Siempre cuidaré de ti 15.

Siempre cuidaré de ti

El viernes por la mañana vuelvo a despertarme en los brazos de Axel, pero esta vez ya es de día y él, pese a que sigue tumbado en el sofá conmigo, ya está despierto y no se ha levantado. Le miro ruborizada y me echo a un lado del sofá, pues estaba prácticamente encima de él.

–  Lo siento, suelo moverme bastante cuando duermo. – Me disculpo incorporándome.

–  No pasa nada, no he querido moverme para no despertarte. – Me responde como si fuera la cosa más natural del mundo. Desde luego, a él no le afecta dormir conmigo como me afecta a mí. Otra razón más para quitármelo de la cabeza. – Voy a darme una ducha.

Axel se levanta y entra en su habitación, dejándome sola en el salón y vuelvo a tumbarme en el sofá. Si lo llego a saber, me hago un rato más la dormida. Lo sé, nada de lo que estoy pensando tiene sentido.

Decido mirar mi correo en el ordenador de Axel para distraerme, pero la mayoría son correos publicitarios, así que decido llamar a Angie:

–  ¡Ari, por fin llamas! – Me espeta nada más descolgar. – ¿Cómo va por ahí? ¿Ha llegado ya la sangre al río o habéis preferido aliviar tensiones de una manera más placentera?

–  ¡Joder Angie, hablas igual que Debby! – Exclamo divertida. – Por aquí sigue todo igual, salvo que yo estoy cada vez más confundida…

–  Ari, ten cuidado. – Me advierte Angie. – No creo que Axel sea un mal tío, pero por lo poco que he podido averiguar sé que tiene fama de mujeriego y…

–  No quiero saberlo, Angie. – La interrumpo. – Tengo demasiadas cosas y preocupaciones en la cabeza y no quiero tener que preocuparme de algo por lo que ni siquiera sé si quiero preocuparme.

–  Estás fatal. – Sentencia Angie. – ¿Qué te está haciendo ese idiota? ¿No te trata bien?

–  Estoy bien Angie, de verdad. – Le respondo con tristeza. – Axel no me está tratando mal, de hecho creo que me está tratando mejor de lo que yo le trato. Es solo que… Olvídalo, solo son tonterías.

–  A mí no me parece ninguna tontería que estés así. – Me dice Angie.

–  Supongo que me siento un poco confundida y sola, también está lo de mi padre, que aún no he hablado con él y sinceramente, tampoco tengo ganas de hacerlo. – Le confieso. – Es como si de un día para otro mi vida ya no fuera mi vida y yo ya no fuera yo. Creo que tengo una crisis de identidad.

–  ¿Lo de la crisis de identidad tiene que ver con Axel? Porque si es así voy hasta el maldito culo del mundo donde os encontráis y le parto la cara. – Me dice Angie.

–  Angie, Axel no tiene la culpa de mis desgracias. – Le respondo empezando a impacientarme.

–  Me alegra saber eso. – Oigo la voz de Axel detrás de mí.

Me vuelvo y lo veo envuelto de cintura para abajo con una toalla, recién salido de la ducha y más sexy que nunca. Ahora la que necesita la ducha soy yo, pero de agua fría.

–  Angie, tengo que colgar. – Le digo a mi amiga sin dejar de mirar a Axel. – Te llamaré pronto.

Cuelgo el teléfono y Axel continua mirándome con una sonrisa burlona en los labios. Debo de estar más roja que un tomate y eso a Axel le parece divertido, pero a mí me resulta de lo más incómodo, así que me levanto del sofá y le digo todo lo digna que puedo:

–  ¿No te han enseñado que no se escuchan las conversaciones ajenas?

–  Princesita, cuando mantienes una conversación sobre mí en mi propia casa, no creo que se pueda considerar una conversación ajena a mí. – Me responde burlonamente.

–  Voy a ducharme. – Le respondo antes de huir del salón y esconderme en el baño de mi habitación.

Finalmente, decido darme un baño con espuma en vez de una ducha. Podría llenar el jacuzzi pero no quiero malgastar tanta agua, sobre todo teniendo en cuenta que empezará a llover en breve y Axel ya me advirtió que si llueve nos quedamos sin luz y si nos quedamos sin luz nos quedamos sin agua caliente.

Una hora más tarde, Axel llama a la puerta de mi baño y me pregunta:

–  Princesita, ¿piensas salir de ahí algún día?

–  ¡No! – Le respondo molesta.

–  Será mejor que te cubras si no quieres que te vea desnuda, voy a entrar. – Me responde antes de abrir la puerta y entrar en el baño. Por suerte, sigo dentro de la bañera y el agua y la espuma cubren todo mi cuerpo, excepto del cuello para arriba y mis rodillas, que al tener las piernas dobladas sobresalen un poco por encima del nivel del agua. – Princesita, te vas a arrugar si sigues ahí metida. Además, ha empezado a llover y nos quedaremos sin luz de un momento a otro.

Justo es decir eso e irse la luz.

–  ¡Mierda! – Exclamo. – Si antes lo llegas a decir…

–  Anda, sal de ahí antes de que te quedes helada. – Me dice tendiéndome la mano para ayudarme a salir, pero al ver que dudo añade: – Estamos a oscuras, no puedo verte, princesita.

–  Más te vale que sea verdad o te sacaré los ojos para que no vuelvas a ver nada en tu vida. – Le respondo con tono amenazador, pero Axel parece divertirse.

Me pongo en pie en la bañera sin soltar la mano de Axel y después pongo un pie en el suelo, momento en que él me coge de la otra mano para asegurarse de que no me doy de bruces contra el suelo. Coge mi albornoz para ayudarme a ponérmelo y, cuando ya estoy del todo tapada, enciende una vela y la deja sobre la encimera del lavabo, iluminando toda la estancia.

–  No tardes, la cena ya está lista. – Me dice antes de dar media vuelta para salir.

–  Axel, espera. – Le digo sujetándole del brazo. – Gracias y… Lo siento.

–  De nada, princesita. – Me responde sonriendo. – No tardes.

Y desaparece. Y me alegro, si se hubiera quedado un solo segundo más me hubiera arrojado a sus brazos y eso no puede pasar. Me pongo un pijama de franela nada sexy de cuando Axel era adolescente, cortesía del propio Axel para que no me muera de frío por las noches, me cepillo el pelo y salgo del baño llevando la vela encendida que me ha dejado Axel en el baño, pero él ya se ha ocupado de iluminarme el camino dejando velas en la habitación y el pasillo hasta llegar al salón.

Cuando entro en el salón, me quedo anonadada. La mesa está preparada para empezar a cenar y un precioso candelabro de plata con seis velas en el centro de la mesa ilumina toda la estancia. Todo resulta de lo más romántico, si omites el pequeño detalle que realmente estamos sin luz y que Axel no tiene la más mínima intención de ser romántico conmigo.

–  Te has puesto preciosa para la ocasión, princesita. – Me dice burlonamente en cuanto me ve entrar en el salón. – Estás muy sexy con ese pijama.

–  Muy gracioso. – Le replico sacándole la lengua. – Podría haberme puesto uno de los vestidos que tú me obligaste a dejar en la ciudad.

Oigo que Axel murmura algo entre dientes pero no logro adivinar el qué, así que decido no hacerle caso y sentarme a la mesa. Axel también se sienta y empieza a servir los platos.

–  He hecho tallarines al pesto, un pajarito me ha dicho que es tu plato preferido y me ha amenazado con matarme si no me portaba bien contigo. – Me dice divertido.

–  Voy a tener que hablar con el pajarito de Angie. – Le digo sintiéndome fatal. – Me imagino lo que estarás pensando, pero te aseguro que no es lo que parece.

–  Lo sé, además de escuchar parte de vuestra conversación esta mañana, Angie me ha llamado para decirme que aunque tú se lo negaras sabía que yo me estaba portando mal contigo y por eso tú estabas tan deprimida. – Me responde poniéndose serio. – Ari, siento si he sido poco tolerante contigo y…

–  Axel, no le he dicho a Angie que me tratabas mal porque no considero que me trates mal. – Le contesto con un hilo de voz. – No he sido justa contigo, desde que salimos de casa de mi padre te has comportado como una verdadera niñera conmigo y yo ni siquiera te lo he agradecido.

–  Princesita, vamos a hacer un trato. – Me propone sirviendo nuestras copas de vino. – Tú cuidas de mí y yo cuido de ti, ¿qué te parece?

–  Me parece una idea estupenda. – Le digo cogiendo mi copa para brindar con él y después dar un trago y saborear el delicioso vino. – Mmm. Está buenísimo.

–  Debe estarlo, es una botella de reserva de 1000€ y tengo otra igual en el alféizar de la ventana para que se mantenga fresca. – Me dice sonriendo.

Cenamos bajo la luz de las velas, hablando y bromeando, recogemos juntos la mesa sin dejar de bromear y seguimos con nuestra animada charla en el sofá frente a la chimenea para bebernos la segunda botella de vino. Estamos tan cerca el uno del otro que puedo notar como nuestros cuerpos se rozan con el subir y bajar de nuestras respiraciones.

El estruendo de un trueno me sobresalta y parte del vino que había en mi copa cae sobre Axel y sobre mí, empapándonos.

–  Princesita, si no te gustaba el pijama bastaba con que no te lo pusieras, no hacía falta que nos echaras el vino por encima, ahora yo también me tengo que cambiar de ropa. – Me dice mofándose.

–  ¡No te rías! – Le reprocho riendo. – ¡Nos hemos puesto perdidos!

–  ¿Nos hemos puesto? Querrás decir que nos has puesto. – Me corrige sin dejar de reír. – Voy a buscar algo para ponernos, dame un segundo. – Se marcha y regresa segundos después con un par de pijamas limpios y secos. – Aquí tienes, igual de bonito que el anterior.

Me lanza el pijama y me dispongo a cambiarme allí mismo cuando Axel me pregunta:

–  ¿Es que piensas cambiarte aquí?

–  No pienso ir a la habitación, me congelaré. – Le respondo. – Si te incomoda no mires, pero no verás más de lo que ves cuando vas a la playa.

Axel me sonríe divertido y ambos nos cambiamos de ropa, poniéndonos un pijama limpio, para continuar bebiendo vino. Cuando la segunda botella de vino se acaba, Axel apaga las velas que ha dejado encendidas en el pasillo y la habitación y nos tumbamos en el sofá de lado, mirando hacia la chimenea. Axel me abraza desde atrás, estrechándome entre sus brazos contra su firme y atlético cuerpo, me besa en la coronilla antes de susurrarme al oído:

–  Buenas noches, princesita.

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