Siempre cuidaré de ti 1.

Siempre cuidaré de ti

Tras cuatro años de universidad, hoy por fin me he graduado. Han sido cuatro años de duro trabajo, pero también cuatro años de diversión en el campus compartiendo piso con mis dos mejores amigas: Ángela Montenegro y Deborah Hidalgo, alias Angie y Debby.

Angie tiene el pelo castaño claro, los ojos verdes y un rostro angelical, tal y cómo su nombre indica. Debby es pelirroja, de pelo rizado, ojos color miel y su carácter es más pícaro y desvergonzado. De broma, les digo que son el Ángel y el Demonio. Y luego estoy yo, rubia de pelo liso, ojos de un color gris azulado y, cómo no podía ser de otro modo, no soy ni un ángel ni un demonio, soy la simple mortal. En el campus somos conocidas como Los Ángeles de Charlie y nuestro pasatiempo favorito es salir a tomarnos unas cuantas copas y hacernos fotos posando como Los Ángeles de Charlie.

Y esta es una de esas noches en las que salimos a bailar, nos tomamos más copas de las recomendables para seguir lúcidas y nos hacemos un montón de fotos a lo “Ángeles de Charlie” con algún que otro fan improvisado que desea inmortalizar ese momento con nosotras.

–  Ari, ¡ven a bailar! – Me gritan Angie y Debby al unísono mientras Gabriel, el propietario del pub, me sirve mi tercera copa de tequila.

Les hago un gesto con la mano para que esperen a que coja mi copa y ellas siguen bailando al ritmo de la música en el centro de la pista.

Gabriel no me cobra, es la ventaja que tiene haber trabajado todas las noches durante cuatro años en el pub, pero sobretodo lo hace porque es mi última noche aquí y no he venido a trabajar, he venido como clienta.

Me uno a ellas a la pista de baile justo en el momento en que empieza a sonar el himno del pub, una réplica del Bar Coyote y cuyo himno no podría ser otro que “Can’t fight the moonlight”, la banda sonora de la película. Cómo hemos hecho todas las noches cuando sonaba esta canción, Angie, Debby y yo nos subimos a la barra y comenzamos a bailar y cantar, todo un espectáculo, sobre todo teniendo en cuenta las copas que llevamos encima. Mientras bailamos sobre la barra, veo cómo un tipo al fondo del local no me quita el ojo de encima. Con disimulo, lo estudio mientras bailo y deduzco rápidamente que no es un universitario, debe tener entre veintiocho y treinta años, más o menos. Tampoco parece estar acompañado, ¿quién viene a una fiesta en el campus solo? Quizás es un psicópata.

–  El moreno del fondo no te quita el ojo de encima, ¿lo conoces? – Me pregunta Debby.

–  No, creo que no. – Respondo dejando de mirar al susodicho.

–  ¿Crees que no? – Me pregunta divertida. – Si yo conociera a un tío así te aseguro que no lo olvidaría.

–  Debby, tú lo olvidarías en el mismo momento en que salieras de su cama. – Se mofa Angie.

–  Hablando de salir de camas ajenas, ¿no es ese el tipo al que te tiraste y te largaste antes de que se despertara? – Pregunta Debby burlonamente. – Prepárate, viene hacia aquí.

–  Mierda. – Musito al girarme y ver que se está acercando sonriendo.

–  ¡Por fin te encuentro! – Me dice saludándome con un beso en la mejilla. – ¿Eres una especie de criatura nocturna? Ni siquiera te he visto esta mañana en la graduación.

–  Un vampiro, para ser más exactos. – Le respondo bromeando al mismo tiempo que veo pasar por delante de mí al tipo solitario.

–  ¿Por eso abandonaste mi cama al amanecer? ¿Para refugiarte en tu tumba de la luz del sol?

–  Fue una noche divertida, nada más. – Le dejo claro de nuevo, pues ya se lo advertí aquella noche.

–  Lo sé, pero confiaba en encontrarte y hacerte cambiar de opinión. – Me confiesa.

–  Lo siento, pero no es buena idea. – Le digo sinceramente. – La vida de un vampiro es complicada.

–  En ese caso, si quieres pasar otra noche divertida, te dejo mi tarjeta. – Me dice dándome su tarjeta con su número de teléfono. – Llámame, estaré encantado de volver a verte.

–  Lo tendré en cuenta. – Le respondo sonriendo antes de dar media vuelta y unirme a mis amigas.

Leo la tarjeta, Nacho Muñoz. ¿Se llamaba Nacho? Ni siquiera lo recordaba…

–  ¿No piensas celebrarlo por todo lo alto? – Me pregunta Debby al comprobar que le he dado largas a Nacho. – Te mereces un homenaje.

–  Hablando de homenajes, por ahí viene mi hombre. – Dice Angie sonriendo al ver aparecer a Óscar, su amigo con derecho a roce del que pretende despedirse esta noche. – Os prometo que esta noche será digna de recordar.

–  Conociéndote, seguro que os limitáis a practicar el misionero. – Se mofa Debby.

–  Hola, chicas. – Nos saluda Óscar. Envuelve con sus brazos a Angie y la besa en los labios con ternura, dulzura y amor, el pobre está enamorado de ella. – Angie, necesito hablar contigo.

Angie asiente con la cabeza, se despide de nosotras y se marcha con Óscar de la mano. En cuanto se marchan, Debby me susurra al oído:

–  Angie va a darse su homenaje, yo voy a buscar a mi víctima de esta noche para darme un homenaje y tú deberías ir a por ese tipo misterioso que no deja de mirarte para darte tu propio homenaje. O también puedes llamar a ese Nacho, aunque no te lo recomiendo como primera opción, ya que el tío parece que quiere algo serio contigo.

–  Busca a tu víctima y lárgate, yo me voy a quedar a echarle una mano a Gabriel, el pobre no da abasto con toda la gente que hay y está solo. – Le digo. – Al fin y al cabo, nos ha dado la noche libre a las tres para que disfrutemos y yo ya he disfrutado bastante.

–  Eres demasiado leal, Ari. – Me recrimina Debby. – Deberías pensar sólo en ti, aunque solo fuera por una vez.

–  A partir de mañana pensaré en mí, te lo prometo. – Le contesto burlonamente. Le doy un fuerte abrazo y añado  modo de despedida: – Nos vemos mañana, tienes detrás a tu víctima.

Debby se vuelve hacia atrás y se sorprende al ver a Max, un chico surfero con el que se lo pasa muy bien y el único con el que ha repetido. Me guiña un ojo y acto seguido desaparece con Max cogida de su brazo.

Camino entre la multitud hacia la barra y le echo una mano a Gabriel, que me lo agradece con un guiño y una amplia sonrisa. Me pongo a servir copas y en quince minutos despejamos la barra.

–  No sé qué voy a hacer sin vosotras el año que viene. – Me dice Gabriel.

–  Contratar a otra camarera porque, cómo lo intentes llevar el bar tú solo, los clientes se jubilarán antes de que les sirvas. – Me mofo.

Entonces, el tipo solitario se acerca a la barra y me pide una copa:

–  Un Ballantines con Coca-Cola, por favor.

Puede que este tipo se haya pasado la noche mirándome, pero estoy segura de que no trata de ligar conmigo, más bien parece fastidiado. Ahora que lo veo de cerca, tengo que reconocer que no está nada mal. Moreno, ojos oscuros, con gusto para vestir. Pero no termina de encajar aquí y mucho menos solo. Le sirvo la copa con profesionalidad y, cuando me entrega el billete para pagar, nuestras manos se rozan y todo mi cuerpo se estremece, pero no de miedo precisamente.

–  Oye guapa, ¿qué cobras por un baile privado con final feliz? – Me pregunta un tipo borracho como una cuba.

–  Vete a casa y pídele el baile a tu madre. – Le contesto fulminándole con la mirada.

–  Vaya, ¡la gatita tiene uñas! – Se mofa el borracho.

Se apoya en la barra y estira el brazo para alcanzarme, pero el tipo solitario lo intercepta y, con tono amenazante, le dice:

–  La señorita te ha dicho que te vayas a casa y cómo no lo hagas me veré obligado a sacarte de aquí yo mismo, algo que te aseguro no te gustará.

El borracho alza las manos en señal de paz e inocencia y se marcha del pub seguido de sus amigos, igual o más borrachos que él.

–  Gracias, la próxima copa invita la casa. – Le agradezco al tipo solitario.

–  ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? – Me pregunta Gabriel.

–  Sí, Gabriel. – Le respondo sonriendo divertida. – Solo era un borracho.

Dos horas más tarde, le he servido tres copas más al tipo solitario y no le he cobrado ninguna, pero ni siquiera ha intentado iniciar una conversación conmigo y, por supuesto, yo tampoco.

Ayudo a Gabriel a cerrar ese a que no deja de insistir en que me vaya a casa y descanse, pero lo cierto es que no me siento para nada cansada ni quiero regresar a casa. Es la última noche que paso en el campus y no quiero que acabe, al menos no tan pronto.

–  Te voy a echar de menos, Ari. – Me dice Gabriel después de cerrar el pub, mientras nos despedimos en el aparcamiento. – Aunque espero que de vez en cuando vengas a hacerme una visita como clienta, aquí siempre estará tu casa.

–  Yo también te voy a echar de menos, Gabriel. – Le digo abrazándolo. – Y por supuesto que vendré a verte, no pienses que te vas a librar de mí tan fácilmente.

Tras otro abrazo, nos despedimos y me dirijo a mi coche, dispuesta a irme a casa. Antes de montarme en el coche miro a mi alrededor esperando ver al tipo solitario, ha desaparecido justo cuando estábamos cerrando y no lo he vuelto a ver. A mi alrededor no hay ni un alma, así que me subo al coche y conduzco hasta llegar a casa, donde hoy dormiré por última vez en la que ha sido mi habitación durante los últimos cuatro años.

2 comentarios

  1. juan carlos zalazar

    14 enero, 2017 a las 02:15

    muy bueno gracias por compartir

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