Cuando llegaron a casa del General, él y el Coronel ya estaban en la cocina con un delantal puesto y poniéndolo todo patas arriba. Scarlett y Scott, tras reírse y mofarse de aquella estampa, decidieron echarles una mano para poder cenar.

Scarlett se olvidó de todas las preocupaciones que invadían su cabeza y disfrutó de aquella velada en familia como en los viejos tiempos. Cenaron entre bromas, contando y escuchando viejas anécdotas que les hicieron reír sin parar. Una hora antes de medianoche, el Coronel y el Teniente Wilmore se despidieron y se marcharon a sus respectivas casas. El General Turner aprovechó que estaba a solas con su hija y le preguntó lo que llevaba toda la noche preguntándose:

—Cielo, ¿qué es lo que te ocurre?

—No me ocurre nada, papá.

—Mientes —la acusó su padre—. Llevas unos días muy extraña y pareces distraída, ensimismada en tus propios pensamientos.

—Echo de menos a Oliver, me siento extraña estando en su casa sin él y deseo que regrese a casa —le respondió Scarlett, y no era ninguna mentira pero tampoco toda la verdad.

— ¿Va todo bien con Oliver?

—Sí, todo va bien.

—He hablado con Oliver esta tarde, me ha dicho que ha estado hablando contigo todas las noches pero anoche no pudo localizarte, estaba preocupado y quería saber si estabas bien.

—Me quedé dormida, tenía el teléfono móvil en silencio y no me desperté —se excusó Scarlett.

—Cielo, siempre te apoyaré hagas lo que hagas, lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé, papá —le dijo Scarlett abrazándole—. Todo está bien, no tienes nada de lo que preocuparte.

—Me alegra oír eso.

—Buenas noches, papá —le susurró Scarlett antes de dirigirse a su habitación.

Era casi medianoche y esperaba que Oliver la llamara. Se aseguró de que su teléfono no estuviera en silencio y lo dejó en la mesilla de noche mientras se ponía el pijama y se metía en la cama. Dos minutos más tarde, el teléfono comenzó a sonar y Scarlett respondió de inmediato:

— ¿Sí?

—Scarlett, ¿estás bien?

La voz de Oliver le resultó fría y distante, además denotaba cansancio y su mal humor había aflorado.

—Sí, estoy en casa de mi padre. He venido a cenar y decidí quedarme a dormir para no regresar tan tarde a la granja.

—Entonces, ¿regresarás a casa?

—Sí, a menos que tú no quieras —le contestó Scarlett confusa.

—Pues claro que quiero que regreses a casa, ¿por qué no iba a querer? —Oliver suspiró y, suavizando su tono de voz, añadió—: No quiero discutir, nena. Estaba preocupado, anoche no te localicé y esta tarde me entero que vas a dormir en la base. Sé que hay algo que no me estás contando, pero hablaremos de ello cuando regrese.

— ¿Cuándo regresas?

—Antes de lo que crees, nena. No puedo seguir hablando, pero no olvides que te quiero y que estoy deseando verte.

—Yo también te quiero —le respondió Scarlett con un hilo de voz antes de que la comunicación se cortara.

Scarlett estaba segura de que Oliver era sincero y la quería, incluso podía entender por qué le había ocultado la existencia de Wendy Allen, pero tampoco podía evitar sentirse decepcionada porque Oliver no había confiado en ella. A todo eso, se sumaba una noticia bomba que Scarlett no sabía cómo anunciársela a Oliver y temía su reacción. Ella estaba decidida a seguir adelante con aquel embarazo, con o sin la ayuda de Oliver.

A la mañana siguiente se despertó de buen humor, pese a todas las preocupaciones que le rondaban la cabeza, se dio una rápida ducha, se vistió con la muda de ropa que había preparado el día anterior y bajó las escaleras para dirigirse a la cocina. Allí se encontró a su padre preparando el desayuno y, tras saludarse y darse los buenos días, ambos se sentaron a desayunar.

Después de desayunar, Scarlett se dirigió a su despacho y se concentró en su trabajo. A media mañana, Scott pasó a visitarla y la invitó a comer en la cafetería de la base. Scarlett esperaba encontrar allí a su padre y, cuando no le vio, intuyó lo que estaba pasando.

— ¿Te ha enviado mi padre?

—Está ocupado en el centro de operaciones y, cuando me ha dicho que no podría comer contigo, le he prometido que yo te haría compañía —le explicó Scott—. Tenemos una conversación pendiente, sobre todo si pretendes regresar a casa del Capitán. Wendy Allen sigue siendo una fugitiva, no han dado con ella.

—Oliver es muy estricto con la seguridad, la casa está protegida por uno de los mejores sistemas.

—Y ese sistema no impidió que Wendy Allen metiera un sobre por debajo de la puerta principal. No quiero pensar qué hubiera pasado si en lugar de una foto el sobre hubiera contenido otra cosa.

—Oliver regresará pronto y quiero estar en casa cuando lo haga.

— ¿Has hablado con él?

—Sí, hablamos anoche, pero no le he contado nada. Está bastante preocupado, sabe que le estoy ocultando algo y en cuanto llegue va a querer una respuesta, aunque antes va a tener que responderme varias preguntas.

—No seas muy dura con él, al fin y al cabo, solo ha pecado de ser demasiado bueno.

—Y de mentirme, debería haberme hablado de Wendy, quizás ahora no estaría acechándome por todas partes —protestó Scarlett.

—Te llevaré a casa cuando termines tu turno de trabajo y ya veremos lo que hacemos esta noche —concluyó Scott.

Después de comer con Scott en la cafetería de la base, Scarlett regresó a su despacho y se concentró de nuevo en su trabajo. Scott sabía que Oliver estaba de regreso y llegaría a la base a última hora de la tarde, pero el General había sido tajante al ordenar que nadie le dijera nada a su hija y Scott acató la orden. Oliver quería darle una sorpresa a Scarlett, por eso se había asegurado de que estuviera en casa cuando él regresara. Aunque empezaba a arrepentirse de no haberle dicho nada a Scarlett. La conocía demasiado bien para saber que algo le ocurría y quizás no era el mejor momento para andarse con sorpresas, pero ya era demasiado tarde para cambiar de opinión.

— ¿Te llevo a casa? —Le preguntó Scott asomando la cabeza por la puerta del despacho de Scarlett.

—Tengo mi coche en la base —le recordó ella.

—Lo sé, pero creo que es mejor que yo te acompañe, al menos hasta que localicen y detengan a esa loca que te anda acechando.

—Está bien, nos vamos a casa —se resignó Scarlett.

Scarlett se despidió de su padre y regresó a la granja con Scott. Le invitó a entrar en casa, se dirigió a la cocina y sirvió un par de copas de vino. Hasta que recordó que no podía beber alcohol y cambió su copa de vino por una cerveza sin alcohol que sirvió en un vaso para que Scott no se diera cuenta.

— ¿No te has servido vino?

—Me apetecía cerveza —mintió Scarlett encogiéndose de hombros.

Ambos se sentaron en los taburetes junto a la barra de la cocina y, como los dos buenos amigos que eran, hablaron con sinceridad.

— ¿Puedo pedirte un favor?

—Tú dirás —le respondió Scarlett con curiosidad.

—Sé que estás dolida porque Oliver no te ha contado lo de Wendy Allen y te entiendo, a mí también me hubiera molestado teniendo en cuenta su peligrosidad, pero realmente creo que lo único que Oliver pretendía era protegerte, aunque se haya equivocado.

—Creía que ibas a pedirme un favor.

—Es un tema complicado y delicado. Si una chica se intentara suicidar a causa de mi rechazo sería inevitable que me sintiera culpable, aunque no tuviera la culpa de nada. Entiendo que Oliver quiera ayudarla, nadie quiere cargar con la muerte de alguien sobre su espalda.

—Sigues sin pedirme el favor —insistió Scarlett, sin hacer un solo comentario sobre la reflexión de Scott.

—Pequeña, lo que quiero pedirte es que lo medites y, aunque estés enfadada con él, no olvides que solo está haciendo lo correcto.

Scott tenía razón y Scarlett lo sabía, pero eso no significaba que ya no estuviera enfadada con Oliver. Aunque ella también le estaba ocultando algunas cosas, algo de lo que tendrían que hablar cuando él regresara a casa.

Seguían charlando tranquilamente en la cocina cuando una piedra impactó contra una de las ventanas, haciendo estallar el cristal en mil pedazos. Dos segundos más tarde, una de las ventanas del comedor y otra ventana del salón también estallaron. Scott cubrió a Scarlett con su cuerpo y la llevó al pasillo, lejos de las ventanas.

— ¿Qué está pasando? —Preguntó Scarlett aterrorizada.

—Me temo que Wendy Allen se ha cansado de mirar y ha decidido pasar a la acción —le respondió Scott empuñando su pistola—. Quiero que te quedes aquí y que te mantengas lejos de las ventanas, ¿de acuerdo?

—No me dejes sola, Scott —le rogó con un hilo de voz.

—Solo será un minuto.

Scarlett abrió la boca para protestar, pero Scott ya había desaparecido. Se pegó a la pared del pasillo, lejos de las ventanas y también de las puertas, preparada para salir corriendo escaleras arriba si aquella chiflada entraba en casa. Scott regresó un minuto más tarde y anunció:

—Tenemos que subir a la planta de arriba, vamos.

Scott agarró a Scarlett del brazo y tiró de ella escaleras arriba hasta llegar al dormitorio principal. Abrió la puerta del vestidor y, tras comprobar que no tenía ventanas, la hizo entrar y le dijo:

—Scarlett, necesito que te escondas aquí hasta que venga a buscarte. En cuanto me vaya, cierra la puerta con el cerrojo y no abras hasta que regrese, ¿de acuerdo?

—Scott…

—Por una vez en tu vida, haz lo que te pido —la interrumpió—. Echa el cerrojo y no abras hasta que regrese, ¿lo has entendido?

Scarlett asintió y Scott dio media vuelta y se marchó. Tal y como él le había pedido, Scarlett echó el cerrojo y se encerró en el vestidor. Pegó la oreja a la puerta, pero no escuchó nada. Scarlett estaba aterrada, aquella loca podía hacerle daño a ella y a su bebé y no tenía nada con lo que defenderse. Rebuscó en los estantes y los armarios del vestidor en busca de cualquier objeto con el que pudiera defenderse. En uno de los estantes, entre las camisetas de Oliver, encontró un arma, pero no estaba cargada. Siguió rebuscando hasta que encontró la munición, cargó el arma y se sentó junto a la puerta del vestidor esperando que Scott regresara.

Diez minutos más tarde, tras un inquietante silencio, se escuchó un disparo en el interior de la casa. Scarlett se sobresaltó, pero obedeció la orden de Scott y no salió del vestidor. Un minuto después, se oyó una ráfaga de tres disparos y el silencio reinó de nuevo. Scarlett pegó la oreja a la puerta, pero no escuchó nada. Esperó unos minutos y, al ver que Scott no regresaba, decidió ir a buscarlo ahora que tenía un arma en sus manos. Quitó el cerrojo y abrió la puerta del vestidor. Cruzó el dormitorio principal y, tras asomar la cabeza por el pasillo y comprobar que no había nadie, decidió salir. Prestó atención pero no se escuchaba ningún ruido, algo que la sorprendió ya que la familia de Oliver vivía a escasos metros de distancia y era imposible que no hubieran escuchado el sonido de los disparos, aunque agradeció en silencio que no aparecieran por allí. Bajó las escaleras despacio, con mucho cuidado de no hacer ruido ni de tropezar, hasta que llegó al hall. No supo hacia a dónde dirigirse hasta que escuchó un gemido de dolor procedente de la cocina y no tuvo ninguna duda de que se trataba de Scott. Se dirigió hacia allí y vio a Scott con el brazo ensangrentado, tratando de vendárselo pero sin conseguirlo.

— ¡Scott! —Exclamó Scarlett horrorizada, corriendo a su lado para ayudarle a colocar el vendaje sobre la herida.

—No deberías estar aquí, esa tarda va armada —masculló Scott—. Tengo que sacarte de aquí antes de que nos encuentre.

Demasiado tarde. Wendy Allen les observaba desde la puerta mientras les apuntaba con su arma. Scarlett contuvo la respiración y se llevó la mano a la espalda para coger su pistola, pero Wendy sonrió y disparó. Scott se abalanzó sobre Scarlett, interponiéndose en la trayectoria de la bala que impactó sobre su hombro. Scarlett cayó al suelo, pero tuvo tiempo de alcanzar la pistola y disparar tres veces. Tres balas salieron del cañón y las tres alcanzaron su objetivo. Wendy Allen cayó de rodillas al suelo y dos segundos después quedó tumbada boca abajo bañada en su propia sangre y con el arma todavía en su mano.

Scarlett se quedó mirando el cuerpo sin vida de Wendy mientras trataba de no vomitar hasta que escuchó la voz de Scott:

—He avisado a tu padre hace veinte minutos, deben estar a punto de llegar.