Enamórame 7.

Ruth aprovechó la mañana del viernes para limpiar su apartamento y así mantenerse ocupada. Por la tarde recibió la llamada de Ana y, tras comentarle que Nahuel tenía que ir a la oficina para asistir a una reunión importante, decidió hacerle una visita. Necesitaba hablar con alguien y Mike había apagado su teléfono móvil para que nadie le molestara antes de la exposición. A Eva no había manera de verle el pelo, entre el trabajo y los preparativos de la boda apenas tenía tiempo para dedicarles un par de mensajes y un par de llamadas a la semana.

— ¿Cómo está mi precioso sobrino?

—Acaba de dormirse —le respondió Ana señalando la cuna que había en el salón—. Pero imagino que no habrás venido hasta aquí para ver dormir a un bebé.

Con Ana todo resultaba más fácil, ella era muy intuitiva y no hacía falta decirle nada para que ella adivinara lo que pasaba por su cabeza.

—Estás coladita por él —afirmó Ana tras escudriñarla con la mirada.

—Casi tres años hace que no le veo y vuelve a tenerme comiendo de su mano —se lamentó Ruth.

—Quién no arriesga no gana —le recordó su amiga—. Sí, han pasado casi tres años, pero durante todo este tiempo no has encontrado a ningún hombre que te haya hecho sentir como él lo hace, y no será porque no te hayas empeñado en buscarlo.

— ¿Y qué hago? ¿Me acuesto con él y dejo que piense que puede hacer conmigo lo que le dé la gana?

—Hace tres años la situación era diferente, ahora tiene una plaza fija en el hospital de la ciudad y lo primero que ha hecho es ir a buscarte —le dijo Ana cansada de que su amiga quisiera complicarlo todo con su desconfianza—. Se interesa por ti y te respeta, él mismo te ha dejado claro que no dará el primer paso porque no quiere presionarte, pero espera que tú lo hagas. Nadie puede decirte lo que debes hacer, pero será mejor que te decidas pronto porque dudo que él esté dispuesto a esperar eternamente. Y no te estoy hablando de sexo, tan solo de que él necesita que le des alguna señal para que sepa que va por buen camino y que no está perdiendo el tiempo contigo.

—Vale, darle alguna señal positiva —repitió el consejo de su amiga tomando nota mental.

Pasaron un par de horas hablado de lo bueno que era el pequeño Nahuel, de lo liada que estaba Eva con los preparativos de la boda y, cómo no, también de la exposición de Mike.

—Estoy deseando ver la cara de David cuando vea tus fotografías en la exposición, se volverá loco —comentó Ana riendo divertida.

— ¿Crees que le gustarán?

—Cielo, a cualquier hombre le gustarán, puede que incluso a bastantes mujeres.

Ambas se echaron a reír divertidas y en ese momento llegó Nahuel, el marido de Ana. Saludó a su esposa con un breve pero apasionado beso en los labios y le susurró:

—Estás preciosa.

—Por favor, qué estoy a dos velas desde hace demasiado tiempo —protestó Ruth—. A menos que penséis en hacerme partícipe, os agradecería que dejarais de magrearos.

—Lo siento, pero no comparto a Ana con nadie, ni siquiera contigo —bromeó Nahuel.

Los tres se rieron, entre ellos existía la suficiente confianza como para bromear sobre ciertos temas.

Ana y Nahuel la invitaron a quedarse a cenar con ellos y Ruth aceptó, no tenía un plan mejor y distraerse con sus amigos le vendría bien. A las once de la noche llegó a casa, justo cuando su teléfono móvil comenzó a sonar. Sonrió al ver que se trataba de David.

—Hola —lo saludó nada más descolgar.

—Hola, Ruth. Lamento llamarte tan tarde, ha habido una explosión en una fábrica y he tenido que doblar turno en el hospital, acabo de llegar al hotel.

—Oh.

—Estaba deseando oír tu voz, ¿cómo te ha ido el día?

—Yo también acabo de llegar a casa, he cenado en casa de Ana y Nahuel. Mañana por la mañana iré a la galería para asegurarme de que todo está donde debe estar para la inauguración de la exposición. He organizado cientos de exposiciones, pero organizar la exposición de Mike me tiene histérica, jamás me perdonaría que algo saliera mal.

—Ese Mike es muy importante para ti —resopló David sin poder evitarlo.

—Mike es un buen amigo, te caerá bien cuando le conozcas.

—Mañana lo averiguaremos —dijo cambiando de tema—. ¿A qué hora paso a buscarte?

—La inauguración empieza a las ocho, pero tengo que estar allí a las siete y media.

—De acuerdo, llegaré a las siete —sentenció David. Suspiró y añadió suavizando su tono de voz—: Buenas noches, Ruth.

—Buenas noches —logró susurrar Ruth antes de colgar.

El sábado por la mañana se levantó temprano y se dirigió a la galería de arte. Allí se encontró con Mike, que estaba más tranquilo que ella y trató de calmarla diciéndole que todo saldría bien. Supervisaron que cada fotografía estuviera en su lugar exacto, con su correspondiente etiqueta con su precio.

—Todo está controlado, pero imagino que esto no es lo único que te preocupa —adivinó Mike—. ¿Todavía no te lo has tirado?

— ¡Mike!

—Oh, vamos. ¿Desde cuándo te has vuelto una mojigata? —Ruth lo fulminó con la mirada y Mike añadió en son de paz—: Está bien, pero al menos dime que lo veré contigo esta noche.

—Sí, llegaré con él. Y tú, ¿traerás a tu vecina?

—Pues sí, la he invitado —anunció orgulloso—. No sé qué tiene esa chica pero me vuelve loco, y no hablo solo de sexo.

—La vecinita te tiene loco, ¡quién lo diría! —Se mofó Ruth—. Estoy deseando conocer a la mujer que ha hecho que tu corazón lata de nuevo.

—Sé buena, te recuerdo que esta noche yo también conoceré a tu médico —le advirtió Mike.

—Touchée.

—Venga, te invito a comer —sentenció Mike.

Se dirigieron al mismo restaurante de siempre y el camarero les atendió amablemente, con una amplia sonrisa en la cara. Ambos amigos estaban nerviosos y emocionados por la inauguración de la exposición, hablaban atropelladamente y, sin darse cuenta, se bebieron la botella de vino.

—Creo que nos hemos pasado bebiendo, en menos de tres horas tenemos que estar en la galería y creo que he estoy bastante achispada —opinó Ruth.

—Sí, será mejor que cojamos un taxi —concluyó Mike.

Mike había bebido lo mismo que su amiga, pero indiscutible que a ella le había afectado más que a él. Paró un taxi y metió a Ruth antes de meterse él. La acompañó a casa, se aseguró que llegaba sana y salva hasta el portal y se dirigió a su apartamento, él también tenía que arreglarse para la inauguración.

Ruth entró en su apartamento y se dio una ducha, ni siquiera se paró a preparar la ropa, sabía que lo primero que tenía que hacer era espabilarse y una ducha, además de necesaria, era la mejor opción. Se duchó, se secó el pelo, se peinó y se maquilló antes de vestirse. No paró ni un segundo, la hora se le echaba encima y David no tardaría en llegar.

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