Reconócelo, caprichosa (II/III).

A la mañana siguiente, Amaia se despertó sola en la cama y suspiró aliviada, necesitaba un minuto a solas, un momento en el que poder pensar en cómo iba a sobrellevar aquella situación. Podían pasar muchas cosas en una semana compartiendo la cabaña con Jon, pero tenía que estar segura hasta a dónde quería llegar. Sí, estaba enamorada de Jon. Pero no, no estaba dispuesta a dejarlo todo por él para que después huyera presentándose a otra misión encubierta. En resumen, no estaba dispuesta a arriesgar su salud mental por Jon si antes él no hablaba seriamente del tema con ella. No esperaba que se le declarase, conocía a Jon y sabía que él no era un hombre que demostrara su amor con palabras, sino con hechos, pero esta vez Jon tendría que dar un paso más porque ella no estaba dispuesta a darlo.

—Buenos días —la saludó Jon de buen humor, entrando en la cabaña cargando con el desayuno en una bandeja—. Te traigo el desayuno a la cama, caprichosa.

—Mm… ¿A qué se debe el honor?

—Quiero una tregua —le dijo Jon sin andarse por las ramas—. Vamos a estar aquí una semana y, te guste o no, vamos a compartir cabaña, solo quiero que ambos disfrutemos de estas vacaciones con la pandilla.

—Me parece bien —le respondió Amaia medio aturdida.

—No desconfíes, no trato de seducirte para llevarte a la cama, entre otras cosas porque ya duermes conmigo en la cama —bromeó Jon. Se acercó a ella y le susurró—: Además, ya te dije que serás tú quien acabe suplicándome que te dé placer, caprichosa.

—Eso no ocurrirá.

—Te aseguro que sí, antes de que acabe la semana —la desafió Jon mostrándole una pícara sonrisa.

—En cualquier caso, gracias por el desayuno.

Amaia estaba hambrienta y el desayuno que Jon le había preparado tenía muy buena pinta, así que comenzó a comer bajo la atenta mirada de él.

Un rato más tarde, ambos se reunieron con el resto de la pandilla en la playa. Amaia estaba agotada, tendió una toalla sobre la arena y se tumbó. Jon imitó a Amaia y se tumbó a su lado.

— ¿Una noche movidita? —Se mofó Mario al ver las ojeras de ambos.

—Amaia ha roncado toda la noche y no me ha dejado dormir —bromeó Jon, ganándose una colleja de Amaia.

—Creía que teníamos una tregua —le recordó.

—Tienes razón, caprichosa. Por cierto, deberías ponerte protector solar si no quieres quemarte.

— ¿Me echas una mano? —Le preguntó Amaia con descaro.

—Chicos, nos vamos a navegar por las islas, ¿os apuntáis?

—Estoy agotada, otro día me apunto —se excusó Amaia.

—Me quedo con ella, pasadlo bien —les dijo Jon.

Cristina intercambió una mirada con su amiga Amaia para asegurarse de que todo va bien antes de marcharse.

—Estaré bien —le aseguró Amaia.

—Nos vemos esta noche —se despidió Cristina.

Jon esperó a que todos sus amigos se marchasen y, una vez a solas con Amaia, le preguntó:

— ¿Quieres que te ponga protector solar?

—Ajá, no quiero quemarme.

—Yo sí que me voy a quemar —masculló Jon entre dientes.

Amaia se tumbó boca abajo y se deshizo de la parte superior de su bikini mientras Jon apretaba la mandíbula para no dejarse llevar por sus deseos más primitivos. Por suerte para Jon, Amaia estaba boca abajo.

— ¿Vas a empezar? —Le apremió Amaia.

—Ya voy, caprichosa.

Jon comenzó a expandir el protector solar por la espalda, los hombros y los brazos de Amaia, acariciando el contorno de sus pechos con la yema de los dedos con cada roce. Sonrió al sentir a Amaia tan segura y relajada, con la naturalidad que la caracterizaba, y no dudó en jugar sucio para conseguir reconquistarla. Deslizó las palmas de las manos por sus piernas, desde los tobillos hasta los muslos, acercándose a la zona prohibida pero sin tocarla, excitándola y excitándose.

—Caprichosa, date la vuelta —le ordenó con la voz ronca.

Sin hacerse de rogar, Amaia se tumbó boca arriba, mostrando sus pechos sin ningún pudor y con actitud juguetona, algo que Jon no estaba dispuesto a desaprovechar. Para impacientarla, comenzó esparciendo el protector solar por los tobillos y fue ascendiendo lentamente hasta llegar a los muslos, acercándose una vez más al centro de su placer pero sin llegar a tocarlo. Continuó ascendiendo por su abdomen, pero de allí pasó a su cuello, sus brazos y, finalmente, sus pechos, haciéndola gemir al pellizcar sus pezones.

—No estás jugando limpio —le acusó Amaia.

—Tú tampoco —le replicó Jon, pellizcando sus pezones de nuevo.

— ¿Ahora quieres torturarme?

—Solo quiero darte todo lo que pidas, caprichosa —la tentó Jon.

Amaia se incorporó y le miró fijamente a los ojos, tratando de adivinar qué escondía detrás de aquellas palabras, sin terminar de fiarse. Jon supo que Amaia tenía dudas y no quiso presionarla, aquella decisión tenía que tomarla ella libremente.

—Voy a darme un chapuzón.

Amaia se quedó en silencio mientras le observaba alejarse hacia a la orilla y zambullirse entre las pequeñas olas de la tranquila playa mientras trataba de tomar una decisión. Estaba enamorada de él y en ese momento deseaba fundirse con él, dejarse llevar y vivir el momento sin preocuparse por lo que ocurrirá después. Y eso fue lo que hizo. Tan solo con la diminuta parte inferior de su bikini, se puso en pie y caminó hacia a la orilla para zambullirse en el agua. Jon estaba nadando y no se dio cuenta de la presencia de Amaia hasta que se encontró de frente con ella. El agua le cubría hasta la cintura y Jon no pudo evitar fijarse en sus pechos con los pezones duros, en parte por el agua fría del mar y en parte por la excitación.

— ¿Quieres seguir poniéndomelo difícil?

—En realidad, quiero ponértelo en bandeja —le corrigió Amaia antes de arrojarse a sus brazos y besarle apasionadamente en los labios.

— ¿Estás segura de lo que estás haciendo, caprichosa? —Le preguntó Jon cuando despegó sus labios de los de ella—. No quiero que mañana te arrepientas y salgas huyendo de nuevo.

—Ahora eres tú quien nos tortura a ambos —le replicó Amaia—. Te propongo que nos dejemos llevar y veamos qué pasa, sin etiquetas.

Jon se dejó llevar y le devoró la boca con urgencia, necesitaba sentirla entre sus brazos casi tanto como respirar. Amaia colocó las piernas alrededor de la cintura de él y puso sentir la presión del miembro erecto de Jon en su entrepierna.

—Amaia, vas a matarme…

—Te necesito dentro, Jon —le suplicó ella.

Y Jon no se hizo de rogar, retiró la fina tela del bikini de Amaia y la penetró lentamente al mismo tiempo que depositaba un reguero de besos por su cuello. A Amaia no le pasó por alto la delicadeza con la que Jon le hacía el amor, la ternura con la que le trataba ni la adoración que mostraba por ella. Jon solo necesitaba sentirla de nuevo entre sus brazos, había pasado un año desde la última vez que estuvo con ella y no se la pudo quitar de la cabeza ni un solo día por mucho que lo hubiera intentado.

—Jon —gimió Amaia al borde del orgasmo.

—Lo sé, caprichosa. Solo tienes que dejarte ir —la animó Jon llevándose a la boca uno de los pezones de Amaia para mordisquearlo después y haciéndola explotar de placer.

Apunto de correrse, Jon trató de salir del interior de Amaia, pero ella se lo impidió y se derramó dentro de ella.

—Amaia…

—No pasa nada, tomo la píldora anticonceptiva y…

—Reconócelo, caprichosa —la provocó mientras cargaba con ella en brazos de regreso a las toallas—. Me deseas tanto como yo a ti.

Amaia no le contestó, se limitó a abrazarle con fuerza y a dejarse abrazar cuando Jon la sentó entre sus piernas sobre la toalla.

— ¿Estás bien? —Quiso asegurarse Jon.

—No podría estar mejor —le confesó Amaia.

Se quedaron así un buen rato, hasta que decidieron regresar a la cabaña y compartir una placentera ducha para quitarse del cuerpo la sal del agua de mar. Más relajados, decidieron preparar la comida para cuando llegaran sus amigos del paseo en barca.

— ¡Menudo banquete! —Exclamó Mario cuando llegaron y vieron la mesa preparada para servir.

—Os habéis quedado a solas toda la mañana y, ¿os habéis dedicado a cocinar? —Le preguntó Cristina a su amiga en un susurro para que solo ella la escuchara—. Te lo has tirado, y no lo niegues porque lo llevas escrito en la cara.

—No puedo resistirme a él, ya lo sabes —le respondió Amaia encogiéndose de hombros.

— ¡Qué buena pinta tiene todo! —Aplaudió Yolanda, relamiéndose los labios.

—El mérito es de Jon, es un excelente cocinero —apuntó Amaia.

— ¿Eso ha sido un piropo? —Preguntó Jon bromeando.

—Tan solo he constatado un hecho.

—No te preocupes, ya te piropeamos nosotros si sigues cocinándonos así —intervino Luís divertido.

Entre risas y bromas, los ocho amigos comieron y pasaron la tarde charlando. Los chicos decidieron ocuparse de la cena y las chicas se encargaron de preparar sangría casera para todos.

Unas horas más tarde, ya cenados y achispados por las copas de sangría que se habían bebido, se acomodaron alrededor de la hoguera y Jon invitó a Amaia a sentarse entre sus piernas. A ninguno de sus amigos les extrañó aquel acercamiento, todos sabían que los dos estaban hechos el uno por el otro y que tenían una cuenta pendiente que saldar.

— ¿Estás bien? —Le preguntó Jon después de un rato sin que Amaia se moviera ni dijera nada.

—Sí, estoy muy bien —le respondió ella medio dormida, acurrucada contra el pecho de Jon.

—Estás agotada, ¿quieres que te lleve a la cabaña?

—Estoy a gusto contigo —ronroneó Amaia.

—Estaremos más a gusto en la cama —concluyó Jon. Se puso en pie cargando con Amaia en brazos y se despidió de sus amigos—: Nos vamos a dormir, buenas noches.

Jon se dirigió hacia la cabaña mientras Amaia, que estaba juguetona, depositaba pequeños besos por el cuello de Jon.

—Amaia…

—Mm… —Le ronroneó ella al oído, excitándole—. Quiero jugar antes de dormir.

—Y yo quiero complacerte, caprichosa.

Jon depositó a Amaia a la cama y la desnudó lentamente, al mismo tiempo que iba dejando un reguero de besos sobre cada centímetro de piel que iba dejando al desnudo, colmándola de placer y haciéndola alcanzar el orgasmo en varias ocasiones antes de hundirse en ella y estallar en mil pedazos.

—Me estás mimando demasiado y puedo acostumbrarme —le advirtió Amaia cuando su respiración se normalizó.

—Acostúmbrate, te he dejado escapar dos veces y no habrá una tercera —le aseguró Jon estrechándola entre sus brazos con fuerza.

—No me dejes escapar —le pidió ella antes de quedarse dormida.

Casi a punto de amanecer, Amaia se despertó entre los brazos de Jon, que seguía dormido. Se fue a levantar para ir al baño y descubrió que estaba esposada a Jon.

— ¿Pensabas ir a alguna parte? —Le preguntó Jon escrutándola con la mirada, temiendo que Amaia quisiera salir huyendo como la última vez.

—Sí, quiero ir al cuarto de baño —bufó Amaia—. ¿Se puede saber por qué me has esposado?

—Ya te he dicho que no pienso dejarte escapar por tercera vez.

—Te prometo que no me iré a ninguna parte, al menos no sin antes despedirme de ti —le dijo Amaia—. Y ahora quítame esto que necesito ir al baño.

Jon le quitó las esposas y ella se levantó para ir al baño. Cuando regresó cinco minutos más tarde, Amaia se acurrucó junto a Jon y le susurró:

—Quiero jugar, Jon.

—Mm… Ya sabes que me encanta complacerte, caprichosa.

Hicieron el amor y volvieron a quedarse dormidos. Cuando Amaia volvió a despertarse, Jon hablaba por teléfono y las pulsaciones se le aceleraron cuando escuchó lo que decía:

—No se preocupe Charo, su hija está perfectamente, no dejaré que le ocurra nada —hizo una pausa para escuchar a su interlocutora, que era la madre de Amaia, y añadió—: Sí, le doy mi palabra de que la semana que viene iré a comer a su casa —hizo otra pausa y añadió—: Eso ya no depende de mí, pero le aseguro que haré todo lo que esté en mi mano.

Amaia se levantó y se encaró con Jon, sin poder creerse que estuviera haciendo planes para ir a comer a casa de su madre sin contar con ella:

— ¿Quieres contarme qué hacías hablando por teléfono con mi madre?

—Te ha llamado mientras dormías y he respondido para que no se preocupara. Se ha alegrado mucho al saber que estaba contigo y me ha invitado a comer cuando regresemos a la ciudad.

—Jon, sabes que mi madre siempre te ha adorado, no quiero que le des falsas esperanzas…

—Será mejor que te vayas acostumbrando, no te voy a dejar escapar, caprichosa —la interrumpió Jon para después besarla en los labios y después, añadió bromeando—: Estoy deseando ir a comer a casa de mis suegros.

—No se lo he puesto fácil a mis padres estos dos últimos años, no quiero meterlos en esto, Jon. Ellos te adoran y…

— ¿Ha pasado algo con tus padres?

—Lo saben todo —le confesó Amaia.

— ¿Todo?

—Todo —le confirmó Amaia con un hilo de voz—. Tuve que dar muchas explicaciones tras romper el compromiso con Miguel y mis padres me conocen demasiado bien como para intentar mentirles.

— ¿Tus padres saben que rompiste tu compromiso con Miguel porque le pusiste los cuernos acostándote conmigo? —Jon necesitaba asegurarse.

—Sí.

—Genial, probablemente tu madre me haya invitado a comer para que tu padre pueda matarme —musitó entre dientes.

—Mis padres no querían que me casara con Miguel, respetaban mi decisión, pero no la compartían. Ellos siempre han sabido que entre nosotros dos había algo especial, por eso mi madre te ha invitado a comer, intenta hacer de celestina.

—Será divertido, ¿no crees? —Bromeó Jon para que Amaia se relajara, estaba muy tensa.

Sin embargo, aquellas palabras causaron más inseguridades en ella. Temía que aquello no saliera bien y de nuevo se quedara sin Jon y con los reproches de su familia y amigos. Pero, decidida a disfrutar de aquellas vacaciones con Jon, mostró su mejor sonrisa y se olvidó de las preocupaciones. Durante aquellos días, Amaia solo quería vivir junto a Jon la aventura del amor y ya se lamentaría cuando llegara el momento.

—Quiero jugar, Jon.

— ¿Esa es tu forma de decirme que me quieres? —La tanteó Jon, con una sonrisa pícara en los labios—. Me quieres. Reconócelo, caprichosa.

—Te deseo —susurró ruborizada.

—No es lo mismo, pero me conformo con eso por el momento.

Sin más palabras, Jon tumbó a Amaia en la cama y se entretuvo acariciando, besando y lamiendo cada recoveco de piel del cuerpo de la mujer que tanto amaba. Si hubiera tenido el control del tiempo, Jon lo hubiera detenido para siempre en ese momento.

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