Hasta que el contrato nos separe 22.

Regresaron a casa tras aquella semana de anticipo de vacaciones y continuaron con su rutina. Matt se marchaba todas las mañanas a la agencia y dejaba a Gisele durmiendo, que se levantaba un par de horas más tarde. Bajaba a la cocina a desayunar en compañía de Elsa, hacía ejercicio en el gimnasio de la casa y se duchaba para estar lista justo cuando Matt regresaba a casa a la hora de comer. Comían juntos, después Matt se marchaba de nuevo a la agencia y Gisele pasaba la tarde en la piscina con Kelly, se iban de compras o a tomar un café al centro de la ciudad. Matt regresaba a la hora de cenar y disfrutaban juntos de un par de horas de intimidad antes de irse a dormir. El sábado aprovechaban para pasear, salir a comer a algún buen restaurante e ir a cualquier parte los dos solos y el domingo iban de visita a casa de Leonor, que estaba encantada con la relación entre su hijo y Gisele.

Sarah seguía trabajando en la capital, pero ella y Gisele hablaban todos los días y se mantenían al corriente de todo lo que les ocurría.

—Gis, me han ofrecido seguir con las prácticas durante los dos últimos semestres, me pagarán la universidad, el alojamiento y las dietas, convalidaré todas las prácticas de la carrera y además me pagarán muy bien. No sabía qué decirles y me han dado una semana para que les dé una respuesta.

— ¿Por qué no les has dicho que sí?

—Porque te echo de menos, Gis —le respondió Sarah—. Si acepto, tendré que quedarme en la capital durante todo un año.

—Sarah, es una oportunidad que no puedes desaprovechar —le recordó Gisele—. Seguiremos hablando todos los días y solo estamos a tres horas en coche de distancia.

—Entonces, ¿te parece bien que acepte?

—Por supuesto que me parece bien, es una oportunidad que no puedes rechazar.

—Prométeme que seguiremos hablando todos los días y que al menos nos veremos una vez al mes.

—Te lo prometo.

Tras aquella conversación, Sarah se interesó en la relación de Gisele y Matt, quería saber cómo le iba a su amiga con su nuevo novio pero, sobre todo, quería asegurarse de que la trataba bien.

—Matt me tiene entre algodones, me siento como una niña mimada cuando estoy con él —le confesó Gisele.

Continuaron charlando un rato más antes de despedirse y colgar. Gisele sintió cierto alivio, no estaba segura de poder seguir ocultándole el acuerdo que tenía con Matt y, aunque echaría de menos a Sarah, si estaban distanciadas le resultaría más fácil cumplir con el acuerdo.

Una tarde de mediados de agosto, Matt llamó a Gisele por teléfono para avisarla que llegaría tarde y decirle que no le esperara para cenar. Gisele se fue a dormir pasada la medianoche y Matt todavía no había regresado a casa.

Matt quiso dejarlo todo bien atado en la agencia antes de regresar a casa porque tenía planeada una sorpresa para Gisele: dos semanas de vacaciones en una pequeña isla privada paradisíaca. Cuando por fin llegó a casa eran más de las dos de la madrugada y Gisele ya estaba dormida. Sin hacer ruido, preparó un par de maletas con ropa de ambos, con sus bolsas de aseo, un par de toallas y un par de pares de zapatos. Cuando lo tuvo todo listo, guardó el equipaje en el maletero de su coche y se fue a dormir con Gisele.

Gisele se despertó a las ocho de la mañana y se acurrucó junto a Matt, que la estrechó con fuerza entre sus brazos y la besó en los labios con ternura.

—Buenos días, preciosa. ¿Has dormido bien?

—Perfectamente —mintió Gisele, que se había acostumbrado a dormir con Matt y le costó conciliar el sueño sin él.

—Y yo que pensaba que me habrías echado de menos —bromeó Matt.

Gisele le sonrió y le besó en la punta de la nariz. La alarma de su teléfono móvil comenzó a sonar y estiró el brazo para alcanzar el teléfono y apagar la alarma.

—Son las ocho y media, ¿te has tomado la mañana libre? —Le preguntó Gisele juguetona.

—No exactamente, quiero que hoy vengas conmigo a la agencia.

— ¿Quieres que mire cómo trabajas?

—Quiero darte una sorpresa —le aclaró Matt—, pero antes tenemos que ducharnos y desayunar.

Gisele no hizo más preguntas, pasar el día con Matt era motivo suficiente para aceptar aquella invitación. Tras ducharse y desayunar, se montaron en el coche de Matt y se dirigieron a la agencia. Gisele empezó a sospechar cuando pasaron por delante del edificio principal de la agencia, donde se encontraba el despacho de Matt, y no paró al coche.

— ¿A dónde vamos?

—Nos vamos de viaje, preciosa.

— ¿De viaje? ¿A dónde?

—Es una sorpresa, solo puedo decirte que nuestras vacaciones acaban de empezar —le respondió Matt de buen humor mientras paraba el coche junto al hangar.

—Pero, ¡si no he preparado mi maleta!

—No te preocupes, lo tengo todo controlado —la tranquilizó sonriendo divertido.

Matt bajó del coche, le ordenó a uno de sus hombres que se encargara del equipaje y, con Gisele agarrada de su brazo, subieron al avión privado de la agencia.

— ¿No vas a decirme dónde vamos de vacaciones?

—Si te lo dijera, ya no sería una sorpresa —le respondió Matt abrochándole el cinturón de seguridad.

Cuando el avión despegó, Matt llevó a Gisele al pequeño camarote del avión y, tras besarla en la frente, le susurró al oído:

—Nos espera un viaje largo, tenemos por delante ocho horas de avión y, con el cambio horario, cuando lleguemos serán las diez o las once de la mañana, así que será mejor que duermas todo lo que puedas.

— ¿Ocho horas de vuelo?

—Ocho horas de vuelo y dos en barco —le confirmó Matt—. Pero te aseguro que merecerá la pena.

— ¿Y cuándo vas a descansar tú?

—Ahora mismo, a menos que no quieras compartir la cama del camarote del avión conmigo.

—Mm… Creo que tenemos un asunto pendiente antes de descansar —ronroneó Gisele comenzando a desabrochar los botones de la camisa de Matt.

—Ven aquí preciosa, voy a hacerte el amor —le respondió Matt con la voz ronca, deshaciéndose del vestido de ella.

Durante las ocho horas de vuelo que duró el viaje, Matt y Gisele estuvieron encerrados en el camarote del avión dando rienda suelta a su pasión hasta que cayeron dormidos de agotamiento. Quince minutos antes de aterrizar, el capitán informó de la maniobra para que pudieran regresar a sus asientos y abrocharse el cinturón de seguridad. En cuanto el avión tomó tierra, Matt y Gisele se dirigieron al puerto, donde embarcaron en un precioso y lujoso yate que les llevaría a su destino.

— ¿No vas a decirme a dónde me llevas?

—No seas impaciente, lo sabrás cuando lleguemos.

— ¿Cuándo llegaremos? —Insistió Gisele.

Matt miró su reloj, sonrió divertido y le respondió:

—Llegaremos en poco más de una hora. Vamos a la cubierta, te gustarán las vistas.

Gisele aceptó la invitación de Matt y se dirigieron a la cubierta, pero allí no había más que agua a su alrededor. No se veía tierra en ninguna parte y no podía adivinar a dónde se dirigían. Sin embargo, Gisele no protestó ni insistió pese a la curiosidad que sentía. Matt había tenido el detalle de organizar unas vacaciones sorpresa y no quería fastidiarlo. Se abrazó a él para protegerse de la brisa marina y se quedaron en silencio contemplando el mar que les rodeaba mientras navegaban hacia el horizonte.

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