Siempre cuidaré de ti 7.

Siempre cuidaré de ti

Sentada en el suelo junto a Manuel, observo como el coche de mi padre se acerca a toda velocidad y frena derrapando junto a nosotros. Si fuera un camino sin asfaltar, estaríamos llenos de tierra. Mi padre sale del asiento del copiloto seguido de Ben, el escolta personal de mi padre que también conduce el coche.

–  ¿Qué cojones ha pasado? ¿No se suponía que era seguro? – Le espeta mi padre a Manuel. Pero repara en mi labio hinchado y sangriento y en mi brazo vendado y todavía más sangriento y, furioso como nunca lo había visto, empieza a maldecir: – ¡Malditos bastardos alemanes! ¿Cómo se atreven? – Inspira profundamente para calmarse y se agacha a mi lado para revisarme el labio y el brazo y me dice: – ¿Estás bien? Vamos a llevarte a casa ahora mismo, el doctor ya está de camino.

Por primera vez en la vida, veo a mi padre como el ser vulnerable que es y no como el gran director todopoderoso al que todos temen.

–  Estoy bien, papá. – Le respondo tratando de quitarle importancia a mis heridas. – Aunque vas a tener que explicarme por qué intentan secuestrarme esos tipos. Wolf y uno de sus hombres se han escapado, el resto están ahí. – Le respondo señalando los cinco cadáveres que hay en el suelo a escasos metros de nosotros.

–  Lo siento, Adolfo. – Se disculpa Manuel. – No entiendo cómo ha podido ocurrir y, si no llega a ser por Ari ahora estaríamos todos muertos. – Me mira con dulzura y añade señalando mi brazo herido: – De hecho, esa bala iba dirigida a mí y si ella no se llega a interponer…

–  Manuel, si vosotros no hubieseis estado conmigo yo tampoco hubiera podido hacer nada, hemos  trabajado en equipo y nos ha salido bien. – Le interrumpo.

–  Tu hijo también se ha enterado del altercado que habéis tenido y está de camino a mi casa. – Le dice mi padre a Manuel. – Voy a tener que dar muchas explicaciones y me gustaría que estuvieses presente.

–  Cuenta con ello, Adolfo. – Le responde Manuel a mi padre.

Mi padre les da el día libre a los dos escoltas de Manuel y les pide que mañana a primera hora presenten un informe de lo ocurrido, solo espero que no sepan alemán. Ambos escoltas se llevan el Hummer de Manuel mientras mi padre da órdenes al resto de los agentes que van llegando para que se encarguen de limpiar toda la escena y Manuel y yo nos subimos en la parte trasera del coche de mi padre mientras esperamos para regresar a casa.

Media hora más tarde, llegamos a casa y el doctor Petersen nos espera en el porche de la casa de mi padre, con su bata blanca y el maletín en la mano. Al verlo, me entran ganas de reír y mi padre me pregunta furioso:

–  ¿Se puede saber qué te hace tanta gracia?

–  Lo exagerado que eres, papá. – Le contesto divertida. – Apuesto lo que quieras a que todos esperan verme llegar con las tripas colgando cuando solo tengo un rasguño.

–  Un rasguño se lo hace uno con una rama, cuando te disparan, aunque la bala solo te roce, te produce una herida grave, con una considerable pérdida de sangre y posibles lesiones en el sistema nervioso que pueden reducir tu movilidad o incluso anularla. – Me replica mi padre molesto.

Cuando bajo del coche, veo a un montón de gente además del doctor Peterson. Veo a Pablo y a… Un momento, ¿qué hace aquí el imbécil de mi vecino?

–  Papá, ¿estás bien? – Veo que le pregunta Axel a Manuel.

Los observo incrédula, sintiéndome molesta y traicionada y Manuel, al verme e imaginar lo que me está pasando por la cabeza, me dice:

–  Sí, el imbécil de tu vecino también es mi hijo.

–  ¿El imbécil de su vecino? – Me pregunta Axel molesto. – ¿Es así cómo me llamas, princesita?

–  Lo cierto es que utilizo otro término para referirme a ti, pero no me pareció correcto utilizarlo delante de tu padre. – Le respondo furiosa. Fulmino a mi padre con la mirada y le digo: – Soy toda oídos, empieza a explicarme toda esta mierda.

–  Ve con el doctor Petersen a que te cure el brazo y el labio, hablaremos en cuanto termines. – Me ordena mi padre. Se vuelve hacia Manuel y le dice: – Ve con ella y que el doctor te revise la herida de la frente, Axel y yo os esperaremos en el salón bebiendo una copa, creo que ambos la necesitamos.

Me doy media vuelta y entro en casa seguida por Manuel y el doctor. Mientras el doctor me cura el labio y el brazo me quedo en absoluto silencio, sintiéndome traicionada por mi propio padre. Me negué a que me pusiera un escolta y aun así lo hizo, de otra manera no me explico por qué me encontraba a Axel en todas partes, las coincidencias no existen, al menos no en mi vida. Por eso Axel debe de odiarme tanto, un agente de su prestigio es sacado de una misión importante en Colombia para hacer de guardaespaldas de la hija del jefe, una princesita, cómo él me ha llamado.

El doctor termina de curarme y, mientras cura a Manuel, decido subir a mi habitación y darme un buen baño de agua caliente y burbujas. Con un poco de suerte, cuando baje al salón ya estarán relajados y no tendré que soportar la charla de mi padre, aunque dudo que corra esa suerte.

Cuando por fin regreso al salón, me encuentro a mi padre, Manuel y Axel hablando sobre lo ocurrido, Manuel les ha debido de poner al corriente mientras yo estaba en mi habitación porque tanto mi padre como Axel parecen más relajados conmigo.

–  ¿Interrumpo? – Les pregunto al ver que todos se me quedan mirando en cuanto entro en el salón y se quedan callados.

–  No, pasa. – Me dice mi padre con una media sonrisa. – Manuel nos ha explicado con todos los detalles todo lo que ha ocurrido y tengo que decirte que…

–  Papá, no estoy para sermones. – Le interrumpo. – Desde que tengo uso de razón sigo la disciplina de cualquiera de tus agentes, pese a que yo solo era una niña. Soy tan buena o mejor que cualquiera de ellos y lo único que he hecho es salvar mi vida y la de los que estaban conmigo. – Entonces me acuerdo de los dos escoltas, fijo que saben alemán. – Ah, ya lo entiendo. – Le digo dejándome caer en uno de los sillones libres. – Los escoltas de Manuel saben alemán, ¿verdad?

Mi padre y Axel se me quedan mirando como si la que hablara otro idioma fuera yo, pero Manuel debe entenderme porque él se echa a reír a carcajadas. Todos miramos a Manuel como ríe y, cuando consigue parar de reír, me dice divertido:

–  Sí querida, mis escoltas saben alemán y me han dicho exactamente todo lo que les has dicho a Wolf y al pobre tipo que te ha sacado del coche. – Me guiña un ojo y añade: – Y tengo que reconocer que si me lo hubieras dicho a mí en vez de abofetearte te hubiera estrangulado con mis propias manos.

–  ¿Nos vais a explicar de qué va esto? – Nos espeta mi padre perdiendo la poca paciencia que tiene.

–  Tu hija tiene el don de sacar a cualquier hombre de quicio. – Le responde Manuel divertido. – Pero, aun así, es un encanto.

–  Sí, un encanto. – Murmura Axel con ironía.

–  ¿Siempre está así de amargado? – Le pregunto a Manuel.

–  Solo tú haces que me sienta amargado. – Me responde Axel furioso.

–  Me alegro de que os llevéis tan bien porque vais a pasar juntos mucho tiempo. – Nos dice mi padre disfrutando con cada una de sus palabras.

–  ¿Qué? – Exclamamos Axel y yo a la vez.

–  Adolfo, no creo que sea una buena idea. – Le dice Axel a mi padre.

–  Es una orden, agente Romero. – Le contesta mi padre.

–  Yo no soy una de tus agentes, no puedes ordenarme nada y mucho menos que me pase el día con Don Amargado pegado a mi espalda. – Le replico. – Sinceramente, prefiero que Wolf me secuestre y me mate, será menos doloroso.

–  ¡Queréis dejar de comportaros cómo dos críos! – Nos espeta mi padre furioso.

–  ¡Cuándo tú dejes de tratarme como a una cría! – Le contesto furiosa yo también. – Soy una cría para defenderme como una agente pero no lo soy para que me entrenes como un agente. Estoy harta, papá. No soy una niña inocente e indefensa como tú te empeñas en seguir creyendo. He crecido y me he convertido en una mujer. Salgo con mis amigas, me emborracho y me acuesto con hombres, siempre y cuando el amargado de mi vecino no boicotea el ascensor para dejarme encerrada. Soy responsable, me he sacado una carrera con honores al mismo tiempo que trabajaba por las noches y seguía con tus malditos entrenamientos. Me fui de aquí con dieciocho años y no te he pedido un solo euro desde entonces y he sobrevivido, papá. Creo que ya es hora de que empieces a confiar en mí y en mi capacidad de supervivencia, te aseguro que no se me da nada mal.

–  No me has dejado terminar, Ari. – Me dice mi padre con una tierna sonrisa en los labios. – Iba a decirte que Manuel nos ha contado lo que ha pasado y estoy orgulloso de ti.

–  ¿Estás borracho? – Le pregunto con desconfianza. – ¿No hay charla ni nada?

–  Adorable, sí señor. – Murmura entre dientes Axel.

–  Axel, así no ayudas. – Le recrimina Manuel.

–  Yo también me lo he currado mucho como para tener que hacer de niñera de esta princesita que se cree el ombligo del mundo. – Le contesta Axel furioso.

–  En realidad, queremos que trabajéis juntos y que cuidéis el uno del otro. – Le dice mi padre a Axel.

–  ¿Trabajar juntos? – Pregunta Axel incrédulo. – Puede que haya recibido entrenamiento como agente, pero está verde en experiencia y más que una compañera sería un lastre.

Levanto una ceja y abro la boca para decir algo, pero Manuel me coge de la mano y me la aprieta para que me calle y le deje hablar y yo obedezco.

–  Ari me ha salvado la vida esta tarde. Si no hubiese sido por ella ahora mismo estaría muerto. – Le dice Manuel a su hijo. – Habían dos agentes conmigo que son ex marines y los dos tenían cara de niños vulnerables y completamente desamparados cuando Wolf y sus hombres nos han acorralado. Sin embargo, Ari parecía estar en su salsa. No se ha acobardado, les ha desafiado, ha tenido la sangre fría de ofrecerse como cebo y distraerles para poder atacarles y, además, protegerme. Ojalá todos nuestros agentes fueran la mitad de competentes que ella, seríamos indestructibles.

–  Tengo el vídeo de la cámara de seguridad de tu coche, ¿os apetece que lo veamos juntos? – Nos propone mi padre y todos asentimos.

Me levanto del sillón y me sirvo una copa de vodka con hielo bajo la mirada desaprobadora de mi padre, pero le sostengo la mirada desafiante y finalmente se resigna, sabe que terminaré haciendo lo que me dé la gana y si no dice nada se ahorra la discusión.

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