Las reglas del juego 24.

Alec me llevó a la que había sido mi habitación cuando mi padre se marchaba por motivos de trabajo y yo me quedaba en la base. Sonreí al comprobar que todo estaba como la última vez que estuve allí. Me ayudó a tumbarme sobre una de las dos camas dobles y no pude evitar contraer el gesto a causa del dolor en mis costillas, a lo que él respondió maldiciendo entre dientes.

—Odio verte así —me dijo casi con desesperación. Me besó en la frente y me rogó—: Por favor, prométeme que no volverás a ponerte en peligro de esa manera.

—Solo quería asegurarme de que no le pasara nada a Lía —me excusé—. Además, las dos estamos bien, el resto es secundario.

—Al final, conseguirás acabar conmigo —suspiró tumbándose a mi lado y estrechándome entre sus brazos—. Casi me vuelvo loco sin ti, nena.

—Ahora me tienes aquí y, según parece, mi padre tiene previsto tenerte de niñera conmigo.

—Por cierto, ¿qué le parece a tu padre que tú y yo estemos juntos? —Me preguntó tensando los músculos de la mandíbula.

—El hecho de que te haya dejado aquí conmigo dice mucho, ¿no crees? Además, mi padre te tiene en alta estima.

—Ya, pero imagino que la situación habrá cambiado cuando se ha enterado que soy el capullo que está con su hija y, que además, soy mucho mayor que tú.

—Doce años no son tanto y ya te dije que la edad no es un problema para mí —le recordé.

— ¿Quién te ha dicho mi edad?

—Steve me dijo que tenía treinta y siete años y supuse que tendrías su misma edad —le respondí encogiéndome de hombros.

Alguien llamó a la puerta de la habitación y Alec se levantó de la cama antes de que se lo pudiera impedir. Abrió la puerta e invitó a entrar a mi padre, a Jane y a Lía, que se tumbó conmigo en la cama ocupando el mismo lugar donde estaba su padre segundos antes.

— ¡Alice! —Exclamó eufórica.

—Hola preciosa, ¿ya has cenado?

—Sí, me lo he comido todo, ¿verdad abuela?

—Verdad, se lo ha comido todo —confirmó Jane mirando a su nieta con orgullo.

—Y tú, ¿has hecho las paces con papá?

—Sí, papá y yo hemos hecho las paces —le respondí intercambiando una rápida y cómplice mirada con Alec.

—Entonces, ¿voy a tener un hermanito?

Como no era la primera que escuchaba a Lía preguntar por la posibilidad de tener un hermanito, ya no me afectó como a los demás, pero malinterpretaron mi reacción.

— ¿Voy a ser abuelo? —Exigió saber mi padre mientras posaba su mirada de Alec a mí y viceversa.

— ¿Alice? —Me escrutó Alec.

—No estoy embarazada, si es eso lo que se os está pasando por la cabeza —les aclaré horrorizada ante aquella idea.

—La verdad es que la idea de ser abuelo me gusta, espero que no esperéis demasiado —comentó mi padre con naturalidad.

—Yo también estaría encantada —aseguró Jane.

— ¿Voy a tener un hermanito o no? —Insistió Lía con impaciencia.

—Cielo, todavía es muy pronto para hablar de hermanitos, pero te prometo que serás la primera en saberlo cuando venga en camino —le prometí.

Lía se quedó satisfecha con mi respuesta y no volvió a insistir con el tema, pero Alec no volvió a abrir la boca y se perdió en sus propios pensamientos hasta que Jane y mi padre nos dejaron para que pudiéramos descansar. Alec metió a Lía en la otra cama y se durmió antes incluso de que llegara a arroparla. Había sido un día duro y muy largo para una niña de su edad y había caído rendida.

— ¿Estás bien? —Le pregunté cuando se tumbó en la cama conmigo.

—Estoy bien siempre que estoy contigo —me susurró al oído. Deslizó una de sus manos hasta mi vientre para acariciarlo y añadió—: No he podido evitar imaginarte con un bebé en los brazos, un bebé nuestro.

—Alec…

—Lo sé, es pronto para hablar de ello —me interrumpió con pesar—. Duérmete nena, tienes que descansar.

Sospeché que no quería hablar más del tema y no quise insistir, estaba demasiado cansada y estar entre los brazos de Alec era un somnífero para mí.

A la mañana siguiente, cuando me desperté estaba sola en la cama. Miré hacia la otra cama y Lía no estaba. Me incorporé para levantarme justo en el momento en que la puerta se abrió y Alec entraba en la habitación.

—Nena, no debes levantarte —me regañó con dulzura, ayudándome a tumbarme de nuevo en la cama—. ¿Qué tal has dormido?

—He dormido bien. ¿Dónde está Lía?

—Está con mi madre, no queríamos despertarte.

Alguien llamó a la puerta y, tras dar permiso para entrar, la puerta se abrió y apareció mi padre.

— ¿Qué tal estás, cielo? —Me preguntó saludándome con un beso en la mejilla.

—Estaría mejor si me dejarais salir de la cama —protesté.

—Si estás aburrida, te traigo compañía —anunció—. Necesito a Alec en el centro de operaciones un rato, pero Brian se quedará contigo.

—No neces…

—Lo sé, no necesitas ninguna niñera —me interrumpió—, pero estaré más tranquilo si Brian se queda contigo hasta que Alec regrese.

Asentí como una niña buena y obediente, no quería darles más disgustos a ninguno de los dos. Alec se despidió de mí y dudó si besarme o no en los labios delante de mi padre, pero finalmente lo hizo. Nada más salir ellos por la puerta, Brian entró en la habitación.

—Tienes muchas cosas que contarme, pitufa —me saludó riendo divertido.

Charlamos durante más de dos horas, Brian quería saber todos los detalles de mi historia con Alec y se lo conté todo, incluso le hablé de las reglas del juego. Brian no me juzgó, me escuchó atentamente y, cuando terminé de hablar, me dijo que me veía más feliz que nunca.

Ese mismo día, recibí la visita de Álex y Tony. Mi padre había tenido el detalle de llamarles y contarles lo que había pasado y, como no podía ser de otra manera, se empeñaron en venir a visitarme. Ellos también querían saberlo todo y no iban a conformarse con menos. Se quedaron haciéndome compañía hasta que Alec regresó, ninguno de los dos quería marcharse de allí sin ver a mi desconocido y presentarse formalmente.

Alec regresó sonriendo de oreja a oreja, entró en la habitación y fue directo a besarme en los labios sin percatarse de que no estábamos a solas. Tony fingió toser, Alec se volvió para mirarles y, sorprendiéndonos a todos, sonrió y dijo:

—Imagino que vosotros sois Tony y Álex —les estrechó la mano y añadió—: Encantado de conoceros, yo soy Alec.

—Cielo, tu desconocido sigue siendo un hombretón a la luz del día —bromeó Tony.

—Y un santo, no sé cómo puedes seguir vivo teniendo que soportar a semejante rebelde haciendo reposo en cama —se mofó Álex.

— ¡Eh! —Protesté haciéndome la ofendida y le dije burlonamente—. Soy adorable, asúmelo.

—Será mejor que dejemos a los tortolitos a solas —opinó Tony.

Los chicos se despidieron y se marcharon tras hacer que les prometiera que les llamaría todos los días.

—Nena, quiero proponerte algo —me susurró Alec cuando nos quedamos solos.

—Mm… ¿Por qué tengo la sensación de que no me va a gustar?

—La operación ha salido bien, están deteniendo a todos los rebeldes en este momento y tu padre me ha dado unas semanas de vacaciones —. Me miró a los ojos y añadió—: Quiero que pases unos días conmigo y con mi familia en nuestra casa de la playa, después nos iremos solos tú y yo a donde quieras.

— ¿Con tu familia?

—Con Lía y con mi madre —confirmó—. Lía no quiere separarse de ti y me gustaría que os conocierais un poco mejor, quiero normalizar nuestra relación.

— ¿A tu madre le parecerá bien?

—Mi madre está encantada, el que me preocupa es tu padre.

—No te preocupes por mi padre, si le parece bien que le hagamos abuelo no creo que le moleste que nos vayamos juntos de vacaciones.

—Entonces, ¿eso es un sí?

—Es un sí —le aseguré riendo divertida.

 

***

 

Seis meses más tarde…

Había decidido comprar los regalos de Navidad en el último momento para no arriesgarme a que Lía los encontrara. Había comprado los regalos por internet, tan solo tenía que pasar por la tienda para recogerlos, pero el tiempo se me echó encima y llegué tarde a casa. Pude ver los coches de nuestros invitados en la calle, ya habían llegado todos. Aparqué el coche en el garaje y dejé los regalos en el maletero, regresaría a por ellos cuando todos estuvieran durmiendo.

Entré en casa y todos me saludaron alegremente, Lía fue la primera y saltó a mis brazos en cuanto me vio entrar. Mi vida había dado un giro de ciento ochenta grados desde aquel día en que los rebeldes nos secuestraron a Lía y a mí. Ahora vivía con Alec, Lía y Jane en una preciosa casa a las afueras de la ciudad. Alec cuidaba de mí y me mimaba igual que hacía con Lía, claro que ella tenía cinco años y yo era una mujer madura, al menos la mayor parte del tiempo. Mi padre y mis amigos estaban encantados con mi relación con Alec, al igual que la madre y los amigos de Alec. Steve y Kate habían venido con el pequeño Steve, que ya tenía cuatro meses y era un bombón. Lía no dejaba de pedir un hermanito y Alec me miraba de reojo cada vez que salía el tema mientras Jane me sonreía con complicidad. Brian, Alfred, Tony y Álex también estaban allí, todos formábamos una gran familia.

Cenamos todos juntos, brindamos y charlamos un rato antes de irnos a dormir y esperar que llegara la mañana para abrir los regalos de Navidad.

—Nena, ¿estás bien? Te noto un poco distraída desde que has llegado, ¿va todo bien? —Me preguntó Alec estrechándome entre sus brazos.

Alec tenía razón, había estado distraída, pero tenía mis razones. Sabía las ganas que Alec tenía de tener un hijo y que no insistía porque no quería presionarme, así que, tras meditarlo mucho, hace un par de meses decidí dejar de tomar la píldora y darle la sorpresa a Alec por Navidad. Me había informado por internet y la mayoría de mujeres que tomaban la píldora tardaban entre seis meses y un año en quedarse embarazadas una vez que dejaban de tomarla, pero no fue mi caso. A principios de mes, con un retraso de unos días, me hice el test de embarazo y dio positivo. No se lo dije a nadie, primero tenía que asimilarlo yo. Pero hace un par de semanas pedí cita en la clínica con mi ginecólogo y, tras hacerme una revisión y enseñarme la ecografía de mi garbancito, todos mis miedos habían desaparecido. Excepto el miedo a la reacción de Alec cuando le confesara que se lo he ocultado durante un mes.

—Tengo un regalo para ti, y estoy un poco nerviosa —le dije entregándole el sobre que había sacado de mi bolso.

—¿Qué es esto?

—Ábrelo y lo sabrás.

Me miró con curiosidad, pero no hizo más preguntas y abrió el sobre. Sacó la ecografía y se quedó observándola durante varios minutos antes de levantar la vista para mirarme.

—Esto es… ¿Es nuestro? —Me preguntó sin terminar de creérselo.

—Es nuestro bebé —le confirmé sonriendo feliz.

—Nena, no puedo ser más feliz de lo que soy ahora —me susurró antes de besarme y estrecharme entre sus brazos.

 

FIN

 

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