Las reglas del juego 16.

Nos subimos al coche y le observé mientras conducía. Era un hombre muy atractivo y resultaba de lo más sexy tan concentrado en la carretera. Los músculos de su brazo se marcaban cada vez que lo movía para cambiar de marcha y sus facciones se acentuaban debido a la atención que prestaba a la carretera.

No tenía ninguna duda de que mi desconocido era misterioso, interesante y un tipo encantador incluso cuando se enfurruñaba. Me pregunté cómo serían sus padres y deduje que serían igual de educados y amables que él, estaba segura de que su educación era producto de una buena mujer. Lo imaginé jugando con su sobrina y tuve que contener mis ganas de abalanzarme sobre él mientras conducía. Por alguna extraña razón, la imagen de él con un bebé en los brazos se me antojó de lo más irresistible.

—Deja de mirarme así, me estás poniendo nervioso.

—Estás muy sexy cuando conduces —le dije ignorando su comentario.

—Nena, creía que teníamos una tregua.

—Y la tenemos, estoy siendo buena —me encogí de hombros con fingida inocencia.

—No quiero pensar qué harás cuando decidas ser mala —murmuró entre dientes.

Tras una hora conduciendo por una carretera plagada de curvas, por fin llegamos a un pequeño y pintoresco pueblo rodeado por una muralla de piedra y presidido por un elegante castillo de la Edad Media. Me arrepentí de no haber traído conmigo la cámara de fotos, hubiera podido hacer un magnífico reportaje del castillo, del pueblo y de los alrededores. El paisaje parecía mágico, te hechizaba con su belleza.

Tuvimos que dejar el coche en el aparcamiento que había justo antes de las puertas de la muralla, ya que por el interior del pueblo tan solo podían circular con vehículos los residentes de la zona. Entramos por el portón de madera de la muralla caminando agarrados de la mano, como cualquier otra pareja que paseaba por allí. Mis ojos no dejaban de visualizar todo lo que podía fotografiar para transmitir la belleza y la serenidad de aquel lugar idílico. Me prometí a mí misma que regresaría a ese pueblo solo para tomar las fotos que no podía hacer en ese momento.

— ¿Te parece bien si paramos a comer aquí? —Me preguntó señalando la terraza de uno de los restaurantes de la plaza principal del pueblo, frente a la entrada al castillo. Asentí con un leve gesto de cabeza y, con una amplia sonrisa que denotaba mi felicidad, le besé en los labios con sensualidad y, aunque no estaba dispuesta a reconocerlo, también con amor—. Mm… ¿A qué ha venido ese beso? Y que conste que no es ninguna queja.

—Me apetecía —respondí encogiéndome de hombros para quitarle importancia.

Me estrechó entre sus brazos sin importarle que estuviéramos rodeados de gente en aquella plaza y, mirándome a los ojos con intensidad y deseo, me pidió:

—Dame otro beso de esos, nena.

No tuvo que decirlo dos veces, acuné su rostro con mis manos y le besé de nuevo, sin prisa, disfrutando del placer que me producía el roce de sus labios con los míos.

Nos sentamos en la terraza de aquel restaurante y me propuse aprovechar esa escapada para conocer un poco más a mi desconocido. No podía hacer preguntas, pero me fijaría en los pequeños detalles para averiguar más cosas sobre él. Me había llevado al lago, eso significaba que le gustaba la naturaleza. Fue a buscar leña para encender la chimenea y no tuvo ningún problema, lo que significaba que ya lo había hecho antes. Con esa información podía deducir que era un hombre sencillo, que le gustaba el campo y no le preocupaba ensuciarse las manos. Además, había descubierto que era muy detallista y, aunque quizás él no se había dado cuenta todavía, también era un romántico.

— ¿Qué te parece tan divertido? —Me preguntó sonriendo al verme sonreír, contagiado de mi buen humor.

—Tú me pareces divertido —le respondí con una verdad a medias—. He sido una maleducada, ni siquiera te he dado las gracias por planear y llevar a cabo esta escapada.

—Me doy por satisfecho solo con verte sonreír, nena —le restó importancia—. ¿Quieres que visitemos el castillo después de comer?

Dicho y hecho. Después de comer, compramos una entrada guiada para visitar en el majestuoso castillo de la Edad Media. El castillo era una auténtica fortaleza y no costaba imaginar cómo vivían los habitantes de la aldea en aquella época. Una vez más, eché de menos mi cámara de fotos, hubiera tomado cientos de fotos, sobre todo de mi desconocido.

— ¿Qué ocurre? ¿No te gusta el castillo?

— ¿Cómo no me va a gustar el castillo? —Le repliqué confusa por su pregunta—. Es una obra arquitectónica increíble y tiene una belleza embriagadora, no creo que haya alguien sobre la faz de la tierra a quien no le guste.

—Entonces, ¿a qué ha venido esa cara triste?

Entonces le comprendí, se refería a la cara que había puesto al recordar que no llevaba conmigo la cámara de fotos.

—Me hubiera gustado traer la cámara de fotos, este lugar es precioso —le respondí abriendo los brazos mientras daba una vuelta sobre mí misma para señalar todo lo que nos rodeaba.

—Podemos ir a comprar una cámara de fotos, seguro que hay alguna tienda que las venda, es un pueblo muy turístico.

—No es necesario —le agradecí con una amplia sonrisa, mi cámara de fotos era una cámara profesional, no una cámara para turistas o aficionados—. Además, así tendré una razón para regresar.

—Podríamos escaparnos unos días a finales de agosto, celebran una fiesta medieval en la que todo el mundo se viste de la época y creo que incluso lanzan fuegos artificiales.

Una vez más, su propuesta me sorprendió. Quedaban tres meses para finales de agosto, era una propuesta a largo plazo.

—Recuérdamelo más adelante, tengo mala memoria y no me gustaría perdérmelo.

Dejé la piedra en su tejado. Si realmente quería regresar conmigo cuando llegara la fecha, se encargaría de recordármelo. Reconozco que me gustó saber que me incluía en sus planes para los siguientes tres meses.

—Nena, estás muy pensativa, ¿va todo bien? —Me preguntó escrutándome con la mirada.

—Estaba pensando en el jacuzzi de la cabaña —le dije con voz seductora.

—Nena… —Me advirtió con un suave ronroneó mientras me acariciaba el cuello con la punta de su nariz.

—Has sido tú quien ha preguntado —me defendí entre risas.

Me estrechó entre sus brazos y me abrazó con fuerza. Me dio un leve beso en los labios y, dedicándome la mejor de sus sonrisas, me dijo:

—He visto un supermercado a un par de calles, pararemos a comprar comida y regresaremos a la cabaña para estrenar ese jacuzzi, caprichosa.

Entonces fui yo la que le besé con tanta fuerza y empeño que casi nos caemos al suelo al perder el equilibrio. Entre risas, besos y abrazos, hicimos la compra en aquel supermercado antes de regresar a la cabaña.

Guardamos la comida que habíamos comprado en la nevera y los armarios que componían la cocina y me regañé mentalmente por imaginarme de nuevo compartiendo una vida familiar con él. Cada día me resultaba más tentadora la idea de romper las reglas del juego.

— ¿Cenamos antes de meternos en el jacuzzi? —Le pregunté—. Si lo hacemos al revés, sabes que no cenaremos.

—Tienes razón —afirmó con una sonrisa traviesa en los labios—. Ve a ponerte cómoda, yo me encargo de la cena.

—No te lo voy a discutir, no se me da muy bien cocinar —le advertí—. Pero soy una buena ayudante, no tendrás ni una sola queja de mí.

Le ayudé a preparar la cena y descubrí que tenía grandes habilidades como cocinero, se notaba que le gustaba estar entre fogones, la cocina era otra de sus virtudes. Suspiré con resignación, esos días en el lago tan solo provocarían que acabara totalmente enamorada de mi desconocido.

Cenamos tranquilamente y después recogimos la mesa y la cocina sin ninguna prisa. Pese a que ambos deseábamos estrenar el jacuzzi de la cabaña, nos encontrábamos muy a gusto charlando y queríamos alargar un poco más la sobre mesa antes de pasar a la acción.

— ¿Te sigue apeteciendo meterte en el jacuzzi conmigo? —Me tanteó cuando se le acabaron los temas de conversación.

—Por supuesto, nene —le confirmé.

Mientras el jacuzzi se llenaba de agua caliente, nos desnudamos mutuamente. La paz y la calma con la que nos acariciábamos y nos besábamos, me embriagó con un dulce placer que cada día se acentuaba más, el dulce placer del amor.

Nos metimos en el jacuzzi y me sentó entre sus piernas, con mi espalda pegada a su pecho y me rodeó con sus brazos, estrechándome contra su cuerpo. Estar entre sus brazos era como estar en el paraíso.

No tuvo ninguna prisa, se demoró acariciando mi cuerpo, besándome y dándome placer sin exigir nada a cambio, era un amante generoso y desinteresado. Cuando ya no pude contener más mi deseo, me di media vuelta quedando sentada a horcadas sobre él.

—Mm… Nena, bésame como tú sabes.

Quería que le besara, pero que le besara como lo había hecho la otra vez, con amor. Me pregunté si él era consciente de ello o si simplemente le gustaba que le besara de aquella manera. La pregunta se perdió en el fondo de mi mente cuando mis labios se fundieron con los suyos. Alcé un poco las caderas y le invité a entrar en mí, una invitación que aceptó al instante. El placer ya no era la única razón por la que uníamos nuestros cuerpos, ahora lo hacíamos por necesidad, éramos dos adictos que necesitaban mantenerse en continuo contacto.

 

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