Enamórame 13.

Ruth llegó a su apartamento con el tiempo justo para darse una ducha rápida y vestirse antes de que David pasara a recogerla. No tenía ni idea de qué ponerse, pero finalmente se decidió por unos vaqueros pitillo, una camiseta de tirantes y un jersey fino de cuello de barco. Se puso unas manoletinas negras y se recogió el pelo en una coleta alta. Mientras se miraba en el espejo del cuarto de baño, escuchó el timbre de la puerta de su apartamento en vez del telefonillo.

Pensando que sería algún vecino que quería un poco de sal, abrió la puerta y se encontró de frente con David, quién se hizo paso hasta llegar a la cocina y descargar allí las cinco bolsas que llevaba en las manos.

— ¿Qué es todo eso? —Preguntó Ruth mientras él dejaba las bolsas sobre la encimera.

—He encargado la comida en el mejor restaurante de la ciudad —le respondió tras darle un leve pero cariñoso beso en la mejilla—. Espero que tengas hambre, he traído de todo.

—Estoy hambrienta —le aseguró Ruth, aunque no pensaba en la comida precisamente.

David sonrió complacido y se dispuso a servir los platos con la comida que había traído del restaurante. Ruth le echó una mano, todavía sorprendida por la actitud tan natural que él mostraba. Diez minutos más tarde, ambos estaban sentados en la cocina y degustando la exquisita comida que David había encargado al mejor restaurante de la ciudad.

Después de comer, Ruth se apresuró en recoger los platos y la cocina antes incluso de que David tuviera tiempo de levantarse. Él no dijo nada, se limitó a mirarla mientras ella hacía su tarea. Una vez hubo acabado, Ruth dio media vuelta para quedar frente a él y, armándose de valor, le preguntó:

— ¿Quieres hablar ahora?

—Ven aquí —le dijo él agarrándola de la mano y llevándola hasta el salón para sentarse en el sofá y colocándola a ella en su regazo—. Lo que sucedió ayer fue maravilloso, pero no era esa la intención que tenía. Quiero ir despacio contigo, Ruth. Quiero demostrarte que el sexo no es lo único que me interesa de ti, quiero ganarme tu confianza y quiero enamorarte.

—Vaya.

—Te me escapaste una vez, pelirroja, pero no dejaré que te me escapes por segunda vez.

—Entonces, enamórame —concluyó Ruth besándole con urgencia.

—De eso precisamente quería hablarte —apuntó David separando sus labios lentamente de los de ella—. El viernes conseguiré un par de semanas libres para que pueda buscar casa e instalarme. Había pensado en hacerles una visita a mis padres y quiero que me acompañes.

—A ver si lo he entendido, ¿quieres que vaya contigo a casa de tus padres? —La cara de Ruth era un poema.

—Cariño, para enamorarte primero necesito que me conozcas, que sepas quién soy realmente y, te guste o no, para eso tienes que averiguar de dónde procedo.

—Quieres que conozca a tus padres —comprendió Ruth—. Y, ¿si no les gusto?

—Pelirroja, no hay nadie capaz de resistirse a tu encanto —le aseguró David estrechándola entre sus brazos con fuerza—. Mis padres y mis hermanos te van a adorar en cuanto te conozcan.

¿Hermanos? ¿Además de a sus padres también iba a conocer a sus hermanos? Ruth tragó saliva y no dijo nada, al fin y al cabo era lo que ella quería, una relación formal con David. Pero no pudo evitar sentir el pánico ante todo lo que aquello significaba.

—Mi madre ha insistido en que nos alojemos en su casa, pero podemos hospedarnos en un hotel si te sientes más cómoda —continuó diciendo David, lo mejor sería soltarlo todo de golpe—. Todos están deseando conocerte, sobre todo mi hermana. Ella cree que seréis buenas amigas.

— ¿Le has hablado a tu familia de mí?

—Pelirroja, mi familia sabe de tu existencia desde el primer día que te cruzaste en mi camino en el restaurante del área de servicio, tan descarada y tentadora como solo tú eres.

—No trates de distraerme, ¿qué le has contado a tu familia sobre mí?

—La verdad —respondió el encogiéndose de hombros—. Mi madre nos lee la mente como un libro abierto, según ella porque nos ha parido, según mis hermanos y yo porque es medio bruja. El caso es que sabe cuándo nos pasa algo y no deja de insistir hasta que finalmente lo averigua, así que…

—Se lo has contado todo —dijo Ruth con un hilo de voz, acabando la frase de David.

—No te preocupes, no les he contado todos los detalles.

—Eso no hace que me sienta mejor.

—Creo que necesitas relajarte —opinó David divertido.

—Eso no te lo voy a discutir.

Sin decir nada más, David la colocó entre sus piernas, de espaldas a él, y comenzó a masajearle los hombros. Apenas pasó un minuto cuando se deshizo de su fino jersey y la dejó tan solo con la camiseta de tirantes y el sujetador. Ruth se dejó mimar, se estaba demasiado bien entre las extremidades de David, no se hubiera movido ni aunque comenzaran a salir arañas del sofá, y eso que ella temía a las arañas.

— ¿Tienes aceite corporal?

Ruth asintió y señaló la bolsa que había dejado sobre uno de los sillones con las velas y el aceite corporal que había comprado un par de horas antes.

—Vaya, veo que te has adelantado a los acontecimientos —bromeó al abrir la bolsa y ver lo que había dentro.

—Ya sabes lo que dicen, una chica precavida vale por dos.

David sonrió ante las palabras de ella, encendió las velas aromáticas y regresó a su posición detrás de Ruth con el bote de aceite corporal en las manos.

—Mm… Creo que es más complejo de lo que en un primer momento había pensado. Ven, vamos a la cama —sentenció arrastrándola del brazo hasta a su habitación—. Túmbate sobre la cama, pero antes quítate la ropa si no quieres que acabe pegajosa por el aceite.

—Creo que tú deberías hacer lo mismo con tu ropa, si no quieres que se manche, digo —le replicó Ruth con la voz ronca a causa de lo excitada que estaba. Se desnudó en menos de un minuto y añadió—: ¿Cómo quieres que me tumbe?

—Boca abajo —ordenó David mientras se desabrochaba la camisa sin ninguna prisa.

Ruth obedeció y pocos segundos después sintió cómo David se sentaba sobre su trasero y colocaba su enorme erección entre sus nalgas, haciéndola gemir de excitación.

—Pelirroja, no tengas prisa. Todo llegará, te lo aseguro —se mofó él.

Divertido con la impaciencia de ella, David decidió jugar un poco y provocarla. Masajeó su espalda, sus hombros, sus brazos y sus piernas, acercándose al centro de placer de ella y volviéndose a alejar, tentándola. Ella gimió de frustración en varias ocasiones, pero no dijo nada, se mantuvo a la expectativa.

—Date la vuelta —le ordenó con la voz ronca mientras se levantaba de encima suyo para que pudiera moverse. Ruth se dio la vuelta y dejó sus piernas alrededor de las caderas de David, quedando expuesta a él y sin sentir ningún tipo de pudor. Esta vez, fue David quién gimió. Sin embargo, se contuvo y continuó deleitando a Ruth con caricias placenteras mientras impregnaba todo su cuerpo en aceite. Comenzó por sus pechos, donde se entretuvo pellizcando los pezones hasta que respondieron con excitación. Prosiguió por su vientre y se detuvo a dibujar con el dedo un círculo alrededor de su ombligo. Finalmente, descendió hasta su monte de venus. Sus manos apenas la habían rozado y ella gimió extasiada, estaba muy excitada y eso le gustaba.

—Pelirroja, quiero saborearte —anunció antes de enterrarse entre sus muslos y recorrer toda su humedad con la lengua—. Sabes tan bien que me moriría feliz haciendo lo que estoy haciendo ahora mismo.

Ruth gimió, estaba al borde del orgasmo. Le agarró con fuerza de la cabeza para que quedase a su altura y le ordenó dominada por la lujuria:

—Te quiero dentro. Ahora.

David no se lo pensó dos veces, la besó en los labios con una sonrisa pícara y la penetró de una sola estocada, como sabía que a ella le gustaba. La embistió una y otra vez, fijando sus ojos en la expresión de ella, un recuerdo que jamás se permitiría olvidar, y juntos alcanzaron el clímax.

Aquella tarde no vieron ninguna película, disfrutaron del placer de la unión de sus cuerpos para acabar con el anhelo que habían sentido el uno por el otro desde hacía casi tres años.

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