Hasta que el contrato nos separe 40.

Hasta que el contrato nos separe

Después de cenar, Matt complació a Gisele y ambos se dieron un largo baño. A Gisele le sorprendió la ternura y la delicadeza con la que Matt la trataba, una vez más la hacía sentir como una princesa viviendo un cuento de hadas. Matt cada día era más cariñoso y más detallista con ella, pero no podía olvidar que aquel, precisamente, era su papel.

Por su parte, Matt se encontraba más a gusto con Gisele conforme pasaban los días. Deseaba que Gisele se quedara junto a él el resto de su vida, pero sabía que no sería fácil convencerla de ello con un contrato de por medio. No podía romper el contrato porque necesitaba esa herencia para que no le quitaran la casa familiar a su madre, pero había trazado un plan para demostrarle a Gisele que de verdad le gustaba, de verdad la deseaba, de verdad la quería y, aunque todavía no estaba dispuesto a reconocerlo, de verdad la amaba. Se propuso dejar el sexo en un segundo plano, necesitaba que ella se diera cuenta que por encima de todo él deseaba su compañía, pero Gisele no estaba dispuesta a ponérselo fácil.

Lo cierto es que a Gisele no le pasó por alto que Matt, pese a que estaba muy cariñoso con ella, no dio ningún paso para que los besos y las caricias le llevaran a algo más y, cuando ella lo intentó dar, él se excusó alegando que les esperaba un día muy largo y debían ponerse en marcha. Gisele fue a protestar, pero dada la postura distante que Matt había adaptado, prefirió no insistir y tratar de adivinar qué era lo que se le estaba pasando por la cabeza.

— ¿Va todo bien? —Le preguntó Gisele tras pasar el día visitando los lugares más turísticos y emblemáticos de Seattle.

—No podía ir mejor, cariño —le confesó Matt envolviéndola entre sus brazos—. ¿A dónde te apetece ir a cenar?

— ¿Podemos pedir la cena al servicio de habitaciones y quedarnos en la suite?

Matt la escrutó con la mirada, aquella petición le pilló por sorpresa, pero lo que más le llamó la atención fue el ceño fruncido de Gisele y la ausencia de su sonrisa.

—Podemos hacer lo que tú quieras —le respondió dispuesto a complacerla.

— ¿Todo lo que yo quiera?

—Gisele, ¿quieres contarme qué es lo que quieres en lugar de andar con tantos rodeos?

—No quieres que me ande con rodeos, está bien —aceptó Gisele para después preguntarle directa al grano—: ¿Qué está pasando? ¿Por qué me evitas desde anoche?

—No te estoy evitando, hemos pasado juntos todo el día.

—Sabes perfectamente a lo que me refiero.

—Sé a qué te refieres, pero no estoy evitando —le aclaró Matt mirándola a los ojos para después confesarle la verdad—: No quiero que pienses que el contrato y el sexo es lo único que nos une, quiero que te des cuenta que me gusta estar contigo, disfruto de tu compañía, de nuestras charlas y…

— ¿Disfrutas del sexo conmigo? —Se oyó preguntar de repente Gisele.

—Jamás he disfrutado tanto del sexo como lo hago contigo, Gisele. ¿A qué viene todo esto?

—No lo sé, me ha dado la impresión de que quizás ya no te gustaba…

—Regresemos al hotel, pediremos la cena al servicio de habitaciones y te demostraré lo mucho que me gusta el sexo contigo.

Por el momento, Gisele se quedó conforme con la explicación que le dio Matt, pero se propuso no bajar la guardia y estar más pendiente de él. Temía que, pasados ya más de seis meses juntos, Matt comenzara a aburrirse de ella. Gisele se consoló pensando que, por contrato, aún le quedaban diez meses para seguir siendo la señora Spencer y, durante esos meses que le quedaban, se había propuesto enamorar a Matt.

Tras pasar un par de días en Seattle disfrutando como dos auténticos turistas, Matt y Gisele se dirigieron de nuevo al aeropuerto para volar en el avión de la agencia hacia su destino final: una pequeña villa de Hawái, con playa privada y rodeada de naturaleza, ideal para una pareja de enamorados con ganas de disfrutar de la intimidad sin renunciar al mayor atractivo de las islas.

Para que Gisele no descubriera su sorpresa, antes de aterrizar Matt le vendó los ojos y la convenció para que escuchara música con sus auriculares con la única intención de que no escuchara nada que le hiciera adivinar dónde se encontraban. Gisele se dejó hacer, lo mínimo que podía hacer era confiar en Matt, sobre todo cuando lo único que pretendía era sorprenderla con su luna de miel.

—Ten cuidado, vamos a subir a un coche —anunció Matt retirando uno de los auriculares de la oreja de Gisele y colocando una mano sobre la cabeza de ella para que se agachara y no se golpeara la cabeza. La ayudó a sentarse en el coche y después se sentó a su lado, agarrándola por la cintura y estrechándola contra su cuerpo—. Tardaremos un rato en llegar, pero ya podemos deshacernos de esto.

Matt le quitó los auriculares, Gisele ya no podía escuchar nada que le revelara el lugar donde se encontraban. Gisele sonrió mientras se acurrucaba en el pecho de Matt, deseando llegar a donde fuese que él la quisiera llevar. Pero, pasada casi una hora, comenzó a impacientarse y le preguntó a Matt:

— ¿Cuánto falta para llegar?

—Todavía falta un poco, preciosa. Te daré una pista que te sirva para adivinar dónde estamos y te ayude a distraerte hasta que lleguemos.

—Dame la primera pista.

—Imagino que ya habrás notado el clima cálido, concretamente un clima tropical.

—Mm… ¿Me has traído a un pequeño paraíso tropical?

— ¿Te gustaría que así fuera?

— ¿Dónde estamos, Matt?

—Así no es el juego, yo te doy una pista y tú tratas de adivinarlo —le respondió Matt con tono burlón—. Si te lo digo, no tendría ninguna gracia.

Gisele resopló frustrada, pero era testaruda y no iba a desistir hasta adivinarlo.

—Está bien, dame otra pista.

—Ahí va otra pista: sus playas son muy famosas.

— ¡Brasil!

—No.

— ¡California!

—No.

— ¡Australia!

—No. Te daré otra pista antes de que menciones todos los lugares del planeta —se mofó Matt plantándole un beso en los labios—. Además de playas para disfrutar de las altas temperaturas, pero también hay zonas de montaña en los que la temperatura desciende a bajo cero.

—En resumen, estamos en un lugar con clima tropical, con playas famosas y zonas de montaña en las que hace mucho frío, ¿es correcto?

—Es correcto.

— ¿Perú?

—No.

— ¿Chile?

—No.

—Por favor Matt, ¡dímelo ya! —Exclamó Gisele exasperada.

—Ya casi hemos llegado, ¿puedes esperar un poco más para averiguarlo? —Le dio un leve beso en el cuello y le susurró al oído—: Te aseguro que la espera valdrá la pena.

Gisele ronroneó al mismo tiempo que se dejaba abrazar por Matt. Deseaba quitarse la venda de los ojos y acabar con la enfermiza curiosidad que sentía por averiguar dónde la había llevado Matt, pero fue incapaz de estropear la sorpresa que Matt se había esforzado tanto en organizar.  Acurrucada entre sus brazos, esperó hasta que el vehículo se detuvo y Matt anunció que habían llegado a su destino.

—Espera, te ayudo a bajar del coche —le susurró Matt mientras hacía lo propio. Agarrándola por la cintura, la hizo caminar junto a él unos pocos metros antes de añadir—: ¿Estás preparada para que te quite la venda de los ojos?

—Sí, estoy deseándolo —le respondió Gisele emocionada y también nerviosa.

Matt deshizo el nudo de la venda y la dejó caer al mismo tiempo que le susurraba a Gisele:

—Abre los ojos poco a poco para no deslumbrarte.

Gisele abrió los ojos poco a poco, siguiendo las recomendaciones de Matt, y tuvo que parpadear varias veces hasta que sus ojos se acostumbraron a la luz natural del lugar y, cuando lo hizo, se quedó maravillada. Estaban en lo alto de una pequeña colina con vistas al mar, a la playa y a una ciudad no muy lejana, todo rodeado de hermosas colinas verdes y con un cielo azul despejado de nubes. Sin lugar a dudas, aquello era el paraíso para Gisele. Con Matt abrazándola desde la espalda, Gisele continuó observando el maravillo paisaje y descubrió algunas islas pequeñas cercanas a la costa.

— ¿Eso de allí son islas? —Le preguntó a Matt para asegurarse.

—Así es, estamos en un archipiélago en mitad del Océano Pacífico.

— ¿Estamos en Hawái?

La expresión en la cara de Gisele, de completa emoción e incredulidad, hizo que Matt riera divertido a carcajadas. Le encantaba aquella naturalidad e inocencia de ella, sobre todo cuando se trataba de sorprenderla.

—Estamos en Hawái —le confirmó Matt sin poder dejar de reír—. ¿He acertado con el destino de nuestra luna de miel?

— ¡Estaría loca si te dijera que no! —Exclamó eufórica.

—Ven, quiero enseñarte la casa donde nos hospedaremos mientras dure nuestra estancia en el paraíso.

Matt la agarró de la mano y ambos se dirigieron a una enorme casa con paredes de cristal y madera, con partes de la misma abiertas para combatir el caluroso clima de la zona, muy acorde con el resto de casas que Gisele había divisado desde el mirador. Además, la casa también contaba con piscina y una pequeña cala privada a la que se accedía desde un pequeño sendero que comenzaba en el jardín trasero de la casa.

— ¿Qué quieres que hagamos primero?

—De momento, vamos a celebrar el inicio de nuestra luna de miel —le respondió Gisele saltando a los brazos de Matt y comiéndoselo a besos.

Como una verdadera pareja de recién casados en plena luna de miel, Matt y Gisele se dejaron llevar por el deseo, la pasión y la emoción del momento e hicieron el amor para inaugurar su luna de miel en el paraíso.

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