Un mes y medio después de haber recibido un disparo en el hombro, Gisele se incorporó de nuevo al trabajo en la agencia. Estaban a mediados de noviembre y a ninguno de los dos se les olvidaba que el contrato vencería en un mes, pero aquel tema seguía siendo tabú entre ambos.

Matt y Gisele iban juntos a la agencia todas las mañanas para trabajar, comían juntos y a media tarde regresaban a casa. Cenaban y poco después disfrutaban de un relajante baño en la bañera antes de irse a dormir. Ya no hacían en el amor todos los días, Matt quería mostrar a Gisele su faceta cariñosa, quería demostrarle que el sexo no era lo único ni lo más importante de su relación. Gisele se percató del cambio en el comportamiento de Matt, pero había decidido disfrutar del tiempo que le quedara con Matt sin más preocupaciones, por lo que evitó cualquier posible discusión con él.

Gisele llevaba varios días con el estómago revuelto y al principio no le dio importancia, hasta que trató de acordarse de la última vez que estuvo con el período y se dio cuenta que no lo tenía desde antes del encuentro con Erik. Habían pasado dos meses y medio desde entonces y en todo ese tiempo tampoco había tomado la píldora anticonceptiva. Matt se había encargado de darle todos los días las pastillas que le había recetado el doctor, pero ninguno de los dos se había acordado de la pastilla más importante. Con la excusa de comprar los regalos de navidad, Gisele salió antes del trabajo y se dirigió al centro. Compró regalos para Leonor, Elsa, Kelly y Sarah y, cuando logró armarse de valor, entró en una farmacia y compró un test de embarazo. A la mañana siguiente, mientras Matt la esperaba en la cocina para desayunar, Gisele se encerró en el baño y utilizó el test de embarazo para salir de dudas. Efectivamente, confirmó lo que ya sospechaba: estaba embarazada. Escondió el test en la bolsa de la farmacia y la tiró a la papelera sabiendo que Matt jamás miraría allí. Respiró profundamente, se miró en el espejo fingiendo una sonrisa y bajó a la cocina a desayunar con Matt. Tenía claro que debía hablar con Matt, pero antes debía asimilarlo ella y pensar qué quería hacer al respecto. En un par de días se cumpliría su primer aniversario de matrimonio y ambos estaban inquietos.

— ¿Va todo bien? —Le preguntó Matt con el ceño fruncido, pues notaba extraña a Gisele desde la noche anterior.

—Por supuesto —mintió Gisele antes de besarle en los labios—. Todavía me falta por comprar varios regalos, entre ellos el tuyo.

—Las compras tendrán que esperar, este fin de semana es nuestro primer aniversario y había pensado en pasarlo en algún lugar, solos tú y yo.

—El contrato finaliza este fin de semana —susurró Gisele temerosa de pronunciar aquellas palabras.

—Tenemos que hablar de eso, pero lo haremos después de las fiestas de Navidad —sentenció Matt. Sentó a Gisele sobre su regazo y le susurró al oído—: ¿A dónde te gustaría ir el fin de semana?

—Podemos decirles a todos que nos vamos fuera el fin de semana y quedarnos encerrados en el dormitorio —le propuso Gisele bromeando.

—Podemos ir a tu casa de la playa, así ves cómo ha quedado la reforma.

— ¿Ya está terminada?

—Acabaron hace unos día y envié a una empresa de limpieza a que la preparara para nuestra llegada, si es que te apetece que vayamos allí.

—Estaría loca si te dijera que no —le respondió Gisele feliz de saber que pasaría el fin de semana con Matt y también las navidades.

Gisele sabía que tendría que hablar con Matt sobre su embarazo, pero decidió posponer aquella conversación hasta después de Navidad.

Pasaron el fin de semana en la casa de la playa y Gisele trató de memorizar todos y cada uno de los momentos que compartía con Matt, consciente de que aquellos serían sus últimos días como marido y mujer.  

El domingo por la noche, Matt quiso celebrar su aniversario de boda con Gisele sorprendiéndola con una improvisada y romántica cena en el salón. Gisele aceptó la copa de vino que Matt le sirvió y ambos brindaron, pero Gisele solo se mojó los labios de vino y dejó la copa sobre la mesa, donde permaneció sin tocarla el resto de la velada.

— ¿No te ha gustado el vino?

—El vino está bien.

— ¿Estás enferma?

—No estoy enferma, es solo que no me apetece beber alcohol —le restó importancia Gisele.

—Y, ¿qué te apetece hacer?

—Sabes muy bien qué me apetece hacer —le respondió juguetona Gisele.

Matt no necesitó que se lo repitiera dos veces, sabía exactamente lo que quería Gisele y no se hizo de rogar para dárselo. Pese a que Gisele ya estaba completamente recuperada, Matt continuaba haciéndole el amor con ternura, ya no existía entre ellos aquel sexo salvaje de pasión descontrolada, pero el sexo tierno era igual o más placentero y Gisele estaba encantada con ese cambio, a pesar de que al principio no se lo tomó muy bien.

Después de aquel fin de semana, regresaron a la ciudad para continuar con su rutina. Gisele, consciente de tenía una vida creciendo en su interior, llamó a la consulta de su ginecólogo y pidió cita para el día siguiente. Con la excusa de comprar su regalo de Navidad, Gisele se excusó con Matt y se tomó la mañana libre. Él también tenía cosas que hacer aquella mañana, como reunirse con el abogado de su difunto abuelo, y tampoco le había dicho nada a Gisele.

Gisele llegó a la consulta del ginecólogo a las diez de la mañana y, tras hacerle las preguntas rutinarias, el doctor la hizo estirarse en la camilla para examinarla mediante una ecografía. En cuanto el doctor colocó el aparato sobre el abdomen de Gisele, los latidos del bebé se escuchó como si fuera el trote de un caballo y ella se asustó.

—No te asustes, es el latido de tu bebé —la informó el doctor.

— ¿Es normal que sea tan rápido?

—Sí, es un bebé fuerte —le confirmó. Continuó examinándola y, pasados un par de minutos, concluyó—: Estás embarazada de unas once semanas, el latido del bebé es fuerte y todo parece estar bien. No obstante, te realizaremos una analítica de sangre para asegurarnos y te nos veremos a finales de la semana que viene.

Gisele aprovechó para resolver algunas dudas sobre la dieta y el ejercicio que el doctor se encargó de aclararle.

Gisele estaba feliz, se sentía pletórica al saber que una vida crecía dentro de ella, una vida que ella y Matt habían creado. Sin embargo, la felicidad se convirtió en miedo aterrador cuando se preguntó cómo reaccionaría Matt cuando se lo dijera. Se dirigió a la agencia nada más salir de la consulta del doctor, dispuesta a hablar con Matt, decirle que estaba embarazada y que pensaba tener al bebé con o sin su ayuda. Ni siquiera se paró a charlar con la secretaría de Matt cuando pasó al lado de su mesa, se limitó a saludarla con un leve gesto con la mano antes de llamar a la puerta del despacho de Matt.

—Gis, Matt está en el despacho de Jason —la informó la secretaria.

Gisele respiró profundamente y se dirigió al despacho de Jason. Estaba a punto de llamar a la puerta cuando escuchó a Matt pronunciar su nombre, así que decidió quedarse callada y escuchar detrás de la puerta.

—Se acabó, ya has oído a Kevin Norris —escuchó decir a Matt con frustración—. Tengo que hablar con Gisele, nada de esto ya tiene sentido.

— ¿Estás seguro? Yo ya te imaginaba formando una familia con Gisele —se mofó Jason.

— ¿Te has vuelto loco? ¿Crees que haría algo así? —Le espetó Matt.

Gisele no daba crédito a lo que acababa de escuchar. Intuía que la reacción de Matt al saber que iba a ser padre no sería de plena felicidad, pero tenía la esperanza de que, tras procesar la noticia, saliera su lado tierno y romántico. Dolida y humillada, Gisele se secó las lágrimas que salían de sus ojos, dio media vuelta y se marchó de la agencia sin despedirse de nadie.

Gisele regresó a casa de Matt en uno de los todoterrenos de la agencia y agradeció que Elsa no estuviera en casa para no tener que dar explicaciones. Subió al dormitorio principal y comenzó a recoger sus cosas, aquellas con las que llegó a casa de Matt un año y medio antes. Lo metió todo en una maleta y, cuando bajaba las escaleras cargando con la maleta, Matt entró en casa por la puerta principal. Se sostuvieron la mirada durante unos segundos, hasta que Matt, señalando la maleta, le preguntó:

— ¿Vas a alguna parte?

—Me marcho.

— ¿Te marchas? —Repitió Matt incrédulo.

—He cumplido con mi parte del contrato, quiero el divorcio.

La frialdad de Gisele dejó descolocado a Matt, que no entendía aquel repentino cambio de actitud ni cuál era el motivo de aquella espantada.

—Creía que habíamos acordado esperar a después de Navidad para hablar del tema —la tanteó Matt.

Gisele estaba haciendo un gran esfuerzo para mostrar su endereza y no derrumbarse delante de Matt, pero no estaba dispuesta a dejarse humillar, ahora tenía otra vida en la que pensar.

—Dile a Jason que me llame cuando tenga los papeles del divorcio.

—Por supuesto, se encargará de todo para que no tengamos que volver a vernos —gruñó Matt furioso—. Y no te preocupes, tendrás el dinero en tu cuenta bancaria mañana mismo.

Gisele no le respondió, ni siquiera le miró a la cara cuando pasó por su lado para llegar hasta la puerta y salir de la casa. Se subió al taxi sin mirar hacia atrás mientras las lágrimas rodaban como cascadas por sus mejillas.

— ¿A dónde la llevo, señorita? —Le preguntó el taxista.

—A la capital, por favor —logró decir Gisele entre sollozos.

El taxista asintió con un leve gesto de cabeza y emprendió el camino hacia la capital mientras ella sacaba las copias de las ecografías que le había dado el doctor para mirarlas y seguir llorando.

Tenía el corazón roto y estaba atemorizada por afrontar sola la maternidad, pero también estaba ilusionada con traer al mundo una nueva vida fruto del amor que sentía por Matt. Y es que, aunque Gisele nunca se lo había dicho, amaba a Matt como nunca había amado a nadie, le amaba pese a saber que él ya no quería volver a verla, pese a que ni siquiera había intentado convencerla para que se quedara junto a él.

Gisele necesitaba hablar con alguien con quien poder desahogarse, necesitaba sentir el abrazo de alguien que la quería de verdad y esa era Sarah. Ella la escucharía, la regañaría, la consolaría y después la animaría y la apoyaría en todo lo que decidiese. El único problema era que Gisele no tenía nada decidido, ni siquiera tenía un sitio en el que vivir.