Las reglas del juego 9.

Salí del pub con mi desconocido pegado a la espalda y sus brazos rodeándome la cintura, sintiendo su erección en mi trasero. Ni siquiera sabía a dónde nos dirigíamos, pero tampoco me importaba. Por fin podía volver a sentirlo, por fin podría pasar una nueva noche con él.

Cuando quise darme cuenta, estábamos frente a su coche y abría la puerta del lado del copiloto para ayudarme a subir y acomodarme en el asiento. Le miré con indecisión, no estaba segura de poder llegar a donde fuera que quisiera llevarme sin arder por combustión espontánea, estaba al borde del orgasmo.

—Nena, tardaremos cinco minutos en llegar, ¿crees que podrás soportarlo?

—No, no lo creo —le confesé.

—Sube al coche, caprichosa —me ordenó dándome una palmada en el trasero.

Le obedecí con resignación mientras le veía sonreír burlonamente. Un segundo después, se sentaba en el asiento del conductor y ponía en marcha el motor del coche. Resoplé con frustración y cerré los ojos para tratar de calmar la excitación que sentía cuando noté que el coche se detenía. Abrí los ojos y miré a mi alrededor confundida, estábamos en un callejón oscuro y mi desconocido me miraba con los ojos brillantes.

—Esto es solo un apaño para calmar tu sed de sexo hasta que lleguemos a casa, entonces te complaceré hasta que quedes agotada —me susurró al oído mientras introducía una de sus manos por debajo de mi vestido.

Gemí cuando sus dedos retiraron la fina tela del tanga y rozaron mi inflamado clítoris. Me arqueé excitada y mi desconocido aprovecho para acariciar mis pechos sobre la tela del vestido. Apenas un minuto después, de derretía en el asiento de copiloto, sin importarme que estuviésemos en mitad de un callejón oscuro.

—Nena, te follaría aquí mismo —me susurró con la voz ronca.

—Hazlo —le reté, deseaba que lo hiciera.

Sin embargo, apartó sus manos y su mirada de mí, encendió el motor del coche y, tras salir del callejón, se incorporó al tráfico de la carretera mientras decía:

—Tardaremos cinco minutos en llegar al apartamento.

Suspiré con resignación, si había esperado más de dos semanas, podía esperar cinco minutos más. Traté de recomponerme tras la sacudida del orgasmo que había azotado mi cuerpo, pero apenas me dio tiempo cuando me di cuenta de que entrábamos en el parking subterráneo de un edificio de apartamentos. Aparcó el coche y me ayudó a bajar. Nos dirigimos al ascensor en absoluto silencio, pero el brillo en sus ojos y me hizo sospechar que solo trataba de contenerse hasta llegar al apartamento. Y no me equivoqué. En cuanto las puertas del ascensor se abrieron, me agarró de la mano y tiró de mí para sacarme del ascensor. En el rellano tan solo había una puerta que mi desconocido abrió con urgencia. Entré en el apartamento pero no tuve tiempo ni de echar un rápido vistazo, mi desconocido había cerrado la puerta y me tenía acorralada contra ella.

—Veo que no soy la única impaciente —bromeé.

—No te imaginas cuánto te he deseado —susurró introduciendo una de sus manos bajo la falda de mi vestido—. Nena, me he pasado las últimas quince horas metido en un avión y necesito darme una ducha, ¿te apetece acompañarme?

Asentí sin dudarlo lo más mínimo. Me agarró de la mano y, tras cruzar el amplio salón-cocina-comedor, abrió una puerta y entramos en el cuarto de baño. Sonreí al ver la enorme bañera y le miré con cara de niña buena, sin saber cómo proponerle lo que tenía en mente.

— ¿Qué se te ha ocurrido, caprichosa? —Me preguntó como si pudiera leerme la mente y añadió señalando la bañera—: ¿Cambiamos la ducha rápida por un largo baño?

Asentí satisfecha y, mientras él abría el grifo de la bañera para llenarla de agua, yo me apresuré en desnudarme.

—Mm… Siempre tan impaciente, caprichosa y descarada, me encantas —me susurró al oído al mismo tiempo que me estrechaba entre sus brazos.

Acarició mi piel desnuda mientras yo me apresuraba en desabrochar los botones de su camisa y desnudarle. Él sonreía divertido y me dejó hacer lo que quería sin protestar. Me hizo sentir como una verdadera caprichosa, pero me encantaba que me complaciera.

Cuando la bañera se llenó de agua caliente, mi desconocido cerró el grifo y me ayudó a entrar en la bañera antes de acomodarse detrás de mí y colocarme entre sus piernas.

—Me quedaría así para siempre —suspiré dejándome abrazar por él.

—No me tientes, nena. Soy capaz de secuestrarte y quedarme encerrado contigo el resto de nuestras vidas —me susurró con la voz ronca.

—No me importaría, pero alguien nos acabaría encontrando y, ¿qué les diríamos?

—Mm… Podríamos huir a cualquier lugar remoto del planeta donde nadie nos pudiese encontrar —sugirió con voz seductora.

—Un lugar en el que siempre haga buen tiempo y en el que haya playa —sugerí jugando a aquel juego de fantasía.

—Un lugar donde iríamos desnudos todo el día y en el que pudiera colmarte de placer al aire libre. ¿Te gustaría follar en la playa?

Su pregunta fue acompañada por una leve caricia entre mis piernas que me hizo dar un respingo. Cerré los ojos y traté de calmarme, en ese estado me correría si me volvía a tocar.

—Nena, no has contestado a mi pregunta.

—Sí, me gustaría follar en la playa y ni siquiera me importaría que alguien nos viera —me oí decir.

— ¿Te gustaría que nos miraran mientras te doy placer? —Me susurró acariciando mis pechos y llenando sus manos con ellos—. ¿Te gustaría que alguien viera cómo te acaricio? —Una de sus manos descendió por mi abdomen hasta perderse entre mis piernas y, acariciando el centro de mi placer, añadió—: Dime, ¿te gustaría que nos miraran y se excitaran viendo cómo te masturbo?

Aquellas palabras fueron demasiado para mí, me arqueé y, soltando un gemido gutural, me dejé llevar y me sostuvo entre sus brazos mientras las olas de placer del orgasmo sacudían todo mi cuerpo.

Como si me peso fuera el de un papel, mi desconocido me agarró por la cintura para darme media vuelta y colocarme sobre su regazo, quedando frente a frente. Me apretó contra su pecho y me acarició la espalda mientras yo me recomponía del brutal orgasmo que había experimentado.

—Te quiero dentro —le ordené en un susurró cuando logré recomponerme.

Podía notar su erección palpitando contra mi clítoris y estaba cada vez más excitada, pese a que hacía dos minutos que acababa de correrme.

—Nena, aquí no tengo los preservativos…

—No me importa —le interrumpí impaciente—. Estoy sana y tomo la píldora anticonceptiva, ¿qué me dices de ti?

—Estoy sano y en la maleta que tengo en el coche están los resultados de una analítica de sangre que lo confirma —me aseguró.

—Entonces, supongo que podrás satisfacerme y cumplir mi deseo —ronroneé alzando las caderas y agarrando su miembro para colocarlo en la entrada de mi vagina.

Mi desconocido se impacientó y me penetró de una sola y rápida estocada, haciéndome gemir de placer.

—Nena, me encanta oírte gemir.

—Entonces, no dejes de hacer lo que estás haciendo.

Con cada una de sus embestidas mi cuerpo más se tensaba, preparándose para recibir las oleadas de placer del inminente orgasmo. Arqueé la espalda y mi desconocido mordisqueó uno de mis pezones que quedó a la altura de su boca. Llevó una de sus manos al lugar donde nuestros cuerpos se unían y, presionando y acariciando mi clítoris, me susurró con la voz ronca:

—Córrete nena, no voy a poder contenerme mucho más.

Escuchar aquella voz ronca y casi ahogada por la excitación fue el detonante de la explosión que me hizo estallar en mil pedazos. Dos estocadas después, mi desconocido se dejaba llevar desgarrando su garganta con un gruñido gutural antes de derramarse dentro de mí.

Me dejé caer sobre su pecho y él me estrechó entre sus brazos, regalándome suaves caricias en la espalda.

Unos minutos después, mi desconocido se incorporó conmigo en su regazo y, alzándome en brazos como si fuera una pluma, se levantó y salimos de la bañera. Me dejó de pie sobre la alfombra, cogió una de las toallas de baño y comenzó a secarme con ella, concentrado en su tarea. Cuando hubo terminado, me envolvió con un enorme albornoz de color negro. Después, cogió otra toalla y, tras secarse, se envolvió con ella la parte inferior del cuerpo, dejando al descubierto su perfecto y musculado torso.

—Estoy hambriento, ¿te apetece algo de comer? —Me preguntó con tono desenfadado.

—Yo también estoy hambrienta, pero no de comida exactamente —le provoqué.

Me miró alzando las cejas, sorprendido al escuchar mis palabras, pero acto seguido me dedicó una sonrisa burlona e imaginé que su malévola mente estaba maquinando un plan para torturarme.

—Si no te importa, pediré una pizza por teléfono para que la traigan a domicilio. Necesito recargar energía para poder dejarte satisfecha —una sonrisa traviesa se dibujó en sus labios y añadió solo para provocarme—: Imagino que tres orgasmos no son suficientes para alguien tan exigente como tú.

—Imaginas bien —le confirmé—. Pide esa pizza y recarga energía, la vas a necesitar.

—No esperaba menos de mi caprichosa.

Sus palabras fueron acompañadas de una palmadita en el trasero que, lejos de molestarme, me excitó. Todo lo que él hacía me excitaba, era como si estuviera bajo su hechizo, un hechizo que me hacía desearlo como nunca había deseado a nadie.

Me acomodé en el sofá y encendí la televisión para distraerme mientras él llamaba a un restaurante de comida rápida y pedía una pizza y un par de latas de refresco. Haciendo zapping encontré un programa de investigación en el que hablaban sobre las parejas liberales. Siempre me había intrigado ese mundo, pero nunca me había planteado probarlo hasta que mi desconocido lo había mencionado. ¿Había hablado en serio o tan solo lo había dicho porque formaba parte del juego para excitarme?

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