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Búscame 19.

El día de la boda por fin llegó. Ana estaba nerviosa y apenas había podido pegar ojo en toda la noche. A las seis de la mañana ya no pudo aguantar más en la cama y se levantó. Sin embargo, Nahuel seguía profundamente dormido. Como no quería despertarlo, Ana salió de la habitación sin hacer ruido y bajó a la cocina para beber un vaso de leche. Media hora más tarde, Ana subía las escaleras cuando se encontró a Eva saliendo de la habitación de Derek. Ana la miró arqueando las cejas y Eva, visiblemente avergonzada, le hizo un gesto para que entrara con ella en su habitación.

—Antes de que digas nada: lo sé, lo que he hecho está fatal —le dijo Eva cerrando la puerta de la habitación para hablar con mayor intimidad—. Estoy con Norbert, voy a verlo en unas horas y yo acabo de meterme en la cama con otro hombre.

—Eva, yo no voy a juzgarte, creo que eso ya lo haces tú misma —le dijo Ana sentándose a los pies de la cama—. Pero si te voy a dar mi opinión. No te veo feliz cuando estás con Norbert, creo que solo estás con él porque piensas que tienes que estar con él. Sin embargo, cuando estás con Derek la cara se te ilumina y los ojos te brillan, él es quien te hace cometer las mayores locuras y eso, siendo tú tan disciplinada, dice mucho de lo que Derek te hace sentir.

– Con Derek no tengo ningún futuro, él en la costa y yo en la ciudad, la distancia acabaría con nuestra relación si no lo hace otra cosa antes —se sinceró Eva—. Norbert es todo lo que he deseado siempre en un hombre. Puede que no exista la misma química que siento con Derek, pero Norbert es un buen hombre, cuida de mí y quiere hacerme feliz —Eva empezó a sollozar y añadió entre balbuceos—: Lo voy a ver en unas horas y no voy a poder mirarle a la cara.

—Tranquila, Eva —le susurró Ana abrazándola para calmarla—. Decidas lo que decidas, estaré a tu lado para apoyarte.

—Gracias, Ana.

Ana se quedó con Eva hasta que se tranquilizó y después regresó a su habitación. Nahuel se había despertado y al descubrir que Ana no estaba en la cama junto a él se puso nervioso. Se estaba vistiendo para salir a buscarla cuando ella entró en la habitación.

—Cariño, me habías asustado —dijo Nahuel aliviado de verla allí.

— ¿Creías que había huido? —Se mofó Ana. Nahuel frunció el ceño y Ana, tras darle un leve beso en los labios, añadió—: Por nada en el mundo huiría de ti.

Se besaron apasionadamente y no pudieron evitar dejarse llevar por el deseo que sentían el uno por el otro.

 

Esa misma tarde, Nahuel esperaba nervioso la llegada de Ana en el jardín de la isla privada donde celebraban su boda. Era una boda íntima, tan solo habían invitado a los familiares más cercanos y a los amigos más íntimos. Irene estaba a su lado y le susurró bromeando para que se relajara:

—Tranquilo, es imposible que Ana salga de la isla, así que no puede huir.

—Ana jamás huiría —le dijo Nahuel orgulloso de su chica.

—Ahí viene, ¡está preciosa! —Exclamó Irene.

Nahuel levantó la vista y la vio. Le pareció la mujer más hermosa que jamás había visto. Llevaba un vestido blanco con escote de palabra de honor, ceñido hasta la cadera desde donde caía hasta el suelo. Las ondas de su pelo le daban un aspecto angelical y la amplia sonrisa en su rostro le hacía parecer una diosa. Cuando Ana llegó a su lado, Nahuel tuvo que controlar sus ganas de besarla.

—Estás preciosa, cariño —le dijo mirándola a los ojos.

Ana le dedicó una amplia sonrisa, jamás se había sentido tan feliz como lo era en ese momento. Deseaba ser la esposa de Nahuel hasta que la muerte les separase.

La ceremonia se llevó a cabo a pesar de los sollozos de las madres de los novios que, emocionadas, no podían contenerse. Cuando por fin se convirtieron en marido y mujer, Nahuel la besó en los labios apasionadamente mientras todos los presentes aplaudían y les vitoreaban felices y alegres.

—Te quiero, preciosa.

—Y yo a ti —le respondió Ana antes de volver a besarle.

Tras la ceremonia, todos se dirigieron al improvisado salón cubierto con carpas para celebrar el enlace. Las botellas de vino y champagne se descorchaban con bastante frecuencia y todos acabaron achispados por el alcohol. Todos excepto Norbert, que estaba con el ceño fruncido al descubrir cómo se miraban Eva y Derek. Ana se acercó a Eva y, tras abrazarla, le preguntó en un susurro para que nadie más que ella la escuchara:

— ¿Va todo bien?

Eva forzó una sonrisa y asintió, aunque en realidad nada estaba bien. Había asistido a la fiesta acompañada por Norbert, su novio, pero con quien realmente quería estar era con Derek. Sabía que su relación con Derek era tan solo una atracción física y sexual que no llegaría a ninguna parte, así que se repitió mentalmente una y otra vez que estar con Norbert era lo correcto y lo que debía hacer.

Pasada la medianoche los familiares y amigos del recién estrenado matrimonio seguían divirtiéndose y brindando por la pareja. Nahuel ya no lo soportaba más, deseaba quedarse a solas con Ana y ya había aguantado suficiente durante todo el día y parte de la noche. Sin dar ninguna explicación a los allí presentes, Nahuel cogió a Ana en brazos y caminó cargando con ella hasta llegar al pequeño embarcadero de la isla privada.

— ¿Qué pretendes hacer? —Le preguntó Ana divertida.

—Llevarte a nuestra luna de miel, cariño —le respondió Nahuel tras besarla en los labios.

Apenas les dio tiempo a besarse cuando todos los invitados se dirigieron al embarcadero y Leonor, la madre de Ana, le reprochó a Nahuel:

— ¿Acaso pretendes llevarte a mi hija sin dejar que se despida?

—Hijo, ¿qué modales son esos? —Le regañó Irene.

—La pareja quiere celebrarlo en privado —dijo burlonamente Ruth.

Se despidieron de todos los invitados en el embarcadero y acto seguido subieron al yate. Nahuel se había encargado de organizar la luna de miel, quería sorprender a Ana y ella le complació, pero la curiosidad la mataba.

—Cariño, no me has dicho a dónde vamos y no he cogido nada de ropa.

—Te dije que yo me encargaba de todo, ¿no confías en mí? —Le preguntó Nahuel divertido.

—Sabes que sí, pero quiero saber a dónde vamos —insistió Ana poniendo cara de niña buena.

Nahuel rio a carcajadas, la abrazó y la besó en los labios con ternura antes de decirle:

—Navegaremos hasta la costa, dormiremos en casa y mañana por la mañana iremos al aeropuerto privado para subirnos a un avión y viajar muy lejos, pero no lo descubrirás hasta que lleguemos.

—Supongo que puedo esperar un día más para averiguarlo —le dijo Ana encogiéndose de hombros con resignación.

—Puedo intentar distraerte de algún modo para que el tiempo te pase más rápido y no sientas tanta curiosidad por descubrir a dónde vamos —le sugirió Nahuel juguetón. Ana lo miró sonriendo con picardía y Nahuel añadió—: Quiero hacerte el amor por primera vez como señora Smith.

Ana no se lo pensó dos veces. Era de noche y estaban en alta mar, allí nadie podría verles, así que comenzó a desnudar a Nahuel al mismo tiempo que lo besaba y le acariciaba. Nahuel no se hizo de rogar y se ocupó de desnudarla con cuidado de no romper su vestido.

—Cariño, ¿estás segura de que quieres hacerlo aquí? —Le preguntó Nahuel una vez ambos se quedaron desnudos.

—No importa el lugar, solo nosotros —le susurró Ana—. Pero si no te gusta el lugar, cierra los ojos, cuenta hasta diez y búscame.

Ana se escondió en el camarote principal del yate y, diez segundos más tarde, Nahuel la encontró e hicieron el amor apasionadamente y por primera vez como marido y mujer.

 

FIN

 

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Búscame 18.

Nahuel quería casarse cuanto antes, pero Ana consiguió aplazar la boda hasta la primavera, se negaba a casarse en invierno y celebrar la boda en otoño era una locura, así que el mes de abril fue el elegido para celebrar la boda. Nahuel propuso celebrar la boda en la pequeña isla privada, ya que ambos querían celebrar una boda íntima, y Ana le encantó la idea, ya que la casa era enorme y tenía muchas habitaciones para acoger a todos los invitados.

Ana nombró a Eva y a Ruth como sus damas de honor y las tres amigas se encargaron de organizar la boda con la ayuda de Irene y Leonor, las respectivas madres de Nahuel y Ana. Antes de la boda tuvieron que viajar a la costa un par de veces para ponerse de acuerdo con Irene, ya que ella al estar más cerca se encargaba de supervisar los preparativos. En uno de esos viajes, Eva la acompañó. Eva seguía saliendo con Norbert, su relación seguía avanzando pero ella no estaba enamorada de él y cada vez la aburría más. Echaba de menos aquel verano en la costa con Derek y sus tórridas aventuras, Norbert jamás hubiera accedido a hacer algo así y ella lo anhelaba. Eva acompañó a Ana a la costa con la intención de ayudarla con la organización de la boda ya que era su dama de honor, pero lo que no se le pasó por la cabeza fue la posibilidad que existía de reencontrarse con Derek, al fin y al cabo era el hermano pequeño de Nahuel. Por eso cuando vio aparecer a Derek en la casa de la costa de Nahuel, a Eva casi le da algo.

— ¿Qué hace él aquí? —Le preguntó a Eva.

—Es el hermano de Nahuel —le recordó Ana—. ¿No te alegras de verle?

Ana sonrió divertida. Sabía que su amiga estaba estancada con su relación con Norbert y que no estaba enamorada de él, pero Eva continuaba adelante como si nada y Ana pensó que Derek quizás fuera lo que Eva necesitaba para darse cuenta de lo que de verdad quería.

—Derek, ¡qué alegría verte! —Lo saludó Ana abrazándolo. Señaló a Eva y añadió con malicia—: ¿Te acuerdas de mi amiga Eva?

—Como para olvidarla —murmuró Derek. Saludó a Eva con un beso en la mejilla y le susurró al oído—: Me alegro de verte, nena.

Eva se quedó paralizada. No supo reaccionar ante las emociones que la invadieron. Solo oír su voz la había excitado, pero al mismo tiempo se sentía culpable al pensar en Norbert.

— ¿Cómo has conseguido que mi hermano no venga contigo? —Se mofó Derek hablando de nuevo con Ana—. Apuesto lo que quieras a que se presenta aquí antes de que regreses a la ciudad.

—Y no te equivocarías —dijo Nahuel entrando en el salón.

— ¡Cariño! —Exclamó Ana encantada de verlo allí.

—No puedo estar sin ti, pequeña —le susurró al oído Nahuel al mismo tiempo que la abrazaba y la besaba en los labios.

Al día siguiente regresaron a la ciudad, pero Ana tuvo tiempo suficiente para percatarse que entre Eva y Derek saltaban chispas. Ana intentó hablar del tema con Eva, pero Eva insistió en que no quería nada con Derek y le recordó que estaba con Norbert.

Los días fueron pasando y por fin llegó la noche anterior al día de la boda, la noche de recepción. Irene se empeñó en celebrar la cena de recepción en el jardín de su casa y Ana y Nahuel aceptaron para complacerla. Eva, Ruth, Jason y Derek se instalaron en la casa de la costa de Nahuel, junto con él y Ana, mientras que los padres de Ana se instalaron en casa de Irene y James. Norbert tenía que trabajar y no llegaría a la costa hasta el día siguiente, así que Derek aprovechó que Eva estaba sola para provocarla hasta que consiguió que ella bajara la guardia y la besó en los labios cuando la acorraló en uno de los pasillos de la planta superior con la mala suerte de que Ana salía de la habitación en ese mismo momento y los pilló con las manos en la masa.

— ¡Mierda! —Exclamó Eva separándose bruscamente de Derek—. No es lo que parece, Ana.

—Pues parecía que estabais besándoos —murmuró Ana.

—Eso pensaba yo —musitó Derek.

Ana se encogió de hombros, dio media vuelta y bajó las escaleras para dirigirse a la cocina. Tendría que hablar más tarde con Eva, pero sabía que ahora no era un buen momento y ella tenía que terminar de arreglarse para la cena de recepción.

Irene y James recibieron a los novios, a la familia más cercana y a los amigos más íntimos de la pareja en su casa. Irene quiso sorprenderles y se encargó de prepararlo todo para que los novios no tuvieran que preocuparse de nada la noche antes de la boda.

Cenaron en el jardín trasero de casa de los padres de Nahuel y brindaron por el futuro matrimonio de Nahuel y Ana, Todos y cada uno de los presentes quiso dedicar unas palabras a los novios. Cuando le llegó el turno a Derek, no dejó escapar la oportunidad de enviarle un mensaje a Eva y, tras concluir con su dedicatoria para los novios, añadió:

—Jamás olvidaré el verano en el que Ana y Nahuel se conocieron.

Le guiñó un ojo a Eva con complicidad y brindó por los novios. A ninguno de los allí presentes les pasó por alto el gesto de Derek hacia Eva, pero Ruth intervino y cambió de tema:

—Supongo que, siendo la noche previa a la boda, los novios no dormirán bajo el mismo techo, ¿no?

Ana fulminó a Ruth con la mirada, ya había discutido con su madre suficiente por ese asunto. Nahuel frunció el ceño y rodeó con los brazos a Ana al mismo tiempo que dijo sin opción a réplica:

—No pienso separarme de Ana y mucho menos la noche antes de nuestra boda.

—Hijo, no pasará nada porque durmáis separados una noche —insistió Irene, la madre de Nahuel.

— ¡Qué más da, hace más de un año que viven juntos! —Intervino Ramón, el padre de Ana.

—No entiendo a qué viene tanto drama por dormir separados —comentó Leonor.

—Mamá, ya hemos hablado del tema —le advirtió Ana a su madre.

—No hay nada de lo que hablar, no vamos a dormir separados y punto —sentenció Nahuel, que no estaba dispuesto a pasar sin Ana ni una sola noche.

Eva cambió de tema y comenzó a hablar de trabajo, cualquier tema era válido siempre que no tuviera que ver con Derek.

Tras aquella agradable cena tan familiar, los jóvenes regresaron a casa de Nahuel. Ana entró en la habitación seguida de Nahuel, cerró la puerta y echó el cerrojo.

— ¿Temes que me escape? —Bromeó Nahuel—. Porque no pienso hacerlo, jamás me separaré de tu lado, cariño.

—Eso espero —le susurró Ana al oído al mismo tiempo que se desnudaba.

Nahuel la besó y la acarició mientras la ayudaba a deshacerse de su ropa. Tras desnudarse por completo, Ana desnudó a Nahuel. Ambos se abrazaron, se acariciaron y se besaron con urgencia, con verdadera necesidad de estar el uno con el otro, de fundir sus cuerpos.

Búscame 17.

Los meses fueron pasando, Ana y Nahuel continuaban viviendo su amor como el primer día, trabajaban juntos en la Agencia y Ana se había mudado a casa de Nahuel. Al final, Ana aceptó viajar a la costa en diciembre y pasaron la Navidad en la casa de la costa de Nahuel junto a los padres de ambos y también junto a Derek, el hermano pequeño de Nahuel. Derek aprovechó aquel encuentro con Ana para averiguar con sutileza cómo le iba a Eva y no le sentó nada bien descubrir que Eva salía con un tipo desde hacía meses. El encuentro en Navidad entre los padres de Ana y Nahuel fue sobre ruedas y se repitió en primavera, cuando los padres de Ana invitaron a los padres de Nahuel a pasar en el pueblo unos días de vacaciones.

Eva inició una relación con Norbert, el tipo estirado y aburrido que conoció en una cafetería cerca de la oficina. A las chicas les pareció un buen hombre, pero lo bautizaron como don Aburrido. Era un hombre joven, aunque unos años mayor que ella, pero parecía que fuera un abuelo. A Ana no le gustó desde el momento en el que lo escuchó decir que si se casaba con Eva no consentiría que continuara trabajando porque debía ocuparse de la casa y de los hijos. A pesar de que sus amigas pensaban que Norbert era un troglodita machista, Eva seguía adelante con aquella relación porque él era todo lo que siempre había querido en un hombre, era su prototipo perfecto, pero no estaba enamorada de él.

Desde que recibió aquel duro mensaje de David en el que le pedía cortar totalmente el contacto, Ruth dejó de creer en el amor. Ella que siempre había sido la romántica empedernida del grupo, la que soñaba con tener un cuento de hadas. Ahora Ruth ya no buscaba a su príncipe azul, tan solo buscaba algún hombre interesante y atractivo con el que pasar un buen rato y a quien no volviese a ver. Ruth se centró en su trabajo en la galería de arte, esa era su prioridad.

Con la llegada del verano llegaron también las ansiadas vacaciones. Ruth pasó el verano trabajando en la galería, la ciudad estaba llena de turistas y la galería recibía miles de visitas diarias.

Eva decidió pasar sus vacaciones con Norbert en su casa del lago, eran sus primeras vacaciones juntos y Eva dejó que Norbert se encargara de organizarlo todo.

Ana y Nahuel decidieron pasar unos días en el pueblo con los padres de Ana, otros días en la costa con los padres de Nahuel. Pero Nahuel había planeado en secreto dos semanas a solas en una pequeña isla paradisíaca que había comprado y a la que tan solo se podía acceder en barco. Quería disfrutar de la compañía de Ana sin que nadie les interrumpiese, sin preocuparse por nada que no fuera divertirse juntos.

Cuando se subieron al todoterreno con el equipaje en el maletero, Ana dio por sentado que se dirigían al aeropuerto privado para regresar a la ciudad, así que cuando vio que Nahuel entraba en el puerto, le preguntó:

— ¿Te has olvidado algo en el yate?

—Nuestras vacaciones aún no han acabado, cariño —le respondió Nahuel dedicándole una pícara y seductora sonrisa.

— ¿A dónde vamos? —Quiso saber Ana, emocionada con aquella noticia y riendo divertida.

—De momento, vamos a dar un paseo en barco —le contestó Nahuel manteniendo el misterio.

Ana no hizo más preguntas, tan solo sonrió y ayudó a Nahuel a sacar el equipaje del maletero del todoterreno para llevarlo al yate.

Una vez lo tuvieron todo listo, Nahuel navegó rumbo a la pequeña isla privada que había comprado y que pretendía regalarle a Ana para celebrar su compromiso, si es que aceptaba casarse con él.

Cuando por fin Nahuel atracó en el pequeño embarcadero de la isla, Ana ya no pudo aguantar más y le preguntó para saciar su curiosidad:

— ¿Dónde estamos?

—No seas impaciente —le dijo Nahuel burlonamente. Ana puso morritos y Nahuel aprovechó para robarle un beso. La agarró de la mano y tiró suavemente de ella para salir del barco al mismo tiempo que añadía—: Ven, deja las maletas ahí y vamos a dar una vuelta.

Ana le siguió sin rechistar. La curiosidad podía con ella, Nahuel la sorprendía día tras día, pero aquello era demasiado. Cuando pensaba que las vacaciones habían terminado y regresaban a casa, Nahuel la sorprendía con unas inimaginables vacaciones en un lugar remoto en medio del mar y que no sabría ubicar en un mapa.

— ¿Estamos en una isla? —Adivinó Ana.

—Así es, estamos en una isla privada de tan solo 3 kilómetros de diámetro.

A Ana no le hizo falta hacer más preguntas. Pudo ver la enorme casa que presidía la pequeña isla. Se subieron a un cochecito de esos que se utilizan en los campos de golf y cruzaron hermoso y cuidado jardín por un sendero de piedra.

—Primero rodearemos la casa para que veas el jardín, en la parte de atrás de la casa hay una enorme piscina y un jacuzzi que te encantarán —le dijo Nahuel de buen humor.

Recorrieron el jardín en el carrito de golf al mismo tiempo que rodeaban la casa. Ana quedó fascinada, la casa era enorme, una piscina climatizada presidía el jardín trasero y desde allí se podía vislumbrar un sugerente jacuzzi en la terraza de la segunda planta. Una vez vieron los alrededores de la casa, Nahuel le enseñó el interior de la misma a Ana. Cuando llegaron a la habitación principal, Ana se puso juguetona pero Nahuel, tras darle un casto beso en los labios, le dijo:

—Voy a buscar las maletas para instalarnos y después nos damos un baño juntos, ¿de acuerdo?

Ana resopló con resignación, pero acató las indicaciones de Nahuel. Tras deshacer las maletas e instalarse en la habitación principal, Nahuel cogió en brazos a Ana y la llevó al cuarto de baño. Ana se encargó de llenar la bañera con agua tibia mientras Nahuel se desnudaba y después la desnudaba a ella. Se metieron en la bañera y Nahuel se colocó detrás de Ana, rodeándola con sus brazos y con sus piernas. Nahuel la cubrió con sus besos y sus caricias y Ana le correspondió de igual modo. Había pasado un año desde que hicieron el amor por primera vez y seguían sintiendo el mismo deseo y pasión cuando sus cuerpos se unían.

Después de aquel entretenido y romántico baño, Nahuel convenció a Ana para que se echara un rato en la cama a descansar y, mientras ella dormía, él aprovechó para preparar la cena, tenía previsto organizar una velada romántica y especial.

Ana se despertó y bajó a la cocina, donde se encontró con Nahuel. Se sorprendió al descubrir que Nahuel había preparado la cena y también una romántica mesa a la luz de las velas en el jardín.

—Pero bueno, ¿qué es todo esto?

—He preparado la cena —le respondió Nahuel divertido.

— ¿Otra sorpresa más? —Le preguntó Ana divertida y añadió bromeando—: Espero que todo esto no sea para decirme que vas a tener un hijo con otra mujer.

—Tan solo te deseo a ti —le susurró Nahuel abrazándola desde la espalda y deslizando sus manos hacia el vientre de ella—. Aunque debo confesarte que me gusta la idea de ser papá.

—Cariño, creo que es demasiado pronto para tener esta conversación, ¿no crees?

—Poco a poco, cariño —cambió de tema Nahuel—. Ahora vamos a cenar, la cena ya está lista.

Cenaron en el jardín bajo la luz de las velas. Ana notó que Nahuel estaba nervioso aunque tratara de disimular, así que le preguntó:

— ¿Va todo bien?

—Cariño, en realidad he preparado todo esto por una razón —empezó a decir Nahuel—. Es evidente que, después de un año, sigo queriéndote en mi vida y siempre será así. Ambos seguimos igual o incluso más enamorados que cuando empezamos, hace meses que vivimos juntos, nuestras familias ya se han conocido y yo quiero dar un paso más —se sacó la pequeña caja con el anillo de compromiso que le había comprado y, tras enseñárselo, le preguntó mirándola a los ojos—: Cariño, ¿quieres casarte conmigo y hacerme el hombre más feliz de la tierra?

Ana se arrojó a sus brazos y le besó con urgencia. Ni siquiera le prestó atención al anillo, aquello era algo secundario.

— ¿Eso es un sí? —Le preguntó Nahuel divertido.

— ¡Por supuesto que es un sí! —Exclamó Ana riendo.

Nahuel sacó el anillo de la cajita y se lo colocó a Ana en el dedo. Acto seguido, Ana se deshizo de su ropa y se sentó a horcajadas sobre Nahuel. Estaban en el jardín, pero en una isla privada que tan solo estaba habitada por ellos dos, así que Nahuel no se lo pensó dos veces y le hizo el amor allí mismo.

Búscame 16.

Tras dos horas conduciendo, por fin Ana le indicó a Nahuel que tomara una salida en la autopista. Ana le continuó guiando por las carreteras hasta que tomaron un desvío por un camino sin asfaltar. Nahuel no sabía a dónde se dirigían y lo cierto era que tampoco le importaba, le bastaba con saber que pasaría el fin de semana con Ana.

Cuando Nahuel llegó al final del camino sin asfaltar, se encontró con una preciosa cabaña en mitad de una pradera rodeada de árboles. Parecía una imagen de postal, de esas que transmitían paz y serenidad.

— ¡Sorpresa! —Exclamó Ana divertida—. Espero que te guste el campo y la naturaleza, sino siempre podemos pasarnos todo el fin de semana en la cabaña, estoy segura de que encontraríamos algo para entretenernos.

—Creo que voy a empezar a detestar el campo —bromeó Nahuel abrazando a Ana desde la espalda—. ¿Me enseñas la cabaña?

Ana le agarró de la mano y tiró de él entrando en la cabaña. No era muy grande, parecía un apartamento tipo loft pero rústico, ideal para un fin de semana romántico. En el baño había un enorme jacuzzi pegado a un enorme ventanal desde donde se podían contemplar las vistas al valle y a las montañas.

—Puede que me arrepienta de preguntarte pero, ¿has estado aquí antes? —Le preguntó Nahuel con el ceño fruncido al mismo tiempo que miraba hacia el jacuzzi.

Ana sonrió burlonamente, pero al final le dijo la verdad:

—Estuve aquí hace un par de años, vine con las chicas un fin de semana para desconectar tras los exámenes finales de la universidad.

—No sabes cómo me alegra saber eso —le confesó Nahuel.

—Más tarde estrenaremos el jacuzzi, ahora tenemos que encender la chimenea, aquí la temperatura cae bajo cero por la noche —le dijo Ana al ver cómo Nahuel miraba el jacuzzi.

Antes de que anocheciera, Nahuel y Ana encendieron la chimenea, deshicieron las maletas y prepararon la cena, tan solo quedaba esperar a que el horno terminara de hacerla. Ana miró el reloj de pared y calculó que les quedaba una hora antes de que la cena estuviera lista, así que decidió aprovechar ese tiempo para mostrarse más cariñosa con Nahuel. Se acercó a él, lo agarró de la mano para guiarlo hasta el sofá donde, tras dejar que Nahuel se sentara, ella se colocó a horcajadas sobre él.

—Estás muy juguetona —comentó Nahuel divertido al mismo tiempo que la estrechaba entre sus brazos.

—Tengo ganas de jugar —le confesó Ana con una sonrisa traviesa en los labios.

Dos minutos más tarde, ambos estaban retozando desnudos sobre el sofá.

Pasaron el fin de semana encerrados en la cabaña, entregándose el uno al otro con ternura y pasión.

La semana siguiente mantuvieron la misma rutina: iban juntos a la Agencia, pasaban la mañana trabajando, almorzaban en algún restaurante cercano y después Nahuel la acompañaba a su apartamento. Nahuel le proponía a Ana todas las tardes que pasara la noche con él, pero ella tan solo aceptó el martes y el jueves. El viernes por la tarde, después de almorzar, Nahuel le dijo mientras conducía hacia su casa:

—Tenemos una conversación pendiente, ya han pasado dos semanas.

— ¿Quieres que hablemos ahora? —Le preguntó Ana sorprendida.

—Había pensado que podíamos cenar en mi casa y hablar allí tranquilamente —le confesó Nahuel—. ¿Te parece bien?

—Me parece genial —le confirmó Ana.

Llegaron a casa de Nahuel y se acomodaron en el sofá del salón para retomar la conversación que tenían pendiente. Nahuel tenía muy claro lo que quería, lo sabía desde el primer momento que conoció a Ana, pero solo había aceptado esas dos semanas de prueba porque no quería presionarla. Por ella estaba dispuesto a cualquier cosa. Ana también sabía lo que quería, quería a Nahuel en su vida. Pero todo estaba sucediendo demasiado rápido y tenía miedo, miedo de que él se arrepintiese y la dejara con el corazón roto.

—Cariño, no he cambiado de opinión —empezó a decir Nahuel mirándola a los ojos—. Te quiero en mi vida, lo quiero todo de ti. Sé que dijimos que nos lo íbamos a tomar con calma, pero lo cierto es que no quiero separarme de ti. Dormir sin ti se ha convertido en una tortura.

—A mí también me cuesta dormir cuando no estás conmigo —le confesó Ana. Se armó de valor y añadió—: Sé que estas dos semanas no han sido fáciles para ti y que accediste solo por complacerme, así que he querido demostrarte que yo también me implico en esta relación.

—Sé que te implicas, Ana —le aseguró Nahuel.

—Pero he querido dar un paso más —anunció Ana—. Les he hablado de ti a mis padres y quieren conocerte. Nos han invitado a ir de visita y quedarnos un fin de semana, les he dicho que te lo consultaría y les diría algo.

Nahuel sonrió satisfecho. El hecho de que Ana les hubiera hablado de su relación a sus padres significaba que veía su relación como algo sólido y real, estaba dispuesta a seguir adelante.

—Me encantará conocer a tus padres —le dijo Nahuel estrechándola entre sus brazos. Ana aprovechó la ocasión para colocarse a horcajadas sobre Nahuel y él añadió sonriendo antes de besarla en los labios—: Cariño, me encanta cuando te pones juguetona.

Ana correspondió ese beso apasionado, pero quería más, necesitaba más. Se deshizo de su camiseta y de la camiseta de Nahuel. Él se puso en pie con ella en brazos y la llevó hasta a la enorme cama de su habitación, donde se tomó su tiempo para desnudarla al mismo tiempo que acariciaba y adoraba cada centímetro de su piel. Ana gimió a modo de protesta, ansiaba sentir a Nahuel dentro de ella. Él la entendió perfectamente, así que no se hizo de rogar, se colocó sobre ella y la penetró despacio, gozando de aquella placentera sensación. Ana volvió a gemir, esta vez de placer. Nahuel entró y salió de ella, cada vez más rápido, cada vez más profundo. Continuó con aquel ritmo hasta que notó como Ana se contrajo bajo su cuerpo y le susurró al oído:

—Déjate ir, cariño.

Ana se dejó ir con un leve gemido y Nahuel gruñó, derramándose dentro de ella. Nahuel se dejó caer sobre ella, pero acto seguido se volteó arrastrando a Ana con él y haciendo que ella quedar encima de él. La estrechó con fuerza entre sus brazos y le confesó en un susurro:

—Te quiero, Ana.

—Y yo a ti —le confesó Ana.

Desde esa noche, Ana se quedaba a dormir en casa de Nahuel todas las noches. El lunes por la mañana, nada más entrar en la Agencia, Nahuel besó a Ana delante de varios agentes y empleados con el fin de hacerles saber que estaban juntos y la voz se corrió por toda la Agencia. Nahuel también aceptó encantado la invitación de los padres de Ana y el fin de semana siguiente fueron al pueblo para visitarles. Nahuel tenía intención de reservar una habitación de hotel para pasar el fin de semana, pero Leonor y Ramón insistieron en que se quedaran en la casa familiar. Había sitio de sobra y, si lo preferían, también podían dormir juntos, insistió Leonor. Ese fin de semana no fue fácil para Nahuel, Ramón era un tipo duro y quería asegurarse de que Nahuel cuidaba bien de su única hija. Por suerte para Nahuel, Ana salió en su defensa y medió para que su padre dejara de incomodar a Nahuel. Fue un fin de semana peculiar, el primero de muchos. Irene y James, los padres de Nahuel, también insistieron en que fueran de visita, pero el recuerdo de las tormentas de aquel fin de semana que pasaron en la costa hizo que Ana retrasara el viaje semana tras semana alegando cualquier excusa. Nahuel no insistió porque no quería presionarla, confiando en que tarde o temprano Ana entrara en razón.

Búscame 15.

Ana entró en el apartamento cargando con su maleta y aprovechó que las chicas estaban trabajando para deshacer la maleta y preparar algo bueno para la cena. Tenía ganas de verlas y charlar con ellas, hacía días que no se sentaban las tres juntas y se ponían al corriente de sus vidas. Ana tenía muchas cosas que contarles, esa era la única razón por la que había rechazado la invitación de Nahuel para pasar la noche con él en su apartamento.

A las seis de la tarde, Ruth entró en el apartamento y corrió en busca de Ana para abrazarla en cuanto vio que estaba en casa.

— ¡No sabes cuánto te he echado de menos! —Exclamó Ruth abrazándola con fuerza—. Eva está insoportable, más que de costumbre.

—Me alegra saber que por aquí todo ha ido genial en mi ausencia —dijo Ana con sarcasmo—. ¿Qué es lo que ha pasado esta vez?

Ruth le explicó a Ana lo que había ocurrido. El sábado por la noche Eva salió a cenar con un chico y Ruth aprovechó que estaba sola en el apartamento para invitar a un nuevo ligue, desde que Ruth había recibido aquel mensaje de David rompiendo toda relación con ella, se dedicaba a ligarse a un chico nuevo cada semana, o puede que incluso dos. El caso es que Eva llegó al apartamento a las doce de la noche, mucho antes de lo que Ruth había previsto.

—Nos pilló con las manos en la masa en el sofá —le confesó Ruth divertida. Y acto seguido se excusó—: La culpa es suya, ¿quién llega a medianoche cuando tiene una cita? ¿Acaso es Cenicienta?

—Estoy de su parte, el sofá es una zona común —le dijo Ana—. ¿Con quién salió Eva?

—Con un tipo que ha conocido en una cafetería cercana a su oficina —la informó Ruth—. Al parecer es uno de esos hombres estirados y chapados a la antigua que le gustan a ella.

—Eva necesita a otro tipo de hombre en su vida —comentó Ana sabiendo que aquello no funcionaría.

—Para aburrida ya está ella —murmuró Ruth—. Me gustaba más la Eva de este verano, no sé qué le haría Derek pero consiguió que estuviera de buen humor todos los días.

Ambas amigas se echaron a reír a carcajadas, pero hablaban en serio. Las dos vieron a Eva feliz ese verano y eso había sido gracias a Derek.

Eva llegó al apartamento más tarde de lo habitual, había quedado con Norbert de nuevo. Era un hombre educado y correcto, era diez años mayor que ella, pero era todo lo que buscaba en un hombre. Desde la estupenda cita que habían tenido el sábado, quedaban todos los días después del trabajo para tomar un café. Norbert ni siquiera había intentado besarla todavía, pero Eva sabía que le gustaba y que solo era cuestión de tiempo que se lanzara. No esperaba encontrar a Ana tan pronto en casa y se alegró de verla allí, el ambiente con Ruth era bastante tenso.

— ¡Ana! —La saludó Eva abrazándola con fuerza—. ¿Cuándo has llegado?

—Hace unas horas, incluso me ha dado tiempo a preparar la cena.

—Eso significa que tienes muchas cosas que contar —confirmó Ruth—. Voy a abrir una botella de vino.

Las tres amigas se pusieron al día mientras bebían de sus copas de vino y comían la deliciosa cena que Ana había preparado.

La primera en hablar fue Ana, quien les contó todo lo que había ocurrido durante los días que había pasado con Nahuel en la costa. Les habló de su acuerdo de dos semanas y de la rápida visita que hicieron a los padres de Nahuel. Eva sintió curiosidad por saber de Derek, pero se abstuvo de preguntar.

La siguiente en hablar fue Eva. Les contó que había conocido a Norbert en la cafetería que había cerca de su oficina. El viernes él se armó de valor y la invitó a salir el sábado. La cita había ido bien, salieron a cenar a un buen restaurante y después él la acompañó a casa. Desde entonces quedaban en la misma cafetería al salir del trabajo, pero les confesó que todavía no se habían besado.

Ruth fue más escueta en su relato. Tan solo dijo que conoció a un chico del que no recordaba el nombre, intercambiaron teléfonos y pocas horas más tarde se entregaron en el sofá del salón, donde Eva les pilló en plena faena.

—Ya que mencionas el tema, tenemos que poner unas normas —dijo Eva más calmada por el efecto del vino—. Nada de fornicar en las zonas comunes del apartamento, para eso cada una tenemos nuestra propia habitación.

—Totalmente de acuerdo —la secundó Ana—. Es más, debemos tener cuidado con quién dejamos entrar en nuestro apartamento.

—Vale, nada de desconocidos en casa —se resignó Ruth.

Las chicas continuaron charlando hasta que, a medianoche, decidieron retirarse a dormir a sus respectivas habitaciones.

Los tres días siguientes, Nahuel pasó a recoger a Ana a las ocho de la mañana para llevarla a la oficina, trabajaban en sus respectivos despachos durante toda la mañana (a excepción de las constantes visitas de Nahuel alegando cualquier excusa para verla, hablar con ella y besarla sin que nadie les viese) y después salían a almorzar a cualquier restaurante cercano. Nahuel le propuso en un par de ocasiones que fueran a su casa, pero Ana declinó la oferta con educación. Así que el viernes, Nahuel no quiso proponérselo y que le rechazara por tercera vez. Pero Ana ya tenía planes para el fin de semana.

—He dejado la maleta preparada en casa, va a ser un fin de semana genial —le dijo Ana divertida mientras bajaban al parking de la Agencia en el ascensor. Nahuel la miró sin entender nada, así que Ana le pregunto decepcionada—: ¿No me digas que te has olvidado?

— ¿Sigue en pie lo de este fin de semana? —Le preguntó Nahuel confundido.

— ¡Por supuesto! ¿Acaso me has dicho que lo cancelara? —Le espetó Ana molesta, no podía creerse que Nahuel dudara de que el fin de semana juntos siguiera en pie.

—Ana, llevo dos noches pidiéndote que te quedes a dormir conmigo y me has rechazado, no has mencionado nada del fin de semana hasta ahora, ¿qué querías que pensase?

—Te dije que te estaba preparando una sorpresa para el fin de semana, si es una sorpresa no puedo decirte nada —le reprochó Ana de morros—. Dime al menos que no has hecho planes.

—Mi único plan para el fin de semana consistía en buscar cualquier excusa para estar contigo —le confesó Nahuel estrechándola entre sus brazos—. ¿A dónde tienes planeado llevarme?

—De momento a mi casa a coger la maleta y después a la tuya para que prepares tu maleta —le respondió Ana con secretismo. Le dio un leve beso en los labios y añadió antes de subirse al todoterreno de Nahuel—: Date prisa o llegaremos tarde.

Nahuel se contagió del buen humor de Ana y, con una amplia sonrisa en los labios, condujo hasta llegar al apartamento de Ana. Ana subió a buscar su maleta y regresó cinco minutos después. Nahuel metió la maleta en el maletero del vehículo y condujo hasta a su casa. Ana nunca había estado en la casa de la ciudad de Nahuel y sentía curiosidad, por eso cuándo él la invitó a entrar Ana aceptó sin pensárselo dos veces.

Ana quedó impresionada, era una casa enorme. Tenía tres plantas: en la primera planta estaba situada la cocina, el comedor, el salón, un despacho, un baño completo, un aseo y una habitación de invitados con baño propio; en la segunda planta, se ubicaban cinco habitaciones y la suite principal, todas con baño propio; y en la tercera planta se ubicaba la buhardilla, un pequeño estudio con baño que Nahuel había convertido en una biblioteca. Además, la casa contaba con un garaje conectado a la cocina y sobre el cual había un loft independiente a la casa principal, el apartamento de Emilio y Rosa, los empleados del hogar internos, un enorme jardín y una piscina que bien podría ser olímpica. Nahuel sonrió al ver a Ana tan a gusto en su casa, pensaba vivir con ella pronto y el hecho de que la casa le gustara era un punto a su favor, pero por ahora no quería presionarla.

Tras hacer una pequeña maleta, Nahuel y Ana se subieron al todoterreno y se adentraron entre el tráfico de la ciudad. Nahuel no sabía a dónde se dirigían, pero siguió las indicaciones de Ana, confiando en ella y disfrutando de aquella grata sorpresa que le había preparado.

Búscame 14.

El domingo por la mañana Ana se despertó sola en la cama. Estiró el brazo en busca de Nahuel, pero no lo encontró. Se desperezó y se levantó de la cama. Se alegró al ver encendida una de las lámparas de pie que había junto al sofá, aquello significa que ya tenían luz. Se dirigió a la pequeña cocina del sótano y sobre la barra encontró una nota de Nahuel: “Buenos días, preciosa. He ido a echar un vistazo por los alrededores para ver el alcance de los daños de la tormenta, no tardaré en regresar. Te he dejado el desayuno en la mesita que hay junto al sofá, el café está recién hecho. N.”

Ana se sirvió una taza de café, se sentó en el sofá y se comió el desayuno que Nahuel le había preparado. Nahuel entró en el sótano apenas veinte minutos más tarde, se acercó a Ana sonriendo y la besó en los labios.

—Buenos días, preciosa. ¿Ya has desayunado?

—Sí, todo estaba buenísimo. Muchas gracias, ha sido todo un detalle.

—He salido a echar un vistazo, todavía está lloviendo pero lo peor ya ha pasado —informó—. La carretera está cortada a causa de los árboles caídos, así que de momento estamos aislados. La buena noticia es que he logrado conectar el generador de emergencia y funciona, ya tenemos luz.

— ¿Cuándo podremos regresar a la ciudad?

—El tráfico aéreo permanece cerrado, puede que lo restablezcan mañana o en un par de días como mucho —Nahuel se sentó en el sofá, colocó a Ana sobre su regazo y, armándose de valor, le dijo—: Ana, antes de regresar a la ciudad tengo que hacer una breve visita a mi familia.

—No te preocupes, yo puedo quedarme aquí.

—Había pensado que quizás querrías acompañarme —le soltó Nahuel.

— ¿Quieres que te acompañe a visitar a tu familia? —Le preguntó Ana empezando a agobiarse.

—Será una visita rápida, no puedo regresar a la ciudad sin ver a mis padres —Nahuel la estrechó entre sus brazos y añadió—: Te prometo que no te harán ninguna pregunta incómoda y respetaré nuestro acuerdo de ser discretos durante dos semanas.

Ana aceptó acompañarle a visitar a sus padres. Lo cierto era que no solo le daba miedo quedarse sola en esa casa enorme, sino que también sentía curiosidad por conocer a los padres de Nahuel.

El martes por la mañana, tras recoger sus cosas y meter el equipaje en el todoterreno, se dirigieron a casa de los padres de Nahuel antes de ir al aeropuerto para regresar a la ciudad. Nahuel parecía estar encantado de hacer aquella visita con Ana, pero ella cada vez estaba más nerviosa y estaba empezando a arrepentirse de haber querido ir.

—Relájate, no tienes nada de lo que preocuparte —trató de tranquilizarla Nahuel—. Mis padres te adorarán en cuanto te conozcan.

Nahuel aparcó frente a la casa de sus padres. Todavía quedaban algunas carreteras cortadas debido a los daños causados por la tormenta y tuvo que dar un rodeo, así que tardaron más de lo que había previsto. En cuanto llegaron, Irene escuchó el coche de Nahuel aparcando en la calle, se puso en pie y se dirigió a la puerta para recibir a su hijo mayor y a su acompañante. Irene sospechaba que aquella chica era muy especial para Nahuel, así que estaba emocionada y también nerviosa.

— ¡Hijo, qué alegría verte! —Lo saludó Irene abrazando a su hijo. Se volvió hacia a Ana y añadió con una amplia sonrisa—: Y supongo que esta preciosa señorita debe ser Ana, ¿verdad?

—Así es —le confirmó Nahuel a su madre. Colocó su brazo alrededor de la cintura de Ana y le dijo—: Te presento a Irene, mi madre.

—Un placer, señora Smith —la saludó Ana.

—Por favor, llámame Irene. El placer es mío, querida —le dijo Irene—. Hemos oído hablar mucho de ti y teníamos muchas ganas de conocerte.

—Mamá —le advirtió Nahuel a su madre.

Nahuel llamó la noche anterior a su madre para avisarla de que no iría solo a verles. A Irene le hizo muchísima ilusión que Nahuel le presentara a la que, según Irene sospechaba, era su novia. Pero Nahuel se encargó de advertirle a su madre que Ana trabajaba en la Agencia y que se estaban tomando las cosas con calma.

—Pasad al salón, ¿os apetece tomar un café? —Les preguntó Irene.

Nahuel asintió y, manteniendo a Ana agarrada por la cintura, la guió hasta el salón, donde se sentaron en el sofá. Irene se dirigió al despacho de su marido para avisar de la llegada de su hijo y acto seguido se dirigió a la cocina para preparar café.

—Hijo, ¿cómo estás? —Lo saludó James, el padre de Nahuel. Se volvió hacia a Ana y añadió con una amplia sonrisa—: ¿Y quién es esta hermosa señorita?

—Ella es Ana, papá.

—Un placer, Ana —la saludó James estrechándole la mano.

—Lo mismo digo, señor Smith.

—Por favor, llámame James —le rogó James—. Ha sido una tormenta dura, ¿habéis tenido muchos problemas con la casa?

—Ninguno, todo ha ido bien, incluso pude conectar el generador de emergencia —le explicó Nahuel—. La casa no ha sufrido ningún daño y nosotros hemos estado bien.

James y Nahuel continuaron hablando de la construcción de la casa, de sus materiales resistentes y de todas las cosas pendientes que quedaban por terminar mientras Ana les escuchaba prestando atención a todo lo que decían. Irene regresó al salón llevando una bandeja con cuatro tazas de café.

—Aquí tenéis el café y unas galletas artesanas que he comprado esta mañana —les dijo Irene sentándose junto a su marido—. Es una pena que os tengáis que ir tan pronto, podríais haberos quedado a comer.

—La próxima vez, mamá —le contestó Nahuel dando el tema por zanjado.

Pero Irene no quiso dar por zanjado aquel tema, así que continuó haciendo preguntas:

— ¿Cuándo pensáis regresar?

—Irene, no presiones a los chicos —la regañó James, echando un cable a su hijo.

—Me temo que me va a costar mucho trabajo convencer a Ana de que vuelva a acompañarme a la costa, entre la tormenta y las preguntas de mamá… —bromeó Nahuel.

Ana le dio un manotazo a Nahuel, fue un gesto impulsivo, una reprimenda por hacer pasar aquel mal trago a su madre, pero fue mucho menos discreto de lo que pretendió.

—No le hagas caso, Irene —le dijo Ana a la madre de Nahuel para tratar de animarla tras la pulla que le había lanzado su hijo—. Estaré encantada de venir a visitarte.

—Oh, Ana. Eres un cielo —le dijo Irene agradecida.

—Creo que es hora de irnos, si espero unos minutos más es posible que se unan en mi contra —les dijo Nahuel bromeando.

Se despidieron de Irene y James, se subieron al todoterreno y se dirigieron al aeropuerto privado de la costa. Ana se tensó en cuanto se bajó del vehículo y tuvo que subir al avión de la Agencia. Sabía que era uno de los aviones más seguros que existían, Nahuel se había encargado de hacérselo saber, pero Ana seguía sintiendo miedo a volar.

—No pasa nada, cariño —la tranquilizó Nahuel al mismo tiempo que le abrochaba el cinturón de seguridad y le echaba el brazo sobre los hombros para estrecharla contra su cuerpo—. Cierra los ojos y trata de descansar, llegaremos a la ciudad antes de que te des cuenta.

Tres horas más tarde, aterrizaron en uno de los aeropuertos privados de la ciudad. Ana había dormido durante casi todo el vuelo y se despertó un poco aturdida. Cuando se subieron al todoterreno que les estaba esperando, Nahuel le preguntó a Ana:

— ¿Quieres quedarte en mi casa esta noche o prefieres que te lleve a tu apartamento?

—Mejor a mi apartamento, tengo que deshacer la maleta, lavar la ropa y hace días que no veo a las chicas —le respondió Ana a pesar de que le apetecía muchísimo pasar otra noche con él—. Además, debemos tomarnos las cosas con calma.

—De acuerdo, tienes razón —se resignó Nahuel sin insistir—. Pero te voy a echar de menos esta noche.

A Ana le encantó aquella confesión de Nahuel. Ella también lo iba a extrañar durante la noche. Se había acostumbrado a dormir acompañada, a dormir entre sus brazos.

Nahuel aparcó frente al portal del edificio de Ana y bajó del vehículo para coger su maleta y acompañarla hasta la misma puerta para despedirse allí de ella:

—Mañana pasaré a recogerte a las ocho para ir a la Agencia —le dio un beso en los labios y añadió con la voz ronca—: Me ha encantado pasar estos días contigo.

—A mí también, has sido el anfitrión perfecto —le agradeció Ana. Le besó con dulzura en los labios y añadió—: Si no tienes planes para el próximo fin de semana, me gustaría darte una sorpresa.

— ¿La sorpresa incluye pasar juntos el fin de semana? —Ana asintió y Nahuel añadió—: Seré todo tuyo el fin de semana.

Se despidieron con un largo y apasionado beso, demorando el momento de separarse, hasta que finalmente Ana entró en el edificio y Nahuel se volvió a subir al todoterreno para conducir hasta a su casa.

Búscame 13.

Ana y Nahuel estaban durmiendo abrazados cuando les despertó el estruendo de un árbol cercano al caer. A Ana se le escapó un pequeño grito de pánico, estaba aterrada. Ambos se incorporaron en la cama: Ana por el miedo que sentía y Nahuel porque se disponía a levantarse para subir a la planta baja y mirar por la ventana para ver qué estaba ocurriendo.

— ¿A dónde vas? -—Le preguntó Ana agarrándose a él con fuerza al darse cuenta que pretendía levantarse.

—Voy a ver qué pasa ahí fuera.

—No, por favor —le rogó Ana reteniéndole en la cama.

Nahuel se levantó, encendió una vela que dejó sobre la barra de la cocina y el sótano se cubrió por una luz tenue. Regresó a la cama, agarró a Ana por la cintura y la colocó sobre su regazo. Ana estaba temblando, tenía frío y estaba asustada.

—No pasa nada, preciosa —le susurró Nahuel tras besarla en los labios.

Ese leve beso despertó la necesidad en Ana. Tenía una misión para ese fin de semana y no podía dejarla a un lado solo porque le dieran miedo las tormentas. Por muy grande y aterradora que fuera la tormenta que en ese momento les acechaba, Ana se obligó a continuar con su plan de seducción. La tenue luz de la vela le dejó de parecer tenebrosa, en ese momento le pareció una luz cálida y romántica. Arrastrada por el deseo, Ana besó a Nahuel en los labios, pillándole totalmente desprevenido. Fue un beso apasionado, un beso de necesidad. Nahuel le correspondió con la misma pasión, pero unos segundos después se separó lentamente de ella y le susurró:

—Ana…

Pero Ana volvió a besarle, no estaba dispuesta a dejarle echar el freno de nuevo. Se colocó a horcajadas sobre él al mismo tiempo que lo besaba. Él la abrazó y la estrechó contra su cuerpo para sentirla más cerca. Ambos se dejaron arrastrar por el deseo. Nahuel se deshizo de la camiseta de ambos con urgencia y acto seguido intercambió la posición con Ana para deshacerse del short y las braguitas de ella al mismo tiempo que jugueteaba mordisqueando sus pezones.

—Te he echado menos, preciosa —le susurró Nahuel.

Los besos, las caricias y la pasión cobraron protagonismo. Nahuel comprobó que Ana ya estaba preparada y la penetró lentamente, gozando de aquel contacto tan placentero. Hicieron el amor con delicadeza, aquello no se trataba solo de sexo, se trataba de amor. Entre gemidos y con un movimiento suave pero rítmico, ambos alcanzaron juntos el orgasmo. Nahuel se dejó caer a un lado y arrastró a Ana con él, colocándola encima de él y estrechándola entre sus brazos.

— ¿Todo bien? —Le preguntó Nahuel.

—Todo perfecto —le aseguró Ana.

—Me lo pones muy difícil —le susurró Nahuel divertido.

— ¿Yo te lo pongo difícil? —Le replicó Ana haciéndose la ofendida—. ¡Llevas tres semanas torturándome!

—Las mismas tres semanas que yo llevo duchándome con agua fría —reconoció Nahuel.

—Fuiste tú quién decidió hacer voto de castidad —le recordó Ana con tono burlón.

—No quería que pensaras que el sexo entre nosotros fuera el motivo por el que te he contratado en la Agencia —le confesó Nahuel—. Quiero que sigas siendo la abogada de la Agencia, pero también quiero tenerte en mi vida —le dio un beso en los labios y añadió—: No quiero presionarte, podemos tomarnos las cosas con calma.

—No hace falta que nos lo tomemos todo con calma —le dijo Ana.

— ¿A qué te refieres? —Le preguntó Nahuel frunciendo el ceño, adivinando que Ana no hablaba solo de sexo.

—No quiero pregonar a los cuatro vientos lo que hay entre nosotros dos, al menos no por el momento —le aclaró Ana. Nahuel frunció todavía más el ceño y Ana añadió—: Lo que quiero decir es que no tenemos que hacerlo público, sobre todo cuando todavía no tenemos claro qué clase de relación tenemos.

— ¿Quieres que nos veamos a escondidas? —Le preguntó Nahuel y le advirtió—: No tengo ninguna intención de mantener lo nuestro en secreto.

—No te pido que te escondas, tan solo que nos des tiempo para conocernos mejor antes de hacerlo público. ¿Qué pasa si mañana te das cuenta que no soy lo que buscabas?

—Eso no va a pasar, tengo muy claro lo que quiero y te quiero a ti —le aseguró Nahuel.

—De acuerdo, hagamos un trato —le propuso Ana—. Dejaremos esta conversación pendiente hasta dentro de un mes, si para entonces quieres seguir teniéndome en tu vida, le pondremos nombre a nuestra relación.

—Una semana —contra ofertó Nahuel.

—Tres semanas —negoció Ana.

—Dos semanas, ni para ti ni para mí —sentenció Nahuel.

Sellaron su acuerdo con un beso fogoso que alimentó el deseo de ambos, que volvieron a fundirse el uno con el otro, haciendo el amor apasionadamente.

A la mañana siguiente, Ana se despertó sobresaltada debido a un nuevo estruendo. No había dejado de llover en toda la noche, el viento huracanado no había dejado de soplar y los árboles caían como si fueran fichas de dominó. Nahuel, que estaba medio dormido, se dio cuenta del respingó que dio Ana y la estrechó entre sus brazos. Fue un gesto casi inconsciente, un gesto protector que a Ana le pareció muy tierno.

—Buenos días, preciosa —le susurró Nahuel besándola en el cuello—. ¿Has dormido bien?

—No podría haber dormido mejor —le confirmó Ana.

Pasaron el día encerrados en el sótano. Continuaban sin luz, pero se entretuvieron preparando la comida en una cocina de gas, escuchando la radio para estar al tanto de las últimas noticias, acariciándose, besándose y haciendo el amor.

A media tarde, Nahuel recibió la llamada de su madre.

—Hola mamá —la saludó Nahuel nada más descolgar—. ¿Estáis todos bien?

—Sí, estamos todos bien. ¿Y tú? —Le preguntó su madre preocupada—. No sé por qué te has quedado ahí solo, deberías haber venido a casa.

—No estoy solo, mamá —le confesó Nahuel mirando de reojo a Ana.

La madre de Nahuel ya sospechaba que no estaba solo, de lo contrario hubiese ido a visitarles en cuanto aterrizó en la costa, pero conocía muy bien a su hijo y sabía que era mejor no preguntar, Nahuel era muy receloso con su vida privada, sobre todo cuando se trataba de chicas.

— ¿Te ha acompañado Jason? —Preguntó Irene, la madre de Nahuel, sabiendo que Jason estaba en la ciudad.

—No, estoy con Ana —respondió Nahuel.

Ana miró a Nahuel. Estaba escuchando la conversación que él mantenía con su madre y se sorprendió al escuchar cómo la nombraba. Nahuel le dedicó una sonrisa socarrona al mismo tiempo que escuchaba lo que su madre le decía:

— ¿Ana? ¿La conozco?

—No, mamá. No la conoces todavía —le respondió Nahuel mirando a Ana.

Irene no era tonta. Durante el verano había visto a su hijo entrar y salir de casa, algunos conocidos le habían dicho que lo habían visto acompañado por una chica en la playa. Pero Irene no era una de esas madres agobiantes, ella se conformaba con saber que sus hijos estaban bien y eran felices, eso era lo único que le importaba.

—No has escogido el mejor fin de semana para pasar en la costa —comentó Irene—. Esa chica estará aterrada con la horrible tormenta, cuida de ella.

Irene era una mujer muy cariñosa y protectora. Sospechaba que aquella chica que estaba con su hijo era una chica de ciudad, pese a que se hubieran conocido en la costa, así que dio por hecho que no le gustarían las tormentas y que Nahuel, acostumbrado a ese tipo de clima, no le daría la menor importancia.

—No te preocupes, mamá. Estoy cuidando muy bien de ella —le dijo Nahuel al mismo tiempo que le dedicaba una sonrisa burlona a Ana. Se estaba divirtiendo al verla sonrojarse.

—No te vayas sin hacernos una visita —le dijo su madre con tono de advertencia.

—Iré a visitaros antes de regresar a la ciudad —le prometió Nahuel.

Tras despedirse de su madre, Nahuel colgó y le dedicó una sonrisa traviesa a Ana. Tenía pensado pedirle a Ana que la acompañara a visitar a sus padres cuando la tormenta hubiese amainado, pero prefirió comentárselo al día siguiente, no quería que pasara la noche de morros como se temía que iba a suceder.

Búscame 12.

Ana se despertó con el terrible estruendo de un trueno. Se había echado en la cama después de comer y se había quedado dormida. Se despertó asustada y confusa. Despertarse en una cama ajena a la suya la hizo sentir desorientada. Se levantó de la cama y se dirigió al baño para asearse. El ruido del viento y la lluvia atravesaba las paredes de la casa, era perturbador. Pero Ana decidió mirar a través de la ventana de todos modos. Resignada con el fin de semana que le quedaba por delante, Ana optó por llamar por teléfono a Ruth, esperaba que ella fuera capaz de subirle el ánimo.

— ¡Ana, estábamos a punto de llamarte!  —Exclamó Ruth nada más descolgar. Activó el altavoz y añadió—: Estoy con Eva viendo las noticias, ¿estás bien?

—Estoy bien, parece que aquí estamos seguros —le respondió Ana.

— ¿Estás en su casa? —Quiso saber Eva.

—Sí y parece que vamos a tener que quedarnos aquí hasta que pase la tormenta.

—Ana, ¿es que no te has asomado a la ventana? —Le espetó Eva—. No es una tormenta es una ciclogénesis explosiva, ¡están evacuando a gran parte de la región!

—Gracias por tranquilizarme —le dijo Ana con sarcasmo—. Chicas, os he llamado para hablar de otro asunto. Han cancelado la gala, voy a quedarme encerrada con Nahuel en su casa, pero en la habitación de invitados.

—Puede que al final tengas que desnudarte y meterte en su cama —se mofó Ruth.

—De eso nada, tienes que ser sutil —opinó Eva—. Utiliza tu miedo a las tormentas para que sea él quien te ofrezca dormir en su cama.

—Sedúcele cómo tú sabes, Ana —insistió Ruth—. Ya lo hiciste una vez.

Nahuel subió las escaleras en busca de Ana al ver que eran las ocho de la tarde. Golpeó suavemente la puerta de su habitación y Ana, al escucharlo, se apresuró en despedirse de sus amigas:

—Chicas, tengo que colgar. Mañana os llamo y os cuento. Deseadme suerte.

— ¡Suerte! —Gritaron Ruth y Eva al unísono antes de colgar.

Ana abrió la puerta y se topó con Nahuel, que sonreía alegremente  para decir:

—Venía a despertarte, dormilona. ¿Has podido descansar?

—He dormido un par de horas —les respondió Ana encogiéndose de hombros—. Y tú, ¿has descansado?

—He estado trabajando desde mi despacho —le respondió Nahuel encogiendo los hombros igual que Ana.

Ana supo que algo pasaba, el gesto de Nahuel lo delataba. Parecía que Nahuel quisiera decirle algo y no se atreviera. Pero finalmente, Nahuel le confesó:

—Ana, vamos a tener que instalarnos en el sótano.

— ¿En el sótano? —Preguntó Ana extrañada.

—Así es —le confirmó Nahuel—. La tormenta ha alcanzado una fuerza 5, en el sótano estaremos más seguros ya que no hay ventanas —la cara de Ana fue un poema, así que Nahuel añadió—: No pasa nada, el sótano es un búnker. Es como un loft pero sin ventanas, te gustará.

Ana hizo un puchero, no le apetecía nada encerrarse en un sótano sin ventanas. Quería disfrutar de la costa en su pleno apogeo y no de su lado oscuro. Nahuel la miró divertido, la inocencia de Ana le parecía adorable, sobre todo cuando se ponía de morros.

—No sé qué te parece tan divertido —le reprochó Ana refunfuñando al ver a Nahuel sonriendo alegremente.

—Tú me pareces divertida —le contestó burlonamente—. Anda, recoge todo lo que necesites.

Mientras Ana se dedicó a meter en la maleta lo poco que había sacado, Nahuel recogió sus cosas, pasó por la cocina para coger toda la comida que había y lo llevó todo al sótano. Ana bajó las escaleras del sótano justo cuando Nahuel terminó de guardar la comida en la pequeña cocina.

—Vaya, esto es como un apartamento —comentó Ana impresionada.

—Casi todas las casas de la costa tienen un sótano igual, con este clima es lo más práctico —le respondió Nahuel—. Deja tus cosas donde quieras, ya ves que no hay mucho espacio. Tú dormirás en la cama, yo me apañaré en el sofá.

Ana no se pronunció, pero tenía muy claro que no iba a ser así, ella se encargaría de ello. La maldita tormenta, pese a tenerlos encerrados en el sótano, había conseguido que ambos pasaran la noche en la misma estancia, lo cual ya era un gran avance para Ana.

Tras dejar su maleta junto al armario que había al lado de la cama, Ana se acercó a Nahuel y le preguntó:

— ¿Qué hacemos para cenar?

—Pues hay de todo, María es la asistenta perfecta —anunció Nahuel.

Ana se alegró de que María estuviera casada con Jack y que además les sacara veinte años de diferencia, de lo contrario no le hubiera gustado nada que Nahuel la idolatrara de esa manera. No conocía a María, pero estaba deseando conocerla.

— ¿Qué te parece si preparamos una ensalada y un par de bistecs a la plancha? —Le propuso Ana.

—Me parece bien, pero deja que yo me encargue de la cena.

Nahuel se ocupó de la cena mientras Ana se dedicó a deshacer su maleta y guardar su ropa en una mitad del armario, dejando la otra mitad para Nahuel. Apenas una hora más tarde, ambos estaban sentados en dos taburetes con los platos sobre la barra de la cocina y con dos copas de vino.

—Por nosotros y por esta noche que, aunque no sea perfecta, estoy seguro que recordaremos siempre —brindó Nahuel.

Después de cenar, Ana ayudó a Nahuel a recoger la mesa y fregar los platos. Cuando todo estuvo recogido y limpio, decidieron sentarse en el sofá para ver las noticias en la televisión. El pronóstico del temporal no era nada bueno, era mucho peor de lo que habían previsto. Ana se percató del gesto de preocupación de Nahuel y ella se preocupó aún más de lo que ya estaba.

—Voy a ponerme el pijama, no quiero saber nada de la tormenta —murmuró Ana.

Nahuel asintió, tenía que saber qué estaba pasando ahí fuera para estar preparado ante lo que sucediese. Ana sacó su pijama del armario, un short diminuto de algodón y una camiseta de tirantes, se desnudó y se puso el pijama. Ni siquiera se molestó en entrar al baño para cambiarse, quería provocar a Nahuel, pero él parecía estar concentrado en las noticias, o al menos eso fue lo que pensó Ana. Sin embargo, lo cierto era que Nahuel no le quitó el ojo de encima, aprovechando el ángulo del espejo que tenía delante, vio cómo Ana se desnudaba y tuvo que hacer un gran esfuerzo para concentrarse en lo que decía el presentador de las noticias para no lanzarse sobre Ana y devorarla como tanto deseaba.

Una vez con el pijama puesto, Ana se acomodó en el sofá junto a Nahuel. La temperatura había descendido considerablemente y Nahuel, al ver cómo Ana se acurrucaba en el sofá, le echó el brazo sobre los hombros y la atrajo hacia a él para estrecharla entre sus brazos. Estaba helada y Nahuel, demasiado tentado para centrarse en las noticias, apagó el televisor. Se puso en pie, agarró a Ana en brazos y la llevó a la cama, donde la depositó con sumo cuidado, como si fuera tan frágil que el cristal. Ana lo miró con el ceño fruncido, no estaba dispuesta a dormir sola en aquella cama.

— ¿Qué ocurre? —Le preguntó Nahuel al verla de morros. Justo en ese momento cayó un rayo que iluminó todo el sótano y acto seguido todo se quedó a oscuras—. Nos hemos quedado sin luz.

—Tendríamos que haber comprobado la previsión meteorológica antes de viajar —se lamentó Ana.

Nahuel se tumbó en la cama junto a ella, la envolvió entre sus brazos y le susurró al oído:

—No pasa nada, preciosa.

—Puede que te parezca ridícula, pero tengo miedo —le confesó Ana avergonzada.

— ¿Quieres que me quede aquí contigo? —Le preguntó Nahuel con cautela. Ana asintió y se abrazó a él con más fuerza a modo de respuesta—. Supongo que eso es un sí —bromeó Nahuel—. Buenas noches, preciosa.

—Buenas noches —murmuró Ana.

Estar entre los brazos de Nahuel la calmaba, él era todo lo que necesitaba para sentirse a salvo. Se dejó abrazar y se acomodó junto a él. Nahuel la acunó hasta que, un rato más tarde, ambos se quedaron dormidos. Había sido un día largo, ambos estaban agotados.

Búscame 11.

Nahuel condujo más despacio de lo habitual, la tormenta había traído consigo un viento exagerado y se vio obligado a extremar la precaución en la carretera. Se percató de cómo Ana se aferraba con las manos al sillón, estaba tensa, casi igual de tensa que en el momento de las turbulencias en el avión a la hora de aterrizar. Apartó la vista de la carretera un instante para mirarla, pero rápidamente ella le señaló la carretera para que no se distrajera.

— ¿Estás bien?

—Sí —mintió Ana.

—Es obvio que no —le replicó Nahuel—. Si has cambiado de opinión y…

—He dicho que estoy bien —le interrumpió Ana bastante borde. Pero se dio cuenta en el acto de lo desagradable que había sonado su respuesta y añadió—: Disculpa, estoy un poco nerviosa.

A Ana no le gustaban nada las tormentas, le daban miedo desde que tenía uso de razón, pero no estaba dispuesta a confesarlo ante Nahuel. Miró por la ventanilla del vehículo, el cielo estaba cubierto de nubes negras, se avecinaba una gran tormenta.

Ajeno al temor que las tormentas le causaban a Ana, Nahuel comentó mientras aparcaba el todoterreno en el garaje de su casa:

—No parece una tormenta cualquiera, me temo que vamos a tener un tiempo complicado este fin de semana.

—Genial —murmuró Ana con sarcasmo.

Justo en ese momento, el cielo se iluminó, se oyó un terrible estruendo y Ana dio un respingo acompañado de un pequeño grito agudo.

— ¿Te dan miedo las tormentas? —Le preguntó Nahuel sonriendo burlonamente.

—No me gustan demasiado.

—Te dan miedo las tormentas —confirmó Nahuel riendo divertido—. Pensaba que te daba miedo volar y resulta que lo que te dan miedo son las tormentas.

—No me da miedo volar, pero reconozco que no me gustan las turbulencias —confesó Ana con un hilo de voz—. Nunca me han gustado las tormentas, pero me gustan menos si estoy subida en un avión a 1000 metros sobre el suelo.

—Anda, ven conmigo que te voy a enseñar la casa —le dijo Nahuel meneando la cabeza de un lado a otro al mismo tiempo que sonría divertido.

Nahuel colocó su mano sobre la espalda de Ana y le enseñó la casa. Ana ya había visto la casa por fuera, era una casa demasiado grande para una sola persona. Dejaron las maletas en el vehículo, que estaba aparcado en el garaje. Nahuel guió a Ana por un estrecho pasillo que conectaba el garaje con la cocina y le dijo:

—En la planta baja está la cocina, el comedor, el salón y un aseo. Desde la cocina puedes acceder al garaje y a la despensa —la guió haciendo un pequeño recorrido por la planta baja y después subieron las escaleras a la planta superior—. En esta planta están las habitaciones, todas con baño; mi despacho; y un aseo —señaló una de las puertas y añadió—: Ahí está mi habitación, tú puedes instalarte en la habitación de al lado, allí estarás cómoda.

Ana echó un vistazo a la habitación que Nahuel le mostraba. Era una habitación amplia, decorada como cualquier escaparate de exposición, impersonal. Ana no pudo evitar pensar en cuántas mujeres habrían pasado por aquella casa o, peor aún, cuántas habrían dormido en la cama de Nahuel. Como si le leyese el pensamiento, Nahuel comentó con naturalidad:

—Eres la primera invitada en esta casa. Terminaron de construirla este verano, cuando nos conocimos todavía no estaba acabada. Todavía tengo que amueblar el resto de las habitaciones y parte del salón, pero tenemos lo más básico.

—Tienes una casa preciosa —le dijo Ana.

Un rayo cayó y el estruendo le hizo dar un salto hacia atrás, pero Nahuel la agarró por la cintura y la estrechó entre sus brazos, dejando sus labios a escasos centímetros de los de ella.

—Nena, aquí estamos seguros —le susurró Nahuel—. En esta zona suelen haber huracanes, tornados y tifones, todas las edificaciones están preparadas para soportar las peores condiciones climatológicas.

—No pienso salir ahí fuera si hay un tornado, un huracán o cualquier fenómeno climatológico peligroso —le advirtió Ana—. Y mucho menos me voy a subir a un avión.

—Tranquila, te prometo que estarás bien —le aseguró Nahuel.

Cogieron las maletas del coche y se instalaron en sus respectivas habitaciones. Ana decidió darse un relajante baño en la enorme bañera del baño de su habitación. Necesitaba calmarse para controlar su pánico a las tormentas y su frustración al tener que dormir en otra cama que no fuera la de Nahuel. Cuando Ana salió de su habitación y entró en la cocina, se encontró a Nahuel con un delantal puesto, concentrado mirando por la ventana.

— ¿No amaina la tormenta? —Le preguntó Ana.

Nahuel se dio media vuelta para mirarla, le dedicó una sonrisa forzada y respondió señalando la televisión de la cocina:

—Me temo que no es una simple tormenta.

Ana prestó atención a lo que decía el presentador del informativo. Como bien había dicho Nahuel, no se trataba de una simple tormenta. Tres frentes iban a chocar sobre la región de la costa: un frente cálido procedente del sur, un frente frío procedente de las montañas y un frente aún más frío procedente del norte.

—”Dicho fenómeno climatológico se denomina ciclogénesis explosiva y traerá consigo lluvias, fuertes rachas de vientos huracanados, tornados y tormentas eléctricas. Las autoridades recomiendan no salir de casa durante las próximas horas y están evacuando zonas con riesgo de inundaciones. El ayuntamiento ha ofrecido los dos polideportivos para que familias que no se encuentren seguras en sus casas puedan instalarse allí, desde donde nos solicitan que hagamos un llamamiento a voluntarios que quieran colaborar aportando mantas, ropa y demás enseres que sean útiles para los refugiados.”

El presentador del informativo continuaba hablando, pero Ana decidió no seguir escuchando. Maldijo para sus adentros por encontrarse allí, en plena ciclogénesis explosiva o cómo narices se llamara la dichosa tormenta complicada. Ana se marchó de la costa un mes y medio atrás, le parecía impensable que no quedara rastro del sol ardiente ni de los turistas sonrientes. En su lugar, las nubes, la lluvia y la tormenta se habían apoderado del lugar idílico donde había veraneado pocas semanas antes.

—Ana, no te preocupes —le dijo Nahuel tratando de calmarla—. Te prometo que no voy a dejar que te ocurra nada, preciosa.

—No quiero ir a esa gala, no quiero ir a ninguna parte con esa tormenta ahí fuera —le dijo Ana aterrada.

—No vamos a ir a ninguna parte, la gala benéfica ha sido cancelada —la tranquilizó Nahuel sonriendo con ternura al mismo tiempo que la agarraba de la cintura para acercarla a su cuerpo y estrecharla entre sus brazos—. Pero me temo que no podremos regresar a la ciudad hasta que pase la dichosa tormenta.

—Supongo que la buena noticia es que mi jefe no me reñirá si el lunes no aparezco por la oficina —bromeó Ana. Echó un vistazo a la olla que había sobre los fogones de la cocina y le preguntó divertida—: ¿Estás cocinando?

—No, tan solo estoy calentando la comida —le confesó Nahuel—. ¿Recuerdas a Jack? —Ana negó con la cabeza y Nahuel le recordó—: Jack es el hombre que nos preparó el yate el día que fuimos a navegar. María es su esposa, ambos se encargan de mantener limpio y en orden el yate y ahora también la casa. Le pedí a María que nos preparara algo de comer, ya que supuse que llegaríamos sobre esta hora. También se ha encargado de llenarnos la nevera, así que esta noche podré demostrarte mis dotes culinarias.

Nahuel sirvió la comida que María había preparado y ambos comieron mientras charlaban y bromeaban. El viento soplaba cada vez más fuerte, la lluvia era más intensa y el estruendo de los truenos más fuertes, pero Ana se sintió segura con Nahuel.

Después de comer, Nahuel insistió en que se fuera a descansar un rato y Ana acabó obedeciéndole, pues realmente estaba agotada. Nahuel se encerró en su despacho, encendió el ordenador portátil que siempre le acompañaba y aprovechó para poner al día su correo electrónico.

Búscame 10.

Con la excusa de preparar la maleta para ese repentino fin de semana, Ana se marchó de la Agencia después de almorzar, por supuesto Nahuel la acompañó a casa. Se despidieron frente al portal del edificio con un beso en los labios que, como ya era costumbre, Nahuel se vio obligado a frenar antes de que fuera a más.

Ana entró en el apartamento refunfuñando y Ruth, que estaba en la cocina, la escuchó.

— ¿Se puede saber qué te pasa? —Preguntó Ruth al escucharla.

— ¿Se puede saber qué haces tú aquí a estas horas?

—Me han dado la tarde libre, mañana tenemos un evento importante y mi jefe quiere que esté descansada. ¿Y tú?

—Nahuel me ha pedido que le acompañe a la costa este fin de semana para asistir a una gala benéfica —le respondió Ana molesta.

—Por tu humor cualquiera diría que te ha pedido que mates a alguien —se mofó Ruth—. ¿Qué tienes en contra de pasar un fin de semana con él en la costa?

—Cuando me lo ha propuesto me ha dejado claro que se trataba de una proposición profesional, sigue pensando en ir despacio —protestó Ana—. Pasar el fin de semana con él en su casa de la costa se va a convertir en una tortura a un mayor que trabajar con él.

—Cielo, Nahuel es un hombre —le recordó Ruth—. Tan solo tienes que utilizar tus armas de mujer y se olvidará hasta de su nombre.

— ¿Y qué quieres que haga? ¿Me desnudo y me meto en su cama? —Le replicó Ana.

—Chica, ¿es que no has oído hablar de la sutilidad?

—Tiene gracia que tú me hables de ser sutil —murmuró Ana.

—Te he oído —la acusó Ruth—. Pero soy buena amiga y te voy a dar unos consejos que te van a servir de ayuda.

—Ilumíname con tu sabiduría —dijo burlonamente Ana.

—Para empezar, muéstrate entusiasta, finge que te interesa asistir a la gala benéfica, que te mueres de ganas por conocer a más clientes y todo ese royo profesional —comenzó a decir Ruth ignorando el comentario de Ana—. Nahuel ha de pensar que ese viaje solo te interesa a nivel profesional, pero a la vez te tienes que mostrar divertida, amable y coqueta. Tienes que seducirle de una manera inocente, de manera que él ni siquiera sospeche de tus verdaderas intenciones.

—Ruth, yo no sirvo para esas cosas —protestó Ana—. Soy torpe por naturaleza.

—Bueno pues, si no se te da bien, siempre puedes contar con el plan B: te desnudas y te metes en su cama —bromeó Ruth entre risas.

Ana pasó la tarde haciendo la maleta y preparando su ropa para el día siguiente. Nahuel estaba a punto de enviarle un mensaje de buenas noches a Ana como hacía todos los días, pero finalmente decidió llamarla. No sabía el qué, pero estaba seguro de que algo no iba bien con ella. Al pedirle que la acompañara le había dejado claro que sus intenciones eran totalmente profesionales, sobre todo cuando le propuso alojarse en su casa, pero aquella aclaración parecía haberla molestado. Nahuel ya no sabía qué hacer, pensaba que ir despacio sería difícil pero satisfactorio, sin embargo le estaba resultando una verdadera tortura y sentía a Ana más alejada de él que nunca. Llamarla era lo más acertado, o al menos eso pensaba Nahuel.

—Hola preciosa —la saludó en cuanto Ana descolgó—. ¿Ya lo tienes todo preparado?

—Sí, estaba a punto de meterme en la cama —le respondió Ana con tono sugerente pero inocente, como le había aconsejado Ruth.

—Mañana pasaré a buscarte a las siete de la mañana, nuestro vuelo sale a las ocho —le anunció Nahuel.

—No hacía falta que me lo recordaras —le dijo Ana un poco molesta, decepcionada de que la llamara solo para eso.

—En realidad solo era una excusa para hablar contigo —le confesó Nahuel—. Tenía otros planes para nosotros este fin de semana, pero la gala lo ha cambiado todo —se sinceró Nahuel—. Ana, si no te apetece acompañarme lo comprenderé, no pasa nada. Prefiero que no vengas a que me acompañes y me odies por arrastrarte hasta allí.

Ana se sintió fatal, Nahuel hacía todo aquello solo para que ella se sintiera cómoda en la Agencia y también porque quería que su relación funcionase. Aun así, Ana decidió seguir con el consejo de Ruth y le respondió:

—La verdad es que me apetece mucho acompañarte, así tendré la oportunidad de conocer a otros clientes de la Agencia y ver en primera persona el trabajo que desarrollan los agentes durante la gala benéfica —comentó Ana, pues la Agencia Smith se encargaba de la seguridad del evento.

—Puede que no sea lo que hemos planeado, pero me gustaría invitarte a cenar el sábado —le propuso Nahuel—. Una tercera cita en la costa, ¿qué me dices?

—Suena muy tentador, supongo que no puedo negarme.

—Genial, nos vemos mañana entonces —se despidió Nahuel—. Buenas noches, preciosa.

—Buenas noches —se despidió Ana antes de colgar.

Tras esa conversación, Ana fue en busca de Ruth a su habitación y le pidió ayuda, necesitaba acabar con aquella tortura perpetua y un fin de semana en la costa sería el escenario perfecto.

Al día siguiente a las siete de la mañana, Nahuel esperaba a Ana frente al portal del edificio. Le acompañaba Jason, quien les llevaría al aeropuerto privado donde despegaría el jet de la Agencia para llevarles a la costa. Nahuel la ayudó con las maletas en cuanto la vio traspasar el umbral del portal y la saludó con un beso en la mejilla:

—Buenos días, preciosa —le susurró al oído.

—Buenos días, señor Smith —le saludó Ana un tanto decepcionada por ese beso en la mejilla.

Nahuel sonrió al percatarse, pero no dijo nada. Jason les llevó hasta el aeropuerto privado y allí se subieron al jet de la Agencia. Ana se quedó fascinada, ella no estaba acostumbrada a tanto lujo y aquello la impresionaba.

—Ven aquí, estamos a punto de despegar —le anunció Nahuel agarrándola de la cintura para sentarla y abrocharle el cinturón de seguridad. La miró a los ojos, le dio un leve beso en los labios y le susurró al oído—: Estás preciosa.

Ana agradeció el cumplido con una sonrisa coqueta, dispuesta a llevar a cabo el plan de Ruth hasta el final.

Las dos primeras horas de vuelo fueron tranquilas, Nahuel se dedicó a trabajar desde su ordenador portátil y Ana aprovechó para seguir durmiendo, apenas había pegado ojo la noche anterior escuchando los consejos de Ruth. Media hora antes de aterrizar el avión atravesó una tormenta y las turbulencias despertaron a Ana, que preguntó asustada:

— ¿Qué ocurre?

—Turbulencias a causa de una tormenta —le informó Nahuel pero, al ver la expresión de pánico en el rostro de Ana, añadió—: No te preocupes, estamos a punto de aterrizar y no hay ninguna complicación.

El avión aterrizó sin demasiadas complicaciones, pero las turbulencias por suerte no desviaron al jet de su trayectoria. Justo antes de que el avión tocara tierra, Ana se aferró a la mano de Nahuel con fuerza.

—Tranquila, ya hemos aterrizado —la tranquilizó Nahuel para que abriera los ojos al mismo tiempo que le desabrochaba el cinturón de seguridad—. Hemos tenido suerte, se acerca una gran tormenta.

—No pienso volver a subirme a un avión antes de comprobar el parte climatológico —anunció Ana aterrada.

Salieron del jet y un tipo les esperaba frente a un todoterreno negro igual al de Nahuel. Nahuel saludó al tipo con un estrechón de manos, se hicieron algunas preguntas cordiales y el tipo le entregó las llaves del vehículo. Mientras Nahuel ayudaba a Ana a sentarse en el asiento de copiloto, el tipo cargó el equipaje en el maletero. Nahuel se despidió de él  con otro estrechón de manos y se subió al todoterreno junto con Ana.

—Ya estamos en la costa, ahora vamos a casa a instalarnos —anunció Nahuel.

Ana sonrió a pesar de que no se le había pasado el susto con las turbulencias durante el vuelo, seguía estando nerviosa y Nahuel le acarició la rodilla para tranquilizarla.

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