Sedúceme 18.

Eva y Derek bajaron al salón de casa de los padres de Eva. Victoria les recibió con su amplia sonrisa en los labios, pero Vicente estaba más serio de lo habitual y a Eva no le pasó desapercibido. Quería que Derek se sintiera cómodo con sus padres, pero su padre no se lo estaba poniendo fácil. Con la única intención de quedarse un momento a solas con su padre, Eva le dijo a Derek:

—Cariño, me he dejado el teléfono móvil sobre la isla de la cocina del loft, ¿te importaría ir a buscarlo, por favor?

—Claro —la complació Derek y desapareció al instante.

—Papá, no estás colaborando nada —le reprochó Eva a Vicente.

—Tu madre ya está colaborando por los dos —protestó su padre.

—Por favor, papá —le rogó Eva—. Tengo intención de pasar el resto de mi vida con Derek, te agradecería que le trataras como a uno más de la familia, porque para mí lo es.

—De acuerdo, cielo —fue incapaz de negarse Vicente—. Pero si en algún momento no se comporta contigo como te mereces, yo mismo me ocuparé de estrangularle con mis propias manos.

—Estoy segura que eso nunca llegará a suceder —le confesó Eva con una amplia sonrisa en los labios.

Vicente pudo ser testigo de la felicidad que Derek causaba en Eva, hacía tanto tiempo que no la veía tan radiante como lo estaba en ese momento y supo que era gracias a Derek. Lo único que Vicente quería era seguir viendo así de feliz a su hija, así que no le costó ningún esfuerzo ser amable y simpático con su futuro yerno, algo que Eva agradeció en silencio. Derek notó aquel cambio en el comportamiento de Vicente hacia a él y adivinó que Eva tenía algo que ver en ello, pero prefirió no comentar nada.

La cena fue mucho mejor de lo que Eva esperaba. Derek se había ganado la confianza de sus padres en pocas horas, aunque el cambio de comportamiento de Vicente en realidad había sido producido por Eva.

Tras la cena, Eva quiso salir a tomar una copa pese al frío que hacía y Derek trató de convencerla para quedarse en el loft.

—Cariño, ¿no prefieres quedarte en casa? —Le preguntó Derek mientras Eva se ponía el abrigo.

—Si pretendes tenerme en abstinencia, será mejor que pasemos el menor tiempo posible en loft o acabaremos discutiendo —le respondió Eva visiblemente molesta.

—Nena, subamos al loft —le susurró al oído con tono sugerente al mismo tiempo que la agarraba por la cintura para estrecharla entre sus brazos—. Si vas a torturarme hasta que no pueda más, prefiero caer ya en la tentación.

Eva sonrió satisfecha y le besó apasionadamente. Derek le quitó el abrigo, la cogió en brazos y la llevó junto a la cama. La desnudó lentamente, disfrutando del placer de ir descubriendo poco a poco cada centímetro de su piel. Cuando se quedó completamente desnuda, Eva gimió demandando lo que tanto ansiaba y Derek no se hizo de rogar.

Hicieron el amor con ternura y alcanzaron el clímax al mismo tiempo, quedándose abrazados el uno al otro hasta que recobraron la respiración.

—Nena, quiero darte tu regalo de navidad —le susurró Derek sonriendo con complicidad.

—Faltan dos días para navidad —comentó Eva intrigada—. ¿Qué me has comprado que no pueda esperar? ¿Has adoptado un amiguito para Thor? —Preguntó emocionada.

—Es algo que tenía pensado regalarte cuando regresemos a la ciudad, pero creo que no puede haber un mejor momento que este —Derek se levantó de la cama, rebuscó en su maleta y regresó junto a Eva con una pequeña cajita con un lazo rojo—. Cariño, esto es para ti.

Eva lo miró a los ojos antes de abrir su regalo. Derek parecía nervioso y ella se apresuró en averiguar qué contenía la caja. La abrió sin más ceremonia y se quedó petrificada cuando vio el anillo. Era un hermoso anillo de compromiso de oro blanco con un enorme diamante con forma de lágrima.

—Derek… —Balbuceó Eva sin dejar de mirar el anillo pero sin cogerlo.

—Cariño, te quiero —le dijo Derek mirándola a los ojos—. Eres la persona con la que quiero acostarme y levantarme todos los días, la persona más importante de mi vida. Quiero vivir la vida contigo, en lo bueno y en lo malo. Cásate conmigo, nena.

Eva se quedó muda. Estaba tan emocionada por lo que acababa de escuchar de los labios de Derek que continuaba procesándolo.

—Nena, dime algo por favor —le rogó Derek.

—Sí. ¡Claro que sí! —Exclamó arrojándose a sus brazos.

Se fundieron en un apasionado beso y Derek le colocó el anillo de compromiso en el dedo antes de hacerle el amor de nuevo.

Al día siguiente, cuando se reunieron con toda la familia, la pareja dio la feliz noticia y todos les felicitaron por el reciente compromiso. Irene y Victoria comenzaron a hacer planes para la boda, Ana les dio algunos consejos y todos dieron su opinión sobre una boda perfecta. Pero Derek y Eva no les escuchaban, tan solo se miraban y se sonreían con complicidad, sin ser conscientes de lo que ocurría a su alrededor.

Aquella navidad en el pueblo fue la mejor que habían vivido, rodeados por la familia y sus mejores amigos. Derek y su familia congeniaron muy bien con la familia de Eva. Junto a la familia de Ana y la de Ruth pasaron la navidad y el fin de año.

Después de aquellos días de vacaciones, regresaron a la ciudad. Derek trató de convencer a Eva durante esos días en el pueblo para que se mudara a su casa, pues se negaba a dormir ni una sola noche lejos de ella. Eva, tras la insistencia de Derek, la necesidad que sentía por estar cerca de él y el hecho de que ya pasaba casi todas las noches en su casa, decidió aceptar y se trasladó con él. Se sintió mal por Ruth, no quería dejarla sola, pero Ruth la tranquilizó alegando que estaría bien e incluso bromeó diciendo que ahora podría subir al apartamento a tantos hombres como quisiera.

Tres meses más tarde, Derek y Eva seguían disfrutando de su amor y conviviendo en armonía. Habían establecido una agradable rutina, se compenetraban a la perfección y ambos colaboraban en las tareas domésticas, pese a que Derek tenía contratada a una asistenta.

Eva estaba terminando de arreglarse para ir al hospital a ver a Ana y a su bebé recién nacido. Se estaba demorando más de lo habitual y Derek empezaba a impacientarse.

—Nena, si no te das prisa no llegaremos ni al primer día de colegio —protestó Derek, que la esperaba impaciente para ir a conocer a su sobrino recién nacido.

—Ya estoy lista —anunció Eva bajando las escaleras.

Derek se acercó a ella, la besó en los labios y, agarrados de la mano, se encaminaron hacia el garaje, donde se subieron al coche de Derek.

Apenas veinte minutos más tarde, llegaron a la clínica de maternidad donde Ana había dado a luz. Se encontraron a Nahuel en el pasillo, frente a la puerta de la habitación.

—Felicidades papá novato —felicitó Derek a su hermano.

—Enhorabuena —lo saludó Eva—. ¿Cómo está la mamá y el pequeñín?

—La mamá feliz pero cansada y el pequeñín está perfectamente, ahora mismo duerme como un tronco —les respondió Nahuel feliz—. Pasemos a la habitación, así podréis conocer a vuestro primer sobrino.

Nahuel entró en la habitación y Derek y Eva lo siguieron. Ana estaba estirada sobre la cama con el pequeño bebé recién nacido en sus brazos. Se quedaron observándola con ternura hasta que Ana se percató de su presencia y les saludó dedicándoles una amplia sonrisa:

— ¡Si están aquí los titos! Mirad al pequeño Nahuel, tiene los mismos morritos que los Smith.

Durante más de una hora, el pequeño Nahuel pasó de mano en mano para estar en brazos de sus tíos y de sus papás.

Ruth llegó poco después, parecía nerviosa y contrariada, pero cuando le preguntaron tan solo se excusó diciendo que tenía mucho trabajo en la galería. Apenas estuvo treinta minutos en la habitación del hospital y se marchó aún más nerviosa de lo que llegó.

— ¿Qué le ocurre a Ruth? —Preguntó Ana cuando la aludida se marchó.

—No lo sé, pero eso no ha sido nada normal —comentó Eva—. Debe tener mucho lío en la galería, en un par de semanas inauguran una nueva exposición.

Derek y Eva se despidieron de los recién estrenados papás y del pequeño retoño que habían traído al mundo. Cuando llegaron a casa, Derek abrazó por la espalda a Eva y le susurró al oído:

—Nena, quiero que tengamos un bebé. Un pedacito de nosotros.

—Y lo tendremos, pero después de la boda.

—Solo quedan cinco meses, estoy deseando que seas mi esposa —le confesó Derek.

—Y yo estoy deseando serlo —le aseguró Eva—. Pero no pienso casarme gorda como una morsa, así que nada de bebés hasta que estemos casados.

—En ese caso, deberíamos ir practicando… —sugirió Derek.

Se fundieron en un apasionado beso de tornillo, encendieron su deseo e hicieron el amor con ternura, despacio y sin prisa, como acostumbraban a hacerlo desde que se prometieron en Navidad.

 

FIN

 

Si quieres saber más sobre la historia de Ruth, no te pierdas la novela “Enamórame“.

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