Las reglas del juego 8.

Habían pasado tres días desde que mi desconocido se marchó y no tenía noticias de él. Me pasaba la mayor parte del tiempo pendiente del maldito teléfono pero no sonó ni una sola vez. Pensé en llamarle, pero no quería interrumpirle mientras estuviera trabajando ni tampoco que pensara que quería controlarlo. Tras darle muchas vueltas a la cabeza, la quinta noche decidí enviarle un mensaje: “He seguido tu consejo, he cerrado los ojos y he imaginado que eras tú quien me tocaba. No ha sido lo mismo, pero tampoco ha estado mal.” Pulsé el botón de enviar y esperé una respuesta hasta que me quedé dormida.

Cuando me desperté a la mañana siguiente, miré el teléfono móvil y sonreí al comprobar que tenía un mensaje: “Nena, créeme si te digo que desearía poder ser yo quien te tocara, quien besara y acariciara todo tu cuerpo y te hiciera gemir de placer. Me pongo duro solo de pensar en ti, nena.” Aquel mensaje me excitó y supe que habíamos iniciado un nuevo juego en el que ambos competiríamos por provocar y excitar al otro.

Me quería tomar mi tiempo para responderle, no quería que pensara que estaba pendiente de él, aunque eso era exactamente lo que hacía. Pero finalmente le contesté casi de inmediato: “Entonces, no olvides que te estoy esperando.” Pulsé la tecla de enviar y me arrepentí al instante. ¿Y si mi mensaje había sonado desesperado? Se suponía que no teníamos ningún compromiso, pero también había puesto la exclusividad como condición.

No quería pensar en ello, de nada serviría darle vueltas a la cabeza. Me di una larga ducha y después desayuné tranquilamente. Limpié el apartamento mientras escuchaba música en la radio y luego preparé la comida mientras veía las noticias en la televisión.

Después de comer decidí bajar al apartamento de Tony y Álex para darles los detalles de la noche con mi desconocido y contarles las nuevas condiciones de nuestro trato. Necesitaba que me dijeran lo que pensaban y, cuando terminé de hablar, les pregunté:

—Y bien, ¿qué os parece? ¿Soy una loca por aceptar jugar a esto o es un trato estupendo para disfrutar del sexo sin compromiso?

Ambos intercambiaron una mirada y en seguida supe que algo les preocupaba. Les miré esperando una contestación y Tony fue el que contestó:

—Alice, dices que ese tipo y tú buscáis lo mismo, que queréis disfrutar del sexo sin compromiso, pero ese trato es justo todo lo contrario. Lo bueno de tener un amigo con derecho a roce es que puedes acostarte con otro hombre sin sentirte culpable, incluso sería moralmente correcto si lo hicieras. Pero una de las condiciones de ese trato es la exclusividad.

—No busco un amante al que añadir a la colección, busco a un hombre que sepa darme placer en la cama, que me resulte atractivo no solo físicamente y que no tenga intención de iniciar una relación estable —les aclaré—. Él es la persona perfecta.

—Tenemos claro qué quieres y por qué lo quieres pero, ¿qué me dices de él? —Intervino Álex.

—Me ha dicho que viaja mucho por trabajo y que apenas tiene tiempo de tener vida social, supongo que con el trato él podrá ahorrarse el buscar a una chica con la que tener sexo, para eso me tiene a mí —respondí encogiéndome de hombros.

—Cielo, ya te lo dije la otra vez: disfruta del trato y, si te cansas de las condiciones, siempre puedes romperlo —me aconsejó Tony.

—Yo no lo veo tan claro —opinó Álex—. Ese tipo te gusta y la exclusividad y pasar tiempo con él solo hará que te guste más.

—Crees que acabaré llorando por los rincones cuando él se canse de mí —concluí.

—No he dicho eso, pero sí que existe un riesgo de que acabes llorando por los rincones si te enamoras de él, lo cual no parece ser imposible —matizó Álex—. Pero supongo que si no te arriesgas nunca lo descubrirás.

—Genial, estoy igual o más confundida de lo que ya estaba —bufé con sarcasmo.

—Chica, ¡qué humor! —Me reprochó Tony—. Está claro que necesitas un buen polvo, ¿cuándo dices que viene tu desconocido?

—No lo sé, no me lo ha dicho.

—Pues sigue enviándole mensajes poniéndole cachondo y lo tendrás aquí babeando antes de lo que esperas —bromeó Álex.

Aquellas palabras, lejos de provocarme como pretendía Álex, me hicieron pensar de nuevo en mi desconocido y en la posibilidad de haber recibido otro mensaje suyo. Terminé de tomarme el café que Tony y Álex me habían ofrecido y me despedí de ellos alegando que tenía que limpiar mi apartamento, no quería escuchar sus burlas si les decía que quería comprobar si mi desconocido me había enviado otro mensaje.

Los días fueron pasando y el contacto con mi desconocido se había limitado a un par de mensajes subidos de tono al día. Él no mencionaba cuándo iba a regresar y yo no me atreví a preguntar cuándo volveríamos a vernos.

Dos semanas después, mi frustración era más que evidente y Tony y Álex me obligaron a ir con ellos al pub y tomarme un par de copas para distraerme.

— ¿Dónde vas así vestida? —Me preguntó Tony horrorizado—. Sube ahora mismo a cambiarte de ropa.

Me miré de arriba abajo, no iba tan mal. Me había puesto unos tejanos, una blusa negra y unos botines de tacón medio. No quería impresionar a nadie y me apetecía ir cómoda, pero Tony y Álex me miraron como si quisiera salir vestida con el pijama.

—Está bien, subiré a mi apartamento a cambiarme de ropa —cedí tras suspirar profundamente, no pensaba empezar una batalla en la que seguramente perdería.

Me apresuré en subir a mi apartamento y cambiarme de ropa, pero la prisa se esfumó cuando abrí el armario y no supe qué ponerme. No me apetecía arreglarme demasiado porque sabía que no me iba a encontrar con mi desconocido, pero tenía que arreglarme lo suficiente para que Tony y Álex me dieran el visto bueno sin poner el grito en el cielo.

Entonces se me ocurrió una idea, decidí enviarle un mensaje con foto incluida a mi desconocido. Busqué en el armario hasta encontrar mi vestido ochentero al estilo Marilyn Monroe, de color blanco con un gran escote formado por dos amplias tiras que tapaban y sostenían mis pechos anudadas a la nuca y una falda plisada con mucho vuelo. Me hice una foto con el vestido puesto y se la envíe junto con el siguiente mensaje: “Me encantaría que estuvieses aquí y me quitaras el vestido, pero tendré que conformarme con salir a tomar un par de copas y regresar sola a casa. Espero que esta abstinencia valga la pena y tenga una buena recompensa.”

Sí, había sido de lo más directa y amenazante, pero no tenía ni idea de lo que él estaba haciendo mientras yo estaba esperándole.

Apagué el teléfono móvil y me marché, esa noche no quería pensar en él. Merecía salir y pasármelo bien. Había tenido una semana muy dura, había tenido que hacer varios reportajes para anuarios de instituto y los adolescentes eran agotadores, por no mencionar que más de uno trató de ligar conmigo pese a que les llevaba más de diez años.

Álex y Tony me esperaban en el rellano del tercer piso, listos para marcharnos. Ambos me miraron de arriba abajo y, tras comprobar mi atuendo, dieron su aprobación con una amplia sonrisa antes de subirnos al ascensor.

Media hora más tarde, los tres entrábamos en el pub y nos acomodábamos en un par de sofás de la zona chill-out. Álex se ofreció a ir a pedir las copas, dejándonos a solas a Tony y a mí.

— ¿Has hablado con tu desconocido? —Me preguntó Tony escrutándome con la mirada.

—No, pero le he enviado una foto para recordarle lo que se está perdiendo —le respondí sintiéndome ridícula—. Han pasado dos semanas y no nos hemos vuelto a ver.

—Te dijo que estaba fuera del país por negocios —me recordó tratando de animarme.

— ¿Dos semanas? Seamos realistas, ¿quién está fuera del país más de dos semanas por trabajo? —Repliqué—. ¿Soy una ingenua por esperar a un hombre del que no sé ni su nombre? ¿Y si se está riendo de mí?

— ¡Wow! —Exclamó Tony divertido—. Cielo, coge aire y respira que te va a dar algo.

—Muy gracioso —le reproché arrugando la nariz.

—Cielo, mucha gente viaja largos períodos de tiempo por trabajo —me dijo tratando de animarme una vez más—. Como tu padre, por ejemplo. Eso no significa que no sea una buena persona o que no te desee.

—Entonces, ¿estoy haciendo bien esperándole?

—Dime una cosa, ¿qué es lo que más desearías en este momento?

Le miré sin comprender a qué venía la pregunta, pero le respondí de todas formas:

—Me encanta charlar contigo, pero preferiría que mi desconocido me estuviera empotrando contra una pared.

—Deseo concedido —dijo señalando hacia a la barra de bar.

Miré dónde señalaba su mano y me sorprendí al ver a mi desconocido caminando hacia donde nos encontrábamos.

—Si te pido un millón de euros, ¿podrías hacer lo mismo? —Le pregunté sin apartar la mirada de mi desconocido.

—Ya me gustaría a mí —se mofó Tony. Se puso en pie y, justo cuando mi desconocido llegó a nuestro lado, añadió—: Estaré en la barra con Álex, avísame si decides marcharte.

Asentí con un leve gesto de cabeza y Tony se marchó, dejándome a solas con mi desconocido, que se sentaba a mi lado en el sofá, donde un minuto antes había estado sentado Tony. Me sorprendí al ver su rostro tan cansado, con marcadas ojeras y barba de tres o cuatro días.

—Estás preciosa, nena —me saludó dándome un leve beso sobre la piel de mi hombro descubierto.

—Si hubiera sabido que enviándote una foto vendrías tan rápido, te la hubiera enviado mucho antes —le confesé excitada al sentir su mano tocar mi rodilla y ascender entre mis muslos por debajo de la falda de mi vestido—. ¿Estás impaciente por quitarme el vestido?

—Nena, estoy tan impaciente que soy capaz de follarte aquí mismo y sin quitarte el vestido.

Me besó en los labios para atrapar el gemido que escapó de mi garganta al escuchar sus palabras y sentir sus dedos esparciendo la humedad por todo mi sexo.

—Aquí no, vamos a otro lugar —logré balbucear.

Con las piernas temblorosas, conseguí ponerme en pie. Busqué a los chicos con la mirada y, cuando les encontré, les hice un gesto para hacerles saber que me marchaba. Ambos asintieron confirmando que me habían entendido y di media vuelta para marcharme de allí con mi desconocido.

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