Las reglas del juego 20.

Apenas había transcurrido media hora desde que había hablado por teléfono con mi padre cuando los rebeldes nos localizaron. Steve y yo nos escondimos entre los árboles, pero ya nos habían visto y era demasiado tarde. Nos refugiamos detrás de una roca gigante e hicimos recuento de balas, seis balas por pistola, menos una que ya había utilizado formaban un total de diecisiete balas. Teniendo en cuenta que al menos había veinte rebeldes acechándonos y que los refuerzos todavía tardarían más de media hora en llegar, teníamos pocas posibilidades de salir airosos de aquella situación.

—Si nos separamos tendremos más tiempo, quizás podamos aguantarles hasta que lleguen los refuerzos —opiné.

—De eso nada, le he prometido al General que no me separaría de ti —contestó sin opción a réplica.

—No tenemos ninguna posibilidad, son demasiados y están comenzando a rodearnos.

Entonces, el que parecía el líder de los rebeldes, caminó hasta el centro del claro y, tras hacerle una señal a otro de los rebeldes para que se acercara a él, comenzó a hablar alzando la voz para que le escucháramos:

—No queremos hacerte daño, princesa. Solo queremos hablar.

—Sí, claro —musitó Steve entre dientes.

El líder de los rebeldes hizo una pausa para esperar mi reacción pero como no hubo ninguna reacción por mi parte, continuó hablando:

—Creía que quizás querrías hacerle compañía a esta niñita pero, si no vienes, pagaremos con ella nuestra frustración.

Miré a Steve sin entender nada. ¿De qué niñita estaba hablando? Steve se encogió de hombros para hacerme saber que no tenía ni idea de a quién se refería. Ambos nos asomas con cautela para mirar de nuevo hacia el claro y entonces lo entendimos.

— ¡Maldita sea, es Lía! —Blasfemó Steve.

Yo también conocía a esa niña, era la hija de mi desconocido. Necesité unos segundos para convencerme de lo que veían mis ojos, pero no había ninguna duda, era ella.

— ¿Conoces a esa niña? —Le pregunté con un hilo de voz, las palabras se me quedaban atascadas en la garganta.

—Es Lía, la hija del Capitán Benson y también mi ahijada.

Me mareé. Aquello no podía estar pasándome a mí. Estaba en el bosque, con veinte rebeldes acechándome, chantajeándome para que me fuera con ellos o le harían daño a esa niña. Una niña que era la hija de mi desconocido, que al parecer resultó que era Capitán en la misma base en la que mi padre era General. ¿Qué más me podía pasar?

Respiré profundamente y traté de centrarme. Mi prioridad era esa niña. Puede que su padre fuera un capullo, pero esa niña no tenía ninguna culpa. Además, por mucho que quisiera odiar a mi desconocido, lo cierto era que lo amaba y no podía permitir que le pasara algo a su hija.

—Voy a salir —decidí.

— ¿Te has vuelto loca?

—Me quieren a mí.

—Aunque te entregues, no liberarán a Lía —aseveró.

—Al menos no estará sola y te prometo que no dejaré que nadie le toque ni un solo pelo.

—Alice, yo también quiero rescatar a Lía, pero no así.

—No hay tiempo para discutirlo —sentencié—. No dejes que te vean, espera a que nos hayamos marchado y llama a mi padre. Dile que busque a Brian, él sabrá cómo localizarme.

— ¿Quién es Brian?

—Brian Sanders, el hijo del Comandante Brian Sanders —le repetí.

—Os rescataremos, te lo prometo —me aseguró.

Pude ver la indecisión en sus ojos pero mi plan, aunque no nos gustara, era el único plan que podía salir bien. Muy a su pesar, Steve accedió a seguir con mi plan y dejó que me entregara.

Me dirigí hacia el claro con las manos en alto y caminando lentamente, sin hacer ningún movimiento brusco que les hiciera reaccionar inesperadamente. Con la pequeña Lía allí, tenía que ser prudente.

—Comprobad que no vaya armada —ordenó el líder de los rebeldes a sus hombres.

Dos tipos se me acercaron y me cachearon, comprobando que no llevaba un arma oculta en los brazos, las piernas ni la cintura.

—Está limpia —anunció uno de ellos.

Me acerqué a la pequeña que parecía muy asustada, me agache junto a ella para ponerme a su altura y le pregunté:

— ¿Estás bien, cielo?

La niña me miró y me sorprendió el gran parecido con mi desconocido, nadie podía negar que aquella niña era hija suya. Tenía sus mismos ojos, la misma intensidad en la mirada. Sacudí la cabeza para quitarme de los pensamientos a mi desconocido, tenía que centrarme en lo que importaba y era salvar a esa niña de los rebeldes, aunque aquello me costara la vida.

Nos hicieron subir a los asientos traseros de un todoterreno negro, acompañadas por dos rebeldes más el conductor, y nos pusimos en marcha. El resto de rebeldes se subió en los otros seis coches y nos siguieron. Lía estaba nerviosa y comenzó a llorar. Uno de los rebeldes me miró con fastidio y me dijo entre dientes:

—Hazla callar.

Me entraron ganas de patearle allí mismo. Lía solo era una niña de cinco años que estaba asustada, era normal que llorara.

—No pasa nada, Lía —le aseguré. Me acerqué más a ella y le susurré al oído—: Me llamo Alice y cuidaré de ti hasta que papá venga a buscarte.

— ¿Conoces a mi papá?

No supe qué contestar a su pregunta. Sí, sabía quién era. Pero no, apenas le conocía. ¿Cómo podía explicar aquella extraña relación a una niña de cinco años?

—Es complicado, cielo —opté por decir y recé para que no hiciera más preguntas.

— ¿Eres la novia de mi papá?

— ¿Cómo dices? —Le pregunté creyendo que no la había oído bien.

—Mi papá me dijo que me iba a presentar a su novia, pero todavía no la he conocido y, cuando le pregunto, me responde que es complicado. La abuela dice que papá se ha portado mal y su novia se ha enfadado, pero el tío Steve me ha dicho que papá lo arreglará.

No entendía nada. ¿Dónde estaba la madre de esa niña? ¿Mi desconocido era viudo? ¿Se había divorciado? No era la mejor situación para hacer preguntas y menos a una niña de cinco años, pero tenía que hacerlo.

— ¿Por qué crees que yo soy la novia de tu papá?

—He visto una foto tuya en la habitación de papá.

Una vez más, Lía me dejó sin saber qué decir. Mi desconocido tenía una foto mía en su habitación, ¿cómo era eso posible? ¿De dónde la había sacado? ¿Les había hablado de mí a su hija y a su madre? Deseaba hacerle miles de preguntas, pero me contuve ya que no era el momento ni el lugar ni la persona adecuada. Y sonreí. Pese a estar en aquella situación, me sentí feliz. Mi desconocido tenía una foto mía, aunque tampoco se me olvida que me había mentido con respecto a su hija ni quien era la mujer embarazada que les acompañaba cuando les vi.

—Ya hemos llegado —anunció uno de los rebeldes sacándome de mis pensamientos.

Bajamos del coche y Lía me agarró de la mano. Yo la miré y forcé una sonrisa para tratar de tranquilizarla, estaba muy asustada. Eché un vistazo a nuestro alrededor, estábamos en mitad del bosque, a la vista tan solo había una pequeña cabaña de madera que servía de refugio a los cazadores. Afortunadamente, no era temporada de caza.

Nos hicieron pasar al interior de la cabaña y nos encerraron a Lía y a mí en una de las habitaciones. Pegué la oreja a la puerta y escuché al líder de los rebeldes ordenar que dos de sus hombres se quedaran dentro de la cabaña para custodiarnos y a otros tres que vigilaran el exterior. Después de dar aquellas órdenes, el líder y el resto de los rebeldes se marcharon. Ahora solo quedaban cinco hombres y había dos coches fuera, era la mejor oportunidad que tendría para escapar de allí con Lía, el problema es que no iba armada y, aunque lograra arrebatarles una de sus armas, tampoco me veía capaz de usarla delante de Lía.

Me llevé las manos al colgante de mi cuello, un rubí con forma de corazón que llevaba un localizador oculto, un capricho que Brian me quiso regalar cuando lo vimos en una joyería pero con la condición de añadirle un localizador. Era un secreto entre los dos, producto mi época más rebelde.

—Alice, ¿cuándo va a venir papá a buscarnos?

—Pronto, cielo —le aseguré sin dejar de tocar el colgante.

— ¿Tienes mamá?

Me senté en la cama junto a Lía, le dediqué una tierna sonrisa y ella me abrazó.

—Mi mamá está en el cielo.

—Mi mamá también se fue al cielo cuando yo era muy pequeñita, pero mi papá cuidaba bien de mí, igual que tu papá cuida de ti.

—Pero yo quiero una mamá.

—Cielo, tú ya tienes una mamá y, aunque no la veas, ella siempre estará aquí —le dije colocando mi mano sobre su corazón.

Lía me dedicó una amplia sonrisa que me contagió rápidamente, tenía la misma mirada y la misma sonrisa que mi desconocido. Charlé con ella durante un buen rato, hasta que finalmente se durmió. Con cuidado para no despertarla, me levanté y pegué de nuevo la oreja en la puerta. Alguien había llamado por teléfono y traté de escuchar la conversación. No logré escuchar mucho, pero fue suficiente para que el pánico se apoderara de mí:

—Si en veinte minutos no tenemos noticias, nos deshacemos de ellas y regresamos al campamento.

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