Las reglas del juego 18.

El viernes por la mañana me desperté contenta y cargada de energía, por fin iba a volver a ver a mi desconocido. Habían sido unos días duros sin él, pero después de la llamada de la noche anterior, todas mis dudas se habían disipado. Tenía claro lo que quería y estaba dispuesta a luchar por ello, no tenía nada que perder.

Me levanté temprano, limpié mi apartamento y me di un largo baño antes de bajar a la cafetería de la esquina para desayunar. Había estado trabajando tanto durante los días que mi desconocido había estado fuera que podía permitirme el lujo de tomarme el mes de julio y agosto de vacaciones. Tan solo tenía que escoger las fotografías que expondría en la galería, pero la exposición no se inauguraría hasta mediados de septiembre, tenía tiempo de sobra para decidirlo. Había cumplido con todos mis compromisos y me sentía liberada, quería pasar todo el tiempo posible con mi desconocido.

Después de desayunar me animé y me fui de compras. Quería que aquella noche con mi desconocido fuera especial y quería estar perfecta para la ocasión. Me compré un vestido elegante, de color rosa pálido y con escote de palabra de honor que pensaba conjuntar con unas sandalias romanas con tacón de aguja y una fina americana blanca con manga de tres cuartos.

Salí de la tienda feliz, deseando que llegara la noche para reunirme con él, pero recibí una dosis de realidad. A pocos metros de donde yo me encontraba, mi desconocido sonreía junto a una mujer embarazada y una niña de unos cinco años se le arrojaba a los brazos mientras le llamaba papá. Me quedé paralizada en medio de la calle, sin poder dejar de mirar aquella escena de familia feliz en la que mi desconocido era el protagonista. Nuestras miradas se cruzaron y vi la culpabilidad en sus ojos. Reaccioné y, fingiendo una serenidad que no sentía, recorrí los escasos metros que me separaban de mi coche y me monté en él.

Respiré profundamente un par de veces antes de arrancar el motor del coche e incorporarme a la circulación. Las piernas me temblaban, el corazón me latía con tanta fuerza que parecía que quisiera salir del pecho y las lágrimas se derramaban de mis ojos como cataratas. No podía creer lo que acababa de ver, no quería creer que mi desconocido era en realidad un hombre casado, que tenía una hija y esperaba un bebé. Me sentí sucia, humillada y tonta por no haberme dado cuenta antes.

Ni siquiera quise pedirle explicaciones, estaba demasiado dolida y ya era demasiado tarde para escuchar la verdad de sus labios. Mi antigua yo hubiera ido al apartamento y lo hubiera roto todo o incluso le hubiera prendido fuego, pero ya no era aquella rebelde impulsiva. Actué como la mujer sensata en la que me había convertido y decidí dirigirme a su apartamento para recoger todas mis cosas y dejar allí las llaves y el teléfono móvil que él me había dado. No quería saber nada de él, nada de lo que pudiera decir lo arreglaría.

Después regresé a mi apartamento, cogí una botella de vino y una copa, entré en el cuarto de baño con la intención de darme un largo baño mientras lloraba desconsoladamente.

No salí del ático en todo el fin de semana, necesitaba pasar por aquel duelo en soledad. Pero, después de llorar como nunca antes lo había hecho, convoqué un gabinete de crisis con Tony y Álex. Nos reunimos en mi apartamento y, tras escuchar de mis labios todo lo que había ocurrido con mi desconocido, ambos me aconsejaron que me tomase unos días lejos de la ciudad para pensar, para recomponerme y regresar a mi vida normal.

—Ve a la playa, disfruta del sol, carga a tope tu energía y regresa cuando estés preparada para afrontar todo lo que se te ponga por delante —me aconsejó Tony.

—La verdad es que me vendría bien cambiar de aires durante unos días, en la ciudad todo me recuerda a él.

A la mañana siguiente, preparé un par de maletas y las guardé en el coche. Llamé por teléfono a mi padre y, cuando me confirmó que estaba en la base, me dirigí hacia allí. No podía salir de la ciudad sin decírselo a mi padre. En cuanto puse un pie en su despacho supe que me iba a someter a uno de sus interrogatorios.

—No entiendo nada, acabas de regresar de una escapada de cinco días, ¿por qué tienes que irte de nuevo? ¿Va todo bien con ese amigo que estabas conociendo? —Al General Frank Keller no se le escapaba una.

—No va bien, he descubierto que es un capullo —bufé.

—Te vas de la ciudad por él —concluyó mi padre—. Cielo, ¿hay algo que deba saber?

—Había puesto demasiadas esperanzas en esa relación y no ha salido cómo esperaba, he cumplido con todos los compromisos que tenía programados y tengo el verano libre, tan solo quiero desconectar unos días y recargarme de energía.

— ¿Te vas sola?

—Sí.

—Necesitaré saber dónde vas a estar y tendrás que estar localizable.

— ¿Va todo bien?

Puede que mi padre siempre le gustara tenerlo todo bajo control, pero aquello era excesivo hasta para él, era evidente que ocurría algo.

—Hemos recibido algunas amenazas de los rebeldes, estamos trabajando en ello pero prefiero tenerte localizada.

—No te preocupes, te llamaré todas las noches —le prometí para que se quedara más tranquilo.

Me despedí de él con un fuerte abrazo y me subí de nuevo al coche para dirigirme hacia el sur, unos días en la playa eran todo lo que necesitaba en ese momento.

Las siguientes dos semanas me alojé en un pequeño y pintoresco hotel en primera línea de mar. Pasaba las mañanas en la playa, comía en algún restaurante y paseaba por las turísticas calles repletas de tiendas de suvenires. Recorrí la costa a pie con mi cámara en busca de inspiración para tomar fotografías, pero las musas me habían abandonado y ninguna de las fotos que hacía me resultaba mínimamente buena. Cenaba en el hotel y después me retiraba a mi habitación, llamaba por teléfono a mi padre y me metía en la cama para tratar de dormir. Pensaba en mi desconocido a todas horas, trataba de distraerme pero él siempre acudía a mi mente, todo me recordaba a él. Me preguntaba qué estaría haciendo, cómo se sentiría después de que yo descubriera la verdad y si me echaba de menos. Pese al dolor que sentía, yo sí que le echaba de menos. Nuestra relación solo había sido una mentira, él tenía su propia familia y yo solo era un capricho pasajero, una muesca más en el cabezal de su cama.

Tenía intención de quedarme allí por lo menos un par de semanas más, pero una llamada de mi padre alertándome de un posible ataque de los rebeldes cambió mis planes.

—No salgas del hotel, he enviado al Capitán Benson y al Teniente Wolf a buscarte, ellos te traerán a la base —me ordenó.

No conocía personalmente al Capitán Benson ni al Teniente Wolf, pero había oído hablar a mi padre y al Comandante Sanders de sus habilidades como soldados.

—Les esperaré en el hotel —le confirmé.

—Por favor Alice, se trata de una amenaza seria, no se lo pongas difícil y regresa a la base con ellos cuanto antes, ¿de acuerdo?

—No te preocupes, les esperaré en el hotel y en unas horas estaremos en la base —le aseguré para que se calmara, aquel asunto era más peligroso de lo que pensaba.

—Nos vemos en unas horas, cielo —se despidió antes de colgar.

Mientras esperaba que vinieran a buscarme, recogí todas mis cosas, las guardé en la maleta y pagué en la cuenta en recepción. Me senté en la cafetería del hotel a tomar un refresco para hacer tiempo y, una vez más, pensé en mi desconocido. Evitaba imaginarlo en su papel de esposo y padre perfecto, preferí recordar solo los buenos momentos.

— ¿Alice Keller?

Levanté la vista para mirar al hombre que se dirigía a mí y estuve a punto de decirle que se equivocaba, pero me enseñó su identificación y descubrí que se trataba del Teniente Wolf.

—Sí, soy yo.

—Soy el teniente Wolf, el General Keller me envía a buscarla para llevarla a la base.

— ¿Has venido solo? —Pregunté al recordar que mi padre había mencionado que el capitán Benson también vendría.

—Sí, el capitán Benson ha tenido que ocuparse de un asunto personal —me respondió al mismo tiempo que cargaba con mis maletas y me guiaba hasta a su coche.

— ¿Qué voy a hacer con mi coche?

—Lo dejaremos aquí, ya enviaremos a alguien a buscarlo cuando todo se calme.

Resoplé con fastidio, no solo tenía que interrumpir mi retiro de desconexión, también tenía que abandonar allí mi coche y regresar a la base.

Me esperaban cinco horas de viaje en coche con el Teniente Wolf al que acababa de conocer y al parecer no estaba de muy buen humor.

— ¿Cómo de grave es la situación? —Le pregunté tras un rato en silencio.

—Estamos trasladando a todos los familiares a la base, no queremos correr ningún riesgo.

— ¿Tu familia está ya en la base?

—Sí, mi mujer ya está allí. Está embarazada, todavía no sabemos si será un niño o una niña, pero nos da igual, solo queremos que el bebé nazca sano —me respondió con orgullo.

— ¿Es vuestro primer hijo?

—Sí, el primero.

—Sea un niño o una niña, estoy segura que será un bebé muy feliz, solo hay que escucharte hablar de tu mujer y de él para saberlo.

Continuamos charlando de camino a la base y el Teniente Wolf o Steve, como me había pedido que le llamara, me pareció un tipo de lo más divertido. Me habló de lo nervioso que se sentía por ser padre y de su miedo a no hacerlo bien. Los ojos le brillaban cuando hablaba de su esposa Kate, la idolatraba. No pude evitar desear que mi desconocido hubiera sentido algo así por mí.

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