Las reglas del juego 11.

Llegué a casa de mi padre a las dos en punto de la tarde. Como de costumbre, salió al porche para recibirme y me dio uno de sus fuertes y reconfortantes abrazos. Siempre me había sentido segura y protegida con mi padre, quizás por su profesión o tal vez por su forma de cuidarme.

Me hizo pasar al salón y pude observar el cansancio en sus andares. Ya no era tan joven y, aunque se mantenía en forma, tener cincuenta años no era lo mismo que tener veinte. Recordé que me contó que los rebeldes habían secuestrado un bus escolar y, pese a que nunca hacía preguntas sobre su trabajo, decidí hacer una excepción:

— ¿Qué tal fue la operación? ¿Conseguisteis rescatar a los rehenes?

—Logramos reducir a los rebeldes y liberar a los rehenes, pero uno de los profesores resultó herido de gravedad durante el proceso. Ahora se encuentra estable en el hospital, pero es posible que tenga algún daño medular —se lamentó.

—Lo siento, papá —le dije besándole en la mejilla.

Su trabajo no era fácil, pero su cargo como General del Ejército era todavía más difícil de sobrellevar, sobre todo cuando una misión no sale perfecta. Las pesadillas nocturnas son un síntoma clave para determinar que un hombre ha estado en el ejército, todos los soldados lo confirman. Me había criado en una base militar, había formado parte de ese mundo tan duro y peligroso y, en cuanto cumplí los dieciocho años, me marché de allí. Yo quería ver mundo, viajar, conocer otras culturas, enamorarme y vivir una gran historia de amor eterna. Era una ilusa y tardé casi dos años en darme cuenta que la vida no es de color de rosa. Sobre todo si eres una eterna adolescente rebelde que no deja de meterse en líos y tu padre es el General del Ejército.

— ¿En qué estás pensando? —Me preguntó mi padre con curiosidad.

—Pensaba en cuánto han cambiado las cosas desde hace cinco años —le respondí tratando de animarle un poco.

— ¿Te refieres a la época en la que tenía que ir a buscarte a una comisaría? —Se burló con cierto tono de reproche—. Todavía tengo que soportar algunas de sus burlas, sobre todo del Comandante Sanders.

El Comandante Alfred Sanders era un gran amigo de mi padre y también mi padrino. Ambos trabajaban juntos en la misma base, eran dos hombres viudos y tenían un hijo del que cuidar. Había crecido junto a Brian, el hijo del Comandante Sanders, y prácticamente éramos como hermanos. Él era un par de años mayor que yo y, cuando cumplió dieciocho años, dejó la base militar para matricularse en la mejor universidad de derecho. Habían pasado más de nueve años desde entonces y Brian se había convertido en uno de los mejores abogados del país y había fundado su propio bufete. Hacía semanas que no hablaba con Brian, mi desconocido me había absorbido por completo y solo podía pensar en él.

— ¿Qué tal le va a Brian?

—Le ha prometido a Alfred que asistirá a la fiesta de Navidad de la base.

— ¡Para eso faltan meses, estamos en marzo! —Exclamé entre risas.

—Eso es lo único que ha podido confirmar con seguridad —me dijo ladeando la cabeza—. Os pasáis la vida diciendo que no queréis ser como vuestros padres y acabáis siendo peores.

Puede que no fuera justo, pero siempre acababan metiéndonos en el mismo saco. Le echaba de menos, cada vez nos veíamos menos y pensar en él me ponía triste.

Mi padre comenzó su campaña a favor de Brian y de la buena pareja que hacíamos, nunca desaprovechaba una ocasión para tratar de emparejarme con el hijo de su mejor amigo. Charlamos tranquilamente durante la comida y, tras tomar el café, me despedí de él y regresé a mi apartamento.

Lo primero que hice fue preparar una pequeña bolsa de deporte con ropa y productos de higiene íntima para dejar en el apartamento de mi desconocido. Escogí los conjuntos de lencería más sexys que tenía y un par de camisones para dormir. De momento, eso era todo lo que necesitaba.

Estaba a punto de meterme en la ducha cuando alguien llamó a la puerta. No me hizo falta abrir la puerta para adivinar que se trataba de Álex y Tony.

—Cielo, ¿qué tal ha ido? —Me saludó Tony en cuanto abrí la puerta.

—Genial, ha sido una noche memorable y esta noche repito.

— ¿Esta noche? —Preguntaron los dos al unísono.

Asentí sonriendo alegremente, no podía ocultar la sensación de felicidad que sentía por el simple hecho de volver a verle.

—Han sido dos semanas muy largas, tenemos que ponernos al día —les respondí guiñándoles el ojo con complicidad.

Como era de esperar, Álex y Tony querían saberlo todo y no me dejaron hasta que consiguieron que les contase todo.

—Cielo, te estás metiendo en la boca del lobo —me advirtió Álex.

—Por una vez, tengo que darle la razón a éste gruñón —le secundó Tony—. Me preocupa ese trato, ¿qué pasa si más adelante quieres más?

—De momento, tengo justo lo que quiero. Si más adelante la situación cambia, ya lo pensaré entonces —le contesté encogiéndome de hombros—. No voy a darle vueltas a la cabeza buscando soluciones a problemas que aún no existen.

Respetaron mi decisión como hacían siempre, pero sus caras eran como un libro abierto y supe que no estaban muy de acuerdo. Sabía que solo se preocupaban por mí y temían que aquella extraña y misteriosa relación acabara haciéndome daño, pero yo estaba decidida a seguir hasta el final con aquello. La atracción que sentía por mi desconocido cada vez se hacía más fuerte, ya no tenía la voluntad suficiente para dar vuelta atrás.

Dos horas más tarde, Álex y Tony consiguieron todas las respuestas que buscaban y se despidieron para regresar a su apartamento.

Eran las nueve de la noche cuando salía de la ducha y el teléfono móvil que me había regalado mi desconocido empezó a sonar. Sonreí como una idiota, sólo podía tratarse de él.

—Buenas noches, nena —Me saludó en cuanto descolgué—. ¿Has cenado ya?

—No, me pillas saliendo de la ducha.

—Mm… Desnuda y mojada, cómo me gustaría estar ahí ahora mismo —murmuró con la voz ronca. Carraspeó y añadió—: Había pensado en llevar algo de comida para cenar en el apartamento, ¿qué me dices?

—Suena tentador, estoy hambrienta —le respondí con un tono más que sugerente.

—Si vienes en coche puedes aparcarlo en la plaza de al lado, también es mía y así no tendrás que buscar aparcamiento fuera.

—De acuerdo.

—Te espero en una hora, no me hagas esperar, nena.

— ¿O me castigarás dándome unos azotes? —Bromeé provocándolo.

—Grrr. Nena, me pongo duro solo de escucharte.

—Te lo compensaré en una hora —le aseguré antes de colgar.

Me apresuré en vestirme y arreglarme, tenía que darme prisa si quería estar en el apartamento de mi desconocido en una hora. Cogí la bolsa con mis cosas mientras me felicitaba mentalmente por haberla dejado preparada y me subí al coche para encontrarme con él. Estaba nerviosa, hacía poco más de doce horas que le había visto por última vez y ya echaba de menos estar entre sus brazos y sentirme suya. ¿Tenían razón Álex y Tony y me estaba metiendo en la boca del lobo? Probablemente, pero no iba a dar marcha atrás.

Entré en el parking del edificio y aparqué el coche al lado del de mi desconocido, que me esperaba apoyado en el maletero de su coche. Me fijé en la bolsa de comida que llevaba en la mano y sonreí al reconocer el logo, era de uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Bajé del coche, caminé hasta dónde se encontraba y, en un arrebato de pasión, me arrojé a sus brazos para besarle vorazmente.

—Mm… Mi caprichosa insaciable está muy impaciente —me susurró excitado—. Pero tendrás que esperar hasta después de cenar, eso no es negociable.

Hice un mohín y él me reprendió con un azote en el trasero que, lejos de dolerme, me excitó. El escaso trayecto en ascensor hasta su apartamento me pareció una auténtica tortura, tan solo deseaba besarle y que me hiciera suya allí mismo. A medio camino no aguanté más y pulsé un botón del panel para detener el ascensor.

—No quiero esperar a después de la cena —le dije con descaro.

—Nena, no vas a tener que pedírmelo dos veces —. Se colocó detrás de mí y, haciendo que me echara hacia adelante para que mi cuerpo quedara en forma de ele invertida, añadió mientras subía la falda de mi vestido y me quitaba el tanga—: Agárrate a los pasamanos y míranos en los espejos de las paredes.

Le obedecí sin rechistar y crucé mi mirada con la suya en el espejo. Estaba en una postura de lo más vulnerable, expuesta ante él, que acariciaba el punto en el que se unían mis piernas y esparcía la humedad de mi excitación.

—Estoy aquí para cumplir tus deseos, caprichosa —susurró—. ¿Cómo lo quieres?

—Lo quiero salvaje, rápido y fuerte.

No se hizo de rogar. Me penetró de una sola estocada, haciéndome gemir extasiada y provocándome los primeros espasmos que alertaban de la llegada inminente de un orgasmo. Entraba y salía de mí mientras con una mano acariciaba mi clítoris y con la otra esparcía el flujo de mi excitación hacia a la entrada de mi ano. Le dejé hacer hasta que sentí que uno de sus dedos tanteaba la entrada del ano con movimientos circulares, presionando de vez en cuando sin llegar a entrar.

— ¿Qué estás haciendo? —Pregunté nerviosa.

—Tienes un trasero muy tentador, nena.

—No.

— ¿No? —Repitió sonriéndome maliciosamente a través del espejo—. No hoy, pero pronto nena.

Aprisionó mi clítoris entre dos de sus dedos y lo estimuló a conciencia hasta llevarme al límite, momento en el que aprovechó para hundir su miembro en mi vagina y una de las falanges de su dedo en mi ano, haciéndome estallar al instante, provocándome un enorme orgasmo que me hizo gritar y gemir como una loca. Dos embestidas después, él se derramaba dentro de mí y me mordía en el hombro para ahogar un gruñido gutural.

—Vas a matarme —murmuró saliendo de mí y dándome un pequeño azote en el trasero que me hizo dar un respingo.

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