconocido sonrió satisfecho, había conseguido lo que quería. Sin embargo, yo estaba bastante inquieta. ¿Hasta qué punto resultaba coherente nuestro trato? Habíamos acordado no dar nombres ni hacer preguntas y, sin embargo, él me estaba ofreciendo las llaves de su apartamento para encontrarnos allí. Tenía mucho en lo que pensar, pero no sería esa noche.

Las reglas del juego 5.

Me despertó el incesante sonido del timbre de la puerta seguido por el sonido de mi teléfono móvil. Suspiré con resignación, solo podía tratarse de una persona: mi padre. Adoraba a mi padre, mi madre murió al darme a luz y él se había ocupado de criarme. Nuestra relación era muy buena, pero era inevitable que de vez en cuando discutiéramos, lo normal siendo él un general del ejército y yo una adolescente rebelde. Pero los años habían pasado y yo ya no era la misma, pese a que de vez en cuando seguía discutiendo con mi padre.

Álex y Tony siempre habían opinado que mi rebeldía se debía a lo estricto que era mi padre y el ambiente en el que me había criado. Supongo que crecer en una base militar con estrictas normas y horarios no era lo mejor para una niña con ansias de libertad y de espíritu artístico.

Me desperecé y me levanté de la cama para abrir la puerta. Allí me encontré a mi padre vestido con su uniforme de General del Ejército y mirándome de arriba abajo. Suspiró con resignación, ya me daba por un caso perdido, y me saludó a su manera:

— ¿Puedo pasar o estás demasiado ocupada durmiendo pasado el mediodía?

—Anoche salí a tomar unas copas y me acosté tarde —le dije encogiéndome de hombros. Le di un beso en la mejilla que él aceptó con una sonrisa y le pregunté—: ¿Te apetece un café o prefieres una cerveza?

—No gracias, solo he pasado un momento para verte. Estaré fuera del país unos días y quería que los supieses —me informó frunciendo el ceño.

— ¿Va todo bien?

Conocía demasiado a mi padre para saber que algo iba mal y él me conocía lo suficiente para saber que no podría mentirme.

—Un pequeño contratiempo en una operación, espero que nada grave. Tengo que marcharme, me están esperando en la base —me dijo con pesar. Me abrazó como cuando era niña, me besó en la coronilla y me pidió con cierto tono burlón—: Hazme un favor y no te metas en líos mientras que esté fuera pero, si lo haces, llama al Comandante Sanders, él te sacará de cualquier lío en el que te metas.

—Me halaga tu confianza en mí —me mofé—. Tranquilo, seré una chica buena y no me meteré en líos, o al menos lo intentaré.

—Te quiero, pequeña —se despidió antes de marcharse.

No pude evitar sentirme inquieta tras la marcha de mi padre, siempre me ocurría lo mismo cuando formaba parte de manera activa en una operación. Su oficio era peligroso y, pese a que debería estar acostumbrada, lo cierto era que el miedo a perderle era mucho mayor que mi optimismo.

Preparé algo para comer, limpié el apartamento y me di un relajante baño de espuma antes de regresar al hotel. Entré y, tras comprobar que la recepcionista descarada estaba en el mostrador, me dirigí directamente al ascensor.

—Disculpe, señora —oí que me llamaba. Me detuve y di media vuelta con cara de pocos amigos mientras que ella, con fingida amabilidad, añadió—: Su esposo ha dejado un recado para usted.

¿Mi esposo? ¿Se refería a mi desconocido? ¿Le había dicho él a la recepcionista que yo era su esposa o la muy arpía trataba de provocarme insinuando que era una cualquiera? Esperé unos segundos a que me diera el recado, pero como no dijo nada, bufé con impaciencia:

— ¿Y bien?

—Quiere que le diga que la ama y que la espera en la suite para celebrar su aniversario de bodas —me dijo haciendo un gran esfuerzo por mantener la sonrisa en los labios.

Sonreí complacida. Aquel desconocido se había dado cuenta del descaro de aquella recepcionista y, a pesar de que ni siquiera lo había mencionado, él se había dado cuenta de que no me había gustado y, a su manera, había decidido darle una lección a esa arpía.

Ni siquiera me molesté en dedicarle ni una sola palabra, di media vuelta y entré en el ascensor con una sonrisa de oreja a oreja mientras ella me miraba tratando de ocultar lo rabiosa que se sentía.

La puerta del ascensor se abrió al llegar a la última planta y me dirigí a la suite. Me paré frente a la puerta y respiré profundamente para tranquilizarme antes de entrar. Saber que mi desconocido ya estaba allí me había puesto más nerviosa de lo que ya estaba. Pensé en llamar antes de entrar, pero finalmente decidí abrir con la llave que me había dejado en recepción por la mañana.

Abrí la puerta y entré. Tan solo logré dar dos pasos antes de quedarme paralizada por la sorpresa. Ante mí había una mesa para dos decorada con un par de rosas rojas y un candelabro con tres pequeñas velas que iluminaban tenuemente la estancia.

—Imagino que todo esto es para celebrar nuestro aniversario —le saludé bromeando cuando le vi apoyado en la barra de la cocina y con una media sonrisa en los labios.

—La recepcionista te ha dado mi mensaje, la verdad es que tenía dudas de que lo hiciera, pero supuse que te divertiría oírlo de su boca.

Se acercó a mí lentamente y me humedecí los labios. Ni siquiera me había tocado y ya estaba excitada. Me besó levemente en los labios y me invitó a sentarme a la mesa. Sirvió un par de copas de vino, me ofreció una de ellas y, solo para provocarle, le dije:

—Creía que no bebías cuando tenías asuntos importantes entre manos.

—Puede que no sea nuestro aniversario, pero sí que celebramos algo: nuestro trato —me recordó—. Todo trato debe sellarse con una buena cena y un brindis.

— ¿Solo una buena cena y un brindis? Esperaba algo más —le dije con voz traviesa.

—Nena, si sigues provocándome, tendrás el postre pero te perderás la cena y el brindis —me advirtió con la voz ronca.

Sonreí a modo de respuesta. Deseaba que llegara la hora del postre, pero no quería perderme la magnífica cena que había tenido el detalle de encargar mi desconocido.

—Seré una niña buena —le prometí sacándole la lengua.

Por alguna extraña razón, su seriedad y serenidad me hacían sacar mi lado más infantil y rebelde. Sonreí al pensar en la teoría de Tony y Álex sobre el origen de mi rebeldía, pero la sonrisa se me borró de la cara al reconocer algunos gestos y expresiones de mi padre en mi desconocido. ¿Acaso Tony y Álex tenían razón y mi tipo ideal de hombre era alguien parecido a mi padre? Sacudí la cabeza para borrar aquella idea de la mente, no estaba preparada para asimilar una revelación de esa magnitud y no quería pensar en ello. Por el momento, tan solo quería concentrarme en pasar una nueva noche memorable con mi desconocido.