Siempre cuidaré de ti

Vemos el vídeo los cuatro sentados en los sofás del salón. Puedo ver cómo mi padre y Axel sonríen cuando me escuchan hablar del pene de uno de los hombres de Wolf, ambos entienden alemán. Manuel me coge de la mano cuando vemos las imágenes donde le tiro al suelo para evitar que le disparen y observo cómo Axel aprieta sus puños y tensa su cuerpo. Cuando por fin mi padre para el vídeo, me dice:

–  Las imágenes hablan por sí solas. Dominaste la situación llevándotela a tu terreno, mataste a cuatro de los hombres de Wolf, otros dos los mataron los escoltas de Manuel y Wolf y otro de sus hombres escaparon, pero salvaste tu vida y la de todos los que iban contigo. Actuaste con la mente fría aun estando bajo presión, no todo el mundo posee esa virtud.

–  Puede que sea una buena agente, pero aun así sigo pensando que no es una buena que trabajemos juntos, apenas nos soportamos. – Opina Axel.

–  Apenas os conocéis. – Le replica Manuel a su hijo. – Es cierto que os hemos puesto en una posición un tanto incómoda, pero ni tú querías hacer de niñera ni ella quería tener un vecino psicópata que la sigue a todas partes. ¿Podéis olvidar lo ocurrido y empezar desde cero o pensáis continuar comportándoos como dos niños malcriados?

–  Creo que antes de aceptar, tendremos que saber de qué se trata. – Le digo a Manuel. – ¿En qué estáis pensando exactamente? Wolf me ha visto de cerca, no puedo pasar desapercibida delante de él, me reconocerá.

–  Dudo que puedas pasar desapercibida donde quiera que vayas. – Murmura entre dientes Axel.

–  ¿Qué insinúas? – Le pregunto molesta.

–  Ya empezamos otra vez. – Se lamenta Manuel.

–  Lo que queremos es que investiguéis juntos un caso que nada tiene que ver con Wolf pero que no es menos importante. – Interviene mi padre.

–  A ver si lo he entendido, quieres quitarnos del medio para ocuparte de Wolf. – Le digo molesta y ofendida. – Dame una buena razón y lo haré.

–  Sí, quiero quitarte de en medio para mantener a Wolf alejado de ti. – Me confirma mi padre. – Pero al ver tus tremendas cualidades he pensado que tú y Axel formaríais un buen equipo juntos. Manuel, Arturo y yo teníamos planeado un viaje al norte del país, dónde se rumorea que varios agentes del Servicio de Operaciones Especiales se están volviendo corruptos y están intercambiando información con las guerrillas locales a cambio de dinero y droga.

–  ¿Qué jurisdicción tendríamos? – Pregunto.

–  Tienes inmunidad diplomática, Ari. – Me dice mi padre sonriendo. – ¿Para qué quieres tener jurisdicción?

–  La inmunidad diplomática solo sirve para meterte en líos y que no te pase nada. – Le respondo poniendo los ojos en blanco. – Si quieres que investigue y me cortan en el paso, solo hay dos maneras de seguir: por las buenas o por las malas. Si tenemos jurisdicción lo haremos por las buenas, si no la tenemos no nos quedará más remedio que hacerlo por las malas y eso llamaría mucho la atención, ya que solo quieres que vayamos a investigar.

–  Axel, te voy a dar un consejo vital de supervivencia. – Le dice mi padre a Axel con gesto divertido y sonriendo burlonamente. – Si mi hija tiene una pistola en las manos, será mejor que no la cabrees.

–  Doy fe, hijo. – Lo secunda Manuel riendo. – Cuando tenía siete años, Ari se enfadó con la niñera y ésta la amenazó con tirarle una muñeca a la basura si no se portaba bien, así que Ari sacó una pistola del despacho de su padre mientras él y yo charlábamos en el salón y salió en busca de su niñera. Le dijo que le devolviera su muñeca y cuando la niñera le dijo que no se la iba a devolver, Ari disparó. Por suerte, solo le dio en el brazo y todo quedó en un susto.

–  ¡Oh, vamos! – Protesto. – En mi defensa diré que yo era una niña, ella me había quitado mi muñeca y yo le había dado la oportunidad de que me la diera por las buenas. – Todos nos echamos a reír, incluido Axel y añado burlonamente: – Vaya, Don Amargado sabe sonreír.

–  No lo estropees, princesita. – Me contesta sonriendo. Se vuelve hacia a mi padre y le pregunta: – ¿En quiénes nos tenemos que convertir para estar allí? Porque dudo que queráis que vayamos pregonando que somos agentes del Servicio Secreto.

–  Bueno, eso os lo dejamos discutir a vosotros. – Le responde mi padre divertido. – Podéis infiltraros como amigos, hermanos o novios. Personalmente, os recomiendo que lo hagáis como matrimonio, se os da muy bien ese papel.

–  Muy gracioso, papá. – Le replico. – Ahora en serio, no es buena idea. Estamos hablando de convivir juntos, probablemente acabaremos matándonos entre nosotros.

–  ¿Tienes miedo, princesita? – Me pregunta burlonamente Axel.

–  Tengo miedo de respirar el mismo aire que tú por si me vuelvo igual de imbécil. – Le espeto furiosa.

–  Tranquila, fiera. – Dice mi padre poniéndose en pie para interponerse entre nosotros. – Creo que antes de seguir hablando, deberíamos instaurar unas normas básicas de educación y respeto.

–  Deja que los chicos se desahoguen, en el fondo se lo pasan en grande. – Le dice Manuel a mi padre.

La puerta del salón se abre y aparecen Arturo y Pablo, que se han enterado de lo ocurrido y han venido a ver cómo estábamos. Pablo y Axel se saludan y, según he entendido, se han conocido esta misma mañana.

Probablemente Pablo sabe desde esta mañana que Axel es mi niñera y el muy cabrón no me ha dicho nada. Pablo se acerca sonriendo y, tras echarme un rápido vistazo para evaluar mis heridas de guerra, me dice:

–  ¿Cómo estás, Nikita?

–  Dímelo tú, traidor.

–  Te juro que no sabía nada hasta que mi padre me ha llamado por teléfono para contarme lo que había ocurrido. – Se excusa Pablo. – A tu adorable vecino lo he conocido esta mañana y solo sabía que era el hijo de Manuel.

–  Tiene razón, Ari. – Me confirma mi padre. – Si le hubiéramos dicho algo, hubiera salido corriendo a contártelo. No sé por qué no estáis juntos, hacéis una buena pareja.

–  Puaj. – Decimos Pablo y yo a la vez y todos nos echamos a reír, todos excepto Axel, que nos mira como si tuviéramos tres ojos y le pregunto en un susurro: – ¿Me ha salido otro ojo en la cara o pones esa cara de susto por hobby?

Contra todo pronóstico, Axel me sonríe y me susurra al oído:

–  Me ha sorprendido vuestra reacción, cualquiera que os vea pensaría que sois pareja.

–  Pablo y yo nos conocemos desde que tenemos uso de razón, nos hemos criado juntos en el internado, somos como hermanos. – Le explico. – Pensar en ser la novia de Pablo es como pensar en ser la novia de mi padre, algo absurdo. Pero mi padre no pierde la esperanza en que algún día cambiemos de opinión, por eso siempre hacemos la misma broma. – Axel me mira sin dejar de sonreír y por una vez me siento cómoda con él, hablando como dos personas normales, o casi normales. – Pablo es el hermano que nunca tuve.

–  Oye, te debo una disculpa. – Me dice sorprendiéndome. Me sonríe y añade: – He sido injusto contigo, puede que seas algo más que una princesita.

–  Y yo supongo que eres algo más que un vecino imbécil. – Le respondo bromeando.

–  Te he traído un regalo. – Me dice Pablo apareciendo entre nosotros y entregándome una bolsa de marihuana. – Pensé que te vendría bien después de toda esta movida.

–  Pensaste bien, como siempre. – Le digo dándole un abrazo. – ¿Salimos al jardín? – Les propongo a Pablo y Axel.

Ambos asienten y los tres salimos al jardín, dejando a nuestros padres hablando en el salón, probablemente de nosotros. Nos sentamos sobre el césped en el mismo sitio donde Pablo y yo nos sentamos la noche anterior y nos liamos un cigarrillo cada uno, está claro que después de todo lo que ha pasado los tres lo necesitamos.

Ahora que Axel está más relajado y no se muestra a la defensiva conmigo, puedo observarle y me gusta lo que veo. Es guapo, fuerte y hay algo en él que me atrae desde la primera vez que le vi en el pub.

–  Princesita, tengo que reconocer que me estás sorprendiendo. – Me dice Axel sonriendo.

–  Terminarás reconociendo que soy adorable, vecinito. – Le respondo riendo.

–  No vais a dejar de provocaros nunca, ¿verdad? – Nos dice Pablo divertido. – Yo os recomiendo que echéis un polvo, creo que ambos lo necesitáis. – Añade antes de levantarse y decir: – Buenas noches, pareja.

–  Puaj. – Le respondo a la espalda de Pablo que se marcha sonriendo.

–  ¿Puaj? – Me pregunta Axel. – ¿Qué tengo yo de puaj?

–  ¿De verdad quieres discutir? – Le pregunto rodando los ojos.

–  ¿Prefieres que echemos un polvo? – Me pregunta burlonamente.

–  Ni aunque fueras el último hombre en la faz de la Tierra. – Le respondo riendo. – Por cierto, siento lo de tu amiga la morena, estaba un poco furiosa y no jugué limpio. Aunque la próxima vez que quieras impedir que vaya a alguna parte prefiero que te saltes la parte de dejarme encerrada en el ascensor.

–  No te quejes, me encerré contigo. – Me contesta divertido. – Y no fue tan mal, ambos salimos vivos y sin ningún rasguño, a pesar de que pretendías salir por el techo del ascensor.

–  Normalmente no suelo coger el ascensor, voy por las escaleras.

–  Te pusiste histérica, princesita. – Me responde burlonamente al mismo tiempo que se tumba sobre el césped. – Lo que no entiendo es cómo puedes ponerte así por quedarte encerrada en un ascensor y no te inmutas a la hora de enfrentarte a ocho tipos armados.

–  Deja de llamarme princesita y, para que lo sepas, yo nunca me pongo histérica. – Le advierto molesta de que me llame así constantemente.

–  ¿Por qué no, princesita? A mí me gusta. – Me contesta con sorna.

Me dejo caer hacia atrás para quedarme completamente tumbada a su lado, pero con una distancia prudencial de seguridad. Le doy el último par de caladas a mi cigarrillo de la risa y cierro los ojos tratando de relajarme y asimilar todo lo que ha pasado y lo que he descubierto en las últimas horas.

No sé muy bien cómo ni cuándo, pero me quedo dormida sin darme cuenta.