Siempre cuidaré de ti

Me siento en el sofá-balancín de la terraza del ático de Axel observando cómo anochece en la ciudad mientras espero a que salga de la ducha. Ni siquiera sé qué estoy haciendo aquí.

Media hora más tarde, Axel viene a buscarme a la terraza vestido con unos tejanos y una camisa blanca que resaltan su bronceada piel y lo hacen aún más atractivo.

–  Te estaba buscando. – Me dice con sequedad. – Será mejor que te des prisa si quieres que lleguemos al pub a las diez como le has asegurado a Gabriel.

–  ¿Va en serio lo de hacer de niñera? – Le pregunto con sorna.

–  ¿Va en serio lo de ir al pub? – Me replica molesto.

–  Creía que habías dimitido y no tenías que seguir haciendo de niñera. – Le digo burlonamente.

–  ¿Prefieres enfrentarte sola a Wolf y sus hombres? – Me pregunta con sarcasmo. – ¿Crees que la próxima vez que vayan a por ti solo serán ocho hombres? Ahora te conocen, saben qué aspecto tienes y cómo te defiendes, te va a resultar más difícil atacarles o esconderte.

–  ¿Y qué se supone que debo hacer? ¿Quedarme encerrada para siempre?

–  Hablaremos mañana de lo que vamos a hacer. – Sentencia Axel. – Ahora ve a cambiarte de ropa que nos vamos al pub.

Me gusta que hable en plural sobre lo que vamos a hacer y sobre a dónde vamos, aunque aún no sé muy bien por qué. Puede que sea muy atractivo y que cuide de mí, pero apenas nos conocemos y mucho menos nos soportamos. Entro en mi nueva habitación y me pongo unos shorts tejanos y una blusa ajustada de tirantes de color negro con mis zapatos negros de tacón de aguja, informal pero elegante y muy sexy.

Media hora más tarde, regreso al salón y Axel me espera sentado en uno de los sillones bebiéndose una cerveza y mirándome de arriba a abajo sin decir nada.

–  Ya estoy lista, ¿nos vamos? – Le pregunto al ver que no dice ni hace nada. – ¿Estás bien?

–  He estado mejor, créeme. – Murmura entre dientes poniéndose en pie. – Venga, vámonos.

Bajamos en ascensor al parking y, a pesar de que Pablo ha traído mi coche, Axel monta directamente en su coche y lo pone en marcha, así que yo me siento en el asiento del copiloto sin rechistar, sigo sin tener ganas de discutir, aunque sé que tarde o temprano terminaremos discutiendo, siempre lo hacemos.

Casi a las diez de la noche llegamos al pub, aún cerrado para los clientes, y Gabriel se sorprende al verme entrar con Axel.

–  ¿Qué me he perdido? – Me pregunta Gabriel mirando a Axel y a mí alternativamente.

–  Es una larga historia, pero no es lo que estás imaginando. – Le respondo antes de que suelte algo que pueda incomodar a Axel. – Axel, él es Gabriel, el dueño del pub. – Me vuelvo hacia Gabriel y termino de hacer las presentaciones. – Él es Axel.

–  Encantado de conocerte, Axel. – Dice Gabriel estrechándole la mano. – Supongo que no estás aquí para echarnos una mano, ¿verdad?

–  No. – Contesto antes de que Axel pueda siquiera abrir la boca. – Axel solo está aquí para hacerme un favor, pero no para trabajar de camarero.

–  Si voy a tener que pasar la noche aquí, no me importa echaros una mano, así tendré algo qué hacer y el tiempo se me pasará más rápido. – Dice Axel con un carisma que nunca le he visto utilizar conmigo ni con nadie. – Si te parece bien, Gabriel.

–  Me parece estupendo. – Le responde Gabriel.

Un par de horas más tarde, el pub está lleno de gente y Gabriel, Axel y yo nos movemos detrás de la barra continuamente para servir copas a todos los clientes. Eduardo, el hermano de Gabriel, aún no ha aparecido y Gabriel se está empezando a enfadar. Cómo no aparezca después de haber hecho organizar todo esto a su hermano, Gabriel lo matará.

–  Casi se me olvida, Ari. – Me dice Gabriel entregándome un sobre. – Juan ha pasado por aquí porque no te ha localizo ni por teléfono ni en casa y me ha pedido que te diera esto. Le he dicho que esta noche estarías aquí y podía dártelo él mismo, pero tenía que coger un avión a no sé dónde. Me ha dicho que era importante que te lo diera y casi se me olvida.

–  Gracias, Gabriel. – Le contesto confundida.

¿Qué me habrá mandado Juan? Abro el sobre y saco una carta y un billete de avión de solo ida a París. ¿Me está invitando a París? Decido leer la carta y salir de dudas:

“No pensaba decirte esto por escrito, pero no he podido localizarte en todo el día y tengo que salir del país esta misma tarde. Gabriel me ha dicho que esta noche irás al pub, así que confío en que te dé esta carta. Si te la ha dado y estás leyendo esto ahora, probablemente ya hayas visto el billete de avión a París. Lo sé, odias todo lo que tenga que ver con el romanticismo y una invitación a pasar un fin de semana conmigo en París, la ciudad del amor, quizás es demasiado romántico como para conseguir que aceptes, sobre todo teniendo en cuenta que has cancelado las tres últimas citas conmigo. De hecho, la última cita ni siquiera llamaste para cancelarla, pero he escuchado tu mensaje en el que me decías que había una explicación y te creo porque no eres de las que mienten y eso es lo que me gusta de ti. Sí, me gustas. Acordamos que nuestra relación únicamente estaría basada en el sexo y en una amistad superficial, pero es difícil pasar un rato contigo y no terminar enamorándome de ti. Este es el plan: Voy a estar toda la semana en Tokio por trabajo, pero el viernes volaré a París y te esperaré en la suite del Hotel Castille París, aunque si no vienes lo entenderé. Sé que esto no es lo que habíamos acordado, pero me encantaría que nos dieras una oportunidad. Como te he dicho, si no vienes lo entenderé y no te molestaré más.”

No me lo puedo creer, Juan se me acaba de declarar por carta y me ha invitado a pasar un fin de semana a París. ¿Por qué me hace esto? Se suponía que solo éramos amigos en la cama y que fuera de ella cada uno tenía su vida. Se trataba de una relación esporádica, sin compromiso, basada en el sexo. Ambos estábamos de acuerdo en eso, ¿por qué tiene que cambiar ahora de opinión?

–  Definitivamente, el universo está conspirando contra mí. – Digo en voz alta resignándome a mi desbaratado destino.

–  ¿Un billete de avión a París? – Me pregunta Axel nada contento, cogiendo el billete de avión que he dejado sobre la encimera mientras leía la carta. – No estarás pensando en ir, ¿verdad?

–  No es asunto tuyo. – Le respondo bruscamente arrebatándole el billete de las manos para guardarlo en el sobre junto a la carta de Juan y meterlo todo en mi bolso.

–  Desde luego que no es asunto mío, princesita. – Me contesta visiblemente molesto. – No pienses que voy a ir detrás de ti por todo el mudo para protegerte.

Acto seguido y furioso como nunca lo había visto, y mira que siempre lo veo furioso, vuelve a servir copas y no me dirige la palabra en toda la noche. De hecho actúa como si yo no estuviera y hubiera venido él solo al pub para trabajar de camarero y ganarse algo de dinero.

Cuando por fin es la hora de cerrar, Gabriel echa a todos los clientes, la mayoría borrachos de tanto alcohol  probablemente también drogas, y cuando nos quedamos los tres a solas, nos dice:

–  Al final el gilipollas de mi hermano ni siquiera se ha presentado. – Ladea la cabeza con gesto desaprobador y añade: – Marchaos a casa, yo me encargaré de terminar de recoger esto.

Gabriel nos agradece a Axel y a mí el esfuerzo por el trabajo realizado y trata de compensárnoslo económicamente, pero ni Axel ni yo se lo permitimos.

Durante el camino de regreso a casa ninguno de los dos abre la boca. Axel porque parece estar, más que enfadado, iracundo conmigo. Y yo no hablo porque aún estoy tratando de asimilar la carta de Juan, el enfado de Axel y mis sentimientos hacia él. Me siento tan perdida y vulnerable como una niña en mitad de la selva buscando desesperadamente a sus padres.

Cuando entramos en el apartamento de Axel son las cinco de la mañana y él se dirige directamente a su habitación sin decirme nada. Yo estoy demasiado nerviosa y preocupada como para dormir, así que decido salir a la terraza y fumarme un cigarrillo de hierba mientras leo una y otra vez la carta de Juan y me planteo la posibilidad de ir a París sin terminar de convencerme ya que, aunque no lo diga claro, me está dando un ultimátum, o todo o nada.

–  Debe de ser muy importante lo que hay escrito en esa carta para que te hayas quedado todo este tiempo leyendo aquí. – Oigo la voz de Axel a mi espalda con tono altanero.

Es de día, miro mi reloj y veo que son las diez de la mañana pero, como el día está nublado y a punto de llover, el sol no se ha dejado ver.

–  No estoy de humor. – Le advierto.

–  ¿Y cuándo lo estás? – Le oigo murmurar entre dientes regresando al salón.

Decido llamar a Angie, a ella siempre se le ocurren las mejores ideas y las más sensatas.

–  Por favor, dime que estáis bien. – Me dice Angie nada más descolgar.

–  Estamos bien. – Le respondo. – Necesito ayuda, Angie. Estoy confundida y no sé qué hacer. ¿Estás sola para poder hablar?

–  Me has despertado y sí, desgraciadamente estoy sola en una cama enorme.

Le cuento lo de la carta de Juan y su invitación, le explico las dudas que tengo en cuanto a ir o no ir a París, aunque tengo muy claro que si voy a París será para despedirme definitivamente de Juan. También le hablo a Angie de la extraña sensación de atracción y odio que siento por Axel y ella me dice:

–  No creo que sea una buena idea que vayas a París por tres motivos: el primero es que no buscas una relación romántica con Juan; el segundo porque Wolf y sus hombres te están buscando para matarte; y el tercero y puede que el más importante, creo que te estás enamorando de Axel.

–  Estoy segura de que si voy a París con Juan toda esta idiotez se me pasará.

–  Con eso lo único que conseguirías es hacerle más daño a Juan. – Me advierte Angie.

–  Entonces, ¿qué se supone que tengo que hacer?

–  Por el momento, evitar que alguien te mate, que es lo primordial. De lo contrario no tendría sentido preocuparse por lo demás. – Me responde Angie divertida, tratando de animarme. – En tu lugar, trataría de aclarar mis sentimientos respecto a Axel y, si quieres un consejo, trátale bien. Puede que os paséis el día discutiendo, pero se le nota que le gustas, de lo contrario, ¿por qué te mete en su casa y se ofrece a hacer de niñera contigo si ya no tiene ninguna obligación?

–  ¿Para desbaratar aún más mi mundo? – Sugiero lamentándome. – Ahora mismo lo único que quiero es desaparecer, ese viaje a París me vendría muy bien.

–  ¿De verdad te suena tentador ir a la ciudad del amor con Juan? – Me pregunta Angie burlonamente.

–  Tienes razón, creo que necesito dormir y pensar en ello cuando haya descansado.

Me despido de Angie y cuelgo la llamada. Me doy media vuelta para entrar en el salón y veo a Axel observándome de pie, apoyado en el marco de la puerta acristalada de la terraza.

–  Tenemos que hablar. – Me dice con voz grave y gesto serio. Ni siquiera me ha llamado “princesita”.

Entro en el salón y me siento en uno de los sofás sin decir nada, dispuesta a escuchar todo lo que me tenga que decir. Axel se sienta a mi lado en el mismo sofá, pese a que tiene dos sofás y tres sillones más donde sentarse cómodamente y a una distancia prudencial y considerable.

–  Tú dirás. – Le digo impaciente.

–  Ari, no puedes ir a París. – Me contesta mirándome fijamente a los ojos. – No es seguro, a menos que quieras de verdad que Wolf te mate.

–  Tienes razón, no puedo ir a París. – Le contesto dejándole sorprendido. Está claro que esperaba que montara en cólera o algo parecido.

–  ¿Ya está? ¿Eso es todo? – Me pregunta incrédulo. – ¿No vas a discutir conmigo?

–  No estoy de humor, Axel. – Le respondo con un hilo de voz. – Me voy a dormir.

Me levanto del sofá y me dirijo a mi habitación, dejando a Axel sorprendido y confuso. De hecho, creo que está pensando en la posibilidad de que me haya vuelto loca.

Me meto en la cama y doy vueltas hasta que por fin consigo quedarme dormida.