Siempre cuidaré de ti

A la mañana siguiente me despierto en la cama de mi habitación en casa de mi padre. No recuerdo cómo llegué hasta aquí, pero estoy completamente segura de que no lo hice por mi propio pie. Lo último que recuerdo es estar hablando/discutiendo con Axel en el jardín y aún llevo puesta la ropa de ayer. Me levanto y me doy una ducha antes de bajar a la cocina a desayunar.

Cuando entro en la cocina me encuentro a Manuel, Axel y mi padre desayunando juntos y charlando animadamente. Con mi mal humor de primera hora de la mañana, cruzo la estancia sin decir nada y abro la nevera para servirme un vaso de zumo antes de sentarme junto a mi padre.

–  Buenos días a ti también, princesita. – Me dice Axel sonriendo burlonamente.

–  Vete a la mierda. – Le contesto sin molestarme en mirarle.

Axel y Manuel me miran con la boca abierta, esperaban cualquier cosa menos esa contestación. Mi padre, lejos de sorprenderse por mi carácter y entendiendo que me acabo de levantar y no estoy de humor, les dice a Axel y Manuel:

–  Es mejor no dirigirle la palabra hasta después de un par de horas que se haya levantado, tiene muy mal humor por las mañanas.

–  ¿Solo por las mañanas? – Se mofa Axel.

Alargo el brazo para coger el servilletero y arrojárselo a la cabeza, pero mi padre es más rápido que yo, o simplemente ya sabía cuál iba a ser mi reacción, y me detiene a tiempo mientras me dice:

–  Ariadna, por favor.

–  Esto va a ser una tortura. – Se lamenta Manuel.

–  No te quejes, tú te vas a deshacer de tu hijo, pero yo lo voy a seguir aguantando. – Le respondo a Manuel.

–  ¿Recuerdas qué hacíais Pablo y tú cuando os enfadabais? – Me pregunta mi padre sin ningún atisbo de estar bromeando.

Claro que lo recuerdo, Pablo y yo lo solucionábamos todo luchando en un tatami. Daba igual quién tuviera razón, el ganador del combate gozaba de ser la voz de ordeno y mano. No sé a dónde quiere llegar mi padre con todo esto, pero decido seguirle la corriente:

–  Claro que lo recuerdo, seguimos haciendo lo mismo.

–  Pues quizás deberías hacer lo mismo con Axel. – Me sugiere. – Creo que a ambos os vendría bien para aliviar tensiones.

–  No es una buena idea, papá. – Le aseguro. – Con Pablo es distinto, nos conocemos bien y nos compenetramos aún mejor.

–  Lo siento, pero antes de montarme mi propia película me gustaría aclarar de lo que estáis hablando exactamente. – Nos dice Manuel preocupado.

–  ¿Qué clase de padre te crees que soy, viejo verde? – Le contesta mi padre que sabe muy bien en lo que Manuel estaba pensando.

–  Lo siento, pero tienes que reconocer que ha sonado así. – Se disculpa Manuel.

–  Por favor, ¿podemos volver al tema en cuestión? – Les inquiere Axel, tan harto cómo yo de oír las ocurrencias de nuestros padres. Se vuelve hacia a mí y me pregunta: – ¿Qué hacías con Pablo?

–  Luchábamos. – Le contesto encogiéndome de hombros.

–  ¿Qué? – Me pregunta confuso. Se gira hacia mi padre y le dice: – No pienso luchar contra ella y menos aun estando lesionada.

–  ¿Tienes miedo, sapo? – Le pregunto burlonamente.

–  Princesita, podrías darme cualquier cosa menos miedo. – Me responde divertido.

–  He cambiado de opinión, creo que será una buena idea. – Le digo a mi padre. – Axel necesita que alguien le dé una paliza y yo estaré encantada de hacerlo.

–  Ya ha dejado de parecerme buena idea. – Murmura mi padre. – Sois dos personas adultas y quiero que os comportéis como tal, ¿de acuerdo?

Axel y yo asentimos con la cabeza, pero ambos somos conscientes de que ninguno de los dos se comportará como un adulto, cuando estamos juntos somos como dos críos enrabietados.

–  La forma más fácil de infiltraros es haceros pasar por una pareja de vacaciones, pero si no sois capaces de llevaros bien, no es una opción. – Nos dice Manuel.

–  No es una opción. – Decimos Axel y yo al unísono.

–  Para una vez que se ponen de acuerdo y es para ponerse en mi contra. – Se lamenta Manuel.

–  Quiero que lo penséis bien, quiero que lo penséis como agentes. – Nos dice mi padre. – ¿Qué pensáis decir sino? ¿Que sois hermanos? ¿Amigos?

–  Podemos decir que somos amigos, Axel podría pasar por un amigo gay y no llamaríamos en absoluto la atención de nadie. – Me mofo.

–  Ari, colabora un poco. – Me reprende mi padre.

–  Puede que a ninguno de los dos nos guste la idea, pero es la más sensata. – Dice Axel con gesto serio, pensando como el agente que es. – La gente no suele sospechar cuando hay una mujer de por medio, mucho menos una como Ari. – ¿Eso ha sido un cumplido o una insinuación de insulto? De momento, decido seguir escuchando antes de abrir la boca. – Es obvio que llamaremos la atención, pero no de una forma sospechosa, sino todo lo contrario. – Se vuelve hacia a mí y añade: – Necesito saber hasta dónde estás dispuesta a llegar con la misión, una vez que nos infiltremos seremos dos personas distintas, lo entiendes, ¿verdad?

–  Ari ya ha estado infiltrada antes, sabe cómo funciona. – Le contesta mi padre dando el tema por zanjado y yo se lo agradezco.

Hace poco más de un año, mi padre insistió en que me infiltrara con tres de sus agentes en una misión confidencial. Lo hice porque sabía que si mi padre me lo pedía era porque no había nadie más que pudiera hacerlo, necesitaban una chica joven y en el Servicio Secreto escasean las mujeres y las pocas que hay se dedican al trabajo de oficina, que es menos arriesgado si planeas tener familia. Era una misión peligrosa y mi padre no estaba del todo seguro de enviarme allí, pero finalmente lo hizo convencido por mí. Había intervenido en varias misiones con anterioridad, pero nunca me había infiltrado. Durante dos meses, viví bajo otra identidad. Al principio, todo fue bien. Los dos primeros meses nadie sospechó de nosotros hasta que pasado ese tiempo lo hicieron y nos descubrieron por un error de uno de los agentes con los que estaba. Dos de los agentes con los que me infiltré murieron y el otro  pasó dos semanas en coma y despertó, pero se quedó tetrapléjico. Yo fui la que más suerte tuvo, por llamarlo de alguna manera, me dispararon en el hombro y me rompí una costilla, perdí mucha sangre y estuve tres días inconscientes y dos semanas ingresada en una planta de la clínica  privada donde mi padre es el accionista mayoritario. Mi padre no se perdonó haberme enviado allí, pese a que nunca le he reprochado nada, al fin y al cabo yo quería ir. Supongo que por eso se ha vuelto todavía más sobreprotector. Una vez me recuperé de mis lesiones, nunca más lo ha vuelto a mencionar y yo se lo agradezco, no me gusta hablar del tema.

–  En ese caso, ¿qué dices, Ari? – Me pregunta Axel.

–  No somos capaces de hablar más de cinco minutos como personas civilizadas, mucho menos aparentar que somos una pareja. – Opino masajeándome la sien para calmar la tensión acumulada. – Lo siento, pero estoy segura de que va a salir mal y no puedo prestarme a algo así.

–  No volverá a repetirse, Ari. – Me dice mi padre y yo empalidezco. No puedo hablar de esto precisamente ahora. – Axel es el mejor de mis agentes y confío en él plenamente.

–  Puede que tú lo hagas, pero yo no. – Le espeto furiosa. – No puedes pedirme esto, papá.

–  Entiendo que no confíes en mí, yo tampoco confiaría en ti si no te hubiera visto en el video y si no hubiera escuchado las palabras que he escuchado sobre ti de boca de mi padre. – Me dice Axel. – No  vamos a infiltrarnos de un día para otro, vamos a elaborar una estrategia, no dejaremos ni un cabo suelto y, durante ese tiempo, te demostraré que puedes confiar en mí.

Le sostengo la mirada sin decir nada porque no sé qué decir. Por suerte, mi móvil empieza a sonar y decido contestar al ver que es Gabriel, evitando dar una respuesta a Axel.

–  Hola Gabriel. – Respondo al descolgar bajo la atenta mirada de mi padre, Axel y Manuel.

–  ¿Qué te pasa? Pareces triste. – Me pregunta Gabriel en su tono paternal de siempre.

–  No quieras saber. – Le respondo. – ¿Qué ocurre? ¿Es que ya me echas de menos?

–  Sí, te necesito en el pub esta noche. – Me suelta de pronto. – Mi hermano acaba de decirme que va a celebrar su cumpleaños esta noche en mi pub, tiene una lista de invitados de más de cien personas y la camarera nueva que había contratado rompía más copas de las que servía y la despedí precisamente ayer, ¿te lo puedes creer?

–  Me debes una y de las grandes. – Le digo sin poder negarme. – Llegaré sobre las diez.

–  Acabas de salvarme el culo, a partir de ahora soy tu genio de los deseos, muñeca. – Me dice riendo.

–  Nos vemos luego, genio de los deseos. – Me despido bromeando antes de colgar.

Guardo el teléfono móvil en el bolsillo trasero de mi pantalón tejano y mi padre, con cara de pocos amigos, me dice:

–  Espero que no estés pensando en ir al pub esta noche, es demasiado peligroso.

–  No voy a dejar de hacer mi vida, papá. – Le digo sin opción a réplica. – Además, Gabriel me ha pedido el favor y no lo voy a dejar en la estacada.

–  ¡No vas a ir a ninguna parte! – Me espeta mi padre furioso. – ¿Es que quieres que te maten?

–  Puede salir acompañada de un par de agentes, Axel y Pablo podrían acompañarla. – Interviene Manuel tratando de mediar entre nosotros.

–  No pienso poner en riesgo a más agentes, mira lo que pasó ayer. – Le responde mi padre.

–  Confías en mí para mandarme con Axel al norte del país con las guerrillas pero no confías en mí para dejar que vaya al pub del campus. – Le digo a mi padre con sarcasmo. – ¿Por qué temes tanto a Wolf, papá? ¿Qué me ocultas sobre él?

–  No te oculto nada y Wolf no es como los demás enemigos, es el peor de todos ellos. – Me responde mi padre furioso. – Es despiadado y no tiene escrúpulos.

–  Es el padre de esa niña, ¿verdad? – Le pregunto. – Me busca para matarme y poder vengarse de ti por no salvar a su hija y no me has dicho nada, me lo has ocultado.

–  No puede ser, ¿cómo lo has averiguado? – Me pregunta Manuel.

–  Tú me lo acabas de confirmar. – Le contesto furiosa.

–  No puede ser verdad. – Les espeta Axel. – Llevo semanas creyendo que estoy haciendo de niñera cuando Wolf la está buscando para matarla, vosotros lo sabéis y no me decís nada. Si queréis, os doy una pistola y nos matáis directamente, seguro que será más rápido y menos doloroso que si lo hace Wolf.

–  No queríamos alertaros, no creíamos que la amenaza fuera tan grande hasta que ayer por la tarde…

–  Casi nos matan. – Termino la frase de Manuel.

–  Desde niño me habéis educado para que confíe en la familia carnal y la gran familia que forman los agentes del Servicio Secreto y hoy no confío en ninguna de las dos familias. – Les dice Axel visiblemente furioso pero sin perder el control. – Me largo, no quiero saber nada de todo esto si solo se me va a contar la verdad a medias.

–  Axel espera, me voy contigo. – Me oigo decir.

Por un momento, pienso que Axel me va a mandar a paseo, pero en lugar de eso, me hace un gesto con la mano para que pase delante de él. Cuando llegamos al hall, me dice:

–  Coge tus cosas, te espero fuera.

–  No tengo mi coche, siempre que vengo Pablo se lo lleva para hacerle una revisión y cambiarle el aceite, las ruedas y esas cosas. – Le explico. – Sé que no te va a hacer mucha gracia lo que te voy a pedir, pero necesito que me saques de aquí y me lleves a casa. Te prometo que estaré callada todo el camino, ni te enterarás de que voy contigo, de verdad.

–  Ve a por tus cosas y no tardes, no vaya a ser que me arrepienta. – Me contesta con un intento de sonrisa y que termina siendo una mueca.

Sin tiempo que perder, subo a mi habitación y recojo mis cosas. Cuando salgo al porche cargada con mi maleta, me encuentro a mi padre y Manuel tratando de razonar con Axel, pero él los ignora y viene hacia a mí para coger mi maleta y guardarla en el maletero de su coche. Me despido de mi padre simplemente con una mirada de decepción y subo al coche de Axel. Dos segundos más tarde, Axel se sienta en el asiento del conductor y pone en marcha el coche para dirigirnos de vuelta a casa.