El lunes por la mañana, Scarlett llamó a su ginecólogo y pidió cita para el viernes por la tarde, necesitaba confirmar de forma definitiva que estaba embarazada y necesitaba hacerlo antes de que Oliver regresara de su misión. Ese mismo día, cuando comió con su padre en la cafetería de la base y tras escuchar el escueto informe diario que le daba sobre la cómo iba la misión de Oliver, Scarlett le dijo a su padre:

—Papá, ¿te importa si me tomo libre el viernes por la tarde? Necesito hacer un par de recados y terminar de comprar algunos regalos de navidad.

—Puedes hacer lo que quieras siempre y cuando tengas terminado el informe del perfil sobre el líder de la banda de los barrios bajos.

—Lo tendrás el viernes a mediodía como muy tarde —le aseguró Scarlett.

Continuó con su rutina toda la semana, trabajando durante el día tratando de no pensar en Oliver y esperando su llamada a medianoche. El viernes a mediodía, Scarlett le entregó a su padre el informe con el perfil y, después de comer con él en la cafetería de la base como hacía todos los días desde que Oliver estaba fuera, se despidió y se marchó a casa. Tan solo quería pasar por casa para ducharse antes de ir al ginecólogo y se apresuró en hacerlo para que nadie la viera ni se diera cuenta que había vuelto del trabajo. No pudo evitar sentirse ridícula por andar escondiéndose, pero no tenía opción. Si estaba embarazada, quería que Oliver fuera el primero en saberlo.

Condujo hasta el centro de la ciudad, aparcó en el parking de la clínica y se dirigió a la recepción de la primera planta para anunciar su llegada. La recepcionista, con su eterna sonrisa y su habitual amabilidad, la hizo pasar a la sala de espera y, diez minutos más tarde, la hizo pasar a la consulta del doctor Robson.

—Buenas tardes, señorita Sanders —la saludó el doctor, que siempre la trataba de usted pese a que se conocían desde hacía más de diez años, señalándole uno de los sillones para que tomara asiento.

—Buenas tardes, doctor Robson —le devolvió el saludo Scarlett mientras se sentaba en el sillón.

—Cuéntame, ¿qué te trae por aquí? —Le preguntó mientras echaba un vistazo a su expediente en el ordenador—. No tienes que realizarte la siguiente revisión hasta dentro de seis meses, así que no vienes por eso. ¿Qué ocurre?

—Estoy embarazada —le soltó Scarlett sin andarse por las ramas—. O eso creo.

— ¿Eso crees? Pues será mejor que primero nos aseguremos. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste con la menstruación?

—El día uno de noviembre.

— ¿Te has hecho un test de embarazo de la farmacia?

—Sí, ha dado positivo.

—Bueno, eso confirma que estás embarazada —opinó el doctor—. Te haremos una analítica de sangre y una ecografía para corroborarlo.

El doctor le tomó una muestra de sangre y después la exploró con el ecógrafo. Tras pasar la sonda de un lado a otro de su abdomen, finalmente se detuvo en el centro y anunció capturando la imagen:

—Aquí tenemos a tu bebé.

El doctor señaló una pequeña bolita blanca en la pantalla y Scarlett se la quedó mirando casi hipnotizada. Era la primera vez que veía a su bebé, como había dicho el doctor. De repente, un estrepitoso ruido como de caballos galopando le hizo dar un respingo y preguntó asustada:

— ¿Qué es eso?

—Son los latidos del corazón de tu bebé —le respondió el doctor con ternura—. Todo parece estar bien, te llamaré cuando tenga los resultados de la analítica y te daré cita para dentro de un par de semanas. Repetiremos la analítica y le haremos una nueva foto a tu bebé. 

El doctor le entregó tres ecografías con las primeras fotos de su bebé, Scarlett se emocionó y no pudo evitar soltar un par de lágrimas.

—Lo siento, últimamente estoy un poco susceptible —se disculpó, avergonzada.

—Es normal, tu cuerpo está revolucionado por las hormonas y estás más sensible de lo normal, cuando las hormonas se estabilicen estarás mejor.

Scarlett no pudo más que resignarse a sufrir los altibajos que le causaban las hormonas, que la habían vuelto extremadamente sensible. Tras guardar en su bolso el informe y las ecografías que el doctor Robson le había entregado, Scarlett se despidió del doctor y salió de la consulta. Iba distraída pensando en todo lo que el doctor le había dicho mientras recorría los pocos metros que la separaban de su coche cuando una mujer joven se dirigió a ella:

—Perdona, ¿tienes hora?

Scarlett miró su reloj de pulsera y le respondió:

—Son las cinco y cuarto de la tarde.

—Tengo cita en la consulta de la doctora y estoy un poco nerviosa, ¿tú también estás embarazada?

Tuvo que pensar su respuesta. Era la primera vez que le hacían esa pregunta y, pese a que ya estaba asimilando la noticia, prefirió mentir porque, además de ser una absoluta desconocida, hubo algo en ella que no le gustaba.

—No, solo he venido por una visita rutinaria. Disculpa, pero tengo prisa —añadió antes de dar media vuelta y seguir por su camino.

Se montó en su coche y regresó a casa. Se dirigió directamente a la cocina y, tras servirse un vaso de agua, sacó las tres ecografías del bolso y se sentó en uno de los taburetes, sonriendo al observar las primeras fotos de su bebé. Seguía estando nerviosa por la reacción de Oliver cuando le diera la noticia, pero la emoción que sentía al saber que un pedacito de Oliver y de ella crecía en su vientre le daba la fuerza necesaria para afrontar cualquier cosa. Amaba a ese bebé más que a su propia vida y estaba dispuesta a todo por él, aunque tuviera que hacerlo sin la ayuda de Oliver.

Como todas las noches desde que Oliver no estaba, Scarlett cenó en casa de la familia Parker. La abuela Sylvia estuvo pendiente de ella en todo momento y de vez en cuando la miraba y le sonreía con complicidad. Scarlett incluso llegó a sospechar que la abuela Sylvia había adivinado que estaba embarazada y, si así era, agradeció que no se lo mencionara.

Después de cenar, Scarlett regresó a casa y esperó la llamada de Oliver, que llegó pocos minutos antes de la medianoche.

—Hola nena, ¿qué tal estás hoy?

—Estoy feliz de escuchar tu voz, aunque reconozco que estaría mejor si tú estuvieras aquí. La espera se me está haciendo eterna.

—Te noto impaciente, ¿tienes ganas de jugar? —Le preguntó Oliver con tono burlón.

—Sabes que sí.

—Cariño, si todo sale bien, estaré ahí contigo en tres o cuatro días y te prometo que no me voy a separar de ti ni un solo segundo hasta después de navidad.

—Recuerda lo que acabas de prometer —le dijo Scarlett pensando que le venía muy bien aquella promesa teniendo en cuenta la noticia que le daría a su regreso.

—Y tú no olvides que te quiero.

—Yo te quiero más.

—Mm… ¿A qué se debe ese tan buen humor? —Quiso saber Oliver, sintiendo curiosidad por su repentino cambio en comparación a los últimos días.

—Acabas de decirme que estarás conmigo en tres o cuatro días, ¿te parece motivo suficiente para estar contenta?

—Estoy deseando estrecharte entre mis brazos, estar lejos de ti es una tortura —le susurró Oliver antes de añadir—: Cariño, tengo que colgar, pero mañana te llamaré de nuevo. Sueña conmigo, en nada estaré contigo.

—Buenas noches, cariño —se despidió Scarlett antes de colgar.

Apenas logró dormir un par de horas en toda la noche, estaba demasiado emocionada por los acontecimientos del día, no podía dejar de mirar las ecografías y ansiaba poder enseñárselas a Oliver.

Se despertó pasado el mediodía, cuando la abuela Sylvia, preocupada por no haberla visto desde la noche anterior, llamó al timbre. Scarlett bajó las escaleras con el pijama puesto y abrió la puerta.

—Cielo, ¿estás bien? Me he preocupado al no verte en toda la mañana, ¿estás enferma? —Le preguntó la abuela Sylvia.

—Anoche me costó dormirme y esta mañana me ha pasado factura —le respondió Scarlett echándose a un lado para invitarla a entrar y le ofreció—: ¿Te apetece un café?

— ¿Qué te parece si yo preparo el café mientras tú te vistes?

—Me parece perfecto, gracias abuela Sylvia.

Scarlett subió las escaleras, se dio una rápida ducha y se vistió antes de regresar a la cocina donde la abuela Sylvia la esperaba sirviendo el café.

—Siéntate y desayuna, aunque no sé si tanto café es saludable para ti —le dijo abuela Sylvia.

A Scarlett le sorprendieron las palabras de la abuela Sylvia, la había visto tomar café varias veces al día y jamás le había dicho nada, hasta ese día.

—Es mi primer café de la mañana, aunque me lo vaya a tomar a mediodía —se excusó Scarlett.

—Haz feliz a esta vieja y no te tomes más de un café al día.

—Haré lo que me pidas si te hace feliz —le respondió Scarlett con naturalidad.

Después de tomarse el café, Scarlett y la abuela se dirigieron a la casa de los padres de Oliver. Cynthia y Claire estaban con los niños, decorando el árbol de navidad. Joe estaba en el establo con Daniel e Izan, pero Cynthia les informó que regresarían en un par de horas para comer todos juntos. Scarlett no pudo resistirse a unirse a ellos cuando se lo pidieron, disfrutando como una niña más de los preparativos de los días previos al día navidad.

—Espero que Oliver regrese antes de navidad —comentó Cynthia con tristeza.

—Espero que así sea, ya han pasado dos semanas —apuntó Scarlett.

—No es fácil ser la esposa de un hombre que sirve a su país, pero el amor hace que todo pueda ser posible —opinó la abuela Sylvia.

—Mira el lado positivo —le aconsejó Claire con una sonrisa traviesa en los labios—, después de más de dos semanas separados el uno del otro, le daréis un buen homenaje al cuerpo.

— ¡Claire! —La regañó Cynthia.

—Probablemente se pasen un par de días sin salir de casa —añadió la abuela Sylvia siguiendo la broma de su hija.

—Abuela Sylvia, ¿tú también? —La reprendió Cynthia—. ¿Qué va a pensar Scarlett de nosotras?

—Pensará que nos gusta el sexo, como al resto de los seres vivos del planeta —le respondió Claire quitándole dramatismo al asunto.

Scarlett no pudo más que reírse con aquella conversación y lejos de sentirse incómoda o avergonzada, estaba relajada y a gusto con la familia de Oliver.

—Scarlett, tengo que ir a hacer unos recados a la ciudad esta tarde, ¿te apetece acompañarme? —Le propuso Claire.

—Sí, yo también tengo que hacer algunos recados —le respondió pensando en los regalos que aún le faltaban por comprar.

Después de comer, Claire y Scarlett fueron a la ciudad y pasaron la tarde recorriendo las tiendas del centro para comprar los regalos que les faltaban para navidad. Scarlett le compró a Oliver un reloj de pulsera como el que a él le gustaba. Se las ingenió para comprar a escondidas el regalo de Claire: un precioso vestido de noche para fin de año que Claire no se había dado el gusto de comprar porque era demasiado dinero para gastarse en un vestido solo para ella. Y también se compró un vestido negro con escote de palabra de honor sobre el cual se ceñía una tela de encaje que se extendía hasta sus manos en forma de manga francesa. El vestido se ceñía a su cuerpo hasta llegar a la altura de las rodillas, donde se expandía con una cola de sirena también cubierta de la misma tela de encaje.

Mientras se disponía a pagar los vestidos que había comprado, Scarlett miró hacia a la calle a través de los cristales del escaparate y le pareció ver a la misma mujer con la que se había cruzado la tarde anterior al salir de la clínica del doctor Robson.

—Aquí tiene, señorita —le dijo la dependienta entregándole las bolsas con los vestidos que había comprado.

—Gracias y feliz navidad —se despidió Scarlett de la amable dependienta antes de salir de la tienda con Claire.

En cuanto puso un pie en la calle, Scarlett miró a un lado y a otro en busca de aquella extraña mujer de aspecto enfermizo, pero no había ni rastro de ella. Claire le propuso parar en una cafetería a tomar un café y Scarlett se olvidó de aquella extraña mujer. Claire le confesó su intención de volver a ser madre y Scarlett sonrió al pensar que su bebé tendría un primito o una primita de la misma edad con quien podría jugar.

—Compaginar el trabajo, los niños, la casa y un marido no es fácil, pero merece la pena —le aseguró Claire—. Mi familia es mi prioridad y no la cambiaría por nada, salvo para ampliarla con un nuevo miembro —añadió guiñándole un ojo con complicidad—. Oliver va a ser un buen padre, los niños le adoran, tiene una paciencia inhumana y un don especial para que le obedezcan.

—No es lo mismo cuidar un rato de tus sobrinos que cuidar a tus propios hijos las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana —comentó Scarlett.

—Oliver siempre se queda con los niños cuando Izan y yo nos tomamos un par de días para nosotros, hay que mantener viva la llama de la pasión.

Claire le contó docenas de anécdotas de Oliver y sus hijos mientras Scarlett la escuchaba prestándole toda su atención y sonriendo al imaginar las escenas que Claire le iba narrando. Cuando ambas regresaron a la granja, ya había oscurecido y todos las esperaban para sentarse a cenar.