Las reglas del juego 13.

Durante los siguientes tres meses, continuamos viéndonos con bastante regularidad, un par de noches a la semana como mínimo. Nuestro trato no había cambiado, seguíamos sin saber el nombre del otro y continuábamos viéndonos en la intimidad de su apartamento. Sin embargo, nuestra relación sí había cambiado. Desde el primer momento tuvimos una gran complicidad en la cama, pero esa complicidad también se había trasladado a nuestra convivencia. Si bien no vivíamos juntos, sí que compartíamos un espacio pequeño en el que dormíamos, comíamos, nos aseábamos y también donde jugábamos hasta caer rendidos de agotamiento. Resultaba de lo más fácil y cómodo compartir ese espacio con él y no pude evitar imaginarnos viviendo juntos como una pareja de verdad.

Mi desconocido viajaba mucho por motivos de trabajo, un trabajo que nunca mencionó y del que yo tampoco quise preguntar, y cuando regresaba lo hacía agotado. Aquellos encuentros tras varios días sin vernos cuando él regresaba de viaje se volvían de lo más salvajes y apasionados. Me hacía sentir deseada, me estrechaba contra su cuerpo con verdadera necesidad de contacto y se pasaba la noche pegado a mí, observándome mientras dormía entre sus brazos.

Y aquella noche, era una de esas noches. Mi desconocido me había llamado para decirme que regresaba a casa de madrugada y, cuando me pidió que me quedase a dormir en su apartamento, no pude ni quise decirle que no. No sabía la hora exacta en la que llegaría, pero me dijo que sería tarde y que no le esperase despierta.

—Despiértame cuando llegues —le dije antes de colgar.

Y allí estaba, completamente desnuda bajo las sábanas de la cama de aquel apartamento, mirando el reloj y deseando que las horas pasaran más rápido para estar de nuevo con mi desconocido.

Cuando me desperté, estaba amaneciendo y los débiles rayos de sol que atravesaban la ventana me deslumbraron haciendo que cerrara los ojos de nuevo. Deslicé una de mis manos al otro lado de la cama en busca de mi desconocido, pero no había nadie más en la cama. Suspiré con resignación, todavía no había llegado. Pero entonces, escuché su voz:

—Buenos días, nena.

— ¿Estás aquí?

—Estoy aquí —me respondió acercándose y sentándose a un lado de la cama. Me besó en los labios y añadió en un susurro—: Estás preciosa mientras duermes.

— ¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—Llegué hace una hora, más o menos —me confesó—. Dormías tan plácidamente que no he querido despertarte.

Abrí los ojos para mirarle y le vi sonreír. Como siempre que regresaba de uno de sus viajes, su rostro denotaba el cansancio, pero su ceño fruncido me hizo sospechar que algo no iba bien. Sus ojos brillantes albergaban una mezcla de alivio y tristeza que no fui capaz de adivinar qué le ocurría y tampoco me atreví a preguntar. Cada vez me resultaba más difícil no hacer preguntas porque cada día quería saber más de él.

—Ven aquí, nene —le invité a meterse conmigo en la cama—. Necesitas descansar y yo necesito sentirte cerca.

—Mm… Tan caprichosa como siempre —murmuró sonriendo divertido.

Se desnudó rápidamente y se metió conmigo en la cama en menos de un minuto. Me envolvió con sus brazos, me estrechó contra su cuerpo y suspiró profundamente. Ninguno de los dos dijo nada, pero aquel gesto era más que suficiente para saber que ambos nos habíamos echado de menos.

Y, abrazos el uno al otro, nos quedamos dormidos. El sexo ya no era la prioridad, ya no era lo único que nos unía. La necesidad de mantener nuestros cuerpos en constante contacto, los besos, los abrazos, las caricias,… Todo se había complicado y los dos seguíamos actuando como si nada hubiera cambiado, como si todo siguiese igual. En mi caso, porque no quería arriesgarme a perder lo que tenía y pretendía alargarlo todo lo posible. Ya era demasiado tarde para no sufrir si le perdía, ahora solo podía agarrarme a lo que tenía.

Me desperté un par de horas más tarde y me encontré con su amplia y perfecta sonrisa. Por sus ojeras deduje que no había dormido nada, pero se le notaba más relajado.

—No has dormido nada —le regañé con dulzura, pegando mi cuerpo al suyo—. Creo que un poco de sexo soñoliento te ayudará a dormir.

— ¿Sexo soñoliento? —Preguntó con curiosidad.

—Ajá —le confirmé al mismo tiempo que me tumba sobre él.

No tuve que decir nada más, me comprendió en seguida. Colocó su erecto pene en la entrada de mi vagina y me penetró lentamente al mismo tiempo que me abrazaba con fuerza.

—Te he echado de menos, nena —me susurró al oído.

Entró y salió de mi interior con un suave y rítmico vaivén que me colmaba de placer y alargaba al máximo el orgasmo. Me besó con dulzura y acarició mi piel con adoración hasta que ambos alcanzamos el clímax al mismo tiempo. Juntos habíamos practicado sexo infinidad de veces, pero esa fue la primera vez que hicimos el amor.

Me quedé tumbada sobre él hasta que recobré la respiración pero, cuando traté de moverme para no aplastarle, él me detuvo y me pidió casi en una súplica:

—Por favor, quédate así.

—Estoy literalmente encima de ti, no creo que así estés muy cómodo para poder descansar lo suficiente —opiné divertida.

—No podría estar más cómodo que contigo literalmente encima de mí —me replicó con tono juguetón—. Solo deseo quedarme en la cama contigo el resto del día.

—Eres fácil de complacer.

— ¿Eso significa que vas a quedarte el resto del día? —Me preguntó incorporándonos en la cama para poder mirarme a los ojos y estudiar mi rostro—. ¿Lo has dicho en serio?

—Suena muy tentador, no podría negarme —bromeé.

—Me alegra oír eso porque quiero proponerte algo.

—Eso ha sonado demasiado serio para bromear, ¿qué ocurre?

—Es posible que pueda conseguir unos días libres en el trabajo en un par de semanas y había pensado que podríamos pasar unos días solos tú y yo.

Aquella propuesta me sorprendió. Desde luego, que me propusiera que pasáramos unos días juntos no era lo que me esperaba. Por supuesto, aquello no formaba parte de nuestro trato. Sin embargo, seguía sin saber su nombre, ni su edad, no sabía nada de él.

— ¿No vas a decir nada? —Me preguntó impaciente.

—No sé qué decir —le confesé.

—Di que sí, nena.

— ¿De cuántos días estaríamos hablando?

—Cuatro o cinco días.

La idea de pasar cuatro o cinco días completos con mi desconocido me resultaba de lo más tentadora, pero seguía sin comprender aquel repentino cambio en él. Las preguntas se amontonaban y no obtener respuestas me estaba matando, necesitaba saber más.

—No tienes que decidirlo ahora, piénsalo unos días y me dices algo —atinó a ante mi indecisión—. Será como siempre, pero sin tener que estar pendientes del reloj.

—Supongo que puedo quedarme unos días, al fin y al cabo, aquí tengo todo lo que pueda necesitar.

—Nena, no nos quedaremos aquí —me aclaró—. Quiero que nos vayamos lejos de la civilización, solos tú y yo.

— ¿Cómo de lejos?

—A dónde tú quieras, nena.

—Entonces, mejor buscamos un sitio apartado de la civilización pero que esté cerca.

— ¿No te fías de mí? —Me preguntó visiblemente dolido.

—Estoy completamente desnuda entre tus brazos, ¿responde eso a tu pregunta?

—Pues deja que yo me encargue de todo —sentenció.

—De acuerdo, cómo quieras —me resigné.

Mi desconocido sonrió satisfecho, me estrechó entre sus brazos y me besó en los labios. El brillo de sus ojos y su mirada traviesa me hizo sonreír, me contagió su buen humor. No sé cuánto tiempo estuvimos abrazados en aquella cama, pero jamás me había sentido así de serena, segura y feliz en toda mi vida.

—Nene, quiero un poco de ese sexo soñoliento —ronroneé.

—Mm… Siempre tan caprichosa —me susurró al oído con la voz ronca.

Se introdujo en mí lentamente mientras acariciaba la piel desnuda de mi espalda y besaba mis labios. Nos fundimos en un suave vaivén y, de nuevo, hicimos el amor.

—Empiezo a hacerme mayor —suspiró tras recobrar la respiración.

— ¿Cuántos años tienes?

— ¿Te supone un problema la diferencia de edad?

—Ambos somos adultos —le recordé.

— ¿Tan importante es para ti saber mi edad?

—Me da igual la edad que tengas, eso no cambia nada.

Y era verdad, su edad no cambiaría lo que sentía por él. Adiviné que debía tener unos treinta y dos años aproximadamente, puede que fuese unos siete años mayor que yo.

No volvimos a hablar de la edad, era evidente que él no quería hablar del tema y lo cierto es que a mí no me importaba, al menos hasta ese momento. La curiosidad comenzó a apoderarse de mí y las preguntas se amontonaban en mi mente. ¿Por qué no quería decirme su edad? ¿Era mayor de lo que aparentaba? ¿Temía que yo diera el trato por terminado si me decía su edad? Le observé con disimulo tratando de adivinar cuántos años tenía. No era un joven de veinte años, su cuerpo estaba formado y muy bien, sus músculos eran fuertes y definidos y se podían ver algunas canas que brillaban entre el corto pelo de su cabeza. Era imposible que tuviera más de treinta y cinco años, en cuyo caso sería diez años mayor que yo. No era una diferencia de edad tan grande para que reaccionara así.

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