No te alejes de mí.

Me levanté de la cama y me vestí con un short tejano y una camiseta de tirantes. Pese a la noche fría, el día era bastante caluroso. Alec entró en la habitación y, tras echarme un rápido vistazo, me entregó mi mochila al mismo tiempo que murmuró entre dientes:

—Será mejor que te cambies de ropa.

Intuí que mi escasez de ropa le incomodaba y ladeé la cabeza divertida, pues él estaba desnudo de cintura para arriba y yo no me había quejado.

— ¿Qué te hace tanta gracia?

—Tú —le contesté sacándole la lengua—. Creo que tú también deberías cambiarte de ropa.

Alec me dedicó una sonrisa traviesa y, un segundo después, se lanzó sobre mí tumbándome en la cama, extendiendo mis brazos por encima de la cabeza para agarrarme con firmeza de las muñecas e inmovilizándome con su cuerpo. No pude ni quise oponer resistencia, la intensidad de su mirada me hechizaba. Su boca estaba tan cerca de mis labios que me costaba respirar.

—No me provoques, no olvides que yo no soy de piedra —me susurró acariciándome el cuello con los labios.

— ¿Qué te hace pensar que yo sí soy de piedra?

Alec me miró a los ojos sorprendido, ¿acaso no era obvio que estaba totalmente rendida a sus pies? Cerró los ojos y sentí que se alejaba de mí otra vez, con él siempre era un tira y afloja. Un ruego en forma de murmullo se escapó de mi garganta:

—No te alejes de mí, por favor.

—No sabes lo que me estás pidiendo —susurró frustrado—, no soy bueno para ti.

—Por favor —insistí.

Alec suspiró profundamente, apoyó su frente sobre la mía y añadió antes de rendirse y besarme en los labios:

—Acabarás conmigo.

Le devolví el beso con deseo, disfrutándolo al mismo tiempo que temía que en cualquier momento la magia desapareciera. Me dejé llevar por la pasión y por la urgencia de sentirle junto a mí, me sentía en el cielo. Pero alguien llamó a la puerta de la habitación y ambos nos quedamos quietos de inmediato.

—Chicos, ¿estáis despiertos? —Preguntó Erik desde el otro lado de la puerta.

—Danos cinco minutos, en seguida salimos —le contestó Alec alzando la voz para que le escuchara. Se volvió hacia a mí, me dio un leve beso en los labios y añadió ayudándome a incorporarme—: Vístete, voy a darme una ducha y ahora regreso.

Una vez más, huyó de mí. Pero al menos esta vez se había decidido a besarme. Le observé salir de la habitación y suspiré con resignación cuando me quedé sola.

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