Las reglas del juego 15.

Cuando la primera luz de la mañana comenzó a filtrarse por la persiana del dormitorio, mi desconocido me despertó. Él ya estaba vestido y listo para salir, incluso se había duchado. Me hubiese gustado tener un poco de sexo soñoliento, pero él apenas rozó levemente sus labios con los míos para darme los buenos días y me ordenó que me diera una ducha rápida mientras él preparaba el desayuno.

Le noté un poco tenso, quizás también un poco distante, así que me desperecé, me levanté de la cama y me encerré en el cuarto de baño. No pude evitar sentirme molesta por su actitud tan diferente, su repentino cambio de humor me había dejado descolocada.

Cuando salí del cuarto de baño, ya vestida y arreglada para salir, él estaba sentado a la mesa y leyendo el periódico. Reconocí la bolsa de la panadería que había a la vuelta de la esquina y supe que había bajado a comprar un par de bollos para desayunar además de preparar café. Me senté a su lado y desayunamos en silencio. De vez en cuando, me miraba con disimulo para comprobar que comía y seguía leyendo el periódico.

— ¿Has terminado ya? —Me preguntó cuando terminé de beber el último trago de mi taza de café. Asentí con un leve gesto de cabeza y añadió poniéndose en pie—: Entonces, es hora de ponernos en marcha.

Bajamos en el ascensor sin pronunciar palabra, pero cuando llegamos al coche, se dispuso a abrir la puerta del lado del copiloto y me ayudó a subir. Nuestras miradas se cruzaron y no pude ocultar lo molesta que me sentía.

—Nena, ¿estás bien?

—He estado mejor —le respondí con tono de reproche.

—Nena, tenemos cinco días por delante, tendremos tiempo de sobra para hacer lo que quieras, no seas impaciente —me reprendió al mismo tiempo que me abrochaba el cinturón de seguridad.

Me enfurruñé como una niña pequeña y me puse de morros, pero a él le pareció divertido y rio, ignorando por completo mi enfado. Se sentó tras el volante, arrancó el motor del coche y salimos del parking del edificio para incorporarnos al escaso tráfico de la ciudad un viernes a las seis de la mañana. No estaba acostumbrada a levantarme tan temprano y los ojos se me cerraban.

—Inclina el asiento hacia atrás y duerme un poco —me aconsejó sin apartar la vista de la carretera.

Incliné el asiento y me tumbé de lado, dándole la espalda. Le escuché reír y me entraron ganas de abofetearle, se lo pasaba en grande torturándome. Sí, torturándome. No había que ser muy lista para adivinar sus intenciones después del episodio de la noche anterior. Pero a ese juego también podía jugar yo y, tal y como él había dicho, teníamos cinco días por delante.

Cerré los ojos y traté de dormir, el viaje era largo y mi desconocido no estaba de buen humor para hablar, así que no tenía nada mejor que hacer.

—Nena despierta, ya hemos llegado —escuché el susurro de su voz en mi oído. Ronroneé con fingida inocencia y murmuró—: Mm… Hasta dormida eres tentadoramente irresistible.

—Al parecer, no lo suficiente —le repliqué.

—Solo tienes que decirme tu nombre, no pido tanto.

—Yo solo quiero saber tu edad, tampoco pido tanto.

Bajó del coche y un segundo después abría la puerta de mi lado y me cogía en brazos para sacarme del coche. Dejó que mis pies tocaran el suelo, pero sostuvo agarrándome por la cintura hasta comprobar que me mantenía de pie sin perder el equilibrio. Eché un vistazo a nuestro alrededor, sentía curiosidad por saber dónde nos encontrábamos y sonreí al reconocer el lugar. Estábamos en el lago, frente a una de las lujosas cabañas que alquilaban para escapadas románticas. Había estado allí antes para hacer un reportaje sobre las diez mejores escapadas románticas cerca de la ciudad. Era el lugar perfecto para desconectar, rodeado de naturaleza y lejos de la civilización. El pueblo más cercano se encontraba a más de treinta kilómetros y las otras cabañas estaban a más de diez kilómetros de distancia entre sí, rodeando la orilla del lago. Además, los inquilinos de las cabañas estaban demasiado entretenidos dando rienda a su pasión como para salir de sus respectivas que cabañas. Se tardaba casi cuatro horas en llegar desde la ciudad, pero nosotros habíamos llegado en poco más de tres horas, mi desconocido había conducido deprisa.

—Y bien, ¿qué te parece? —Me preguntó mirándome a los ojos para comprobar si le decía la verdad.

—Es perfecto —reconocí.

Me sonrió de oreja a oreja, feliz de mi reacción, y me besó en los labios en un impulso que no fue capaz de contener.

—Dame un segundo que coja las maletas del coche y entramos en la cabaña, me han enviado las fotos por correo electrónico y creo que aquí estaremos genial.

De nuevo volvía a estar alegre y entusiasmado. Se apresuró en coger nuestro equipaje del maletero del coche y, tras cogerme de la mano, me guio a la cabaña por el estrecho camino de adoquines que llegaba hasta el porche. Sacó la llave de su bolsillo y abrió la puerta. Me hizo un gesto con la mano para que entrara primero y me dedicó una sonrisa nerviosa que yo traté de calmar dándole un leve beso en los labios. No pude evitar sonreír al pensar que ambos nos comportábamos como dos adolescentes.

— ¿Te gusta? —Me preguntó impaciente por saber mi respuesta.

Ya había visto esas cabañas, pero no quise fastidiar el momento. Eché un rápido vistazo a la cabaña para comprobar que todo estaba exactamente igual: una única estancia abierta formada por la cocina, el comedor, el salón y un dormitorio separado por un semi muro. Tan solo había una puerta, la del cuarto de baño. El cuarto de baño era la guinda de la cabaña o, mejor dicho, el enorme jacuzzi. No había nada mejor que meterse en el jacuzzi con una copa de vino después de un duro día de trabajo.

—No me gusta, me encanta —le respondí besándole de nuevo.

— ¿Lo suficiente para quedarte conmigo cinco días?

—Lo suficiente como para quedarme todo un mes —reí divertida.

—Pues todavía no has visto lo mejor —anunció dejando las maletas en el suelo para llevarme al cuarto de baño. Abrió la puerta y añadió señalando el jacuzzi—: ¿Qué me dices ahora?

—Mm… Creo que cinco días no van a ser suficientes, nene —bromeé haciéndole reír.

Se olvidó de su enfado por no decirle mi nombre y me hizo el amor con dulzura, sin exigir ninguna respuesta.

—Duerme un poco, yo iré a por leña para encender la chimenea, me han dicho que las noches son bastante frías aquí —me dijo en cuanto recobró la respiración.

Obedecí sin rechistar, estaba cansada y era consciente de lo frías que podían llegar a ser las noches en el lago, así que me quedé dormida bajo las sábanas de aquella cama mientras él se encargaba de todo. Me sentí extraña al tener a alguien que se encargara de realizar esas tareas por mí, pero era agradable saber que mi desconocido se esforzaba por cuidar de mí.

Me desperté a mediodía y vi a mi desconocido saliendo del cuarto de baño envuelto en una toalla, recién salido de la ducha. Se volvió hacia a mí y sonrió al comprobar que estaba observándole.

—Hace muy buen día, ¿te apetece dar un paseo? —Me propuso.

Una vez más, consiguió sorprenderme con su propuesta. Me tenía completamente desnuda en la cama y me proponía ir a dar un paseo.

— ¿No prefieres meterte en la cama conmigo? —Le tenté.

—Nena, yo siempre preferiré meterme contigo en la cama —me aseguró acercándose a mí para besarme en los labios.

—Entonces, ¿por qué no te metes en la cama conmigo?

—Dame un capricho y deja que te invite a comer —me pidió con voz melosa—. Además, tenemos que comprar comida si quieres que sobrevivamos en la cabaña.

—De acuerdo, caprichoso  —acepté dándole el capricho.

Me dio un leve beso en los labios y se apartó de mí como si el contacto con mi cuerpo le quemara. Rodé los ojos al entender que mantenía las distancias conmigo para evitar caer en la tentación. Decidí no ponérselo difícil y me vestí rápidamente para no provocarle. El sol brillaba con fuerza y me puse un vestido veraniego de tirantes y con falda de vuelo. Me lavé la cara, me peiné y cogí mi bolso.

—Ya estoy lista —anuncié.

Me miró de arriba abajo, frunció el ceño y me dijo:

—Coge una chaqueta, más tarde tendrás frío.

—De acuerdo, papá —me mofé.

Sin embargo, mi broma no le gustó en absoluto. Me fulminó con la mirada y bufó ofendido:

—Quizás deberías buscar a algún crío de tu edad.

—Lo haría si eso fuese lo que quiero —le repliqué harta de que ocultara su edad como si fuera lo peor del mundo—. No sé qué problema tienes con tu edad, pero ya te he dicho que a mí no me supone ninguno.

—Olvidemos el tema, no hemos venido hasta aquí para discutir —zanjó el asunto—. Coge una chaqueta y nos vamos.

Lo último que quería era acabar discutiendo con él, cogí una chaqueta de la maleta que aún no había deshecho y le dediqué la mejor de mis sonrisas cuando pasé por su lado para salir de la cabaña.

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