Siempre cuidaré de ti 13.

Siempre cuidaré de ti

Cuando me despierto ya es completamente de día, pero el cielo está totalmente cubierto de nubes negras que seguro nos traerán lluvia. Me paso al asiento del copiloto bajo la atenta mirada de Axel, que me observa por el retrovisor sin decir nada.

–  No me odies, pero necesito parar. – Le digo con un hilo de voz.

–  Pararé en la siguiente área de servicio y almorzaremos. – Me contesta deteniendo su mirada en mi brazo. – Ari, la herida te está volviendo a sangrar.

–  Lo sé, por eso necesito parar. – Le respondo encogiéndome de hombros. – Creo que se han soltado un par de puntos de la herida, he traído el pequeño botiquín que cogí ayer de mi apartamento, pero no sé si yo sola voy a poder coserme la herida, necesitaré que me ayudes.

–  Quedan un par de horas de camino para llegar a la casa del bosque, será mejor que curemos la herida ahora, has perdido bastante sangre los últimos dos días y apenas puedes con tu alma. – Me dice Axel sin desviar la mirada de la carretera.

–  Solo quiero cambiarme el vendaje y ponerme uno limpio, cuando lleguemos ya la limpiaré y coseré los puntos que se han soltado. – Le respondo quitándole importancia.

Axel toma la salida de la siguiente área de servicio y aparca el coche frente a los servicios públicos del área de descanso que hay antes de llegar al restaurante y la gasolinera.

Cojo el botiquín y Axel entra conmigo a los servicios, dispuesto a ayudarme a cambiar el vendaje y eso es lo que hace mientras yo se lo permito confiando plenamente en él.

Una vez cambiado el vendaje de mi herida, nos dirigimos al restaurante y nos sentamos para comernos un bocadillo de jamón y bebernos una Coca-Cola. Una hora más tarde, retomamos nuestro camino.

Vamos por una estrecha y solitaria carretera entre montañas y durante más de una hora no nos cruzamos con ningún otro coche. Aquí el clima es muy húmedo y frío y aún nos queda otra hora de camino. Miro por la ventana y contemplo el paisaje, el verde vivo de las montañas contrasta con el cielo gris y amenazador, pero aun así el paisaje y las vistas son asombrosas.

–  Ya te dije que no íbamos a un palacio. – Me recuerda Axel algo molesto.

–  Solo contemplar las vistas transmite paz. – Le respondo sin dejar de mirar el paisaje. – De niña soñaba con vivir en mitad de la naturaleza, a lo Pocahontas. – Le digo sonriendo. – Supongo que eso se lo debo a mi padre y sus campamentos de verano.

–  ¿Tu padre te llevó al campamento de agentes? – Me pregunta sorprendido.

–  Sí, todos los veranos desde que tengo uso de razón. – Le respondo. – Mi padre siempre me decía que si quería vivir tenía que aprender a sobrevivir primero y nos dejaban a Pablo y a mí perdidos en el bosque para que nos las apañáramos. Tengo que confesar que, aunque puede que no esté muy cuerda, me gustaban esos veranos en el bosque.

–  Princesita, acabas de sorprenderme. – Me dice sonriendo felizmente. – Para serte sincero, te diré que esperaba que pusieras el grito en el cielo cuando descubrieras a dónde te estoy llevando.

–  Si te hubieras molestado en conocerme en lugar de dar por hecho que soy una princesita ahora no estarías sorprendido. – Le respondo un poco molesta porque pensara de verdad que soy una “princesita” cómo a él le gusta llamarme.

–  Supongo que no he sido justo contigo, no debe ser fácil ser la hija del director del Servicio Secreto.

–  No, no lo es. – Le confieso. – Los que saben quién soy se acercan a mí para hacerme la pelota o me ignoran por ser quién soy y los que no saben quién soy realmente… Bueno, es difícil mantener una relación con alguien a quien tienes que mentir y ocultar parte de tu vida.

–  Tal y cómo lo cuentas, parece que te has resignado a encontrar a alguien con quien compartir toda tu vida. – Comenta Axel sin dejar de mirar la carretera.

–  No podría compartir mi vida con alguien que solo conoce una parte de mí, que solo conoce de mí la parte que yo le dejo ver. Y tampoco podría enamorarme de alguien en quien no confío lo suficiente como para decirle quién soy en realidad. De hecho, creo que ni siquiera yo sé quién soy. – Le contesto encogiéndome de hombros.

–  Eres una princesita inquieta, sorprendente y un poco salvaje, como Pocahontas. – Me dice Axel bromeando. Le miro y sonrío pero con un matiz de tristeza que a él no le pasa inadvertido. Se pone serio de repente, coge mi mano para acariciarla y añade sin desviar su atención de la carretera: – Mi padre siempre ha querido que nos conociéramos, tu padre me tiene en gran estima y a menudo me dice que soy uno de sus mejores agentes y que tú y yo en el mismo equipo podríamos ser capaces hasta de dominar el mundo. Yo me reía imaginando a una niña mimada, consentida y caprichosa, no entendía lo que decían.

–  Y supongo que sigues sin entenderlo, para ti sigo siendo la princesita mimada, consentida y caprichosa hija del director de tu agencia. – Le digo fingiendo no estar molesta. – Puede que tengas razón, solo soy una princesita.

–  No, no lo eres. – Me contradice Axel mirándome a los ojos para después devolver su mirada a la carretera. – No pienses que voy a dejar de llamarte princesita, pero sí te diré que eres una princesita poco convencional.

–  Creo que eso es lo más parecido a un cumplido que voy a conseguir de ti, así que supongo que debería estar agradecida. – Le digo riendo. Axel también se ríe y añado bromeando: – ¡Pero si sabes reír!

El resto del camino lo pasamos más relajados hasta que por fin llegamos a la casa de Axel, una preciosa casita en mitad de una pequeña llanura frente al lago y rodeada por un frondoso bosque montañoso. Sin duda alguna el lugar más bello y tranquilo que pueda existir.

Apenas Axel para el motor del coche, salgo disparada y doy vueltas sobre mí misma con los brazos extendidos, como haría cualquier niña pequeña o una de las princesitas de Disney, pero no me importa lo que piense Axel viéndome así, él ya me ha juzgado como a una princesita.

–  ¡Me encanta este sitio! – Exclamo fascinada. Axel me mira confundido y creo que con tristeza, ha torcido el gesto y me ha dedicado una mueca que pretendía ser una sonrisa. – ¿Estás bien? ¿He dicho algo que no tendría que haber dicho? Te prometo que estaba siendo sincera, me encanta este sitio de verdad y…

–  Me has recordado a mi madre, siempre que veníamos aquí ella era la primera en salir del coche y hacía exactamente lo que tú has hecho. – Me interrumpe hablando con tristeza. – Mi padre nos trajo un verano aquí y mi madre se enamoró del lugar. La propiedad era de un tipo que la alquilaba durante todo el año y mi madre no dejó de perseguir al propietario durante todo el verano hasta que consiguió que se la vendiera. Durante el invierno mi madre contrató a una empresa de reformas y modernizó la casa, que entonces no era más que una cabaña de madera. Desde entonces, vinimos todos los veranos hasta que ella murió. Mi padre no ha vuelto por aquí desde entonces y yo tampoco vengo muy a menudo, solo para echar un vistazo o cuando necesito alejarme un par de días de la ciudad.

–  Tu madre debió de ser una persona muy convincente y persuasiva, yo nunca hubiera vendido una propiedad como esta, solo hay paz y naturaleza alrededor. – Le contesto sin dejar de contemplar el paisaje con admiración mientras Axel me sonríe divertido. – Deberías venir más a menudo, el aire de este sitio te favorece y además calma ese carácter huraño que tienes.

–  Sigues estando bastante lejos de parecerme adorable. – Me contesta con su tono burlón de siempre, volviendo a ser el mismo Axel que yo conozco. Coge las maletas del coche y me dice pasando por delante de mí: – Vamos, te ensañaré la casa.

Caminamos por el estrecho camino embaldosado del jardín hasta llegar a las escaleras que dan acceso al pequeño porche. Axel saca sus llaves y abre la puerta de la casa. Entra primero él y acciona los diferenciales del cuadro eléctrico para encender las luces de la casa antes de dejarme pasar.

–  No hay muchas comodidades, pero tampoco nos faltará lo básico. – Me dice dejando las maletas a un lado. – Hay dos habitaciones, escoge la que quieras.

–  Prefiero que seas tú quién escoja mi habitación. – Le respondo con cautela, no quiero quitarle su habitación y mucho menos la de sus padres. – ¿Cuál es la habitación de invitados?

–  No hay habitación de invitados, solo hay dos habitaciones. – Me responde. – No pasa nada, puedes escoger la que quieras.

Echo un vistazo a las dos habitaciones y decido quedarme con la más pequeña de las dos, que supongo que será la de Axel, ya que hay un pequeño tablón de corcho lleno de fotografías de él, de sus padres y de los que supongo que serán sus amigos.

–  Princesita, ¿por qué has escogido la habitación más pequeña? – Me pregunta curioso.

–  Si lo prefieres, puedo dormir en el sofá. – Le respondo molesta.

–  Princesita, solo tengo curiosidad. – Me contesta a la defensiva.

–  Axel, ¿dónde cojones duermo? – Le pregunto acabando con mi paciencia.

–  Duerme en mi habitación, hice una reforma en el baño y estarás más cómoda. – Me dice metiendo sus maletas en la otra habitación. – Será mejor que te instales rápido, tenemos un montón de cosas por hacer y en pocas horas se hará de noche.

Entramos cada uno en su habitación y deshacemos las maletas. Cuando termino de guardar mi ropa en el armario decido entrar en el baño que Axel me ha dicho que había reformado hace poco y me quedo sin aliento al verlo. Es un baño amplio con bañera, ducha y jacuzzi. Cuando veo el jacuzzi, una enorme sonrisa se dibuja en mi cara y corro hacia la habitación de Axel, que está guardando su ropa en el armario, y le pregunto emocionada como una niña con zapatos nuevos:

–  ¿Puedo utilizar el jacuzzi? Por favor, dime que funciona.

Axel estalla en carcajadas y asiente con la cabeza sonriendo antes de responder:

–  Sí, funciona. En cuanto a lo de utilizarlo, tienes que saber que solo hay un jacuzzi en la casa y yo también querré utilizarlo.

–  Es un jacuzzi enorme, cabemos los dos. – Le digo sin tener la intención de que suene como una invitación, pero sin tener claro haberlo conseguido.

–  Princesita, primero tenemos que ocuparnos de la casa si quieres tener agua caliente en el baño y encender la chimenea para que cuando anochezca y la temperatura baje más de veinte grados puedas estar caliente. – Hace una pausa y matiza: – Me refería a que no haga frío dentro de la casa…

–  Te he entendido. – Le interrumpo.

Ayudo a Axel a buscar leña para encender la chimenea y después limpiamos la casa y hacemos juntos la cena. No discutimos, pero sí que soltamos más de una de nuestras pullas, aunque ahora solo lo hacemos para divertirnos, como si de un juego entre nosotros se tratara.

Después de cenar nos sentamos en el sofá frente a la chimenea, la temperatura, tal y como me había advertido Axel, ha bajado unos veinte grados de golpe y tengo frío. Nos bebemos una copa de vino acomodados en el sofá con una pequeña manta echada sobre nuestras piernas mientras le explico a Axel con pelos y señales todas y cada una de las pruebas sobre el caso de la hija de Wolf que revisé y las conclusiones que saqué hasta que, sin darnos cuenta, ambos nos quedamos dormidos.

1 comentario

  1. Luis Nelson Rodríguez

    6 septiembre, 2016 a las 03:43

    Muy buenos pensamientos.
    Y de grandes genios.
    Te felicito.

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