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Ángel detiene el coche en una calle estrecha y poco transitada. Me observa sin decir nada durante un par de segundos que se me hacen eternos y finalmente me dice con la voz ronca:

–  Necesito que me digas dónde vives si quieres que te lleve a tu casa.

–  Vivo con Judith. – Le respondo.

Asiente con la cabeza y arranca de nuevo el coche para ponerse en camino, pero pasados diez minutos me doy cuenta de que no está yendo por el camino correcto y le digo:

–  Si piensas cobrarme por llevarme a casa, no pienso pagarte el rodeo que estás dando.

–  ¿Te apetece tomar una última copa antes de ir a casa?

–  Aún es pronto. – Le contesto encogiéndome de hombros tras mirar el reloj. – ¿Dónde me llevas?

–  A mi casa. – Me responde sin apartar la vista de la carretera.

Con cualquier otro hombre me habría negado en rotundo, pero hay algo que me atrae de él y que no puedo controlar.

Entramos en el parking de un lujoso edificio donde Ángel deja su coche aparcado y rápidamente sale para ayudarme a bajar. Nos dirigimos al ascensor y, tras introducir una llave y marcar un código, se eleva hasta llegar a la última planta. Entramos al apartamento de Ángel y no me sorprendo al verlo todo inmaculadamente impoluto y ordenado. La decoración, para mi gusto, es demasiado masculina e impersonal, pero no está nada mal. Pasamos a la cocina que está en una estancia amplia y abierta junto al comedor y el salón, y Ángel sirve dos copas de whisky con hielo.

–  ¿Salimos a la terraza? – Me propone.

Asiento con la cabeza y le sigo hasta a la terraza, donde ambos nos quedamos durante unos minutos en silencio, totalmente concentrados en las maravillosas luces de la ciudad. Desde aquí se puede ver muy bien la Sagrada Familia, el mar y la montaña de Collserola.

–  Es increíble que estemos en el centro de la ciudad y que haya tanta paz y tranquilidad. – Le digo sin dejar de mirar hacia el horizonte. – Si viviera aquí, me pasaría el día en la terraza.

–  Preferiría que esta noche la pasáramos en mi habitación. – Me susurra al oído, colocándose detrás de mí, apretándome las caderas con sus grandes manos y estrechando mi espalda contra su pecho.

Comienza a lamerme el lóbulo de la oreja con su lengua y sus manos me acarician los muslos con sensualidad. Suavemente, me gira para colocarme frente a él y, tras mirarme a los ojos, me besa en los labios apasionadamente. A partir de entonces, ambos nos dejamos llevar por la pasión, nuestras manos recorren nuestros cuerpos sin pudor, Ángel me coge en brazos agarrándome del trasero y coloca mis piernas alrededor de su cintura. Sin dejar de besarme y cargando conmigo, se dirige hacia el dormitorio.

Estoy muy excitada, tanto que estoy a punto de meterme en la cama con un tío al que acabo de conocer hace tan solo unas horas.

–  Antes de que sigamos, quiero decirte que no quiero nada serio. – Me dice escrutándome con la mirada. – Solo será una noche de sexo que quedará entre nosotros.

–  Si buscara algo serio contigo, no estaría dispuesta a meterme en tu cama en este momento. – Le contesto con la voz ronca de excitación.

Ángel no me hace esperar, me aprisiona entre su pecho y la pared, sujetándome con una mano y con la otra me quita el vestido con gran habilidad. Mientras tanto, yo le quito la americana y la camisa, le desabrocho el cinturón y el botón del pantalón al mismo tiempo que mi vestido cae al suelo, seguido de mi sujetador y mi diminuto tanga. Sin soltarme, Ángel se termina de quitar los pantalones y los bóxer negros ajustados, dejando libre su enorme erección. Mi cuerpo se estremece anticipándose a lo que vendrá a continuación mientras él desliza su mano entre mis piernas, atormentando mi clítoris con caricias certeras, esparciendo la humedad por la hendidura de mi vagina antes de introducir uno de sus dedos por ella, haciéndome gemir.

–  Dime qué es lo que quieres, Megan. – Me ordena con voz grave y ronca por la excitación.

–  Quiero tenerte dentro, ahora. – Le contesto totalmente desinhibida.

–  ¿Aquí mismo? ¿Tal y como estamos?

–  Aquí mismo, contra la pared. – Ahora soy yo la que ordena.

Rápidamente, Ángel se encarga de obedecerme y, sujetándome contra la pared, me penetra de una sola estocada, produciéndome olas de placer. De la pared al suelo, del suelo a la ducha y de la ducha a la cama. Lo hacemos en cualquier parte de la habitación hasta que, agotados y extasiados, caemos rendidos y desfallecidos en los brazos de Morfeo.

Cuando me despierto, estoy completamente desnuda, atrapada entre los brazos de Ángel y en una habitación extraña, el dormitorio de Ángel.

La primera noche en Barcelona y la he pasado en el apartamento de un completo desconocido, aunque debo reconocer que ha sido una de las mejores noches de mi vida.

Con cuidado de no despertarle, me deshago de su abrazo para levantarme de la cama, recojo mi ropa y entro en el baño. Me lavo la cara, me visto y salgo de la habitación dispuesta a marcharme sin que nadie me vea pero, para mi desgracia, me topo con una mujer de unos cincuenta años que me mira como si estuviera viendo un fantasma.

–  Buenos días. – La saludo ruborizada.

–  Buenos días, señorita. – Me dice la mujer con una dulce sonrisa. – ¿Le apetece desayunar?

–  Oh, no, gracias. – Le respondo. – Ya me marchaba.

–  ¿Piensa irse sin despedirse del señor Ferreira? – Me pregunta divertida. – No creo que eso le agrade.

–  No creo que despertarle sea una buena idea, pero gracias por el consejo.

–  Por favor, llámeme Rosa. – Me dice la mujer con dulzura. – ¿Está segura de que no quiere desayunar un poquito? No puede ir por ahí sin nada en el estómago.

–  Eres muy amable, Rosa. – Le respondo. – Pero tengo que irme ya y no quiero molestarte.

Cojo mi bolso de la encimera de la cocina y salgo del apartamento rogando en silencio para que Ángel siga durmiendo y no se despierte hasta que yo haya salido de allí.

Bajo en ascensor hasta la planta baja y allí el portero me saluda al mismo tiempo que abre el portal para dejarme pasar.

Si llevas un vestido de noche de color rojo a las once de la mañana, no puedes evitar que la gente te mire, así que busco un taxi libre y me voy directa a casa.

Cuando por fin llego a casa, me alegra descubrir que Judith aún no ha regresado, así no tendré que darle explicaciones de dónde y con quién he pasado la noche, aunque tampoco hubiera sido difícil descubrirlo.

Me quito el vestido y me meto en la cama, estoy demasiado cansada y no quiero pensar en lo que hice anoche. De hecho, espero no tener que volver a ver a Ángel porque me muero de la vergüenza solo de pensar en todo lo que hice y dije anoche, con un completo desconocido y completamente desnuda.

Bueno, al menos puedo decir que la primera noche en Barcelona va a ser digna de recordar, aunque no será algo que comparta con mis hijos si algún día los llego a tener.

Me cuesta un poco, pero finalmente consigo volver a dormirme, esta vez en mi nueva cama.

No sé cuánto tiempo ha pasado cuando la puerta de mi habitación se abre y entra Judith con los brazos en jarras y, mirándome fijamente a los ojos, me espeta:

–  ¡Ya puedes levantarte y contarme qué cojones pasó anoche!

–  ¿Qué? – Pregunto aturdida.

–  No te hagas la tonta, que ya sabes de qué te estoy hablando. – Me replica. – Explícame por qué me ha llamado Ángel para preguntarme si estabas en casa y si estabas bien.

–  Este tío es idiota. – Murmuro.

–  ¿Discutiste con él? La culpa es mía, no tendría que haberte dejado con él en el Heaven. – Me dice Judith con los ojos llenos de culpabilidad. – Con la fama de mujeriego que tiene, seguro que intentó algo contigo, ¿me equivoco?

–  No, no te equivocas. – Le respondo. – Pero creo que la historia no ha sido como tú crees.

–  Desembucha. – Me ordena.

–  Cuando os fuisteis me llevó a su casa, nos tomamos una copa y una cosa llevó a la otra… Ya me entiendes. – Le digo encogiéndome de hombros. – Cuando me desperté él seguía durmiendo y yo me fui de su casa sin hacer ruido, aunque no pude evitar que su asistenta me viera.

–  ¿Me estás diciendo que Ángel te llevó a su casa y te acostaste con él allí?

–  Joder, tampoco es para que alarmes tanto. – Protesto. – No soy una niña y mucho menos una santa, una noche de sexo esporádica entre dos personas no es nada raro, ¿es que tú no lo has hecho nunca?

–  Meg, no me refiero a lo de la noche de sexo. – Me responde Judith confundida. – Me refiero a la noche de sexo en su casa. Todo el mundo sabe que Ángel no lleva a ninguna chica a su casa, las lleva a todas al Hotel BCN, donde tiene una habitación reservada exclusivamente para sus aventuras nocturnas.

–  Pues me alegro de que no me haya llevado allí. – Le contesto medio dormida.

–  No me puedo creer que te lo hayas tirado y ¡en su casa! – Grita Judith. – Cuéntame, ¿cómo es en la cama? ¿Es la bomba sexual que yo me imagino que es?

–  No pienso darte detalles, pero te diré que es insaciable y que me encantó.

–  Genial, porque me ha pedido que te diga que le llames cuando te despiertes. – Me contesta burlonamente. – No sé qué le habrás hecho esta noche, pero si has conseguido montártelo en su casa y que te llame escasas horas después, creo que vas a tener que darme algunas clases, profesora.

–  Siempre que sean teóricas y no prácticas, estaré encantada. – Bromeo.

Me levanto y me doy una ducha antes de ir a la cocina a desayunar, aunque sea la hora de la merienda. Judith ha ido a casa de sus padres pero me ha dejado anotado el teléfono de Ángel junto a una nota que reza: «Llámalo». Medito sobre llamarlo o no llamarlo y finalmente decido esperar a que él vuelva a llamar. Al fin y al cabo, fue él quien dejó claro que lo de anoche solo se trataba de sexo.