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Enamórame 20.

Seis meses después…

Ruth llegó al apartamento cansada del trabajo, era temporada de visitas de estudiantes de todas las edades y la galería se parecía más un colegio que a una galería de arte. Además, estaba un poco triste por dejar el apartamento en el que había vivido los últimos cuatro años, aunque estuviera emocionada por mudarse con David a su nueva casa con jardín.

— ¿Cómo ha ido el día, pelirroja? —La saludó David con un beso en los labios nada más entrar por la puerta.

—Horrible, deseando llegar a casa para acurrucarme contigo en el sofá.

—Pues hoy no va a poder ser, pelirroja —le advirtió tratando de ocultar su sonrisa, pero sin conseguirlo—. Tenemos planes, ve a ducharte que salimos en una hora.

— ¿A dónde vamos? No quiero salir, estoy cansada y solo quiero meterme en la cama contigo, abrazarme a ti y dormir hasta mañana.

—Y lo haremos, pequeña, pero antes tenemos que hacer algo. Ve a ducharte y no tardes.

Ruth resopló, pero le obedeció para no iniciar una discusión, él siempre acababa saliéndose con la suya.

Una hora más tarde, ambos salían del apartamento y se dirigían en coche hacia a su nueva casa. Ruth frunció el ceño cuando llegaron, no tenían previsto trasladarse hasta dentro de un par de semanas, cuando les llegaran los muebles.

— ¿Qué estamos haciendo aquí?

—No seas impaciente, es una sorpresa —le respondió David divertido—. Ven, deja que te ponga una venda en los ojos.

— ¿Una venda? ¿Para qué?

—Ya te lo he dicho, es una sorpresa —le susurró él con paciencia.

Ruth se dejó hacer, ya que la había arrastrado hasta allí, lo mínimo que podía hacer era dejar que le mostrara la sorpresa, pese a que ella odiaba las sorpresas.

David le vendó los ojos nada más salir del coche y la guio por el jardín hasta entrar en su nueva casa. Ya habían llegado los muebles y estaban colocados, Ana y Eva le habían echado una mano para que todo estuviera listo para esa noche.

David había planeado estrenar su nueva casa con una velada romántica. Le había preparado una cena en el jardín, con velas y flores; también tenía previsto llenar el jacuzzi de agua caliente y tirar algunos pétalos de rosas, como había visto en las películas; y, lo más importe, cada cinco segundos se tocaba el bolsillo interior de su chaqueta para comprobar que la cajita con el anillo de compromiso que había comprado para Ruth seguía estando en su sitio.

—Voy a quitarte la venda, preciosa.

Ruth tuvo que parpadear un par de veces hasta que sus ojos se acostumbraron a la luz de la casa y se quedó sin respiración cuando comprobó que estaban todos los muebles y que toda la decoración exactamente igual a como ella la quería. Riendo a carcajadas y llorando emocionada, recorrió todas y cada una de las estancias de la casa, seguida de cerca por David, que disfrutaba viéndola reír.

—Eres tan perfecto que creo que no eres real, no te merezco —le dijo Ruth antes de abrazarle y besarle.

—Todavía no has visto lo mejor, ¿me acompañas al jardín?

Ruth asintió con curiosidad, embelesada por los detalles que David siempre tenía con ella para enamorarla aún más si era posible. Le siguió al jardín y los ojos se le llenaron de lágrimas cuando vio una mesa preparada para dos comensales, iluminada con un precioso y antiguo candelabro y con un jarrón repleto de orquídeas blancas.

—Pelirroja, ¿no dices nada?

—No sé qué decir.

—Solo di que sí.

— ¿Sí a qué?

David sacó la pequeña caja de su bolsillo y la abrió para enseñársela a Ruth antes de decir:

—Cásate conmigo, pelirroja.

Ruth se quedó sin palabras, pero se arrojó a sus brazos a modo de respuesta. Se abalanzó sobre él con tanta fuerza que le hizo perder el equilibrio y acabaron revolcándose sobre el mullido césped del jardín. Entre besos y risas, David consiguió ponerle el anillo a Ruth en el dedo.

—Te quiero, pequeña pelirroja.

—Yo a ti también, grandullón —le susurró Ruth antes de besarle en los labios y desnudarse en el jardín de su nueva casa.

 

FIN

Enamórame 19.

Tras pasar aquel fin de semana en la mansión de los Garrido con la familia de David, ambos regresaron a la ciudad. David se instaló en el apartamento de Ruth hasta que encontrara una casa dónde vivir, aunque ninguno de los dos le quiso dar ninguna prioridad al tema.

Disfrutaron el uno del otro durante los pocos días de vacaciones que tuvieron y, pese a que habían planeado visitar un montón de monumentos y lugares emblemáticos de la ciudad, terminaron encerrados en el apartamento dando rienda suelta a su amor.

Cuando los días de vacaciones terminaron y regresaron a la rutina del trabajo, Ruth se sorprendió al comprobar lo fácil que le resultaba la convivencia con David y, cuando él le pedía que la acompañara a visitar alguna casa para trasladarse, ella le acompañaba pero solo para encontrar y mencionar todos y cada uno de los defectos de la casa en cuestión y evitar que David se trasladara. Estaba demasiado a gusto con él, no quería que se fuera.

—Hola cariño, ¿qué tal el día? —Le preguntó David en cuanto Ruth entró en el apartamento.

—Agotador —suspiró refugiándose en sus brazos, le encantaba que David la abrazara con aquella firmeza—. Me ha llamado Ana, nos ha invitado a todos a cenar en su casa. ¿Te apetece ir?

—Claro que sí, pelirroja. Además, nos vendrá bien socializar un poco, últimamente no salimos del apartamento.

—Creía que te gustaba —le replicó Ruth.

—Y me encanta, pero no debes dejar de lado a tus amigas.

David tenía razón y Ruth lo sabía, por mucho que disfrutaran de la intimidad, no podían dejar a sus amigos a un lado. Además, le apetecía ver a sus amigas y pasar el rato con ellas, las echaba de menos.

A las ocho en punto de la tarde, David y Ruth llegaban a casa de Ana y Nahuel. Derek y Eva ya estaban allí así que, tras saludar a todos, pasaron al salón. Con la excusa de enseñarles lo mucho que había crecido el pequeño Nahuel en tan solo unos días, Ana llevó a las chicas a la planta superior para hablar con ellas.

—Se os ve muy bien juntos —comentó Ana.

—Hacéis buena pareja y me gusta verte tan feliz, hacía tiempo que no te veía sonreír con tantas ganas —opinó Eva—. Por cierto, si vas a ir acompañada a mi boda, te agradecería que me lo hicieras saber lo antes posible, todavía tengo que organizar las mesas.

—Me gustaría que David me acompañara, pero no sé cómo preguntárselo, llevamos poco tiempo y asistir juntos a una boda significa hacer oficial nuestra relación.

—Ruth, vives con él y has pasado un fin de semana en casa de sus padres, siento decirte que esa relación ya es oficial —se mofó Ana.

—Si a ti te da corte, puedo preguntárselo yo —se ofreció Eva dándole una alternativa.

—Ni se te ocurra, ya hablaré yo con él.

—Cuéntanos qué tal te va, últimamente no hay quien te vea el pelo —pidió Ana deseosa de saber sobre la vida de su amiga.

Ruth les contó que estaba feliz, que David era un hombre encantador, que su familia había sido muy amable con ella y también les confesó que le ponía pegas a todas las casas que iban a ver porque no quería que se marchara del apartamento, quería que siguiera viviendo con ella.

— ¿No crees que sería más fácil si se lo dijeras directamente en lugar de criticar todas las casas que a él le gustan? —La regañó Eva.

—Tal vez, pero prefiero no arriesgarme.

—Ruth, no puedes ponerte la venda antes de tener la herida —trató de armarse de paciencia Ana para hacer entrar en razón a su amiga—. Déjate llevar, disfruta de la relación que tenéis y luego ya verás qué haces cuando llegue el momento.

Ruth lo meditó durante un momento, sabía que muy probablemente sus amigas tenían razón, pero a ella no le resultaba tan fácil dejarse llevar, al menos no con David. Él era su criptonita, su punto débil. Era el único hombre con el que había planeado un futuro y el único que le había destrozado el corazón en mil pedazos. Se sintió tan abandonada sin él que se juró a sí misma no volver a enamorarse. Envolvió su corazón en un caparazón de hielo y se convirtió en una persona muy distinta a la que era. Ella soñaba con ser la protagonista de un cuento de hadas y, pese a que ya no era una niña, todavía estaba a tiempo de crear su propio cuento.

—Hablaré con él y que sea lo que tenga que ser —sentenció Ruth con decisión.

Las chicas regresaron junto a Nahuel, Derek y David que charlaban animadamente. Ellos sonrieron al verlas, totalmente hechizados por el amor de aquellas tres peculiares amigas que un día les robaron el corazón y quedaron prendados de ellas.

—Ruth, David nos estaba contado que está buscando casa, pero parece que tú le pones pegas a cualquier casa que a él le guste —comentó Derek sonriendo burlonamente.

—No tiene buen gusto a la hora de escoger casa —murmuró Ruth ruborizada.

David sonrió. No eran imaginaciones suyas, Ruth trataba de impedir, o al menos aplazar, la compra de la casa. Él había dejado el hotel y vivía con ella en su apartamento, así que quiso creer que Ruth quería que viviese con él.

—Quizás debas plantearte el hecho de ir solo a ver casas, así Ruth no interferirá en tus decisiones y en pocos días tendrás una nueva casa —bromeó Nahuel solo para fastidiar a Ruth.

—Supongo que tenemos una conversación pendiente —concluyó David mirando a Ruth.

Los seis amigos cenaron mientras charlaban y bromeaban. Ruth agradeció que no volvieran a sacar el tema de la casa. Tenía claro que tendría que hablar con David del tema y que, probablemente, aquella conversación se produciría en cuanto regresaran al apartamento. Y no se equivocó.

En cuanto entró en el apartamento, se dirigió al dormitorio para ponerse cómoda, pero David la interceptó en mitad del pasillo y, cogiéndola en brazos, la llevó hasta el salón y se sentó en el sofá con ella en su regazo.

—Pelirroja, esta conversación no puede esperar más. ¿Quieres contarme por qué no quieres que me compre una casa en la ciudad?

—No quiero que te vayas, me gusta tenerte aquí —le confesó Ruth con un hilo de voz.

— ¿Quieres que vivamos juntos?

—Solo si tú quieres.

—Me encanta vivir contigo pero, si te soy sincero, preferiría que viviésemos en una casa más grande —le dijo David y, mirándola a los ojos, le preguntó—: Ruth, ¿te gustaría que buscásemos una casa para vivir juntos?

—Creo que es un poco pronto para comprar una casa, quizás podríamos quedarnos aquí una temporada y ver qué tal van las cosas —le propuso—. Si es que quieres seguir viviendo conmigo…

—Pelirroja, vivir contigo es lo único que deseo —le susurró David antes de estrecharla entre sus brazos y besarla.

—Por cierto, Eva quiere saber si vendrás conmigo a su boda —le dejó caer Ruth sin apenas separar sus labios de los de él.

—Iré donde tú quieras —murmuró David antes de comenzar a devorarla.

Enamórame 18.

Cuando Ruth se despertó, David seguía dormido a su lado. Con cuidado para no despertarle, se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño para darse una ducha. Después se vistió e incluso se secó el pelo, pero David seguía dormido. Lo observó durante unos minutos y, viéndose incapaz de perturbar su sueño, decidió ir a la cocina y dejarle durmiendo.

Entró en la cocina y allí se encontró con Marisa, Tomás, Aitor y Alba; Ruth sonrió al comprender que el resto de la familia debía seguir durmiendo.

—Buenos días, tita Ruth —la saludó Aitor, que fue el primero en verla.

—Buenos días —saludó Ruth tímidamente.

—Buenos días, Ruth. Pasa y siéntate a desayunar con nosotros —la invitó Marisa—. ¿Dónde está David?

—Sigue durmiendo y no he querido despertarle, tengo la sensación de que no duerme tanto como debería —les confesó Ruth.

— ¿Te apetece café? —Le ofreció Tomás.

Ruth asintió y Tomás le sirvió una taza de café con leche mientras Marisa le servía un par de tostadas con mantequilla. Ruth lo agradeció con una amplia sonrisa, estaba hambrienta. Los padres de David la observaron desayunar y jugar con sus nietos y sonrieron felices.

— ¿Dónde está? —Se escuchó a David vociferar mientras bajaba las escaleras—. Si le habéis dicho algo…

—Buenos días, hijo —lo saludó Tomás cuando su hijo apareció en la cocina con cara de pocos amigos y añadió con tono de mofa—: Tranquilo, está aquí y solo la hemos invitado a desayunar.

—Ruth, ¿estás bien? —Exigió saber David.

—Sí, o al menos lo estaba hasta hace un momento —le regañó ella.

—Me he despertado y no te he visto y he pensado…

— ¿Has pensado que sería una maleducada y me iría sin decir nada?

—Lo siento, me he asustado —se disculpó David besándola en los labios.

—Tito David, ¿te vas a casar con la tita Ruth? —Preguntó Aitor y Ruth se puso pálida.

—Por supuesto, pequeño, pero antes tengo que convencerla —resolvió David con naturalidad, sin incomodarse lo más mínimo.

Los hermanos de David y su cuñado no se levantaron hasta la hora de la comida, por lo que David aprovechó para pasar la mañana a solas con Ruth. La llevó a la hípica de los vecinos y allí decidieron dar un paseo a caballo por los prados teñidos de verde y rojo debido a la hierba y a las amapolas que florecían en aquella época.

—Este lugar es increíble —pensó Ruth en voz alta.

—Me alegra oírlo, me temo que tendrás que venir a menudo —bromeó David haciendo referencia a las visitas que harían juntos a su familia.

—Tienes una familia maravillosa, un poco peculiar, pero maravillosa.

Entre risas, besos y caricias, regresaron a la mansión de los Garrido, donde se encontraron a toda la familia al completo, incluso los más perezosos ya se habían levantado.

—Buenos días, cuñada —la saludó Iván guiñándole un ojo con complicidad solo para fastidiar a su hermano.

— ¿Cuándo regresáis a la ciudad? —Quiso saber Marta.

—Regresaremos mañana después de comer, tengo que ocuparme de algunos asuntos antes de incorporarme de nuevo al hospital.

— ¿Has encontrado ya una casa o sigues en el hotel? —Preguntó Marisa.

—Todavía no he encontrado casa, pero estoy en ello —sentenció David y, volviéndose hacia Ruth, le preguntó para cambiar de tema—: ¿Te gustaría que después de comer diéramos un paseo por la montaña?

—Oh, claro —respondió Ruth algo confusa con el intercambio de miradas que hubo entre los progenitores de su amante.

Ruth no tenía ni idea de qué tenía planeado David, pero tampoco le importaba. Pese a le hubiera gustado pasar más tiempo a solas con él, tenía que reconocer que estar en compañía de su familia le gustaba, incluso lo pasaba bien con todos ellos. A pesar de ello, David no la dejaba ni un momento a solas, al menos no voluntariamente, y cuando lo hacía era a regañadientes, mirando primero a Ruth para confirmar que a ella le parecía bien.

Ruth se sentía feliz, una más de aquella inmensa y peculiar familiar. La amabilidad, generosidad y humildad de Marisa y Tomás la sorprendieron gratamente; la sinceridad y socarronería de Iván la hacían reír a carcajadas; admiraba la diplomacia y serenidad de Inés; y se sentía muy compenetrada con Marta, quizás por el amor al arte que ambas tenían. Sí, eran una familia peculiar, pero también una familia cariñosa y bien avenida donde la sinceridad era la clave para la armonía.

Después de comer, David fue con Ruth a dar un paseo, pero no sin antes lanzar una mirada de advertencia a cada uno de los miembros de su familia, por nada el mundo iba a permitir que le interrumpiesen en lo que pretendía hacer.

— ¿A dónde vamos? —Quiso saber Ruth al ver que cada vez se adentraban más en el bosque.

—Ahora lo verás, es una sorpresa —fue lo único que respondió él, con una amplia sonrisa en los labios.

Ruth odiaba las sorpresas, pero no fue capaz de decírselo al verle tan contento. Cerró la boca y continuó caminando de la mano de David mientras esquivaba piedras y raíces de árboles con las que de vez en cuando tropezaba.

Media hora después, estaban en un precioso claro en el bosque cubierto de amapolas y en el centro del claro yacía una pequeña cabaña de madera.

—Ya hemos llegado —anunció David con orgullo—. ¿Qué te parece?

—Es precioso. ¿La cabaña es de tu familia?

—Más o menos —. Ruth le miró enarcando las cejas y él, sabiendo que no se conformaría solo con esa respuesta, le explicó—: El terreno es de mi familia, pero la cabaña es mía. Yo mismo la construí hace algunos años. Cómo has podido comprobar, en casa de mis padres no hay mucha intimidad, así que la construí para poder escaparme de ellos y relajarme a solas de vez en cuando.

— ¿De verdad la has construido tú?

—Con mis propias manos —le confirmó—. Ven, te la enseñaré.

Era una cabaña sencilla, cuatro paredes de madera, un tejado, cinco ventanas y una puerta, pero a Ruth le pareció la cabaña más bonita del mundo. El interior tampoco era una gran cosa, tan solo un sofá cama, un pequeño cuarto de baño sin agua caliente (no había electricidad y el agua provenía de un pozo cercano a la casa), una mesa y un par de sillas.

—Aquí no hay lujos, pero la cabaña tiene su encanto.

—Y, ¿nunca has traído aquí a ninguna chica? —Quiso saber Ruth, sonriendo con picardía.

—No, solo a ti.

—Mm.

— ¿Qué pasa? ¿No te lo crees?

—Claro que me lo creo, no tienes por qué mentirme —le contestó Ruth frunciendo el ceño ante la idea de pensar que la mentía—. Estaba pensando que, si no has estado aquí con ninguna chica, eso significa que no has estrenado aún la cabaña, ¿no?

—Define estrenar —le pidió David divertido.

— ¿Has practicado sexo en esta cabaña?

—No, de hecho, creo que ni siquiera me he masturbado en ella —sonrió con descaro.

—Pues creo que tendremos que buscarle una solución a eso —sentenció Ruth antes de comenzar a desnudarse bajo la atenta mirada de David.

Tras hacer el amor dos veces en la cabaña, David y Ruth regresaron a la mansión y pasaron el resto del día con la familia de él. Jugaron a las cartas, charlaron de trabajo, hicieron planes para las vacaciones de verano que se aproximaban, etc., y Ruth se sintió una más de aquella familia pese a que apenas hacía un par de días que les conocía.

Enamórame 17.

Ruth descansaba boca abajo en la cama mientras David acariciaba lentamente la curva de su espalda. Ambos seguían desnudos después de una inmejorable sesión de sexo durante la hora de la siesta y, aunque ambos estaban satisfechos, ninguno de los dos se había saciado. Ruth ronroneó pegando su trasero contra la entrepierna de David, incitándolo a entrar en ella. Por supuesto, él no se hizo de rogar y volvieron a empezar.

Cuando por fin consiguieron que sus respiraciones se normalizaran, se dieron una ducha rápida y bajaron al salón para merendar con el resto de la familia.

—Hermanito, tienes cara de haber disfrutado de una buena siesta —se mofó Iván cuando les vio aparecer.

—La mejor siesta de mi vida —le confirmó David con naturalidad, como si estuviera hablando del tiempo.

Ruth recordó la advertencia de David sobre su hermano Iván y sonrió al comprender que todo formaba parte de su juego.

—Por favor, no me habléis de sexo que cada vez que Martín y yo nos ponemos a ello aparece uno de los dos monstruos para interrumpirnos, es como si tuvieran un radar y cada vez que nos acercamos…

—Nos hacemos una idea, Inés —la cortó Marisa pidiéndole prudencia con la mirada.

—Tranquila, en esta familia se habla tanto de sexo que al final se convierte en una conversación como cualquier otra —le dijo Tomás a Ruth meneando la cabeza de un lado a otro con desaprobación—. Yo prefiero vivir con la información justa, no necesito saber los detalles íntimos de mi familia, pero mi esposa insiste en que se hable de sexo y sentimientos abiertamente.

—Más que insistir, nos obliga —matizó David.

—No te quejes, gracias a eso tienes a dos hermanas dispuestas a darte consejo —le replicó Marta.

—Chicos, vais a asustar a Ruth y no querrá volver —les regañó Marisa.

—No te preocupes —le dijo David a Ruth bromeando—, no volveremos jamás.

—Estáis dramatizando, ¿os tengo que recordar qué me hicisteis a mí el primer día que llegué aquí con Inés? —Protestó Martín.

—No fue para tanto —dijeron todos al unísono haciendo reír a Ruth.

Aquella noche después de cenar, los cuatro hermanos, Martín y Ruth salieron a tomar una copa y dejaron a los niños con los abuelos en casa. Tras discutirlo durante un rato, finalmente se pusieron de acuerdo y decidieron ir al pub del hotel, ya que el otro pub al que consideraron ir estaba a más de veinte kilómetros, demasiado lejos para tomar una o dos copas.

—Tienes una familia fantástica —le dijo Ruth a David cuando entraron en el pub.

—Son bastante peculiares, no lo puedo negar, pero no los cambiaría por nada —la besó en los labios y le susurró al oído con la voz ronca—: Y a ti tampoco, pelirroja.

—Dejad algo para cuando lleguéis a casa, no se come delante de los pobres —se quejó Inés.

—Si seguís así me pondréis cachondo —se burló Iván.

—Yo también estoy a dos velas —se lamentó Marta.

—Por ese mismo motivo deberíais alegraros de que vuestro querido hermano goce de una extraordinaria vida sexual y no sea capaz de reprimirse ni en público —les dijo David abrazando a Ruth con orgullo.

—Supongo que prefiero tener un hermano salido que un hermano lloriqueando por los rincones —opinó Iván como quien pide la hora.

— ¿Llorando por los rincones? —Quiso saber Ruth.

—No les hagas caso —le dijo David quitándole importancia y, distrayéndola cambiando de tema, le preguntó—: ¿Quieres bailar?

Ruth aceptó, aunque solo fuera por la necesidad de sentir su cuerpo pegado al de ella. Rodeó su cuello con los brazos y él la estrechó con fuerza contra su cuerpo. Apoyó la cabeza sobre su hombro, cerró los ojos y dejó que él marcara el ritmo mientras bailaban. Tan absorta estaba entre sus brazos que no se dio cuenta que Iván estaba junto a ellos hasta que le escuchó preguntar:

— ¿Me permites bailar con mi cuñada?

David suspiró, la idea de alejarse de Ruth no le hacía ninguna gracia, pero si encima era para dejarla en brazos de su hermano…

—Solo una canción —le advirtió a Iván. Besó a Ruth en los labios y le susurró al oído antes de dejarla con su hermano—: Si quieres que le estrangule solo tienes que decírmelo.

Iván sonrió, pero ignoró las palabras de su hermano y agarró a su cuñada por la cintura pegándola a su cuerpo, solo para escuchar cómo David refunfuñaba y maldecía entre dientes mientras se alejaba de ellos.

—No te preocupes por él, lo superará —se burló Iván al ver cómo Ruth fruncía el ceño, preocupada por David.

— ¿Siempre estáis igual?

—Supongo que sí, nos gusta fastidiarnos —respondió Iván divertido—. David es como una roca, el hombre de hielo, como dice mi madre. Pero tú eres su punto débil, así que ahora todos nos aprovechamos de eso.

—Genial —dijo Ruth con sarcasmo.

—No te enfades, solo quiero hablar contigo a solas, estoy segura de que mi hermanito no te ha dicho muchas cosas que deberías saber —le dijo Iván atrayendo toda su atención—. David nos habló de ti el mismo día que te conoció en el restaurante del área de servicio. Ni te imaginas lo mucho que nos reímos de él cuando nos dijo que se había hecho pasar por camarero solo para poder escuchar tu voz.

—Puedo hacerme una idea —rio Ruth divertida.

—Nos llamaba desde la costa cada día solo para decirnos que era feliz y que había encontrado su alma gemela, pero su felicidad se esfumó cuando averiguó que le habían concedido una plaza de trabajo en el otro extremo del país —continuó hablado Iván—. Nunca lo había visto tan hundido y desolado, ninguno de nosotros sabíamos qué hacer. Decidió que lo mejor era cortar por lo sano y no volver a saber de ti, creía que todo sería más fácil si no hablaba contigo, pero se equivocó. No voy a negarte que, durante todo este tiempo, todos hemos intentado que se olvidara de ti, pero no lo conseguimos. Por eso, cuando hace tres semanas nos llamó para anunciarnos que había conseguido plaza en el hospital de la ciudad y que quería recuperarte, todos hablamos con él para hacerle entender que en tres años tu vida había podido cambiar y mucho. Sin embargo, él no se dio por vencido y nos prometió que volvería a enamorarte. Y, según hemos podido comprobar, no va por mal camino.

—No voy a hacerle daño, Iván. Al menos no intencionadamente.

—Lo sé, pero creía que debías conocer la otra versión de la historia antes de tomar una decisión. Espero que mi hermano no meta la pata.

—Hasta ahora, no podía ser más perfecto —le confesó Ruth suspirando al mirar a David, que no les quitaba los ojos de encima.

—Será mejor que regreses junto a él, aunque no lo reconozca, no puede estar más de cinco minutos separado de ti.

Entre risas y bromas, Iván se abrió paso entre la multitud y llevó a Ruth junto a David y al resto de sus hermanos. David la escudriñó con la mirada tratando de adivinar si el sinvergüenza de su hermano le había dicho algo que la incomodara, pero ella parecía divertida y fue testigo de la mirada de complicidad que se dedicaron los dos cuñados.

—Hermanito, si la cagas con Ruth, te advierto que yo no la dejaré escapar —bromeó Iván.

—No pienso dejarla escapar.

Inés instó a los hombres para que fueran a pedir unas copas y las dejaran a solas con Ruth, las hermanas también querían tener una pequeña charla con ella.

—Me quito el sombrero contigo, nunca había visto a David enamorado y contigo ha roto todas las expectativas —comentó Inés una vez se quedaron a solas.

— ¿A qué te refieres? —Preguntó Ruth con curiosidad.

— ¿Acaso no has visto cómo te mira? —Le preguntó Marta riendo—. Por no mencionar la charla que tuvo con cada uno de nosotros cuando decidió venir contigo a casa, ¡incluso nos amenazó con no volver a dirigirnos la palabra si hacíamos o decíamos algo que pudiera ofenderte!

—No se lo tengas en cuenta, solo está enamorado —le dijo Inés a Ruth quitándole importancia a aquella amenaza—. David se ha tomado su tiempo, pero creo que no podía haber escogido mejor.

—La verdad es que todo habíamos apostado cuánto tardabas en decir que no nos aguantabas más y te largabas, pero lo has hecho bien —comentó Marta.

— ¿Alguien apostó a mi favor?

—Mi madre y Martín, pero estoy segura de que David también hubiera apostado por ti si hubiera sabido lo de las apuestas —la animó Marta.

—Si se hubiera enterado se hubiera puesto hecho un basilisco y no nos habría dejado apostar, es demasiado susceptible con todo lo que tiene que ver contigo —la informó Inés.

—Entonces, ¿he pasado la prueba? —Quiso saber Ruth.

—La has superado con un sobresaliente, mis padres ya te consideran una hija más y nosotras una hermana —le aseguró Inés y añadió bromeando—: Y, antes de que digas nada, recuerda que a la familia no se la escoge, te toca la que te toca, así que es mejor que no te resistas y empieces a cogernos cariño.

Los chicos regresaron junto a ellas cargando con varias copas que dejaron sobre una mesa alta, donde las chicas habían dejado sus chaquetas y sus bolsos sobre los altos taburetes.

— ¿Todo bien por aquí? —Le susurró David a Ruth lanzando una mirada severa a sus hermanas.

—Todo perfecto —le confirmó Ruth tras darle un beso en los labios.

—Pelirroja, deja de provocarme.

Ruth se echó a reír y le abrazó, dejando que aquellos brazos fuertes la estrecharan con fuerza y la hicieran sentir al lugar al que pertenecía.

Se tomaron un par de copas mientras charlaban, bailaban y se divertían. Ruth encajó a la perfección con aquella familia tan peculiar y David sonrió satisfecho. La observó bailar junto a sus hermanas, reír ante las pullas de Iván y aceptar los consejos de Martín sin perder la sonrisa. De vez en cuando le tiraba un beso cuando sus miradas se encontraban y él tuvo que contener el deseo que sentía en más de una ocasión.

Regresaron a la mansión de los Garrido pasadas las cuatro de la madrugada, entre risas y tropezones, más achispados de lo que en realidad pensaban. Marisa y Tomás, tumbados en la cama de su habitación, cruzaron una mirada y se sonrieron. Ambos estaban convencidos que Ruth era la mujer perfecta para su hijo David.

Enamórame 16.

A la mañana siguiente Ruth se levantó de un salto al comprobar que eran más de las diez y seguían en la cama. Avergonzada porque sus anfitriones pensaran que era una marmota perezosa, trató de despertar a David para que se levantara. Él se despertó mientras Ruth le zarandeaba y vio el pánico en sus ojos.

—Cariño, ¿qué te pasa? —Le preguntó preocupado.

— ¡Mira qué hora es! Tus padres van a pensar que soy una holgazana.

Con los nervios que sentía en ese momento, a Ruth le había pasado por alto el apelativo con el que David la había llamado, y no era la primera vez.

—Pelirroja, ¿te he dicho alguna vez que estás muy sexy cuando te preocupas por tonterías?

—Ni lo sueñes —le advirtió al adivinar sus intenciones.

—Necesitas una sesión de relax, llenaré la bañera —sentenció David.

Y Ruth no pudo ni quiso contrariarle. Estaba nerviosa y David sabía cómo relajarla, el sexo con él en la bañera era uno de los mejores placeres de la vida.

Tras una sesión de relax en la bañera y desayunar en su apartamento independiente, David y Ruth se reunieron con los padres de él en el salón, que esperaban ansiosos la llegada del resto de sus hijos.

Ruth le había preguntado a David por sus hermanos y él, queriendo que ella supiera a lo que se enfrentaba desde el principio, fue sincero con ella. Primero le habló de Inés, la mayor de los cuatro hermanos. Inés estaba casada con Martín, un abogado que trabajaba en un bufete muy prestigioso, y tenían dos hijos: Aitor, de cinco años; y Alba, de tres.

—Inés es muy prudente y madura, siempre hemos bromeado diciendo que nació con cincuenta años —le había dicho David.

Después le habló de Iván, el tercero de los hermanos. Él y David se llevaban muy bien, pero se pasaban la vida chinchándose el uno al otro, era su forma de demostrar que se querían.

—Probablemente intente ponernos en alguna situación incómoda para nosotros y divertida para él, pero intenta no darle importancia o se divertirá todavía más —le advirtió David.

Y por último, le habló de Marta, la pequeña de los cuatro hermanos. David no se lo dijo, pero Ruth dedujo que Marta era su favorita por la manera en que hablaba de ella. Al parecer, Marta era una enamorada del arte, una cabeza loca y la persona más dulce e inocente que existía sobre la faz de la Tierra.

Ruth guardó toda la información que David le había facilitado sobre su familia para poder sacar algún tema de conversación con ellos y no meter la pata.

—Vamos a dar un paseo, quiero llevar a Ruth al área de servicio —informó David a sus padres.

—Pero tus hermanos llegan hoy —le dijo Marisa poniendo cara de perrito abandonado.

—No te preocupes, mamá —la tranquilizó David—. Estaremos aquí a la hora de comer.

Marisa sonrió complacida, estaba deseando ver la reacción de su hijo frente a las bromas de sus hermanos.

Media hora más tarde, David y Ruth bajaban del coche aparcado en el área de servicio dónde se conocieron. David le enseñó todo el complejo, incluido el hotel y las cocinas del restaurante. A Ruth le sorprendió saber que David conocía los nombres de todos los empleados y que además todos parecían adorarle como a un Dios.

—Ven, te voy a enseñar mi lugar secreto —le dijo David guiándola al interior del edificio de oficinas de más de diez plantas.

Ruth le siguió hasta el ascensor y subieron a la última planta. Accedieron a un estrecho pasillo con unas escaleras que daban acceso a la azotea. Ruth abrió la boca asombrada, desde allí se podía contemplar casi todo el valle y también el trazado de la autopista. Todo se veía tan diminuto desde allí arriba que Ruth se sintió grande pese a tener una estatura media.

—Aquí solía venir cuando necesitaba pensar a solas, eres la primera persona a la que traigo a este lugar —le susurró David.

—Si alguna vez nos enfadamos y te marchas, ¿será aquí donde te encuentre?

—Nunca me voy a marchar de tu lado, Ruth —le prometió—. Vivir sin ti fue una tortura, no pasaré una segunda vez por eso.

Ruth le abrazó y cerró los ojos, lo entendía perfectamente porque ella se sentía igual. No se veía capaz de volver a vivir sin él y, cómo le dijo Eva, lo mejor era asumirlo.

—Tenemos que regresar o llegaremos tarde a comer —le susurró David abrazándola desde atrás—. Estoy deseando que llegue la noche para tenerte solo para mí.

Cuando llegaron a la mansión de los Garrido, los hermanos de David ya estaban allí y Ruth se encontró con seis pares de ojos que la miraban con curiosidad. Tras echarles un rápido vistazo, supo quién era cada uno antes de que David se los presentara.

—Familia, ella es Ruth —anunció dedicándoles una mirada de advertencia, no estaba dispuesto a que ninguno de ellos se lo hiciera pasar mal a su chica. Se volvió hacia ella y, señalando a cada uno de ellos los fue nombrando—: Mi cuñado, Martín; mi hermana mayor, Inés; mi sobrino, Aitor; mi sobrina, Alba; mi hermano pequeño, Iván; y mi hermana pequeña, Marta.

—Encantada de conoceros —saludó Ruth con timidez.

Marisa les hizo pasar al comedor y sentarse a la mesa con la intención de darle unos minutos a Ruth para que se acostumbrara antes de que sus hijos comenzaran con el interrogatorio. Adoraba a sus hijos, pero a veces le daban ganas de darles una buena colleja cuando trataban de divertirse a costa del otro.

—David me ha dicho que eres relaciones públicas en la galería de arte de la ciudad, debe de ser alucinante trabajar en algo así —comentó Marta mientras cenaban.

—No puedo quejarme, me gusta mi trabajo —le dijo Ruth encogiéndose de hombros—. David me ha dicho que te encanta el arte, si alguna vez estás por la ciudad y te apetece una visita privada por la galería solo tienes que avisarme, te prometo que no te defraudará.

—Ahora que lo mencionas, creo recordar que David comentó que este fin de semana has organizado la inauguración de una exposición de fotografía, ¿verdad? —La sonrisa maliciosa delató las intenciones de Iván, sin duda alguna sabía más de lo que decía.

—Así es, el autor es un buen amigo.

—Imagino que sí, si te ofreció posar para él —apuntilló Iván tratando sin éxito de ocultar la risa.

— ¡Qué envidia, siempre he querido hacer algo así! —Exclamó Marta fascinada.

— ¿Alguien quiere café? —Intervino Marisa incómoda bajo la atenta mirada de diversión de su marido.

Ruth miró a David alzando una ceja, sin poder creerse que le hubiera contado aquello a su hermano y que Iván lo soltase así como así en mitad de una comida familiar, la primera comida familiar de los Garrido a la que ella asistía. Tenía ganas de estrangularle allí mismo.

—Te dije que no había secretos entre nosotros —se defendió David alzando las manos en alto en señal de rendición.

—En esta familia no es posible tener secretos, pero tranquila que ya te acostumbrarás —le dijo Martín con resignación.

—No les hagas ni caso, siempre están igual —Marisa excusó a sus hijos al mismo tiempo que les fulminaba con la mirada.

—Si de verdad está dispuesta a pasar el resto de su vida con mi hermano, lo mejor es que sepa dónde se mete desde el principio —concluyó Inés mientras intentaba que Alba comiera un poco más.

—Si Ruth no quiere saber nada de mí por vuestra culpa, os arrojaré a los cocodrilos —bromeó David.

—A mí me gusta, ¿puedo llamarla tita Ruth? —Le preguntó Aitor a su tío David.

—Bueno, supongo que eso debes preguntárselo a ella.

El niño se volvió hacia a Ruth y, con una cara que era para comérselo, le preguntó a Ruth:

— ¿Puedo llamarte tita Ruth?

Ruth miró a David buscando la respuesta en sus ojos, sin saber muy bien qué responder. Si le decía que sí, quizás David se molestaba. Pero, decirle que no, no era una opción, se negaba a ser la bruja malvada de la película.

—Sí, supongo que sí —le respondió forzando una sonrisa ya que el muy sinvergüenza de David no la había ayudado.

— ¡Bien! —Exclamó el pequeño arrojándose a los brazos de su recién nombrada tía.

Después de comer, todos se retiraron a descansar. David también convenció a Ruth para echar la siesta, necesitaba estar con ella a solas y comprobar que estuviera bien. Como era de esperar, Ruth le reprochó que le hubiera contado a su familia que aparecía en las fotografías de una exposición erótica, pero no comentó nada sobre la petición de su sobrino para llamarla tita y eso le sorprendió.

—Genial, ahora todos saben que por ahí habrá un viejo verde masturbándose mientras mira mis fotografías —ironizó Ruth.

—Tranquila, ningún viejo verde se masturbará con tus fotografías —le aseguró David.

— ¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque las compré antes de que se inaugurara la exposición —le confesó—. No podía permitir que otra persona las tuviera en su poder y, aunque sé que probablemente te enfadarás, supongo que también debo decirte que he llegado a un acuerdo con Mike para sacarlas de la exposición. Y sí, puede que sea un hombre de cromañón como dice Marta, pero he comprado esas fotografías y puedo hacer con ellas lo que me dé la gana.

Ruth no supo qué decir, todavía estaba asimilando que David se hubiera gastado tres mil euros en cada una de sus fotografías solo para impedir que acabaran en manos de otra persona.

—Estás loco —le dijo sonriendo.

—Loco por ti, pelirroja.

David la besó apasionadamente y, sin darse apenas cuenta, estaban desnudos sobre la cama y haciendo el amor.

Enamórame 15.

Ruth llegó a su apartamento y preparó la maleta para pasar unos días con David y su familia. Lo repetía en voz alta una y otra vez para hacerse a la idea, todavía seguía sin creérselo. Cogió de su armario un par de modelitos para cualquier ocasión que se pudiera presentar, incluso cogió un vestido de noche solo por si acaso. Casi no pudo cerrar la maleta de todas las cosas que metió, pero finalmente lo consiguió.

David llegó al apartamento de Ruth pasadas las tres de la tarde, un poco más tarde de lo habitual pero bastante pronto teniendo en cuenta que había pasado por el hotel para recoger sus cosas y también por un restaurante a comprar la comida.

—No deberías haberte molestado, podría haber comprado yo la comida o incluso cocinar alguna cosa —le dijo Ruth sintiéndose mal.

—Te dije que yo me encargaría de todo —le respondió él besándola en los labios—. ¿Has preparado ya tu maleta?

—Es lo único que me has permitido hacer, así que no iba a defraudarte.

David sonrió, la agarró por la cintura y la estrechó entre sus brazos. Todavía no se creía que Ruth hubiera aceptado acompañarle en su visita a casa de sus padres.

—Será mejor que salgamos ya, quiero llegar antes de que anochezca —dijo David separándose lentamente de ella—. Eres demasiado tentadora, deberías estar prohibida.

Media hora más tarde, Ruth y David se montaron en el coche. Les esperaban poco más de dos horas de camino hasta llegar a su destino. David notó la tensión en el cuerpo de Ruth y trató de tranquilizarla explicándole que sus padres eran encantadores y no se sentiría incómoda con ellos, aunque con sus hermanos sería otro cantar.

—Ya hemos llegado —anunció David con una sonrisa en los labios.

Ruth miró por la ventanilla y se quedó con la boca abierta cuando vio que accedían a una villa presidida por una enorme mansión.

— ¿Dónde estamos? —Preguntó confusa.

—En casa de mis padres.

— ¿Viven aquí?

—Acabo de decírtelo —le respondió escrutándola con la mirada—. ¿Te encuentras bien?

—Sí, es solo que no pensaba que alguien que trabajaba de camarero en un área de servicio podría permitirse vivir aquí.

—Mis padres no trabajan en el área de servicio, son los propietarios —le explicó David divertido por la expresión confusa de ella—. En realidad, son los propietarios de más de la mitad de áreas de servicio del país.

—Entonces, ¿por qué trabajabas de camarero cuándo te conocí?

—La verdad es que no trabajaba de camarero, pero fingí serlo para poder acercarme a ti y hablar contigo —le confesó mostrando su sonrisa más traviesa—. La oficina de mi padre está junto al hotel del área de servicio, mis hermanos y yo pasábamos allí los días que no había clase y mi padre trabajaba, me he criado en esa área de servicio y, aprovechando que tenía unos días libres, decidí darme un paseo por el restaurante y recordar los viejos tiempos. Y entonces te vi, agarré la bandeja del camarero que estaba a punto de serviros y usurpé su identidad por un rato.

— ¿Por qué tardaste una semana en ir a buscarme a la costa?

—Tenía que ocuparme de algunos asuntos y mi madre figuraba entre ellos —recordó con diversión la cara de su madre cuando le dijo que se marchaba a la costa detrás de una chica a la que había visto cinco minutos.

—No creo que esté preparada para esto, no ha sido buena idea…

—Pelirroja, confía un poco en mí —. Le plantó un beso en los morros y bajó del coche rápidamente para ayudarla a bajar a ella. Le envolvió la cintura con su brazo y le preguntó con su eterna sonrisa en los labios—: ¿Preparada para conocer a mi familia?

—Sabes que no.

—Tonterías —sentenció guiándola hacia a la puerta principal de la majestuosa mansión de estilo victoriano.

No habían llegado al porche cuando la puerta se abrió y apareció una mujer que rondaba los sesenta años, pero a pesar de su edad tenía un cuerpo estupendo y vestía con mucha clase. A Ruth se le cortó la respiración, adivinó que aquella mujer era la madre de David y lo confirmó cuando la oyó decir:

—Hijo, ¡cuánto me alegro de verte! —Lo abrazó con cariño y acto seguido se volvió hacia a Ruth para saludarla—: Es un placer conocerte al fin, Ruth. Hacéis una pareja estupenda.

Y le plantó dos besos en la mejilla para después abrazarla de la misma manera que había abrazado a su hijo.

—Mamá, no la asustes que acaba de llegar —bromeó David. Agarró de nuevo a Ruth por la cintura y le dijo—: Te presento a Marisa, mi madre. Mamá, cómo ya sabes, ella es Ruth.

—Un placer conocerla, Marisa.

—Lo mismo digo, Ruth. Estaréis cansados del viaje, os dejaré que os instaléis y os espero en la cocina para tomar algo de beber —decidió Marisa—. He pedido que os preparan el apartamento de encima del garaje, allí tendréis toda la intimidad que necesitéis.

Ruth se ruborizó y David protestó sin demasiada convicción:

— ¡Mamá!

Pero Marisa desapareció con una sonrisa de complicidad dibujada en los labios. Estaba encantada de que por fin su hijo se hubiera rendido a lo evidente y hubiera decidido luchar por la única mujer a la que había amado.

David guió a Ruth hasta el apartamento independiente de la casa, donde se instalaron una vez se lo hubo enseñado. Ruth estaba muy nerviosa, casi histérica. La idea de conocer a la familia de David le aterraba, sobre todo ahora que sabía que tenían mucho dinero. Debido a su trabajo, ella estaba acostumbrada a tratar con personas de alto nivel adquisitivo, pero no se trataba de gente cualquiera, se trataba de los padres de David.

—Pelirroja, si no te calmas un poco tendré que hacerte el amor hasta que lo consiga —le susurró David abrazándola desde la espalda y añadió juguetón—: ¿Te apetece una sesión de relax en la bañera?

— ¡No!

— ¿Por qué no? —Exigió saber él levantando una ceja, visiblemente ofendido.

—Si tardamos en bajar, todos sabrán qué hemos estado haciendo —le respondió Ruth con un hilo de voz y con el rubor tiñendo sus mejillas.

David rio divertido al conocer a una Ruth tímida e insegura. Era increíble que aquella mujer espectacular, inteligente, trabajadora y buena estuviera allí con él y tuviera miedo de su familia.

—Quiero gustarle a tu familia —susurró con sinceridad.

—Cariño, les vas a encantar —le aseguró—. Pero, aunque no fuera así, tampoco me importaría lo más mínimo. No pienso renunciar a ti por nada ni por nadie.

Ruth asintió, se cuadró de hombros y respiró profundamente antes de salir de aquel amplio apartamento tipo loft situado sobre el garaje para dirigirse al salón principal de la casa. David la agarró de la mano y, una vez que Marisa les invitó a sentarse en el sofá, rodeó su cintura con el brazo, no iba a separarse ni un solo centímetro de ella y ella lo agradeció en silencio.

—Tienes una casa preciosa, Marisa —señaló Ruth con amabilidad.

—Me gustaba más cuando mis hijos eran pequeño y les veía correr y juguetear, ahora se nos ha quedado muy grande solo para nosotros dos —comentó Marisa mirando el reloj y pensando en su marido—. ¿Dónde se habrá metido este hombre?

—Estoy aquí, querida —dijo un hombre de la edad de Marisa que, tras darle un leve beso en los labios a su esposa, saludó a su hijo con un fuerte abrazo y miró a Ruth con una amplia sonrisa idéntica a la de David—. ¿Es que nadie me va a presentar a esta bella dama?

—Papá, ella es Ruth —habló David con orgullo. Se volvió hacia su pelirroja y, divertido al ver cómo se ruborizaba, añadió—: Él es Tomás, mi padre.

—Encantada de conocerle, Tomás —lo saludó Ruth estrechándole la mano.

—El placer es nuestro, hemos oído hablar mucho de ti —comentó Tomás con una sonrisa maliciosa en los labios.

Sin darse cuenta, Ruth apretó con fuerza la mano de David a causa de los nervios y él, apiadándose de ella, regañó a su padre:

—Papá, por favor.

—No tienes nada de lo que preocuparte, aquí todos teníamos muchas ganas de conocerte, David no ha dejado de hablar de ti y ya te sentimos una más de nuestra familia —intervino Marisa.

—Si seguís incomodándola, nos iremos a un hotel —gruñó David visiblemente enfadado.

—No pasa nada, todo está bien —le susurró Ruth con un hilo de voz. Se volvió hacia a los padres de David y, haciendo gala de su carisma, bromeó con ellos—: Siento curiosidad por saber qué habéis oído de mí, pero reconozco que me da miedo la respuesta.

—Oh, querida, David solo nos ha contado lo estupenda que eres y, teniendo en cuenta lo exigente que es él, estamos seguros de que no se equivoca —medió Tomás.

Durante la cena Ruth se relajó un poco, sus posibles futuros suegros eran personas encantadoras y no tenía nada de qué preocuparse con ellos. La trataron como a una más de la familia, se interesaron por su trabajo, aplaudieron su independencia económica como mujer del siglo XXI y quedaron encantados con la forma en la que su hijo la miraba.

Marisa le habló de lo buen niño que era David y, cuando Tomás les ofreció tomar una copa después de cenar, Marisa aprovechó para sacar el álbum de fotos familiar. Ruth sonrió a cada una de las fotografías, descubriendo a un David de niño tan irresistible como el adulto en que se había convertido. David la vio disfrutar en compañía de sus padres y reír con las anécdotas que le contaban de cuando era niño. La deseaba tanto que se agarraba al brazo del sofá para no echarse encima de ella en ese mismo momento y sin importar quién estuviera delante.

—Cariño, creo que ya es hora de ir a dormir —sentenció cuando ya no pudo soportarlo más.

—Tienes razón, hijo —le secundó Tomás—. Mañana será un largo día, me temo que tus hermanos tendrán ganas de guerra después de tanto tiempo sin verte.

—Buenas noches, pareja —les deseó Marisa.

—Buenas noches —dijeron Ruth y David al unísono.

David prácticamente arrastró a Ruth al apartamento independiente y, en cuanto cerró la puerta detrás de ellos, la estrechó entre sus brazos y la besó con urgencia. Ella no protestó, lo recibió de buen grado y, pocos minutos después, la ropa de ambos volaba por los aires y caía de cualquier manera en el suelo.

Enamórame 14.

El resto de la semana Ruth la pasó en una nube. Aprovechando sus vacaciones, pasaba las mañanas en casa de Ana, poniéndola al corriente de cada avance en su relación con David y desquitando los nervios que sentía por la inminente visita a casa de los padres de él, algo que ella todavía no terminaba de tener tan claro. Cuando David terminaba su turno en el hospital, se dirigía al apartamento de Ruth tras parar en un nuevo restaurante y allí comían a solas. Por la tarde, cuando decidían ver una película en el sofá, eran incapaz de contener su deseo y terminaban haciendo el amor. Y, en consecuencia, no habían terminado de ver ninguna de esas películas. Después Ruth preparaba algo ligero para cenar y antes de irse a dormir se daban un largo baño que incluía una sesión de sexo. David pasaba la noche con ella, abrazándola mientras dormía. Por la mañana se levantaba temprano, la besaba en los labios y se marchaba al hotel para ducharse y cambiarse de ropa antes de empezar con su turno en el hospital.

El viernes por la mañana, cuando David se levantó temprano para empezar con su rutina, ella se sintió sola en la cama. La necesidad de disfrutar de su compañía un rato más por las mañanas pudo más que todos sus temores y, cuando él la besó para despedirse, ella se oyó decir:

—Si dejaras el hotel y te quedases aquí no tendrías que irte tan pronto.

— ¿Es una invitación? —Le preguntó él arqueando una ceja.

—Ya te estás quedando aquí, pero si traes tus cosas podrás quedarte un rato más en la cama y no tendrás que madrugar tanto —argumentó Ruth, todavía medio dormida.

—Cuando salga del hospital traeré todas mis cosas —le susurró David antes de darle otro beso y marcharse.

Ruth apenas tardó un minuto en reaccionar y el pánico se apoderó de ella. No podía creer lo que le había propuesto a David y ahora no podía echarse atrás. Necesitaba reunir con urgencia al gabinete de crisis y, esta vez, necesitaba contar con un punto de vista masculino y decidió llamar a Mike también.

Y allí estaba, a las nueve de la mañana de un viernes sentada a la mesa de una cafetería con tres pares de ojos que no apartaban su mirada de ella.

— ¿Qué has hecho qué? —Preguntó Ana más divertida que escandalizada.

—Desde un punto de vista práctico, a mí no me parece una mala opción —opinó Mike.

—La cuestión no es si es práctico o no, la cuestión es que Ruth, nuestra Ruth, ha invitado a un hombre, a David para ser más concretos, a vivir en su apartamento —expuso Eva analizando la situación, a ella no se le escapaba nada. Miró a Ruth a los ojos y añadió—: Estás enamora de él, asúmelo.

—Pues espera a oír la última, ¿no os ha dicho que se va tres días con David a conocer a sus padres? —Anunció Ana sin poder parar de reír.

—Bruja —masculló Ruth fulminando a su amiga con la mirada.

—A mí me parece una historia de amor preciosa, tres años enamorados y ahora se reencuentran y descubren que ninguno de los dos ha sido feliz sin el otro —comentó Eva como si relatara el perfecto cuento de hadas.

—Yo no sé qué pinto aquí —musitó Mike incrédulo, ¿qué pintaba él en esa charla de chicas?

—Necesitaba una visión masculina pero, teniendo en cuenta que mis amigas en vez de ayudarme se ríen de mí o fantasean con comedias románticas de Hollywood, ahora tu opinión es la única que cuenta —bufó Ruth.

—Si ese tío te gusta, ve a por él —la aconsejó Mike—. A mí me pareció un buen tipo y no es difícil adivinar que está interesado en ti. Si sale bien serás feliz y si sale mal puedes volver a tu vida de antes y disfrutar del sexo con un hombre distinto cada semana, o cada noche si lo prefieres.

—Sea lo que sea lo que decidas, hazlo pronto —la apremió Eva—. Necesito saber si irás acompañada a mí boda —. Se volvió hacia a Mike y añadió—: Y lo mismo te digo a ti, no pienso cambiar todas las mesas para añadir o quitar gente, ¿de acuerdo?

—Sí, señor —dijeron firmes Mike y Ruth al unísono.

Ana estalló a reír a carcajadas, seguida de Mike y Ruth. Eva resopló y les fulminó con la mirada pero, un segundo más tarde ya estaba riendo con ellos.

—Cuéntanos eso de que vas a conocer a sus padres —le pidió Eva cuando lograron parar de reír.

—M dijo que quería enamorarme y para ello debía saber de dónde procedía y conocer a su familia, así que me ha invitado a ir con él —explicó Ruth encogiéndose de hombros.

— ¡Qué romántico! —Exclamó Eva.

—A mí me parece una película de terror —se burló Mike, horrorizado con la idea de conocer a los padres de la mujer con la que se acostaba.

—Yo creo que es bastante interesante, nuestra pequeña Ruth está madurando y por fin va a conocer a la familia de su pareja —se mofó Ana.

—Teniendo amigos como vosotros, no me hacen falta enemigos —dramatizó Ruth haciendo que todos pusieran los ojos en blanco.

— ¿Qué es lo que te preocupa? —Le preguntó Ana poniéndose seria por primera vez en toda la mañana.

—Joder, voy a conocer a mis posibles futuros suegros y cuñados, ¡estoy nerviosa! ¿Y si no les caigo bien? ¿Y si no soy lo suficiente buena para su hijo el doctor?

— ¡Por el amor de Dios! ¿Te estás escuchando? —La regañó Eva—. Pues claro que les vas a gustar, es imposible que no le gustes a alguien. ¡Si hasta me gustas a mí a pesar de que no te soporto la mayoría de las veces!

—Coincido con la Barbie pija —comentó Mike—, no te soporto, pero me gustas.

—No sé por qué no cambio de amigos —gruñó Ruth.

— ¡Porque nos quieres! —Canturrearon Eva y Ana a la vez.

—Vale, esto es todo lo que puedo soportar —sentenció Mike poniéndose en pie—. Si de verdad quieres mi opinión, deja de pensar tanto las cosas y limítate a disfrutarlas. Si no te gustan, siempre puedes cambiarlas.

—Será mejor que te vayas, te estás poniendo cursi —se burló Ana y todas rieron.

—No sé cómo Nahuel y Derek os aguantan —dijo meneando la cabeza de un lado a otro antes de despedirse de aquellas locas que tenía por amigas.

— ¿Vosotras vais a darme algún consejo?

—Estoy de acuerdo con lo que ha dicho Mike, pero añadiría un par de cosillas sin importancia…

—Eva, no tengo tiempo para sutilezas.

—Evita decir palabrotas delante de tu familia política, asegúrate de estar siempre sonriente en su presencia y, lo más importante, que vean que su hijo es feliz a tu lado —recalcó Eva.

—David me ha dicho que su familia conoce toda nuestra historia —comentó Ruth.

— ¿Toda? —Casi gritaron a coro Ana y Eva.

—Toda, excepto los detalles más íntimos.

—Y él, ¿qué te ha dicho de sus padres? —Quiso saber Ana.

—Que no tengo nada de lo que preocuparme y que les voy a encantar —suspiró Ruth deseando que sus palabras fueran ciertas.

—Está intentado enamorarte, no te llevaría a casa de sus padres si creyera que te fueran a tratar mal —opinó Eva—. No te preocupes más, déjate llevar y disfruta del momento, desde que yo lo hago me va muy bien.

—Hasta que te quedes preñada y tengas que pasar la cuarentena —bufó Ana.

—Nahuel no te va a tocar hasta que el médico le dé permiso, quizás deberías sobornar al doctor para que hable con él —le aconsejó Eva—. Cuarenta días sin sexo es toda una tortura.

Entre risas y confesiones, las tres amigas terminaron de desayunar y se despidieron deseándole suerte a Ruth y haciéndole prometer que las llamaría cada día para mantenerlas informadas.

Cuando Ruth salió de la cafetería se sentía más segura y con más fuerzas para afrontar los próximos días. Estaría con David, él no dejaría que nada ni nadie estropeara su historia. Su cuento de hadas particular.

Enamórame 13.

Ruth llegó a su apartamento con el tiempo justo para darse una ducha rápida y vestirse antes de que David pasara a recogerla. No tenía ni idea de qué ponerse, pero finalmente se decidió por unos vaqueros pitillo, una camiseta de tirantes y un jersey fino de cuello de barco. Se puso unas manoletinas negras y se recogió el pelo en una coleta alta. Mientras se miraba en el espejo del cuarto de baño, escuchó el timbre de la puerta de su apartamento en vez del telefonillo.

Pensando que sería algún vecino que quería un poco de sal, abrió la puerta y se encontró de frente con David, quién se hizo paso hasta llegar a la cocina y descargar allí las cinco bolsas que llevaba en las manos.

— ¿Qué es todo eso? —Preguntó Ruth mientras él dejaba las bolsas sobre la encimera.

—He encargado la comida en el mejor restaurante de la ciudad —le respondió tras darle un leve pero cariñoso beso en la mejilla—. Espero que tengas hambre, he traído de todo.

—Estoy hambrienta —le aseguró Ruth, aunque no pensaba en la comida precisamente.

David sonrió complacido y se dispuso a servir los platos con la comida que había traído del restaurante. Ruth le echó una mano, todavía sorprendida por la actitud tan natural que él mostraba. Diez minutos más tarde, ambos estaban sentados en la cocina y degustando la exquisita comida que David había encargado al mejor restaurante de la ciudad.

Después de comer, Ruth se apresuró en recoger los platos y la cocina antes incluso de que David tuviera tiempo de levantarse. Él no dijo nada, se limitó a mirarla mientras ella hacía su tarea. Una vez hubo acabado, Ruth dio media vuelta para quedar frente a él y, armándose de valor, le preguntó:

— ¿Quieres hablar ahora?

—Ven aquí —le dijo él agarrándola de la mano y llevándola hasta el salón para sentarse en el sofá y colocándola a ella en su regazo—. Lo que sucedió ayer fue maravilloso, pero no era esa la intención que tenía. Quiero ir despacio contigo, Ruth. Quiero demostrarte que el sexo no es lo único que me interesa de ti, quiero ganarme tu confianza y quiero enamorarte.

—Vaya.

—Te me escapaste una vez, pelirroja, pero no dejaré que te me escapes por segunda vez.

—Entonces, enamórame —concluyó Ruth besándole con urgencia.

—De eso precisamente quería hablarte —apuntó David separando sus labios lentamente de los de ella—. El viernes conseguiré un par de semanas libres para que pueda buscar casa e instalarme. Había pensado en hacerles una visita a mis padres y quiero que me acompañes.

—A ver si lo he entendido, ¿quieres que vaya contigo a casa de tus padres? —La cara de Ruth era un poema.

—Cariño, para enamorarte primero necesito que me conozcas, que sepas quién soy realmente y, te guste o no, para eso tienes que averiguar de dónde procedo.

—Quieres que conozca a tus padres —comprendió Ruth—. Y, ¿si no les gusto?

—Pelirroja, no hay nadie capaz de resistirse a tu encanto —le aseguró David estrechándola entre sus brazos con fuerza—. Mis padres y mis hermanos te van a adorar en cuanto te conozcan.

¿Hermanos? ¿Además de a sus padres también iba a conocer a sus hermanos? Ruth tragó saliva y no dijo nada, al fin y al cabo era lo que ella quería, una relación formal con David. Pero no pudo evitar sentir el pánico ante todo lo que aquello significaba.

—Mi madre ha insistido en que nos alojemos en su casa, pero podemos hospedarnos en un hotel si te sientes más cómoda —continuó diciendo David, lo mejor sería soltarlo todo de golpe—. Todos están deseando conocerte, sobre todo mi hermana. Ella cree que seréis buenas amigas.

— ¿Le has hablado a tu familia de mí?

—Pelirroja, mi familia sabe de tu existencia desde el primer día que te cruzaste en mi camino en el restaurante del área de servicio, tan descarada y tentadora como solo tú eres.

—No trates de distraerme, ¿qué le has contado a tu familia sobre mí?

—La verdad —respondió el encogiéndose de hombros—. Mi madre nos lee la mente como un libro abierto, según ella porque nos ha parido, según mis hermanos y yo porque es medio bruja. El caso es que sabe cuándo nos pasa algo y no deja de insistir hasta que finalmente lo averigua, así que…

—Se lo has contado todo —dijo Ruth con un hilo de voz, acabando la frase de David.

—No te preocupes, no les he contado todos los detalles.

—Eso no hace que me sienta mejor.

—Creo que necesitas relajarte —opinó David divertido.

—Eso no te lo voy a discutir.

Sin decir nada más, David la colocó entre sus piernas, de espaldas a él, y comenzó a masajearle los hombros. Apenas pasó un minuto cuando se deshizo de su fino jersey y la dejó tan solo con la camiseta de tirantes y el sujetador. Ruth se dejó mimar, se estaba demasiado bien entre las extremidades de David, no se hubiera movido ni aunque comenzaran a salir arañas del sofá, y eso que ella temía a las arañas.

— ¿Tienes aceite corporal?

Ruth asintió y señaló la bolsa que había dejado sobre uno de los sillones con las velas y el aceite corporal que había comprado un par de horas antes.

—Vaya, veo que te has adelantado a los acontecimientos —bromeó al abrir la bolsa y ver lo que había dentro.

—Ya sabes lo que dicen, una chica precavida vale por dos.

David sonrió ante las palabras de ella, encendió las velas aromáticas y regresó a su posición detrás de Ruth con el bote de aceite corporal en las manos.

—Mm… Creo que es más complejo de lo que en un primer momento había pensado. Ven, vamos a la cama —sentenció arrastrándola del brazo hasta a su habitación—. Túmbate sobre la cama, pero antes quítate la ropa si no quieres que acabe pegajosa por el aceite.

—Creo que tú deberías hacer lo mismo con tu ropa, si no quieres que se manche, digo —le replicó Ruth con la voz ronca a causa de lo excitada que estaba. Se desnudó en menos de un minuto y añadió—: ¿Cómo quieres que me tumbe?

—Boca abajo —ordenó David mientras se desabrochaba la camisa sin ninguna prisa.

Ruth obedeció y pocos segundos después sintió cómo David se sentaba sobre su trasero y colocaba su enorme erección entre sus nalgas, haciéndola gemir de excitación.

—Pelirroja, no tengas prisa. Todo llegará, te lo aseguro —se mofó él.

Divertido con la impaciencia de ella, David decidió jugar un poco y provocarla. Masajeó su espalda, sus hombros, sus brazos y sus piernas, acercándose al centro de placer de ella y volviéndose a alejar, tentándola. Ella gimió de frustración en varias ocasiones, pero no dijo nada, se mantuvo a la expectativa.

—Date la vuelta —le ordenó con la voz ronca mientras se levantaba de encima suyo para que pudiera moverse. Ruth se dio la vuelta y dejó sus piernas alrededor de las caderas de David, quedando expuesta a él y sin sentir ningún tipo de pudor. Esta vez, fue David quién gimió. Sin embargo, se contuvo y continuó deleitando a Ruth con caricias placenteras mientras impregnaba todo su cuerpo en aceite. Comenzó por sus pechos, donde se entretuvo pellizcando los pezones hasta que respondieron con excitación. Prosiguió por su vientre y se detuvo a dibujar con el dedo un círculo alrededor de su ombligo. Finalmente, descendió hasta su monte de venus. Sus manos apenas la habían rozado y ella gimió extasiada, estaba muy excitada y eso le gustaba.

—Pelirroja, quiero saborearte —anunció antes de enterrarse entre sus muslos y recorrer toda su humedad con la lengua—. Sabes tan bien que me moriría feliz haciendo lo que estoy haciendo ahora mismo.

Ruth gimió, estaba al borde del orgasmo. Le agarró con fuerza de la cabeza para que quedase a su altura y le ordenó dominada por la lujuria:

—Te quiero dentro. Ahora.

David no se lo pensó dos veces, la besó en los labios con una sonrisa pícara y la penetró de una sola estocada, como sabía que a ella le gustaba. La embistió una y otra vez, fijando sus ojos en la expresión de ella, un recuerdo que jamás se permitiría olvidar, y juntos alcanzaron el clímax.

Aquella tarde no vieron ninguna película, disfrutaron del placer de la unión de sus cuerpos para acabar con el anhelo que habían sentido el uno por el otro desde hacía casi tres años.

Enamórame 12.

A la mañana siguiente, Ruth llamó a Ana, necesitaba contarle todo lo que había ocurrido y desahogarse. No podía seguir engañándose a sí misma y, pese que había logrado posponer esa conversación pendiente, sabía que no podía seguir alargándolo más.

Ana la invitó a desayunar y, una hora más tarde, ambas se sentaban en el jardín de casa de Ana mientras desayunaban alegremente. Nahuel, el marido de Ana, estaba encerrado en su despacho trabajando, apenas pisaba la oficina desde que nació el bebé porque le resultaba imposible pasar tantas horas sin verles. Ana adoraba a su marido y a su bebé, pero también necesitaba un poco tiempo para ella y sus amigas, las echaba de menos.

—Bueno, ya está bien de hablar de mí —concluyó Ana.

— ¿Qué sabes de Eva? No he hablado con ella desde que nos vimos en la inauguración.

— ¡Por Dios, Ruth! No has venido hasta aquí para oírme hablar de mi aburrida vida de ama de casa ni para que te cuente lo ocupada que está Eva con los preparativos de la boda —le recordó su amiga al ver que seguía yéndose por las ramas—. ¿Vas a contarme qué ha pasado entre David y tú o voy a tener que torturarte para que confieses?

Ruth suspiró, había venido para eso, para hablar de David, así que no había ninguna razón para seguir evitando el tema.

—Ayer me acosté con él —confesó finalmente.

— ¿Ayer? ¿El sábado después de la inauguración no…? —Ana no supo cómo acabar de formular aquella pregunta, aunque tampoco hizo falta para que Ruth la entendiera.

—Estuvimos a punto, pero se echó atrás alegando que había bebido alguna de copa de más y que Mike había escogido un menú afrodisíaco para el catering, dijo que no quería que a la mañana siguiente me arrepintiera o, peor aún, que no recordara lo sucedido.

— ¡Qué romántico! —Exclamó Ana emocionada.

—Eso lo dices porque no fuiste tú la que se quedó con el calentón toda lo noche.

—Será mejor que empieces a contármelo todo desde el principio.

Ruth asintió, bebió un trago de su zumo de melocotón y, empezando por el principio, le explicó todo lo que había sucedido con David desde la inauguración de la exposición de Mike hasta ese mismo momento. Ana la escuchó sin interrumpirla, prestando atención a sus palabras y a su expresión corporal. Era su amiga y la conocía lo suficientemente bien para saber qué estaba rondando por su cabeza.

—Sé que lo pasaste mal, pero en aquel momento ambos sabíais que lo mejor era que cada uno continuara por su camino. Sin embargo, después de casi tres años, él está aquí y lo primero y único que ha hecho es ir a buscarte. Puede que te dejara con el calentón, pero solo porque quería demostrarte que no había venido buscando sexo contigo, al menos no solo sexo —se corrigió Ana con una sonrisa traviesa en los labios—. Ya te dijo que no pretendía retomar vuestra relación donde la dejasteis, por eso ha decidido enamorarte de nuevo. Y, por mucho que intentes sabotearle, debes reconocer que el chico tiene mérito.

—Me siento idiota dejándome llevar por mis sentimientos, tengo la sensación de que hace conmigo lo que quiere y no puedo impedirlo por mucho que lo intente.

—Eso, querida amiga, es el amor —le aclaró Ana divertida—. ¿Crees que a mí me hace gracia estar todo el día en casa sin nada qué hacer? ¡Me aburro! Nahuel ha amenazado a todo el personal de la casa con despedirlos si permiten que yo mueva un solo dedo para hacer cualquier cosa. Lo único que se me permite es cuidar del bebé y solo durante el día porque de noche es Nahuel quién se ocupa de él. Tengo prohibido ir a la oficina y, por supuesto, ninguno de los empleados tiene permitido ponerme al corriente sobre asuntos de trabajo. Mi única distracción eres tú, Eva está demasiado ocupada con los preparativos de su boda y retozando con Derek por los rincones.

Ruth sonrió divertida, conociendo a esos dos, seguro que se pasaban el día retozando como decía Ana.

—Nahuel te quiere y cuida de ti. Incluso pasa la mayor parte del tiempo en casa para no perderos de vista a ninguno de los dos.

—Lo sé, pero a veces le mataría. Y el sexo, hasta que pase la cuarentena, tampoco es una opción a tener en cuenta —protestó poniéndose de morros como si fuera una niña pequeña.

En ese momento, apareció Nahuel con su perfecta sonrisa en los labios y, tras saludar a Ruth con un par de besos en la mejilla, se volvió a su mujer y le preguntó con sorna:

— ¿Ya le has contado a Ruth lo malvado que soy?

Ana bufó a modo de protesta y Nahuel se echó a reír. Besó a su esposa en los labios y, como si fuera una niña pequeña, le dijo con la voz suave:

—Preciosa, solo quiero que no te preocupes de nada que no seas tú y el pequeño Nahuel. Del resto, deja que me encargue yo.

—Lo sé —murmuró Ana dándose por vencida—, pero me aburro estando sola tanto tiempo y sin hacer nada.

—De eso quería hablarte, he estado trabajando desde casa estos días porque quiero que los tres nos tomemos unas pequeñas vacaciones —le explicó Nahuel, ahora con una sonrisa traviesa en los labios—. Pero antes, tienes que recuperarte.

— ¡Ya estoy recuperada!

—Preciosa, acabas de traer al mundo a nuestro primer hijo y quiero que estés al cien por cien antes de hacer ese viaje, quizás encarguemos allí al segundo…

— ¡De eso nada! —Protestó de nuevo Ana—. No pienso quedarme encerrada en casa nunca más.

— ¡Por favor, cualquiera que te escuche pensaría que te tienen secuestrada en un húmedo y oscuro sótano mientras te torturan terriblemente! —Se mofó Ruth, ganándose una mirada fulminante de su amiga.

—Déjalo, es inútil intentar hacerla entrar en razón —medió Nahuel. Se despidió de Ruth de la misma manera que la había saludado y después besó a su esposa en los labios antes de susurrarle con la voz ronca—: Preciosa, estaré en mi despacho si me necesitas.

Ana le escrutó con la mirada. ¿Aquello había sido una invitación? ¿Se había rendido y ya no quería respetar la cuarentena? Frunció el ceño cuando lo oyó reírse mientras se alejaba.

—Será…

—Sht, no lo digas —la regañó Ruth señalando el carrito de bebé donde dormía plácidamente el pequeño Nahuel.

Ambas amigas se miraron y comenzaron a reírse como dos colegialas. Ruth admiró la relación que su amiga tenía con su marido, ambos se compenetraban a la perfección y eran muy felices, al igual que Derek y Eva. Se preguntó si ella conseguiría tener esa complicidad con David y se sería feliz a su lado. Suspiró, solo había una manera de saberlo.

—Me voy ya a casa, no quiero que David pase a recogerme y yo todavía no haya llegado al apartamento —se despidió Ruth con un fuerte abrazo.

—No seas muy bruja con él y mantenme informada, ahora mismo la única emoción que hay en mi vida es tu historia con David —bromeó Ana.

Ruth tuvo que prometerle que la llamaría cada día para darle un reporte de todo lo que le pasara referente a David antes de poder marcharse de allí.

De camino a su apartamento, decidió parar en un supermercado donde compró un par de velas aromáticas, aceite corporal y una buena botella de vino. Tenía planes para esa noche, no estaba dispuesta a dormir sola otra vez.

Enamórame 11.

Mientras fregaba los platos del desayuno, Ruth sintió la mirada de David recorriendo su cuerpo. Por, suerte, ella estaba de espaldas y pudo disimular todo aquello que él le hacía sentir. Cuando terminó su tarea, dio media vuelta y lo encaró. Estaba guapísimo con esa camisa blanca y esos vaqueros desgastados, parecía un modelo salido de una de las mejores pasarelas.

David recorría su cuerpo de arriba abajo con la mirada. Ardía en deseos y ni siquiera se molestó en disimularlo, sabía que resultaría inútil, ella le conocía demasiado bien para intuir cuando estaba excitado. Ruth le dedicó una sonrisa traviesa y se acercó a él con fingida inocencia.

—Gracias por el desayuno, ha sido todo un detalle.

—Si de verdad quieres agradecérmelo, pasa el día conmigo —Ruth le miró alzando una ceja y él añadió—: Haremos lo que tú quieras, podemos salir a pasear, ir al cine, al teatro, lo que a ti te apetezca.

— ¿Lo que yo quiera?

—Sí, lo que tú quieras —confirmó divertido.

—La verdad es que hoy no tengo muchas ganas de salir, estoy cansada y apenas he dormido por tu culpa.

— ¿Por mi culpa?

—Oh, sí. Ya lo creo que sí. No puedes dejar a una mujer con un calentón como el de anoche y fingir que no lo recuerdas.

—Solo tienes que pedirme lo que desees, pelirroja.

Aquella sonrisa traviesa y su seductora mirada la atravesaron hasta llegar a su alma. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía en casa. Y no se trataba del lugar, sino de la compañía. Ruth tenía muy claro qué deseaba, lo deseaba a él. Pero, tras lo que ocurrió la noche anterior, estaba dispuesta a pedírselo, prefería llevarlo al límite y que fuera él quien lo suplicara. Seguía sin entender cómo se había podido contener de esa manera y dejarla allí, completamente excitada, para regresar a su hotel y volver a la mañana siguiente.

—Tengo que salir a hacer unos recados, si quieres puedes acompañarme —le ofreció Ruth.

—Estoy a tu disposición —afirmó el de buen humor.

Ruth frunció el ceño, estaba segura de que si le hubiera dicho que tenía que ir al matadero él habría puesto la misma cara de aprobación. Cualquier otro hombre la habría intentado disuadir para quedarse en la intimidad del apartamento, pero él no. David estaba feliz de poder pasar el día con Ruth y, ya que tendría que luchar contra sus instintos más básicos, prefería hacerlo en un lugar público donde la tentación no fuera tan grande.

Media hora más tarde, Ruth subía al coche de David. Se había cambiado de ropa y David respiró aliviado al comprobar que se había puesto sujetador.

—Tú dirás, ¿a dónde me dirijo?

—Es domingo, así que solo estará abierto el centro comercial —meditó Ruth—. Sí, creo que allí conseguiré todo lo que necesito.

David sonrió y arrancó el motor del coche. Pocos minutos después, aparcaba en el sótano del centro comercial. Como era el único lugar que estaba abierto en festivo, el centro comercial estaba lleno de gente, pero a ninguno de los dos le importó.

Ruth le había propuesto ir allí pensando que él protestaría e incluso se negaría, pero el muy sinvergüenza se había limitado a asentir y sonreír. Ahora estaba allí y no tenía ni idea de qué hacer.

— ¿Qué hacemos ahora?

Buena pregunta, pensó Ruth. Lo meditó durante un segundo y, ya que estaba allí, aprovecharía para hacer la compra y llenar la nevera.

—La compra, mi nevera está vacía y, ahora que tengo unos días libres, estaré más tiempo en casa.

David no protestó, volvió a asentir y sonreír. Ruth estaba a punto de arrancarse lo pelos, ¿es que a ese hombre nada le hacía cambiar de humor?

Pasaron la mañana de compras en el centro comercial y decidieron sentarse a comer una hamburguesa en una terraza. David aguantó estoicamente y sin protestar, algo que Ruth seguía sin llegar a entender.

—Bueno, ¿y ahora qué? —Preguntó David con su eterno buen humor cuando terminaron de comer.

—Es domingo por la tarde, ¿qué tal una de sofá y peli? —Propuso Ruth, agotada tras la mañana de compras.

— ¿No prefieres ir al cine?

—No, quiero ir a casa. Contigo —matizó Ruth, cansada de demorar más su deseo para castigar a David y que él pareciera inmune—. Creo que anoche dejamos una conversación pendiente.

Él no dijo nada, asintió con gesto serio y condujo en silencio hasta el apartamento de Ruth. Cargó con todas las bolsas de la compra, no la dejó coger ni una sola bolsa pese a que ella insistió en ayudarle. La tensión sexual que les invadió mientras subían en el ascensor fue más que palpable, pero ambos se contuvieron, aunque no sin esfuerzo. Una vez entraron en el apartamento, David se ofreció a guardar la comida en la cocina y Ruth, tras intentar ayudarle y desistir, decidió ponerse cómoda. De nuevo, se vistió con sus diminutos shorts de algodón y su camiseta de tirantes. Por supuesto, no se puso sujetador.

Cuando se cambió de ropa, David ya había terminado su tarea y la esperaba apoyado en la barra de la cocina. Él recorrió el cuerpo de ella con la mirada y Ruth se tambaleó.

—Por favor, no me mires así —casi le rogó ella con un hilo de voz.

—Créeme si te digo que lo intento —fue lo único capaz de decir antes de abalanzarse sobre ella y devorarle la boca.

La besó apasionadamente, con verdadera urgencia y necesidad. Él tomó sus labios y ella no opuso resistencia pero, aunque hubiera querido, tampoco hubiese podido. Él era el único hombre que la hacía sentirse así, el único hombre del que realmente se había enamorado.

—No sabes cuánto te he echado de menos, pelirroja —le susurró cuando separó sus labios de los de ella—. Tenemos que hablar, Ruth.

—Sht. Ahora no, después —le calló con un beso.

—Pelirroja…

Pero no le dio tiempo a decir nada más, Ruth se quitó la camiseta y él ya no fue capaz de razonar, no pudo más que rendirse al deseo. La estrechó entre sus brazos con fuerza y la besó de nuevo con la misma pasión. Cuando quedó saciado de su boca, dejó un reguero de besos por su cuello hasta llegar a sus pechos, donde se entretuvo un largo rato acariciándolos, besándolos y jugando con ellos, excitándola aún más de lo que ya estaba.

—David…

—No seas impaciente, he esperado demasiado tiempo para que esto ahora dure tan poco.

—Tenemos toda la tarde para recrearnos, pero ahora lo necesito rápido —argumentó Ruth.

— ¿Rápido?

—Rápido y salvaje —le confirmó ella con una pícara sonrisa en los labios.

David no se lo pensó dos veces. Se desnudó en un abrir y cerrar de ojos, reclamó su boca y, tras arrancarle los diminutos shorts de algodón, la penetró de una sola estocada haciéndola gemir con fuerza. Esperó a que el cuerpo de ella se acostumbrara a la invasión y comenzó a entrar y salir en un suave vaivén que los llevó al cielo en pocos minutos.

—Demasiado rápido —opinó David cuando su respiración se normalizó.

—Ha sido genial —opinó Ruth—, justo lo que necesitaba.

—Todavía no he acabado contigo —le advirtió David poniéndose en pie para cogerla en brazos y llevarla al cuarto de baño—. ¿Te apetece un baño relajante conmigo?

Ruth sonrió. Si alguna vez contestaba con una negativa a esa pregunta, deberían ingresarla en un centro psiquiátrico.

Pasaron la tarde haciendo el amor en cada rincón del apartamento, explorando sus cuerpos mediante las caricias y los besos que se propagaban. A la hora de cenar, David se ofreció para preparar la comida. Ruth quiso echarle una mano pero, una vez más, David rechazó su ayuda con una sonrisa en los labios alegando que ella solo conseguiría distraerle y la cena terminaría quemada.

David preparó una ensalada y un par de filetes de ternera a la plancha, algo fácil y rápido, ya que ambos estaban hambrientos después del desgaste de energía. Ruth esperó con paciencia que retomara la conversación pendiente, pero David no lo hizo y Ruth tampoco tenía ningún interés en que lo hiciera, al menos no esa noche.

—Es tarde y mañana tengo turno de mañana en el hospital —comenzó a decir poniéndose en pie después de cenar y de haber recogido la cocina.

—Me debes una tarde de peli, manta y sofá —bromeó Ruth para disimular su incomodidad.

—No hagas planes para esta tarde, pasaré a recogerte en cuanto acabe mi turno y, después de terminar esa conversación pendiente, pasaremos la tarde en el sofá viendo todas las películas que quieras.

Ruth asintió, sabía que era una locura y que caería de nuevo en sus redes, pero tampoco tenía la fuerza de voluntad suficiente como para rechazarle.

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