Siempre cuidaré de ti

Manuel y yo recogemos la sala del laboratorio antes de salir y montarnos de nuevo en su Hummer, con sus dos escoltas.

A pesar de que llevaba un par de años sin verle, tengo que reconocer que me siento igual de cómoda con él que antes. Es uno de los mejores amigos de mi padre y lo conozco desde que tengo uso de razón, es cómo uno de los tíos biológicos que nunca tuve, pero para compensar, los mejores amigos de mi padre siempre han sido como tíos para mí, son como de mi propia familia.

Manuel y yo vamos sentados en la parte de atrás del Hummer cuando de pronto nos paramos. Manuel y yo cruzamos una mirada de confusión y acto seguido Manuel les pregunta a sus escoltas:

–  ¿Qué ocurre? ¿Por qué nos hemos parado?

–  Problemas, jefe. – Le responde uno de los escoltas en un murmullo. – Dos todoterreno nos cortan el paso por delante y vienen dos todoterrenos más por detrás.

–  Pide refuerzos. – Le ordena Manuel.

–  En ello estoy, jefe. – Le contesta el otro escolta.

–  Mierda, se suponía que traer a Ariadna aquí era seguro. – Se lamenta Manuel. – Ari, ¿sabes cómo usar una pistola?

–  ¿Con quién te crees que estás hablando? – Le respondo con sarcasmo. Manuel me mira con reproche, no es momento de sarcasmos. – Se me da bastante bien. – Le respondo sacándome mi pistola del calibre 38 del tobillo.

–  El coche está blindado y los cristales son antibalas. – Me informa Manuel. – No quiero que salgas del coche hasta que regresemos, pero si alguien llega antes que nosotros espero que realmente sepas utilizar esa pistola. Son demasiados y nosotros solo somos tres, si uno se queda contigo no tendremos opción a sobrevivir, ¿entiendes lo que digo?

–  ¿Eres consciente de que mi padre me ha entrenado como agente desde que nací? – Le pregunto molesta. – No pienso quedarme a esperar en el coche, yo también voy con vosotros.

–  Ni de broma, si te pasa algo tu padre me mata. – Sentencia Manuel antes de salir del Hummer junto a sus escoltas y dejarme sola.

¡Maldito cabezón! Y luego dicen que es conmigo con la que no se puede hablar. ¡Pero si ni siquiera me escuchan!

Miro por la ventanilla del coche a hurtadillas para que nadie me vea y desde mi posición puedo ver cómo cuatro hombres se bajan de los dos todoterrenos que tenemos delante, los cuatro armados hasta los dientes. Con cautela, miro por el retrovisor y veo que los otros dos todoterrenos que nos perseguían han aparcado detrás de nosotros y de ellos se bajan otros cuatro hombres armados hasta los dientes. En total son ocho hombres y nosotros somos cuatro. Esto no pinta bien.

Entonces, uno de ellos apunta a la cabeza de Manuel y le pregunta con acento alemán:

–  ¿Dónde está la chica?

–  No sé de qué chica me hablas. – Le contesta Manuel ganándose un puñetazo del tipo que le apunta con la pistola.

Otro tipo, el que parece el jefe de los otros siete, le hace un gesto al que apunta a Manuel con la pistola para que se tranquilice y después le dice en alemán a otro de sus hombres:

–  La chica está dentro del coche, sácala de ahí y llévala al todoterreno.

El tipo obedece a su jefe y abre la puerta trasera del Hummer para venir en mi busca al mismo tiempo que yo me escondo la pistola en la cadera, bajo el pantalón y la camiseta. Por suerte, me he puesto una chaqueta tejana con solapa que se estrecha en la cintura pero se ensancha en la cadera, perfecta para ocultar el bulto de la pistola.

–  ¿Qué tenemos aquí? – Me dice el tipo en alemán sacándome del Hummer dándome un fuerte tirón del brazo. – Si es una preciosidad, estoy seguro de que nos vamos a divertir mucho juntos.

–  Espero que tu pene sea más grande que tu cerebro, de lo contrario no lograrás satisfacer ni a una ninfómana. – Le respondo con repulsión en alemán.

El tipo se enfurece con mi comentario y, sin poder contener el impulso, me da un bofetón con todas sus fuerzas, haciéndome tambalear, pero recupero el equilibrio al mismo tiempo que siento como me cae sangre del labio. Me limpio la sangre del labio con la lengua y, con gesto burlón, le pregunto al mismo tipo en su idioma:

–  ¿Únicamente así consigues que una mujer acceda a acostarse contigo?

El tipo levanta la mano para volver a abofetearme, pero su jefe alza la mano y lo detiene antes de que estampe su huella contra mi cara de nuevo. Manuel y sus dos hombres me miran incrédulos, pero yo les guiño un ojo para hacerles saber que todo va bien.

–  Eres tan hermosa como impertinente. – Me dice el jefe alemán.

–  Suelen decírmelo a menudo. – Le contesto con indiferencia.

El tipo, cansado de mis contestaciones, saca su pistola y me la pone en la frente antes de decirme:

–  Si quieres seguir con vida, será mejor que te estés calladita.

–  Dime una cosa, ¿qué ganas si me matas? – Le pregunto divertida. – Me quieres a mí para conseguir algo de mi padre. Si no te lo da, me matarás. Pero, si te lo da, me matarás igualmente en cuanto tengas lo que buscas. Mátame ahora y no tendrás nada. A mí me da igual, sé que acabarás matándome igualmente, si no consigo matarme yo antes.

–  ¿Qué quieres? – Me pregunta el alemán, hombre listo.

–  Déjalos marchar, a los tres. – Le respondo con seguridad en mis palabras. – Si les dejas marchar, yo iré voluntariamente contigo.

Los cuatro hombres alemanes se echan a reír mientras que Manuel se lleva las manos a la cabeza desesperado y los dos escoltas me miran como si fuese idiota.

Me quedo esperando una respuesta por parte del jefe alemán, pero no deja de reírse junto a sus hombres, así que, aprovechando ese momento de distracción, saco mi pistola de la cadera, disparando al tipo que me ha abofeteado en la cabeza, seguida de otros dos tipos más que están a su lado. Cuando me dispongo a disparar al cuarto, veo que uno de ellos apunta a Manuel y lo empujo hacia el suelo, donde ambos caemos tras el Hummer. Los dos escoltas se unen a nosotros rápidamente y uno de ellos me dice:

–  Te has cargado a tres y nosotros a otros dos. Ya solo quedan otros tres, entre ellos Wolf, el jefe del clan.

–  Cúbreme. – Le ordeno antes de desaparecer para disparar a otro de los hombres de Wolf. Camino en cuclillas hasta llegar a uno de los todoterrenos aparcados delante de nosotros y veo a otro de los hombres que cubre a Wolf mientras se dirigen a uno de los todoterrenos traseros. Disparo una y otra vez mientras ellos pasan por delante y se largan. – ¡Mierda, se han escapado! – Grito. – Corred al coche, vamos a seguirlos.

Pero Manuel me agarra del brazo para detenerme y veo las estrellas.

– ¡Ah! ¿Qué cojones…? – Me miro el brazo y lo veo totalmente ensangrentado. Desgarro parte de mi camiseta y limpio la herida. – Solo es un arañazo, la bala me ha rozado. – Me vuelvo hacia a ellos, que me miran como si acabaran de ver a un fantasma y les pregunto: – ¿Estáis bien?

–  Sí… – Me contestan al unísono los escoltas.

–  ¿Te has vuelto loca? – Me espeta Manuel. – ¿Es que querías que te mataran aquí mismo? ¿Qué cojones les has dicho para que hayan pasado de querer divertirse contigo a matarte directamente?

–  Soy yo la que va a hacer las preguntas y, por vuestro propio bien, me vais a decir qué está pasando aquí ahora mismo. – Les advierto con tono amenazador con la pistola en la mano, pero sin apuntarles directamente. – ¿Qué quieren de mi padre que tratan de secuestrarme a mí?

–  Será mejor que eso se lo preguntes a tu padre, yo ya he metido bastante la pata contigo. – Me dice Manuel. – No debí traerte aquí, le dije a tu padre que era un exagerado y que no iba a pasar nada y mira…

–  Casi nos matan a todos. – Dice uno de los escoltas pero se calla y agacha la cabeza en cuanto le fulmino con la mirada.

–  Manuel, nada de esto ha sido culpa tuya. – Le digo sintiéndome culpable. – No ha pasado nada, por suerte todos estamos bien. – Uno de los escoltas señala mi labio y mi brazo con gesto de preocupación y, armándome de paciencia, les repito: – Estoy bien, pero necesitaré algunos puntos. De momento, ayudadme a atarme el trozo de tela de mi camiseta alrededor de la herida haciendo presión para evitar que pierda más sangre si no queréis que me desmaye aquí mismo.

Los dos escoltas me obedecen sin tiempo que perder y Manuel me mira con indicios de lágrimas en sus ojos y me dice con un hilo de voz:

– Esa bala iba directa a mi cabeza, tú me has apartado  por eso te han dado en el hombro, me has salvado la vida.

–  Estamos en paz si no le cuentas nada de esto a mi padre, se va a poner histérico. – Le contesto bromeando pero consciente de la que me va a liar mi padre por no hacerle caso y permitir que me ponga un escolta.

–  Demasiado tarde, por ahí viene. – Me dice Manuel divertido. – Tranquila, no puede ser para tanto.

Pero él está igual de nervioso que yo. Lo cierto es que me da más terror escuchar una de las charlas de mi padre de “ya te lo advertí” que enfrentarme a ocho alemanes armados.

Resignada por lo que vendrá a continuación, me siento en el suelo junto a Manuel, con la espalda apoyada en el lateral del Hummer, como si estuviéramos esperando nuestra particular ejecución, y espero a que el coche de mi padre llegue hasta dónde estamos y nos eche su charla.