Las reglas del juego 2.

Traté de abrirme paso entre la gente para regresar a la zona chill-out, donde Álex y Tony esperaban a que yo regresara del baño. Las piernas me temblaban y sentía las pulsaciones del corazón como si quisiera salir del pecho. Mi desconocido estaba allí y quería que pasara otra noche con él, manteniendo las mismas reglas. Había aparecido de la nada, me había lanzado su propuesta y me daba diez minutos para decidir si aceptar o no. Y la decisión no era fácil. Por un lado, podía hacerle caso a la rebelde que llevaba dentro que adoraba todo lo prohibido y misterioso, o podía comportarme como la adulta madura y responsable en la que pretendía convertirme y pensar con sensatez. Aquel hombre era un completo desconocido, un desconocido atractivo y muy bueno en la cama, pero no sabía nada más de él. Tampoco pude evitar pensar en aquella sillita rosa de su coche, no quería ser la causante de la ruptura de una familia. Pero la tentación de pasar la noche con él era demasiado apetitosa.

—Estábamos a punto de ir a buscarte, has tardado una eternidad —dijo Álex y añadió burlonamente—: ¿Es que te has perdido?

—Mejor aún, me he encontrado con mi desconocido —anuncié con una sonrisa traviesa en los labios.

— ¿Qué? ¡Cuéntanoslo todo! —Exclamó Tony.

—He salido del baño y allí estaba, apoyado en la pared con su cara de perdona vidas. Se ha acercado a mí, pegando su cuerpo al mío, y me ha susurrado al oído que si quería repetir otra noche con él, me esperaba en diez minutos en la puerta del pub —les resumí rápidamente.

—Y, ¿qué estás haciendo aquí perdiendo el tiempo con nosotros?

—Quiere mantener las mismas reglas y me da miedo que se convierta en mi adicción, me atrae demasiado para resistirme a él —les confesé.

—Tírate a la piscina, al menos ganarás una noche de buen sexo —opinó Álex.

—De buen sexo no, de sexo espectacular —maticé.

—Para no romper la tradición, te esperamos mañana por la mañana con el desayuno en nuestro apartamento —me recordó Tony guiñándome un ojo con complicidad.

—Venga, vete ya o tu desconocido se cansará de esperar —me instó Álex.

Me despedí de ellos con un efusivo y cariñoso abrazo y me dirigí a la puerta del pub, en busca de mi desconocido y con las expectativas de una gran noche de placer. Pero, cuando llegué a la puerta, no lo vi por ninguna parte y me entró el pánico. ¿Y si se había cansado de esperar y se había marchado pensando que no quería pasar la noche con él? ¿Había perdido la oportunidad de disfrutar de una segunda noche con él?

—Nena, pensaba que te habías echado atrás —escuché el susurro de su voz ronca en el oído y acto seguido sentí su cuerpo pegado al mío—. ¿Te parece bien si vamos al mismo hotel?

Asentí con un leve gesto de cabeza, incapaz de abrir la boca para pronunciar una simple palabra. Había conseguido excitarme solo con escuchar su voz y había podido comprobar que él también estaba excitado, su bulto en la entrepierna presionando contra mi trasero me lo confirmaba.

Me agarró de la mano y tiró de mí para llevarme hasta su coche, aparcado en la acera de enfrente. Abrió la puerta del lado del copiloto para ayudarme a subir al coche pero me quedé paralizada cuando vi la sillita rosa en los asientos traseros.

— ¿Ocurre algo? —Me preguntó cuándo me resistí a subir al coche.

—Tengo una condición antes de aceptar jugar a lo que sea que estemos haciendo —le respondí poniéndome seria—. Ya sé que dijimos que nada de preguntas, pero necesito saber algo antes de seguir con esto.

— ¿Qué quieres saber? No tengo ninguna enfermedad, si es eso lo que te preocupa. De todas formas, usar preservativo es una de las normas de este juego, si así quieres llamarlo.

—No es eso, es que he visto la sillita rosa de atrás y…

—Es de mi sobrina —me aclaró antes de que pudiera terminar la frase.

—Bien, lo último que quiero es meterme en medio de una familia —comenté aliviada—. No estás casado, ¿verdad?

—No, no estoy casado —me respondió como si aquella respuesta fuera obvia—. ¿Es que tú lo estás?

— ¡Pues claro que no! —Le repliqué ofendida.

—Ahora que ya hemos dejado claro que ninguno de los dos estamos casados ni tenemos ningún tipo de compromiso con otras personas, ¿quieres añadir algo más antes de subir al coche? —Preguntó tratando de disimular su impaciencia.

—Creo que deberíamos repasar las reglas —le dije solo para provocarle.

—Nada de nombres y nada de preguntas, ¿algo más?

—Supongo que podemos añadir el uso indispensable de preservativo.

—Si esto se va a repetir, deberíamos considerar la posibilidad de realizarnos una analítica para confirmar lo saludables que estamos y deshacernos del látex —susurró con la voz ronca mientras su mano se deslizaba bajo la falda de mi vestido para llegar al punto donde mis muslos se unían. Retiró a un lado la tela del tanga y acarició mi centro de placer, impregnando de humedad su dedo para penetrarme con él—. Me encantaría sentir mi polla dentro de ti sin látex de por medio.

Un gemido ahogado escapó de mi garganta, estaba tan excitada que ni siquiera me importó que aquel desconocido estuviera masturbándome en mitad de la calle.

—Será mejor que lo dejemos y sigamos en el hotel o no seré capaz de parar y terminaremos detenidos por escándalo público —murmuró con la voz ronca por la excitación.

Con las piernas todavía temblando, me senté en el lado del copiloto con su ayuda y, tras cerrar la puerta, él rodeó el vehículo y se sentó tras el volante. Arrancó el motor del coche pero, antes de incorporarse al tráfico, se abrochó el cinturón de seguridad e hizo lo mismo conmigo. Recordé que hizo lo mismo la otra noche y sonreí satisfecha al comprobar que se tomaba muy en serio la seguridad en la carretera.

 

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