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Déjame sin aliento 19.

kh.g,j

Carolina se despertó en la misma posición en la que se quedó dormida: en el regazo de Lucas y entre sus brazos. Alzó la vista y se topó con la radiante sonrisa de Lucas, que la miraba totalmente embelesado. Ella se estrechó aún más contra su cuerpo y Lucas la abrazó y la besó en los labios.

–  Buenos días, cariño. ¿Has dormido bien?

–  Mejor que nunca, me encanta dormir contigo. – Le respondió Carolina divertida.

–  Me alegra que me digas eso porque quiero pedirte algo.

–  Y por la cara que has puesto supongo que no me va a gustar. – Le responde ella.

–  Cariño, tengo que ir a buscar a mi hermana a casa de Lorena y llevarla a casa de mis padres, que han vuelto de su viaje al enterarse del accidente de Rocío, y me gustaría que vinieras conmigo. – Le dice Lucas con cautela, observando su rostro para adivinar su reacción.

Si la hubieran pinchado, a Carolina no le habrían sacado sangre. Hacía unas horas creía que el hombre del que estaba enamorada la había abandonado y sin embargo ahora le estaba proponiendo acompañarlo a buscar a su hermana y llevarla a casa de sus padres. No me lo puedo creer, ¿quiere que conozca a su familia?

–  Cariño, si no me contestas acabarás provocándome un infarto.

–  ¿Quieres que conozca a tu familia? – Le preguntó Carolina con un hilo de voz.

–  Mis padres y mi hermana están deseando conocerte, cariño. Y yo ya conozco a tu familia, ¿no te parece justo que quiera que tú conozcas a la mía?

Una hora más tarde, ambos regresaban a la ciudad. Llegaron a casa de Lorena y Carolina, donde Lorena cuidaba de Rocío, la hermana de Lucas. Sin dejar de rodear con su brazo la cintura de Carolina, saludó a su hermana y a Lorena y le estrechó la mano a su amigo Jordi para después presentar a su hermana a la mujer que tenía entre los brazos:

–  Cariño, quiero que conozcas a mi hermana Rocío. – Se vuelve hacia su hermana y añade: – Rocío, te presento a Carolina.

–  Por fin te conozco, mi hermano no ha dejado de hablar de ti. – La saluda Rocío al mismo tiempo que Carolina se inclina para darle un par de besos en la mejilla e impedir así que se mueva. – Encantada de conocerte, Carolina.

–  Lo mismo digo, Rocío. – La saluda Carolina. – ¿Cómo te encuentras?

Tras explicar de nuevo cómo fue el accidente, Rocío se puso en pie con la ayuda de Lucas y los tres se encaminaron a casa de los Molina, donde Lucas volvió a hacer las pertinentes presentaciones y Carolina les saludó con una tímida sonrisa. Los padres de Lucas estaban felices de ver a su hijo tan feliz y se mostraban amables con Carolina. La madre de Lucas insistió en que se quedaran a comer, pero Lucas rechazó su invitación para regresar a la Vall d’Haràn y la mujer hizo que les prometieran que pronto regresarían juntos a comer.

–  Descuida mamá, no pienso despegarme de Carolina y pienso seguir viniendo a veros, así que me temo que os guste o no, la vais a tener que seguir viendo. – Bromeó Lucas con sus padres mientras se despedía de ellos. Envolvió a Carolina entre sus brazos mientras caminaban en dirección al coche y le susurró al oído: – Cariño, a partir de ahora soy todo tuyo. Regresaremos a la suite de ese precioso hotel y estaré total y absolutamente a tu disposición.

–  ¿Solo para mí? – Quiso asegurarse Carolina.

–  Solo para ti, cariño. – Le confirmó Lucas. La besó en los labios y le abrió la puerta del copiloto para ayudarla a sentarse. Rodeó el coche y se sentó en el asiento del conductor. – Vamos a buscar a Jordi y Lorena y nos vamos a la Vall d’Haràn, ¿te parece bien, señorita?

–  Me parece perfecto.

Pasaron a buscar a Jordi y Lorena y los cuatro se dirigieron a la Vall d’Haràn en el coche de Lucas, pues el coche de Carolina seguía allí y era una tontería llevar un tercer coche, sobretodo porque Lucas no estaba dispuesto a separarse de Carolina.

Nada más llegar al hotel, dejaron a Lorena y Jordi en la recepción para registrarse, y se dirigieron directamente a su suite presidencial.

–  Cariño, ahora sí que soy todo tuyo. – Le dijo Lucas sonriendo al mismo tiempo que la cogía en brazos y la llevaba a la enorme cama para acurrucarse con ella entre sus brazos. – Me encanta estar así contigo, constantemente en contacto contigo.

–  Pues quedémonos así para siempre, a mí no me importa. – Le respondió Carolina juguetona.

–  ¿Estás agotada pero sigues teniendo ganas de jugar? – Le pregunta Lucas socarronamente. – Cariño, ya sabes que estoy a tu disposición, tan solo tienes que pedirme lo que quieras.

–  Déjame sin aliento. – Responde Carolina son una sonrisa picarona.

Lucas no se hizo de rogar, adoraba a la mujer que tenía entre sus brazos y quería en complacerla en todo lo que ella le pedía, sobre todo si se trataba de dejarla sin aliento…

 

FIN

Déjame sin aliento 18.

kh.g,j

Carolina salió del ascensor y se dirigió a la entrada del restaurante. Estaba agotada, pero se había obligado a bajar a cenar porque había hecho una reserva en el restaurante. Cenaría y después regresaría a la suite presidencial, donde trataría de dormir en la enorme cama con dosel que sin duda le haría sentir aún más sola. Se acercó al maître y le dijo:

–  Buenas noches, tenía reserva a las nueve para cenar, a nombre de Carolina Hernández.

–  Sí, aquí está. – Le confirma el maître. – Una reserva para dos personas.

–  ¿Para dos personas? Disculpe, pero creo que…

–  Sí, para dos personas. – Confirma Lucas desde su espalda. La abraza pegando su pecho contra la espalda de ella y le rodea la cintura con los abrazos antes de besarla en la mejilla y añadir: – Cariño, si te hubieras traído el móvil, sabrías que venía de camino.

Lucas aprovechó la sorpresa de Carolina para llevarla rápidamente a la mesa que el maître les indicaba y pidió vino para beber cuando el camarero se acercó.

–  ¿Qué estás haciendo aquí? – Le pregunta Carolina cuando recobra la capacidad de hablar.

–  Cariño, he venido a buscarte. – Le contesta Lucas acariciando su brazo con las yemas de los dedos desde la muñeca hasta la parte interior del codo. – Soy un imbécil, cuando salimos del restaurante me llamaron del hospital porque mi hermana había tenido un accidente de tráfico y se negaron a darme más información por teléfono. Me olvidé de todo lo demás y me marché al hospital, debí decirte lo que pasaba y por qué me marchaba. Claro que tampoco me imaginaba que fueras a dar por hecho que lo nuestro se había acabado tras la presentación del proyecto.

–  Ese era nuestro trato. – Se defendió Carolina.

–  Carolina, ¿de verdad crees que ese trato tenía algún valor después de todo lo que ha pasado entre nosotros durante los tres últimos meses? – Tras mirarla a los ojos y ver que ella no pensaba abrir la boca, le apretó la mano con ternura y le confesó: – Cariño, te quiero. Debería habértelo dicho antes y no haberlo dado por hecho. Me he portado como un auténtico idiota pero, si me das una oportunidad, te demostraré que estamos hechos el uno para el otro, cariño.

–  ¿Quieres una relación de pareja?

–  Así es, cariño. Quiero acostarme y despertarme contigo todos los días, quiero que salgamos a cenar, quiero llevarte a casa de mis padres y también que me lleves a casa de los tuyos. Por cierto, tengo que llamar a Lorena, la he dejado en el hospital a cargo de mi hermana y probablemente ya le han dado el alta.

–  ¿Qué le ha pasado a tu hermana? – Con todo lo que le ha dicho Lucas, ni siquiera se había dado cuenta hasta ahora que su hermana había tenido un accidente y está en el hospital.

–  Está bien, salvo por una costilla rota y una brecha en la cabeza. – Le contesta Lucas con dulzura, quitándole importancia al asunto. – La han dejado en observación por el golpe en la cabeza, pero le daban el alta esta tarde y Lorena me dijo que se llevaría a mi hermana a su casa para que yo pudiera venir a buscarte.

–  Lo siento. – Murmura Carolina con un hilo de voz.

–  No lo sientas cariño, solo ven y bésame. – Le dice Lucas agarrándola de la cintura y sentándola sobre su regazo, sin importarle dónde se encuentran. – Bésame, cariño. Necesito sentirte cerca, no vuelvas a dejarme.

–  Lo mismo digo. – Le responde Carolina antes de besarle en los labios.

–  Te he echado de menos. Será mejor que no vuelvas a escaparte si no quieres que acabe esposándote a mí.

El camarero regresó y, tras pedir la cena, Lucas llamó a Lorena, quien le confirmó que le habían dado el alta a su hermana Rocío, que descansaba en la habitación de invitados mientras ella y Jordi veían una película en el salón y colgó tras decir que volvería a llamar mañana por la mañana.

Cenaron en apenas media hora y subieron en el ascensor a la suite presidencial. Carolina estaba agotada y Lucas la cogió en brazos cuando las puertas del ascensor se abrieron. Entró a la suite cargando con ella y la depositó con sumo cuidado sobre la cama. Se volvió para cerrar la puerta de la habitación y se sentó en la cama junto a Carolina para empezar a desnudarla. Le quita las botas, los calcetines, los vaqueros y el jersey, y la deja en ropa interior para envolverla entre las sábanas. Le da un beso en la frente y se levanta para coger su móvil y desconectarlo, esta noche no va a estar disponible para nadie, salvo para Carolina.

–  ¿A dónde vas? – Le pregunta Carolina aterrorizada ante la idea de volver a quedarse sola.

–  A ninguna parte, cariño. – Le responde sonriendo y acercándose a los pies de la cama mientras se desnudaba hasta quedarse con el bóxer puesto y metiéndose en la cama junto a ella. – Estás loca si piensas que voy a volver a alejarme de ti, preciosa. – La coge de la cintura hasta colocarla en su regazo y le susurra al oído: – Ahora duérmete, estás agotada.

–  Estoy agotada, pero también estoy demasiado nerviosa como para dormirme. – Le responde Carolina revolviéndose entre sus brazos. – Quizás tú puedas relajarme…

–  Cariño, ¿qué me estás diciendo? – Le pregunta Lucas burlonamente.

–  Lo sabes perfectamente. – Le contesta Carolina con voz sensual al mismo tiempo que desliza sus manos por el pecho y el abdomen de Lucas.

–  Estás agotada, deberías descansar y mañana te dejaré otra vez sin energía. – Intenta convencerla pero sin demasiado énfasis. – Cariño, deja de incitarme o no podré controlarme.

–  No quiero que te controles. – Le susurra Carolina al oído al mismo tiempo que roza descaradamente la erección de Lucas contra el punto donde sus muslos se unen. – Te necesito, necesito sentirte cerca.

–  Cariño, me tienes a tus pies, dispuesto a cumplir todas tus órdenes. – Le contesta Lucas agarrándola del trasero para darle la vuelta y acabar sobre ella. La incorpora levemente para desabrocharle y quitarle el sujetador y después hace lo mismo con las bragas. – Eres preciosa, cariño. – Recorre a besos la suave piel de Carolina, desde el tobillo hasta su cuello, deteniéndose alrededor de su ombligo y en sus pechos, lamiendo y mordisqueando sus pezones hasta hacer que se pusieran duros. – Dime que eres mía y de nadie más, cariño. Yo soy solo tuyo. Solo tuyo.

–  Yo también soy toda tuya. – Le contesta Carolina arqueando la espalda.

–  Entonces pídemelo, cariño. – Le susurra al oído Lucas.

Carolina sabe perfectamente qué es lo que Lucas quiere que le pida y no lo hace esperar para dar su respuesta:

–  Déjame sin aliento.

Con un gruñido gutural, Lucas la besó al mismo tiempo que pasaba sus dedos por la hendidura de ella para esparcir su humedad y facilitar el acceso. Cuando consideró que estaba bien lubricada, llevó su miembro a la entrada de su sexo y le susurró al oído:

–  Te voy a hacer el amor, cariño. Y te voy a dejar sin aliento.

Muy despacio, Lucas se adentró en ella al mismo tiempo que la llenaba de besos por la cara y el cuello con ternura. Nunca antes había sido tan dulce y tan atento como lo estaba siendo con ella, la amaba. Entraba y salía de ella con delicadeza, moviendo las caderas en círculos cuando llegaba a lo más profundo, besando sus labios con verdadera devoción.

–  Te he echado de menos. – Susurra Carolina arqueando la espalda, anticipando las primeras olas del orgasmo que se avecina.

–  Lo sé, cariño. – Le contesta Lucas acariciando su clítoris con el pulgar de una mano mientras que con la otra pellizca y estira sus pezones para después calmarlos con la lengua. – Yo también te he echado de menos, preciosa. – Introduce de nuevo totalmente su miembro en el interior de ella, mueve las caderas en círculos y le susurra al oído: – Cariño, quiero que te corras conmigo. – Le da un beso en los labios y tira de su labio inferior, dejando que se deslice entre sus dientes. – ¿Estás preparada?

–  Hum…

–  Me tomaré eso como un sí. – Bromeó Lucas.

Tan solo dos suaves estocadas bastaron para que ambos alcanzaran juntos el clímax. Se quedaron abrazados unos minutos hasta que recobraron la respiración y Lucas le dijo mirándola a los ojos:

–  Te quiero, cariño. Pero no vuelvas a dejarme así o me dará un infarto. – Carolina abre la boca para protestar, pero él la besa y le dice: – Lo sé, cariño. Te prometo que jamás volveré a comportarme como un tarado, deja que te lo demuestre.

–  Más te vale. – Le advirtió Carolina acurrucándose en el regazo de Lucas antes de quedarse dormida.

Déjame sin aliento 17.

kh.g,j

Lorena se dirigió al Hospital Clínico de Barcelona donde había quedado con Lucas. Su hermana continuaba en el hospital tras el accidente de tráfico, pero esperaban que le dieran el alta a última hora de la tarde. Mientras caminaba por el pasillo buscando la habitación 308, Lorena se preguntaba si estaba haciendo lo correcto o de lo contrario su amiga la mataría por meter las narices donde no debía. Pero aquellos dos estaban enamorados, quisieran o no admitirlo, y ella estaba dispuesta a todo por ver a su mejor amiga tan feliz como lo estaba ella. Dio unos suaves golpecitos en la puerta de la habitación 308 y dos segundos después la puerta se abrió y se encontró con la mirada de cansancio y preocupación de Lucas.

–  Hola. – Lo saludó Lorena en un susurro.

–  Hola. – La saludó Lucas con la voz apagada. – ¿Sabes algo de Carolina?

–  Sí, he hablado con ella y sé dónde está, por eso quiero hablar contigo.

–  Pasa, por favor. – Le pidió Lucas echándose a un lado. – Te presento a mi hermana Rocío. – Le dijo señalando a su hermana que permanecía tumbada en la cama con una amplia sonrisa en los labios. – Rocío, ella es Lorena, la amiga de Carolina.

–  Ahora entiendo por qué Jordi está tan feliz y no deja de hablar de ti, eres muy guapa. – La saluda Rocío. – Espero que hayas encontrado a Carolina antes de que mi hermano me vuelva loca, ¡está insoportable!

–  Lorena, ¿dónde está Carolina? – Pregunta de nuevo Lucas.

–  Antes de decirte dónde está, necesito hablar contigo. – Lorena mira fugazmente a Rocío.

–  Di lo que quieras. – Le dice Lucas que no tiene nada que ocultar.

–  Bien, ¿a qué clase de acuerdo llegaste con Carol? – Le increpa Lorena.

–  ¿A qué te refieres?

–  No te hagas el tonto, no te va. – Le espeta Lorena molesta. – Tengo entendido que acordasteis que vuestra relación terminaría cuando el proyecto se presentara, ¿me equivoco?

–  Eso no es exactamente así. – Matiza Lucas. – Ambos fuimos conscientes que no podríamos trabajar juntos con semejante tensión sexual de por medio, así que acordamos resolverla mientras durara el proyecto, eso sí, fuera de las horas pactadas para el trabajo y en ningún momento acordamos que se acabaría cuando presentáramos el proyecto. – Justo en ese momento, Lucas entendió lo que había pasado y sus ojos fueron invadidos por el pánico: – ¡Maldita sea! ¿Se ha ido por eso? ¿Piensa que nuestra relación se ha acabado? ¿Acaso pensaba que solo se trataba de sexo? ¡Joder, joder, joder! – Lucas maldijo en los tres idiomas que dominaba, trató de calmarse respirando profundamente y le preguntó a Lorena todo lo sereno que pudo: – ¿Dónde está Carolina?

–  Te largaste del restaurante sin dar ningún tipo de explicación y no la llamaste, ¿qué esperabas que pensara? – Le regañó Lorena. – Cree que ha sido tu manera de dejarle claro que lo vuestro se ha acabado y se ha ido de la ciudad para aclarar sus ideas.

–  No lo entiendo… – Se lamenta Lucas frustrado. – Me ha presentado a su familia y creía que estábamos bien, ¿por qué ha pensado que le haría algo así?

–  Vamos a ver, hermanito. ¿Te molestaste en aclararle a Carolina lo que sentías? – Le preguntó Rocío con sorna. – De verdad, con lo listo que eres tú para unas cosas y para otras…

–  ¡Joder, joder, joder! – Volvió a maldecir Lucas. Se volvió hacia Lorena y le preguntó exigiendo una respuesta: – ¿Dónde está Carolina?

–  Hotel Vall d’Haràn, suite presidencial. – Contestó Lorena ante la exigencia de Lucas. – Más te vale no cagarla otra vez o seré yo misma quien te arranque el corazón. – Le advirtió. Se percató que Lucas miraba a su hermana con recelo de dejarla en la habitación del hospital, así que añadió: – No te preocupes, yo me quedo con Rocío y, si le dan el alta, me la llevo conmigo a casa y prometo cuidar de ella. Estoy segura de que nos vamos a llevar muy bien.

–  Vete tranquilo y trae de vuelta a Carolina, llevo más de tres meses oyendo hablar de ella y me niego a que pase más tiempo sin conocerla. – Le dijo Rocío. – No metas la pata y llámanos cuando lo hayas arreglado para que nos quedemos tranquilas.

Lucas sonrió, aunque su sonrisa no era del todo verdadera. Se alegraba de saber dónde estaba Carolina y de dirigirse a su encuentro, pero estaba preocupado por lo que ella había pensado de él y de su relación. No podía creerse que, después de todo lo que habían avanzado y de creer que la estaba enamorando, ella hubiera huido. Cierto que el inoportuno accidente de su hermana y su inapropiada despedida al salir del restaurante no habían estado para nada acertadas, pero tampoco hubiera imaginado que ella saliera huyendo como había hecho. Se despidió de su hermana y de Lorena dándoles un beso en la mejilla y salió a grandes zancadas del hospital.

Tras conducir casi tres horas, llegó a la Vall d’Haràn a las ocho y media de la tarde. No le costó encontrar el hotel en donde Carolina se alojaba, pues era el más llamativo de todo el pueblo. Aparcó frente a la puerta y se dirigió a la recepción.

–  Disculpe, quisiera saber si la señorita Hernández está en su habitación, creo que se aloja en la suite presidencial. – Le preguntó Lucas a la recepcionista con su carismática e irresistible sonrisa para que se saltara el protocolo y respondiese a su pregunta.

–  Lo comprobaré, deme un minuto. – Le contestó la recepcionista sonriendo tímidamente. Pulsó algunas teclas, revisó las entradas y salidas de la suite en la pantalla del ordenador y le respondió: – La señorita Hernández regresó a la suite hace quince minutos, ¿desea que le avise de que está usted aquí?

–  No, quiero darle una sorpresa. – Le contesta Lucas con rotundidad. – ¿Sabe si ha reservado mesa para cenar en el restaurante del hotel?

La recepcionista volvió teclear en el ordenador y respondió:

–  Sí, ha reservado mesa para una persona a las nueve en punto.

–  Cambie la reserva para dos personas y, por favor, no le diga nada. – Le recordó Lucas. – Quiero darle una sorpresa.

La recepcionista asintió, sin creerse la suerte que tenía la tal señorita Hernández para que semejante hombre se tomara tantas molestias para sorprenderla.

Lucas decidió tomarse una cerveza en el bar mientras hacía tiempo para que en el reloj marcaran las nueve y Carolina bajara a cenar. Nunca había estado tan nervioso y a la vez tan seguro de su decisión, quería a Carolina en su vida y no iba a cesar en su empeño por conseguirlo.

Estaba sentado en uno de los taburetes junto a la barra del bar, mirando hacia la entrada del restaurante, esperando a que Carolina apareciera. Ni siquiera sabía qué le iba a decir, estaba tan concentrado en ir en su busca que no se había parado a pensar cómo podía reaccionar ella. Carolina pensaba que él la había dejado tras la presentación del proyecto y desconocía el verdadero motivo por el cual se fue tan rápido y sin dar explicaciones: su hermana Rocío había tenido un accidente de tráfico y estaba en el hospital. No le habían dado ningún dato por teléfono, así que se dirigió al hospital sin pensar en cualquier otra cosa. Antes que nada, necesitaba aclarar aquel malentendido y después solo tendría que decirle lo que siente.

Lucas dio un respingo cuando vio a Carolina salir del ascensor y dirigirse hacia a la entrada del restaurante, caminando despacio. La observó con precisión: llevaba unos vaqueros pitillo y un jersey fino de cuello alto de color negro junto con unas botas altas hasta la rodilla y sin tacón. Estaba pálida y tenía ojeras, se notaba que no había dormido bien y estaba agotada. A Lucas se le encogió el corazón al ver la tristeza que emanaba de aquellos ojos que siempre habían tenido un destello especial que hoy no tenían. Se bajó del taburete y se encaminó hacia la puerta del restaurante donde ella hablaba con el maître.

Déjame sin aliento 16.

kh.g,j

Carolina condujo casi tres horas hasta llegar a la Vall d’Haràn. Su subconsciente la había llevado a uno de los lugares más hermosos en los que había estado pero el cual estaba plagado de los recuerdos que quería olvidar, o al menos tratar de mantener lejos de su mente.

–  Terapia de choque. – Murmuró mientras entraba en el hotel con spa donde tenía pensado hospedarse. Caminó hasta llegar a la recepción y saludó a la recepcionista, una mujer de mediana edad que iba ataviada con un inmaculado uniforme y un moño bajo: – Buenas tardes, tenía pensado hospedarme aquí durante unos días, ¿tienen habitaciones libres?

–  Por supuesto, ¿cuántos días desea hospedarse? – Le contestó la recepcionista con una blanca y perfecta sonrisa.

–  Lo cierto es que no estoy segura, pero entre un mínimo de cuatro noches y un máximo de quince. – Le respondió Carolina ruborizada.

La recepcionista le dedicó una sonrisa de comprensión y complicidad, tecleó en su ordenador y le dijo con amabilidad y dulzura:

–  Si lo que busca es desconectar de la rutina y evadirse por completo, aquí lo conseguirá y le aseguró que incluso regresará. Todos nuestros huéspedes regresan. Tenemos la suite presidencial libre hasta dentro de dos semanas, es nuestra mejor suite y le aseguro que es como de cuento de hadas.

–  De acuerdo, me quedo con la suite presidencial.

Diez minutos más tarde, Carolina se instalaba en la suite presidencial, la que sería su habitación durante los próximos días. Era una habitación amplia, con una decoración rústica afín con el resto del hotel. Nada más entrar, aquella habitación le encantó. La luz entraba por tres ventanales desde donde se veía el valle y las montañas, el paisaje que tanto le había fascinado cuando estuvo allí con Lucas semanas atrás. El mobiliario se componía por una enorme cama de madera con dosel, dos mesitas de noche de la misma madera de la cama, un escritorio también de madera rústica a juego con la silla, un sofá de dos plazas situado frente a la chimenea y un armario de grandes dimensiones. Además de la cama con dosel, el equipamiento del baño fue lo que más le gustó: jacuzzi, sauna y ducha con efecto lluvia. Con eso y el spa del hotel no tenía excusas para no relajarse. Deshizo la maleta y se dio un baño de espuma antes de bajar a cenar al restaurante del hotel.

Lorena salió del trabajo y se encontró con Jordi, que la sorprendió yendo a buscarla al trabajo con un precioso ramo de rosas. Jordi tenía intención de invitarla a cenar, pero ella quiso regresar al apartamento para comprobar que Carol estuviera bien, pues no había podido localizarla en todo el día. Justo cuando abrían la puerta para entrar, Jordi recibió la llamada de Lucas que estaba desesperado por no encontrar a Carolina. Jordi miró a Lorena y, tapando el auricular para que Lucas no le oyera, le dijo:

–  Lucas tampoco puede localizar a Carol, está preocupado.

–  Pues no la va a encontrar. – Le respondió Lorena cogiendo la nota que Carol le había dejado en la puerta de la nevera. – Se ha ido dejándome una nota, ¿se puede saber qué le ha hecho ese imbécil?

–  Tío, las cosas no pintan bien. – Le advirtió Jordi a su amigo. Cogió la nota que Lorena le entregaba y añadió: – Ha dejado una nota en la nevera en la que dice que se va de la ciudad para aclarar sus ideas y que no se lleva el móvil. – Bajó un poco el tono de voz y le preguntó: – Lucas, ¿ha pasado algo que quieras contarme? Te recuerdo que Lorena es la mejor amiga de Carolina y está convencida de que se ha ido porque le has hecho algo…

–  No le he hecho nada, pero puede que se haya molestado un poco… – Reconoció Lucas al recordar cómo se había despedido de ella el día anterior tras salir del restaurante donde celebraron la firma del contrato con los inversores del museo. – Tengo que encontrarla, Jordi.

Jordi nunca había visto a su amigo así de desesperado, su voz sonaba apagada, cansada y desesperada, y mucho menos por una chica. Estaba claro que su amigo se había enamorado de Carolina y tenía que echarle una mano.

–  No sabemos dónde está, Lorena tampoco ha podido localizarla. – Le dijo Jordi a su amigo al mismo tiempo que miraba suplicándole a Lorena. – Si averiguamos algo te avisamos, pero ahora intenta descansar.

–  ¿Descansar? – Se mofó Lucas. – Estoy en el hospital, Jordi. Mi hermana tuvo un accidente de tráfico ayer y mis padres están fuera de la ciudad. Carolina se ha largado sin decirme nada y creo que es porque ayer me despedí de ella como un idiota tras recibir la llamada del hospital, ni siquiera le dije por qué me tenía que ir de lo nervioso que estaba…

–  ¿Cómo está tu hermana? ¿Qué le ha pasado?

–  Un coche se saltó un semáforo y chocó contra ella, se ha roto una costilla y tiene una brecha en la cabeza, pero por lo demás está bien. El médico que la ha visitado recomienda que esté en observación cuarenta y ocho horas y, si todo va bien, le darán el alta. – Le contestó Lucas. – Jordi, avísame cuando sepas algo de Carolina, por favor.

–  No te preocupes, te llamo en cuanto sepa algo.

En cuanto colgó, Jordi le explicó a Lorena lo que había ocurrido entre sus dos amigos el día anterior y Lorena ató cabos: su amiga le había dicho que aquella relación era un acuerdo al que habían llegado mientras trabajaban en el proyecto y supo que su amiga había entendido aquello como el final de su relación, por eso se había marchado, necesitaba recomponerse y asimilar lo que estaba ocurriendo antes de que la sometieran a un tercer grado. Decidió enviarle un e-mail y le exigió que la llamara en cuanto la viera, pues tenía algo urgente que decirle.

Cuando Carolina terminó de cenar en el restaurante del hotel, decidió regresar a su habitación y se metió en la cama, necesitaba dormir después de no haber descansado nada la noche anterior. Al día siguiente, Carolina se levantó y desayunó antes de encender el ordenador portátil para enviar un e-mail a su hermano Pablo y a Lorena, pero ambos ya le habían enviado miles de mensajes. Suspiró resignada y los leyó. Su hermano Pablo quería saber cómo se encontraba y si necesitaba algo, pero Lorena le exigía que contactara con ella urgentemente porque tenía algo importante que decirle. Decidió llamarla temiendo que hubiera ocurrido algo:

–  Lore, ¿qué pasa? ¿Estás bien? – Le preguntó en cuanto su amiga descolgó.

–  ¿Eso no debería preguntarlo yo? – Le espetó Lorena un tanto molesta. – ¿Se puede saber por qué te has ido así? ¡Estamos todos preocupados!

–  Me han dado dos semanas de vacaciones en el trabajo y necesitaba salir de la ciudad, siento no haberte avisado, pero no es algo que tenía planeado, simplemente surgió.

–  Carol, Lucas no deja de llamar, está desesperado por hablar contigo y yo ya no sé qué decirle. – Le dijo Lorena. – Ni siquiera sé si tengo que darle una paliza o ayudarle a localizarte. Jordi dice que está seguro de que Lucas está loco por ti y que nunca lo había visto así por una chica. Quizás deberías llamarle.

–  No puedo verlo ni hablar con él, Lore. Me he enamorado como una idiota a pesar de que nuestra relación tenía fecha de caducidad. – Se lamentó Carol. – Necesito aclararme un poco, tomarme unos días para asimilar que se ha acabado.

–  De acuerdo, no seré yo quién te lo impida si eso es lo que quieres, pero al menos dime dónde estás y cómo puedo localizarte.

–  Estoy en la Vall d’Haràn, alojada en la suite presidencial del hotel con el mismo nombre, que por cierto también tiene spa. – Le contestó Carolina resignada. – No tienes de qué preocuparte, aquí estaré bien y regresaré en cuanto me sienta un poco mejor.

–  Está bien, cómo quieras. – Le dijo Lorena. – Pero llámame mañana, quiero saber cómo te encuentras.

Tras despedirse, las dos amigas colgaron.

Carolina decidió salir a pasear por el pueblo para tratar de distraerse y no pensar en las palabras que su amiga le había dicho sobre Lucas. No entendía por qué seguía buscándola después de haberla dejado de aquella manera tras la presentación del proyecto, pero tampoco quería pensar más en ello, por lo que salir a dar una vuelta era una buena idea para desviar sus pensamientos.

Lorena salió del trabajo a las tres de la tarde y decidió llamar a Lucas. Puede que estuviera metiendo las narices donde no debía, pero su mejor amiga estaba enamorada del mejor amigo de su novio y, según le había asegurado Jordi, Lucas también estaba enamorado de Carolina. Tenía que hacer algo para que esos dos arreglaran aquel malentendido antes de que fuera demasiado tarde.

Déjame sin aliento 15.

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Continuaron trabajando en el proyecto durante las dos semanas restantes y hasta el día antes de la presentación ante los inversores. Ambos querían que la presentación saliera perfecta y conseguir más proyectos, tal y cómo les había indicado que ocurriría si quedaban satisfechos con el resultado. Contaban con la aprobación y admiración de los hermanos Luján, algo que no era nada fácil de conseguir teniendo en cuenta que Fernando y Moisés eran muy exigentes.

A las nueve en punto de la mañana entraron en la sala de reuniones del gabinete de Moisés Luján, donde se habían reunido la última vez que los inversores vinieron a España. Carolina y Lucas prepararon la presentación mientras los inversores y sus jefes tomaban asiento.

–  Estamos impacientes por ver el proyecto. – Les dijo Paul Wolf antes de que empezara la presentación.

–  Estamos seguros de que la espera ha valido la pena y saldrán de esta sala realmente contentos y satisfechos. – Comenzó a decir Lucas. – Nos dijeron que querían una fusión de los diseños que les preparamos por separado y eso hemos hecho.

Carolina encendió el proyector y empezó a pasar las diapositivas al mismo tiempo que les señalaba todos y cada uno de los detalles del original edificio que habían diseñado para el museo.

La presentación duró más de tres horas en las que Carolina y Lucas acapararon la atención y la admiración de los inversores, que quedaron muy satisfechos con el resultado.

–  Sin lugar a dudas, esto es lo que estábamos buscando. – Les informó Paul Wolf sonriendo de oreja a oreja. – Les felicito, han hecho un trabajo excelente.

Tras recibir un mar de buenas críticas, firmaron los contratos pertinentes, detallaron las fechas para el inicio de la construcción del museo y decidieron ir a comer con sus jefes y los inversores para celebrar la firma del contrato.

La sobremesa se alargó hasta las seis de la tarde, cuando todos se despidieron en la puerta del restaurante y se separaron para continuar por caminos diferentes: los hermanos Luján se marcharon a sus respectivas casas junto a sus respectivas familias; los inversores regresaban al hotel para hacer sus maletas y dirigirse al aeropuerto; y Lucas y Carolina se quedaron frente a la puerta de aquel restaurante, mirándose el uno al otro con una sonrisa en los labios y un deseo devastador de unir sus cuerpos. Pero el momento se vio truncado cuando el teléfono de Lucas empezó a sonar. Se sacó el móvil del bolsillo y, tras mirar en la pantalla quién era el emisor de dicha llamada, le dijo a Carolina antes de separarse de ella para contestar:

–  Disculpa un momento, debo contestar.

A Carolina no le pasó por alto el ceño fruncido de Lucas ni su mueca de disgusto al responder la llamada de teléfono, pero tampoco le dio mayor importancia. Esperó escasos dos minutos a que Lucas colgara y, cuando lo hizo, se acercó a ella y le dijo con un tono apagado en la voz que preocupó a Carolina:

–  Me ha surgido algo importante y tengo que marcharme, te llamo. – Le dio un beso en la mejilla y desapareció sin más.

Carolina, completamente confundida, se quedó mirando cómo Lucas se alejaba. Le hubiera gustado preguntar si iba todo bien o si necesitaba algo, pero él ni siquiera le dio opción a decir nada y eso la molestó. Regresó a casa y trató de calmarse diciéndose que quizás le había surgido alguna emergencia familiar y no quería preocuparla o simplemente estaba tan preocupado que ni siquiera se dio cuenta de su poco tacto a la hora de despedirse. Pero entonces una luz se iluminó en su cabeza y no tuvo excusa con la que consolarse: el proyecto había finalizado y con él la relación que entre ellos había existido durante los últimos tres meses.

Soy una idiota, se reprochó furiosa. Sabía que esto iba a pasar y aun así insististe en seguir adelante, a pesar de que me iba a destrozar… ¿se puede pensar con menos cordura?

Apenas pegó ojo en toda la noche y cuando se levantó a la mañana siguiente se sentía como si hubiera pasado la noche bebiendo y de fiesta. Alcanzó su teléfono móvil que descansaba en la mesita de noche y comprobó si tenía llamadas perdidas o mensajes de Lucas, no había nada de nada. Se resignó y decidió darse una ducha para sentirse mejor. Su aspecto mejoró, pero continuaba estando pálida y con ojeras.

Se alegró de que Lorena no hubiera pasado la noche en casa y que a estas horas estuviera en el trabajo, no tenía ganas de hablar del tema y si se la hubiera encontrado no hubiera podido evitar su tercer grado, Lorena era de las que interrogaba hasta saber lo que quería. Tenía dos semanas libres que Moisés prácticamente le había obligado a coger en agradecimiento al esfuerzo realizado por el proyecto y porque hacía más de un año que Carolina no se cogía ni un solo día de vacaciones, le gustaba demasiado su trabajo y disfrutaba con él.

–  Ya es hora de disfrutar de unas merecidas vacaciones. – Se dijo en voz alta para tratar de darse ánimos. – Un buen hotel con spa lejos de todo y de todos es lo que me hace falta para recomponerme y volver a ser la que era.

Tras desayunar para reponer un poco de fuerzas y energía, hizo la maleta y le dejó una nota a Lorena antes de macharse: “Lore, me marcho unos días de la ciudad, necesito aclarar mis ideas. Te prometo que cuando vuelva hablaremos de ello, pero mientras tanto tendrás que ser paciente (no me llevo el móvil, pero prometo enviarte un e-mail al día para que sepas que estoy bien). Te quiero, C.”

Pegó la nota en la puerta de la nevera bajo un imán, agarró su bolso y su maleta y salió del apartamento que compartía con Lorena. Condujo hasta el taller mecánico de su padre. Tenía que decirle a su familia que estaría ilocalizable durante unos días si no quería alarmarlos, al menos más de lo debido, y decidió que su padre era la mejor persona a la que decírselo. Si hablaba con su madre, haría un drama de todo aquello y si se lo decía a Pablo se arriesgaba a que él mismo fuera en busca de Lucas y le diera una paliza, por muy buenos amigos que se hubieran hecho. Además, a ambos tendría que explicarles el motivo de su repentina huida y no quería hablar del tema. Por eso la mejor idea era hablar con su padre, él la comprendía sin necesidad de palabras y siempre la apoyaba cuando lo necesitaba.

–  Carol, ¡qué agradable sorpresa! – Exclamó su padre alegremente cuando la vio. Pero cuando se acercó a ella y vio sus ojeras le preguntó preocupado: – ¿Va todo bien?

–  Más o menos, papá. – Medio mintió ella y empezó a decir: – Necesito desconectar unos días, tener tiempo para pensar en algunos asuntos y tratar de poner orden en mi cabeza. Quería avisaros para que no os preocuparais, eso es todo.

–  Si vienes a contármelo a mí es porque no se lo has dicho a nadie más, ¿me equivoco?

–  Le he dejado una nota a Lorena en casa. – Le confesó Carolina ruborizada. – Papá, no quiero preguntas, de hecho me voy para encontrar respuestas. Ya sabes cómo es mamá, que monta un drama por todo, y tampoco me apetece hablar con Pablo, pregunta demasiado y ya te he dicho que no tengo respuestas, por eso necesito que me cubras, solo serán unos días, dos semanas como mucho.

–  ¿A dónde vas a ir?

–  Aún no lo he pensado, pero ya tengo la maleta en el coche. – Le respondió sonriendo y encogiéndose de hombros. – No iré muy lejos y prometo llamarte todos los días al taller.

–  ¿Sigue siendo complicada tu relación con Lucas? – Preguntó Antonio con complicidad, recordando que su propia hija le había definido aquella misma relación como “algo complicado”.

–  Sí papá, demasiado complicado.

Antonio abrazó a su hija pequeña, la besó con ternura en la frente, un gesto de lo más paternal, y antes de despedirse de ella, le recordó:

–  Me tienes para lo que haga falta, ¿lo sabes, verdad?

Carolina tuvo que contener las lágrimas que amenazaban con salir desbocadas de sus ojos, asintió con la cabeza y se subió a su coche donde, mientras conducía por la autopista, no pudo seguir conteniendo las lágrimas e inundaron sus mejillas.

Déjame sin aliento 14.

kh.g,j

Tal y cómo le había prometido a Lucas, Carolina accedió a pasar el fin de semana con él. Tras asistir a la reunión de los viernes con Fernando y Moisés Luján, Lucas y Carolina se subieron al coche, dispuestos a pasar el fin de semana juntos y a solas. Lucas había alquilado una pequeña casa rural en La Vall d’Haràn, en la provincia de Lleida. A pesar de que estaban en primavera, los picos de las montañas estaban nevados y contrastaban con el marrón oscuro de las montañas y el verde vivo del valle. El cielo azul sin rastro de nubes concluía aquel paisaje de postal.

Lucas aparcó frente a la casa y Carolina se quedó maravillada. Se trataba de una de esas casas rurales hechas de piedra y madera, tipo masía, con un pequeño porche techado donde se encontraba la entrada principal. Lucas sacó el equipaje del maletero del coche y ambos cruzaron el cuidado jardín repleto de rosas blancas, amarillas, rosas y rojas y entraron en la casa. La casa era de una planta tipo loft. Un amplio espacio recogía la cocina, el comedor y el salón, donde se encontraba la chimenea frente al sofá, y justo en el lado opuesto, se situaba el dormitorio. El baño era la única estancia que tenía cuatro paredes y una puerta y era casi tan grande como la estancia abierta del dormitorio. Junto al jacuzzi había un ventanal desde el cual se contemplaba el valle y las montañas con los picos nevados.

–  Di algo, no has abierto la boca desde que hemos llegado. – Le dijo Lucas con impaciencia. – ¿Te gusta la casa? ¿Y qué me dices del paisaje?

–  Me encanta. – Le confesó Carolina. – El paisaje es increíble y la casa es perfecta, casi tanto como la compañía.

Lucas sonrió y la abrazó, le encantaba sentirla entre sus brazos, se había acostumbrado a ella y echaba de menos continuamente su contacto.

–  Cariño, este fin de semana estoy a tu entera disposición, tú decidirás qué haremos. – Le dijo Lucas y, tras besarla en los labios, añadió bromeando: – Si tuviera que decidir yo, estoy seguro que no saldríamos de la cama, o del jacuzzi.

Tras deshacer las maletas e instalarse en la casa, decidieron ir al pueblo y comer en uno de los restaurantes. Por la tarde pasearon por las rústicas calles del pueblo e hicieron algunas compras para la casa y para ellos.

Regresaron a la casa y juntos prepararon la cena. A Lucas le encantaba sentirse tan cómodo conviviendo con Carolina, con ella todo resultaba de lo más sencillo. Sin embargo, a ella aquella comodidad le daba miedo. Carolina cada día estaba más segura de que Lucas le partiría el corazón, pero cada vez estaba más convencida de querer vivir aquella historia de amor, aunque el amor solo lo sintiera ella.

El sábado fueron a pasear a caballo por el valle, disfrutando del hermoso paisaje y del maravilloso día que les ofrecía la primavera. Colocaron una manta sobre la hierba bajo la sombra de un árbol, donde se acomodaron para comer el picnic que habían preparado y reponer energía.

–  Ven aquí, preciosa. – Le susurró Lucas al mismo tiempo que tiraba de ella hasta colocarla entre sus piernas, acunándola entre los brazos mientras la abrazaba desde la espalda. – Nos hemos merecido un descanso.

Carolina se dejó abrazar y se excitó imaginando que Lucas le haría el amor allí, en aquel precioso valle de postal en el que cualquiera podría pasar por allí y pillarlos infraganti. Pero, para su sorpresa, Lucas no intentó nada. Tan solo la acunó entre sus brazos y disfrutó del placer de sentirla junto a él mientras aspiraba su dulce aroma.

–  Estás tensa, ¿qué pasa? – Intuyó Lucas.

–  Nada, estoy bien. – Le respondió Carolina sin demasiada convicción.

–  Carolina, dime qué te está pasando por la cabeza. – Le impuso Lucas.

–  ¿La verdad?

–  La verdad. – Le confirmó él.

–  Se me había pasado por la cabeza que, estando en este lugar tan maravilloso, los dos solos… En fin, ya me entiendes.

Y Lucas entendió perfectamente, tanto que su entrepierna creció considerablemente de tamaño y Carolina sintió su erección donde la espalda pierde su nombre.

–  ¿Aquí? – Preguntó Lucas sorprendido cuando pudo reaccionar. – Cualquiera que pase por aquí puede vernos, el camino está a tres metros de nosotros. – Carolina le sonrío maliciosamente y él añadió aún más sorprendido: – Así que te va el riesgo… Cariño, vas a crear un monstruo.

Con un rápido movimiento, Lucas la tumbó sobre la manta y se abalanzó sobre ella para devorarle los labios con urgente necesidad. Hicieron el amor sin importarles nada de lo que pudiera ocurrir a su alrededor, dedicándose besos y caricias de placer el uno al otro.

Cuando regresaron a la casa ya había oscurecido. Lucas la cogió en brazos y la llevó directamente al baño, donde la desnudó lentamente mientras continuaba propiciándole besos y caricias, incapaz de contener sus ganas de sentir su suave y delicada piel.

–  Eres tan tentadora… – Susurró Lucas.

Terminaron de desnudarse y se metieron en el jacuzzi, desde donde se veía brillar las estrellas a través del ventanal y donde volvieron a hacer el amor.

Ambos disfrutaron de un romántico fin de semana en el que solo se dedicaron a ellos. Hablaron sobre sus familias, sobre Lorena y Jordi, sobre sus gustos y cientos de cosas más. Ambos aprovecharon al máximo aquel fin de semana para aprender más cosas del otro, dejando a un lado el proyecto y cualquier otra interrupción a las que eran sometidos constantemente.

El domingo después de comer decidieron empezar con el camino de regreso a la ciudad. Lucas llevó a Carolina a su casa y cargó con su maleta hasta la misma puerta del apartamento, donde ambos se despidieron, pues habían quedado para cenar con sus respectivos padres, a los que apenas veían desde que se embarcaron en el proyecto y estalló su intensa atracción.

–  Te llamaré para darte las buenas noches, a menos que prefieras que venga a dártelas personalmente.

–  Lorena no duerme aquí esta noche. – Le dijo Carolina sonriendo con picardía.

–  Te veo después de cenar, cariño. – Sentenció Lucas besándola en los labios apasionadamente. – Ten cuidado con el coche de camino a casa de tus padres y cuando regreses, quiero encontrarte entera cuando vuelva.

Ambos se despidieron y Carolina se apresuró en deshacer su maleta y darse una ducha antes de dirigirse a casa de sus padres, que la esperaban para cenar junto a sus hermanos y sus sobrinos.

–  ¿Qué tal el fin de semana, hermanita? – Le preguntó Pablo divertido. – ¿Te lo has estado pasando bien?

–  Demasiado bien, Pablo. – Le confesó Carol. – He sido una idiota pensando que podría controlar la situación, se me ha escapado totalmente de las manos. Tan solo quedan dos semanas para presentar el proyecto y la historia acabará, dejándome totalmente destrozada. Incluso pensé en poner tierra de por medio cuando regresamos de Múnich, pero ni siquiera he tenido voluntad para eso, así que he decidido dejarme llevar hasta estamparme contra una pared de hormigón.

–  ¿Estás segura que la historia acabará cuando se acabe el proyecto? – Le preguntó Pablo dudando de que eso fuera a pasar. – Lucas le dijo a Paula que era tu novio, asistió al cumpleaños de Paula con toda la familia y parecía estar encantado de estar allí y, por cómo he visto que te mira y está pendiente de ti, se nota que le gustas y mucho.

–  Tita Carol, ¿hoy no viene tu novio? – Los interrumpió Paula. – ¡Yo quiero ver a Lucas!

–  Princesa, Lucas está con su familia. – Le contestó Carolina mientras sentaba a su sobrina en su regazo y la besaba en la mejilla.

–  ¡Jo, me dijo que me llevaría a comer hamburguesas y al parque! – Protestó la pequeña.

–  No te preocupes, cielo. – La tranquilizó su abuelo Antonio. – Estoy seguro de que la tita Carol y Lucas te llevarán a comer hamburguesas y al parque cuando terminen con su trabajo.

–  Podrías invitarlo a cenar, así lo conocemos un poco mejor. – Sugirió Ángela encantada con la idea de que su hija menor por fin sentara la cabeza.

–  Como te despistes, te organizan la boda. – Se mofó Pablo.

El tema de conversación fue el mismo durante toda la cena: Lucas. Cuando Carolina salió de casa de sus padres estaba más confundida y molesta consigo misma de lo que jamás había estado.

Cuando Lucas llegó a casa de Carolina intuyó que algo le había pasado en el corto período de tiempo que se habían separado y, como ella parecía no tener intención alguna de contárselo, decidió preguntar:

–  ¿Quieres contarme lo que ha pasado?

–  Preferiría no hacerlo.

–  Cariño, si me lo cuentas tal vez pueda ayudarte. – La animó Lucas.

Y Carolina finalmente le contó la verdad a medias. Le dijo que su sobrina había preguntado por él y que quería ir a comer hamburguesas y al parque y que, tras sacar el tema, su madre se había empeñado en que le invitara a cenar mientras su hermano Pablo disfrutaba viéndola en semejante tesitura. Lucas rio divertido, pese a que le disgustaba que Carolina siguiera sin admitir la realidad: que eran una pareja. Se había propuesto darle tiempo para que lo asimilara sin presiones, pero se había puesto una fecha límite, la fecha de entrega del proyecto. Una vez que hubieran presentado el proyecto, se declararía y la terminaría de convencer para que ella le aceptara, haría lo imposible para que así fuera.

Déjame sin aliento 13.

kh.g,j

Una semana más tarde llegó el cumpleaños de Paula y Carolina asistió a la fiesta de cumpleaños acompañada por Lucas, aunque su familia ya estaba informada de ello. Paula se había encargado de hablarles a todos del “novio” de su tita Carol y su hermana Cristina había rematado la faena. Todos excepto su hermano Pablo, que ya sabía la verdad, quisieron conocer más detalles sobre el susodicho, pero Carolina les dijo que tan solo era un amigo con el que compartía proyecto y, por ello, muchas horas trabajando juntos. Debido al tono que utilizó dejaron de insistir, pero todos adivinaron que aquél chico era algo más que un amigo y compañero de proyecto y hoy lo iban a conocer.

Lucas estaba nervioso, no sabía cómo había explicado Carolina su presencia en la fiesta de cumpleaños de su sobrina y tampoco sabía cómo preguntárselo a ella, pero tenía que hacerlo si no quería verse en un aprieto.

–  Carolina, ¿tu familia sabe que voy a asistir a la fiesta de cumpleaños de Paula?

–  Sí, Paula te ha invitado y se lo ha dicho a todos y cada uno de los miembros de mi familia. – Respondió Carolina. Lucas abrió la boca para hablar pero Carol lo interrumpió: – Antes de que vuelvas a preguntarme nada, piensa si prefieres que te diga la verdad o una mentira piadosa.

–  Quiero la verdad, aunque estoy empezando a asustarme. – Le dijo Lucas antes de salir del coche. – ¿Quién se supone que soy? ¿Tu amigo? ¿Tu novio? ¿Un compañero de trabajo?

–  Tiene gracia, en realidad eres las tres cosas. – Le contestó Carol tratando de ocultar la risa.

–  Carolina, explícame eso, por favor.

–  Paula les dijo a todos que eras mi novio y yo lo intenté arreglar diciendo que tan solo éramos amigos que además trabajan juntos en un proyecto, pero Pablo me ha dicho que no fui muy convincente, así que no sé quién pensarán que eres exactamente. – Carolina le miró a los ojos y añadió: – Lucas, si no quieres venir aún estás a tiempo de echarte atrás, yo te cubro y no pasará nada.

–  Le prometí a Paula que iría y pienso ir, a menos que tú me pidas lo contrario. – Le contestó Lucas besándola en los labios. – En cuanto a lo de qué somos, deberíamos hablar de ello con calma, ahora no es el mejor momento. – Dijo mirando hacia la puerta de la casa de la hermana de Carol. – ¿Qué te parece si me presentas como a un muy buen amigo y dejamos que piensen lo que quieran?

–  Me parece bien. – Le contestó Carol sonriendo más relajada.

Se bajaron del coche y se dirigieron a casa de Cristina y Nacho, quienes les recibieron con una sonrisa que no iba a traer nada bueno. Mientras caminaban por el pasillo para dirigirse al salón y encontrase con el resto de invitados, Lucas se dio cuenta de cómo Carol se tensaba y se acercó a ella con discreción para susurrarle al oído:

–  Relájate, todo va a salir bien, cariño.

Nada más entrar en el salón, Paula se les echó a los brazos y, gritando eufórica, dijo:

–  ¡Tita Carol, has venido con tu novio!

Toda la familia se volvió para mirarlos, Cristina y Nacho emocionados porque Carol hubiera venido acompañada por su supuesto novio, Pablo divertido por la que se avecinaba, Ángela feliz y expectante porque su hija por fin parecía sentar la cabeza, y por último Antonio, a quién no le hacía ninguna gracia imaginarse a su hija pequeña, la niña de sus ojos, con un hombre, sobre todo teniendo en cuenta el historial de majaderos con los que ella había salido.

Carolina y Lucas intercambiaron una cómplice mirada y, cuando Lucas le miró sorprendido alzando una ceja, ella le respondió divertida casi en un susurro:

–  Al menos de esto yo no tengo la culpa.

Lucas tuvo que contener las ganas de reír, limitándose a sonreír. Se agachó para ponerse a la altura de Paula y le dijo colocándole una tiara plateada sobre la cabeza, uno de los muchos regalos que le había comprado Lucas:

–  Te prometí que vendría, princesa.

La niña lo abrazó feliz y se fue a jugar a las princesas. Lucas se puso de nuevo en pie y Carolina les presentó a todos los miembros de su familia:

–  A mi hermano Pablo ya le conoces y a mi hermana Cristina y su marido Nacho también. – Empezó a decir mientras Lucas les iba estrechando la mano a Pablo y Nacho y le daba dos besos a Cristina. – Y ellos son mis padres, Ángela y Antonio. – Se volvió hacia a sus padres y les dijo con tono de advertencia dirigiéndose a todos: – Él es Lucas.

Pablo trataba de aguantar la risa sin éxito, pero la risa se le quitó de golpe cuando Carolina le fulminó con la mirada. Ángela no estaba dispuesta a que aquel chico, fuera compañero de trabajo, amigo o novio de su hija, se sintiera incómodo y se fuera de allí con una mala imagen de la familia, por lo que se acercó a él sonriendo y, dándole un par de besos en la mejilla a modo de saludo, le dijo:

–  Encantada de conocerte, Lucas. – Y añadió con una sonrisa: – Gracias por venir, espero que sea la primera de muchas visitas.

–  Mamá. – Le advirtió Carolina molesta.

–  No he dicho nada, hija. – Dijo Ángela con fingida inocencia.

–  Ángela, deja a la niña que haga lo que quiera, parece un buen chico y lo vas a espantar. – La regañó Antonio mientras le estrechaba la mano de Lucas.

–  Paula, ¿quieres que te demos ya los regalos? – Le preguntó Carolina a su sobrina para cortar aquella conversación que se iba tergiversando. A su sobrina se le iluminaron los ojos y Carolina añadió: – Vamos, están en el coche. – Se volvió hacia a Lucas y añadió: – Lucas, ¿nos acompañas?

Dos minutos después, Lucas y Carolina sacaban del maletero todos los regalos que le habían comprado a Paula por su cumpleaños: un coche eléctrico con el que pasear por el jardín, dos vestidos de princesa, la tiara que Lucas ya le había dado, una muñeca con todos sus accesorios, pinturas para dibujar, y un largo etcétera. La niña estaba eufórica y no sabía qué regalo coger, todos le gustaban. Al ver que los minutos pasaban y ninguno regresaba al salón, la familia de Carolina decidió salir fuera de la casa y ver qué pasaba. Y en el jardín se los encontraron riendo mientras trataban de llegar hasta la casa cargados con todos los regalos. Rápidamente, Nacho y Pablo les echaron una mano y les ayudaron a llevar los regalos.

–  Os habéis pasado, ¿cómo le compráis todo eso a la niña? – Preguntó Cristina sin reproche alguno.

–  Eso tampoco ha sido culpa mía. – Murmuró Carolina para que tan solo Lucas la escuchara.

–  Venga, sentaos todos a la mesa que vamos a comer. – Les ordenó Ángela con su tono amable.

La comida transcurrió con normalidad. La familia de Carolina quería saber más sobre el hombre que la había acompañado, pues todos sabían que a ella no le gustaba mezclar a sus novios con su familia, pero con Lucas ella había hecho una excepción y eso solo podía ser por una razón: ese chico le importaba. Antonio se dio cuenta en cuanto entraron en la casa, había sido testigo de cómo Lucas trataba de tranquilizar a su hija que estaba hecha un manojo de nervios. Por ello cuando Carolina salió al jardín con Paula para estrenar su nuevo coche, Antonio las acompañó.

–  El arquitecto parece un buen chico. – Empezó diciendo Antonio. – Y también parece llevarse bien con Pablo, ¿hace mucho que se conocen?

–  ¿A dónde quieres ir a parar, papá? – Preguntó Carolina.

–  Hija, creo que es la primera vez que te veo tan feliz en mucho tiempo. Y, hasta donde sé, por él te has saltado todas tus propias reglas: trabajas con él, sois amigos, lo conocen tus amigos y tu familia, ¡incluso lo has traído a una celebración familiar! – Le dijo Antonio para, sin dejarla pronunciar palabra, después preguntar: – ¿Por qué no quieres llamar a las cosas por su nombre?

–  Papá, es más complicado de lo que crees y no quiero hablar de ello.

–  Está bien, como quieras. – Dijo Antonio resignado.

Acabaron saliendo todos al jardín y Carolina se acercó a Lucas con la intención de no alejarse, no se fiaba de su familia. Lucas sonrió para hacerle saber que estaba bien y no había nada de lo que preocuparse y, sin que ninguno de los dos se diera cuenta, Antonio les observaba con una amplia sonrisa en el rostro.

Sobre las siete de la tarde, Carolina y Lucas se despidieron de todos y se marcharon de casa de Cristina y Nacho. Lucas arrancó el coche y, mientras conducía en dirección a su casa, le dijo a Carolina:

–  No ha ido tan mal, ¿no?

–  Supongo que podría haber sido peor. – Bromeó Carolina.

–  Tenemos una conversación pendiente, Carolina. – Le recordó Lucas pensando en la conversación que habían mantenido horas antes en ese mismo coche.

–  Lo sé, pero supongo que puede esperar hasta que acabemos el proyecto. – Musitó Carolina reacia a hablar del tema. Tenía claro que aquella historia acabaría, pero aún le quedaban tres semanas y pensaba disfrutarlas como lo había estado haciendo hasta ahora.

–  Supongo que puedo esperar tres semanas más. – Se resignó Lucas.

Déjame sin aliento 12.

kh.g,j

Diez días después de aquellas minivacaciones en Múnich, Carolina y Lucas seguían igual de compenetrados a la hora de trabajar y habían profundizado todavía más en su relación. Pablo y David pasaban a verla por casa y allí siempre estaba Lucas, por lo que terminaban cenando los cuatro juntos o los seis si Lorena y Jordi se unían a ellos. Ambos mantenían las distancias delante de sus amigos y se comportaban como dos compañeros de trabajo o dos buenos amigos, pese a que todos sabían lo que ocurría entre ellos. Lucas no quería presionarla y esperaba a que fuese ella quien diera el primer paso, pero ella también esperaba a que fuese él quien la besara o la abrazara delante de sus amigos, algo que nunca acababa ocurriendo.

Ése sábado por la mañana, su hermana Cristina se presentó con su marido y sus hijos en la puerta de su casa, cuando ella estaba trabajando con Lucas en el proyecto.

–  Cristina, Nacho, ¿ocurre algo? – Preguntó Carolina extrañada al verlos allí.

–  ¡Tita Carol! – Exclamaron sus sobrinos al verla al mismo tiempo que se le abalanzaban a los brazos.

–  Carol, necesitamos que te quedes con los niños hasta mañana. – Empezó a decir Cristina. – Ya sé que no te hemos avisado y que no tenemos ningún derecho a pedirte algo así, mucho menos de improviso, pero solo serán veinticuatro horas y te prometo que te lo compensaré. Mamá y papá se han ido al pueblo a ver a la tía Elisa y no regresarán hasta el lunes y Pablo está en Madrid con alguna de sus conquistas. Solo nos quedas tú.

–  Es un honor saber que contáis conmigo como última opción. – Ironizó Carol.

–  No queríamos molestar, sabemos que estás muy ocupada con el proyecto. – Le contestó su hermana poniendo ojitos de no haber roto un plato. – Un cliente muy importante de Nacho nos ha invitado a una cena de gala en su casa de la Costa Brava y si rechazamos esa invitación sería una grosería.

–  Vale, pero me debes una y de las gordas. – Terminó cediendo Carol. – ¿Has traído todo lo que necesitan? – Ambos asintieron felices y Carolina añadió: – Anda, pasad y explicarme todo lo que deba saber.

El matrimonió entró en el salón junto con sus dos hijos y se encontraron allí a Lucas. Carolina hizo las presentaciones oportunas comportándose con absoluta normalidad y, una vez su hermana y su cuñado le explicaron todo lo que debía saber sobre el cuidado de sus sobrinos y se marcharon, le dijo a Lucas:

–  Lo siento, pero no he podido negarme, mis padres y mi hermano están fuera de la ciudad.

–  No tienes que disculparte por nada, aunque tendremos que dejar el proyecto para mañana. – Le respondió Lucas divertido. Se puso en pie y, dirigiéndose a los dos niños, les preguntó: – ¿Queréis venir al zoo con la tita y conmigo?

–  ¡Sí! – Gritaron los dos niños eufóricos.

Carolina se quedó inmóvil. Hubiera esperado que Lucas hubiese salido corriendo al ver a aquellos dos críos eufóricos y traviesos correr por casa, pero en lugar de eso se ofreció a llevarlos al zoo.

–  ¿He metido la pata con lo del zoo? – Le preguntó Lucas mientras bajaban en el ascensor al ver que ella no pronunciaba palabra.

–  No, es solo que me ha sorprendido.

–  ¿Sorprendido para bien o para mal? – Quiso saber Lucas.

Carolina le dedicó una pícara sonrisa y Lucas la rodeó con sus brazos por la cintura con la intención de besarla pero, justo cuando estaba a punto de hacerlo, notó como algo le estiraba del pantalón y al mirar se encontró con la mirada traviesa de Paula, que le preguntó:

–  ¿Eres el novio de mi tita?

–  Eh… ¿Sí? – Preguntó mirando a Carolina. Y al ver que el rostro de ella era invadido por el pánico, añadió encogiéndose de hombros: – En cualquier caso, es mejor que tener que mentirle cada vez que nos pille besándonos.

–  Entonces, ¿tú también vendrás a mi cumple? – Insistió Paula.

–  Si me invitas y a la tita Carol le parece bien, me encantaría asistir a tu cumpleaños. – Le respondió Lucas alzándola a caballito sobre sus hombros y añadió sujetando a la pequeña de las piernas mientras ella se agarraba a su cabeza. – Agárrate fuerte, princesa.

Con Paula sobre los hombros de Lucas y Gerard en el carrito, los cuatro se dirigieron al zoo donde disfrutaron por igual niños y adultos. Lucas aprovechaba cada despiste de los niños para besar a Carolina y ella se ruborizaba continuamente, divirtiendo aún más a Lucas.

Paula era muy extrovertida y no dejaba de hablar, provocando continuamente las risas de los dos, y Gerard se quedó dormido en el carrito justo después de comer, el pobre estaba agotado.

Sobre a las siete de la tarde, regresaron a casa y allí se encontraron con Lorena y Jordi, que les miraron como a extraterrestres cuando les vieron aparecer con Paula y Gerard en plan familia feliz.

–  ¿Soy el único que se ha perdido algo? – Preguntó Jordi confundido.

–  Hola chicos. – Saludó Carolina sonriente. – Jordi, éstos son mis sobrinos: Paula y Gerard.

–  ¿Tú eres el novio de la Lore? – Le preguntó Paula a Jordi.

–  Pues espero que sí, pequeña. – Le contestó Jordi divertido.

–  Mi hermana y su marido se han ido a no sé qué gala de uno de sus clientes y me han dejado a cargo de estas dos fieras hasta mañana. – Les explicó Carolina.

–  ¿Necesitas que me quede contigo para mantenerlos a raya? – Le preguntó Lorena.

–  No, lo tengo todo controlado. – Respondió Carolina agotada mientras se dejaba caer en el sofá y sus sobrinos se le echaban encima.

–  Tenía pensado dormir fuera pero si quieres…

–  Gracias Lore, pero no es necesario, de verdad. – La interrumpió Carolina.

–  En ese caso, nosotros nos vamos. – Informó Lorena cogiendo su bolso y desapareciendo del apartamento seguida de Jordi.

–  Venga chicos, vamos a la ducha y después a cenar y a dormir. – Les dijo Carolina a sus sobrinos.

–  Id con la tita Carol a la ducha mientras yo preparo la cena. – Se ofreció Lucas.

–  Te prometo que te lo compensaré. – Le susurró Carolina al oído antes de desaparecer con sus sobrinos para dirigirse al baño.

Carolina bañó a los niños mientras Lucas preparó la cena y entre los dos les dieron de cenar y les llevaron a dormir a la habitación de invitados. Una vez los niños se durmieron, Carol se dejó caer en el sofá y dijo agotada:

–  Ser madre debería estar remunerado, ¡esto es agotador!

–  Ven aquí, también he preparado la cena para nosotros y cuando acabemos de comer te daré un masaje, cariño. – Le respondió Lucas tirando de ella para dirigirse a la cocina.

Carolina no daba crédito a todo lo que Lucas había hecho por ella y por sus sobrinos, jamás lo hubiera dicho de él el primer día que lo conoció, pero las cosas habían cambiado mucho entre ellos desde entonces.

–  ¿Quieres que me quede o prefieres que me marche? – Le preguntó Lucas después de cenar, cuando se sentaron en el sofá y vio que Carolina se estaba durmiendo en sus brazos.

–  ¿Quieres marcharte? – Se arriesgó a preguntar Carolina.

–  No quiero marcharme, pero estás agotada, deberías descansar y si me quedo no lo harás. – Le respondió Lucas sonriendo divertido. – Además tus sobrinos están durmiendo en la habitación de invitados, ¿qué les dirás cuando se despierten y yo siga aquí?

–  Les has dicho que eres mi novio, no se asustarán si te ven mañana aquí. Además, mi habitación tiene pestillo. – Añadió divertida.

–  De acuerdo, me quedo contigo pero con una condición. – Le susurró Lucas. – El próximo fin de semana nos vamos los dos solos lejos de la ciudad para desconectar de todo y de todos.

–  El próximo fin de semana es el cumpleaños de Paula y tú has prometido asistir. – Le recordó ella.

–  Pues el siguiente fin de semana. – Sentenció Lucas. – ¿Qué me dices?

Carolina sabía que aquello solo complicaría las cosas cuando el proyecto terminara y dejaran de verse, pero ya era demasiado tarde y, si iba a sufrir, al menos se encargaría de hacerlo por un buen motivo.

–  De acuerdo, iré contigo de fin de semana a dónde sea que me quieras llevar.

–  Trato hecho, cariño. – Le dijo Lucas sonriendo victorioso. Se levantó del sofá con ella en brazos y la llevó hasta la habitación donde la depositó con cuidado sobre la cama al mismo tiempo que le susurraba al oído: – Y ahora a dormir, preciosa. – Se metió con ella en la cama y la estrechó entre sus brazos para susurrarle al oído después: – Buenas noches, cariño.

Aquella noche, los dos durmieron abrazados a pesar de que no hubo sexo.

A la mañana siguiente, cuando Carolina se despertó y no encontró a Lucas a su lado, se levantó de la cama y se dirigió a la cocina, donde lo encontró desayunando con Paula y Gerard.

–  Buenos días, tita Carol. – La saludó Paula alertando a los demás de su presencia. – ¿Ya has descansado?

–  Buenos días, princesa. – Le dijo a Paula besándola en la cabeza y después hizo lo mismo para saludar a Gerard. Se acercó a Lucas que la observaba sonriendo pícaramente y, tras darle un beso en la mejilla, le susurró al oído: – Te lo compensaré doblemente.

–  No hay nada que compensar, siéntate y desayuna. – Le contestó Lucas sonriendo con dulzura al mismo tiempo que se recolocaba el pantalón en la zona de la entrepierna.

–  Tu entrepierna no opina lo mismo. – Le dijo burlonamente Carolina.

Desayunaron entre risas tras las ocurrencias de aquellos dos diablillos y después de recoger la cocina Carol se metió en el baño para ducharse mientras Lucas se quedaba con los niños en el salón pintando un dibujo. Fue justo entonces cuando Cristina y Nacho llegaron para recoger a sus hijos y Lucas les recibió. Cuando Carol salió del baño se encontró con su hermana y su cuñado, a quienes saludó rezando para que no preguntaran nada inapropiado delante de Lucas y por suerte, todo fue bien. Su hermana tenía prisa por regresar a su casa con sus hijos y, tras saludarla y recoger las cosas de Paula y Gerard, se marchó con su marido y sus hijos, dejándolos por fin a solas.

Déjame sin aliento 11.

kh.g,j

Al día siguiente Lucas se despertó y, tras comprobar que Carolina seguía completamente dormida, decidió llamar al servicio de habitaciones para que les subieran el desayuno a la habitación y así ella podría dormir un rato más. Como todos los días que se despertaba a su lado, hecho que ocurría cada vez con más frecuencia, Lucas se dedicó a observarla dormir. Disfrutaba de la imagen de ella durmiendo, parecía una diosa dulce y delicada, totalmente desnuda y envuelta en las blancas sábanas que la hacían parecer más sexy. Podría pasarse días enteros sin moverse de aquella cama tan solo por disfrutar del placer que suponía observar su belleza natural.

–  Buenos días, preciosa. – La saludó cuando Carolina abrió los ojos. Le dio un beso en los labios y añadió divertido: – He pedido que nos suban el desayuno, hoy vamos a desayunar en la cama.

–  Mm… Quiero quedarme aquí para siempre. – Le respondió Carolina sonriendo.

–  Espero que no lo digas solo por el servicio de habitaciones. – Bromeó Lucas.

A Carolina le hubiera gustado decirle que la única razón por la que se quedaría allí para siempre era porque se lo había imaginado a él allí con ella, pero decidió guardarse sus sentimientos, ya iba a ser bastante duro como para encima hacerlo más difícil.

Tras desayunar en la habitación y darse una ducha juntos, ambos se dirigieron a las oficinas de Paul Wolf, el inversor del proyecto y director del futuro museo, donde tendrían que hacer una presentación del proyecto que continuaban diseñando.

Entraron en el edificio de oficinas y la recepcionista les indicó que el despacho de Paul Wolf se encontraba en la última planta y se dirigieron al ascensor.

–  Relájate o me obligarás a parar el ascensor para una sesión urgente de terapia. – Susurró Lucas una vez dentro del ascensor al ver a Carolina tan nerviosa. Colocó sus manos sobre los delicados hombros de ella y, tras darle un beso muy sensual en el cuello que casi la derrite, le susurró al oído: – Todo irá bien y después lo celebraremos juntos, así que puedes ir pensando a dónde quieres ir para celebrarlo.

–  ¿Al hotel? – Dudó Carolina.

–  Bueno, yo había pensado en algo diferente. – Le contestó Lucas sonriendo. – Vamos a la reunión y cuando salgamos de aquí dejas que yo me encargue de todo, tú solo tienes que preocuparte de relajarte.

Carolina se derretía con cada palabra, cada caricia y cada beso de Lucas, por lo que tuvo que coger aire para recomponerse cuando las puertas del ascensor se abrieron y Paul Wolf apareció en el vestíbulo para recibirlos. Tras saludarse, pasaron a la sala de reuniones, una espaciosa sala con una de las paredes de cristal que ofrecían una espléndida vista de la ciudad. Se sentaron alrededor de la mesa rectangular y Paul les presentó al resto de asistentes a la reunión. Estuvieron reunidos durante más de tres horas en las que Carol y Lucas expusieron su proyecto y contestaron las preguntas que los inversores les hicieron. Como era de esperar, Paul Wolf ya tenía planes para ellos y tuvieron que aceptar su invitación a comer pese a que a ninguno de los dos les apetecía.

A las cinco de la tarde por fin consiguieron despedirse de los inversores alemanes y regresaron al hotel para cambiarse de ropa.

–  ¿Qué me pongo? – Le preguntó Carolina al salir de la ducha envuelta en una diminuta toalla.

–  Lo que quieras, pero será mejor que te des prisa en vestirte o no saldremos de esta habitación. – Le respondió Lucas mirando lascivamente su cuerpo.

Carolina le dedicó una sonrisa burlona antes de regresar a la habitación para vestirse y Lucas decidió quedarse en el salón tratando de distraerse con la televisión para no abalanzarse sobre ella. Unos minutos después, Carolina salió de la habitación con un elegante vestido negro cogido al cuello, con un escote que le llegaba hasta el ombligo y que le dejaba la espalda al descubierto. Se había puesto unos zapatos negros de tacón de aguja que no parecían nada cómodos pero con los que ella caminaba como si fuera descalza.

–  Estás preciosa cariño, como siempre. – La piropeó Lucas besándola en los labios.

–  Y yo que creía que te gustaba más sin ropa… – Lo provocó Carolina.

–  Cariño, será mejor que no me provoques. – Le advirtió Lucas divertido.

Lucas había estado navegando por internet hasta dar con un restaurante donde llevar a cenar a Carolina y no cesó en su búsqueda hasta dar con el restaurante perfecto. El restaurante estaba a un par de manzanas del hotel, por lo que decidieron ir dando un paseo. Iban cogidos de la mano, dedicándose sugerentes miradas y besándose como dos adolescentes.

A las nueve en punto de la noche entraron en el restaurante y Carolina se quedó asombrada. Aquel lugar podría ser la escena de la película más romántica que uno pueda imaginar. Un maître les atendió en cuanto entraron y, tras dar los datos de la reserva, les acompañó a su mesa situada en la planta superior, una mesa apartada del resto de mesas, situada en un saliente con un ventanal con vistas a la transcurrida calle del centro de Múnich. Tan solo había una tenue luz que iluminaba escasamente los pasillos del restaurante junto con un par de velas en las mesas. A Carolina le encantó el ambiente romántico del restaurante, al mismo tiempo que su muralla protectora empezaba a resquebrajarse. Estaba bajando la guardia con Lucas siendo consciente del riesgo que aquello suponía, pero dispuesta a disfrutar de aquellos maravillosos momentos junto a él que la vida y el destino le estaban brindando.

–  Estás muy callada, ¿va todo bien o he metido la pata? – Le preguntó Lucas nervioso cuando el camarero se marchó tras servirles el vino.

–  Todo es perfecto: el lugar, la comida y, por supuesto, la compañía. – Le respondió Carolina con sinceridad. Se acercó aún más a él y le susurró al oído: – Y estamos en un lugar muy íntimo y discreto.

–  Cariño, si sigues provocándome así, no me hago responsable de mis actos. – Le advirtió Lucas con la voz ronca. Acercó sus labios al oído de ella y le susurró: – ¿Acaso quieres que te haga el amor sobre esta mesa, dónde cualquiera podría vernos?

Lejos de entrar en razón, Carolina se excitó. Imaginarse desnuda sobre aquella lujosa mesa del restaurante mientras Lucas la penetraba y con la posibilidad de ser descubiertos le parecía de lo más morboso y no dudó en seguir provocándolo durante la cena mientras él hacía lo imposible por ignorar aquellas provocaciones sin llegar a conseguirlo.

El camarero trajo un par de copas después de la cena y el café y Carolina supo que ya no regresaría hasta que le pidieran la cuenta u otra copa, en cuyo caso, no sería antes de quince o veinte minutos, suficiente como para que les diera tiempo a un pequeño adelanto de lo que iban a disfrutar aquella noche. Con discreción, llevó su mano bajo la mesa y la colocó sobre la rodilla de Lucas para ir ascendiendo por la cara interior de sus muslos hasta llegar a su entrepierna.

–  Cariño… – Le advirtió Lucas con la voz ronca pero sin impedir que Carol continuara con lo que estaba haciendo. Sopló para apagar la vela que iluminaba la mesa y a ellos y, sin que ella se lo esperara, la sentó sobre su erección e hizo que colocara las piernas por encima de sus rodillas para que le diera acceso al centro de su placer. – Eres una chica mala y ya te advertí lo que haría contigo si no dejabas de provocarme, cariño. – Llevó su mano derecha a la entrepierna de ella y, al comprobar la humedad, le susurró al oído: – Me encanta encontrarte siempre tan mojada y dispuesta para mí.

Carolina tan solo fue capaz de responder con un gemido que indicaba que no quería que parase. Lucas introdujo dos dedos en su vagina y Carol se arqueó buscando más placer, movimiento que Lucas aprovechó para llevar su mano izquierda a los pechos de ella, cubiertos tan solo por la fina tela del vestido. Un par de minutos después, Lucas dejó de acariciarla y Carolina gimió de frustración.

–  Lo sé cariño, solo será un segundo. – Le susurró con la voz ronca mientras alzaba ligeramente a Carolina con su brazo izquierdo mientras que con la mano derecha se desabrochaba el pantalón y dejaba salir su erecto miembro.

Sabiendo lo que Lucas pretendía, Carolina descendió al mismo tiempo que el duro pene de Lucas la penetraba.

–  Eres muy impaciente, cariño. – Le susurró Lucas tan excitado como ella.

Carolina volvió a responder con un gemido y Lucas ya no pudo pensar en otra cosa que no fuera llegar juntos al éxtasis del placer. Ella se arqueaba mientras él jugaba con sus pezones con la mano izquierda, estimulaba su clítoris con la mano derecha y la embestía suavemente con su duro y erecto pene.

–  Dime, ¿era esto lo que querías? – Le susurró Lucas con voz ronca sin dejar de bombear dentro de ella ni de estimular su cuerpo. Carolina volvió a gemir a modo de respuesta y Lucas añadió para excitarla aún más: – Córrete cariño, no queremos que el camarero nos vea en esta situación… ¿o sí?

Carolina estalló en mil pedazos al escuchar aquellas palabras y dos segundos después notó como Lucas se tensaba y también alcanzaba el éxtasis, ahogando un gemido en su cuello que le hizo estremecer de nuevo, sintiendo los últimos espasmos de aquel intenso orgasmo.

En cuanto recobraron el aliento, Carolina sacó un par de pañuelos de papel de su bolso, le entregó uno a Lucas y con el otro se limpió sus partes íntimas antes de volver a encender la vela que volvió a iluminar tenuemente la mesa y a ellos. Lucas se limpió y acto seguido abrazó a Carolina y la besó en los labios, incapaz de no seguir manteniendo el contacto con ella.

–  ¿Estás bien, cariño? – Quiso asegurarse Lucas.

–  Más que bien, estoy perfecta. – Le respondió Carolina con una sonrisa que iluminaba su rostro.

Tras pagar la cuenta y salir del restaurante, decidieron regresar al hotel caminando mientras daban un paseo cogidos de la mano y besándose cada dos pasos que daban. Les esperaba una maravillosa noche en la suite del hotel que ninguno de los dos estaba dispuesto a desperdiciar.

Déjame sin aliento 10.

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Las semanas fueron pasando y Carolina y Lucas fueron avanzando en el proyecto para el museo y también en su relación. A las ocho de la mañana desayunaban y se ponían a trabajar en el proyecto hasta las ocho de la tarde, haciendo tan solo un pequeño descanso a la hora de comer. Lucas se quedaba a cenar con Carol todos los días, a veces a solas y a veces con Lorena y Jordi, y la mayoría de las noches se quedaba a dormir. La noche de los sábados, Lucas insistía en que la pasaran en su casa, allí tenían mayor intimidad ya que Lucas vivía solo.

Había pasado un mes y medio desde que empezaron a trabajar juntos en el proyecto y ese viernes tenían una nueva reunión con los hermanos Luján, quienes querían conocer de primera mano cómo iba evolucionando el proyecto.

–  Chicos, los inversores también quieren saber cómo va el proyecto. – Empezó a decir Moisés tras comprobar los avances y añadió esperando que sus dos mejores arquitectos no se les echaran encima: – Quieren reunirse con vosotros en Múnich.

–  ¿En Múnich? Trasladarnos a Múnich nos va a hacer perder tiempo, no tiene ningún sentido. – Protestó Carolina.

–  Están ansiosos por saber cómo va el proyecto y nos han dicho que si quedan satisfechos con el resultado final nos encargarán otros proyectos para museos de todo el mundo. – Les anunció Fernando orgulloso de sus arquitectos.

–  ¿Cuándo se supone que tenemos que irnos y cuántos días? – Quiso saber Lucas antes de dar a conocer su opinión.

–  Salís el lunes y regresáis el miércoles, solo tendréis que estar fuera un par de noches. – Les informó Moisés. – Sé que eso os supone perder tres días de trabajo, pero tenéis el proyecto muy avanzado y no creo que tres días os vayan a causar muchos problemas. Además, también os merecéis un descanso, tomároslo como unas minivaciones. Viajaréis en primera clase, os alojaréis en una suite de un hotel de cinco estrellas y, de los tres días, tan solo os reuniréis unas horas con los inversores, el resto del tiempo será para que vosotros lo disfrutéis como mejor os parezca.

–  Por mí no hay problema, ¿tú qué opinas, Carol? – Dijo Lucas sonriendo para sus adentros.

–  Da igual lo que opine, no tenemos elección. – Se resignó Carol, a quién no le hacía mucha gracia tener que viajar a Alemania.

Pese a las reticencias de Carolina, Lucas estaba encantado con la idea de viajar a Múnich con ella, sabía que en aquellas dos noches podía avanzar un poco más en su relación. Allí tendrían tiempo para dedicarse el uno al otro sin pensar en otra cosa. Le gustaba su trabajo, pero estaba empezando a flaquear en sus intentos por contenerse durante las horas pactadas para trabajar en el proyecto. Carolina respetaba aquella norma y él debía hacer lo mismo, ya se habían saltado suficientes normas.

El lunes siguiente por la mañana, Carolina y Lucas se dirigieron a Múnich. Nada más aterrizar, se dirigieron al hotel donde se hospedaban y se instalaron en la suite doble que la secretaria de Moisés había reservado. Carolina, a pesar de estar refunfuñando durante todo el vuelo, sonrió al entrar en la lujosa suite. Era un lugar amplio, lujoso pero sin estar cargado, y la elegancia superaba con creces la impersonalidad que suelen tener las habitaciones de hotel. La suite estaba compuesta por tres estancias separadas: dos habitaciones con baño propio y un amplio salón-comedor con acceso a una pequeña terraza desde donde se veía gran parte de la ciudad alemana. Lucas esperó a que Carolina se decidiera por una de las dos habitaciones para instalarse en la misma habitación que ella, no pensaba dormir en otra parte que no fuera la misma cama que ella y esperaba que ella no se opusiera. Carolina entró en una de las habitaciones y empezó a desvestirse para darse una ducha mientras Lucas le daba una propina al botones que había subido el equipaje y cerraba la puerta de la suite. Lucas se dirigió a la habitación donde estaba Carol y la encontró de espaldas, tratando de bajar la cremallera de su vestido sin éxito.

–  ¿Necesitas ayuda, muñeca? – Le preguntó Lucas acercándose para abrazarla desde la espalda. La estrechó entre sus brazos y le susurró al oído con voz ronca: – ¿Qué estás pensando hacer?

–  Estaba pensando en desnudarme y meterme en esa enorme bañera, ¿quieres acompañarme?

–  Estaría loco si no lo hiciera. – Susurró Lucas bajando despacio la cremallera de su vestido.

Tan solo unos minutos después, ambos estaban en la bañera, disfrutando de la expectación que aquellas caricias les hacían sentir. Lucas agarró por la cintura a Carolina y la atrajo más hacia a él, colocándola a horcadas sobre su regazo, de cara a él.

–  Me encanta tenerte así, cariño. – Susurró Lucas excitado. Carolina gimió al mismo tiempo que apretaba su pelvis contra la de Lucas y él, sabedor de lo que ella deseaba, le preguntó divertido: – ¿Qué es lo que quieres, preciosa? – Lucas no dejó que Carolina contestara, la levantó unos centímetros, lo justo para guiar su miembro hasta la cálida entrada de ella, y Carolina hizo el resto dejándose caer sobre él, empalándose. Empezó a salir y entrar de ella con mayor rapidez y, cuando estaba a punto de correrse, le ordenó en un susurro: – Pídemelo, cariño. Quiero oírlo.

–  Déjame sin aliento. – Le rogó Carolina excitada.

Lucas no la hizo esperar y aumentó el ritmo y la profundidad de sus embestidas hasta que ambos sucumbieron y se dejaron devorar por el placer. Si había algo que se les daba verdaderamente bien, era el sexo.

Después de instalarse en la suite, decidieron salir a comer a algún restaurante y más tarde fueron a pasear por las calles de Múnich, tenían tiempo de sobra para pasear como dos turistas y ninguno de los dos quería desaprovecharlos. Caminaban cogidos de la mano por las calles de la ciudad bajo un cielo gris que amenazaba con echarse a llover pero finalmente no lo hizo hasta que ellos hubieran regresado al hotel para cenar, horas más tarde.

Mientras cenaban, Carolina empezó a pensar en su relación con Lucas. Habían pasado más de dos meses desde que se conocieron aquella noche en el Zen en la que no dejaron de discutir pese a la atracción que sentían el uno por el otro. Desde entonces, las cosas habían cambiado mucho, pero más habían cambiado desde la noche en que ella acompañó a David a la fiesta de su empresa y después se encontraron en aquel pub extraño gracias a la encerrona de sus amigos. Su relación, hoy por hoy, era la de una pareja enamorada que disfrutaba de los momentos que compartían, que no eran pocos, se entendían entre ellos y, lo más importante, se echaban de menos el poco tiempo que no estaban juntos. Carolina sabía que ya era demasiado tarde para no sufrir cuando terminaran el proyecto e irremediablemente aquella relación también llegara a su fin, Lucas se había colado en su vida hasta convertirse en un pilar importante que en un mes y medio se derrumbaría. El daño ya está hecho, es tarde para mirar atrás, se dijo Carol. Ahora solo puedo disfrutar del tiempo que me queda con él y dejar el llanto y el dolor para cuando él no esté.

–  Cambio mi reino por tus pensamientos. – Bromeó Lucas al ver que ella parecía tener la cabeza en cualquier otro lugar menos allí.

–  Sería una pena que cambiaras tu reino por algo que no tiene ningún valor. – Siguió bromeando Carol.

–  Entonces, he debido hacer algo mal. – Al ver que Carol no le seguía, Lucas añadió: – Estamos los dos solos, cenando en el restaurante de un fantástico hotel en Múnich, donde nos espera una enorme suite y una noche de placer inimaginable pero tú tienes la cabeza en otro sitio. Más concretamente, en algo que no tiene ningún valor.

–  Solo estoy un poco nerviosa por la reunión de mañana, pero te prometo que no volveré a pensar en ello el resto de la noche. – Le susurró Carolina besándolo en los labios y añadió para hacerle sonreír: – ¿Vas a volver a dejarme sin aliento?

–  Solo si tú me lo pides, cariño.

Lucas también se había dado cuenta como, subconscientemente, había ido cambiando el apelativo con que llamaba a Carolina. Normalmente acostumbraba a llamarla “muñeca” pero en las últimas semanas “cariño” había ido ganando territorio y lo cierto era que a él no le importaba. Le gustaba aquella chica como ninguna otra antes le había gustado. Y no solo se trataba de su belleza, sino de esa lengua viperina que tanto le enfurecía y a la vez le excitaba, de la facilidad con la que ambos se adaptan para trabajar o incluso para convivir juntos, de que la echaba de menos aunque hiciera menos de cinco minutos que acabara de verla. Ya no se imaginaba la vida sin ella, por eso tenía que ir asentando su relación poco a poco antes de que terminaran el proyecto. El fin del proyecto era la fecha marcada y después de aquello ninguno de los dos sabía que pasaría, por eso Lucas quería asegurarse de que Carol entendiera que su relación no era puramente sexual y esperaba que se diera cuenta antes de esa fecha o de lo contrario él lo iba a tener difícil.

Tras la cena en el restaurante del hotel ambos subieron a la suite, donde Lucas se encargó de empezar a demostrarle a Carolina lo que sentía por ella. Carolina fue consciente de la dulzura y la ternura con que Lucas le hacía el amor, porque era eso lo que le hacía: el amor. No quiso pensar en nada, tan solo se dejó llevar por todo lo que él le hacía sentir y disfrutó como si aquella fuera la última vez.

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