Hasta que el contrato nos separe 1.

Matt Spencer se encerró en su despacho tras pedirle a su secretaria que no le pasara ninguna llamada, no estaba de humor para atender a nadie. Todavía no podía creer que su abuelo materno, a quien jamás había conocido en persona, le nombrara único benefactor de su fortuna. Pero el viejo había incluido una condición en su testamento: tenía que casarse antes de cumplir treinta y cinco años. Aquella condición le daba un margen de seis meses para encontrar esposa, pero Matt no quería nada del hombre que abandonó a su hija y a sus nietos cuando más lo necesitaban. Tampoco necesitaba el dinero, él había creado su propia fortuna, era un hombre respetado y admirado por la sociedad. Sin embargo, la casa en la que vivían su madre y su hermana era parte del patrimonio. Matt podía permitirse comprar una casa para ellas, pero sabía que su madre no quería otra casa, solo quería conservar la que ya tenían, la casa donde guardaba los recuerdos de toda una vida.

—No te preocupes mamá, conseguiré esa herencia —le había asegurado Matt.

Se sentó en su sillón y se maldijo al recordar sus palabras, aquello le supondría más de un dolor de cabeza. El primero de todos, decidir con quién iba a casarse. Matt era un hombre atractivo y muy codiciado entre las mujeres, no le faltarían candidatas, pero elegir a la mujer adecuada iba a ser complicado.

— ¿Se puede? —Preguntó Jason Owen, el abogado y mejor amigo de Matt, entrando en el despacho y sentándose en uno de los sillones frente a él.

—Ya estás dentro.

—Te iba a preguntar qué tal te ha ido, pero ya veo que no muy bien.

—El viejo cascarrabias me ha nombrado único heredero pero, para poder disponer de todas sus posesiones, tengo que casarme antes de cumplir treinta y cinco años y que el matrimonio dure más de un año —le explicó Matt con frustración, le entregó una carpeta con los documentos y añadió—: Aquí está todo.

Jason cogió los documentos de la carpeta y los leyó en silencio mientras esperaba pacientemente. Cuando terminó de leerlos, Jason miró a su amigo con gesto serio y le confirmó:

—El viejo te la ha jugado bien, si quieres su herencia tendrás que casarte.

— ¿No hay nada que se pueda hacer?

—No hay ningún resquicio por el cual poder alegar, tienes que casarte y, para que se considere un matrimonio válido, debe durar al menos un año —informó Jason—. Además, deberá ser un matrimonio real, los abogados se encargarán de investigarlo a conciencia.

—Genial —gruñó Matt con sarcasmo.

—También puedes renunciar a la herencia, no te hace falta el dinero.

—La casa de mi madre seguía estando a nombre de mi abuelo, si no consigo la herencia perderá la casa y el capullo de Patrick Swan lo heredará todo.

Patrick Swan era el hijo de un matrimonio anterior de la esposa de Phil West, el hermano de la madre Matt. A Matt no le importaba la herencia de su abuelo, pero que Patrick heredara toda aquella fortuna le molestaba porque sabía que se lo gastaría todo en el casino y en prostitutas.

—Si no quieres que tu madre pierda la casa familiar, tu única opción es encontrar una esposa con la que casarte antes de que acabe el año —se mofó Jason sacando a Matt de sus propios pensamientos—. ¿Vas a sentar la cabeza?

—Solo necesito un matrimonio de conveniencia, una socia para este negocio —opinó Matt enfocando la situación como uno más de sus negocios.

— ¿Tienes alguna candidata en mente?

—Había pensado en Pamela Steel.

—Descartada —sentenció Jason.

— ¿Por qué? —Protestó Matt—. Fingir que tengo una relación con ella no será difícil, ella es una mujer independiente, no busca un hombre del que enamorarse, aceptará un matrimonio de conveniencia y cuando todo esto se acabe no pretenderá seguir casada conmigo.

—Es una mujer liberal que no se va a conformar con esperarte en casa hasta que vuelvas del trabajo, tenéis una relación en la que ambos disfrutáis juntos del sexo sin ningún tipo de compromiso, pero se trata de fingir un matrimonio y tiene que ser creíble —argumentó Jason.

Matt asintió, su amigo tenía razón. Pamela quedaba descartada, necesitaba a una mujer capaz de serle fiel durante todo el proceso o el matrimonio no sería válido.

—Tampoco puedes utilizar ninguna agencia de chicas de compañía, los abogados de tu abuelo la investigarán a fondo —comentó Jason.

—Genial, más buenas noticias.

—Te invito a cenar y a tomar unas copas, ya se nos ocurrirá algo —decidió Jason tratando de animar a su amigo—. Eres el soltero de oro de la ciudad, no te van a faltar pretendientas.

Matt solo quería llegar a casa, meterse en la cama y dormir, pero sabía que Jason no iba a aceptar un no por respuesta y tarde o temprano acabaría aceptando ante su insistencia. Así que decidió ahorrarse la discusión y aceptó la invitación de su amigo.

***

Gisele Moore estaba nerviosa y no dejaba de dar vueltas por el salón, yendo de un lado al otro mientras trataba de pensar. Necesitaba encontrar un nuevo trabajo para poder pagar los gastos de la matrícula del siguiente semestre de la universidad. Con la ayuda económica que recibía de la beca que le habían concedido en la universidad tan solo podría pagar su parte de alquiler del apartamento que compartía con su amiga Sarah Sloane.

Y es que Gisele todavía no podía creerse que su ex novio se presentara en el pub y formara tal escándalo que acabaran echándola a ella.

—Deja de dar vueltas de un lado a otro, me estás mareando —protestó Sarah rodando los ojos—. Trabajar de camarera en ese pub no era el mejor trabajo del mundo, seguro que encuentras otro empleo y mucho mejor que ese. En cuanto a Erik, será mejor que te mantengas alejada de él, últimamente está más loco de lo normal.

Erik Muller era un hombre controlador, celoso y, desde que Gisele le había dejado, también se había vuelto un hombre inestable. Se conocieron en la universidad cuando Gisele estaba en el primer año y él en el último de carrera. Tenían muchas cosas en común, ambos habían perdido a sus padres y habían pasado su adolescencia en casas de acogida. Gisele le admiraba por ser tan alegre y positivo pese a que no le había tocado una vida fácil. Un par de meses después de conocerse, Erik le pidió una cita y ella aceptó. Fue una gran cita y a Gisele le pareció el hombre perfecto, pero poco a poco Erik cambió. Gisele se sentía cada vez más agobiada por él, Erik se volvió inseguro, quería saber dónde y con quién estaba en cada momento. Hasta que ella no pudo soportarlo más y decidió dejarlo, su prioridad eran sus estudios. Habían pasado más de seis meses desde entonces, pero Erik no se daba por vencido en su intento por recuperarla.

—Si en dos meses no consigo el dinero para la matrícula y las tasas, habré perdido un semestre entero. Con lo que tengo ahorrado no me da ni para pagar los libros —se lamentó Gisele, dejándose caer en el sofá.

—Se acabó, no puedo seguir escuchando cómo te lamentas y te hundes —alzó la voz Sarah mientras se ponía en pie—. Ve a vestirte como una persona decente, esta noche nos vamos de copa e invito yo. Necesitas divertirte un poco o acabarás muriendo de aburrimiento y matándome a mí.

Gisele no discutió con Sarah, necesitaba salir y distraerse un poco o la cabeza le estallaría de tanto pensar. Se dio una ducha rápida, se puso su vestido ibicenco y unas sandalias de tacón de cuña. No era el mejor de sus modelitos, pero sí uno con el que se sentía cómoda y Sarah no la obligaría a cambiarse.

Una hora más tarde, Gisele y Sarah salían del apartamento dispuestas a disfrutar de una noche de chicas en la que estaba prohibido pensar en los problemas. Cenaron en un restaurante italiano al que solían ir a menudo y después decidieron tomarse un par de copas en un pub cerca de donde se encontraban.

—Búscanos un buen sitio mientras yo voy a la barra a por un par de copas —le dijo Sarah nada más entrar en el pub, ya bastante achispada.

— ¿Dentro o fuera?

—Fuera, necesitaremos que nos dé el aire —rio divertida Sarah mientras se alejaba hacia a la barra.

Gisele la observó sonriendo, Sarah se había convertido en una hermana para ella. Se conocieron en una casa de acogida durante el último año de instituto y habían permanecido juntas desde entonces.

Salió al jardín trasero del pub y se sentó en uno de los sofás libres de la zona chill-out. Agradeció la suave brisa que corría, había bebido más de la cuenta durante la cena y se notaba un poco achispada. Cinco minutos más tarde, Sarah apareció con un par de copas en la mano y una enorme sonrisa en los labios.

—Acabo de enamorarme del camarero, ¡tiene una pinta de ser un empotrador!

— ¡Sarah! —La regañé sin poder contener la risa.

—Cielo, no te ofendas, pero no te vendría nada mal un buen polvo.

—No, gracias. La última vez que me dijiste eso acabé saliendo con un psicópata durante cuatro años y te recuerdo que por su culpa me he quedado sin trabajo. Nada de relaciones hasta que acabe los estudios y después ya veremos…

— ¿Pretendes pasar todo un año sin follar? —Preguntó Sarah horrorizada—. ¡Eso no puede ser sano, Gisele!

—Pues tendré que encontrar a un hombre dispuesto a satisfacer mis necesidades sexuales en el momento exacto en que lo necesite y, por supuesto, gratis.

—Cielo, mira a tu alrededor. La mitad de los hombres que ves estarían encantados de satisfacer todas tus necesidades sexuales.

—Damos fe de lo que dice tu amiga —dijo una voz masculina procedente del sofá de al lado.

Ambas se volvieron para mirar al dueño de esa voz, pero ninguna lo reconoció. Era un hombre atractivo, de piel bronceada, cabello oscuro y ojos verdes, pero unos diez años mayor que ellas.

Jason y Matt estaban charlando mientras tomaban unas copas cuando Gisele y Sarah atrajeron su atención con su divertida y sincera conversación. Jason no pudo contenerse más y decidió unirse a aquella entretenida conversación, pero las chicas le miraron con cara de pocos amigos y Matt no desaprovechó la ocasión para mofarse de su amigo:

—Disculpad a mi amigo, es una maruja.

—Tu amigo queda disculpado, creo que me puede ayudar a hacerle entender a mi amiga Gis que hay todo un mundo ahí fuera y tiene que aprender a disfrutarlo —Sarah les invitó a unirse a la conversación ante la sorpresa de Gisele—. Por cierto, ella es mi amiga Gis y yo soy Sarah.

—Encantado de conoceros —dijeron los dos al unísono. Y Jason añadió—: Él es Matt y yo soy Jason, un placer.

Tras aquellas presentaciones, los chicos se sentaron junto a ellas y entablaron una nueva conversación. Entre bromas y risas, se tomaron algunas copas más y Sarah comenzó a coquetear descaradamente con Jason mientras Gisele y Matt charlaban animadamente. A Gisele todo le pareció que iba bien hasta que Sarah decidió marcharse con Jason a seguir disfrutando de la noche pero en la intimidad.

— ¿Te apetece otra copa? —Le ofreció Matt.

—La última —accedió Gisele—, no estoy acostumbrada a beber tanto.

Matt asintió con una sonrisa, se puso en pie y se dirigió al interior del pub para pedir un par de copas en la barra. Gisele le había gustado y no solo físicamente. Habían hablado durante horas y no se había cansado de escucharla, más bien todo lo contrario. Deseaba saberlo todo sobre ella y no iba a desaprovechar la oportunidad que tenía.

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