Las reglas del juego 17.

El sábado por la mañana amaneció lloviendo, así que decidimos quedarnos en la cabaña y le dimos rienda suelta a la pasión. El jacuzzi se convirtió en nuestro rincón preferido expresar con nuestros cuerpos lo que ninguno de los dos se atrevía a decir con palabras.

Los días fueron pasando y nuestra complicidad fue en aumento, nos entendíamos con tan solo una mirada y nos encontrábamos de lo más cómodo acompañados por el otro. Incluso las tareas más anodinas y rutinarias como cocinar, fregar los platos o hacer la cama me parecían de lo más divertidas si las hacía con él.

Continué almacenando pequeños detalles de su conducta que no decían nada por sí solos, pero en conjunto denotaban el hombre que era. Recibió y realizó algunas llamadas de teléfono y, como no podía preguntar para no romper las reglas, me limité a escuchar para tratar de adivinar con quién hablaba. En varias ocasiones habló con su madre y siempre le preguntaba lo mismo: si estaban bien y si iba todo bien por allí, en plural. Imaginé que, si hablaba con su madre, lo lógico sería que se refiriese a ella y a su padre. Habló con una niña pequeña que se llamaba Lía, supuse que debía tratarse de su sobrina y tengo que reconocer que se me cayó la baba cuando le escuché hablar con ella con tanta dulzura. También le oí hablar con alguien llamado Steve, pero no pude averiguar si se trataba de su hermano, de un amigo o de un compañero de trabajo. Era obvio que se sentía incómodo cuando hablaba por teléfono y yo estaba delante, así que miraba para otro lado y fingía que no le prestaba atención, pero era evidente que él seguía cohibido con mi presencia y sus conversaciones no eran fluidas salvo cuando hablaba con la niña.

—Nena, no has llamado por teléfono ni una sola vez desde que salimos de la ciudad, ¿no hay nadie a quién debas llamar para no preocupar? —Me preguntó con mucho tacto.

—No temas, nadie te va a acusar de haberme secuestrado —bromeé—. Mi círculo más cercano sabe que me estoy tomando unos días libres para desconectar, tengo el teléfono móvil apagado.

— ¿Creen que estás sola? —Me preguntó alzando una ceja.

No supe descifrar si estaba molesto por no haber mencionado que me iba de escapada rural acompañada o si bromeaba insinuando que podría hacer conmigo lo que quisiera y nadie se enteraría.

—Si sigues mirándome así, tal vez deje que me secuestres —ronroneé.

—Nena, no me tientes…

Nos encendíamos con el mínimo roce de nuestra piel, con el susurro de nuestras voces o con tan solo una significativa mirada. La atracción entre nosotros era tan fuerte que se convertía en una adicción. Fueron los cinco días más intensos de toda mi vida y no solo por el sexo. Pero nuestra idílica escapada llegó a su fin y tuvimos que regresar a la ciudad.

Para mi sorpresa, se dirigió directamente al apartamento y, tras aparcar el coche en el parking del edificio, argumentó:

—Es tarde, lo mejor es que pasemos la noche aquí.

No se lo discutí, la idea de dormir sola en mi apartamento no me atraía en absoluto. Nada más entrar, dejó las maletas en un rincón y comenzó a desnudarme. Cuando me tuvo completamente desnuda, me besó en los labios, me cogió en brazos y me llevó a la cama. Se desnudó en un par de segundos y se metió en la cama conmigo.

—Ven aquí, nena —susurró con la voz ronca al mismo tiempo que me colocaba sobre él y me envolvía con sus brazos—. ¿Te apetece un poco de sexo soñoliento?

—Mm… Lo estoy deseando.

Se hundió en mí con una lentitud y suavidad que casi me hizo desfallecer. Tenía la habilidad de llevarme a las puertas del orgasmo con una facilidad devastadora.

—Nena, dime tu nombre —me susurró.

No había insistido en saber mi nombre durante la escapada, pero volvió a hacerlo la misma noche que regresamos a la ciudad. Sin embargo, no exigió una respuesta, aceptó mi silencio y  continuó con el suave vaivén de nuestros cuerpos hasta que alcanzamos el clímax. Me quedé tendida sobre él, completamente agotada.

—Empieza por A —logré balbucear casi dormida.

— ¿Cómo dices?

—Mi nombre. Empieza por A.

Esas fueron las últimas palabras que le dije antes de quedarme dormida.

A la mañana siguiente, él recibió una llamada de teléfono y tuvo que marcharse. Él no me dio más explicaciones y yo no quise preguntar.

La primera noche que dormí sola en mi cama del ático me sentí extraña, le echaba de menos y apenas hacía unas horas que había estado con él.

Un par de días más tarde, él tuvo que viajar fuera del país por trabajo. Aproveché para recuperar la rutina de mi vida diaria, continué realizando reportajes, fotografié a las modelos con los diseños de Álex y Tony y dediqué el escaso tiempo libre que me quedaba en tomar algunas fotos para mi próxima exposición en septiembre. Trataba de mantenerme lo más ocupada posible para no pensar en él. Tras nuestra pequeña escapada, lo que sentía por él y no podía evitar sentirme un poco celosa por no saber qué estaría haciendo y, lo peor de todo, con quién.

Sí, los celos me acechaban. Las preguntas que había estado enterrando en el fondo de mi mente comenzaban a resurgir y las dudas me consumían. ¿Estaba realmente fuera del país? ¿Se ausentaba por trabajo o por algún otro motivo? Era mejor no pensar en ello.

Durante esos días, intercambiábamos mensajes de texto a través del móvil, me preguntaba cómo me había ido el día y me decía que me echaba de menos. Ya no solo nos enviábamos mensajes subidos de tono, sino que también nos preocupábamos el uno del otro y nos interesábamos por lo que hacíamos.

—Cielo, él está igual de coladito por ti que tú por él —opinó Tony tras leer los mensajes que me había enviado mi desconocido.

—Si ambos queréis lo mismo, ¿por qué no anuláis ese estúpido trato y os dejáis de tanta tontería? —Preguntó Álex rodando los ojos—. Cada día te entiendo menos.

—Eso es porque te estás volviendo un ogro gruñón —le repliqué sacándole la lengua.

—Esta vez, tengo que darle la razón a Álex —le apoyó Tony—. El trato ya no tiene ningún sentido, si seguís así al final acabará mal.

— ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Voy y le suelto que estoy enamorada de él? ¿Qué pasa si lo asusto, si no quiere lo mismo que quiero yo?

—Cielo, no hace falta que le confieses todos tus secretos, tan solo que le abras la puerta para iniciar una relación sin tratos de por medio —comentó Tony—. Él te ha pedido que le digas tu nombre y te ha llevado al lago de escapada romántica, ya ha dado el primer paso y solo está esperando a que tú hagas lo mismo.

Esa misma noche, mi desconocido me llamó por teléfono. Estaba a punto de meterme en la cama cuando el teléfono móvil comenzó a sonar. Sonreí como una boba y descolgué la llamada antes de llevarme el teléfono a la oreja.

—Nena, te echo de menos —me dijo nada más descolgar.

Su voz era casi un lejano susurro y denotaba su cansancio, pero sus palabras reflejaban la necesidad que sentía de volver a verme. Me echaba de menos.

— ¿Has regresado a la ciudad? —Le pregunté.

—Regresaré mañana a mediodía. Había pensado que podríamos ir a cenar esta noche, si no tienes otros planes.

¿Estaba dando otro paso como decía Tony? Me estaba invitando a cenar, ¿quería salir conmigo como si fuésemos una pareja?

—Me parece una idea estupenda, yo también te he echado de menos —le respondí con un hilo de voz.

—Nena, no sabes cuánto me alegra oírte decir eso.

—Entonces, ¿nos vemos mañana por la noche en el apartamento?

—Te estaré esperando a las nueve en el parking, si subo contigo al apartamento no creo que lleguemos al restaurante —susurró con la voz ronca.

—Mm… Demasiados días… —murmuré pensando que llevábamos más de una semana sin vernos y sin tocarnos.

—Demasiados —me secundó—. Voy a tener que secuestrarte todo el fin de semana para compensarlo.

— ¿Todo el fin de semana? —Quise asegurarme de haber escuchado bien.

—Todo el fin de semana, nena —me confirmó—. ¿Tienes otros planes?

—Ninguno mejor que el que me propones.

—Cuéntame qué has estado haciendo estos días, háblame —me pidió casi en un ruego.

Supe que solo quería escuchar el sonido de mi voz, fuera cual fuera su trabajo, le dejaba agotado física y mentalmente.

—He estado trabajando mucho estos días, he salido un par de veces a tomar unas copas con mis amigos y…

— ¿Con tus amigos? ¿Los mismos amigos con los que te vi en el pub?

—Con los mismos amigos con los que me viste en el pub, pero tengo más amigos con los que salgo de copas —le respondí solo para provocarle.

—Y, cuando dices que son amigos, ¿te refieres a que son amigos…? —Dejó la pregunta en el aire para que yo respondiera.

—Mm… ¿Alguien está celoso?

—Nena, te recuerdo que acordamos exclusividad.

—Son amigos en el más estricto sentido de la palabra —le dije divertida por su reacción.

—Bien, porque te quiero solo para mí.

Celoso y posesivo, dos facetas de mi desconocido que acababa de averiguar. Si bien no era más que un juego de palabras para provocarnos mutuamente, me había dejado claro que no estaba dispuesto a compartirme con nadie.

Me recordó nuestra cita para la noche siguiente y me deseó buenas noches antes de colgar. Esa noche, me dormí con una sonrisa en los labios sabiendo que en menos de veinticuatro horas volvería a estar entre sus brazos.

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