Siempre cuidaré de ti 14.

Siempre cuidaré de ti

Me despierto de madrugada muerta de frío y veo que estoy en el sofá del salón con Axel, nos debimos de haber quedado dormidos mientras hablábamos. Intento incorporarme sin hacer demasiado ruido para no despertarlo, pero no da resultado:

–  ¿Qué pasa, princesita?

–  Me estoy muriendo de frío, voy a echar más leña a la chimenea.

Axel me agarra del brazo para detenerme, se incorpora de un salto y me dice con la voz de medio dormido:

–  Sigue durmiendo, ya lo hago yo.

Se levanta, coge un par de troncos cortados y los echa dentro de la chimenea para que ardan en ella. Después desaparece en dirección a su habitación y regresar un minuto más tarde con una gruesa colcha de algodón que me echa por encima.

–  ¿Mejor ahora? – Me pregunta.

Lo cierto es que no. Su cuerpo me daba calor y ya no lo tengo, por no mencionar las ganas de abrazarlo que tengo, me hubiera gustado que no se hubiera despertado y poder seguir durmiendo entre sus brazos, aunque solo sea por accidente.

–  Princesita, no sé cómo decirte esto pero creo que vamos a tener que compartir sofá, a menos que prefieras que me muera congelado en una de las habitaciones. – Me dice tumbándose a mi lado. – Estás helada y temblando, ven aquí.

Me estrecha contra su cuerpo abrazándome desde mi espalda y yo me dejo hacer, entrando de nuevo en calor, quizás sintiendo más calor del necesario.

–  ¿Cómo es posible que haga tanto frío? – Le pregunto. – O mejor aún, ¿por qué decidiste instalar un jacuzzi en vez de calefacción?

–  Princesita, tenemos calefacción, pero está averiada. – Me responde susurrándome al oído. – Ahora duérmete, mañana tenemos mucho trabajo que hacer.

Relajada y con menos frío, vuelvo a quedarme dormida en los brazos de Axel.

Cuando vuelvo a despertarme Axel ya no está en el sofá durmiendo conmigo, pero hay una nota sobre la mesa del salón: “Estoy en el lago, avísame si necesitas algo. A.” Demasiado escueta para mi gusto, pero al menos ha tenido el detalle de decirme dónde estaba para que no me preocupara cuando me despertara y no lo encontrara en casa.

Me levanto y me asomo por la ventana de la cocina desde donde mejor se ve el lago y puedo divisar a Axel nadando con rapidez y destreza. Me bebo un zumo mientras lo observo nadar desde la ventana y regreso al salón cuando veo que sale del lago y camina de regreso a casa. No quiero que piense que le estaba observando, aunque eso es exactamente lo que estaba haciendo. Recojo las mantas del sofá y las copas de vino de la noche anterior justo antes de que llegue Axel.

–  Buenos días, Princesita. – Me dice de buen humor cuando entra en casa. – ¿Has desayunado ya?

–  Me estoy bebiendo un zumo y por ahora es todo lo que mi cuerpo puede digerir.

–  Voy a ducharme, tardo diez minutos y cuando regrese nos ponemos a trabajar. – Da un par de pasos acercándose a mí y noto como su buen humor se esfuma de su cara. – Ari, ¿es que no te has visto como tienes la herida? Joder, estás pálida y ojerosa, ¿te encuentras bien?

Miro la herida de mi brazo, otra vez está sangrando. No me he mirado en el espejo, pero deduzco que mi tez pálida y mis ojeras se deben a la pérdida de sangre y al frío que he pasado esta noche.

–  ¡Mierda, otra vez! – Musito entre dientes. – Voy a ver qué puedo hacer para que esto deje de sangrar antes de morir desangrada.

–  Espera, me doy una ducha rápida y te ayudo con eso. – Me dice Axel preocupado. – Ves quitándote el vendaje y limpiando la herida que en seguida estoy contigo.

Entro en mi habitación y me dirijo al baño, donde me quito la camiseta y, quedándome tan solo vestida con unos tejanos y el sujetador, empiezo a quitarme el vendaje cubierto de sangre. Tengo que ir con cuidado, los puntos se enganchan y al estirar los puedo soltar. Cuando termino, cojo una gasa, la empapo en suero y limpio todo el perímetro de alrededor de la herida para quitar la sangre seca. Estoy cogiendo otra gasa para empaparla en suero y seguir limpiando la herida cuando mi mirada se cruza con la de Axel en el espejo y, tras quitarme la gasa de la mano, me dice:

–  Deja que siga yo.

Se ha puesto un pantalón corto de deporte y va desnudo de cintura para arriba, con algunas gotas de agua sobre el pecho y la espalda que lo hacen todavía más atractivo de lo que ya es. Axel termina de limpiar mi herida con sumo cuidado y cuando termina me aplica un apósito para cubrirla y finalmente vuelve a vendarme el brazo.

–  No entiendo por qué te sangra tanto. – Me dice tirando a la basura los restos de vendajes y gasas utilizados. – Si mañana sigues igual iremos al pueblo más cercano para que el doctor te revise la herida, estás perdiendo mucha sangre.

–  Estoy bien, no te preocupes. – Le respondo quitándole importancia.

–  Si vamos a ir a por Wolf, necesitas estar al 100%, no quiero correr ningún riesgo. – Me contesta con rotundidad. Me mira dulcificando su mirada y me pregunta: – Has pasado mucho frío esta noche, ¿verdad?

–  Un poco. – Le confieso avergonzada. Solo imaginar que he pasado la noche entre sus brazos hace que una descarga eléctrica recorra mi cuerpo y me excito.

–  ¿Por qué te ruborizas? No pasa nada porque reconozcas que has pasado frío, yo también he pasado frío esta noche. – Me dice divertido. – No te preocupes, te prometo que esta tarde encenderé la chimenea antes y por la noche toda la casa estará más caldeada. – Me ayuda a ponerme una camiseta limpia que me ha traído de mi armario y añade: – Esta mañana he estado investigando un poco a Wolf, según parece ha salido del país y en estos momentos está en Tokio. Eso nos da mínimo un par días de tregua para que podamos investigar y así tú también podrás terminar de curar tu herida.

–  ¿En Tokio? – Le pregunto confusa. Juan también está en Tokio, ¿puede tratarse de una inocente casualidad? Decido no alertar a Axel, al menos no sin tener pruebas, y le digo: – ¿Qué puede estar haciendo Wolf en Tokio?

–  No lo sé, supongo que nada bueno. – Me responde encogiéndose de hombros. – ¿Hay algún motivo para que hayas puesto esa cara cuando has escuchado Tokio?

Joder, no se le escapa ni una. Le miro a los ojos y ambos nos sostenemos la mirada sin parpadear, desafiándonos. Finalmente, decido ceder:

–  Está bien, te lo contaré. – Le respondo. – Pero no es nada importante y…

–  Suéltalo, princesita. – Me apremia.

–  Juan me dijo en su carta que iba a estar toda la semana en Tokio y cuando me has dicho que Wolf estaba allí… No sé, puede que sea una coincidencia, pero me han educado para no creer en ellas y, por alguna razón, me temo que Juan puede tener algo que ver con esto, al fin y al cabo, apenas lo conozco.

–  Según tengo entendido, te acuestas con él y te ha invitado a pasar un fin de semana romántico en París, ¿por qué de repente desconfías de él?

–  Lo conozco desde hace unos cuatro años y nuestra relación se ha basado únicamente en el sexo, ambos sabíamos que no queríamos una relación estable, al menos hasta hace unos días…

–  ¿Lo has investigado alguna vez? – Me pregunta Axel.

–  No, no investigo a nadie de mi ámbito personal, me siento mal al hacerlo. – Le confieso. – ¿Crees que puede tener algo entre manos con Wolf por el simple hecho de estar en Tokio la misma semana?

–  Princesita, yo no creo en las casualidades y, por lo que me estás contando, tu amigo ha dado un cambio repentino en vuestra relación y resulta un poco sospechoso. – Me contesta. – ¿Te parece bien que le echemos un vistazo a su expediente?

Asiento con la cabeza y camino detrás de Axel hasta llegar al salón, donde nos sentamos en el sofá y Axel coloca el portátil sobre su regazo, por lo que me acerco a él para poder ver mejor la pantalla. Teclea el nombre y apellido de Juan en el buscador de la base de datos del Servicio Secreto y aparece su expediente en la pantalla. Ambos lo leemos minuciosamente y finalmente Axel termina diciendo:

–  No hay nada que nos haga sospechar de él, pero si piensas seguir en contacto con él, preferiría que lo mantuvieras al margen hasta que hayamos solucionado todo esto.

–  De acuerdo. – Le respondo.

Lo cierto es que no termino de confiar en Juan. Nunca hemos sido amigos de verdad, nos hemos limitado a quedar casi siempre en su casa, pasar la noche allí y por la mañana regresar a mi apartamento. Nunca me había mencionado que quisiera algo serio conmigo, acordamos los límites de nuestra relación al principio y desde entonces ambos hemos mantenido las condiciones.

Axel abre de nuevo el expediente de Wolf y, mientras lo revisamos, se me ocurre algo interesante que preguntarle a Axel:

–  Oye, ¿debo suponer que investigas a todo aquel con el que te cruzas?

–  Así es.

–  ¿Incluida a mí? – Vuelvo a preguntar.

–  Lo intenté, princesita. – Me responde encogiéndose de hombros. – Pero tu padre se ha encargado de bloquear tu expediente y no pude entrar. Al principio pensaba que se trataba de un error, pero después tu padre me confirmó que tu expediente estaba bloqueado por razones de seguridad y que todo lo que tenía que saber de ti era que eres su hija y quiere protegerte, fue la única explicación que me dio para que hiciera de niñera contigo. Claro que entonces no tenía idea de que habías sido entrenada como una agente desde que naciste.

–  Siento que te hayas visto involucrado en todo esto. – Le susurro con un hilo de voz.

–  Princesita, ambos hemos querido involucrarnos en esto, por eso estamos aquí. – Me dice pasando su brazo sobre mis hombros para abrazarme brevemente. – Todo saldrá bien.

Nos pasamos el día investigando el expediente de Wolf y leyendo todos los informes del Servicio Secreto en donde se le menciona. Solo tenemos un ordenador y lo compartimos, pero eso no es ningún problema, al menos para mí. Cada vez me gusta más estar con Axel, me gusta hasta discutir con él. Puede que cuando todo esto acabe él desaparezca de mi vida y todo vuelva a ser como antes de conocerle, pero tampoco puedo evitar sentir lo que siento.

Por otra parte, Axel parece comportarse más suavemente conmigo, incluso podría decir que se empeña en tratarme como a una verdadera princesa. Aunque siga llamándome princesita, sé que está empezando a disfrutar de mi compañía como yo empiezo a disfrutar de la suya.

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