Las reglas del juego 19.

Apenas nos quedaba poco más de una hora de camino para llegar a la base cuando el Teniente Wolf miró por el retrovisor y me informó que teníamos compañía. Pisó el pedal del acelerador a fondo, pero los dos coches que nos seguían también aumentaron la velocidad y nos rodearon colocándose uno a cada lado, tratando de que nos detuviéramos.

Mientras el Teniente Wolf intentaba esquivar las maniobras que hacían para continuar nuestro camino, miré por la ventanilla al coche de mi lado y pude contar un total de cuatro de hombres, cuatro rebeldes armados y con cara de pocos amigos. Steve seguía concentrado en la carretera, así que eché un rápido vistazo a los ocupantes del coche de la izquierda, otros cuatro rebeldes armados.

—Dos coches, uno a la izquierda y otro a la derecha. En cada coche hay cuatro hombres armados, ¿algún plan? —Le pregunté tratando de mantener la calma.

—El plan es llegar a la base vivos y, a poder ser, sin un solo rasguño —musitó entre dientes.

—Intenta mantenerte en la carretera, yo trataré de quitárnoslos de encima. ¿Dónde tienes las armas?

— ¿Sabes usar un arma?

—Soy la única hija del General y me criado en la base, ¿tú que crees?

No contestó, metió la mano bajo su asiento, sacó una pistola y me la entregó. Comprobé que estaba cargada y me deslicé hacia a los asientos traseros. Las lunas traseras estaban tintadas e impedían que me vieran, lo cual era una baza a nuestro favor.

—Necesito que vayas un poco más rápido —le pedí.

— ¿Y qué crees que estoy haciendo?

—Estás protestando y eso no me ayuda en absoluto —le reproché molesta.

Traté de apañármelas cómo pude, encajonándome en el suelo de los asientos traseros mientras intentaba mantener el equilibrio de los volantazos que daba al conducir para esquivar a los rebeldes. Le quité el seguro al arma, apunté a una de las ruedas traseras del coche que nos golpeaba por la izquierda y disparé. La rueda estalló y perdieron el control del coche, que dio varias vueltas de campana.

— ¡Bien hecho, Alice! —Me animó Steve.

El otro coche nos dio un golpe por el lado derecho y esta vez fuimos nosotros quienes perdimos el control del coche y dimos varias vueltas de campana. No llegué a perder el conocimiento, pero tampoco me sentía consciente del todo.

—Alice, ¿estás bien? —Me preguntó preocupado mientras me ayudaba a incorporarme para salir del coche.

—Me han roto el corazón, han interrumpido mi retiro espiritual y acaban de intentar matarme, supongo que he estado mejor —respondí medio aturdida.

—Tenemos que salir aquí —decidió.

Me sacó del coche, cogió el arma que me había prestado y un par de armas que guardaba en la guantera. No cogimos nada más, nos esperaba una huida a pie y era mejor ir ligeros de peso.

—Vamos, están regresando para comprobar cómo estamos —me apresuró Steve.

Me agarró del brazo y tiró de mí para escondernos entre los árboles que bordeaban la carretera y nos adentramos en el frondoso bosque. Hice un balance mental de la situación: estábamos perdidos en el bosque, no teníamos agua ni comida, no había cobertura para utilizar nuestros teléfonos móviles, estaba anocheciendo y al menos había cuatro rebeldes armados hasta los dientes buscándonos.

— ¿Cuál es el plan? —Le pregunté parándome de repente, ni siquiera sabíamos hacia a dónde nos dirigíamos.

—La base está hacia el norte, pero en lugar de ir en línea recta daremos un pequeño rodeo para despistarles.

—Estamos a casi cien kilómetros de la base, tardaremos más de diez horas en llegar, si es que logramos llegar sin agua y sin comida.

— ¿Tienes un plan mejor? —Replicó molesto.

—Si bajamos por el río bordeando aquella montaña llegaremos a un pequeño valle, es posible que allí tengamos cobertura para poder llamar por teléfono —comenté—. Es una zona de casa, probablemente encontremos alguna cabaña por el camino y, con un poco de suerte, quizás hasta tengan teléfono o alguna radio.

—Vale, ese parece un plan mejor —reconoció.

Nos pusimos en marcha y bajamos siguiendo el curso del río. Caminábamos en silencio, pero Steve no se sentía demasiado cómodo y comenzó a hablar. O, mejor dicho, a preguntar:

— ¿Qué es eso de que te han roto el corazón?

—Supongo que, como dice mi padre, no me fijo en los hombres adecuados.

—No creo que sea para tanto —opinó divertido.

—Siempre he sido una rebelde, no se lo he puesto fácil a mi padre —reconocí—. El caso es que he madurado, me he convertido en una mujer responsable y sensata. No quería hombres en mi vida, solo me habían traído problemas, pero tampoco estaba dispuesta a renunciar al sexo y, como por arte de magia, encontré al hombre perfecto, o al menos eso era lo que yo creía, pero mi príncipe azul se convirtió en rana.

—Creía que eran las ranas las que se convertían en príncipes —comentó divertido.

—Se me dan tan mal los hombres que hasta convierto a los príncipes en ranas —bromeé.

— ¿Qué fue lo que pasó?

—Acabé enamorándome de él y descubrí que yo no le importaba lo más mínimo, solo era uno de sus pasatiempos.

— ¿Por eso te habías ido de la ciudad?

—Necesitaba desconectar, intentar quitármelo de la cabeza, y me pareció una buena idea distraerme con unas vacaciones en la playa. Aunque creo que me he distraído más en las últimas dos horas que en las dos semanas que llevaba en la playa.

—Si salimos vivos de aquí, recuérdame que le dé una paliza al idiota que te ha dejado escapar, no te merece.

Le sonreí con complicidad, Steve era un encanto de hombre. Me recordaba a mi desconocido en algunos gestos y en la forma de hablar. Calculé que debían ser más o menos de la misma edad y, sin darme cuenta, me oí preguntar:

— ¿Cuántos años tienes?

— ¿Vas a decirme que soy muy viejo para este trabajo? —Me replicó a la defensiva.

—No, solo sentía curiosidad. ¿Qué os pasa a los hombres con la edad? Creía que era a las mujeres a las que nunca se les debía preguntar por su edad —me mofé.

—No tengo ningún problema con mi edad, me siento joven, estoy en forma y tengo muy buena salud —me aseguró.

—Entonces, ¿por qué no me dices cuántos años tienes? —Insistí ya más por diversión antes su reacción que por la curiosidad que había sentido al principio.

—Tengo treinta y siete años.

—Eres joven, ya no eres un crío, pero tampoco eres viejo —opiné con sinceridad—. La verdad es que te echaba treinta y cinco años como mucho, así que supongo que estás muy bien.

— ¿Supones que estoy muy bien? —Ahora fue él quien se mofó.

—Acaban de romperme el corazón, no puedo mirarte como a un hombre —me excusé bromeando de nuevo—. Además, jamás me fijaría en alguien que trabaje en la base.

— ¿Y eso por qué?

—Mi padre es el General, ¿crees que alguno de sus soldados se fijaría en mí?

—Eres una chica guapa, inteligente, divertida y sorprendente, no hay muchas chicas capaces de coger un arma y disparar en una situación tan complicada como en la que estamos.

—Una vez un soldado trató de ligar conmigo sin saber quién era, cuando mi padre se enteró lo trasladó de base.

— ¿Cuántos años tenías?

—Tenía veinte años.

—Supongo que no debe ser fácil ser la única hija del General pero, ¿esa es la única razón por la que no te fijarías en un soldado?

—Respeto y admiro lo que hacéis, pero es difícil que no te afecte a nivel personal. Me he criado en la base, he sido testigo de los terrores nocturnos de los soldados, de las bajas, de la preocupación de sus familias y de cómo hace que cambien las relaciones. Mi ya es bastante complicada para añadir un problema más.

—Es una lástima, había pensado en presentarte a un amigo de la base, a él también le han roto el corazón y creo que os caeríais bien.

—No te ofendas, pero paso de las citas a ciegas.

—Eso exactamente es lo que respondería él si se lo dijese —se echó a reír Steve.

Con aquella conversación llegamos al claro del valle y por fin conseguimos algo de cobertura para nuestros teléfonos móviles. Steve llamó a mi padre y, tras explicarle la situación y escuchar las órdenes, me tendió el teléfono y me dijo con una sonrisa maliciosa en los labios:

—Quiere hablar contigo.

Rodé los ojos, lo último que me apetecía era tener que escuchar un largo sermón de mi padre. Cogí el teléfono, me lo llevé a la oreja y le saludé con toda la naturalidad de la que fui capaz:

—Hola, papá.

—Alice, ¿estás bien?

—Estoy bien, papá —mentí.

Steve me miró alzando una ceja y yo me encogí de hombros. Sí, no estaba bien. Igual que Steve, tenía algunas magulladuras y algunos cortes debido al accidente, pero no era nada grave y no quería preocupar a mi padre.

—Cielo, haz caso de todo lo que te diga el Teniente Wolf, es un buen hombre y sabe lo que se hace. No hagas ninguna tontería, por favor.

Su tono casi de súplica me hizo sentir culpable. ¿Qué clase de hija había sido para que mi padre casi me implorara que “me portara bien”?

—No te preocupes, haré todo lo que me diga el Teniente Wolf —le aseguré.

—Bien. Alfred ha enviado a un par de hombres a buscaros, tardarán como mucho una hora en llegar.

Tras prometerle a mi padre una vez más que no haría nada insensato y esperaría que vinieran a buscarnos, por fin colgó. Steve trató de ocultar la risa, pero no tuvo demasiado éxito y le fulminé con la mirada. Nos sentamos en un par de piedras lisas mientras esperábamos que nos vinieran a buscar y Steve insistió en que le contara qué había hecho en el pasado para que mi padre temiera tanto mi comportamiento y se temiera lo peor.

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