Las reglas del juego 14.

Habían pasado diez días desde nuestro último encuentro y no había vuelto a ver a mi desconocido, pero me llamaba por teléfono todas las noches. Aunque ninguno de los dos se había saltado las reglas del juego, nuestra relación había cambiado. La última vez que estuvimos juntos no practicamos sexo, hicimos el amor como nunca antes lo habíamos hecho. Me había abrazado con verdadera necesidad y me había propuesto pasar unos días juntos, lejos de la ciudad, algo que me había recordado en cada una de sus llamadas. No me había querido decir a dónde pretendía llevarme, pero me aseguró que no estaríamos a más de tres horas en coche de casa.

No tuve ningún problema en cogerme unos días libres en el trabajo, era lo bueno de ser una fotógrafa freelance. Adelanté algunos compromisos que tenía para esos días y, aunque tuve que trabajar más de doce horas diarias durante la semana anterior, razón por la que no había podido ver a mi desconocido.

A Tony y Álex no les sorprendió que me fuera con mi desconocido fuera de la ciudad durante cinco días, pero tampoco les entusiasmó la idea. Era evidente que cada día estaba más hechizada por él y ambos temían que aquella relación se terminara y yo acabara sufriendo. Sin embargo, apoyaron mi decisión como siempre hacían y me dijeron que me divirtiera.

Mi padre era arena de otro costal. Hacía mucho tiempo que había aprendido que a mi padre no se le podía mentir porque siempre acababa descubriéndolo todo, así que descarté la opción de decirle que me iba a hacer algún reportaje fuera de la ciudad. Tampoco podía decirle que me iba con Tony y Álex, ellos tenían un desfile y probablemente aparecerían en la televisión y los periódicos. Decirle que iba a ver a Brian hubiese sido una buena idea si Brian no fuera el hijo de su mejor amigo, con el que además trabajaba. Así que decidí decirle la verdad, o al menos parte de ella.

— ¿Es un viaje de negocios? —Fue lo primero que me preguntó cuándo le dije que me iba de la ciudad durante unos días.

Había ido a cenar a casa de mi padre la noche antes para decirle que me iba de viaje. De hecho, tenía la maleta en el coche y a mí desconocido esperándome en su apartamento.

—Solo quiero tomarme unos días de descanso, he estado trabajando mucho últimamente y necesito desconectar —respondí con una verdad a medias.

—Y, ¿vas sola o acompañada? —Preguntó alzando una de sus cejas, escrutándome con la mirada para adivinar si le decía la verdad o no.

—Voy acompañada.

—Por un hombre —dedujo visiblemente incómodo. Como a cualquier padre, prefería pensar que su niña seguía siendo su niña y no una mujer—. ¿Debo empezar a asimilar la figura de un yerno en mi vida?

—No temas, solo somos amigos, nos estamos conociendo.

—Bien, porque quiero ser abuelo pero no tengo ninguna prisa —concluyó mi padre—. En cuanto a tu amigo, ¿tiene nombre?

—Por supuesto que lo tiene papá, pero no es asunto tuyo —le recordé.

Al General Keller le hubiera gustado poder echarle un vistazo al expediente de mi desconocido, yo misma le hubiera echado un vistazo si supiese su nombre. Tenía cinco días por delante para descubrir algunas cosas sobre él, pero en ese momento debía centrarme en mi padre.

—Estaré bien, no tienes nada de qué preocuparte —le aseguré.

Mi padre tuvo que conformarse con eso, él también había aprendido que si me presionaba perdía mi confianza. Los días en los que yo era una jovencita rebelde habían quedado atrás, ya no me metía en líos y mi padre cumplió su promesa, dejó de controlarme y me dio la privacidad que necesitaba.

—Te llamaré cuando regrese a la ciudad, no te preocupes por mí y no trabajes demasiado —le dije cuando me despedía de él.

—Cuídate y llámame si te metes en algún lío —bromeó.

Tras darle un beso en la mejilla a modo de despedida, salí de la casa de mi padre y me monté en mi coche para dirigirme al apartamento de mi desconocido. Antes de arrancar el motor del coche, revisé el teléfono móvil y sonreí al comprobar que me había enviado un mensaje: “¿Dónde estás, nena? Te echo de menos, quiero tenerte desnuda entre mis brazos.” El mensaje no era muy largo, pero era claro y conciso. Le contesté al mensaje antes de emprender la marcha: “Estoy de camino, tardo diez minutos en llegar. ¿Me vas a esperar desnudo?”

Esperé ansiosa la llegada de su respuesta mientras conducía, pero no llegó. Entré en el parking del edificio y tuve que esforzar la vista para ver el coche de mi desconocido y aparcar justo a su lado. La luz que alumbraba el aparcamiento se había fundido y la planta entera estaba a oscuras, tan solo iluminada por los faros de mi coche. Estaba distraída guardando el teléfono móvil en el bolso cuando alguien golpeó suavemente la ventanilla del coche y di un respingo a causa de la sorpresa y el susto, que se me pasó en cuanto comprobé que se trataba de mi desconocido.

— ¿Es que quieres que me dé un infarto? —Le reproché sobresaltada mientras bajaba del coche.

—Siento haberte asustado, se ha fundido la luz del parking y he bajado a esperarte —se disculpó tratando de contener la risa.

— ¿Te divierte asustarme? —Le repliqué molesta.

—Nena, a mí me divierte darte placer y complacerte —me susurró al oído con la voz ronca. Me besó en los labios y añadió—: ¿Has traído la maleta?

—Sí, está en el maletero de mi coche.

Abrió el maletero del coche, sacó mi maleta y la guardó en su coche. Le miré sin entender qué estaba haciendo y, al ver la confusión en mi rostro, me aclaró:

—Saldremos mañana al amanecer, lo estoy dejando todo preparado para no perder tiempo por la mañana, así podremos dormir un poco más.

¿Cómo no iba a caer bajo su hechizo? Era el hombre perfecto, lo tenía delante de mí y me iba a regalar cinco días de placer perdidos en algún lugar que no había querido decirme. Era ridículo negar que me estaba enamorando de él.

—Nena, ¿estás bien? —Me preguntó sacándome de mis pensamientos.

—Estaré mejor cuando esté desnuda entre tus brazos —le susurré con mi tono de voz más seductor.

Me agarró del trasero, me estrechó contra su cuerpo y me besó con urgencia, era su forma de decirme que él también lo deseaba. La rebelde contenida que llevaba dentro resurgía de sus cenizas cuando estaba con él y aquella vez no iba a ser una excepción. Con fingida inocencia, entré en el ascensor y esperé a que comenzara a subir para pulsar el botón y detenerlo entre dos pisos. Mi desconocido me miró con deseo, adivinando mis intenciones, y se abalanzó sobre mí. Me levantó la falda del vestido hasta la cintura y, de un brusco tirón, me arrancó el tanga.

—Lo siento nena, han sido diez días muy duros y ya no puedo aguantar más sin estar dentro de ti —me confesó—. Te necesito ya.

—Házmelo rápido y salvaje —ronroneé excitada.

Él no me hizo esperar, me alzó entre sus brazos haciendo que rodeara su cintura con mis piernas y me empotró contra una de las paredes de espejo del ascensor. Oí cómo se desabrochaba el pantalón antes de sentir su miembro abriéndose paso dentro de mí de una sola estocada. La rudeza con la que me embestía me hacía desfallecer de placer y tuvo que ahogar mis gemidos besándome.

—Nena, córrete —me ordenó al borde del orgasmo.

Hundió una de sus manos en el punto donde nuestros cuerpos se unían, encontró mi hinchado y excitado clítoris y lo acarició hasta hacerme estallar en mil pedazos. Dos embestidas después, mi desconocido se derramaba dentro de mí. Bajé mis piernas al suelo para que no tuviera que seguir sosteniendo mi cuerpo, pero me mantuvo pegada a él, abrazándome como si necesitara el contacto de mi piel para respirar.

—Será mejor que sigamos con esto en el apartamento, a menos que quieras que los vecinos nos descubran —le susurré haciéndole volver en sí.

Me besó en la frente, adecentó nuestras ropas y pulsó el botón para reanudar la marcha del ascensor. Entramos en el apartamento y, en cuanto cerró la puerta, se apresuró en desnudarse y acto seguido me desnudó a mí. Sin necesidad de decir nada, me agarró de la mano y me llevó hasta a la cama, donde hizo que me tumbara y él se tumbó sobre mí, cubriendo mi cuerpo con el suyo. Sostuvo mis manos por encima de la cabeza como si fuera su presa y comenzó a jugar con mis pezones atrapándolos con sus dientes, besándolos y acariciándolos con su lengua. Alcé las caderas para que le prestara atención a mi clítoris, pero él tenía otros planes y me ignoró con una sonrisa traviesa en los labios.

—No seas impaciente, caprichosa —me reprendió tratando sin éxito de ocultar su risa.

Estaba al borde del abismo, me excitaba lo suficiente para que rozara el orgasmo sin llegar a provocarlo y me estaba volviendo loca. Tan solo necesitaba un leve roce en el centro de mi placer para correrme y él no estaba dispuesto a dármelo. Deslicé una de mis manos hacían mi entrepierna y, cuando estaba a punto de alcanzar mi objetivo, me agarró la mano y la volvió a sujetar sobre mi cabeza.

— ¿Quieres correrte, nena?

— ¿A ti qué te parece? —Bufé frustrada.

—Dime tu nombre y dejaré que te corras.

Necesite unos segundos para asimilar su petición. ¿Quería saber mi nombre? Si se lo decía, estaría rompiendo una de las principales reglas de nuestro juego. Quería hacerlo, me moría de ganas por escuchar mi nombre en sus labios, pero no estaba dispuesta a hacerlo a cambio de sexo, yo también quería saber más de él.

—Dime cuántos años tienes y te diré mi nombre —le respondí sabiendo que aquella pregunta no le iba a gustar.

—Dime tu nombre, te diré el mío y estallarás en mil pedazos —insistió.

—Solo es un número, si me lo dices obtendrás lo que quieres —le recordé sin dar mi brazo a torcer.

Mi desconocido gruñó con frustración y, olvidándose por el momento de las preguntas y las respuestas, se hundió en mí y ambos estallamos al alcanzar el orgasmo.

—No voy a rendirme —me advirtió invirtiendo nuestras posiciones para colocarme encima de él y envolverme con sus brazos—. Duérmete nena, mañana nos levantaremos al amanecer.

Me quedé dormida en apenas unos minutos, sus brazos tenían un efecto relajante sobre mi cuerpo y caí rendida en seguida.

Aquella noche soñé que mi desconocido y yo formábamos una familia, vivíamos en una gran casa y teníamos tres hijos. En cualquier otro momento de mi vida, aquel sueño me hubiera parecido una auténtica pesadilla, pero esa noche me pareció el mejor sueño que jamás había tenido y el único motivo era que mi desconocido formaba parte de ese sueño.

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