Las reglas del juego 12.

Entramos en el apartamento y, tras asearnos rápidamente en el cuarto de baño, preparamos la mesa y servimos la comida que mi desconocido había tenido el detalle de traer. Pese a que la cena había sido comprada en uno de los restaurantes más lujosos de la ciudad, él no lo mencionó y yo no quise darle importancia, no quería que creyese que era una snob.

Casi no hablamos durante la cena, él parecía estar cansado y desganado, no había probado bocado y se dedicaba a darle vueltas con el tenedor a la comida de su plato. Deduje que no había aprovechado el día para descansar, me pregunté qué habría estado haciendo y me reprendí mentalmente por ello. Sacudí la cabeza para deshacerme de la curiosidad que sentía por él. Me levanté de la silla y recogí la mesa mientras él me escrutaba con la mirada entre sorprendido y curioso.

— ¿Es que nunca has visto a una chica recoger la mesa? —Bromeé.

—Nunca he visto a una chica tan sexy recoger la mesa —me corrigió con una sonrisa maliciosa en los labios—. Ven aquí, nena.

Alargó su mano para que la agarrase y cuando lo hice tiró de mí hasta dejarme sentada sobre su regazo. Ni siquiera me dio tiempo a abrir la boca para protestar, él tenía prisa por devorarme y comenzó por mi boca.

—Se me ha ocurrido una idea para agradecerte lo bien que se te da complacer a una caprichosa como yo —le susurré con tono sugerente. Él me miró esperando saber más y yo no me hice de rogar—: Aunque no lo admitas, sé que estás cansado y que apenas has dormido en los últimos días.

—Espero que tu idea no consista en dejarme dormir toda la noche —masculló entre dientes.

—Soy demasiado egoísta para eso, pero creo que mi idea te gustará —le aseguré—. De momento, te voy a desnudar.

—Me gusta cómo empieza esto.

Le llevé al dormitorio y comencé a desabrochar los botones de su camisa despacio para después quitársela y dejarla caer al suelo. Acaricié cada músculo de su torso desnudo y él me estrechó con fuerza por la cintura y besó con urgencia.

—Nena, ¿pretendes volverme loco?

—No seas impaciente, tendrás todo lo que deseas.

Me deshice de sus pantalones y de su ropa interior al mismo tiempo y le ordené que se tumbara en la cama boca abajo.

— ¿Qué vas a hacer?

Un ligero tono de desconfianza en su voz me hizo fruncir el ceño, ¿acaso no confiaba en mí? Yo me había prestado a todos y cada uno de sus juegos sin hacer preguntas y sin dudar lo más mínimo pese a que era un completo desconocido.

— ¿Confías en mí?

—Sí confío en ti, pero me sentiría más cómodo si me dijeras qué pretendes hacer conmigo.

—No tienes nada qué temer —le aseguré—. Estás cansado y tan solo pretendo darte un masaje para que te relajes.

— ¿Un masaje? ¿Quieres que me duerma? —Me preguntó haciéndose el ofendido.

—No te vas a dormir, créeme.

A regañadientes, conseguí que se tumbara boca abajo en la cama. Cogí mi neceser y saqué el bote de aceite de coco que utilizaba para hidratar mi piel, eso me serviría para mi propósito. Cogí un par de toallas del cuarto de baño, encendí un par de velas aromáticas y apagué las luces, dejando la habitación tenuemente iluminada.

—Nena, tardas demasiado y sigues vestida —protestó tumbándose boca arriba para averiguar qué estaba haciendo.

—Eso lo solucionamos ahora mismo —respondí comenzando a desnudarme frente a él, dejando a un lado el pudor y la vergüenza.

Me desnudé completamente bajo su atenta mirada de deseo y me excité observándole, tan pendiente de mí y tan erecto sin siquiera habernos tocado. Me hubiera abalanzado sobre él y le hubiera cabalgado hasta desfallecer por agotamiento, pero esta vez quería ser yo la que le diera placer a él. Era un hombre generoso en el sexo, se preocupaba por dejarme satisfecha más que de su propia satisfacción y quería recompensarle.

—Eres preciosa, nena.

—No te vas a salir con la tuya, date la vuelta —le regañé poniendo mis brazos en jarras.

Mi desconocido sonrió divertido, pero finalmente me obedeció y volvió a tumbarse boca abajo. Me subí a horcajadas sobre su trasero y acomodé mis nalgas sobre las suyas, arrancándole un gruñido que ahogó con la almohada. Me eché un poco de aceite de coco en las manos y me las froté para calentarlas antes de comenzar a masajear sus hombros y su cuello. Empecé con un masaje inocente, mis manos masajeaban profesionalmente su espalda, sus hombros y sus brazos con el único fin de relajar sus músculos. Él no protestó, disfrutó del masaje sin impacientarse, sin reclamar el sexo que tanto deseaba.

Coloqué mis rodillas a cada lado de sus caderas y, al mismo tiempo que me alzaba lo suficiente para que pudiera darse la vuelta y ponerse boca arriba, le ordené:

—Nene, date la vuelta.

Antes de que pudiera terminar la frase, él ya se había dado la vuelta e intentaba penetrarme con verdadera urgencia.

—Todavía no he acabado —le regañé impidiendo su intento. Él hizo un mohín y casi logró ablandarme, pero conseguí ignorarlo y añadí—: Deja que termine y disfruta del masaje, te prometo que no te arrepentirás.

No le quedó más remedio que resignarse, pero me apresuré a continuar con mi tarea antes de que cambiara de opinión. Me entretuve masajeando su pecho, jugué con sus pezones e incluso me atreví a lamerlos al mismo tiempo que restregaba mi sexo contra el suyo solo para provocarlo y ver su reacción.

—Nena, me vas a matar.

Su tono, lejos de ser una súplica, fue una advertencia. Si seguía con aquel juego del masaje acabaría con su paciencia y entre su cuerpo y el colchón. No es que no me atrajera aquella visión, pero por una vez quería ser yo quien dominara la situación, quien le colmara de placer y le hiciera gritar y gemir como un loco.

Me incliné hacia adelante para tumbarme sobre él y le besé en los labios. Inmediatamente, sus manos abarcaron mi trasero y lo apretó con fuerza para pegar nuestros genitales, haciéndome sentir la grandeza de su erección.

— ¿Has terminado de jugar?

—Todavía no —respondí con una sonrisa traviesa.

Le besé en la boca y descendí con mis labios por su cuello, su clavícula y su pecho, dejando un reguero de besos y caricias por dónde pasaba. Lamí, mordisqueé y besé sus pezones hasta ponerlos duros antes de continuar con mi recorrido descendente. Hice una pequeña pausa al llegar a su ombligo para besarlo y acto seguido fui directa hacia a su erecto pene. No me lo metí en la boca como cabía esperar, decidí torturarle un poco más y fui dándole leves besos desde la basa hasta el glande mientras acariciaba sus testículos. Una gota de semen brillaba en la punta de su glande y, sin poder contenerme, la limpié de un lametón, haciéndole gruñir.

—Nena, quiero follarte —me dijo con su voz de ordeno y mando.

—Todavía no —le dije empujándole para que volviese a tumbarse.

—Esto es una tortura —protestó agarrándose la cabeza como si tratara de evitar volverse loco.

En lugar de contestarle, decidí seguir con mi propósito e introduje la grandeza de su pene en mi boca. Lamí, chupé, absorbí y acaricié su pene mientras entraba y salía de mi boca. Lo sentí contraerse y tensarse con los primeros espasmos que alertaban de la inminente llegada de un orgasmo.

—Nena apártate, me voy a correr.

Pero no le hice caso y seguí dándole placer con mi boca hasta que se derramó dentro de mí. Me tragué el fruto de su placer y continué chupando su pene hasta dejarlo limpio mientras él recobraba la respiración.

—Ven aquí, nena —susurró agarrándome por los hombros para arrastrarme por su cuerpo y colocarme a su altura.

Me besó en los labios lentamente, con la pasión y la delicadeza justa para que fuese un beso perfecto. Tumbada sobre él, alcancé su pene con la mano y me empalé en aquella postura. Se hundió en mí despacio, arrancándome varios gemidos de placer que amortiguó atrapando mis labios con los suyos. Entró y salió de mí lentamente, acunándome y estrechándome entre sus brazos con fuerza. Mantuvo un ritmo tranquilo, pero la postura era idónea para estimular mi ya hinchado y excitado clítoris y el suave vaivén de nuestros cuerpos me hicieron alcanzar el clímax antes de lo que esperaba. Él me abrazó con fuerza y se movió estratégicamente para aumentar mi placer al mismo tiempo que estallaba conmigo en mil pedazos.

Me quedé completamente flácida sobre él, sin fuerza para poder moverme, pero a él no pareció importarle. Con su pene erecto todavía dentro de mí, nos arropó con la sábana y, tras darme un último beso en los labios, me susurró al oído:

—Duérmete preciosa, seguiremos cuando hayamos descansado.

Lo siguiente que recuerdo es despertar en la misma postura, pero con los rayos de sol iluminando la habitación en lugar de las velas.

—Buenos días nena, ¿has dormido bien?

—Mm… He dormido muy bien y he descansado mucho —le susurré con descaro.

Sentí un respingo en mi vagina y no me costó demasiado adivinar que todavía seguía dentro de mí y estaba erecto.

—Mm… Parece que alguien se ha despertado juguetón —gemí excitada.

—Contigo es imposible que no me despierte juguetón —me replicó intercambiando nuestras posturas.

Una vez más, perdí la cuenta de las veces que me llevó al límite y me hizo estallar en mil pedazos. Tras la sesión de sexo mañanero en la cama, le siguió otra sesión en la ducha, en la cocina, sobre la mesa del comedor, en el sofá y, cómo no, también en la enorme bañera. Con él la pasión estallaba a cualquier hora y en cualquier lugar.

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