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Nada más despertarme, recuerdo todo lo que ha pasado y maldigo en voz baja. Me levanto de la cama de un salto y me dirijo a la cocina, que también es comedor y salón. Apenas camino un par de pasos al salir de la habitación cuando me topo con un tipo con cara de sicario y, tal y cómo Jeff me enseñó, me defiendo atacando. Las clases de artes marciales tenían que servir para algo. El tipo es más grande que yo y apenas consigo darle un par de golpes antes de que me agarre de las manos y bloquee todos mis movimientos.

–  Relájese, estamos aquí para protegerla. – Me dice el tipo con pinta de sicario.

–  ¿Qué cojones estás haciendo? – Le pregunta Ángel furioso, rescatándome del sicario.

–  La gatita ha sacado sus uñas, solo intentaba que no me arañara antes de explicarle que estamos aquí para protegerla y no para agredirla. – Se excusa el sicario.

–  ¿Quiénes son esta gente? – Le pregunto al ver que otro tipo con pinta de sicario se une a su compañero. – ¿Qué están haciendo aquí?

–  Regresemos a la habitación, hablaremos allí. – Me dice encaminándome de vuelta a mi habitación, colocándose a mi espalda. Una vez en la habitación, me dice sonriendo: – Acabas de alegrarle el día a esos dos saliendo así vestida.

–  Tendrías que haberme dicho que no estábamos solos. – Le reprocho.

–  Esos dos tipos son Smith y Stuart, dos ex marines de EEUU que ahora trabajan en el sector privado y, como podrás intuir, acabo de contratar. – Me explica. – Me los ha recomendado Dylan y te van a acompañar a donde quiera que vayas. Por cierto, Dylan estará aquí a última hora de la tarde, su vuelo se ha retrasado a consecuencia de una tormenta en no sé dónde.

–  ¿Has hablado con Dylan?

–  Llamó a tu móvil un rato después de que te durmieras y cogí yo la llamada. – Me mira fijamente a los ojos y añade: – Te dije que no voy a dejar que te hagan daño y lo voy a cumplir, Megan.

–  ¿Por qué lo haces? – Le pregunto. – Apenas me conoces, para ti soy un problema y sin embargo me traes a tu casa y te metes en medio de todo este percal cuando lo que deberías estar haciendo es mantenerte alejado de mí.

–  Tienes una manera bastante peculiar para agradecer las cosas, ¿no crees?

–  Lo siento. – Me disculpo. – Tienes razón, tú haces todo esto y yo te lo agradezco con reproches.

–  No pasa nada, estás nerviosa y asustada. – Me dice quitándole importancia. – Pero tienes que saber que yo estoy aquí para ayudar, ¿de acuerdo?

–  Te lo agradezco, pero sigo sin entender por qué te complicas la vida conmigo.

–  Eres mi abogada, tengo que cuidar de ti para que tú puedas cuidar de mis negocios. – Me dice sonriendo. – Ahora date una ducha, ponte algo de ropa para que tus guardaespaldas no vayan babeando detrás de ti y ven a la cocina a desayunar. Mientras tanto, yo me encargo de hablar con tu padre y con Judith, ¿de acuerdo?

–  Gracias por todo, Ángel. – Le digo con un hilo de voz.

–  No tienes que agradecerme nada. – Me responde. – Mi hermana y John vienen de camino, Paula te trae algo de ropa, le diré que venga a tu habitación en cuanto llegue.

Asiento con la cabeza y Ángel, tras sonreírme con dulzura, se marcha cerrando la puerta detrás de sí. Me doy una rápida ducha y, cuando salgo del baño envuelta en una toalla, me encuentro a Paula y Judith sentadas a los pies de la cama. Ambas me miran con cara de preocupación, pero es Judith la que, abrazándome con los ojos llenos de lágrimas, me pregunta:

–  ¿Estás bien?

–  Todo lo bien que puedo estar. – Le contesto forzando una sonrisa para tranquilizarla. – Dylan está de camino y Ángel ha contratado a dos tipos para estar seguros hasta que sepamos qué hacer.

–  Ya nos hemos enterado que le has roto el labio a uno de ellos. – Se mofa Paula. – Tienes a mi hermano Ángel como loco.

–  Os juro que no lo he hecho queriendo, bueno sí, pero solo porque creía que venían de parte de Colorado y me he asustado. – Me defiendo.

–  Me refiero a que lo tienes como loco en el buen sentido, Meg. – Me dice Paula sonriéndome con ternura. – Nunca he visto a Ángel preocuparse así por una chica, nunca se ha interesado por nadie hasta el punto de arriesgar su vida por ella.

–  Si te soy sincera Paula, eso no me ayuda a tranquilizarme. – Le confieso. – Creo que lo mejor será solucionar los problemas uno a uno y, de momento, ya tengo bastante con Colorado.

–  Te hemos traído algo de ropa, vístete y ven a la cocina a desayunar. – Me dice Judith dándome un beso en la mejilla.

Asiento con la cabeza a pesar de que lo único que quiero es meterme en la cama, que Ángel me abrace y olvidarme de todo lo que está pasando. En vez de eso, decido ponerme una minifalda tejana y una camiseta blanca de tirantes con unas sandalias planas para ir a la cocina y desayunar, tal y como Judith me ha pedido que hiciera. Allí me encuentro con los dos supuestos guardaespaldas, con Judith y Álvaro, John y Paula y, por supuesto, con Ángel.

Nada más verme, Ángel se acerca a mí y, rodeándome la cintura con su brazo derecho, me dice señalando a los dos tipos que se suponen que son mis guardaespaldas:

–  Meg, ellos son Smith y Stuart y los he contratado para que te protejan.

–  Es importante que lo entienda, señorita Moore. – Me dice Smith, el tipo al que le he partido el labio sin saber quién era. – Estamos aquí para protegerla, aunque por lo que he podido comprobar usted se protege muy bien sola.

–  Lo siento, no quería hacerle daño… – Me disculpo. – No sabía quién era usted y…

–  No se preocupe, no pasa nada. – Me responde Smith. – De hecho debo de reconocer que incluso estaría encantado de que trabajara para mí como guardaespaldas. – Bromea.

Todos se ríen, pero yo no logro ni esbozar una sonrisa. Estoy demasiado nerviosa y preocupada como para que un chiste me distraiga de mis problemas.

–  ¿Has podido hablar con mi padre? – Le pregunto a Ángel.

–  Está de camino. – Me contesta. Y, dirigiéndose a todos, añade: – Chicos, os agradecemos vuestra preocupación, pero creo que es mejor que os vayáis a casa. Este no es el mejor lugar para quedarse.

De inmediato, todos le obedecen, dejándonos a solas a Ángel y a mí con los dos guardaespaldas. Para intentar distraerme y no darle vueltas a la cabeza, me pongo a mirar por la ventana. Estamos en la última planta de un edificio enorme y las vistas de la ciudad son espectaculares. Me agarro a la barandilla de hierro forjado y cierro los ojos dejando que la brisa de septiembre me envuelva y, un segundo después, unas manos me rodean la cintura. No me hace falta abrir los ojos para saber a quién pertenecen esas manos, las conozco muy bien.

–  Todo va a salir bien, nena. – Me susurra la voz de Ángel al oído. Dejo escapar un sonoro suspiro de resignación y Ángel me abraza con más fuerza. Estoy tan pegada a él que incluso puedo notar al final de mi espalda como su erección empieza a crecer. Me aprieto más contra él y me susurra al oído con la voz ronca por la excitación: – No tientes al diablo, no es capaz de controlarse y no creo que sea el mejor momento teniendo en cuenta que tu padre está viniendo hacia aquí, nena.

–  Óscar Wilde decía «la única forma de vencer a la tentación es dejarse arrastrar por ella.

–  Ejem, ejem. – Finge toser Stuart detrás de nosotros. Cuando consigue captar nuestra atención, nos dice sin apenas mover los labios: – El señor Moore acaba de llegar.

Ángel asiente con la cabeza y acto seguido me coge de la mano y me guía de vuelta al salón, donde mi padre está de pie esperándonos y me abraza nada más verme, pero no sin antes percatarse que Ángel y yo entrábamos cogidos de la mano.

–  Cariño, ¿estás bien? – Me pregunta preocupado. En ese momento Smith sale del cuarto de baño y mi padre, al ver que tiene una herida en el labio y el mentón un poco inflamado, pregunta: – Pero, ¿qué le ha pasado? ¿Os han atacado?

–  Ha sido su hija, señor Moore. – Le contesta Smith divertido.

–  ¡Megan! – Me regaña mi padre.

–  Papá, fue sin querer. – Me excuso. – Y ya le he pedido disculpas.

–  Frank, ¿quieres tomar algo? – Le ofrece Ángel.

Como si tuvieran telepatía y se comunicaran sin hablar, ambos se levantan y se dirigen hacia a la cocina, dejándome sentada en el sofá junto a Smith y Stuart.

–  Tiene gracia, yo soy la implicada en el asunto y a nadie le interesa contarme cómo están las cosas en realidad. – Murmuro molesta.

–  Tienes suerte de tener a tanta gente que te quiere y se preocupa por ti. – Me dice Smith. – Tu novio apenas ha dormido organizando todo esto, tus amigos se han volcado en el asunto a pesar de que están poniendo sus vidas en riesgo y tu padre también está aquí dispuesto a lo que haga falta.

–  No sé qué significa tener suerte en tu país, pero en el mío tener suerte significa no tener que pasar por esto. – Replico. – Si tuviera suerte, nada de esto estaría pasando.

A pesar de haber golpeado a Smith en nuestro primer encuentro, tengo que reconocer que es un tipo muy agradable y simpático, además de muy atractivo. Durante el rato que mi padre pasa con Ángel en la cocina, yo hablo con Smith y escucho sus sabias y confortables palabras. Stuart, por el contrario, es un tipo más serio y poco hablador, por lo que se limita a sentarse en uno de los sillones y escucha nuestra conversación sin intervenir ni una sola vez en ella.