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Las reglas del juego 19.

Apenas nos quedaba poco más de una hora de camino para llegar a la base cuando el Teniente Wolf miró por el retrovisor y me informó que teníamos compañía. Pisó el pedal del acelerador a fondo, pero los dos coches que nos seguían también aumentaron la velocidad y nos rodearon colocándose uno a cada lado, tratando de que nos detuviéramos.

Mientras el Teniente Wolf intentaba esquivar las maniobras que hacían para continuar nuestro camino, miré por la ventanilla al coche de mi lado y pude contar un total de cuatro de hombres, cuatro rebeldes armados y con cara de pocos amigos. Steve seguía concentrado en la carretera, así que eché un rápido vistazo a los ocupantes del coche de la izquierda, otros cuatro rebeldes armados.

—Dos coches, uno a la izquierda y otro a la derecha. En cada coche hay cuatro hombres armados, ¿algún plan? —Le pregunté tratando de mantener la calma.

—El plan es llegar a la base vivos y, a poder ser, sin un solo rasguño —musitó entre dientes.

—Intenta mantenerte en la carretera, yo trataré de quitárnoslos de encima. ¿Dónde tienes las armas?

— ¿Sabes usar un arma?

—Soy la única hija del General y me criado en la base, ¿tú que crees?

No contestó, metió la mano bajo su asiento, sacó una pistola y me la entregó. Comprobé que estaba cargada y me deslicé hacia a los asientos traseros. Las lunas traseras estaban tintadas e impedían que me vieran, lo cual era una baza a nuestro favor.

—Necesito que vayas un poco más rápido —le pedí.

— ¿Y qué crees que estoy haciendo?

—Estás protestando y eso no me ayuda en absoluto —le reproché molesta.

Traté de apañármelas cómo pude, encajonándome en el suelo de los asientos traseros mientras intentaba mantener el equilibrio de los volantazos que daba al conducir para esquivar a los rebeldes. Le quité el seguro al arma, apunté a una de las ruedas traseras del coche que nos golpeaba por la izquierda y disparé. La rueda estalló y perdieron el control del coche, que dio varias vueltas de campana.

— ¡Bien hecho, Alice! —Me animó Steve.

El otro coche nos dio un golpe por el lado derecho y esta vez fuimos nosotros quienes perdimos el control del coche y dimos varias vueltas de campana. No llegué a perder el conocimiento, pero tampoco me sentía consciente del todo.

—Alice, ¿estás bien? —Me preguntó preocupado mientras me ayudaba a incorporarme para salir del coche.

—Me han roto el corazón, han interrumpido mi retiro espiritual y acaban de intentar matarme, supongo que he estado mejor —respondí medio aturdida.

—Tenemos que salir aquí —decidió.

Me sacó del coche, cogió el arma que me había prestado y un par de armas que guardaba en la guantera. No cogimos nada más, nos esperaba una huida a pie y era mejor ir ligeros de peso.

—Vamos, están regresando para comprobar cómo estamos —me apresuró Steve.

Me agarró del brazo y tiró de mí para escondernos entre los árboles que bordeaban la carretera y nos adentramos en el frondoso bosque. Hice un balance mental de la situación: estábamos perdidos en el bosque, no teníamos agua ni comida, no había cobertura para utilizar nuestros teléfonos móviles, estaba anocheciendo y al menos había cuatro rebeldes armados hasta los dientes buscándonos.

— ¿Cuál es el plan? —Le pregunté parándome de repente, ni siquiera sabíamos hacia a dónde nos dirigíamos.

—La base está hacia el norte, pero en lugar de ir en línea recta daremos un pequeño rodeo para despistarles.

—Estamos a casi cien kilómetros de la base, tardaremos más de diez horas en llegar, si es que logramos llegar sin agua y sin comida.

— ¿Tienes un plan mejor? —Replicó molesto.

—Si bajamos por el río bordeando aquella montaña llegaremos a un pequeño valle, es posible que allí tengamos cobertura para poder llamar por teléfono —comenté—. Es una zona de casa, probablemente encontremos alguna cabaña por el camino y, con un poco de suerte, quizás hasta tengan teléfono o alguna radio.

—Vale, ese parece un plan mejor —reconoció.

Nos pusimos en marcha y bajamos siguiendo el curso del río. Caminábamos en silencio, pero Steve no se sentía demasiado cómodo y comenzó a hablar. O, mejor dicho, a preguntar:

— ¿Qué es eso de que te han roto el corazón?

—Supongo que, como dice mi padre, no me fijo en los hombres adecuados.

—No creo que sea para tanto —opinó divertido.

—Siempre he sido una rebelde, no se lo he puesto fácil a mi padre —reconocí—. El caso es que he madurado, me he convertido en una mujer responsable y sensata. No quería hombres en mi vida, solo me habían traído problemas, pero tampoco estaba dispuesta a renunciar al sexo y, como por arte de magia, encontré al hombre perfecto, o al menos eso era lo que yo creía, pero mi príncipe azul se convirtió en rana.

—Creía que eran las ranas las que se convertían en príncipes —comentó divertido.

—Se me dan tan mal los hombres que hasta convierto a los príncipes en ranas —bromeé.

— ¿Qué fue lo que pasó?

—Acabé enamorándome de él y descubrí que yo no le importaba lo más mínimo, solo era uno de sus pasatiempos.

— ¿Por eso te habías ido de la ciudad?

—Necesitaba desconectar, intentar quitármelo de la cabeza, y me pareció una buena idea distraerme con unas vacaciones en la playa. Aunque creo que me he distraído más en las últimas dos horas que en las dos semanas que llevaba en la playa.

—Si salimos vivos de aquí, recuérdame que le dé una paliza al idiota que te ha dejado escapar, no te merece.

Le sonreí con complicidad, Steve era un encanto de hombre. Me recordaba a mi desconocido en algunos gestos y en la forma de hablar. Calculé que debían ser más o menos de la misma edad y, sin darme cuenta, me oí preguntar:

— ¿Cuántos años tienes?

— ¿Vas a decirme que soy muy viejo para este trabajo? —Me replicó a la defensiva.

—No, solo sentía curiosidad. ¿Qué os pasa a los hombres con la edad? Creía que era a las mujeres a las que nunca se les debía preguntar por su edad —me mofé.

—No tengo ningún problema con mi edad, me siento joven, estoy en forma y tengo muy buena salud —me aseguró.

—Entonces, ¿por qué no me dices cuántos años tienes? —Insistí ya más por diversión antes su reacción que por la curiosidad que había sentido al principio.

—Tengo treinta y siete años.

—Eres joven, ya no eres un crío, pero tampoco eres viejo —opiné con sinceridad—. La verdad es que te echaba treinta y cinco años como mucho, así que supongo que estás muy bien.

— ¿Supones que estoy muy bien? —Ahora fue él quien se mofó.

—Acaban de romperme el corazón, no puedo mirarte como a un hombre —me excusé bromeando de nuevo—. Además, jamás me fijaría en alguien que trabaje en la base.

— ¿Y eso por qué?

—Mi padre es el General, ¿crees que alguno de sus soldados se fijaría en mí?

—Eres una chica guapa, inteligente, divertida y sorprendente, no hay muchas chicas capaces de coger un arma y disparar en una situación tan complicada como en la que estamos.

—Una vez un soldado trató de ligar conmigo sin saber quién era, cuando mi padre se enteró lo trasladó de base.

— ¿Cuántos años tenías?

—Tenía veinte años.

—Supongo que no debe ser fácil ser la única hija del General pero, ¿esa es la única razón por la que no te fijarías en un soldado?

—Respeto y admiro lo que hacéis, pero es difícil que no te afecte a nivel personal. Me he criado en la base, he sido testigo de los terrores nocturnos de los soldados, de las bajas, de la preocupación de sus familias y de cómo hace que cambien las relaciones. Mi ya es bastante complicada para añadir un problema más.

—Es una lástima, había pensado en presentarte a un amigo de la base, a él también le han roto el corazón y creo que os caeríais bien.

—No te ofendas, pero paso de las citas a ciegas.

—Eso exactamente es lo que respondería él si se lo dijese —se echó a reír Steve.

Con aquella conversación llegamos al claro del valle y por fin conseguimos algo de cobertura para nuestros teléfonos móviles. Steve llamó a mi padre y, tras explicarle la situación y escuchar las órdenes, me tendió el teléfono y me dijo con una sonrisa maliciosa en los labios:

—Quiere hablar contigo.

Rodé los ojos, lo último que me apetecía era tener que escuchar un largo sermón de mi padre. Cogí el teléfono, me lo llevé a la oreja y le saludé con toda la naturalidad de la que fui capaz:

—Hola, papá.

—Alice, ¿estás bien?

—Estoy bien, papá —mentí.

Steve me miró alzando una ceja y yo me encogí de hombros. Sí, no estaba bien. Igual que Steve, tenía algunas magulladuras y algunos cortes debido al accidente, pero no era nada grave y no quería preocupar a mi padre.

—Cielo, haz caso de todo lo que te diga el Teniente Wolf, es un buen hombre y sabe lo que se hace. No hagas ninguna tontería, por favor.

Su tono casi de súplica me hizo sentir culpable. ¿Qué clase de hija había sido para que mi padre casi me implorara que “me portara bien”?

—No te preocupes, haré todo lo que me diga el Teniente Wolf —le aseguré.

—Bien. Alfred ha enviado a un par de hombres a buscaros, tardarán como mucho una hora en llegar.

Tras prometerle a mi padre una vez más que no haría nada insensato y esperaría que vinieran a buscarnos, por fin colgó. Steve trató de ocultar la risa, pero no tuvo demasiado éxito y le fulminé con la mirada. Nos sentamos en un par de piedras lisas mientras esperábamos que nos vinieran a buscar y Steve insistió en que le contara qué había hecho en el pasado para que mi padre temiera tanto mi comportamiento y se temiera lo peor.

Las reglas del juego 18.

El viernes por la mañana me desperté contenta y cargada de energía, por fin iba a volver a ver a mi desconocido. Habían sido unos días duros sin él, pero después de la llamada de la noche anterior, todas mis dudas se habían disipado. Tenía claro lo que quería y estaba dispuesta a luchar por ello, no tenía nada que perder.

Me levanté temprano, limpié mi apartamento y me di un largo baño antes de bajar a la cafetería de la esquina para desayunar. Había estado trabajando tanto durante los días que mi desconocido había estado fuera que podía permitirme el lujo de tomarme el mes de julio y agosto de vacaciones. Tan solo tenía que escoger las fotografías que expondría en la galería, pero la exposición no se inauguraría hasta mediados de septiembre, tenía tiempo de sobra para decidirlo. Había cumplido con todos mis compromisos y me sentía liberada, quería pasar todo el tiempo posible con mi desconocido.

Después de desayunar me animé y me fui de compras. Quería que aquella noche con mi desconocido fuera especial y quería estar perfecta para la ocasión. Me compré un vestido elegante, de color rosa pálido y con escote de palabra de honor que pensaba conjuntar con unas sandalias romanas con tacón de aguja y una fina americana blanca con manga de tres cuartos.

Salí de la tienda feliz, deseando que llegara la noche para reunirme con él, pero recibí una dosis de realidad. A pocos metros de donde yo me encontraba, mi desconocido sonreía junto a una mujer embarazada y una niña de unos cinco años se le arrojaba a los brazos mientras le llamaba papá. Me quedé paralizada en medio de la calle, sin poder dejar de mirar aquella escena de familia feliz en la que mi desconocido era el protagonista. Nuestras miradas se cruzaron y vi la culpabilidad en sus ojos. Reaccioné y, fingiendo una serenidad que no sentía, recorrí los escasos metros que me separaban de mi coche y me monté en él.

Respiré profundamente un par de veces antes de arrancar el motor del coche e incorporarme a la circulación. Las piernas me temblaban, el corazón me latía con tanta fuerza que parecía que quisiera salir del pecho y las lágrimas se derramaban de mis ojos como cataratas. No podía creer lo que acababa de ver, no quería creer que mi desconocido era en realidad un hombre casado, que tenía una hija y esperaba un bebé. Me sentí sucia, humillada y tonta por no haberme dado cuenta antes.

Ni siquiera quise pedirle explicaciones, estaba demasiado dolida y ya era demasiado tarde para escuchar la verdad de sus labios. Mi antigua yo hubiera ido al apartamento y lo hubiera roto todo o incluso le hubiera prendido fuego, pero ya no era aquella rebelde impulsiva. Actué como la mujer sensata en la que me había convertido y decidí dirigirme a su apartamento para recoger todas mis cosas y dejar allí las llaves y el teléfono móvil que él me había dado. No quería saber nada de él, nada de lo que pudiera decir lo arreglaría.

Después regresé a mi apartamento, cogí una botella de vino y una copa, entré en el cuarto de baño con la intención de darme un largo baño mientras lloraba desconsoladamente.

No salí del ático en todo el fin de semana, necesitaba pasar por aquel duelo en soledad. Pero, después de llorar como nunca antes lo había hecho, convoqué un gabinete de crisis con Tony y Álex. Nos reunimos en mi apartamento y, tras escuchar de mis labios todo lo que había ocurrido con mi desconocido, ambos me aconsejaron que me tomase unos días lejos de la ciudad para pensar, para recomponerme y regresar a mi vida normal.

—Ve a la playa, disfruta del sol, carga a tope tu energía y regresa cuando estés preparada para afrontar todo lo que se te ponga por delante —me aconsejó Tony.

—La verdad es que me vendría bien cambiar de aires durante unos días, en la ciudad todo me recuerda a él.

A la mañana siguiente, preparé un par de maletas y las guardé en el coche. Llamé por teléfono a mi padre y, cuando me confirmó que estaba en la base, me dirigí hacia allí. No podía salir de la ciudad sin decírselo a mi padre. En cuanto puse un pie en su despacho supe que me iba a someter a uno de sus interrogatorios.

—No entiendo nada, acabas de regresar de una escapada de cinco días, ¿por qué tienes que irte de nuevo? ¿Va todo bien con ese amigo que estabas conociendo? —Al General Frank Keller no se le escapaba una.

—No va bien, he descubierto que es un capullo —bufé.

—Te vas de la ciudad por él —concluyó mi padre—. Cielo, ¿hay algo que deba saber?

—Había puesto demasiadas esperanzas en esa relación y no ha salido cómo esperaba, he cumplido con todos los compromisos que tenía programados y tengo el verano libre, tan solo quiero desconectar unos días y recargarme de energía.

— ¿Te vas sola?

—Sí.

—Necesitaré saber dónde vas a estar y tendrás que estar localizable.

— ¿Va todo bien?

Puede que mi padre siempre le gustara tenerlo todo bajo control, pero aquello era excesivo hasta para él, era evidente que ocurría algo.

—Hemos recibido algunas amenazas de los rebeldes, estamos trabajando en ello pero prefiero tenerte localizada.

—No te preocupes, te llamaré todas las noches —le prometí para que se quedara más tranquilo.

Me despedí de él con un fuerte abrazo y me subí de nuevo al coche para dirigirme hacia el sur, unos días en la playa eran todo lo que necesitaba en ese momento.

Las siguientes dos semanas me alojé en un pequeño y pintoresco hotel en primera línea de mar. Pasaba las mañanas en la playa, comía en algún restaurante y paseaba por las turísticas calles repletas de tiendas de suvenires. Recorrí la costa a pie con mi cámara en busca de inspiración para tomar fotografías, pero las musas me habían abandonado y ninguna de las fotos que hacía me resultaba mínimamente buena. Cenaba en el hotel y después me retiraba a mi habitación, llamaba por teléfono a mi padre y me metía en la cama para tratar de dormir. Pensaba en mi desconocido a todas horas, trataba de distraerme pero él siempre acudía a mi mente, todo me recordaba a él. Me preguntaba qué estaría haciendo, cómo se sentiría después de que yo descubriera la verdad y si me echaba de menos. Pese al dolor que sentía, yo sí que le echaba de menos. Nuestra relación solo había sido una mentira, él tenía su propia familia y yo solo era un capricho pasajero, una muesca más en el cabezal de su cama.

Tenía intención de quedarme allí por lo menos un par de semanas más, pero una llamada de mi padre alertándome de un posible ataque de los rebeldes cambió mis planes.

—No salgas del hotel, he enviado al Capitán Benson y al Teniente Wolf a buscarte, ellos te traerán a la base —me ordenó.

No conocía personalmente al Capitán Benson ni al Teniente Wolf, pero había oído hablar a mi padre y al Comandante Sanders de sus habilidades como soldados.

—Les esperaré en el hotel —le confirmé.

—Por favor Alice, se trata de una amenaza seria, no se lo pongas difícil y regresa a la base con ellos cuanto antes, ¿de acuerdo?

—No te preocupes, les esperaré en el hotel y en unas horas estaremos en la base —le aseguré para que se calmara, aquel asunto era más peligroso de lo que pensaba.

—Nos vemos en unas horas, cielo —se despidió antes de colgar.

Mientras esperaba que vinieran a buscarme, recogí todas mis cosas, las guardé en la maleta y pagué en la cuenta en recepción. Me senté en la cafetería del hotel a tomar un refresco para hacer tiempo y, una vez más, pensé en mi desconocido. Evitaba imaginarlo en su papel de esposo y padre perfecto, preferí recordar solo los buenos momentos.

— ¿Alice Keller?

Levanté la vista para mirar al hombre que se dirigía a mí y estuve a punto de decirle que se equivocaba, pero me enseñó su identificación y descubrí que se trataba del Teniente Wolf.

—Sí, soy yo.

—Soy el teniente Wolf, el General Keller me envía a buscarla para llevarla a la base.

— ¿Has venido solo? —Pregunté al recordar que mi padre había mencionado que el capitán Benson también vendría.

—Sí, el capitán Benson ha tenido que ocuparse de un asunto personal —me respondió al mismo tiempo que cargaba con mis maletas y me guiaba hasta a su coche.

— ¿Qué voy a hacer con mi coche?

—Lo dejaremos aquí, ya enviaremos a alguien a buscarlo cuando todo se calme.

Resoplé con fastidio, no solo tenía que interrumpir mi retiro de desconexión, también tenía que abandonar allí mi coche y regresar a la base.

Me esperaban cinco horas de viaje en coche con el Teniente Wolf al que acababa de conocer y al parecer no estaba de muy buen humor.

— ¿Cómo de grave es la situación? —Le pregunté tras un rato en silencio.

—Estamos trasladando a todos los familiares a la base, no queremos correr ningún riesgo.

— ¿Tu familia está ya en la base?

—Sí, mi mujer ya está allí. Está embarazada, todavía no sabemos si será un niño o una niña, pero nos da igual, solo queremos que el bebé nazca sano —me respondió con orgullo.

— ¿Es vuestro primer hijo?

—Sí, el primero.

—Sea un niño o una niña, estoy segura que será un bebé muy feliz, solo hay que escucharte hablar de tu mujer y de él para saberlo.

Continuamos charlando de camino a la base y el Teniente Wolf o Steve, como me había pedido que le llamara, me pareció un tipo de lo más divertido. Me habló de lo nervioso que se sentía por ser padre y de su miedo a no hacerlo bien. Los ojos le brillaban cuando hablaba de su esposa Kate, la idolatraba. No pude evitar desear que mi desconocido hubiera sentido algo así por mí.

Las reglas del juego 17.

El sábado por la mañana amaneció lloviendo, así que decidimos quedarnos en la cabaña y le dimos rienda suelta a la pasión. El jacuzzi se convirtió en nuestro rincón preferido expresar con nuestros cuerpos lo que ninguno de los dos se atrevía a decir con palabras.

Los días fueron pasando y nuestra complicidad fue en aumento, nos entendíamos con tan solo una mirada y nos encontrábamos de lo más cómodo acompañados por el otro. Incluso las tareas más anodinas y rutinarias como cocinar, fregar los platos o hacer la cama me parecían de lo más divertidas si las hacía con él.

Continué almacenando pequeños detalles de su conducta que no decían nada por sí solos, pero en conjunto denotaban el hombre que era. Recibió y realizó algunas llamadas de teléfono y, como no podía preguntar para no romper las reglas, me limité a escuchar para tratar de adivinar con quién hablaba. En varias ocasiones habló con su madre y siempre le preguntaba lo mismo: si estaban bien y si iba todo bien por allí, en plural. Imaginé que, si hablaba con su madre, lo lógico sería que se refiriese a ella y a su padre. Habló con una niña pequeña que se llamaba Lía, supuse que debía tratarse de su sobrina y tengo que reconocer que se me cayó la baba cuando le escuché hablar con ella con tanta dulzura. También le oí hablar con alguien llamado Steve, pero no pude averiguar si se trataba de su hermano, de un amigo o de un compañero de trabajo. Era obvio que se sentía incómodo cuando hablaba por teléfono y yo estaba delante, así que miraba para otro lado y fingía que no le prestaba atención, pero era evidente que él seguía cohibido con mi presencia y sus conversaciones no eran fluidas salvo cuando hablaba con la niña.

—Nena, no has llamado por teléfono ni una sola vez desde que salimos de la ciudad, ¿no hay nadie a quién debas llamar para no preocupar? —Me preguntó con mucho tacto.

—No temas, nadie te va a acusar de haberme secuestrado —bromeé—. Mi círculo más cercano sabe que me estoy tomando unos días libres para desconectar, tengo el teléfono móvil apagado.

— ¿Creen que estás sola? —Me preguntó alzando una ceja.

No supe descifrar si estaba molesto por no haber mencionado que me iba de escapada rural acompañada o si bromeaba insinuando que podría hacer conmigo lo que quisiera y nadie se enteraría.

—Si sigues mirándome así, tal vez deje que me secuestres —ronroneé.

—Nena, no me tientes…

Nos encendíamos con el mínimo roce de nuestra piel, con el susurro de nuestras voces o con tan solo una significativa mirada. La atracción entre nosotros era tan fuerte que se convertía en una adicción. Fueron los cinco días más intensos de toda mi vida y no solo por el sexo. Pero nuestra idílica escapada llegó a su fin y tuvimos que regresar a la ciudad.

Para mi sorpresa, se dirigió directamente al apartamento y, tras aparcar el coche en el parking del edificio, argumentó:

—Es tarde, lo mejor es que pasemos la noche aquí.

No se lo discutí, la idea de dormir sola en mi apartamento no me atraía en absoluto. Nada más entrar, dejó las maletas en un rincón y comenzó a desnudarme. Cuando me tuvo completamente desnuda, me besó en los labios, me cogió en brazos y me llevó a la cama. Se desnudó en un par de segundos y se metió en la cama conmigo.

—Ven aquí, nena —susurró con la voz ronca al mismo tiempo que me colocaba sobre él y me envolvía con sus brazos—. ¿Te apetece un poco de sexo soñoliento?

—Mm… Lo estoy deseando.

Se hundió en mí con una lentitud y suavidad que casi me hizo desfallecer. Tenía la habilidad de llevarme a las puertas del orgasmo con una facilidad devastadora.

—Nena, dime tu nombre —me susurró.

No había insistido en saber mi nombre durante la escapada, pero volvió a hacerlo la misma noche que regresamos a la ciudad. Sin embargo, no exigió una respuesta, aceptó mi silencio y  continuó con el suave vaivén de nuestros cuerpos hasta que alcanzamos el clímax. Me quedé tendida sobre él, completamente agotada.

—Empieza por A —logré balbucear casi dormida.

— ¿Cómo dices?

—Mi nombre. Empieza por A.

Esas fueron las últimas palabras que le dije antes de quedarme dormida.

A la mañana siguiente, él recibió una llamada de teléfono y tuvo que marcharse. Él no me dio más explicaciones y yo no quise preguntar.

La primera noche que dormí sola en mi cama del ático me sentí extraña, le echaba de menos y apenas hacía unas horas que había estado con él.

Un par de días más tarde, él tuvo que viajar fuera del país por trabajo. Aproveché para recuperar la rutina de mi vida diaria, continué realizando reportajes, fotografié a las modelos con los diseños de Álex y Tony y dediqué el escaso tiempo libre que me quedaba en tomar algunas fotos para mi próxima exposición en septiembre. Trataba de mantenerme lo más ocupada posible para no pensar en él. Tras nuestra pequeña escapada, lo que sentía por él y no podía evitar sentirme un poco celosa por no saber qué estaría haciendo y, lo peor de todo, con quién.

Sí, los celos me acechaban. Las preguntas que había estado enterrando en el fondo de mi mente comenzaban a resurgir y las dudas me consumían. ¿Estaba realmente fuera del país? ¿Se ausentaba por trabajo o por algún otro motivo? Era mejor no pensar en ello.

Durante esos días, intercambiábamos mensajes de texto a través del móvil, me preguntaba cómo me había ido el día y me decía que me echaba de menos. Ya no solo nos enviábamos mensajes subidos de tono, sino que también nos preocupábamos el uno del otro y nos interesábamos por lo que hacíamos.

—Cielo, él está igual de coladito por ti que tú por él —opinó Tony tras leer los mensajes que me había enviado mi desconocido.

—Si ambos queréis lo mismo, ¿por qué no anuláis ese estúpido trato y os dejáis de tanta tontería? —Preguntó Álex rodando los ojos—. Cada día te entiendo menos.

—Eso es porque te estás volviendo un ogro gruñón —le repliqué sacándole la lengua.

—Esta vez, tengo que darle la razón a Álex —le apoyó Tony—. El trato ya no tiene ningún sentido, si seguís así al final acabará mal.

— ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Voy y le suelto que estoy enamorada de él? ¿Qué pasa si lo asusto, si no quiere lo mismo que quiero yo?

—Cielo, no hace falta que le confieses todos tus secretos, tan solo que le abras la puerta para iniciar una relación sin tratos de por medio —comentó Tony—. Él te ha pedido que le digas tu nombre y te ha llevado al lago de escapada romántica, ya ha dado el primer paso y solo está esperando a que tú hagas lo mismo.

Esa misma noche, mi desconocido me llamó por teléfono. Estaba a punto de meterme en la cama cuando el teléfono móvil comenzó a sonar. Sonreí como una boba y descolgué la llamada antes de llevarme el teléfono a la oreja.

—Nena, te echo de menos —me dijo nada más descolgar.

Su voz era casi un lejano susurro y denotaba su cansancio, pero sus palabras reflejaban la necesidad que sentía de volver a verme. Me echaba de menos.

— ¿Has regresado a la ciudad? —Le pregunté.

—Regresaré mañana a mediodía. Había pensado que podríamos ir a cenar esta noche, si no tienes otros planes.

¿Estaba dando otro paso como decía Tony? Me estaba invitando a cenar, ¿quería salir conmigo como si fuésemos una pareja?

—Me parece una idea estupenda, yo también te he echado de menos —le respondí con un hilo de voz.

—Nena, no sabes cuánto me alegra oírte decir eso.

—Entonces, ¿nos vemos mañana por la noche en el apartamento?

—Te estaré esperando a las nueve en el parking, si subo contigo al apartamento no creo que lleguemos al restaurante —susurró con la voz ronca.

—Mm… Demasiados días… —murmuré pensando que llevábamos más de una semana sin vernos y sin tocarnos.

—Demasiados —me secundó—. Voy a tener que secuestrarte todo el fin de semana para compensarlo.

— ¿Todo el fin de semana? —Quise asegurarme de haber escuchado bien.

—Todo el fin de semana, nena —me confirmó—. ¿Tienes otros planes?

—Ninguno mejor que el que me propones.

—Cuéntame qué has estado haciendo estos días, háblame —me pidió casi en un ruego.

Supe que solo quería escuchar el sonido de mi voz, fuera cual fuera su trabajo, le dejaba agotado física y mentalmente.

—He estado trabajando mucho estos días, he salido un par de veces a tomar unas copas con mis amigos y…

— ¿Con tus amigos? ¿Los mismos amigos con los que te vi en el pub?

—Con los mismos amigos con los que me viste en el pub, pero tengo más amigos con los que salgo de copas —le respondí solo para provocarle.

—Y, cuando dices que son amigos, ¿te refieres a que son amigos…? —Dejó la pregunta en el aire para que yo respondiera.

—Mm… ¿Alguien está celoso?

—Nena, te recuerdo que acordamos exclusividad.

—Son amigos en el más estricto sentido de la palabra —le dije divertida por su reacción.

—Bien, porque te quiero solo para mí.

Celoso y posesivo, dos facetas de mi desconocido que acababa de averiguar. Si bien no era más que un juego de palabras para provocarnos mutuamente, me había dejado claro que no estaba dispuesto a compartirme con nadie.

Me recordó nuestra cita para la noche siguiente y me deseó buenas noches antes de colgar. Esa noche, me dormí con una sonrisa en los labios sabiendo que en menos de veinticuatro horas volvería a estar entre sus brazos.

Las reglas del juego 16.

Nos subimos al coche y le observé mientras conducía. Era un hombre muy atractivo y resultaba de lo más sexy tan concentrado en la carretera. Los músculos de su brazo se marcaban cada vez que lo movía para cambiar de marcha y sus facciones se acentuaban debido a la atención que prestaba a la carretera.

No tenía ninguna duda de que mi desconocido era misterioso, interesante y un tipo encantador incluso cuando se enfurruñaba. Me pregunté cómo serían sus padres y deduje que serían igual de educados y amables que él, estaba segura de que su educación era producto de una buena mujer. Lo imaginé jugando con su sobrina y tuve que contener mis ganas de abalanzarme sobre él mientras conducía. Por alguna extraña razón, la imagen de él con un bebé en los brazos se me antojó de lo más irresistible.

—Deja de mirarme así, me estás poniendo nervioso.

—Estás muy sexy cuando conduces —le dije ignorando su comentario.

—Nena, creía que teníamos una tregua.

—Y la tenemos, estoy siendo buena —me encogí de hombros con fingida inocencia.

—No quiero pensar qué harás cuando decidas ser mala —murmuró entre dientes.

Tras una hora conduciendo por una carretera plagada de curvas, por fin llegamos a un pequeño y pintoresco pueblo rodeado por una muralla de piedra y presidido por un elegante castillo de la Edad Media. Me arrepentí de no haber traído conmigo la cámara de fotos, hubiera podido hacer un magnífico reportaje del castillo, del pueblo y de los alrededores. El paisaje parecía mágico, te hechizaba con su belleza.

Tuvimos que dejar el coche en el aparcamiento que había justo antes de las puertas de la muralla, ya que por el interior del pueblo tan solo podían circular con vehículos los residentes de la zona. Entramos por el portón de madera de la muralla caminando agarrados de la mano, como cualquier otra pareja que paseaba por allí. Mis ojos no dejaban de visualizar todo lo que podía fotografiar para transmitir la belleza y la serenidad de aquel lugar idílico. Me prometí a mí misma que regresaría a ese pueblo solo para tomar las fotos que no podía hacer en ese momento.

— ¿Te parece bien si paramos a comer aquí? —Me preguntó señalando la terraza de uno de los restaurantes de la plaza principal del pueblo, frente a la entrada al castillo. Asentí con un leve gesto de cabeza y, con una amplia sonrisa que denotaba mi felicidad, le besé en los labios con sensualidad y, aunque no estaba dispuesta a reconocerlo, también con amor—. Mm… ¿A qué ha venido ese beso? Y que conste que no es ninguna queja.

—Me apetecía —respondí encogiéndome de hombros para quitarle importancia.

Me estrechó entre sus brazos sin importarle que estuviéramos rodeados de gente en aquella plaza y, mirándome a los ojos con intensidad y deseo, me pidió:

—Dame otro beso de esos, nena.

No tuvo que decirlo dos veces, acuné su rostro con mis manos y le besé de nuevo, sin prisa, disfrutando del placer que me producía el roce de sus labios con los míos.

Nos sentamos en la terraza de aquel restaurante y me propuse aprovechar esa escapada para conocer un poco más a mi desconocido. No podía hacer preguntas, pero me fijaría en los pequeños detalles para averiguar más cosas sobre él. Me había llevado al lago, eso significaba que le gustaba la naturaleza. Fue a buscar leña para encender la chimenea y no tuvo ningún problema, lo que significaba que ya lo había hecho antes. Con esa información podía deducir que era un hombre sencillo, que le gustaba el campo y no le preocupaba ensuciarse las manos. Además, había descubierto que era muy detallista y, aunque quizás él no se había dado cuenta todavía, también era un romántico.

— ¿Qué te parece tan divertido? —Me preguntó sonriendo al verme sonreír, contagiado de mi buen humor.

—Tú me pareces divertido —le respondí con una verdad a medias—. He sido una maleducada, ni siquiera te he dado las gracias por planear y llevar a cabo esta escapada.

—Me doy por satisfecho solo con verte sonreír, nena —le restó importancia—. ¿Quieres que visitemos el castillo después de comer?

Dicho y hecho. Después de comer, compramos una entrada guiada para visitar en el majestuoso castillo de la Edad Media. El castillo era una auténtica fortaleza y no costaba imaginar cómo vivían los habitantes de la aldea en aquella época. Una vez más, eché de menos mi cámara de fotos, hubiera tomado cientos de fotos, sobre todo de mi desconocido.

— ¿Qué ocurre? ¿No te gusta el castillo?

— ¿Cómo no me va a gustar el castillo? —Le repliqué confusa por su pregunta—. Es una obra arquitectónica increíble y tiene una belleza embriagadora, no creo que haya alguien sobre la faz de la tierra a quien no le guste.

—Entonces, ¿a qué ha venido esa cara triste?

Entonces le comprendí, se refería a la cara que había puesto al recordar que no llevaba conmigo la cámara de fotos.

—Me hubiera gustado traer la cámara de fotos, este lugar es precioso —le respondí abriendo los brazos mientras daba una vuelta sobre mí misma para señalar todo lo que nos rodeaba.

—Podemos ir a comprar una cámara de fotos, seguro que hay alguna tienda que las venda, es un pueblo muy turístico.

—No es necesario —le agradecí con una amplia sonrisa, mi cámara de fotos era una cámara profesional, no una cámara para turistas o aficionados—. Además, así tendré una razón para regresar.

—Podríamos escaparnos unos días a finales de agosto, celebran una fiesta medieval en la que todo el mundo se viste de la época y creo que incluso lanzan fuegos artificiales.

Una vez más, su propuesta me sorprendió. Quedaban tres meses para finales de agosto, era una propuesta a largo plazo.

—Recuérdamelo más adelante, tengo mala memoria y no me gustaría perdérmelo.

Dejé la piedra en su tejado. Si realmente quería regresar conmigo cuando llegara la fecha, se encargaría de recordármelo. Reconozco que me gustó saber que me incluía en sus planes para los siguientes tres meses.

—Nena, estás muy pensativa, ¿va todo bien? —Me preguntó escrutándome con la mirada.

—Estaba pensando en el jacuzzi de la cabaña —le dije con voz seductora.

—Nena… —Me advirtió con un suave ronroneó mientras me acariciaba el cuello con la punta de su nariz.

—Has sido tú quien ha preguntado —me defendí entre risas.

Me estrechó entre sus brazos y me abrazó con fuerza. Me dio un leve beso en los labios y, dedicándome la mejor de sus sonrisas, me dijo:

—He visto un supermercado a un par de calles, pararemos a comprar comida y regresaremos a la cabaña para estrenar ese jacuzzi, caprichosa.

Entonces fui yo la que le besé con tanta fuerza y empeño que casi nos caemos al suelo al perder el equilibrio. Entre risas, besos y abrazos, hicimos la compra en aquel supermercado antes de regresar a la cabaña.

Guardamos la comida que habíamos comprado en la nevera y los armarios que componían la cocina y me regañé mentalmente por imaginarme de nuevo compartiendo una vida familiar con él. Cada día me resultaba más tentadora la idea de romper las reglas del juego.

— ¿Cenamos antes de meternos en el jacuzzi? —Le pregunté—. Si lo hacemos al revés, sabes que no cenaremos.

—Tienes razón —afirmó con una sonrisa traviesa en los labios—. Ve a ponerte cómoda, yo me encargo de la cena.

—No te lo voy a discutir, no se me da muy bien cocinar —le advertí—. Pero soy una buena ayudante, no tendrás ni una sola queja de mí.

Le ayudé a preparar la cena y descubrí que tenía grandes habilidades como cocinero, se notaba que le gustaba estar entre fogones, la cocina era otra de sus virtudes. Suspiré con resignación, esos días en el lago tan solo provocarían que acabara totalmente enamorada de mi desconocido.

Cenamos tranquilamente y después recogimos la mesa y la cocina sin ninguna prisa. Pese a que ambos deseábamos estrenar el jacuzzi de la cabaña, nos encontrábamos muy a gusto charlando y queríamos alargar un poco más la sobre mesa antes de pasar a la acción.

— ¿Te sigue apeteciendo meterte en el jacuzzi conmigo? —Me tanteó cuando se le acabaron los temas de conversación.

—Por supuesto, nene —le confirmé.

Mientras el jacuzzi se llenaba de agua caliente, nos desnudamos mutuamente. La paz y la calma con la que nos acariciábamos y nos besábamos, me embriagó con un dulce placer que cada día se acentuaba más, el dulce placer del amor.

Nos metimos en el jacuzzi y me sentó entre sus piernas, con mi espalda pegada a su pecho y me rodeó con sus brazos, estrechándome contra su cuerpo. Estar entre sus brazos era como estar en el paraíso.

No tuvo ninguna prisa, se demoró acariciando mi cuerpo, besándome y dándome placer sin exigir nada a cambio, era un amante generoso y desinteresado. Cuando ya no pude contener más mi deseo, me di media vuelta quedando sentada a horcadas sobre él.

—Mm… Nena, bésame como tú sabes.

Quería que le besara, pero que le besara como lo había hecho la otra vez, con amor. Me pregunté si él era consciente de ello o si simplemente le gustaba que le besara de aquella manera. La pregunta se perdió en el fondo de mi mente cuando mis labios se fundieron con los suyos. Alcé un poco las caderas y le invité a entrar en mí, una invitación que aceptó al instante. El placer ya no era la única razón por la que uníamos nuestros cuerpos, ahora lo hacíamos por necesidad, éramos dos adictos que necesitaban mantenerse en continuo contacto.

 

Las reglas del juego 15.

Cuando la primera luz de la mañana comenzó a filtrarse por la persiana del dormitorio, mi desconocido me despertó. Él ya estaba vestido y listo para salir, incluso se había duchado. Me hubiese gustado tener un poco de sexo soñoliento, pero él apenas rozó levemente sus labios con los míos para darme los buenos días y me ordenó que me diera una ducha rápida mientras él preparaba el desayuno.

Le noté un poco tenso, quizás también un poco distante, así que me desperecé, me levanté de la cama y me encerré en el cuarto de baño. No pude evitar sentirme molesta por su actitud tan diferente, su repentino cambio de humor me había dejado descolocada.

Cuando salí del cuarto de baño, ya vestida y arreglada para salir, él estaba sentado a la mesa y leyendo el periódico. Reconocí la bolsa de la panadería que había a la vuelta de la esquina y supe que había bajado a comprar un par de bollos para desayunar además de preparar café. Me senté a su lado y desayunamos en silencio. De vez en cuando, me miraba con disimulo para comprobar que comía y seguía leyendo el periódico.

— ¿Has terminado ya? —Me preguntó cuando terminé de beber el último trago de mi taza de café. Asentí con un leve gesto de cabeza y añadió poniéndose en pie—: Entonces, es hora de ponernos en marcha.

Bajamos en el ascensor sin pronunciar palabra, pero cuando llegamos al coche, se dispuso a abrir la puerta del lado del copiloto y me ayudó a subir. Nuestras miradas se cruzaron y no pude ocultar lo molesta que me sentía.

—Nena, ¿estás bien?

—He estado mejor —le respondí con tono de reproche.

—Nena, tenemos cinco días por delante, tendremos tiempo de sobra para hacer lo que quieras, no seas impaciente —me reprendió al mismo tiempo que me abrochaba el cinturón de seguridad.

Me enfurruñé como una niña pequeña y me puse de morros, pero a él le pareció divertido y rio, ignorando por completo mi enfado. Se sentó tras el volante, arrancó el motor del coche y salimos del parking del edificio para incorporarnos al escaso tráfico de la ciudad un viernes a las seis de la mañana. No estaba acostumbrada a levantarme tan temprano y los ojos se me cerraban.

—Inclina el asiento hacia atrás y duerme un poco —me aconsejó sin apartar la vista de la carretera.

Incliné el asiento y me tumbé de lado, dándole la espalda. Le escuché reír y me entraron ganas de abofetearle, se lo pasaba en grande torturándome. Sí, torturándome. No había que ser muy lista para adivinar sus intenciones después del episodio de la noche anterior. Pero a ese juego también podía jugar yo y, tal y como él había dicho, teníamos cinco días por delante.

Cerré los ojos y traté de dormir, el viaje era largo y mi desconocido no estaba de buen humor para hablar, así que no tenía nada mejor que hacer.

—Nena despierta, ya hemos llegado —escuché el susurro de su voz en mi oído. Ronroneé con fingida inocencia y murmuró—: Mm… Hasta dormida eres tentadoramente irresistible.

—Al parecer, no lo suficiente —le repliqué.

—Solo tienes que decirme tu nombre, no pido tanto.

—Yo solo quiero saber tu edad, tampoco pido tanto.

Bajó del coche y un segundo después abría la puerta de mi lado y me cogía en brazos para sacarme del coche. Dejó que mis pies tocaran el suelo, pero sostuvo agarrándome por la cintura hasta comprobar que me mantenía de pie sin perder el equilibrio. Eché un vistazo a nuestro alrededor, sentía curiosidad por saber dónde nos encontrábamos y sonreí al reconocer el lugar. Estábamos en el lago, frente a una de las lujosas cabañas que alquilaban para escapadas románticas. Había estado allí antes para hacer un reportaje sobre las diez mejores escapadas románticas cerca de la ciudad. Era el lugar perfecto para desconectar, rodeado de naturaleza y lejos de la civilización. El pueblo más cercano se encontraba a más de treinta kilómetros y las otras cabañas estaban a más de diez kilómetros de distancia entre sí, rodeando la orilla del lago. Además, los inquilinos de las cabañas estaban demasiado entretenidos dando rienda a su pasión como para salir de sus respectivas que cabañas. Se tardaba casi cuatro horas en llegar desde la ciudad, pero nosotros habíamos llegado en poco más de tres horas, mi desconocido había conducido deprisa.

—Y bien, ¿qué te parece? —Me preguntó mirándome a los ojos para comprobar si le decía la verdad.

—Es perfecto —reconocí.

Me sonrió de oreja a oreja, feliz de mi reacción, y me besó en los labios en un impulso que no fue capaz de contener.

—Dame un segundo que coja las maletas del coche y entramos en la cabaña, me han enviado las fotos por correo electrónico y creo que aquí estaremos genial.

De nuevo volvía a estar alegre y entusiasmado. Se apresuró en coger nuestro equipaje del maletero del coche y, tras cogerme de la mano, me guio a la cabaña por el estrecho camino de adoquines que llegaba hasta el porche. Sacó la llave de su bolsillo y abrió la puerta. Me hizo un gesto con la mano para que entrara primero y me dedicó una sonrisa nerviosa que yo traté de calmar dándole un leve beso en los labios. No pude evitar sonreír al pensar que ambos nos comportábamos como dos adolescentes.

— ¿Te gusta? —Me preguntó impaciente por saber mi respuesta.

Ya había visto esas cabañas, pero no quise fastidiar el momento. Eché un rápido vistazo a la cabaña para comprobar que todo estaba exactamente igual: una única estancia abierta formada por la cocina, el comedor, el salón y un dormitorio separado por un semi muro. Tan solo había una puerta, la del cuarto de baño. El cuarto de baño era la guinda de la cabaña o, mejor dicho, el enorme jacuzzi. No había nada mejor que meterse en el jacuzzi con una copa de vino después de un duro día de trabajo.

—No me gusta, me encanta —le respondí besándole de nuevo.

— ¿Lo suficiente para quedarte conmigo cinco días?

—Lo suficiente como para quedarme todo un mes —reí divertida.

—Pues todavía no has visto lo mejor —anunció dejando las maletas en el suelo para llevarme al cuarto de baño. Abrió la puerta y añadió señalando el jacuzzi—: ¿Qué me dices ahora?

—Mm… Creo que cinco días no van a ser suficientes, nene —bromeé haciéndole reír.

Se olvidó de su enfado por no decirle mi nombre y me hizo el amor con dulzura, sin exigir ninguna respuesta.

—Duerme un poco, yo iré a por leña para encender la chimenea, me han dicho que las noches son bastante frías aquí —me dijo en cuanto recobró la respiración.

Obedecí sin rechistar, estaba cansada y era consciente de lo frías que podían llegar a ser las noches en el lago, así que me quedé dormida bajo las sábanas de aquella cama mientras él se encargaba de todo. Me sentí extraña al tener a alguien que se encargara de realizar esas tareas por mí, pero era agradable saber que mi desconocido se esforzaba por cuidar de mí.

Me desperté a mediodía y vi a mi desconocido saliendo del cuarto de baño envuelto en una toalla, recién salido de la ducha. Se volvió hacia a mí y sonrió al comprobar que estaba observándole.

—Hace muy buen día, ¿te apetece dar un paseo? —Me propuso.

Una vez más, consiguió sorprenderme con su propuesta. Me tenía completamente desnuda en la cama y me proponía ir a dar un paseo.

— ¿No prefieres meterte en la cama conmigo? —Le tenté.

—Nena, yo siempre preferiré meterme contigo en la cama —me aseguró acercándose a mí para besarme en los labios.

—Entonces, ¿por qué no te metes en la cama conmigo?

—Dame un capricho y deja que te invite a comer —me pidió con voz melosa—. Además, tenemos que comprar comida si quieres que sobrevivamos en la cabaña.

—De acuerdo, caprichoso  —acepté dándole el capricho.

Me dio un leve beso en los labios y se apartó de mí como si el contacto con mi cuerpo le quemara. Rodé los ojos al entender que mantenía las distancias conmigo para evitar caer en la tentación. Decidí no ponérselo difícil y me vestí rápidamente para no provocarle. El sol brillaba con fuerza y me puse un vestido veraniego de tirantes y con falda de vuelo. Me lavé la cara, me peiné y cogí mi bolso.

—Ya estoy lista —anuncié.

Me miró de arriba abajo, frunció el ceño y me dijo:

—Coge una chaqueta, más tarde tendrás frío.

—De acuerdo, papá —me mofé.

Sin embargo, mi broma no le gustó en absoluto. Me fulminó con la mirada y bufó ofendido:

—Quizás deberías buscar a algún crío de tu edad.

—Lo haría si eso fuese lo que quiero —le repliqué harta de que ocultara su edad como si fuera lo peor del mundo—. No sé qué problema tienes con tu edad, pero ya te he dicho que a mí no me supone ninguno.

—Olvidemos el tema, no hemos venido hasta aquí para discutir —zanjó el asunto—. Coge una chaqueta y nos vamos.

Lo último que quería era acabar discutiendo con él, cogí una chaqueta de la maleta que aún no había deshecho y le dediqué la mejor de mis sonrisas cuando pasé por su lado para salir de la cabaña.