El domingo Scarlett se levantó temprano y salió a correr por los alrededores de la granja, el deporte siempre le había ido bien cuando estaba nerviosa o estresada. Al pasar junto a los establos, se encontró a Daniel que también salía a correr.

—Cuñada, ¿te parece bien si te acompaño? —Le preguntó Daniel con su eterno buen humor.

Scarlett aceptó encantada, cuanto más tiempo estuviera acompañada, menos tiempo tendría para darle vueltas a la cabeza. Scarlett se llevaba muy bien con Daniel, tan bien que a veces Oliver incluso se molestaba por la complicidad que existía entre su hermano y ella. Sin embargo, aquella complicidad no era más que una muestra de lo parecidos que eran, un sano cariño que sentía el uno por el otro como el de dos hermanos o dos buenos amigos.

Corrieron bordeando la orilla del río durante poco más de una hora y, cuando regresaban y pasaron delante de la casa de Daniel, él le dijo:

—Te invito a desayunar.

Scarlett adivinó que aquella invitación era obra de Oliver, que se había asegurado de que su familia no dejara que se sintiera sola ni un minuto, pero agradeció que Oliver hubiera tenido ese detalle y que Daniel se hubiera dejado convencer por su hermano. Daniel se encargó de preparar un rico y saludable desayuno con la ayuda de Scarlett, que se empeñó en echarle una mano pese a sus nefastas dotes culinarias. Desayunaron entre bromas y risas, visitaron el establo y le dieron de comer a los caballos. Daniel le ofreció dar un paseo a caballo y enseñarla a montar, pero ella rechazó la oferta con amabilidad alegando que era muy parte, aunque la única razón era que sospechaba que podía estar embarazada.

—Oliver me ha pedido que te mantenga distraída y a salvo, te aseguro que no tengo ninguna intención de llevarle la contraria —se justificó Daniel—. Dime, ¿qué te gustaría hacer?

—Me gustaría poder ir al centro de operaciones y saber cómo va la misión de Oliver, pero mi padre me ha prohibido aparecer por la base hasta el lunes.

—Me temo que en eso no te puedo ayudar, pero estoy seguro que pasar el domingo con tu familia política te distraerá.

Y Daniel tenía razón. Comió en casa de los Parker con toda la familia, excepto con Oliver, y pasaron la tarde charlando en el salón. Jake y Noah estaban encantados con su nueva tía y ya la consideraban una más de la familia. La abuela Sylvia aprovechaba cada ocasión para comentar que Scarlett y Oliver hacían una pareja perfecta. Los padres de Oliver también se mostraban encantados de tener a su nuera tan cerca y de que se llevara tan bien con toda la familia. Cynthia y su marido Izan tenían más tiempo para ellos desde que Scarlett había aparecido en sus vidas, pues los niños la adoraban y se los llevaba de vez en cuando para darles el espacio y la intimidad que tanto necesitaban. En resumen, todo iba como la seda con su familia, pero Scarlett necesitaba averiguar quién era esa tal Wendy. Y esa no era su única preocupación, la ausencia de su menstruación y la sospecha de un posible embarazo la tenían atemorizada. No solo le preocupaba la reacción de Oliver, también la suya propia. No estaba segura de ser capaz de cuidar de un bebé las veinticuatro horas del día, ni siquiera había cambiado un pañal en su vida. Trató de convencerse de que la ausencia de su menstruación no era más que unos días de retraso causados probablemente por la tensión acumulada y decidió esperar unos días más. Si el viernes seguía igual, iría a una farmacia al salir del trabajo y compraría un test de embarazo para salir de dudas.

Cynthia insistió en que todos se quedaran a cenar, le encantaba tener la casa llena de gente, sobre todo si se trataba de su familia. Scarlett cenó con ellos, pero después regresó a casa y esperó la llamada de Oliver. No tuvo que esperar mucho, Oliver la llamó por teléfono justo cuando salía del cuarto de baño y se disponía a meterse en la cama.

—Hola cariño, ¿qué tal ha ido el día? —Le saludó Oliver en cuanto ella descolgó.

—Por aquí todo está igual, he pasado el día con tu familia. Y tú, ¿cómo estás? ¿Cómo va la misión?

—No hemos avanzado mucho desde que llegamos, pero no perdemos el ánimo, todos queremos regresar a casa cuanto antes.

— ¿Me echas de menos?

—Te echo muchísimo de menos, nena —le aseguró Oliver—. Quiero acabar con esta misión cuanto antes para regresar a tu lado, no lo dudes ni un segundo.

—Yo también te echo de menos, me cuesta dormir sin sentir tus brazos rodeándome.

—No sigas por ahí, por favor —le rogó Oliver con la voz ronca.

—Te advertí de que me estabas malacostumbrando, ahora estoy sola en una cama enorme y sin nadie con quien compartirla…

—Nena… —la interrumpió Oliver y añadió casi suplicando—: Se me ha puesto dura solo de escuchar tu voz, no me tortures de esa manera.

— ¿Desde dónde me llamas? ¿Es una línea segura?

—Sí, pero sé lo que estás pensando y no. Puede que nadie esté escuchando en este momento, pero también es posible que alguien decida ponerse a escuchar si la llamada es larga.

—Seré buena, pero solo porque torturarte a ti es torturarme a mí misma —refunfuñó Scarlett.

—Te lo compensaré cuando regrese a casa, nena —le prometió Oliver y añadió para despedirse—: Tengo que colgar, pero te llamaré de nuevo mañana por la noche. No olvides que te quiero, cariño.

—Tú tampoco olvides que yo también te quiero —se despidió Scarlett antes de colgar.

Al día siguiente, Scarlett fue a trabajar como todos los lunes, salvo que esta vez el trayecto en coche hacia la base lo hacía sola, sin la compañía de Oliver. Lo primero que hizo nada más llegar fue dirigirse al centro de operaciones para averiguar cualquier cosa sobre Oliver y su equipo, pero su padre la detuvo justo cuando cruzaba la puerta.

—Cielo, no deberías estar aquí —le recordó el General Turner.

—Solo quiero saber que todo va bien y que Oliver y su equipo están bien.

—Todos están bien, jamás te mentiría y te prometo que serás la primera en enterarte cuando haya novedades.

Scarlett sabía que era mejor mantenerse al margen para no desconcentrar a Oliver ni al resto del equipo, pero todo se veía distinto desde su posición. Ante la firme negativa de su padre, decidió dirigirse a su puesto y se entretuvo con su trabajo. A la hora de comer, el General pasó a buscarla por su despacho y la invitó a comer en la cafetería de la base. El General calmó a su hija contándole pequeñas pinceladas sobre la misión de Oliver y le aseguró que estaría de vuelta antes de navidad.

Durante los días siguientes, Scarlett mantuvo la misma rutina. Se levantaba temprano para ir a trabajar, comía con su padre en la cafetería de la base, cenaba en casa de los padres de Oliver con toda su familia y esperaba su llamada a medianoche para escuchar cómo le decía que la quería y la echaba de menos.

El viernes por la tarde, Scarlett no se dirigió a casa nada más salir del trabajo. Seguía sin tener la menstruación, así que decidió pasar por una farmacia y parar a comprar un test de embarazo. Era la primera vez que se veía en aquella situación, pero no tuvo ningún pudor a la hora de pedirle a la farmacéutica lo que deseaba cuando se lo preguntó:

—Tengo un retraso de una semana y quiero hacerme un test de embarazo.

— ¿Quiere uno sencillo o uno digital?

— ¿Qué diferencia hay?

La farmacéutica cogió un par de cajas con dos modelos distintos de test de embarazo y le respondió:

—Este es más básico y sencillo. Haces pipí sobre el colector absorbente, esperas un par de minutos y en la línea de control aparecerá una raya si no estás embarazada y dos rayas si lo estás —le explicó mostrándole la foto del dispositivo que aparecía en la caja antes de proseguir con su explicación—. Y este otro es digital, funciona exactamente igual que el otro, pero el resultado lo puedes leer en esta pequeña pantalla.

— ¿Cuál es más fiable?

—Ambos son fiables, el margen de error es del 0,01%. Pero es recomendable hacer el test con la primera orina de la mañana, es la más fiable.

—Y, con una semana de retraso, ¿puedo hacer el test?

—Puede hacerse el test desde el primer día de retraso. En su caso, el resultado será más que fiable —le respondió la farmacéutica con una amable sonrisa.

—De acuerdo, pues deme un test de embarazo digital y saldré de dudas.

—Ya verá que es muy fácil de usar y de leer el resultado —le aseguró mientras le cobraba.

Scarlett guardó la compra en el bolso y se dirigió a la granja para cenar con la familia de Oliver como todas las noches. Después de cenar, regresó a casa y esperó la llamada de Oliver.

No pegó ojo en toda la noche, jamás había estado tan nerviosa, ni siquiera cuando sabía que Damian Wilson y sus hombres la buscaban para acabar con ella. Ser madre era una gran responsabilidad y Scarlett no estaba segura de estar preparada para ello. Se levantó al amanecer, buscó el test de embarazo en su bolso y, armándose de valor, entró en el cuarto de baño.

La farmacéutica tenía razón, el test de embarazo era fácil de usar y ahora solo tenía que esperar un par de minutos hasta que apareciera el resultado. Fueron los dos minutos más largos de su vida, pero al fin pudo leer el resultado: Embarazada +3.

Scarlett descubrió que estaba embarazada de más de tres semanas. Tenía que pedir cita con el ginecólogo, necesitaba escuchar el diagnóstico de la boca de un doctor para confirmar lo que ya sabía pero no podía asimilar. El cúmulo de emociones y los nervios ante aquella situación la desbordaron y acabó vomitando. Cuando logró calmarse, se lavó los dientes, se dio un largo y relajante baño de sales aromáticas y más tarde bajó a la cocina a desayunar.

Estaba terminándose de tomar el café cuando sonó el timbre y se levantó para recibir a cualquier miembro de la familia Parker. Abrió la puerta y se encontró con la amplia sonrisa de Claire, la hermana de Oliver.

—Buenos días —la saludó Scarlett, la invitó a entrar y le ofreció un café que Claire aceptó de buena gana—. ¿Puedo ayudarte en algo o solo has venido para comprobar que estoy bien, siguiendo las órdenes de Oliver?

—Ambas cosas —reconoció Claire con una sonrisa traviesa—. Tengo que ir a la ciudad a comprar algunas cosas y he pensado que quizás querrías acompañarme. Ya sabes, un día de chicas. Comprar ropa, comer en un buen restaurante y, si mis hijos nos lo permiten, tomarnos una copa de vino cuando regresemos.

—Suena genial —se apuntó Scarlett.

Claire y Scarlett se terminaron su café y pusieron rumbo a la ciudad. Ambas se habían hecho grandes amigas desde que se conocieron meses atrás. Compraron lencería para sorprender a sus respectivas parejas con una noche romántica, compraron también algunos regalos de navidad para la familia y disfrutaron de un buen menú en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. Llegaron a la granja a media tarde y se dirigieron a casa de Oliver para envolver y guardar los regalos de navidad de los niños. Claire no quiso desaprovechar aquella calma que reinaba en la casa, lejos del ruidoso caos de la suya, y le dijo a Scarlett:

—Voy a abrir una botella de vino, ¿te sirvo una copa?

—Eh… Solo una, el vino no me sienta bien —mintió Scarlett.

Claire la escudriñó con la mirada, la había visto beber vino muchas veces y jamás la había escuchado decir que le sentaba mal, pero tampoco le dio importancia. Abrió la botella y sirvió un par de copas de vino. Cuando un par de horas más tarde Izan fue en busca de su esposa, Scarlett apenas había bebido de su copa y Claire se había bebido unas cuantas, hasta que casi acabó con la botella ella sola.   

—Parece que os lo estáis pasando muy bien por aquí —bromeó Izan señalando la botella de vino casi vacía—. Lamento interrumpir vuestro estupendo día de chicas, pero la cena ya está lista, Cynthia me ha enviado a buscaros.

Alegre por las copas de más, Claire se dirigió a cenar a casa de sus padres con su marido y con Scarlett. Cynthia se percató de lo cariñosa que estaba su hija con su marido, invitó a sus nietos a pasar la noche allí y ambos niños aceptaron sin pensárselo.

—Mami, ¿tú también te quedas a dormir con la abuela? —Le preguntó Noah.

—No, cariño. La mami se queda en casa con el papi, a ver si lo convenzo para traer un hermanito o una hermanita a casa —le respondió Claire a su hija, haciendo reír a todos los presentes.

Aquellas palabras también hicieron sonreír a Scarlett, asimilando por primera vez que llevaba un pequeño ser en su vientre y sintiéndose feliz por ello. Después de cenar en casa de los Parker, Scarlett se excusó alegando que estaba cansada para marcharse a casa.

Deseaba escuchar la voz de Oliver, había pasado una semana desde que Oliver fue requerido para una misión y le echaba de menos. No habían pasado ni una sola noche separados desde que Scarlett llegó a la granja y, aunque seguía temerosa de su reacción cuando le dijera que estaba embarazada, deseaba que Oliver regresara a casa, que la abrazara y le susurrara que todo iría bien.

No tuvo que esperar mucho, Oliver la llamó antes de la medianoche y la saludó nada más descolgar:

—Hola cariño, ¿cómo estás?

—Ahora bien —le respondió Scarlett—. Estaba esperando tu llamada, necesitaba escuchar tu voz.

— ¿Va todo bien?

—Sí, todo está como siempre. Mi padre no deja que me acerque por el centro de operaciones de la base y tu familia sigue distrayéndome y haciéndome compañía para que no me acuerde tanto de ti y me sienta sola.

—Scarlett, no hay nada que desee más que estar contigo, ¿lo sabes, verdad?

— ¿Por qué me dices eso?

—Hace días que te noto distante, desde antes de marcharme —insistió Oliver, pues no era la primera vez que se lo mencionaba—. No sé qué es lo que ocurre, pero no quiero que dudes ni un segundo de lo que siento por ti y, cuando regrese, hablaremos de lo que sea que te mantiene tan lejos de mí.

—Lo único que me mantiene lejos de ti es la distancia —le respondió Scarlett con una verdad a medias—. ¿Habéis avanzado algo en la misión?

—No mucho, pero calculo que en una semana podremos estar de vuelta.

—Una semana más —murmuró Scarlett con resignación.

—Si todo va bien, estaré contigo un par de días antes de navidad —trató de animarla—. Ahora ve a la cama, cierra los ojos y sueña conmigo. Buenas noches, cariño.

—Buenas noches —se despidió Scarlett antes de colgar.